domingo, 28 de junio de 2026

Sagradas lecturas domingo 28...

 Lecturas del XIII Domingo del Tiempo Ordinario


Domingo, 28 de junio .

Señor, purifica mi corazón, para que Tu Palabra caiga en él, y dé el ciento por uno

Primera Lectura

2 Re 4, 8-11. 14-16a.

Es un hombre santo de Dios; se retirará aquí.

Lectura del segundo libro de los Reyes.

PASÓ Eliseo un día por Sunén. Vivía allí una mujer principal que le insistió en que se quedase a comer; y, desde entonces, se detenía allí a comer cada vez que pasaba.
Ella dijo a su marido:
«Estoy segura de que es un hombre santo de Dios el que viene siempre a vernos. Construyamos en la terraza una pequeña habitación y pongámosle arriba una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que cuando venga pueda retirarse». Llegó el día en que Eliseo se acercó por allí y se retiró a la habitación de arriba, donde se acostó.
Entonces se preguntó Eliseo:
«¿Qué podemos hacer por ella?».
Respondió Guejazí, su criado:
«Por desgracia no tiene hijos y su marido es ya anciano».
Eliseo ordenó que la llamase. La llamó y ella se detuvo a la entrada.
Eliseo le dijo:
«El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando Un hijo».

Palabra de Dios.

Salmo Responsorial

Sal 88.

R/. Cantaré eternamente las misericordias del Señor.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dijiste: «La misericordia es un edificio eterno»,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad. R/. 

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, oh, Señor, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
 tu justicia es su orgullo. R/. 

Porque tú eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey. R/.  

Segunda Lectura

Rom 6, 3-4. 8-11.

Sepultados con él por el bautismo, andemos en una vida nueva.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte.
Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.
Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios.
Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Palabra de Dios.

Aleluya, aleluya, aleluya. 

Vosotros sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa;
anunciad las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa.
Aleluya, aleluya, aleluya.   

Evangelio

Mt 10, 37-42.

El que no carga con la cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.
El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

Palabra del Señor.

Se dice Credo.

COMENTARIO DE BENEDICTO XVI

              La pasión dolorosa del Señor Jesús suscita necesariamente piedad hasta en los corazones más duros, ya que es el culmen de la revelación del amor de Dios por cada uno de nosotros. Observa san Juan: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna» (Jn 3,16). Cristo murió en la cruz por amor. A lo largo de los milenios, muchedumbres de hombres y mujeres han quedado seducidos por este misterio y le han seguido, haciendo al mismo tiempo de su vida un don a los hermanos, como Él y gracias a su ayuda. Son los santos y los mártires, muchos de los cuales nos son desconocidos. También en nuestro tiempo, cuántas personas, en el silencio de su existencia cotidiana, unen sus padecimientos a los del Crucificado y se convierten en apóstoles de una auténtica renovación espiritual y social. ¿Qué sería del hombre sin Cristo? San Agustín señala: «Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si Él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si Él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si Él no hubiera venido» (Sermón, 185,1). Entonces, ¿por qué no acogerlo en nuestra vida?

(Benedicto XVI, Viernes Santo, 10 de Abril de 2009).         

Ejército Remanente...                    ⛪️

sábado, 27 de junio de 2026

desmantelar el amparo penal a la fe...

 

Sánchez legaliza la blasfemia ante la inacción de la Conferencia Episcopal

Lo que comenzó como un proyecto ideológico difuso se ha consolidado como una realidad legislativa demoledora: el Gobierno de coalición socialista-comunista, presidido por Pedro Sánchez, ha reactivado con total determinación el proceso para despenalizar la blasfemia y el escarnio público a los sentimientos religiosos. Veamos..

El escenario político y social en España ha cruzado una línea roja que desprotege de forma absoluta los cimientos espirituales de millones de españoles. Lo que comenzó como un proyecto ideológico difuso se ha consolidado como una realidad legislativa demoledora: el Gobierno de coalición socialista-comunista, presidido por Pedro Sánchez, ha reactivado con total determinación el proceso para despenalizar la blasfemia y el escarnio público a los sentimientos religiosos. Esta medida supone la desarticulación del artículo 525 del Código Penal, un precepto que hasta ahora garantizaba un mínimo suelo de respeto hacia lo sagrado en el espacio público.

