domingo, 14 de junio de 2026

El protagonismo...

 

El vicio del protagonismo

El aplauso del mundo y la voz del tentador: dos rostros del protagonismo que amenazan el alma cristiana.

Por Magíster Yousef Altaji Narbón

Oscar Wilde enuncia la siguiente frase, por la cual ejemplifica el lugubre pensamiento de hoy en breves palabras: “Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti.” Pauperrima, nefasta y terrible manera de concebir nuestra aspiración en esta vida. Protagonismo: este concepto propagado por todas partes sin que uno se dé cuenta es un mal actual que ataca en particular, dentro del seno de la Santa Iglesia, a los laicos zarandeados con los afanes del mundo. Wilde evoca la  necesidad del protagonismo como meta general de vida, plantea que si no eres protagonista ante la sociedad, significa que es el castigo supremo que puede vivir una persona. Es agobiante la necedad del mundo que insiste con esta temática que solo provoca angustia en el católico piadoso de tener que ser alguien importante para poder significar algo ante las masas impias. El enfoque que se ha de contemplar a continuación no es particularmente del protagonismo en los diversos entornos de la vida cotidiana, sino de conocer la gravedad de este vicio cuando ingresa a nuestra alma y cómo termina destruyendo el apostolado en conjunto con las convicciones necesarias para dar el verdadero combate cristiano.

Ante el protagonismo, lo primero que se puede observar es la rapidez con la que se transforma en un vicio. El Catecismo Mayor de Papa San Pío X define el vicio como: “una mala disposición del ánimo a huir el bien y hacer el mal, causada por la frecuente repetición de los actos malos.” El momento que uno saborea el protagonismo, por nuestra concupiscencia y facilidad de optar por el mal, se convierte en algo que uno no quiere soltar; ergo, se convierte en un vicio. Esto empata bien con la soberbia que yace en nuestra alma por el pecado original, la alimenta para que siga creciendo. La dopamina que engendra es gasolina que nos hace ciegos a los consejos de los santos de apartarnos por completo de aquellas cosas que provocan en nosotros el incendio de nuestras pasiones y malas inclinaciones. Es como una droga que, una vez que se obtiene el aplauso de la gente o, inclusive, solo el buen comentario de una o dos personas, es suficiente para empezar a provocar la adicción al reconocimiento y de ser alguienEn suma, no es algo de una sola vez, sino actos repetidos fomentados por el respectivo entorno eclesial donde nos desarrollamos con el fin de vendernos una ilusión de nuestra importancia indispensable para la labor que ejercemos.

Lo otro que se puede señalar sobre este vicio funesto es su utilidad terrible como artificio del demonio para seducirnos hacia un camino que corroe hasta el fondo de nuestra alma. Con gran facilidad entra el engaño del maligno por medio del protagonismo por la sencilla razón de que nos hace creer que somos más de lo que en realidad somos. Las calamidades y desolación que plagan la cotidianidad secular pueden hacernos sentir solos, sin algún rumbo en específico. Cada vez hay menos personas que llegan a la grandeza en el mundo, así que hay varios que tornan a la Iglesia porque la ven como un escenario fértil para cultivar el culto a la personalidad. Viendo esto, seduce la serpiente perversa al alma piadosa con delirios de grandeza en su entorno eclesial, hacerle pensar que puede crear su nombre ante las personas que estima en la jerarquía de la Iglesia, ponderar la posibilidad de ser tomado como una referencia para la edificación de todos. ¡Oh! ¡Engaños y más engaños! Se puede disfrazar con sutileza esta tentación del protagonismo por medio de las buenas intenciones que simulan las personas que proponen posibilidades magníficas ante nuestros ojos con apostolados gigantes, empresas loables o trabajos apostólicos que -como ellos dicen- “no tienen nada de malo ya que es con un fin bueno”.

