En La Montaña De Dios ; tiene morada propia La Santa Trinidad,,llí viven,Oran Trabajan Los Ermitaños Eucarísticos Del Padre Celestial,
comunidad Franciscana, esta en Pie de Cuesta Santander, Colombia ;Soy un Hijo espiritual del Apa Antonio Lootens Su Fundador q.e.p.d . La Comunidad no es responsable de lo que acá se expresa son mis opiniones Personales ,en respaldo de nuestra Sagrada Iglesia Católica Tradicional.
Señor, purifica mi corazón para que Tu Palabra caiga en él y dé el ciento por uno.
Primera Lectura
Lectura del libro del Apocalipsis (21,9b-14):
El ángel me habló así: «Ven acá, voy a mostrarte a la novia, a la esposa del Cordero.» Me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. Brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido. Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel. A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, y a occidente tres puertas. La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero.
Palabra de Dios
Salmo
Sal 144,10-11.12-13ab.17-18
R/.Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas. R/.
Explicando tus hazañas a los hombres, la gloria y la majestad de tu reinado. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad. R/.
El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente. R/.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Juan (1,45-51):
En aquel tiempo, Felipe encuentra a Natanael y le dice: «Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret.»
Natanael le replicó: «De Nazaret puede salir algo bueno?» Felipe le contestó: «Ven y verás.» Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.» Natanael le contesta: «¿De qué me conoces?» Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.» Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.» Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has ver cosas mayores.» Y le añadió: «Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»
Palabra del Señor
COMENTARIO DE BENEDICTO XVI
«El APÓSTOL SAN Bartolomé»
Audiencia General del 04 de octubre de 2006
Queridos hermanos y hermanas: En la serie de los apóstoles llamados por Jesús durante su vida terrena, hoy ll⁸ama nuestra atención el apóstol Bartolomé. En las antiguas listas de los doce siempre aparece antes de Mateo, mientras que cambia el nombre de quien le precede: en algunos casos es Felipe (Cf. Mateo 10,3; Marcos 3,18; Lucas 6,14) o Tomás (Cf. Hechos 1,13).
Su nombre es evidentemente patronímico, pues hace referencia explícita al nombre del padre. Se trata de un nombre de características probablemente arameas, «bar Talmay», que significa «hijo de Talmay».
No tenemos noticias importantes de Bartolomé. De hecho, su nombre aparece siempre y sólo dentro de las listas de los doce que antes he citado y, por tanto, no es el protagonista de ninguna narración. Tradicionalmente, sin embargo, es identificado con Natanael: un nombre que significa «Dios ha dado». Este Natanael era originario de Caná (Cf Juan 21,2) y, por tanto, es posible que haya sido testigo de algún gran «signo» realizado por Jesús en aquel lugar (Cf Juan 2,1-11).
La identificación de los dos personajes se debe probablemente al hecho de que Natanael, en la escena de la vocación narrada por el Evangelio de Juan, es colocado junto a Felipe, es decir, en el puesto que tiene Bartolomé en las listas de los apóstoles referidas por los demás Evangelios. A este Natanael, Felipe le había dicho que había encontrado a «ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas: Jesús el hijo de José, el de Nazaret» (Juan 1, 45).
Como sabemos, Natanel le planteó un prejuicio de mucho peso: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?» (Juan 1,46a). Esta expresión es importante para nosotros. Nos permite ver que, según las expectativas judías, el Mesías no podía proceder de un pueblo tan oscuro, como era el caso de Nazaret (Cf. también Juan 7,42). Al mismo tiempo, sin embargo, muestra la libertad de Dios, que sorprende nuestras expectativas, manifestándose precisamente allí donde no nos lo esperamos. Por otra parte, sabemos que, en realidad, Jesús no era exclusivamente «de Nazaret», sino que había nacido en Belén (Cf. Mateo 2,1; Lucas 2,4). La objeción de Natanael, por tanto, no tenía valor, pues se fundamentaba, como sucede con frecuencia, en una información incompleta.
El caso de Natanael nos sugiere otra reflexión: en nuestra relación con Jesús, no tenemos que contentarnos sólo con las palabras. Felipe, en su respuesta, presenta a Natanael una invitación significativa: «Ven y lo verás» (Juan 1,46b). Nuestro conocimiento de Jesús tiene necesidad sobre todo de una experiencia viva: el testimonio de otra persona es ciertamente importante, pues normalmente toda nuestra vida cristiana comienza con el anuncio que nos llega por obra de uno o de varios testigos. Pero nosotros mismos tenemos que quedar involucrados personalmente en una relación íntima y profunda con Jesús.
