viernes, 28 de enero de 2011

El Padre Castellani profeta de nuestra epoca....


El Reverendo Padree Leonardo Castellani nace en Reconquista, (Santa Fe, Argentina) el 16 de noviembre de 1899. Pierde a su padre -periodista y maestro librepensador- en la niñez, muerto en una reyerta política; también pierde en su niñez el ojo izquierdo, que será reemplazado por uno de vidrio. Termina el bachillerato en Santa Fe, y en 1918 ingresa al noviciado jesuita de Córdoba. Estudia letras, filosofía y teología en Santa Fe, luego en Buenos Aires y comienza a escribir (Camperas). Vistas sus grandes dotes intelectuales, es enviado en 1929 a Europa a proseguir sus estudios.

Es ordenado sacerdote (1931), y estudia Filosofía y Teología en la Gregoriana de Roma, Después estudia Psicología en la Sorbona de París. Tras unos meses en Alemania, en 1935 vuelve a Argentina.
Primera época (1935-1946)

Desde su regreso a Europa y hasta 1946 trabaja en docencia y periodismo ; escribe más de 12 libros y traduce la primera parte de la Suma Teológica de Santo Tomás. De esta época son los cuentos reunidos en 'Historias del Norte Bravo', 'Martita ofelia y otros cuentos de fantasmas', 'Las muertes del Padre Metri'; ensayos y artículos reunidos en 'Las canciones de Militis', 'Crítica literaria', 'El nuevo gobierno de Sancho'. Participa activamente en revistas y diarios (Criterio, La Nacion, Cabildo, Tribuna) e incursiona en política, llegando a ser incluido en la lista de diputados del partido nacionalista en 1946. Estas actividades y sus actitudes críticas hacia la educación y las estructuras sociales, políticas y religiosas comienzan a ocasionarle enemigos y dificultades.
. La crisis: Manresa (1946-1949)
Sus superiores religiosos lo presionan para que abandone la Compañía de Jesús (la orden jesuita); se niega, y las sanciones y presiones van en aumento. Viaja a Europa para intentar aclarar su situación, sin éxito. Es recluido en Manresa (España) durante dos años, mientras su salud física y psíquica se derrumba. Al borde de una neurosis y en medio de una aguda crisis espiritual, consigue huir y vuelve en 1949 a Buenos Aires. Es entonces expulsado de la Compañía y suspendido como sacerdote.
Tiene entonces 50 años, su salud decaída, el alma lastimada en lo más profundo, difamado, con su carrera intelectual tronchada y sin medios de vida.
Segunda etapa (1950-1969)
Es acogido por el obispo de Salta, donde vive entre 1950 y 1951, enseñando y escribiendo. Vuelve en 1952 a Bs As, y dicta cursos de filosofía y conferencias varias. El período más difícil de su vida ha pasado, y aunque las heridas no cerrarán nunca, comienza a ordenar sus papeles e inicia una nueva etapa en su producción intelectual, que se revelará aún más productiva y profunda que la primera.
En este tiempo escribe 'El apocalipsis de San Juan', 'Cristo vuelve o no vuelve?', 'El ruiseñor fusilado/El místico' , 'Los papeles de Benjamín Benavídez', 'El evangelio de Jesucristo', 'Las parábolas de Cristo', 'Su majestad Dulcinea'...
En 1966 se le restituye el ministerio sacerdotal. En 1967 funda la revista Jauja, que dirige hasta su cierre, en 1969.
El ocaso (1969-1981)
El fin de la revista Jauja coincide con el fin de una década en que mueren otras esperanza;: han pasado el mayo francés, la primavera de Praga, el Concilio Vaticano II y la llegada del hombre a la luna... Castellani, sin dejar de ser un referente entre los sectores más tradicionales del catolicismo, y una figura destacada del nacionalismo argentino, se aparta cada vez más de la actividad política y, en general, de la sociedad. Volcado a su interioridad religiosa, su actividad se limita a escribir libros y dar conferencias. Profesa una gran devoción por el filósofo luterano Soren Kierkegaard, a quien dedica 'De Kierkegord a Tomas de Aquino', uno de los principales libros de la última etapa de su vida.

Muere el 15 de marzo de 1981 en Buenos Aires.
CINCO CONFERENCIAS DEL P. CASTELLANI SOBRE

Disertaciones del P. Castellani pronunciadas a lo largo de
sucesivos viernes, entre el 6 de junio y el 18 de julio de 1969, en
el salón de actos de la Iglesia del Socorro de la Ciudad de Buenos Aires.
(Como se ve, se habían anunciado un total de siete conferencias,
pero si efectivamente se pronunciaron, no dispongo de la correspondiente grabación).

PRIMERA CONFERENCIA
(6 de junio de 1969)
El conocer profético: estado actual — “Los Signos” — Testimonios contemporáneos
Sucesos contemporáneos — La Guerra — El Capitalismo — La “Era Atómica”
El porvenir del mundo: alternativa.
Vamos a hacer un recorrido llano y nada técnico sobre las profecías mayores del fin del tiempo. Profecías mayores son las llamadas canónicas, o sea que están en la Sagrada Escritura. “Fin del tiempo” es la palabra que usa la Escritura para la cercanía de la Parusía o de la Segunda Venida de Cristo. Nunca jamás dice la Escritura “fin del mundo” porque el mundo no va a tener fin. Lo que va a tener fin va a ser la historia del ciclo adámico; la historia que empezó con Adán—esa va a tener fin.