Las consecuencias brutales de este vicio son tantas que se pueden resumir en la autodestrucción del apostolado y del buen combate que tenemos la obligación de llevar. Este protagonismo evita que uno pueda salir de un ambiente eclesial contaminado por la desviación doctrinal y espiritual, ya que se hacen disponibles muchas formas de poder sobresalir dentro de la comunidad; hace que la persona se encasille en una función que aparenta enorme potencial para que de esa forma quede encerrada en la celda de su orgullo, menoscabando la causa de Dios. Si no hay un espacio disponible, pues se le crea uno, inventando espacios para que cada persona conforme a sus gustos pueda ostentar el título no oficial de hacer X o Y dentro de la parroquia. De esta manera se ata a la persona a su responsabilidad u oficio, obviando los problemas de fondo que se manifiestan por doquier y que pululan su entorno, poco a poco carcomiendo la vida espiritual del afectado hasta el fin ruinoso de convertirlo en partidario del error. El afán de querer mostrar los talentos, habilidades o destrezas de uno dentro de su parroquia (para seguir con la misma figura) es propio del protagonismo. No se puede no ser alguien o no hacer algo dentro de la estructura eclesial, esto no es compatible con lo que se vende. El momento en que uno queda atado a estos ambientes, uno es influenciado por la contaminación doctrinal avasallante; hacerse el inmune a esto es solamente una ilusión temporal; cae en el ejemplo directo del sindrome de la rana hirviendo, aceptando o haciendo caso omiso del mal crítico para evitar perder su lugar en todo.

En vez de clamar con la verdad por de frente, lo que ocasiona el protagonismo es el silencio cómplice a cambio de un puestito en medio de las actividades o ministerios disponibles. Devasta el deber de luchar contra el mal porque en el momento en que uno decide abrir la boca para si acaso cuestionar lo que sucede, de inmediato toma acción el Sanedrín Parroquial que termina misericordiando a quien evocó su duda o disconformidad. Vuelve a ser un nadie, pero justo eso es algo que el hombre moderno no soporta. Siente la necesidad de formar parte del grupo de personas que arreglan las flores, organizan el consejo parroquial, cantan en el coro, son los encargados de la sacristía, entre otra amplitud de encargos que otorgan el sello de buen feligrés a quien participa en esto. Lo único que pide como pago este protagonismo es el silencio ante un mar de elementos que componen la parroquia moderna que atentan contra el magisterio perenne de la Iglesia, y si no te gusta, pues por lo menos guarda tus comentarios para ti mismo, provocando el torbellino de argumentos internos y el debate moral, que devora la conciencia paulatinamente.

Es aterrador contar el número de personas bien intencionadas que han caído presa de este protagonismo que se ofrece tácitamente por todas partes. Lo peor del caso es el hecho de que las personas no se dan cuenta de que han caído en dicho vicio, sino que lo ven como normal o como una oportunidad que Dios ha puesto en su camino. Les cuesta rendir su lugar adquirido como miembros del coro, consejero del sacerdote, o laico de referencia, por lo bien que se siente estar en el escenario como un personaje principal en una obra de teatro. En resumen, el protagonismo desarma a las personas, las seda con un opio de complacencia en su ambiente contaminado, provoca ser cómplice de la debacle moderna, y conlleva al triste final de abandonar las pretensiones de luchar por la verdad cueste lo que cueste.

La contraposición católica:

Para saltarnos las trampas y seducciones plantadas por nuestro enemigo mortal, hay una solución simple que se puede aplicar en cualquier circunstancia. Un beato fraile de la orden capuchina llamado Fray Innocenzo da Berzo nos reveló la clave en una sola frase compuesta por el mismo que dice: “Haz el bien y desaparece” . No hay nada más que agregar a una premisa inspiradora como la del Beato Innocenzo. Justo a eso estamos llamados, a desaparecer para que Cristo con su verdad pueda brillar. El acto de intercambiar el ánimo de lucha con los principios que sabemos que son ciertos para ser suplantados por los aplausos o felicitaciones de un grupo reducido es ser víctima de un engaño atroz que sólo busca neutralizar a la mayor cantidad de personas posible.

Puede salir a relucir una objeción que acusa este artículo de disuadir de hacer apostolado, lo cual sería rotundamente falso y una falacia grave. Aquí no se está disuadiendo de hacer e iniciar apostolado, aquí se está advirtiendo de una desviación gravísima proliferada en todas partes como una trampa mortal para el desarrollo del apostolado. Cuando el protagonismo entra a nuestra alma, los apostolados que llevamos se vuelven sobre nosotros, nuestra ganancia, nuestro desempeño, nuestras metas, nuestra imagen y todo lo que tenga que ver con el yo. Uno puede empezar o participar de un apostolado sin ningún problema; es más, hay que hacer apostolado para salvar a las almas. El problema radica cuando el hombre se cree superior y antepone sus gustos a la verdad pura; el momento que uno dice  a una ritmo de vida cristiana pacifista y blando dentro de un ambiente construido para favorecer al hombre revolucionario, uno ha caido en la artimaña mortifera que en escasas ocasiones hay marcha atrás.