Sin embargo, la gravedad de este atropello institucional no radica únicamente en la virulencia y la hostilidad sectaria del Ejecutivo sanchista laicista. Hay otro aspecto alarmante y desolador para el pueblo católico: es la alarmante, tibia y pusilánime respuesta de la Conferencia Episcopal Española (CEE). Ante un ataque frontal y directo a la fe de la nación, el portavoz de la jerarquía eclesiástica ha optado por la corrección política, la diplomacia de salón y unas declaraciones timoratas que rozan la capitulación y la cobardía. El Gobierno avanza con paso firme porque considera que no encontrará en los despachos de Añastro una oposición pastoral firme, clara y combativa.

La alianza de PSOE y Sumar para desmantelar el amparo penal a la fe

La hoja de ruta del Ejecutivo de Pedro Sánchez responde a una agenda ideológica profunda que no disimula su carácter anticatólico y cristofóbico. Odian todo lo católico y lo manifiestan cada vez que tienen oportunidad. Hace aproximadamente un año, las fuerzas de los comunistas dd Sumar y el PSOE unieron sus votos para proponer una reforma integral del Código Penal con el objetivo explícito de suprimir los delitos de ofensa a los sentimientos religiosos entre otras cosas. El argumento oficial, envuelto en la manida retórica de la «libertad de expresión», busca amparar legalmente el insulto zafio, la mofa pública de los sacramentos , la blasfemia y la profanación de los misterios de la fe.

Lo llevarán a la Mesa del Congreso

Tras meses de aparente congelación en el laberinto de las enmiendas en el Congreso de los Diputados, y apenas unos días después de la visita del Papa León XIV, el rodillo parlamentario anticatólico se ha vuelto a activar. Los encargados de escenificar y acelerar este derribo institucional representan de forma fidedigna el ala más radical y doctrinal del espectro político. Los rostros de esta ofensiva han sido el ministro de Cultura, el comunista Ernest Urtasun; el portavoz adjunto de Sumar y líder del Partido Comunista de España (PCE), Enrique Santiago; junto al portavoz de la Comisión Constitucional del Grupo Socialista, Artemi Rallo.

La estrategia parlamentaria es agresiva. Artemi Rallo anunció la intención inmediata del PSOE de proponer en la Mesa del Congreso —donde las fuerzas gubernamentales gozan de una cómoda mayoría— el cierre definitivo del plazo de enmiendas a la totalidad para esta proposición de ley. De este modo, se fuerza el paso al debate en pleno de forma exprés. No existe voluntad de diálogo, ni de consenso, ni de evaluar las consecuencias que tiene para la cohesión social la desprotección total de la libertad religiosa. Se trata de una imposición ideológica por la vía rápida.

El sectarismo del Gobierno de Pedro Sánchez y su agenda anticatólica

El empeño del Gobierno socialista-comunista por despenalizar la blasfemia no es un hecho aislado, sino la cúspide de una serie de políticas destinadas a arrinconar el hecho religioso a la esfera privada y marginal. El odio latente o explícito hacia la religión católica y los pilares de la tradición católica en España impregna cada una de las normativas de ingeniería social promovidas por este Ejecutivo. Bajo el pretexto de modernizar el marco legislativo, se fomenta una cultura que desprecia la herencia cristiana que ha configurado la historia, el arte, la moral y la identidad de la nación.

Legalizar la blasfemia equivale a otorgar carta blanca al hostigamiento y al ataque a los católicos. Mañana será la agresión verbal, después vendrá la física. Es cuestión de tiempo.. No se está protegiendo la disidencia intelectual ni la crítica legítima hacia las instituciones eclesiásticas, aspectos que ya están plenamente garantizados en cualquier democracia moderna. Lo que el Gobierno ampara es el derecho al insulto gratuito, la vejación de los símbolos más sagrados —como la Eucaristía, la Virgen María o Jesucristo— y la humillación pública de los creyentes. Al despojar al catolicismo de su protección jurídica, el Estado abdica de su deber constitucional de garantizar el ejercicio pleno y pacífico de la libertad religiosa, consagrado en el artículo 16 de la Constitución Española.

La tibia respuesta de la Conferencia Episcopal ante un ataque frontal

Ante un escenario de tanta gravedad, los católicos españoles esperaban una voz pastoral unánime, profética y contundente por parte de sus obispos. Sin embargo, la reacción de la Conferencia Episcopal Española ha vuelto a dejar sumida a la comunidad creyente en el desconcierto y la orfandad. La Comisión Permanente de la CEE se reunió en Madrid para abordar diversos asuntos de la actualidad eclesial y social. Al término de los encuentros, el secretario general, Monseñor Francisco César García Magán, compareció ante los medios de comunicación en rueda de prensa para desgranar los acuerdos y valoraciones de los prelados.