En una audiencia general del 16 de abril, el Sumo Pontífice destacó como “misión ineludible del hombre de hoy”, dijo, “escrutar los signos de los tiempos”. Esa palabra “signo de los tiempos” ha sido traída hoy a significar vulgarmente cualquier peculiaridad de la época. Pero Jesucristo la usa en el sentido de signos de los tiempos últimos y en ese sentido el Papa y el Concilio la usan seis veces. Las profecías han atraído siempre la curiosidad de la gente, sobre todo en los tiempos turbados; basta recordar las muchedumbres que se agolparon en Fátima de Portugal y en nuestros días en Garabandal de España. La gente se pregunta hoy día adónde va a parar este mundo. Desde 1914 esa pregunta se ha vuelto ansiosa. Los Testigos de Jehová que son un grupo curioso protestante, sostienen que en 1914 se acabó el tiempo de las naciones y comenzaron los tiempos parusíacos; y se apoyan en un cálculo profético bastante discutible que dice que los tiempos de las naciones van a durar 2320 años y entonces se han acabado en 1914. ¿Por qué? Porque sitúan el comienzo donde les parece y entonces los hacen terminar en 1914; pero, en fin, no es descaminado decir que desde 1914 estamos en una nueva época. Pero no es la curiosidad lo más importante. Hay una cosa más importante en las profecías y es la esperanza. Créase o no, las profecías, tanto privadas como canónicas, han sido hechas para consuelo como dice San Pablo, “ad consolationem”. Con esa intención hablo yo ahora, y no para satisfacer una vana curiosidad. Parece mentira, porque las profecías suelen anunciar calamidades, y las profecías canónicas, la mayor calamidad, la calamidad por excelencia, la mayor tribulación que ha habido en el mundo desde el Diluvio acá, dijo Cristo. O sea, como la agonía de este mundo, con todo lo que está dentro de él. Y sin embargo, Cristo termina su predicción, que está en Mateo, capítulo 24, diciendo que cuando veamos se cumplen esas cosas, cosas pavorosas por cierto, levantemos las cabezas e incluso nos alegremos. La razón es que las congojas que nos aquejan ahora y han aquejado también en otros tiempos a los hombres están descritas de antemano como pasaje a un estado feliz del hombre. Definitivo. Y esta persuasión de la esperanza es el fuste de la religión cristiana como fue el fuste de la hebraica. O sea que los últimos dolores, que serán los más grandes de todos, no son agonía sino parto. Y esta metáfora del parto la usan literalmente tanto Jesucristo como su discípulo Juan, el apokaleta. Así pues, recurrimos aquí contra el miedo al único remedio que hay, que es la profecía. Me dirán que los que tienen miedo son unos cuantos locos, que la masa de la gente negocia, junta plata, se casan, se divierte, farrea, va al cine, contempla televisión y compra revistas descocadas. Y eso lo hacen, preguntaré yo, ¿con tranquilidad o con afán? Lo hacen con fiebre y afán, para aturdirse, porque tienen miedo; necesitan aturdirse. La especie de fiebre de diversiones, placeres, pamplinas y liviandades que sufren hoy día las masas probablemente tienen detrás el temor y obedece a la necesidad de aturdirse. No hay más que ver una cancha de fútbol o un ring de box para ver el estado de febrilidad en que está la gente, en un estado febricitante y no en un estado de tranquilidad, ni de diversión, ni de alegría, ni de gozo, ni de júbilo. La realidad es que hoy día la más grande emoción aislada que domina nuestra vida es el temor, dice David Lawrence, en “USA News & World Report”, octubre de 1965, una de las principales revistas de Estados Unidos. Podría multiplicar frases como esta, pronunciadas en U.S.A. por gente de gran predicamento. “Una plaga de desafuero y violencia está arrasando ahora el globo” dice el “Times”—el principal diario de los Estados Unidos, 6 de junio de 1968, es decir hace un año justo, hoy. “Ahora surgen la discordia y la violencia de un extremo del orbe al otro”, dice el mismo día la revista arriba dicha, o sea “USA News & World Report”. “Más de cien millones de americanos morirían en caso de un ataque nuclear soviético. Si llegase a incluir los grandes centros urbanos, el número de muertos sería de 149 millones” dijo el ministro de defensa yanqui en 1965. He aquí la causa principal del miedo: la bomba. Muchas otras frases de terror como esta trae la revista protestante Despertar del mes pasado, de la cual hablaremos otro día.

Lo notable es que los yanquis, y los argentinos, que no creen ni quieren creer nada de las profecías, pasan de un extremo de pesimismo a un extremo de optimismo, como el autor del libro Nuestro futuro nuclear, del ingeniero nuclear Teller, que después de anunciar el pavoroso poder y los pavorosos efectos de las bombas que él está ayudando a fabricar, concluye prediciendo en bajo que eso conducirá a una vida más feliz de toda la humanidad aunque sea, dice él, a costa de la vida de unos cuantos inocentes. ¿Cuántos inocentes, más o menos? ¿149 millones? .

Y este es otro de los efectos del miedo actual: imaginaciones desaforadas de un futuro paradisíaco de la humanidad al cual no hay que hacerle caso; logrado con las solas fuerzas del hombre, no se sabe cómo y sin el menor fundamento. Que Cristo va a dar un futuro paradisíaco a la humanidad es otra cosa; eso lo creemos, pero esas predicciones de progreso indefinido y de grandes alcances, grandes adquisiciones de los hombres nada más que con sus fuerzas naturales y sin pensar en Dios—incluso rechazando a Dios—eso no hay que darle la menor entrada en el alma porque es un error, es una herejía actual. Obtener el isótopo 238 del uranio, durante la Gran Guerra Segunda, costó 2000 millones de dólares: los gastos ya no se cuentan por centenares ni por millares, ni por millones, sino por millares de millones, es decir por billones como dicen los norteamericanos. Lo cual, unido a esos (inaudible) para mandar esos cohetes o balas huecas con hombres adentro para mandar a la luna da una suma no imaginable: lo bastante para regalar un millón a cada uno de los hambrientos de los Estados Unidos, calcula la revista Time. Y sobra.

Existe hoy la novela de fantaciencia que le dicen, o ciencia ficción, un género nuevo que se puede llamar de creación yanqui, aunque sus inventores fueron un francés y un inglés, el cual si examinan verán que se divide en dos netas partes contrarias de profecías falsas: una que predice horrores y desastres sin medida y otra felicidades y ventajas sin medida, todo por medio de la ciencia, o sea de la técnica. Estas novela desaforadas y dementes algunas, bien escritas muchas, se pueden llamar literatura religiosa porque pertenecen a la actual idolatría de la Ciencia, una religión mala, por supuesto. Es más pavorosa que las religiones de los antiguos y también más prometedora que las religiones de los antiguos fenicios o de Grecia. Pero es una herejía, una herejía cristiana que parodia la escatología cristiana. La escatología cristiana que es la ciencia de los últimos tiempos o de las últimas cosas—eso significa “escatología”—predice una agonía o un parto muy difícil como he dicho antes y después un estado de resolución total, de solución total de los problemas humanos y de una nueva humanidad a la cual espero perteneceremos hecha por obra de Dios; y esto es al revés: predicen o grandes destrucciones y desastres que pone los pelos de punta, o bien grandes felicidades conseguido todo sin Dios, sin ninguna clase de Dios, al contrario, yendo contra los mandamientos de Dios. Es una especie de escatología especial, actual y herética. Y estos libros de los cuales he leído una cantidad, pero ni siquiera la centésima parte de los que hay, son los más se leen en Norteamérica, más que las novelas policiales. Y son libros religiosos en el fondo porque exigen una fe e intentan dar lo que da la profecía católica, o sea la Esperanza, o lo que da la predicación católica del infierno, por ejemplo, o sea temor. Intentan hacer eso. Toda esta desmesura intelectual, esta especie de locura—de hecho algunos de estos fantaciencios son locos: tienen el desprecio de las profecías verdaderas cuyo vacío se llena con profecías falsas.