Las enseñanzas de San Bernardo de Claraval sobre la humildad son iluminadoras para poder comprender la amenaza patente del protagonismo. En una sección vemos que el gran santo dice:

«La soberbia de la mente es esa viga enorme y gruesa en el ojo, que por su cariz de enormidad vana e hinchada, no real ni sólida, oscurece el ojo de la mente y oscurece la verdad. Si llega a acaparar tu mente, ya no podrás verte ni sentir de ti tal como eres o puedes ser; sino tal como te quieres, tal como piensas que eres o tal como esperas llegar a ser. ¿Qué otra cosa es la soberbia sino, como la define un santo, el amor del propio prestigio? Moviéndonos en el polo opuesto, podemos afirmar que la humildad es el desprecio del propio prestigio.”

Infovaticana.

Sagradas lecturas domingo 14..

Lecturas del XI Domingo del Tiempo Ordinario

Domingo, 14 de junio..

Señor, purifica mi corazón, para que Tu Palabra caiga en él, y dé el ciento por uno

Primera Lectura

Éx 19, 2-6a

Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa.

Lectura del libro del Éxodo.

EN aquellos días, llegaron los hijos de Israel al desierto del Sinaí y acamparon allí, frente a la montaña.
Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde la montaña diciendo:
«Así dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los hijos de Israel: «Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa»».

Palabra de Dios.

Salmo Responsorial

Sal 99.

R/. Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores. R/.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño. R/.

El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades. R/.

Segunda Lectura

Rom 5, 6- 11.

Si fuimos reconciliados por la muerte del Hijo, ¡con cuánta más razón seremos salvados por su vida!.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.
¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo!
Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida!
Y no solo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.

Palabra de Dios.

Aleluya, aleluya, aleluya.
Está cerca el reino de Dios;
convertíos y creed en el Evangelio.
Aleluya, aleluya, aleluya.

Evangelio

Mt 9, 36 —10, 8.

Llamó a sus doce discípulos y los envió.

✠ Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas lscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel.
Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».

Palabra del Señor.

Se dice Credo.

COMENTARIO DE BENEDICTO XVI


Homilía (15-06-2008): ¿Dónde y cómo crece la vida verdadera?

domingo 15 de junio de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

[…]

Los textos bíblicos que hemos escuchado en este undécimo domingo del tiempo ordinario nos ayudan a comprender la realidad de la Iglesia: la primera lectura (cf. Ex 19, 2-6) evoca la alianza establecida en el monte Sinaí durante el éxodo de Egipto; el pasaje evangélico (cf. Mt 9, 3610, 8) recoge la llamada y la misión de los doce Apóstoles. Aquí se nos presenta la «constitución» de la Iglesia. ¿Cómo no percibir la invitación implícita que se dirige a cada comunidad a renovarse en su vocación y en su impulso misionero?

En la primera lectura, el autor sagrado narra el pacto de Dios con Moisés y con Israel en el Sinaí. Es una de las grandes etapas de la historia de la salvación, uno de los momentos que trascienden la historia misma, en los que el confín entre Antiguo y Nuevo Testamento desaparece y se manifiesta el plan perenne del Dios de la alianza: el plan de salvar a todos los hombres mediante la santificación de un pueblo, al que Dios propone convertirse en «su propiedad personal entre todos los pueblos» (Ex 19, 5).

En esta perspectiva el pueblo está llamado a ser una «nación santa», no sólo en sentido moral, sino antes aún y sobre todo en su misma realidad ontológica, en su ser de pueblo. Ya en el Antiguo Testamento, a través de los acontecimientos salvíficos, se fue manifestando poco a poco cómo se debía entender la identidad de este pueblo; y luego se reveló plenamente con la venida de Jesucristo.