De manera semejante, los samaritanos, después de haber escuchado el testimonio de la compatriota con la que Jesús se había encontrado en el pozo de Jacob, quisieron hablar directamente con Él y, después de ese coloquio, dijeron a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; pues nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo» (Juan 4, 42).
Volviendo a la escena de la vocación, el evangelista nos dice que, cuando Jesús ve que Natanael se acerca, exclama: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño» (Juan 1,47). Se trata de un elogio que recuerda al texto de un Salmo: «Dichoso el hombre […] en cuyo espíritu no hay fraude» (Salmo 32,2), pero que suscita la curiosidad de Natanael, quien replica sorprendido: «¿De qué me conoces?» (Juan 1,48a). La respuesta de Jesús no se entiende en un primer momento. Le dice: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Juan 1,48b).
Hoy es difícil darse cuenta con precisión del sentido de estas últimas palabras. Según dicen los especialistas, es posible que, dado que a veces se menciona a la higuera como el árbol bajo el que se sentaban los doctores de la ley para leer la Biblia y enseñarla, está aludiendo a este tipo de ocupación desempeñada por Natanael en el momento de su llamada.
De todos modos, lo que más cuenta en la narración de Juan es la confesión de fe que al final profesa Natanael de manera límpida: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel» (Juan 1, 49). Si bien no alcanza la intensidad de la confesión de Tomás con la que concluye el Evangelio de Juan: «¡Señor mío y Dios mío!» (Juan 20,28), la confesión de Natanael tiene la función de abrir el terreno al cuarto Evangelio. En ésta se ofrece un primer e importante paso en el camino de adhesión a Cristo. Las palabras de Natanael presentan un doble y complementario aspecto de la identidad de Jesús: es reconocido tanto por su relación especial con Dios Padre, del que es Hijo unigénito, como por su relación con el pueblo de Israel, de quien es llamado rey, atribución propia del Mesías esperado.
Nunca tenemos que perder de vista ninguno de estos dos elementos, pues si proclamamos sólo la dimensión celestial de Jesús corremos el riesgo de hacer de Él un ser etéreo y evanescente, mientras que si sólo reconocemos su papel concreto en la historia, corremos el riesgo de descuidar su dimensión divina, que constituye su calificación propia.
No tenemos noticias precisas sobre la posterior actividad apostólica de Bartolomé-Natanael. Según una información referida por el historiador Eusebio en el siglo IV, un cierto Panteno habría encontrado en la India los signos de la presencia de Bartolomé (Cf. «Historia Eclesiástica», V, 10,3).
En la tradición posterior, a partir de la Edad Media, se impuso la narración de su muerte por despellejamiento, que se hizo después sumamente popular. Basta pensar en la famosísima escena del Juicio Universal de la Capilla Sixtina, en la que Miguel Ángel presentó a san Bartolomé teniendo en la mano izquierda su propia piel, en la que el artista dejó su autorretrato.
Sus reliquias son veneradas aquí, en Roma, en la Iglesia que se le ha dedicado en la Isla del Tíber, adonde habrían sido traídas por el emperador alemán Otón III en el año 983.
Concluyendo, podemos decir que la figura de san Bartolomé, a pesar de la falta de noticias, nos dice que la adhesión a Jesús puede ser vivida y testimoniada incluso sin realizar obras sensacionales. El extraordinario es Jesús, a quien cada uno de nosotros estamos llamados a consagrar nuestra vida y nuestra muerte.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]
Queridos hermanos y hermanas: En la catequesis de hoy nos fijamos en el apóstol Bartolomé, tradicionalmente identificado con Natanael. En el relato de su vocación, Felipe le anuncia que ha visto al Mesías; Natanael responde que no podía venir de un lugar corno Nazaret, corno se pensaba entonces. Con ello se resalta la libertad de Dios, que viene a nuestro encuentro precisamente allí donde los hombres no se lo imaginan. A continuación, Felipe invita a Natanael a conocer personalmente a Jesús: «iVen y verás!», le dice. Nos enseña así que, en la vida cristiana es necesario que cada uno llegue a tener una relación personal e íntima con Cristo. Después, en su diálogo con Jesús, Natanael concluirá con una confesión de fe: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel». Esta afirmación ilumina un doble aspecto de la identidad de Jesús: su dimensión divina en cuanto Hijo de Dios Padre, y su dimensión humana e histórica corno Rey de Israel, en cuanto Mesías esperado. No tenemos noticias precisas de la ulterior actividad apostólica de Bartolomé-Natanael, pero su figura permanece ante nosotros como testimonio de una profunda adhesión a Jesús, aún sin realizar obras extraordinarias.
Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española, en especial al grupo de la Junta de Castilla y León y a los diversos grupos parroquiales de España; saludo también a los peregrinos de México y de otros Países Latinoamericanos. Os animo, siguiendo al apóstol Bartolomé, a consagraros por entero a Cristo, especialmente en la sencillez de vuestra vida cotidiana. ¡Que Dios os bendiga!
BENEDICTO XVI Audiencia General del 04 de octubre de 2006
Señor, purifica mi corazón, para que Tu Palabra caiga en él, y dé el ciento por uno
Primera Lectura
Lectura del libro de Isaías (22,19-23):
Así dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio: «Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo. Aquel día, llamaré a mi siervo, a Eliacín, hijo de Elcías: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén, para el pueblo de Judá. Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá. Lo hincaré como un clavo en sitio firme, dará un trono glorioso a la casa paterna.»
Palabra de Dios
Salmo
Sal 137,1-2a.2bc-3.6.8bc
R/.Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos
Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario, daré gracias a tu nombre. R/.
Por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera a tu fama; cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma. R/.
El Señor es sublime, se fija en el humilde y de lejos conoce al soberbio. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos. R/.
Segunda Lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (11,33-36):
¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero, para que él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén.
Palabra de Dios
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo (16,13-20): tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»
Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.» Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.
Palabra del Señor.
Se dice Credo.
COMENTARIO DE BENEDICTO XVI
La liturgia de este domingo nos dirige a los cristianos, pero al mismo tiempo a todo hombre y a toda mujer, la doble pregunta que Jesús planteó un día a sus discípulos. Primero les interrogó diciendo: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?«. Ellos le respondieron que para algunos del pueblo él era Juan el Bautista resucitado; para otros, Elías, Jeremías o alguno de los profetas. Entonces el Señor interpeló directamente a los Doce: «¿Y vosotros quién decís que soy yo?». En nombre de todos, con impulso y decisión, fue Pedro quien tomó la palabra: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Solemne profesión de fe, que desde entonces la Iglesia sigue repitiendo.
También nosotros queremos proclamar esto hoy con íntima convicción: ¡Sí, Jesús, tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo! Lo hacemos con la conciencia de que Cristo es el verdadero «tesoro» por el que vale la pena sacrificarlo todo; él es el amigo que nunca nos abandona, porque conoce las expectativas más íntimas de nuestro corazón. Jesús es el «Hijo del Dios vivo«, el Mesías prometido, que vino a la tierra para ofrecer a la humanidad la salvación y para colmar la sed de vida y de amor que siente todo ser humano. ¡Cuán beneficioso sería para la humanidad si acogiera este anuncio que conlleva la alegría y la paz!
«Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». A esta inspirada profesión de fe por parte de Pedro, Jesús replica: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del reino de los cielos». Es la primera vez que Jesús habla de la Iglesia, cuya misión es el cumplimiento del plan grandioso de Dios de reunir en Cristo a toda la humanidad en una única familia.
La misión de Pedro y de sus sucesores consiste precisamente en servir a esta unidad de la única Iglesia de Dios formada por judíos y paganos de todos los pueblos; su ministerio indispensable es hacer que no se identifique nunca con una sola nación, con una sola cultura, sino que sea la Iglesia de todos los pueblos, para hacer presente entre los hombres, marcados por numerosas divisiones y contrastes, la paz de Dios y la fuerza renovadora de su amor. Por tanto, la misión particular del Papa, Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, consiste en servir a la unidad interior que proviene de la paz de Dios, la unidad de cuantos en Jesucristo se han convertido en hermanos y hermanas.
Ante la enorme responsabilidad de esta tarea, siento cada vez más el compromiso y la importancia del servicio a la Iglesia y al mundo que el Señor me ha confiado. Por eso, os pido, queridos hermanos y hermanas, que me sostengáis con vuestra oración para que, fieles a Cristo, podamos anunciar y testimoniar juntos su presencia en nuestro tiempo. Que nos obtenga esta gracia María, a la que invocamos confiados como Madre de la Iglesia y Estrella de la evangelización.
