jueves, 30 de abril de 2026

El Cristianismo moderno...

 

Por qué decidió escribir un libro titulado «Vivir en el asombro», un manual para la disidencia cristiana? –Rod Dreher

Creo que la supervivencia de la fe cristiana en este mundo desencantado depende de que los cristianos recuperen el asombro.

Rod Dreher es un prestigioso periodista y escritor estadounidense. Es autor de éxitos como La opción benedictina No vivas de mentiras, y un manual para la disidencia cristiana.

El periodista Javier Navascués le entrevista donde analiza la secularización occidental, abogando por la resistencia cultural cristiana y la defensa de la verdad frente a lo que denomina un totalitarismo «soft». Por su interés reproducimos dicha entrevista

¿Por qué decidió escribir un libro titulado Vivir en el asombro?

Porque en mi propia vida he experimentado cosas maravillosas: milagros y señales de que el mundo es mucho más misterioso de lo que creemos, y quería despertar en otros esta dimensión de la realidad. Más aún, antes del mundo moderno, el cristianismo nos enseñaba a experimentar el mundo como algo maravilloso, como un don sacramental de Dios. Solíamos creer que podíamos conocer a Dios con nuestro cuerpo, no solo con nuestra mente. Si bien tanto la Iglesia Católica como la Ortodoxa aún lo enseñan oficialmente, esta ya no es la experiencia cotidiana de muchos cristianos en el mundo moderno. Creo que la supervivencia de la fe cristiana en este mundo desencantado depende de que los cristianos recuperen el asombro.

Además, el antiguo paradigma materialista de la Ilustración se está desmoronando. Esto se observa especialmente en los jóvenes de hoy. Pero eso no significa que estén interesados en el cristianismo. Buscan significado, propósito y trascendencia, pero muchos no creen poder encontrarlo en el cristianismo, porque no lo han visto. Esto es una tragedia, pero tenemos las herramientas para solucionarlo, arraigadas en nuestras propias tradiciones. Solo tenemos que recuperar lo que las generaciones anteriores olvidaron o reprimieron: especialmente la dimensión mística de la fe.

¿Hasta qué punto es una continuación de sus obras anteriores, La Opción Benedictina y No vivas de mentiras, un manual para la disidencia cristiana? ¿Podría decirse que forman una trilogía compacta?

Sí, es una buena observación. No intenté escribir una trilogía, pero así fue. ¿Por qué? Lo que más me preocupa es cómo vivir como cristiano fiel en el mundo moderno y poscristiano. Cada uno de estos libros aborda esa cuestión fundamental, aunque de maneras diferentes.

¿Qué es para usted el asombro y por qué el hombre occidental ha perdido la capacidad de asombrarse?

El asombro es simplemente la sensación de maravillarse al enfrentarse a algo externo a nosotros, algo que intuimos que revela algo más profundo sobre la naturaleza de la realidad. Es la profunda, a menudo repentina, conciencia de que la realidad es más compleja de lo que creíamos. Todos experimentamos asombro, pero no todos respondemos adecuadamente. La lección que debemos aprender de un asombro es escucharlo decir: «Debes cambiar tu vida».

Hemos perdido la capacidad de asombro porque vivimos en un mundo que valora por encima de todo lo que se puede medir y hacer útil. Pero las cosas maravillosas casi siempre son cosas que no son «útiles» en el sentido común de la palabra. ¿Qué tiene de «útil» «Don Quijote»? ¿Qué tiene de «útil» la «Pasión según San Mateo» de Bach, las pinturas del Renacimiento italiano, un hermoso jardín, un acto de bondad sacrificial o la sonrisa de un bebé? Nada. Pero estas cosas tienen significado, porque nos invitan a salir de nosotros mismos y de la aburrida experiencia de lo cotidiano. Nos ayudan a ser plenamente humanos, no solo animales que consumen.

¿Qué factores nos han embrutecido para que no podamos ver fácilmente lo que es noble y la verdadera belleza de la vida?

Hay muchas cosas, pero la más importante es una mentalidad que nos lleva a tratar todo como si solo tuviera valor si podemos usarlo. Esta forma de pensar proviene de una idea que comenzó a surgir hace unos 600 años, la cual afirmaba que no existe una conexión intrínseca entre el espíritu y la materia. Esto permitió el desarrollo de la ciencia y la tecnología, y el avance del capitalismo. Gracias a ello, nos hemos vuelto ricos, poderosos y saludables, y podemos estar agradecidos por estos logros.

Pero también hemos perdido el sentido profundo de la vida. Podemos ser ricos, poderosos y saludables físicamente, pero si no podemos discernir el propósito de todo esto –es decir, cuál es el significado y el propósito de la vida–, entonces terminaremos como muchos de nosotros hoy: miserables y perdidos, vagando por la vida como hojas arrastradas por el viento.

La diferencia entre nosotros y quienes viven con asombro es la diferencia entre turistas y peregrinos.

¿Por qué es urgente redescubrir el sentido de la vida y profundizar en su misterio?