El pasaje evangélico de hoy nos presenta un momento decisivo de esa revelación. Cuando Jesús llamó a los Doce, quería referirse simbólicamente a las tribus de Israel, que se remontan a los doce hijos de Jacob. Por eso, al poner en el centro de su nueva comunidad a los Doce, dio a entender que vino a cumplir el plan del Padre celestial, aunque solamente en Pentecostés aparecerá el rostro nuevo de la Iglesia: cuando los Doce, «llenos del Espíritu Santo» (Hch 2, 3-4), proclamarán el Evangelio hablando en todas las lenguas. Entonces se manifestará la Iglesia universal, reunida en un solo Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo resucitado, y al mismo tiempo enviada por él a todas las naciones, hasta los últimos confines de la tierra (cf. Mt 28, 20).

El estilo de Jesús es inconfundible: es el estilo característico de Dios, que suele realizar las cosas más grandes de modo pobre y humilde. Frente a la solemnidad de los relatos de alianza del libro del Éxodo, en los Evangelios se encuentran gestos humildes y discretos, pero que contienen una gran fuerza de renovación. Es la lógica del reino de Dios, representada —no casualmente— por la pequeña semilla que se transforma en un gran árbol (cf. Mt 13, 31-32). El pacto del Sinaí estuvo acompañado de señales cósmicas que aterraban a los israelitas; en cambio, los inicios de la Iglesia en Galilea carecen de esas manifestaciones, reflejan la mansedumbre y la compasión del corazón de Cristo, pero anuncian otra lucha, otra convulsión, la que suscitan las potencias del mal.

Como hemos escuchado, a los Doce «les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia» (Mt 10, 1). Los Doce deberán cooperar con Jesús en la instauración del reino de Dios, es decir, en su señorío benéfico, portador de vida, y de vida en abundancia, para la humanidad entera. En definitiva, la Iglesia, como Cristo y juntamente con él, está llamada y ha sido enviada a instaurar el Reino de vida y a destruir el dominio de la muerte, para que triunfe en el mundo la vida de Dios, para que triunfe Dios, que es Amor.

Esta obra de Cristo siempre es silenciosa; no es espectacular. Precisamente en la humildad de ser Iglesia, de vivir cada día el Evangelio, crece el gran árbol de la vida verdadera. Con estos inicios humildes, el Señor nos anima para que, también en la humildad de la Iglesia de hoy, en la pobreza de nuestra vida cristiana, podamos ver su presencia y tener así la valentía de salir a su encuentro y de hacer presente en esta tierra su amor, que es una fuerza de paz y de vida verdadera.

Así pues, el plan de Dios consiste en difundir en la humanidad y en todo el cosmos su amor, fuente de vida. No es un proceso espectacular; es un proceso humilde, pero que entraña la verdadera fuerza del futuro y de la historia. Por consiguiente, es un proyecto que el Señor quiere realizar respetando nuestra libertad, porque el amor, por su propia naturaleza, no se puede imponer. Por tanto, la Iglesia es, en Cristo, el espacio de acogida y de mediación del amor de Dios. Desde esta perspectiva se ve claramente cómo la santidad y el carácter misionero de la Iglesia constituyen dos caras de la misma medalla: sólo en cuanto santa, es decir, en cuanto llena del amor divino, la Iglesia puede cumplir su misión; y precisamente en función de esa tarea Dios la eligió y santificó como su propiedad personal.

Por tanto, nuestro primer deber, precisamente para sanar a este mundo, es ser santos, conformes a Dios. De este modo obra en nosotros una fuerza santificadora y transformadora que actúa también sobre los demás, sobre la historia. En el binomio «santidad-misión» —la santidad siempre es fuerza que transforma a los demás— se está centrando vuestra comunidad eclesial, queridos hermanos y hermanas, durante este tiempo del Sínodo diocesano.

Al respecto, es útil tener presente que los doce Apóstoles no eran hombres perfectos, elegidos por su vida moral y religiosa irreprensible. Ciertamente, eran creyentes, llenos de entusiasmo y de celo, pero al mismo tiempo estaban marcados por sus límites humanos, a veces incluso graves. Así pues, Jesús no los llamó por ser ya santos, completos, perfectos, sino para que lo fueran, para que se transformaran a fin de transformar así la historia. Lo mismo sucede con nosotros y con todos los cristianos.

En la segunda lectura hemos escuchado la síntesis del apóstol san Pablo: «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8). La Iglesia es la comunidad de los pecadores que creen en el amor de Dios y se dejan transformar por él; así llegan a ser santos y santifican el mundo.

