lunes, 2 de noviembre de 2026

Sagradas lecturas lunes 02...

 Lecturas de todos los fieles difuntos

Señor, purifica mi corazón para que Tu Palabra caiga en él y dé el ciento por uno.

Primera Lectura

Lectura del libro de la Sabiduría 4, 7-15

El justo, aunque muera prematuramente,
tendrá descanso.

Una vejez venerable no son los muchos días,
ni se mide por el número de años,
pues las canas del hombre son la prudencia
y la edad avanzada, una vida intachable.

Agradó a Dios y Dios lo amó,
vivía entre pecadores y Dios se lo llevó.
Lo arrebató para que la maldad
no pervirtiera su inteligencia,
ni la perfidia sedujera su alma.

Pues la fascinación del mal oscurece el bien
y el vértigo de la pasión
pervierte una mente sin malicia.

Maduró en poco tiempo, cumplió muchos años.
Como su vida era grata a Dios,
se apresuró a sacarlo de la maldad.

La gente lo ve y no lo comprende,
ni les cabe esto en la cabeza:
la gracia y la misericordia son para sus elegidos
y la protección para sus devotos.

Salmo de hoy

Salmo 26, 1. 4. 7. 8b. 9a. 13-14 R/. El Señor es mi luz y mi salvación

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R/.

Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo. R/.

Escúchame, Señor, que te llamo;
ten piedad, respóndeme.
Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro. R/.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el señor. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 5-11

La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.

En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo!

Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida!

Y no solo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 1-6

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. en la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomas le dice:

«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Jesús le responde:

«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Palabra del Señor

COMENTARIO POR  BENEDICTO XVI

Supera y ayuda al hombre de hoy a superar los obstáculos del individualismo, del relativismo; no te dejes llevar por los fallos que pueden marcar a las comunidades cristianas. Esfuérzate en ver de cerca a la persona de Cristo, que ha dicho: «Yo soy el camino, la verdad y la vida».
Avanzad confiados en el camino de la nueva evangelización, en el servicio amoroso a los pobres y en el testimonio valiente en las distintas realidades sociales. Sed conscientes de que sois portadores de un mensaje que es para cada uno de los hombres; un mensaje de fe, esperanza y caridad. Finalmente, esta invitación está dirigida a todos vosotros, queridos fieles laicos. Sabed, siempre y en todas partes, dar razón de la esperanza que está en vosotros. La Iglesia necesita vuestros dones y vuestro entusiasmo. Sabed decir «sí» a Cristo que os llama a ser sus discípulos, a ser santos. Querría recordar, otra vez, que la «santidad» no quiere decir hacer cosas extraordinarias, sino seguir todos los días la voluntad de Dios, vivir verdaderamente bien la propia vocación, con la ayuda de la oración, de la Palabra de Dios, de los Sacramentos y con el compromiso cotidiano de la coherencia. Sí, son necesarios fieles laicos fascinados con el ideal de «santidad», para construir una sociedad digna del hombre, una civilización de amor.

(Benedicto XVI, 9 de mayo de 2011).

Ejército Remanente...

domingo, 1 de noviembre de 2026

Sagradas lecturas domingo 01 de Noviembre...

 Lecturas hoy Solemnidad de Todos los Santos

Señor, purifica mi corazón para que tu Palabra caiga en él y dé el ciento por uno

Primera lectura

Lectura del libro del Apocalipsis 7, 2-4. 9-14

Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar diciéndoles:
«No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que sellemos en la frente a los siervos de nuestro Dios».

Oí también el número de los sellados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel.

Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con voz potente:
«¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!».

Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y adoraron a Dios, diciendo:
«Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén».

Y uno de los ancianos me dijo:
«Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?».

Yo le respondí:
«Señor mío, tú lo sabrás».

Él me respondió:
«Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero».

Palabra de Dios

Salmo

Salmo 23, 1-2. 3-4ab. 5-6 R/. Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos. R/.

¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes y puro corazón,
que no confía en los ídolos. R/.

Ese recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Este es el grupo que busca al Señor,
que busca tu rostro, Dios de Jacob. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3, 1-3

Queridos hermanos:

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él.

Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

Todo el que  esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.