Si no experimentamos el asombro y permitimos que nos transforme, que nos convierta, llegaremos a creer que lo único que importa en la vida es ejercer poder y control sobre el mundo. Incluso quienes creen en la moralidad, en última instancia, no podrán defenderla ni permitir que guíe su conducta cuando se ponga a prueba. Nietzsche tenía razón: si Dios no existe y el mundo material no se fundamenta en una dimensión trascendente y jerárquica de la realidad, entonces el mundo pertenece a los fuertes y a los crueles. Nietzsche pensaba que esto era bueno. Yo no, y dudo que ninguno de sus lectores lo piense.

Pero si perdemos el sentido de la santidad de las cosas, de la presencia viva y activa de Dios en el mundo, entonces nuestra religión se convierte en poco más que mero moralismo y ritualismo. No me malinterpreten: ¡la moral y los rituales son importantes! Pero si no se fundamentan místicamente en la realidad trascendente –en última instancia, en el Dios vivo, no en el dios de los filósofos– entonces se convierten en cosas muertas.

¿Cómo nos lleva el olvido de lo divino al relativismo moral y al nihilismo?

Es sencillo: si Dios no existe, podemos hacer lo que queramos, si podemos salirnos con la nuestra. Además, si Dios no existe, nuestras vidas carecen de peso y propósito. Se vuelve difícil soportar el sufrimiento y la injusticia. Hay millones de personas hoy en día que jamás serían crueles ni infringirían la ley, pero sienten que sus vidas están vacías y sin sentido, y que la vida no vale la pena a menos que cumpla con cierto estándar de comodidad.

¿Por qué, como también se enseña en El Principito, lo esencial y lo bello a veces se vuelve invisible a los ojos?

No sé si hay una respuesta fácil a esta pregunta, pero lo sé por experiencia. Creo que tiene que ver con nuestro deseo de controlarlo todo. Lo que puedes controlar no tiene el poder de encantarte. El filósofo católico Joseph Pieper enseñó que el ocio es la base de la cultura. Quería decir que la contemplación –la capacidad de permanecer quietos y simplemente contemplar el mundo, en lugar de actuar sobre él para imponerle nuestra voluntad– es la raíz de la construcción de la cultura. Existe una conexión entre «culto» (religión) y «cultura». En última instancia, aquello que da sentido a nuestras vidas suele ser invisible y no puede ser encerrado en una jaula ni medido en un laboratorio. Debe abordarse desde una perspectiva religiosa, es decir, desde la fe.

Ninguno de nosotros puede mirar directamente al sol, pero sabemos que existe porque sentimos el calor de sus rayos en nuestra piel y vemos la belleza del sol en un prado. Creo que sucede lo mismo con Dios: no puede ser visto, pero podemos conocerlo a través de sus efectos. Nunca he visto a Dios, por supuesto, pero lo que me llevó a convertirme al cristianismo fue, primero, experimentar en mi adolescencia la sobrecogedora maravilla de la catedral de Chartres, construida por personas que realmente creían en Dios y querían edificar un hermoso templo digno de su gloria; y segundo, conocer a un anciano sacerdote cuya dulce santidad me hizo concluir que estaba tan lleno de Dios que probablemente era un santo. Ni la catedral de Chartres ni Monseñor Carlos Sánchez eran Dios, pero ambos fueron señales sumamente poderosas que me mostraron el camino hacia Él.

¿A qué atribuye que el cristianismo parezca tan insípido para el hombre superficial?

Bueno, para ser honesto, espero no ser superficial, pero gran parte del cristianismo moderno me parece insípido. En nuestra época, tratamos la fe como si fuera poco más que un programa de autoayuda y una guía para ser amables. El Dios de la Biblia no nos llama a ser amables; nos llama a ser santos. El cristianismo es mucho más que una terapia para la clase media acomodada. Hasta que vi la catedral de Chartres a los 17 años, pensaba que el cristianismo no era más que la clase media rezando, aprendiendo del pastor a ser felices y amables. No quería saber nada de eso; buscaba algo más profundo, algo con grandeza espiritual.

Vi ese tipo de cristianismo por primera vez en Chartres, y me transformó. Nada en mi vida hasta entonces me había preparado para la visión del cristianismo que se hizo visible en las piedras y vidrieras de esa catedral medieval. No salí de la catedral aquel día de verano de 1984 como cristiano, pero sí salí de allí en busca del Dios que había inspirado a los hombres ocho siglos antes a construirle un templo.

¿Qué debemos hacer para recuperar la capacidad de asombro y transformar nuestra vida y nuestra sociedad?

Primero, debemos cambiar nuestra mentalidad; es decir, debemos dejar de creer que lo que vemos en este mundo es toda la realidad.

Segundo, debemos recuperar la capacidad de concentrar nuestra atención. Esto es muy difícil en el mundo moderno, donde las pantallas exigen nuestra atención constantemente y la fragmentan.

Tercero, debemos buscar la belleza, la verdadera belleza, con la convicción de que el deseo de belleza nos llevará, en última instancia, a un encuentro con la fuente de toda belleza: Dios. La mayoría de la gente piensa instintivamente que la belleza carece de significado, que existe solo para el placer individual. Esto no es cierto. La verdadera belleza es una teofanía, una revelación, en cierto sentido, de lo divino. Todos creyeron esto hasta finales de la Edad Media.