El pasaje evangélico de hoy nos sugiere el estilo de la misión, es decir, la actitud interior que se traduce en vida real. No puede menos de ser el estilo de Jesús: el estilo de la «compasión». El evangelista lo pone de relieve atrayendo la atención hacia el modo como Cristo mira a la muchedumbre: «Al verla, sintió compasión de ella, porque estaban fatigados y decaídos como ovejas sin pastor» (Mt 9, 36). Y, después de la llamada de los Doce, vuelve esta actitud en el mandato que les da de dirigirse «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10, 6).

En esas expresiones se refleja el amor de Cristo por los hombres, especialmente por los pequeños y los pobres. La compasión cristiana no tiene nada que ver con el pietismo, con el asistencialismo. Más bien, es sinónimo de solidaridad, de compartir, y está animada por la esperanza. ¿No nacen de la esperanza las palabras que Jesús dice a los Apóstoles: «Id proclamando que el reino de los cielos está cerca»? (Mt 10, 7). Esta esperanza se funda en la venida de Cristo y, en definitiva, coincide con su Persona y con su misterio de salvación —donde está él está el reino de Dios, está la novedad del mundo—

Os encomiendo a todos a la protección de la Virgen María, Madre de la esperanza y Estrella de la evangelización. Que os ayude la Virgen santísima a permanecer en el amor de Cristo, para que podáis dar frutos abundantes para gloria de Dios Padre y para la salvación del mundo. Amén.

Ejército Remanente..

viernes, 12 de junio de 2026

El triunfo eterno de Jesucristo en la Cru


In Hoc Signo Vinces

Con este Signo Vencerás

En este momento nos hacemos una pregunta: ¿cómo tienen obligación de presentar la obra de la Cruz los enemigos de Dios, infiltrados dentro de la Iglesia Católica?

El triunfo eterno de Jesucristo en la Cruz es un hecho consumado.
Así lo confirma la Sagrada Escritura cuando dice:
«Ha triunfado el León de la tribu de Judá, el retoño de David» (Ap 5, 5)

La Victoria de Jesucristo en la Cruz es eterna, definitiva e incuestionable, aunque su aplicación está aún en curso.

Nos unimos a aquellas palabras de San Pablo en la Sagrada Escritura:
«¡Gracias sean dadas a Dios, que nos lleva siempre en su triunfo, en Cristo, y por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento!»
(2 Cor 2, 14-15)

En este momento, en el que hay una gran infiltración masónica en el seno de la Iglesia Católica, debemos aspirar a este discernimiento de espíritus y pedir al Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, que nos capacite para descubrir todo tipo de mentira y engaño:
«Pedid y se os dará»

Está en juego la salvación de muchas almas que corren el riesgo de ser arrastradas por el engaño y la mentira que predican los falsos apóstoles.

En este momento nos hacemos una pregunta:

¿cómo tienen obligación de presentar la obra de la Cruz los enemigos de Dios, infiltrados dentro de la Iglesia Católica?:

Lógicamente todos los afiliados a la masonería tienen la obligación de obedecer las órdenes que se les dicta desde la secta.

Los miembros de la masonería están obligados a obedecer por los juramentos que realizan, dentro de los rituales que practican en secreto,
bajo penas muy severas, en caso de desobediencia, como se muestran en los documentos pontificios que condenan a la masonería.

Por tanto, un elemento clave de discernimiento será detectar la obediencia a las órdenes dadas por el plan para la destrucción de la Iglesia Católica.
Ya que los juramentos obligan al miembro de la secta a obedecer bajo penas muy severas.

Según el Plan Masónico para destruir la Iglesia Católica desde adentro, que veremos en otro apartado, en su Orden número 17:

«…Desacreditad la predicación de la Cruz como una victoria, por el contrario, presentadla como un fracaso.»

El 31 de marzo de 2020 en Santa Marta, Bergoglio dijo lo siguiente:

En primer lugar:

Jesucristo no se hizo pecado.
Tal afirmación procede del siguiente texto:

(2 Cor 5, 21):
«A quien no conoció pecado, le hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.»

Sin embargo, ES UNA MALA TRADUCCIÓN que la masonería aprovechó para hacer daño, afirmando que Jesucristo se hizo pecado.