Palabra del Señor

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 1-12a

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

Palabra del Señor

COMENTARIO DE BENEDICTO XVI

Ángelus (30-01-2011): No es una ideología, viene de lo alto

El Evangelio presenta el primer gran discurso que el Señor dirige a la gente, en lo alto de las suaves colinas que rodean el lago de Galilea. «Al ver Jesús la multitud —escribe san Mateo—, subió al monte: se sentó y se acercaron sus discípulos; y, tomando la palabra, les enseñaba» (Mt 5, 1-2). Jesús, nuevo Moisés, «se sienta en la «cátedra» del monte» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 92) y proclama «bienaventurados» a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los misericordiosos, a quienes tienen hambre de justicia, a los limpios de corazón, a los perseguidos (cf. Mt 5, 3-10). No se trata de una nueva ideología, sino de una enseñanza que viene de lo alto y toca la condición humana, precisamente la que el Señor, al encarnarse, quiso asumir, para salvarla. Por eso, «el Sermón de la montaña está dirigido a todo el mundo, en el presente y en el futuro y sólo se puede entender y vivir siguiendo a Jesús, caminando con él» (Jesús de Nazaret, p. 96). Las Bienaventuranzas son un nuevo programa de vida, para liberarse de los falsos valores del mundo y abrirse a los verdaderos bienes, presentes y futuros. En efecto, cuando Dios consuela, sacia el hambre de justicia y enjuga las lágrimas de los que lloran, significa que, además de recompensar a cada uno de modo sensible, abre el reino de los cielos. «Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo» (ib., p. 101). Reflejan la vida del Hijo de Dios que se deja perseguir, despreciar hasta la condena a muerte, a fin de dar a los hombres la salvación.

Un antiguo eremita afirma: «Las Bienaventuranzas son dones de Dios, y debemos estarle muy agradecidos por ellas y por las recompensas que de ellas derivan, es decir, el reino de los cielos en el siglo futuro, la consolación aquí, la plenitud de todo bien y misericordia de parte de Dios… una vez que seamos imagen de Cristo en la tierra» (Pedro de Damasco, en Filocalia, vol. 3, Turín 1985, p. 79). El Evangelio de las Bienaventuranzas se comenta con la historia misma de la Iglesia, la historia de la santidad cristiana, porque —como escribe san Pablo— «Dios ha escogido lo débil del mundo para humillar lo poderoso; ha escogido lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta» (1 Co 1, 27-28). Por esto la Iglesia no teme la pobreza, el desprecio, la persecución en una sociedad a menudo atraída por el bienestar material y por el poder mundano. San Agustín nos recuerda que «lo que ayuda no es sufrir estos males, sino soportarlos por el nombre de Jesús, no sólo con espíritu sereno, sino incluso con alegría» (De sermone Domini in monte, I, 5, 13: CCL 35, 13).

Queridos hermanos y hermanas, invoquemos a la Virgen María, la Bienaventurada por excelencia, pidiendo la fuerza para buscar al Señor (cf. So 2, 3) y seguirlo siempre, con alegría, por el camino de las Bienaventuranzas.

Ejército Remanente...

martes, 27 de octubre de 2026

Humildad verdadera...

 

Armas espirituales de combate: ¿cómo adquirir humildad ?

Es Santa Teresa de Jesús quien nos da algunos consejos para poder ir creciendo en humildad y presenta tres formas de adquirir humildad:

Humildad verdadera

 ¿Cómo adquirir humildad?  ¿Cómo ser más humilde?

Es Santa Teresa de Jesús quien nos da algunos consejos para poder ir creciendo en humildad.  Ella trata esto en Camino de Perfección, y Fray Gabriel de Santa María Magdalena lo expone en una obra que complementa muy bien Intimidad Divina, titulada El Camino de la Oración,  basada en charlas que dio a las Carmelitas Descalzas de Roma entre 1945 y 1947.

Santa Teresa presenta tres formas de adquirir humildad:

1.      Huir de las mayorías (de la pre-eminencia,
es decir, de los primeros puestos de que nos habla el Señor):

Hay que evitar cualquier manera de anteponerse a los demás.

¿Por qué somos tan inclinados a preferirnos a los demás?  Porque en el fondo de nosotros mismos creemos que valemos más.

Al creer que somos más capaces, buscamos que nuestro deseo, nuestra idea, nuestro parecer, sea reconocido por bueno.  Y en vez de reservarlo, lo exponemos.  Y a veces lo exponemos hasta con arrogancia.

Esto es exactamente lo contrario a lo que hizo Jesús.  El que era la Luz Eterna, se opacó, se ocultó, no dejó traslucir su poder.  El no hizo alarde de su categoría de Dios, apareciendo como cualquiera de nosotros y rebajándose hasta la muerte, y muerte de cruz.  (Flp 2, 6-8)

En la práctica de la humildad hay que desear ser relegado a los últimos puestos (y no se trata del último puesto en la cola), sino del menos importante, menos necesario, menos apreciado, menos tomado en cuenta.  A esto se refería el Señor sobre los últimos puestos en los banquetes (cf. Lc 14, 7-11), pero se refiere a cualquier situación que en el diario vivir se pueda presentar.

Mientras esté vivo el amor propio, no estamos en humildad.  Así que si no mortificamos esa tendencia espontánea a la preeminencia (“mayorías” las llama Santa Teresa), no llegaremos a ser humildes.  Tampoco llegaremos a la unión con Dios, mientras persistamos en esta forma de orgullo.