Despreciando estas profecías vacías e idolátricas, nacidas de la idolatría de la Ciencia, descansemos en las serias, en las dignas de ser examinadas. Ellas son de tres clases: profecías naturales, profecías privadas y profecías canónicas. Estas últimas se reducen a profecías de Cristo, profecías de Pedro y Pablo, y profecías del Apocalipsis, o sea del Nuevo Testamento, el cual corona al Antiguo Testamento. Primero, profecías naturales: son las que no proceden de lo sobrenatural, ni son milagrosas, mas proceden de las facultades cognitivas del hombre, o sea de su razón, su conocimiento de la historia y una especie de intuición poética que los lleva a figurarse el futuro porque están empapados del pasado, del cual prolongan las líneas de fuerza. Así vemos que muchos grandes talentos han predicho el advenimiento de suceso próximos que de hecho han venido. Así por ejemplo, Donoso Cortés predijo en 1850 más o menos, la caída del Imperio Inglés y el surgir de Rusia y también la Guerra Mundial que estaba a más de cincuenta años de distancia. La cual también por su parte, predijo Federico Nietszche y Belloc en su libro El Estado Servil, predijo el estado actual del neo-capitalismo o neo-liberalismo solapadamente esclavizador: la restauración del Estado Servil, o sea del estado de esclavitud. De otra manera; el mundo cristiano y apóstata, dice Belloc que es una cosa que iba a venir, lo dijo hace mucho tiempo, más de 38 años. Y vino. Porque hoy día, como dice un amigo mío, los argentinos no aspiran a otra cosa más que a una esclavitud confortable. Y para la esclavitud tenemos el tango. Esa esclavitud la proporciona hoy día el liberalismo o el progresismo: por lo menos la promete, aunque a veces no la proporciona nada. No queremos tanto desarrollo, queremos más libertad y más tranquilidad, dice la gente pobre y lo que dice Raimundo Ongaro ahí en este papel. Y quieren la libertad para ir a las canchas de fútbol, a las tabernas, al cine y al lupanar y para romper incluso las leyes de la familia si se les antoja. Y las leyes de la Ciudad, también. Y van a ver la cantidad de autos y televisores y de átomos para la paz que va a fabricar Krieger-Vassena dentro de poco . Esclavitud confortable, libertad para los vicios, completa falta de tranquilidad y en ese tiempo andarán los hombres angustiados por los ruidos del mar y de su zonda, dijo Cristo. El mar en la Sagrada Escritura significa el Mundo en contraposición a la Religión que es significada por la tierra firme. Y la zonda del mar son los grandes sucesos del mundo. Además de los tres hombres geniales que dije arriba, Donoso Cortés, Belloc y Nietszche, suelen citarse como profetas naturales a San Agustín, Savonarola, Juan Bautista Vico, Kierkegaard, Solovieff, incluso el poeta Heine y a Rousseau. Aquí mismo un amigo me decía anoche que Ramón Doll fue una especie de profeta en la Argentina porque escribió artículos de crítica hace 30 o 40 años que usted los lee hoy y se ha verificado lo que dijo. Lo que dijo Doll por ejemplo, acerca de la carrera de Borges: Doll profetizó la ola de Borges y se cumplió así como él había dicho hace como 30 años. Es decir, son solamente predicciones, no profecías. Es la agudeza natural de la cabeza de algunos que llegan a ver adelante porque conocen mucho lo de atrás. Es decir, prolonga lo de atrás y ve lo que va a pasar adelante.

Segundo: profecías privada. Las conocemos, hoy día hay muchas. Siempre las ha habido. Estas son de índole sobrenatural, cuando no son falsas. De cada cien revelaciones privadas, una sola es auténtica, dijo San Pablo de la Cruz, fundador de los Pasionistas. Muy exagerado, evidentemente ¿no? Demasiado poco. Pero la verdad es que de las modernas la Iglesia solamente ha aprobado las de Lourdes y de Fátima; y eso indirectamente. Estas profecías son proferidas para consolar al pueblo cristiano en una coyuntura dada, o para prevenirlo o para amonestarlo. Son parciales y locales. Si no tienen nada contra la Fe, la Iglesia suele guardar reserva y no pronunciarse. Algunas se revelan como fraudes, tal los escritos de la Madre Raffo que se propagaban mucho cuando yo era muchacho. Otras como engaños subjetivos, tal como los prodigios del Cristo de Limpias en España, otras de dudosa autenticidad como la profecías de los Papas de San Malaquías, otras caen pronto en el olvido sin pena y sin gloria tal como La Saleta, tan ruidosa en su tiempo. Nadie está obligado a creer en una revelación privada, aunque estemos obligados a no despreciarlas. “No despreciéis las profecías” como dice San Pablo. Y cuando las creemos, las creemos con fe humana, no con fe divina.

Y con esto llegamos a las profecías de fe divina. Para los cristianos, las profecías de las Escrituras son de fe y por tanto, indefectibles. Bien sé que hay hoy muchos llamados cristianos que niegan las profecías, como los racionalistas y los cristianos liberales protestantes y los modernistas. Pero estos son heréticos, aunque se incluya entre ellos el celebérrimo comentador del Apocalipsis, P. Ernesto Alló, del cual hablaremos muchas veces porque es el libro más visto hoy día por los que quieren enterarse de algo sobre el Apocalipsis; el cual niega el carácter profético del libro cuyo mismo nombre es “Profecía” o “Revelación”. Y lo convierte en un poema filosófico acerca de las persecuciones de las Iglesia: son palabras textuales del P. Alló. Lo mismo se diga de su discípulo, el judeo-cristiano P. Bonsirven. Los cristianos creemos que las profecías de las Escrituras son nada menos que palabras de Dios. Pero la dificultad está en la interpretación, en la cual uno se ve arrojado a una selva intrincada de opiniones diversas, de donde muchos sacerdotes, incluso sabios, optan por dejarlas a un lado. Un sacerdote sino sabio, al menos muy erudito, me dijo un día al verme escribir un comentario sobre el Apocalipsis: “¡Deje eso! Todos los que han comentado el Apocalipsis se han vuelto locos o heréticos.” . Lo contrario es verdad. Aunque si uno quisiera leer todos los comentarios del Apocalipsis—es físicamente imposible porque son centenares—claro que se volvería loco. Bastaría con que comenzara con Isaac Newton, el obispo Pastorini y Ruthenford, el actual cabeza de los Testigos de Jehová. Así que cito tres ejemplos de los más extravagantes que hay, de los comentarios más extravagantes. La interpretación de las profecías canónicas ha ido progresando lentamente desde los tiempos en que San Jerónimo decía “es un libro que tiene tantos enigmas como palabras” hasta nuestros días en que las grandes leyes de la interpretación están firmemente fijadas; las cuales son principalmente tres: primero, toda profecía es oscura; segundo, toda profecía tiene dos sentidos, el typo y el anti-typo, es decir, un suceso próximo y un suceso mucho más lejano que es el más importante; tercero, las profecías se aclaran al aproximarse su cumplimiento. Además, respecto del Apocalipsis tenemos las dos reglas de la recapitulación y la historicidad, que vienen desde los primeros intérpretes: San Justino Mártir s. II, Tyconio s. III, San Agustín s. IV, de los cuales hablaremos más adelante. “Recapitulación” quiere decir que el Apocalipsis no está escrito en línea recta como un relato o una crónica histórica, sino que es un relato que llega un momento se para y vuelve atrás y empieza de nuevo. Es la recapitulación que veremos más tarde. Y la historicidad significa que el Apocalipsis probablemente es una profecía de todo el tiempo de la Iglesia, desde la Ascensión de Cristo hasta los últimos tiempos, pero con una referencia constante a los últimos tiempos, como si uno se pusiese ya en el final y desde allá mirase allá todo el recorrido de la Iglesia hasta ese punto. Eso se llama la historicidad que comienza en el s. III, más o menos. Pero ya San Agustín había dicho “todo el tiempo que este libro encierra, comienza desde la Primera Venida de Cristo hasta describir el Fin de los Tiempos, que será cuando su Segunda Venida”.