La Virgen es la única que consigue unir a los españoles
Regina Hispaniae.
Nuestra historia está sembrada de santuarios marianos que nacieron mucho antes de que existiera el Estado moderno. Ermitas escondidas entre montañas, imágenes aparecidas junto a un río, vírgenes encontradas por un pastor o veneradas tras una batalla
María sigue siendo, para millones de personas, el camino más tierno hacia Jesucristo y la Madre que, desde la Cruz, recibió la misión de cuidar de todos nosotros. Y una madre así nunca deja de acompañar a sus hijos.
España es mariana. España es tierra de María. Basta recorrer nuestro país para descubrir que, casi sin excepción, cada pueblo, cada ciudad y cada valle tiene una advocación mariana que constituye el corazón de su identidad. La Virgen del Pilar, de Covadonga, de Montserrat, de los Desamparados, del Rocío, de Begoña, de la Fuensanta, de la Almudena… y decenas de miles más. No son “muchas vírgenes”. Es una sola Madre contemplada desde el cariño de generaciones enteras.
Hace unos años, un buen amigo mío, Pedro, cristiano ortodoxo rumano, me hizo una pregunta que me sorprendió: «¿Por qué vosotros tenéis tantas vírgenes?». Por un momento me quedé parado, pero enseguida le respondí con un ejemplo muy sencillo: «Pasa algo parecido contigo, unos te llaman “Pedro el rumano” otros, “Pedro el constructor”; otros, “Pedro el alto”. Son formas distintas de identificarte por cariño, cercanía o alguna circunstancia de tu vida. Pero todos se refieren a ti. Pues con la Virgen ocurre exactamente igual. Es la misma María, la Madre de Dios, a la que cada pueblo llama con el nombre que la historia, un milagro, una aparición o, sin más, el afecto. Sonrió: “Ahora lo entiendo”.
Y creo que esa explicación resume una verdad profundamente española, que no hemos multiplicado a María, hemos multiplicado nuestro amor hacia ella.
No es casualidad que san Juan Pablo II afirmara que «María está presente en el misterio de Cristo y de la Iglesia». Tampoco que san Bernardo escribiera aquella frase que ha acompañado durante siglos a millones de cristianos: «Nunca se oyó decir que ninguno de los que han acudido a tu protección haya sido abandonado.» Son palabras que nacen de la experiencia de quien sabe que una madre nunca permanece indiferente ante el sufrimiento de sus hijos.
También santa Teresa de Jesús tenía una confianza absoluta en la Virgen. Para ella, María era el camino más seguro hacia Cristo. Y san Maximiliano Kolbe, enamorado de la Inmaculada, llegó a afirmar en la milenaria oración de Acordaos, que «jamás se temerá amar demasiado a María, porque nunca se la amará más de lo que la amó Jesucristo». En esa frase se resume toda una espiritualidad, porque el amor a María nunca sustituye a Cristo; conduce siempre hasta Él.
España comprendió esta verdad desde muy pronto. Nuestra historia está sembrada de santuarios marianos que nacieron mucho antes de que existiera el Estado moderno. Ermitas escondidas entre montañas, imágenes aparecidas junto a un río, vírgenes encontradas por un pastor o veneradas tras una batalla. La fe popular fue levantando un mapa invisible que une a todos los españoles mucho más profundamente que muchas leyes o constituciones.
Y es que esta devoción no se quedó dentro de nuestras fronteras. Cuando los españoles cruzaron el Atlántico, llevaron consigo la cruz, el idioma, las leyes… y también a la Virgen María. Por eso la evangelización de América fue también, en cierto modo, la conquista del corazón por medio de la Madre.
Existe un símbolo especialmente hermoso que es la Virgen de Guadalupe de Extremadura, que era uno de los grandes centros de peregrinación de España cuando comenzó el descubrimiento del Nuevo Mundo. Décadas después, en el Tepeyac mexicano, la Virgen quiso presentarse al indígena san Juan Diego bajo el mismo nombre de Guadalupe. No fue una casualidad histórica. Aquella advocación unió espiritualmente dos continentes y dio origen a una de las mayores devociones marianas del mundo. La patrona de Extremadura se convirtió, providencialmente, en la Reina de América. No es sin querer que, desde California hasta la Patagonia, resulte difícil encontrar una nación hispanoamericana donde María no ocupe un lugar central en la vida del pueblo.
