martes, 16 de diciembre de 2025

Cuando olvidamos la muerte,...

 


El que frecuentemente recuerda la muerte del cuerpo se levanta de entre los muertos en el alma. Vive en la tierra como un extraño en un albergue o como un prisionero en la cárcel, constantemente esperando ser llamado para un juicio o ejecución. Ante sus ojos, las puertas hacia la eternidad siempre están abiertas. Continuamente mira en esa dirección con ansiedad espiritual, con profunda tristeza y reflexión. Está constantemente ocupado en preguntarse qué lo justificará ante el juicio terrible de Cristo y cuál será su sentencia.


Recibe y abraza con alegría cada dificultad o prueba que le llegue como un tributo por sus pecados en el tiempo que lo libera del tributo en la eternidad. Si la idea le viene a la mente de sentirse orgulloso de la virtud, inmediatamente la memoria de la muerte se opone a esta idea, la humilla, expone la absurdez y la aleja.

Cuando olvidamos la muerte, entonces comenzamos a vivir en la tierra como si fuéramos inmortales, y sacrificamos toda nuestra actividad al mundo sin preocuparnos en absoluto ni por la temerosa transición a la eternidad ni por nuestro destino en la eternidad. Entonces nos atrevemos a transgredir con firmeza los mandamientos de Cristo; entonces cometemos todos los pecados más viles; entonces abandonamos no solo la oración constante, sino incluso las oraciones establecidas para momentos definidos, comenzamos a despreciar esta ocupación esencial e indispensable como si fuera una actividad de poca importancia y poco necesaria.

Olvidando la muerte física, morimos una muerte espiritual.
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San Ignacio Brianchaninov

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