Yo me puse a escribir hace seis años un comentario al Apocalipsis, principalmente para mi propio provecho a riesgo de ser tomado por herético o por loco, apoyándome en toda la tradición de 19 siglos, justamente porque encontré en la Iglesia actual una vehemente y extensa sospecha y esperanza de que el fin del tiempo está próximo. Innúmeros nombres, algunos de la mayor autoridad, formulan esa sospecha o esperanza: San Pío X, Paul Claudel, Belloc, Dawson, Frank-Duquesne, Maritain joven, Straubinger y más atrás, Newman, Solovieff, Donoso Cortés, Josef Pieper, y entre los artistas, Selma Lagerloef, Roberto Hugo Benson, Antonio Bouchet, Metri y entre nosotros Gustavo Martínez Zuviría en su novela “666”; y entre los videntes Ana Catalina Emmerich, las niñas de Garabandal y otros muchos menores que estos. Hay dos iglesias protestantes—no sectas, ahora no hay que llamarlas más sectas, hay que llamarlas “iglesias” pero es que… de todas maneras, (Castellani risotea), si son sectas, siguen siendo sectas aunque ustedes las llamen iglesias —que predican permanentemente la cercanía del fin del mundo y casi ninguna otra cosa: los Adventistas y los Testigos de Jehová. La razón por que todos estos estiman próximos los últimos tiempotes porque ven o creen poder ver los signos cumpliéndose; unos ven unos y otros ven otros. Pues saben ustedes que Jesucristo dejó notados unos siete signos de su Segunda Venida, y mandó estuviésemos atentos a ellos. Los signos que me parece ver más claramente cumpliéndose son la guerra, el capitalismo y la era atómica.
La guerra: oiréis guerras y rumores de guerra, dijo Jesucristo. Pero ¿no se ha oído eso siempre en toda la historia de la humanidad? Sí pero como ahora, nunca. Desde la Guerra del ‘14 hasta ahora ha habido en el mundo cuarenta guerras chicas y una grande. El Papa Benedicto XV en 1917 durante la Primera Guerra Mundial dijo: “Jamás hasta ahora se había visto en el mundo la guerra como institución permanente de toda la humanidad” y esa es la gran diferencia, de los rumores de guerra que hay hoy en día. ¿Qué diría ahora? En 1945, al acabar la Segunda Gran Guerra, poco tiempo después, mejor dicho, el gran estratego inglés Capitán Lidell Hart escribió que vendría otra Tercera Gran Guerra Mundial. ¿Por qué? La razón que él dio: esta tragedia tendrá tres actos. Este segundo acto que acaba de terminar dejó pendientes todos los problemas que lo provocaron y algunos empeorados, por cierto. Y el intervalo será más o menos de veinte años, el tiempo necesario para aprovisionarse de nafta y para rellenar de odio los cráneos de la nueva generación, porque la vieja generación que ya hizo una guerra, no hace otra, pero a los jóvenes hay que lanzarlos a eso. Se equivocó Lidell Hart en el tiempo del intervalo, porque han pasado los veinte años ya, pero que una tercera guerra está pendiente ¿quién no lo ve? Dios nos pille confesados. Menos mal que Cristo añadió en seguida, “pero esto todavía no es el fin sino el comienzo de los dolores de parto”. Usó la palabra griega oudinón que significa dolores de parto.

Segundo, el capitalismo. El capitalismo es un monstruoso fenómeno actual que nos quiebra los ojos. Y en el Apocalipsis está descripto el capitalismo de un modo que también quiebra los ojos. San Juan describe en forma inequívoca el derrumbe desastroso de la ciudad capitalista a la cual llama “la Gran Ramera” que puede ser, o bien una gran ciudad, cabeza del capitalismo, por ejemplo Nueva York o Londres o Roma. O bien muchas urbes de Europa y de América como creen el Cardenal Newman y Paul Claudel. O bien simplemente el mismo sistema actual capitalista considerado simbólicamente como una mujer, una mala mujer. No es que yo crea esa Gran Ramera es solamente la ciudad cabeza del capitalismo. Para mí es principalmente la cabeza de una religión falsa, o bien la actual religión adulterada que apoya o es apoyada por el capitalismo, porque del texto de San Juan sale… está claro que esa ramera está sentada encima de un dragón rojo y que propaga una falsa religión: está borracha con la sangre de los mártires, dice San Juan.