Como la humildad se adquiere con el abajamiento, cuando nos asalte algún pensamiento de inclinación a la preeminencia, hay que combatirlo enseguida.  Orando, pidiendo ayuda.   Y meditando:   ¿qué hizo Jesús que era Dios?  ¿qué haría Jesús en mi lugar?

2.      Practicar la renuncia de nuestros pequeños derechos:

Enfatiza esto Santa Teresa:  huir de  “razón tuve”, “hiciéronme sinrazón”, “no tuvo razón quien esto hizo conmigo”.   No hay que pensar así, ¡mucho menos decirlo!

Es normal que uno se sienta ofendido.  No somos de piedra.  Pero que no pase de allí.  Si le damos curso a tales ideas y pensamientos, vamos mal.  Santa Teresa los llama “malas razones”.  Malas porque no estamos actuando con diligencia para adquirir humildad, no estamos siendo humildes.

El que no quiere llevar sino la cruz que cree merecida y rechaza las que considera injustas, ¿cómo va a progresar en la humildad?

Y la verdad es que ¿qué más podemos esperar de las relaciones interpersonales entre seres humanos imperfectos y pecadores?  ¿Cómo vamos a esperar siempre ser tratados con perfecta justicia?

En las relaciones inter-personales siempre podremos conseguir ocasiones para ceder nuestros legítimos derechos.  Prueba y verás…

Adicionalmente, podemos comprobar que la humildad es virtud que debe estar presente en cualquier relación interpersonal.

La primerísima relación es con Dios.  Luego con sus representantes en la tierra, desde el Papa hasta los Sacerdotes.   Pero también en la familia, con quienes trabajamos, sean superiores, pares o subalternos.  Tratar a todos como Cristo los trataría, como El quiere que los tratemos.

No se trata de pensar que no tenemos esos derechos.   Se trata de no exigirlos y no estar –como solemos estar- en permanente estado de alerta para defenderlos.  Se trata de dejarlos pasar, de no darnos por enterados, de evitar roces y conflictos por ello.

Porque suele suceder -¿no es cierto?- que uno podrá creer que tiene la razón, mientras el otro o los otros piensan que uno se equivoca.

Este “dejarlo pasar” nos va preparando para la tercera proposición de Santa Teresa:  “no excusarnos”, la cual veremos enseguida.

¿Queremos crecer en humildad?  ¿Queremos santificarnos?  Si es así, ese dejar pasar puede ofrecerse al Señor.  Entonces las cosas pequeñas del diario vivir se van convirtiendo en peldaños de humildad y santidad.

En el tejido de las relaciones humanas es cierto que hay derechos de unos y de otros.  Unas veces pueden herirnos o disgustarnos a nosotros.  Pero muchas veces nosotros podemos ser causa de dolor y desagrado de otros.

Si uno no se va olvidando de sus propios derechos y quiere estar defendiéndolos en todo momento, acabará por ser uno quien ofenda a los demás.

Pueda que nos sintamos agredidos, insultados, perseguidos y hasta calumniados con alguna humillación.  No somos de piedra, así que vamos a sentir la turbación y el dolor que causa la humillación.  Pero eso no significa que no podamos sufrir estas pruebas con verdadera humildad, sometiendo nuestros sentimientos a la razón y sacrificando nuestro amor propio por el amor de Dios.  Todo esto con miras a crecer en humildad.

Si me siendo agredido por alguna palabra ofensiva que se me ha dicho, o por alguna descortesía, ¿de dónde proviene el sentimiento de dolor, de perturbación?  No viene sino de mi orgullo.  Si fuera verdaderamente humilde, no me quitarían la paz, ni la calma, sino que quedaría tranquilo.  ¿Cómo es posible permanecer impasible ante una injusticia y un ataque inmerecido?  Por la promesa de Jesús:  “Aprendan de Mí que soy manso y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso”.  (Mt 11, 29)

Y si no sucede así, tenemos que preguntarnos:  ¿Por qué te afliges, alma mía, por qué te quejas? Espera en Dios, que aún he de alabarlo, salud de mi rostro, Dios mío. (Sal 42, 12)

Y cuando pensamos en los derechos de Jesús que El no defendió, rebajándose hasta lo indecible, ¿qué son las pequeñas cosas que tenemos que obviar para renunciar a nuestros derechos?  “Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo” (Col 1, 24).

Y cuando se nos acuse sin merecerlo, podemos pensar cuántas cosas buenas recibimos del Señor sin tampoco merecerlas.

3.      Aceptar las humillaciones – No excusarse:

La humildad no llega a afianzarse de verdad en el alma, sino cuando Dios la afianza.  Y ¿cómo la afianza?  Por medio de humillaciones.  Así de simple, así de arduo:  simple para decirlo y arduo para soportarlo, pero no imposible.

