El que frecuentemente recuerda la muerte del cuerpo se levanta de entre los muertos en el alma. Vive en la tierra como un extraño en un albergue o como un prisionero en la cárcel, constantemente esperando ser llamado para un juicio o ejecución. Ante sus ojos, las puertas hacia la eternidad siempre están abiertas. Continuamente mira en esa dirección con ansiedad espiritual, con profunda tristeza y reflexión. Está constantemente ocupado en preguntarse qué lo justificará ante el juicio terrible de Cristo y cuál será su sentencia.
Recibe y abraza con alegría cada dificultad o prueba que le llegue como un tributo por sus pecados en el tiempo que lo libera del tributo en la eternidad. Si la idea le viene a la mente de sentirse orgulloso de la virtud, inmediatamente la memoria de la muerte se opone a esta idea, la humilla, expone la absurdez y la aleja.
Cuando olvidamos la muerte, entonces comenzamos a vivir en la tierra como si fuéramos inmortales, y sacrificamos toda nuestra actividad al mundo sin preocuparnos en absoluto ni por la temerosa transición a la eternidad ni por nuestro destino en la eternidad. Entonces nos atrevemos a transgredir con firmeza los mandamientos de Cristo; entonces cometemos todos los pecados más viles; entonces abandonamos no solo la oración constante, sino incluso las oraciones establecidas para momentos definidos, comenzamos a despreciar esta ocupación esencial e indispensable como si fuera una actividad de poca importancia y poco necesaria.
Olvidando la muerte física, morimos una muerte espiritual.
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San Ignacio Brianchaninov