Tercero, la era atómica. Visitando en San Juan al Dr. Alberto Graffigna poco después de los desastres de Nagasaki e Hiroshima me dijo: “La bomba atómica está en el Apocalipsis”. “No creo” dije yo, “¿adónde?”. Pero reflexionando bien la encontré. San Juan dice que el Anticristo tendrá poder para hacer caer sobre sus enemigo “fuego desde el cielo”. La gran bola de fuego de un kilómetro y medio en Hiroshima (actualmente calculan que tendrá un diámetro mucho mayor—una legua por lo menos). Estados Unidos tiene almacenadas cuarenta mil bombas nucleares más poderosas que las dos primeras. Rusia, no sabemos cuántas. China ya tiene sus seis o siete bombones de muerte. En su libro sobre la bomba atómica, dice el filósofo alemán Carlos Jaspers, “hay que hacer que la humanidad esté atenta a lo que la situación actual tiene de monstruoso: millares de voces debieran a su modo cada una renovar sin cesar este llamado. No es hora de dormir. La rapidez de relámpago con que se suceden desde pocos años ha los descubrimientos científicos, el misterio que nos rodea, la fabricación de bombas ante las cuales la de Hiroshima es un juguete de niños—la Bomba H tiene un poder un millón de veces mayor que la bomba clásica—el cálculo de los desastres que podrían producir, los peligros de sus ensayos han creado una tensión, una psicosis, que es peculiar de nuestro tiempo”. Pero éste es uno de los que se ilusionan con falsas esperanzas porque él dice que hay que arreglar todo eso, que hay que arreglarlo, y para arreglarlo dice que hay que ser razonables y tener gobernantes razonables, conseguir gobernantes razonables. ¿Cómo vamos a conseguir gobernantes razonables si no se encuentran en el mercado ni en ninguna parte? Entonces ¿qué vamos a hacer? Si todos los hombres son razonables por supuesto que no va haber ningún peligro para la humanidad. Pero ahí está la cosa, que desde que el mundo es mundo los hombres no han sido todos razonables, ni siquiera la mayoría.

Estos signos a mí me parecen claros. Otros, veremos más adelante. Los sucesos contemporáneos muestran claramente una faz apocalíptica; cada día leemos en los diarios acontecimientos de miedo: por ejemplo, la bomba atómica, amenaza de la Tercera Gran Guerra, viajes espaciales que, se dirigen en el fondo a la guerra. El movimiento Unimundista que quiere hacer una sola nación de toda la humanidad, crisis en la Iglesia, crisis de fe y de autoridad, agitaciones internas en las naciones, sediciones, tumultos, revoluciones, guerras civiles, hambre. Después de la Segunda Gran Guerra hubo la mayor escasez mundial de alimentos, dice la enciclopedia World Book, en 1966. El temor de la explosión, la famosa explosión demográfica que llaman, la indisciplina de las costumbres, crueldad, descontento general, descomposición de la filosofía y de las bellas artes, etc. El director de la F.B.I., la policía federal yanqui, Edgar Hoover, el hermano del ex-presidente, dice un telegrama de Washington el 31 de mayo del año pasado, arremetió hoy contra los que argumentan que hay que reducir al mínimo el problema de la delincuencia en la nación, achacándolo al gran aumento de la población juvenil y a las tabulaciones más completas de la policía. Dijo Hoover que los que tratan de eliminar con explicaciones la verdad tan alarmante y tan desagradable que traen las estadísticas de criminalidad van al fracaso.

Yo no he venido para predicar la proximidad del fin del mundo como hizo San Vicente Ferrer en el s. XIV y se equivocó. Vengo solamente a traer a los males actuales la consolación del Hno. Bartfield, el cual en “El Salvador” pidió permiso para ir a la enfermería a visitar a un enfermo y le dijeron, “Sí, pero no lo aflija más, dígale palabras de consuelo”. “Osté deja eso por cuenta mía” dijo el alemán. Y en efecto, al llegar al moribundo le dijo: “No hay que desafligirse ni tomar poca pena porque todo lo que está pasando no pasará y cosas peores vendrán” . Así cuando las revistas argentinas laicas me dicen la Iglesia está en crisis, está por zozobrar, yo respondo: Cristo dijo “cuando yo vuelva, ¿creéis que encontraré fe sobre la tierra?”. Cuando me escriben “¿qué pasa con los sacerdotes? ¿qué me dice del obispo peruano Cornejo?” yo respondo, según San Pablo un día debe venir una gran apostasía. Cuando me dicen “¿están locos los hombres que piensan todavía en otra guerra?” respondo “Cristo dijo que todo eso sucederá, pero no es todavía el fin, sino más el comienzo de algo que será arduo, pero al fin y al cabo feliz”. Y así sucesivamente. O sea no hay que desafligirse ni tomar poca pena porque todo lo que está pasando no pasará y cosas peores vendrán . O sea, todos estos males están predichos por Cristo, el cual, después de haberlos enunciado, concluyó sorprendentemente con estas palabras: “De la higuera aprended una comparación. Cuando veis que retoña y veis unas hojitas verdes decís ‘Cerca está el verano’. Así, cuando veáis todas estas cosas comenzando a suceder levantad vuestras cabezas porque vuestra salvación está cerca”. A esta luz debemos mirar la crisis hodierna y ver que ella plantea una alternativa: pues o se resuelve o no. Si no se resuelve, ¡bien! entonces dije el imperativo de Cristo: “levantad las cabezas” porque los signos se cumplen. Así como está ahora esta crisis es la más grave que ha habido en la humanidad, tanto en la extensión pues es mundial, como en la intensidad pues afecta no sólo el mundo civil, sino a la Iglesia, la política y la religión, la muerte corporal, la apostasía y la desesperación del alma. No vivimos en tiempos comunes, esto nunca se ha visto. La moralidad en que hemos crecido está siendo desechada. Dios ha sido destronado, el sexo ha sido deificado, dice un diario de Australia en 1964. Muchos se contentarían con que las cosas se quedaran así como ahora, pero no es posible, las cosas se mueven, necesariamente. Y ahora se mueven para abajo. Los acontecimientos se precipitan, como decía un viejo loco que había en mi pueblo cuando era muchacho, en tiempos de la Guerra del ’14. “Vivimos en una nación tilinga”, me dijo un amigo el 25 de mayo, pero aceptémosla, porque aquí nos hizo nacer Dios y al fin de cuentas no encontraremos otra mejor.