Vivimos tiempos en los que muchos intentan borrar las raíces culturales y religiosas de las naciones. Sin embargo, basta asistir a la procesión de la patrona de cualquier pequeño municipio para descubrir que todavía existe algo capaz de reunir a creyentes y alejados, jóvenes y ancianos, personas de cualquier condición. Muchos quizá no entren en la iglesia el resto del año, pero sienten que esa Virgen “es la suya”, porque pertenece a su historia, a su familia y a los recuerdos más queridos. Y, en el fondo, quizá sea precisamente eso lo que hace una madre: permanecer. Esperar. Acoger. No imponer nunca su amor, pero tampoco retirarlo.
España podrá cambiar en muchas cosas. Cambiarán las costumbres, la política y hasta las formas de vivir. Pero mientras en un solo pueblo siga encendiéndose una vela ante una imagen de María, mientras una abuela enseñe a un nieto a rezar un Avemaría o un marinero mire al cielo antes de hacerse a la mar invocando a su patrona, seguirá latiendo una parte esencial del alma de nuestra nación.
María no pertenece al pasado de España. María sigue siendo, para millones de personas, el camino más tierno hacia Jesucristo y la Madre que, desde la Cruz, recibió la misión de cuidar de todos nosotros. Y una madre así nunca deja de acompañar a sus hijos. El punto 495, del ya clásico libro de espiritualidad Camino, escrito por san Josemaría Escrivá, es ese que dice: “A Jesús siempre se va y se ‘vuelve’ por María”. No se puede decir más claro.
Carta a Pusey (Encuentro), de san John Henry Newman. En esta breve pero intensa obra, san John Henry Newman responde a las críticas de su amigo Edward Pusey defendiendo el lugar de la Virgen María en la teología católica. Apoyándose en los Padres de la Iglesia, muestra que doctrina y vida espiritual son inseparables y fundamenta, desde la tradición cristiana primitiva, la legitimidad de la devoción mariana.
El secreto de la Virgen de Guadalupe (Sekotia), de Santiago Mata. Ambientada en el México de 1531, esta novela recrea con rigor histórico las circunstancias que rodearon las apariciones de la Virgen de Guadalupe a san Juan Diego y el impacto que transformó las relaciones entre indígenas y españoles. A través de una narración cercana, invita a reflexionar sobre la fe, los prejuicios y las lecciones que aquel acontecimiento sigue ofreciendo a nuestra sociedad.
El evangelio secreto de la Virgen María (Edaf), de Santiago Martín. Los Evangelios apenas ofrecen algunos datos sobre la Virgen María, pero suficientes para despertar numerosas preguntas sobre su vida y su experiencia humana. Este libro explora, con sensibilidad y profundidad, cómo pudo afrontar los momentos decisivos de su existencia, acercando al lector a una María más cercana, capaz de comprender el sufrimiento, la esperanza y las alegrías de toda persona.
ESPAÑA, LA NACIÓN QUE MÁS HA VENERADO A MARÍA
España Mariana 15 de Agosto:
«Si un día se perdiera el mapa de este pueblo, si la historia borrara el nombre de todas sus ciudades, podría reescribirse rastreando santuarios. Porque allí donde hubo un grupo de españoles tuvo un templo María. Allí donde latió un corazón, latió por Ella, por Ella y por su Hijo, en un único amor y diez mil nombres, en un solo cariño y cien advocaciones.»
«No existen objetos mágicos. La medalla ‘sirve’ en cuanto tienes fe en Jesucristo». Así se explica el sacerdote y autor del libro de investigación teológica El Diablo y los demonios. Un estudio a la luz de santo Tomás de Aquino, Raúl Medina. Uno de los peligros a los que se puede sucumbir con los objetos religiosos es caer en la superstición. Sin embargo, no hay que despreciar su utilidad.
Uno de los más extendidos y apreciados es la medalla de san Benito. El monje santo «luchó durante su vida contra Satanás y las influencias diabólicas», comenta Medina. Por ello, es patrono de los exorcistas, aquellos obispos y sacerdotes (los que han recibido el nombramiento expreso por su obispo, tal y como manda el Código de Derecho Canónico) que dedican su ministerio a «expulsar al diablo y los demonios de la vida o los cuerpos de las personas que sufren su influencia».