Al ser interrogado expresamente por la postura de la Iglesia ante la inminente legalización de la blasfemia por parte de Sánchez y sus socios comunistas, la respuesta oficial reflejó una alarmante falta de vigor pastoral. Las palabras transmitidas por el portavoz de los obispos, tal como recoge Hispanidad, destilaron una tibieza -cuando no cobardía- incomprensible ante la magnitud de la afrenta:

«Llama la atención que no se incluya el enaltecimiento al terrorismo. Entonces, bueno, resulta un poco raro, que en un país se permita o se quite protección jurídica a lo que son las Altas Instituciones del Estado, como es la Jefatura del Estado o algo que es tan importante y que está en el núcleo de los derechos fundamentales de la persona como es su libertad religiosa y sus creencias, y que por otra parte haya otras cuestiones que se permitan. Entonces, en una sana democracia y en una democracia madura pues es llamativo que se produzcan esos cambios«.

Esta declaración evidencia una preocupante desconexión con el sentir de los fieles de a pie. ¿»Un poco raro»? ¿»Llamativo»? ¿Esos son los calificativos que merece la desprotección absoluta de la fe en una nación de raíces católicas? Reducir una agresión legislativa de esta envergadura a una mera «rareza» institucional o a un debate técnico sobre la simetría de las penas en el Código Penal demuestra una preocupante falta de coraje doctrinal. Los obispos se comportan más como analistas políticos o diplomáticos de perfil bajo que como pastores encargados de defender el honor de Dios y la dignidad de su grey.

La tibieza episcopal ante el poder político de la izquierda

La condescendencia y pusilanimidad de cierto sector de la jerarquía católica no surge de la nada; es el resultado de años de una estrategia de apaciguamiento frente al poder político de la izquierda radical. Existe un temor reverencial en ciertos sectores eclesiales a ser etiquetados, confrontados o privados de ciertos canales de interlocución con el Gobierno de turno. Se ha priorizado el mantenimiento de un clima de aparente cordialidad institucional por encima de la denuncia profética de las injusticias y los atropellos sectarios.

El lenguaje burocrático y descafeinado utilizado por el portavoz de la CEE para referirse a la despenalización del escarnio es el síntoma de una patología más profunda: la renuncia a la batalla cultural y espiritual en el espacio público. Mientras el Ejecutivo de Sánchez despliega toda su maquinaria legislativa e ideológica para deconstruir los valores religiosos católicos, hay pastores que responden apelando a la «sana convivencia» y a la «madurez democrática». El Gobierno es plenamente consciente de esta debilidad estructural en ciertos funcionarios eclesiásticos de la cúpula de la Iglesia española. Sabe que las protestas episcopales no pasarán de una nota de prensa redactada con ambigüedad o de una queja formal en una rueda de prensa de trámite. Esa certeza de impunidad es, precisamente, el motor que les permite avanzar sin frenos en su agenda de odio y cristofobia.

El peligro de desproteger legalmente la libertad de las conciencias

Las consecuencias de esta reforma penal van mucho más allá de un mero debate abstracto sobre el lenguaje aceptable en el espacio público. Al suprimir el delito de ofensa a los sentimientos religiosos y legalizar la blasfemia, el Estado lanza un mensaje nítido y peligroso a la sociedad: la fe de los ciudadanos es un elemento prescindible y carente de valor jurídico protegible. Esto generará, a corto y medio plazo, un clima de impunidad donde la provocación, el insulto y el ataque directo a los templos y a las celebraciones litúrgicas encontrarán un amparo legal implícito.

La libertad de expresión es un pilar fundamental de la democracia, pero nunca puede ser absoluta si colisiona con el derecho fundamental a la libertad de conciencia y al respeto de la dignidad humana. Ninguna sociedad verdaderamente madura y democrática progresa permitiendo la humillación sistemática de las creencias profundas de sus miembros. La legalización de la blasfemia por parte de la coalición del PSOE y Sumar no es un avance en libertades, sino un retroceso hacia la intolerancia y el sectarismo de Estado, ante el cual la complicidad por omisión o la excesiva prudencia del portavoz de la Conferencia Episcopal Española constituye una grave dejación de sus funciones más esenciales.