Esta actitud de aceptación de las humillaciones está respaldada por aquéllas palabras de Jesús:  todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado (Lc 14, 11).

La humillación es cosa difícil de aceptar.  “Comida dura y amarga para el alma, pero sumamente nutritiva”, dice Santa Teresa.  Así que si de veras queremos humildad, aceptemos y –más aún- amemos las humillaciones, aunque nos sean muy duras.

Podemos buscar nosotros mismos algún tipo de humillación.  Según el autor de la Imitación de Cristo, sería muy provechoso para nosotros y para nuestra humildad, por ejemplo, que otras personas conozcan nuestras faltas y puedan reprochárnoslas.

Sin embargo, hay que tener cuidado, porque las humillaciones que nos buscamos nosotros mismos pueden ser peligrosas, ya que la vanidad nos las puede presentar como práctica de humildad y podrían ser todo lo contrario:  más alimento para la vanidad.

Así que preferible es pedirlas al Señor y aceptarlas cuando vengan, que vendrán.  El Señor no nos dejará vacíos de humillaciones, si de veras se las pedimos para progresar en humildad.

Y cuando vengan,  en vez de huir de las humillaciones, hay que aceptarlas y abrazarlas.  Es que convienen mucho a nuestra vida espiritual.

Un ejercicio espiritual altamente provechoso es éste de aceptar las humillaciones que nos vienen de fuera. Esas humillaciones tienden a rebajar nuestra vanidad y amor propio, porque al sacrificar algo tan preciado, como son nuestros legítimos derechos, aceptando ciertas humillaciones, podemos ir creciendo en humildad.

Y esas humillaciones involuntarias que nos envía la Providencia Divina, y que podemos soportar con paciencia,  sí que nos santifican.

Así nos aconseja el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura:  Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, y en los reveses de tu humillación sé paciente. Porque en el fuego se purifica el oro, y los aceptos a Dios (se purifican) en el horno de la humillación. (Sir 2, 4-5)

Dice Santa Teresa que es bueno “verse condenar sin culpa”.  Esto es una maravillosa práctica de humildad “que trae consigo grandes ganancias”.

Como la humildad no se consigue sino con la humillación, Santa Teresa considera de gran bien ser culpados aún en cosas graves e importantes y ser condenados injustamente.

Santa Teresa observa que a veces nos acusan de cosas falsas sin que haya razón.  Pero ¿cuántas veces a pesar de haber faltado nadie nos dice nada?   Una cosa por la otra, especie de justicia compensatoria muy ingeniosa.

Y otra observación ingeniosa de la Santa:  preferible es ser condenados de faltas que no hemos cometido, a ser condenados de faltas realmente cometidas.

Y cuando el Señor lo considera oportuno, El sale en defensa de las personas que no se excusan.  Recordemos cuando en el episodio con Marta y María, ésta no tuvo que defenderse, porque Jesús lo hizo por ella.

San Bernardo distingue entre ser humillado y ser humilde.

Es que no es la humillación misma lo que hace crecer en humildad, sino el acto interior por medio del cual esa humillación es aceptada como una manera de imitar a Cristo humilde.

Se está siendo humilde, entonces, cuando se convierten las humillaciones en humildad, cuando interiormente se piensa:  “es bueno para mí que me hayas humillado, Señor”.

HAY EXCEPCIONES:  

No hay que caer en extremos.  La misma Santa Teresa advierte que hay casos en que es necesario disculparse.  Pueda ser que por caridad haya que justificarse.  Habría que hacerlo cuando callar sería causa de disgustos o de escándalo, o ser causa de algún perjuicio a terceras personas.  Por ejemplo, si otra persona pudiera ser movida a la ira, o sufrir por eso, o ser motivo de escándalo, esas consideraciones nos exigirían disculparnos.

Si aceptar una humillación sin excusarse, afectara a terceros, hay que optar por la excusa.  Pero hay que cuidar que cuando hubiera que justificarse, debe hacerse con sobriedad y caritativamente, para no perder el beneficio de la humillación.

Primera excepción:   debe responderse si la acusación no sólo afecta personalmente, sino que también involucra a terceros, y el no excusarse les causaría daño a éstos.  

Segunda excepción: debe responderse si es evidente que la persona que causa el conflicto o el daño queda afectada espiritualmente y el responder la ayuda a ubicar su error.

Tercera excepción:  casos conyugales y familiares hay que analizarlos individualmente, dado que las relaciones más cercanas y permanentes son, como sabemos por experiencia, bastante complicadas.

En todos los casos hay que pedir la luz del Espíritu Santo, para reaccionar y responder como Dios desea, y siempre en forma sobria y caritativa.

Buena Nueva