miércoles, 30 de junio de 2021

Enemigos del Alma....

 

Amonestación de Mons. Viganò


 Ipse fecit nos, et non ipsi nos.

Ps 99, 3

 

Los enemigos de nuestra alma son siempre los mismos, como también son siempre las mismas las trampas que nos tienden. El mundo, con sus seducciones; la carne, corrompida por el pecado original e inclinada al mal; y el Diablo, eterno enemigo de nuestra salvación que se vale de la carne para asediarnos. Dos enemigos externos y uno interno, listos en todo momento para hacernos caer en un momento de descuido o de debilidad. Estos enemigos espirituales nos acompañan a todos desde la infancia hasta la vejez, y a la humanidad a lo largo de las generaciones y los siglos.

Los aliados con los que podemos contar para derrotar al mundo, la carne y el Diablo son la Gracia de Dios, la asiduidad en los Sacramentos, el ejercicio de las virtudes, la oración, la penitencia, la meditación en los Novísimos y en la Pasión del Señor, y vivir en presencia de Él.

En estos tiempos rebeldes y descristianizados en que la sociedad además de no contribuir a la consecución de nuestros fines hace lo imposible por alejarnos de ellos, las autoridades civiles nos exigen que sigamos al mundo, que satisfagamos los deseos de la carne y sirvamos al Enemigo del género humano. Unas autoridades perversas y pervertidoras que no cumplen su función de dirigir y gobernar la sociedad con miras a conducir a la gente a la salvación eterna. Peor aún, que niega la salvación eterna y rechaza al  Autor Divino  y adora al Adversario.

No tiene, pues, nada de sorprendente que esta modernidad apóstata en la que el arbitrio es norma y el vicio el modelo a seguir desee borrar todo rastro de Dios y del Bien en la sociedad y en las personas estableciendo un pacto infernal con el mundo, la carne y el Diablo. Es lo que observamos en la descarada promoción de la sodomía, la perversión y el vicio en sus más abyectas modalidades, así como en la irrisión, descrédito  y condenación de que son objeto la pureza, la rectitud y la virtud.

Si la lucha diaria contra nuestros enemigos debe incluir un esfuerzo titánico en la lucha contra el Estado, que debería ser nuestro amigo y sin embargo se empeña en corrompernos desde pequeños, resulta doloroso y trágico ver cómo otros traidores y mercenarios participan en el asedio: malos pastores que abusan de la sagrada autoridad que les confirió Nuestro Señor para encaminarnos a la condenación y convencernos de que lo hasta ayer se consideraba pecado e indigno de los redimidos por la Sangre de Cristo hoy es bueno y lícito.

El espíritu mundano, la sumisión a la concupiscencia y –lo que es más grave– la renuncia a combatir al Maligno se han contagiado a buena parte de la jerarquía de la Iglesia Católica empezando por arriba para convertirla en enemiga de Dios, de su Ley y de nuestras almas. Al igual que ha pasado con las autoridades civiles, las religiosas también han hecho dejación de funciones abdicando de la misión y renegando del fin que les había encomendado la Divina Providencia.

Lo novedoso de esta perversión de la autoridad, preludio del épico enfrentamiento del Final de los Tiempos, está en corrupción de los propios pastores y en que los fieles, como ovejas sin pastor, se ven obligados a resistir heroicamente un asalto por varios frentes a su ciudadela, donde sus jefes no sólo los han dejado solos, sino que hasta han abierto las puertas a las hordas enemigas y las hacen entrar.

El debate sobre el proyecto de ley Zan*, la imposición de la ideología LGBTQ+ y el adoctrinamiento en la ideología de género siguen un plan organizado a escala mundial que en muchos países ya se ha llevado a la práctica. Países en los que al cabo de dos siglos de revoluciones había sobrevivido en el tejido social la impronta del catolicismo están hoy en día totalmente paganizados. Las banderas del arco iris no sólo ondean en edificios de instituciones públicas, sino también en fachadas de catedrales, balcones de obispados y hasta en el interior de los templos. (* El proyecto de ley Zan, apellido de un político y activista LGBT italiano, tiene por objeto fijar duras sanciones a quienes se opongan a la difusión de la homosexualidad y el transexualismo. N. del T.)

En tiempos recientes –no hace más de treinta años—quién habría dicho que para proteger a una minoría de personas extraviadas en el vicio y defenderlas de la discriminación el Estado debía intervenir con medios de tutela y garantías para su libertad. Afirmación irrazonable e ilógica, porque la libertad de la persona consiste en la adhesión de la voluntad al bien al que por naturaleza está ordenada y en la  procura  de sus fines materiales y sobrenaturales. Pero el gran engaño con que el Diablo engatusa desde siempre al hombre, ese pretexto engañoso, había seducido a muchos. Parece que hacía falta valor para reivindicar el derecho al vicio y al pecado ante la implacable dureza de una mayoría hipócrita que sigue atada a los preceptos de la religión. Se reivindicaba el orgullo de ser diferentes en un mundo de iguales, de tener derecho a un espacio de vicio en medio de un mundo virtuoso.