La otra alternativa es que el mundo se arregle. Muchas crisis ha pasado el mundo que se han arreglado, cuando la gente creía no se podían arreglar, como en el s. XIV por ejemplo: la más conocida en el s. XIV cuando San Vicente Ferrer, como está dicho, predijo desde Valencia a Irlanda, en toda Europa, que se venía el fin del siglo y que venía el Anticristo. Para que esto suceda, es decir, la solución de la crisis actual, es necesaria la conversión de Europa, en la cual esperaron tanto Belloc y su amigo Chesterton, que trabajaron tanto para traerla. Hay que decir que este inmenso suceso feliz no contradice las profecías del Apocalipsis, es decir, puede arreglarse la crisis actual y no sería contrario a las profecías del Apocalipsis porque en él hay un pasaje algo oscuro o bastante oscuro que parece predecir un período de paz y de calma, de corta duración, antes de la aparición del Anticristo, o sea antes del Séptimo Sello. Esta alternativa la pone Belloc, gran historiador católico, en dos de sus libros Las Grandes Herejías y Survivals and new arrivals (este último no está traducido, Las Grandes Herejías, está traducido ). En este libro Belloc acentúa la posibilidad de una salida, es decir en “Sobrevivientes y sobrevivientes”, acentúa la posibilidad de una salida diciendo: “Vivimos en un estado no solamente de confusión, desesperación e iracundia, sino también en un momento de oportunidad para la fe. Todavía no ha aparecido la contra-religión, o sea la última herejía que se está aproximando. Y en este momento surge la oportunidad para la fe, de tomar la iniciativa, después de su largo cerco de trescientos años. Pero otro evento entre estos dos, o sea entre la conversión de Europa y el advenimiento del Anticristo, yo no veo”, dice Belloc con el peso de su inmensa autoridad de historiador. En el otro libro, “Las Grandes Herejías”, el acento está puesto más bien en la otra eventualidad. De estas dos cosas, dice, una tiene que ocurrir. Uno de dos resultados tiene que definirse en el mundo actual y no muy lejos. Pero escribe largamente la última herejía que llama “El ataque moderno” a falta de nombre mejor. Propone varios nombres, como por ejemplo, el “modernismo” pero es diferente, es más virulento que el modernismo del siglo pasado, propone el nombre de “alogos” “aloguismo” que significa contra la razón o sinrazón, y otros nombres, pero la cuestión es que este progresismo vago que nos está rodeado y que tiene tantas formas diferentes, no tiene nombre propio todavía. Posiblemente el dragón está esperando que aparezca un genio religioso maligno que convierta en una religión universal todas estas tendencias heréticas que hay por todas partes y, nada, eso también está profetizado en el Apocalipsis y se llama la Segunda Bestia, o sea el Pseudoprofeta. El ataque moderno, a falta de nombre mejor, que es lo que el siglo pasado se llamó cristianismo liberal, protestantismo liberal y modernismo, herejía en la cual Newman, y más atrás el P. Lacunza, vieron a la religión del Anticristo. Su fondo es el naturalismo religioso que es tan viejo como la Iglesia, o casi. El naturalismo religioso consiste en borrar el pecado original y todo lo sobrenatural y apropiarse de todo lo bueno que trajo la Iglesia como moralidad y como progreso y como comodidades temporales que trajo a Europa a la cual civilizó. Apropiarse de todo eso y atribuirlo al talento del hombre, a la cabeza del hombre. Y lo que pasa es que le hombre lo echa a perder apenas lo dejan solo. Belloc termina con las palabras con que quiero terminar yo mi disertación: “Los hombres equivocados e ignorantes que hablan ahora vagamente de “iglesias” están empleando un lenguaje hueco. La anterior generación podía hablar, por lo menos en los países protestantes, de “iglesias”. La actual generación no puede hacerlo: no hay muchas “iglesias”. Hay una sola: está por un lado la Iglesia Católica y por otro, su mortal enemigo. El campo está cerrado. Estamos así ante el problema más trascendental que haya surgido nunca ante el espíritu del hombre; estamos pues en la bifurcación de caminos por donde pasarán todo el futuro de nuestra raza.”

Nada más, muchas gracias.
* * *
SEGUNDA CONFERENCIA
(13 de junio de 1969)

Jesucristo — San Pedro y San Pablo — San Juan Apokaleta
Carácter de las predicciones — El alegorismo — Predicciones que parecen cumplirse ahora
La apostasía.



Señores y Señoras:

Desafiamos a la lluvia al frío y a la gripe. Incluso a la C.G.T. que le da por hacer paros los viernes. Es decir, los felicito por la valentía. Hoy vamos a hablar de las profecías mayores, o sea de las de Jesucristo y de sus Apóstoles. Hoy es el día del Sagrado Corazón de Jesús que, para los católicos, es la fiesta de amor de Jesucristo a los hombres; o sea del amor divino-humano de Jesucristo. Este amor divino-humano de Jesucristo dijo en los tres recitados que están en el capítulo XXIV de San Mateo cosas tremendas, o por lo menos cosas sumamente serias. De manera que la debilidad de nuestros tiempos se acobarda ante eso, ante esos anuncios; pero proceden del amor de Jesucristo esos mismos anuncios: todo lo que dijo Jesucristo procede del amor de Jesucristo. No es extraño que haya misterio en la revelación del Dios verdadero, lo raro sería que el Dios verdadero revelase su naturaleza y les revelase el futuro que no hubiese misterios allí. Eso sería imposible—entonces sería que Dios es igual que nosotros. Los que quieren eliminar las cosas duras en la religión cristiana o en la revelación de Cristo, lo que desean en el fondo es que Dios sea lo mismo que nosotros, igual que nosotros, y no es igual nosotros. Desean que no haya pecado, que no haya muerte, que no haya la maldad del hombre y ni la maldad del demonio—que supriman eso y entonces se van a poder suprimir las consecuencias de todo eso. Si no se pueden suprimir. Dios no puede suprimir esas cosas sin destruir el albedrío del hombre y el albedrío del demonio y no destruye las cosas que creó, dice la Escritura: Dios no aniquila nada de las cosas que creó. Pero el amor de Él lo que hace es ayudarnos o enseñarnos cómo evitar esas cosas. Es decir, podemos elegir: de manera que Él nos ha puesto por delante todo lo que hay en la realidad de la vida humana natural y sobrenatural para que nosotros elijamos nuestra suerte, nosotros mismos.

Estas clases son un poco espinosas porque es materia muy difícil y no debo dar mis propias conjeturas y mis propias hipótesis, como hice en el libro sobre el Apocalipsis que escribí, sino que debo dar estrictamente los hechos o, si doy conjeturas debo advertir que son conjeturas, o que son hipótesis. Por ejemplo, yo no sé cuando será el fin del mundo, o fin del tiempo, porque “fin del mundo” está mal dicho. Finimondo, dicen los italianos cuando cualquier desastrosa que haya, dicen es un ¡finimondo!, pero no es el fin del mundo, es el fin del tiempo, o fin del siglo, como dicen los profetas. Y en esto digo lo mismo que Mahoma, al cual una vez le preguntaron cuando sería el fin del mundo y él dijo “Cuando se muera mi mujer, parecerá el fin del mundo, pero cuando me muera yo va a ser el fin del mundo de veras para mí”. Lo cual concuerda con lo que dijo Benito Mussolini, según cuentan también, que una vez dijo “Todos preguntan que será de Italia cuando se muera Mussolini, pero lo que a mí me preocupa no es qué será de Italia cuando se muera Mussolini, lo que a mí me preocupa es qué será de Mussolini cuando se muera Mussolini”. “Debo andar por los setenta, mejor no hacer la cuenta” dice un español conocido mío. Por lo tanto, las profecías escatológicas de Cristo proceden de su corazón, no sólo porque al prevenirnos de la Gran Apostasía y de la Gran Tribulación les quiebra el aguijón que es el miedo, sino porque hay en ellas dos cosas singularmente paternas: una, el enseñar a los fieles a huir de Jerusalén antes de su horrenda destrucción; otra el decir que caerían si fuera posible hasta los mismos escogidos ante los milagros del Anticristo, hablando ya del fin del mundo. Y ese “si fuera posible” es un inciso de una gran dulzura porque quiere decir que no es posible que caigan los escogidos. Y los escogidos son simplemente los que escogen, como hemos dicho, que está en nuestras manos nuestro destino. De manera que los que escogen ser fieles no pueden caer aunque se desencadene toda la potencia del diablo y todos los milagros del Anticristo. Y añade más: por amor a los escogidos serán acortados aquellos días, los días de la tribulación—que serán, según veremos más tarde, tres años y medio.