Ahora debemos luchar, de forma constante y contracultural, para recuperar esta verdad que era evidente para nuestros antepasados. Saben, realmente debemos rechazar el mito del progreso, que nos dice que con cada año que pasa nos acercamos más a la Verdad. No cabe duda de que hemos logrado un progreso científico y tecnológico inmenso, y también material. Todos preferiríamos vivir en una sociedad rica que en una pobre. Pero esto ha tenido un precio insoportable: la pérdida del sentido de lo divino, de lo trascendente. Sabemos mucho más de ciencia y economía que un campesino católico medieval de Aragón, pero ese hombre pobre y sin educación probablemente sabía mucho más sobre la realidad espiritual que nosotros.

¿Cree que, ante la crisis de la modernidad y el desorden del libertinaje, puede haber un retorno al orden y a la belleza de los valores tradicionales?

Dios nos ha dado libre albedrío, por lo tanto, todo es posible. Estamos empezando a ver a más y más jóvenes llegar a la conclusión de que las promesas de este mundo son falsas. Como me dijeron los jóvenes que entrevisté el verano pasado al inicio de la peregrinación anual de tres días desde París a Chartres: «La generación de nuestros padres no nos dio nada. Buscamos sentido, buscamos propósito, buscamos trascendencia, buscamos comunidad… y buscamos a Dios».

Su número crece, así que hay esperanza. Pero se enfrentan a una fuerte oposición de los estilos de vida modernos. Si uno quiere vivir verdaderamente para Dios, en la fe tradicional, debe cultivar una fuerte sensibilidad contracultural. Si uno quiere ser verdaderamente cristiano en un mundo que odia a Dios o que lo ha olvidado, debe luchar por ello y estar dispuesto a sacrificarse. La mayoría de la gente hoy prefiere la comodidad a la verdad. Prefieren vivir en la Matrix. Pero estamos llamados a algo mucho más noble y hermoso. Estamos llamados a vivir en el asombro: el asombro de la gloria de Dios.

Adelante España

Sagradas lecturas jueves 30..

Jueves, 30 de abril .

Lecturas del Jueves de la IV Semana de Pascua

Señor, purifica mi corazón para que Tu Palabra caiga en él y dé el ciento por uno.

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (13,13-25):

PABLO y sus compañeros se hicieron a la mar en Pafos y llegaron a Perge de Panfilia. Juan los dejo y se volvio a Jerusalén; ellos, en cambio, continuaron y desde Perge llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Acabada la lectura de la Ley y de los Profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron a unos que les dijeran:
«Hermanos, si tenéis una palabra de exhortación para el pueblo, hablad».
Pablo se puso en pie y, haciendo seña con la mano de que se callaran, dijo:
«Israelitas y los que teméis a Dios, escuchad: El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros padres y multiplicó al pueblo cuando vivían como forasteros en Egipto. Los sacó de allí con brazo poderoso; unos cuarenta años “los cuidó en el desierto”, “aniquiló siete naciones en la tierra de Canaán y les dio en herencia” su territorio; todo ello en el espacio de unos cuatrocientos cincuenta años. Luego les dio jueces hasta el profeta Samuel. Después pidieron un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, durante cuarenta años. Lo depuso y les suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: “Encontré a David”, hijo de Jesé, “hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos”.
Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegara Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis, pero, mirad, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 88,2-3.21-22.25.27

R/. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dijieste: «La misericordia es un edificio eterno»,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad. R/.

Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso. R/.

Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán,
por mi nombre crecerá su poder.
Él me invocará: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora». R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (13,16-20):

CUANDO Jesús terminó de lavar los pies a sus discípulos les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”. Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy.
En verdad, en verdad os digo: el que recibe a quien yo envíe me recibe a mí; y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado».

Palabra del Señor

COMENTARIO DE BENEDICTO XVI

En el pasaje evangélico del lavatorio de los pies, la conversación de Jesús con Pedro presenta otro aspecto de la práctica de la vida cristiana, en el que quiero centrar, por último, la atención. En un primer momento, Pedro no quería dejarse lavar los pies por el Señor. Esta inversión del orden, es decir, que el maestro, Jesús, lavara los pies, que el amo realizara la tarea del esclavo, contrastaba totalmente con su temor reverencial hacia Jesús, con su concepto de relación entre maestro y discípulo. «No me lavarás los pies jamás» (Jn 13, 8), dice a Jesús con su acostumbrada vehemencia. Su concepto de Mesías implicaba una imagen de majestad, de grandeza divina. Debía aprender continuamente que la grandeza de Dios es diversa de nuestra idea de grandeza; que consiste precisamente en abajarse, en la humildad del servicio, en la radicalidad del amor hasta el despojamiento total de sí mismo. Y también nosotros debemos aprenderlo sin cesar, porque sistemáticamente deseamos un Dios de éxito y no de pasión; porque no somos capaces de caer en la cuenta de que el Pastor viene como Cordero que se entrega y nos lleva así a los pastos verdaderos

(Benedicto XVI, Homilía 20 de marzo de 2008).

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