El Mensaje de conversión de la Virgen María, Madre de la Iglesia a los fieles y sus pastores.
172° Aniversario de la Aparición de la Virgen María a la Salette.

Por Juan Alfredo Pineda De los SantosDominus Est. 19 de septiembre de 2018.

En medio de la crisis que atraviesa la Iglesia en estos días, celebramos este 19 de septiembre el 172° aniversario de la aparición de la Virgen María a la Salette  (Francia). La Virgen María, apareció a dos pastorcillos Melanie Calvat de quince años, y Maximin Giraud de once. La Santísima Virgen les confió un secreto, unas advertencias para los tiempos venideros: “el secreto de La Salette.” La aparición fue aprobada en 1951, por el entonces obispo de Grenoble, Mons. De Bruillard, afirmando que esta aparición, “lleva en si todos los caracteres de la verdad y que los fieles son invitados a creer con certitud y sin duda alguna”. En 1851, el papa Pio IX, recibe el texto con el secreto de la Salette, que hasta nuestros días se encuentra en el archivo Vaticano. La Virgen nos había prevenido sobre estos tiempos difíciles que vive la Iglesia y la humanidad, invitándonos a la oración, a la penitencia y a la conversión interior.
 «  Ustedes pasarán este mensaje a todo mi pueblo. » 
 Fueron las palabras de aquella Señora hermosa, llena de luz, que con los ojos llenos de lágrimas, lloraba por los pecados de los hombres. La Señora prosigue: “si mi pueblo no quiere someterse, yo estoy forzada a dejar actuar la mano de mi hijo”… La Santa Virgen, dirigió esas palabras a los dos videntes, que no eran frecuentes en la práctica religiosa, como la mayor parte de los habitantes de la aldea en que vivían. La Virgen le confió a cada uno por separado un secreto, uno de estos secretos habla sobre la conducta de los sacerdotes.
 «Melanie, esto que yo te voy a decir ahora no será siempre secreto; puedes publicarlo en 1858: Los Sacerdotes, Ministros de mi Hijo, los Sacerdotes…, por su mala vida, por sus irreverencias e impiedad al celebrar los santos misterios, por su amor al dinero, a los honores y a los placeres, se han convertido en cloacas de impureza. ¡Sí!… ¡Ay de los sacerdotes y personas consagradas a Dios que por sus infidelidades y mala vida crucifican de nuevo a Mi Hijo! Los pecados de las personas consagradas a Dios claman al Cielo… No, no se encuentra nadie que implore misericordia y perdón para el Pueblo. Ya no hay almas generosas ni persona digna de ofrecer la víctima sin mancha al Eterno, en favor del mundo…  ¡Ay de los habitantes de la Tierra…! ¡Los jefes, los conductores del Pueblo de Dios, han descuidado la oración y la penitencia, y el demonio ha oscurecido sus inteligencias, se han convertido en estrellas errantes que el viejo diablo arrastrará con su cola para hacerlos perecer. Dios permitirá a la serpiente antigua poner divisiones entre los soberanos, en las sociedades y en las familias. (…) La sociedad está en vísperas de las más terribles calamidades y los más grandes acontecimientos…  Muchos abandonarán la Fe, y el número de Sacerdotes y religiosos que se separarán de la verdadera religión será grande. Entre estas personas se encontrarán incluso Obispos. Que el Papa se ponga en guardia contra los obradores de milagros, pues llega el tiempo en que los prodigios más asombrosos tendrán lugar en la tierra y en los aires. (…) Lucifer, con gran número de demonios, será desatado del Infierno; abolirán la fe, aún entre las personas consagradas a Dios. (…) Muchas casas religiosas perderán completamente la fe y perderán a muchísimas almas. Los malos libros abundarán en la Tierra y los espíritus de las tinieblas extenderán por todas partes un relajamiento universal en todo lo relativo al servicio de Dios. Habrá Iglesias para servir a esos espíritus. (…) ¡Ay de los príncipes de la Iglesia que se hayan dedicado únicamente a amontonar riquezas, a poner a salvo su autoridad y dominar con orgullo! 

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Hoy más que nunca son actualidad estas palabras de la Virgen María, la crisis que vive la Iglesia en gran parte es por falta de celo apostólico y misionero de la parte de los sacerdotes, de la negligencia en la formación de los futuros sacerdotes, de la ambición mundana de muchos y la impureza aberrante de otros. Resuenan todavía aquellas inspiradas palabras del Beato Pablo VI, “el humo de Satanás ha entrado en el Templo de Dios”. Satanás ha engañado a tantos al interior de la Iglesia, a fieles y pastores, alejándolos del verdadero camino de la verdad y distrayéndolos del centro que es Cristo, bien decía la Beata Madre María Deluil-Martini:
 Son verdaderamente los ultrajes, las ingratitudes, el olvido y mucho más la tibieza de los consagrados, íntimos amigos, que hieren a Jesús en el Corazón. 
 Es por eso que Cristo a través de su Madre, Medianera de todas las gracias, continúa a pidiendo almas eucarísticas, con espíritu sacerdotal, que se ofrezcan continuamente con Jesús Sacerdote y Víctima, como hostias puras, santas e inmaculada. Almas que ofrezcan incesantes oraciones, penitencias y sacrificios, acompañados de la comunión reparadora a los Sagrados Corazones, a fin de que triunfe el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María y se establezca la salud, y el poderío, y el reinado de nuestro Dios. Esto es lo que pedimos cada vez que recitamos el Pater Noster“Adveniat Regnum Tuum” [Venga a nosotros tu reino]. De esta manera son bienvenidas las palabras del papa Francisco, en su Carta al pueblo de Dios, donde invita a todo el pueblo santo de Dios, al ejercicio de la penitencia, de la oración y del ayuno. Creo también que no es casualidad que este mismo 19 de septiembre en la diócesis de Madison. (EE.UU.) Mons. Robert C. Morlino, “el obispo de los sagrarios al centro”, ha invitado a toda su diócesis, en una reciente carta pastoral, publicada el 18 de agosto, a unirse a él, los días 19, 21 y 22 de septiembre, ayunando y haciendo actos públicos y privados de reparación al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, por todos los pecados de depravación sexual cometidos por los miembros del clero y el episcopado. Unámonos también nosotros a esta hermosa iniciativa en espíritu de penitencia y de reparación.
 Juan Alfredo Pineda De los Santos