Las profecías mayores acerca del fin del tiempo son las del Nuevo Testamento: Jesucristo, Pedro, Pablo y Juan Evangelista que escribió el Apocalipsis que significa justamente “revelacion” o “profecía”. El fenómeno del profetismo se halla no solamente en la religión cristiana y la hebrea sino en casi todas las otras religiones, hinduismo, mazdeísmo, mahometismo, señaladamente en la religión greco-romana, la mitología greco-romana con sus augures, sus pitonisas y sus sybilas que llenaban hasta con exceso la vida del hombre romano. Aristóteles escribió un tratadito acerca de las profecías o predicciones que se pueden sacar de los sueños, es decir, es un anticipo de Freud. El Apocalipsis lo veremos especialmente en las próximas clases. Las profecías que Pedro y Pablo agregaron a las de su Maestro son sencillas. San Pablo añade la profecía de la conversión de los judíos y la descripción del Anticristo, cosas que no están sino indicadas en los Evangelios. Jesucristo no nombró al Anticristo, no se dignó nombrarlo; parece que aludió a él en una frase que le dijo a los judíos en sus últimos días cuando se oponían—discutía acerbamente con ellos y que les dijo “Yo he venido en el nombre de mi Padre y no me habéis recibido; vendrá otro en su propio nombre y lo recibiréis”, pero no es seguro que se refiera al Anticristo porque puede referirse a la cantidad de falsos cristos que aparecieron después de su muerte y antes de la destrucción de Jerusalén, dice Santo Tomás. Dice no es seguro que se refiriese con este “otro” al Anticristo, sin embargo puede ser. Además San Pablo alude continuamente a la Segunda Venida, llegando hasta jurar por ella: “Os conjuro” dice “por la Venida del Señor y nuestra futura conjunción con Él”. San Pablo nombra 22 veces a la Parusía con diferentes términos: “el día del Señor”, “la aparición del Señor”, “los últimos tiempos”, o simplemente, “Parusía”. Y en dos pasajes difíciles acerca de la Resurrección, San Pablo dice que seremos “levantados vivientes hacia Cristo en los aires” —nosotros “que vivimos”. Pues San Pablo parece creer que la Parusía está próxima y que él quizá estará vivo cuando llegue. No es que crea eso como cosa de fe o revelada, sino que eso podría ser, y efectivamente eso podría ser. No sabemos el día ni la hora. Pero cuando los Tesalonicenses dejaron caer los brazos y dejaron de trabajar a causa del próximo fin del mundo, los reprendió gravemente diciéndoles que la gran señal del apartamiento del Obstáculo todavía no se había dado y repitiéndoles la palabra del Señor, que no sabemos el día ni la hora. El Obstáculo ¿qué es? Lo veremos en otro lugar. Y termina esta exhortación haciendo una descripción del Anticristo, hablándonos del Obstáculo, una cosa que no sabemos qué es, una cosa que impide que el Anticristo aparezca y finalmente diciéndoles “el que no trabaja que no coma”, lo cual no lo inventó Perón, como ven ustedes .

En cuanto a San Pedro, dice, los mismo que San Pablo y que Jesucristo, que cuando se aproxime el tiempo “entonces los hombres no querrán creer y negarán obstinadamente que Cristo haya de volver”. Y ése es otro de los signos. Mas Cristo dijo por lo menos diez veces que Él iba a volver. Su larga profecía acerca de Su Retorno llena una capítulo entero de San Mateo, el XXIV, antes de dos Parábolas que versan acerca de eso mismo: las Diez Doncellas, o las Diez Vírgenes y los Cinco Talentos, seguida de la Parábola del Último Juicio y después sigue su pasión y su muerte en el capítulo XXVI.

Este capítulo XXIV debemos considerar ahora, el cual se repite abreviado en los otros dos evangelios sinópticos, San Marcos y San Lucas. La Parusía está situada como en el centro de la prédica de Jesucristo. Y lo que hay que anotar primero es que, después de anunciar cosas tremendas, Cristo dice que levantemos las cabezas porque nuestra salvación está cerca y después de decir que habrá una tribulación, la mayor desde el diluvio, y aun desde que el mundo es mundo, empieza a hablar de la primavera, cuando la higuera reverdece. Y después de decir que de aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo sino sólo el Padre, dice que notemos los signos que para eso nos dio; y parece contradictorio, pero no lo es, porque una cosa es saber exactamente la fecha y otra cosa su proximidad. El Concilio del Florencia prohibió que se fijase el año de la Venida de Cristo, porque muchos lo hicieron, eso, muchos ilusos fijaron el tiempo de la Venida de Cristo, por ejemplo Holzhauser un gran comentador del Apocalipsis que dijo que el Anticristo iba venir el año 1911 y después los Adventistas, por ejemplo el fundador de los Adventistas que me parece se llamaba Brown, lo fijó para 1843, el fin del mundo. Después vio que no pasaba, el fin del mundo, entonces, lo postergó a 1857 y así lo han venido postergando hasta ahora, los Adventistas que son, lo mismo que los Testigos de Jehová, los que más predican acerca de los Últimos tiempos—casi no predican más que acerca de eso. La proximidad, sí… y esa proximidad, Cristo repite una y otra vez que estemos vigilantes, cautelosos y preparados, porque si el dueño de la casa supiese cuando iba a venir el ladrón estaría despierto y no dejaría saquear su casa “y así vosotros estad despiertos y con luces en las manos y ceñido el cinturón porque no sabéis la hora en que el Hijo del Hombre va a volver”, porque su vuelta será en cierto modo repentina y total, como el relámpago que en un instante cruza todo el ámbito del cielo, de oriente a occidente. Lo cual, creo, ha de entenderse así: para lo no-creyentes en la Parusía, ese día será una sorpresa absoluta, un rayo en el cielo sereno; para los creyentes que estarán atentos a los signos, será sorpresiva de todos modos, por lo instantánea y lo súbita. Lo mismo que en los días antes del Diluvio, dice Cristo, los hombres comían y bebían, se casaban y daban sus hijas en matrimonio, hasta el día en que Noé entró en el Arca y no lo conocieron hasta que vino la gran riada y barrió con todo, así será la venida del Hijo del Hombre.