Adelante España

Ejército Remanente..

martes, 23 de junio de 2026

 

Pecados de la lengua

Sí, aunque por la gracia de Dios uno puede conquistar muchos pecados, los asociados con la palabra suelen ser los últimos en ser superados.

Casi parece como si hubiera una parte separada y más baja de nuestro cerebro que controla nuestro habla. Podemos estar a medio camino de decir algo antes de darnos cuenta de lo estúpidos y pecaminosos que somos. Las Escrituras hablan muy artísticamente de la lengua pecaminosa. Aquí hay una lista de diez pecados de la lengua: 

-La lengua silenciosa – no hablar cuando deberíamos advertir a la gente del pecado, llamarlos al Reino y anunciar la Verdad de Jesucristo. En nuestra época, el triunfo del mal y de los malos comportamientos han sido ayudados por nuestro silencio como pueblo cristiano. Los profetas deben hablar la Palabra de Dios.

-La lengua mentirosa – dice cosas falsas con la intención de engañar

El Señor detesta los labios mentirosos, pero se deleita en las personas que son dignas de confianza (Proverbios 12:22).

-La lengua lisonjera – exagerar las buenas cualidades de los demás para congraciarse con ellos, una forma de mentir

Que el Señor haga callar a todos los labios lisonjeros y a toda lengua jactanciosa (Salmo 12:4).

-La lengua orgullosa –La lengua orgullosa es jactanciosa y está demasiado segura de lo que dice. Los de lengua orgullosa no se corrigen fácilmente y no califican o distinguen sus comentarios como deberían.

Los que dicen: «Por nuestras lenguas prevaleceremos; nuestros propios labios nos defenderán…» ¿Quién puede dominarnos? (Salmo 12:5) serán condenados.

La lengua `sobreutilizada´ – habla demasiado, especialmente en lo que se refiere a cosas sobre las que sabemos poco

… la voz del necio [viene] junto con una multitud de palabras (Eclesiastés 5:2).

La lengua rápida – hablar antes de que debamos hacerlo, antes de que tengamos toda la información

No te precipites con tu boca, y no dejes que tu corazón se apresure a decir algo ante Dios (Eclesiastés 5:1).

Todos deben ser rápidos para escuchar y lentos para hablar (Santiago 1:19).

La lengua que «muerde la espalda» – hablar de los demás a sus espaldas, la secreta lesión del buen nombre de una persona. La calumnia es una mentira descarada sobre otra persona. La difamación es llamar innecesariamente la atención sobre las faltas de los demás para dañar sus reputaciones.

Así como el viento del norte trae la lluvia, así la lengua chismosa provoca la ira (Proverbios 25:23).

-La lengua chismosa – difundir información innecesaria (a menudo hiriente) sobre los demás, información personal sobre los demás que no debería ser compartida.

-La lengua malediciente – desea que el daño llegue a otros, que sean condenados

-La lengua penetrante – habla con innecesaria dureza y severidad

Proclamad el mensaje; perseverad en él a tiempo y fuera de tiempo; reprended, corregid y animad con gran paciencia y enseñanza (2 Timoteo 4:2).

No reprendas duramente a un anciano, sino exhórtalo como si fuera tu padre. Traten a los hombres más jóvenes como hermanos, a las mujeres mayores como madres, y a las mujeres más jóvenes como hermanas, con absoluta pureza (1 Timoteo 5:1-2).(…)

Ser muy conscientes de las palabras que salen de nuestra boca, porque seremos juzgados por cada una de ellas. «Mas yo os digo, que toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio» (Mt 12,36)

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domingo, 14 de junio de 2026

El protagonismo...

 

El vicio del protagonismo

El aplauso del mundo y la voz del tentador: dos rostros del protagonismo que amenazan el alma cristiana.

Por Magíster Yousef Altaji Narbón

Oscar Wilde enuncia la siguiente frase, por la cual ejemplifica el lugubre pensamiento de hoy en breves palabras: “Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti.” Pauperrima, nefasta y terrible manera de concebir nuestra aspiración en esta vida. Protagonismo: este concepto propagado por todas partes sin que uno se dé cuenta es un mal actual que ataca en particular, dentro del seno de la Santa Iglesia, a los laicos zarandeados con los afanes del mundo. Wilde evoca la  necesidad del protagonismo como meta general de vida, plantea que si no eres protagonista ante la sociedad, significa que es el castigo supremo que puede vivir una persona. Es agobiante la necedad del mundo que insiste con esta temática que solo provoca angustia en el católico piadoso de tener que ser alguien importante para poder significar algo ante las masas impias. El enfoque que se ha de contemplar a continuación no es particularmente del protagonismo en los diversos entornos de la vida cotidiana, sino de conocer la gravedad de este vicio cuando ingresa a nuestra alma y cómo termina destruyendo el apostolado en conjunto con las convicciones necesarias para dar el verdadero combate cristiano.