En aquellos tiempos, la Iglesia todavía alzaba, quizás con menos convicción pero siempre fiel al mandato divino, la voz del Magisterio inmutable para condenar la legitimación de comportamientos intrínsecamente desordenados. Preocupada por la eterna salvación de las almas, se daba cuenta de las desgracias que acarrearía a la sociedad la aprobación de formas de vida totalmente antitéticas con la Ley Natural, los Mandamientos y el Evangelio. Los pastores eran valerosos defensores del Bien, y a los papas no les importaba ser blanco de indecorosos ataques por parte de cuantos veían en ellos el katejon que impedía la definitiva corrupción del mundo y la instauración del reino del Anticristo.

No se ve que aquella heroica batalla, que ya sabíamos que había sido debilitada por corrupción interna los propios obispos  sacerdotes, tenga hoy mucho sentido, como tampoco lo tienen las enseñanzas de la Sagrada Escritura, los Santos Pares y los romanos pontífices. El que ocupa la sede de Roma está rodeado de sujetos inmorales favorables a los movimientos LGTB y simulan hipócritamente una acogida y una inclusividad que revela de qué bando están y sus tendencias pecaminosas. Ya no hay valentía ni fidelidad a Cristo, y llega a insinuarse que si Bergoglio ha podido modificar la doctrina sobre la pena de muerte –cosa inaudita y totalmente imposible–, sin duda podrá legitimizar incluso la sodomía, todo en nombre de una caridad que no tiene nada de católica y que es contraria a la divina Revelación.

Los blasfemos desfiles que recorren las calles de muchas capitales del mundo y tienen la osadía de blasfemar y de burlarse impíamente del Sacrificio de Nuestro Señor en la Ciudad Santa, consagrada por la sangre de los santos apóstoles Pedro y Pablo, son acogidos por los mercenarios de la secta conciliar que no dice ni pío sobre la sacrílega bendición de parejas homosexuales pero tilda de rígidos a quienes quieren ser fieles a las enseñanzas del Salvador. Y mientras los obispos y sacerdotes buenos se las ven a diario con la demolición que viene de arriba, vemos cómo se publican las seductoras palabras que Bergoglio escribió a James Martin SJ,  en apoyo de una ideología pervertida y pervertidora que ofende a la Majestad Divina y denigra la misión de la Iglesia y la sagrada autoridad del Vicario de Cristo.

Como sucesores de los Apóstoles y doctores de la Fe, y en espíritu de auténtica comunión con la Sede del Bienaventurado apóstol San Pedro y la Santa Iglesia de Dios, les hago una severa amonestación, recordando que su autoridad viene de Jesucristo y que esa autoridad sólo tiene vigencia y valor si se mantiene orientada a los fines para los que Él la fundó. Piensen esos pastores en los escándalos que dan a los fieles y los sencillos, y en las heridas que infligen al martirizado cuerpo de la Iglesia; escándalos y heridas de los que habrán de responder ante la justicia divina en el día del juicio particular y ante la humana en el del Juicio Universal.

Exhorto a tantos fieles escandalizados y desorientados por la apostasía de los pastores a multiplicar con espíritu sobrenatural oraciones y penitencias, implorando al Señor que se digne convertir a los mercenarios y los lleve de vuelta a la fidelidad a sus divinas enseñanzas. Roguemos a la Madre Purísima, Virgen de las vírgenes, que suscite el arrepentimiento en los ministros corrompidos por el pecado y la impureza para que se fijen en el horror de sus culpas y en las terribles penas que los esperan; que busquen refugio en las santísimas Llagas de Cristo y se purifiquen lavándose en la Sangre del Cordero.

Dirijo un llamamiento de corazón a nuestros hermanos seducidos por el mundo, la carne y el Diablo para que entiendan que no es motivo de orgullo ofender a Dios, ni contribuir a sabiendas a los tormentos de su Pasión, ni en pervertir la naturaleza y empecinarse en rechazar la salvación que Él ganó del Padre muriendo en el madero de la Cruz. Haced de vuestras debilidades una ocasión para la santidad, un motivo para la conversión, una oportunidad de que resplandezca en vuestra vida la grandeza de Dios. No os dejéis embaucar por un Enemigo que hoy parece complaceros con vicios, por mero deseo de robaros el alma y condenaros por la eternidad. Tened orgullo, sí, pero no de la sumisión al pecado y a la perversión, sino de haber sabido resistir las seducciones de la carne por amor a Jesucristo. Pensad en vuestra alma inmortal, por la cual el Señor no vaciló en padecer y morir. ¡Rezad! Rogad a María Santísima para que interceda ante su divino Hijo y os alcance la gracia para resistir, combatir y vencer. Ofreced padecimientos, sacrificios y ayunos para obtener la liberación del mal que el Seductor os quiere impedir mediante engaños. En ello estará vuestro y nuestro verdadero orgullo.

+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo

29 de junio de 2021

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