La medalla aparece como un «sacramental de especial protección en la lucha contra el mal», cuenta el sacerdote. Cualquiera puede portarla, incluidos laicos y consagrados, aunque es necesario que esté bendecida y exorcizada «para gozar de una especial fuerza de Jesucristo».
Colocada en cimientos y puertas de edificios, en el centro de cruces o en llaveros, el origen del objeto proviene de la vida del santo abad. Según cuenta el papa san Gregorio, en el Libro II de los Diálogos, san Benito hacía el signo de la cruz como signo de salvación, verdad y purificación, reconociendo que Cristo, a través de ella, ha vencido a la muerte y al mal. Narra que, con solo hacer la señal de la cruz sobre un vaso que contenía veneno, se rompió. El mismo gesto mandó hacer a sus monjes sobre su corazón cuando el maligno los perturbaba.
«Vade retro Satanás»
Detalle de las caras de trasera y delantera de la medalla de san Benito
La medalla representa a san Benito con la cruz en la mano derecha y la Regla en la izquierda. De la misma forma, aparecen varias inscripciones tanto en la parte frontal como en la trasera.
En la parte delantera se puede leer el texto en latín: Crux sanci patris Benedicti. Eius in óbitu nostro presentia muniamur. Ex S.M. Cassino MDCCCLXXX. Esto significa «Cruz del Santo Padre Benito. A la hora de nuestra muerte seamos protegidos por su presencia. Del Santo Monte Casino, 1880».
En la parte posterior, aparecen unas «abreviaturas de unas oraciones contra el Maligno». Encontramos SMQLIVB, que significa «Malo es lo que me ofreces, bebe tú mismo tu veneno»; VRSNSMV, «Vade retro Satanás, no me aconsejes cosas vanas»; CSSML, «la santa Cruz sea mi luz»; NDSMD, que el Dragón infernal no sea mi guía; y, por último, CSPB, de nuevo «Cruz del santo Padre Benito». Está rematada en su parte superior con la palabra Paz.
«De aquí extraemos la oración de san Benito que nos ayuda en momentos de la lucha contra el diablo y los demonios», comentaba Raúl Medina. Esta rezaría: La santa Cruz sea mi luz. No sea el dragón mi guía. Es malo lo que me ofreces, bebe tú mismo tu veneno.
El origen de la medalla
Una de las medallas más difundidas entre los cristianos es la atribuida a San Benito, el santo abad y patrono de Europa, debido al vínculo que tiene en la lucha contra el mal.
Esto se debe a que en el siglo XVII hechiceras en Alemania dijeron que no tenían poder sobre la Abadía de Metten porque estaba bajo la protección de la cruz.
El uso de la medalla fue aprobado en marzo de 1742 por el papa Benedicto XIV. Aunque la versión final de la medalla es del 1880, año que aparece en la parte delantera, su origen es bastante anterior. Situados en Nattenberg –Baviera–, en el siglo XVII, algunas mujeres fueron acusadas de brujería contra el monasterio benedictino de Metten. Ellas confesaron que no habían podido influir en él al estar bajo el amparo de una cruz. Tras diversos estudios, se encontraron tapias del monasterio pintadas con varias cruces con unas siglas indescifrables.
Durante la investigación, se hallaron en las paredes del recinto varias cruces pintadas y rodeadas por las letras que se encuentran ahora en las medallas. Más adelante se encontró un pergamino con la imagen de San Benito y las frases completas que sirvieron para escribir esas abreviaturas.
Continuaron las investigaciones, y apareció el ansiado significado de las siglas dentro de un libro del siglo XIV. En él se veía una figura de san Benito con una cruz en la mano derecha, junto a parte del texto, representado con las letras iniciales de las palabras, en las astas cruzadas de las pinturas del monasterio. A la izquierda, una banderola con el resto del escrito. En otra abadía, esta vez en la de Wolfenbüttel, había un dibujo en un manuscrito de un monje defendiéndose del mal, ilustrado con una mujer que portaba una copa, repleta de las seducciones del mundo. El religioso levantaba una cruz, acompañado de la parte final del texto, por lo que se piensa que la creencia proviene de varios siglos anteriores.
Canto Fuerte contra los Poderes del mal:
Poderosa oración exorcista de la Medalla de San Benito
«Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas.» (Efesios, 6-12)