Ante el protagonismo, lo primero que se puede observar es la rapidez con la que se transforma en un vicio. El Catecismo Mayor de Papa San Pío X define el vicio como: “una mala disposición del ánimo a huir el bien y hacer el mal, causada por la frecuente repetición de los actos malos.” El momento que uno saborea el protagonismo, por nuestra concupiscencia y facilidad de optar por el mal, se convierte en algo que uno no quiere soltar; ergo, se convierte en un vicio. Esto empata bien con la soberbia que yace en nuestra alma por el pecado original, la alimenta para que siga creciendo. La dopamina que engendra es gasolina que nos hace ciegos a los consejos de los santos de apartarnos por completo de aquellas cosas que provocan en nosotros el incendio de nuestras pasiones y malas inclinaciones. Es como una droga que, una vez que se obtiene el aplauso de la gente o, inclusive, solo el buen comentario de una o dos personas, es suficiente para empezar a provocar la adicción al reconocimiento y de ser alguienEn suma, no es algo de una sola vez, sino actos repetidos fomentados por el respectivo entorno eclesial donde nos desarrollamos con el fin de vendernos una ilusión de nuestra importancia indispensable para la labor que ejercemos.

Lo otro que se puede señalar sobre este vicio funesto es su utilidad terrible como artificio del demonio para seducirnos hacia un camino que corroe hasta el fondo de nuestra alma. Con gran facilidad entra el engaño del maligno por medio del protagonismo por la sencilla razón de que nos hace creer que somos más de lo que en realidad somos. Las calamidades y desolación que plagan la cotidianidad secular pueden hacernos sentir solos, sin algún rumbo en específico. Cada vez hay menos personas que llegan a la grandeza en el mundo, así que hay varios que tornan a la Iglesia porque la ven como un escenario fértil para cultivar el culto a la personalidad. Viendo esto, seduce la serpiente perversa al alma piadosa con delirios de grandeza en su entorno eclesial, hacerle pensar que puede crear su nombre ante las personas que estima en la jerarquía de la Iglesia, ponderar la posibilidad de ser tomado como una referencia para la edificación de todos. ¡Oh! ¡Engaños y más engaños! Se puede disfrazar con sutileza esta tentación del protagonismo por medio de las buenas intenciones que simulan las personas que proponen posibilidades magníficas ante nuestros ojos con apostolados gigantes, empresas loables o trabajos apostólicos que -como ellos dicen- “no tienen nada de malo ya que es con un fin bueno”.

Las consecuencias brutales de este vicio son tantas que se pueden resumir en la autodestrucción del apostolado y del buen combate que tenemos la obligación de llevar. Este protagonismo evita que uno pueda salir de un ambiente eclesial contaminado por la desviación doctrinal y espiritual, ya que se hacen disponibles muchas formas de poder sobresalir dentro de la comunidad; hace que la persona se encasille en una función que aparenta enorme potencial para que de esa forma quede encerrada en la celda de su orgullo, menoscabando la causa de Dios. Si no hay un espacio disponible, pues se le crea uno, inventando espacios para que cada persona conforme a sus gustos pueda ostentar el título no oficial de hacer X o Y dentro de la parroquia. De esta manera se ata a la persona a su responsabilidad u oficio, obviando los problemas de fondo que se manifiestan por doquier y que pululan su entorno, poco a poco carcomiendo la vida espiritual del afectado hasta el fin ruinoso de convertirlo en partidario del error. El afán de querer mostrar los talentos, habilidades o destrezas de uno dentro de su parroquia (para seguir con la misma figura) es propio del protagonismo. No se puede no ser alguien o no hacer algo dentro de la estructura eclesial, esto no es compatible con lo que se vende. El momento en que uno queda atado a estos ambientes, uno es influenciado por la contaminación doctrinal avasallante; hacerse el inmune a esto es solamente una ilusión temporal; cae en el ejemplo directo del sindrome de la rana hirviendo, aceptando o haciendo caso omiso del mal crítico para evitar perder su lugar en todo.