La traducción correcta de
(2 Cor 5,21) es:
«A quien no conoció pecado, le hizo sacrificio-victima por el pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.»

La palabra original hebrea hatta’t puede tener 2 significados:
‘pecado’ o ‘sacrificio-victima por el pecado’.
Y este último es el significado correcto en este texto.
(Ver: Lv 4,1 al 5,13)

Como confirmación de lo que explicamos, 2 textos:

(Hb 10, 12):
«Él, [Jesucristo] habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio, se sentó a la diestra de Dios para siempre.»

(1 Pe 2, 22…24):
«El que no cometió pecado, y en cuya boca no se halló engaño [Jesucristo]… el mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; con cuyas heridas habéis sido curados.»

En segundo lugar:
Después de ver que la primera premisa es falsa, llegar a decir que:

«En Jesucristo hecho pecado,
(¡falso!, ya lo hemos explicado)
vemos la derrota total de Cristo»,
es la mayor blasfemia y desprecio por la obra de la Cruz que se puede llegar a pronunciar:

Si, según dice Bergoglio:
Jesucristo fue derrotado totalmente en la Cruz,
su sacrificio, por tanto, no sirvió para nada, la redención no tuvo lugar, los Sacramentos no servirían para nada y la Misa tampoco tendría ningún valor, ni siquiera se reviviría en ella el sacrificio de la Cruz.
En definitiva, si, como dice Bergoglio,
Jesucristo fue derrotado totalmente en la Cruz,
el sacerdocio, el ministerio de obispo, y hasta el mismo papado,
no valdrían para nada y
serían también un absoluto fracaso por entregar la vida al servicio de un dios vencido y derrotado totalmente en la Cruz. Y la misma Iglesia Católica sería una religión falsa y llena de derrotados… (y ojo que muchas veces parece que caminamos así muchos católicos, porque no sabemos vivir y caminar en victoria)

Ya le gustaría al Diablo y a sus demonios que fuese así… ¡Ja!

Así el Diablo y sus demonios no tendrían que trabajar en perseguir a las almas que aman verdaderamente a Dios, porque ellas solas caminarían hacia su destrucción por seguir a un dios derrotado.

El Diablo y sus demonios fueron derrotados en la Cruz y tratan de separar a los hombres de los beneficios que vienen de la obra de la Cruz…
Y los servidores del Diablo, infiltrados  en la Iglesia Católica, también hacen lo mismo, y para ello presentan la obra de la Cruz como un fracaso según les ordena la directriz n°17 del plan para la destrucción de la Iglesia Católica dirigido a…  ¡obispos católicos afiliados a la masonería!

Ciertamente, presentar la cruz como un fracaso, es pisotear la Cruz de Jesucristo con las palabras, como están obligados a hacer física y realmente en alguno de sus rituales secretos.

Conozca el ritual del GRADO 29 dedicado al demonio. Alberto Bárcena

A los masones de grado 29 se les obliga a pisar un crucifijo con los pies y consagrarse al demonio

Alberto Bárcena es contundente al afirmar que «en la masonería se adora a Lucifer. Antes o después; de una manera más o menos consciente; como `símbolo´ o realidad personal; con mayor o menor implicación».

Y escribe como los papas han denunciado a lo largo de la Historia la esencia luciferina de la masonería y, en particular, Pío VIII se refiere a esta organización secreta como «secta satánica que tiene por única ley la mentira, por su dios al demonio, y por culto y religión lo que hay de más vergonzoso y depravado sobre la faz de la tierra«.

Fijémonos en esto:

El masón iniciado en el rito 29 debe «ahora escoger entre la cruz cristiana, símbolo de muerte y destrucción´ y la de ´la Luz y la Vida´, en forma de X, asociada a Baphomet, dios de la Luz».

«La elección se manifiesta pisando la cruz (cristiana) con el pie izquierdo y con el derecho en este orden´. (…) A continuación, el candidato recita la fórmula del juramento ´con los brazos en forma de X sobre el pecho, el derecho sobre el izquierdo´».

Con los brazos en forma de X… 🤔

¿¿Que cruz lleva Bergoglio colgada??
¿Lleva a Jesucristo crucificado?

Veamos…

Así mismo se le han visto cruces con la cabeza de Baphomet incrustada en ellas.


Verdades Globales