En vez de clamar con la verdad por de frente, lo que ocasiona el protagonismo es el silencio cómplice a cambio de un puestito en medio de las actividades o ministerios disponibles. Devasta el deber de luchar contra el mal porque en el momento en que uno decide abrir la boca para si acaso cuestionar lo que sucede, de inmediato toma acción el Sanedrín Parroquial que termina misericordiando a quien evocó su duda o disconformidad. Vuelve a ser un nadie, pero justo eso es algo que el hombre moderno no soporta. Siente la necesidad de formar parte del grupo de personas que arreglan las flores, organizan el consejo parroquial, cantan en el coro, son los encargados de la sacristía, entre otra amplitud de encargos que otorgan el sello de buen feligrés a quien participa en esto. Lo único que pide como pago este protagonismo es el silencio ante un mar de elementos que componen la parroquia moderna que atentan contra el magisterio perenne de la Iglesia, y si no te gusta, pues por lo menos guarda tus comentarios para ti mismo, provocando el torbellino de argumentos internos y el debate moral, que devora la conciencia paulatinamente.

Es aterrador contar el número de personas bien intencionadas que han caído presa de este protagonismo que se ofrece tácitamente por todas partes. Lo peor del caso es el hecho de que las personas no se dan cuenta de que han caído en dicho vicio, sino que lo ven como normal o como una oportunidad que Dios ha puesto en su camino. Les cuesta rendir su lugar adquirido como miembros del coro, consejero del sacerdote, o laico de referencia, por lo bien que se siente estar en el escenario como un personaje principal en una obra de teatro. En resumen, el protagonismo desarma a las personas, las seda con un opio de complacencia en su ambiente contaminado, provoca ser cómplice de la debacle moderna, y conlleva al triste final de abandonar las pretensiones de luchar por la verdad cueste lo que cueste.

La contraposición católica:

Para saltarnos las trampas y seducciones plantadas por nuestro enemigo mortal, hay una solución simple que se puede aplicar en cualquier circunstancia. Un beato fraile de la orden capuchina llamado Fray Innocenzo da Berzo nos reveló la clave en una sola frase compuesta por el mismo que dice: “Haz el bien y desaparece” . No hay nada más que agregar a una premisa inspiradora como la del Beato Innocenzo. Justo a eso estamos llamados, a desaparecer para que Cristo con su verdad pueda brillar. El acto de intercambiar el ánimo de lucha con los principios que sabemos que son ciertos para ser suplantados por los aplausos o felicitaciones de un grupo reducido es ser víctima de un engaño atroz que sólo busca neutralizar a la mayor cantidad de personas posible.

Puede salir a relucir una objeción que acusa este artículo de disuadir de hacer apostolado, lo cual sería rotundamente falso y una falacia grave. Aquí no se está disuadiendo de hacer e iniciar apostolado, aquí se está advirtiendo de una desviación gravísima proliferada en todas partes como una trampa mortal para el desarrollo del apostolado. Cuando el protagonismo entra a nuestra alma, los apostolados que llevamos se vuelven sobre nosotros, nuestra ganancia, nuestro desempeño, nuestras metas, nuestra imagen y todo lo que tenga que ver con el yo. Uno puede empezar o participar de un apostolado sin ningún problema; es más, hay que hacer apostolado para salvar a las almas. El problema radica cuando el hombre se cree superior y antepone sus gustos a la verdad pura; el momento que uno dice  a una ritmo de vida cristiana pacifista y blando dentro de un ambiente construido para favorecer al hombre revolucionario, uno ha caido en la artimaña mortifera que en escasas ocasiones hay marcha atrás.

Las enseñanzas de San Bernardo de Claraval sobre la humildad son iluminadoras para poder comprender la amenaza patente del protagonismo. En una sección vemos que el gran santo dice:

«La soberbia de la mente es esa viga enorme y gruesa en el ojo, que por su cariz de enormidad vana e hinchada, no real ni sólida, oscurece el ojo de la mente y oscurece la verdad. Si llega a acaparar tu mente, ya no podrás verte ni sentir de ti tal como eres o puedes ser; sino tal como te quieres, tal como piensas que eres o tal como esperas llegar a ser. ¿Qué otra cosa es la soberbia sino, como la define un santo, el amor del propio prestigio? Moviéndonos en el polo opuesto, podemos afirmar que la humildad es el desprecio del propio prestigio.”

Infovaticana.