El llamado “Sermón Escatológico”, lo habéis leído, o leído, o podéis leerlo. No puedo explicarlo palabra por palabra porque no hay tiempo, pero voy a dar el núcleo de él distribuido ordenadamente. Tres cosas hay que notar acerca de él, que son una cosa sola: primera, Cristo predice a la vez dos sucesos análogos separados por un largo intersticio, el fin de Jerusalén, próximo y el Fin del Siglo, más lejos—lo cual llaman el typo y el anti-typo los teólogos actuales. Y es propio de toda la literatura profética; así, por ejemplo San Juan en el Apocalipsis da el typo que está describiendo él allí: es la persecución de Nerón y de Domiciano, y el anti-typo es el fin del mundo. Y Jeremías y Zacarías, por ejemplo, predicen la redención del hombre por medio de la vuelta del pueblo de Israel del cautiverio de Babilonia, predicen la liberación del pueblo hebreo que estaba próximo y en esa predicción encierran una cosa mucho más grande, que uno ve que queda enteramente ancha, que es la redención del mundo por Jesucristo. Y así también Isaías, a su vez prediciendo la vida de Cristo, la Pasión, los dolores de Cristo y la Resurrección, predice el triunfo de Cristo en el fin del mundo—engloba en esa predicción una cosa mucho más lejana que es el anti-typo. Toda la literatura profética es así. Los apóstoles le preguntaron a Cristo las dos cosas juntas, y Él respondió las dos cosas juntas: “Dinos cuándo serán estas cosas y cuál es el signo de Tu llegada y la consumación del siglo”. Estaban sentados en el bordo que domina Jerusalén, el Monte Oliveto y era su último viaje a la Ciudad Sagrada que había de ser, esa misma semana, la ciudad deicida. Y mirando el espléndido Templo edificado por Salomón y reedificado por Esdras se lo mostraron diciendo “Señor, mira qué piedras y qué fábrica” y Él respondió tristemente: “En verdad os digo que no quedará de eso piedra sobre piedra”. Y ellos que creían que el Templo de Jerusalén había de durar hasta el Fin del Siglo, le dijeron la pregunta que dije antes: “¿Cuándo será eso y cuál será el signo?”.

La segunda observación es que los dos sucesos capitales están indicados con claridad indudable en las palabras de Cristo, de modo que es calumnioso decir que Cristo produjo un sermón máximamente confuso. Porque dice a los fieles que huyan cuando vean a Jerusalén cercada por segunda vez, como de hecho hicieron sus fieles: después del cerco abierto de Vespasiano, antes del cerco cerrado de Tito. Les dijo “cuando veáis la ciudad cercada huíd cuanto antes: si uno está en el campo que no venga a buscar sus cosas, si uno está en la azotea que no baje a hacer las valijas, si uno está en la casa ajena, que no vaya a su casa—cuanto antes huíd” y efectivamente, hubo un cerco abierto del general Vespasiano durante el cual se podía huir, y entonces huyeron los cristianos, los judíos convertidos al cristianismo y se refugiaron en la región montañosa de Pella. Cristo les había dicho, los que están en Jerusalén que huyan a las montañas. Y después lo llamaron a Vespasiano a Roma para hacerlo Emperador y mandó a su hijo Tito, y Tito hizo un cerco durísimo y circundó por medio de una valla, “romanum vallu”, toda Jerusalén de manera que no podía escaparse nadie. Y empezaron a suceder todas esas cosas atroces que narra Josefo, el historiador judío, en el libro De bello judaico, De la guerra judaica, que son increíbles, como dice San Agustín—las atrocidades que pasaron allí, la matanza, la masacre que hubo, la destrucción del Templo y de toda Jerusalén, de manera que se verificó realmente ya en figura lo que dijo Jesucristo que iba a ser la tribulación más grande que ha habido desde el Diluvio acá, dijo, esa destrucción de Jerusalén. Después del cerco abierto de Vespasiano, antes del cerco cerrado de Tito—y con eso indicó nuevamente la ruina de Jerusalén, el typo. Y después dijo que la ira vendría sobre los judíos infieles y serían pasados a cuchillo y serían llevados cautivos por todo el mundo y Jerusalén sería pisada por los extranjeros hasta que se cumpla el tiempo del Juicio de las Naciones, lo cual indica el anti-typo. Después de destruida Jerusalén, Jesucristo sigue diciendo cuál será la suerte del pueblo judío. Y esto está en el texto resumido de Lucas, en el capítulo XXI. De modo que uno de los rasgos de la profecía se cumpliría solamente en el typo y sólo figuradamente en el anti-typo. Y viceversa; otro de los rasgos, los signos en el sol, en la luna y en las estrellas se cumplirían más bien en el anti-typo, y la predicación del evangelio por todo el mundo y muchos otros signos. De tal manera que, los Santo Padres que he estado repasando hoy, este, en general se dan cuenta de que hay dos predicciones juntas acá; algunos más simples a los cuales San Remigio llama “lo simples” dicen “No, todo esto se refiere a la caída de Jerusalén, ya se ha cumplido”, pero San Remigio les dice “es demasiado ancha, hay muchas cosas que coinciden, pero otras no coinciden con la caída de Jerusalén”. Y San Agustín dice claramente que las dos—la predicción indica las dos cosas, solamente que el acento en el principio está puesto en una cosa que es la caída de Jerusalén y en el final está puesto en otra cosa que es el fin de los tiempos. Y algunos Padres como San Crisóstomo dividen este sermón en dos partes: hasta el versículo 29, dicen hasta aquí se refiere a la caída de Jerusalén y desde el 29 hasta el fin, se refiere al fin de los tiempos, pero no es así. En realidad todo se refiere a la caída de Jerusalén y todo se refiere al fin de los tiempos de acuerdo al estilo profético.

Tercera observación: esto resuelve sencillamente la gran dificultad que tuvo perplejos a los intérpretes y fue ocasión de muchas blasfemias. El versículo final ¿qué dice? “En verdad os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto sea hecho”. Esto llevó a algunos de los Santos Padres a decir que toda esta predicción se refería solamente a la caída de Jerusalén, como San Hilario de Poitiers, por ejemplo. Y se verificó, por tanto, en el año 70. Pero entonces ¿cómo se entenderían las palabras que siguen en San Lucas “tened pues cuidado vosotros, que no se entorpezcan vuestros corazones, en las crápulas y en la ebriedad y en las curas de esta vida, no sea que sobrevenga sobre vosotros repentino aquel día, porque caerá como una red sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra”?; lo cual evidentemente no se puede referir a los judíos y Jerusalén, sino a una destrucción universal y posterior sobre toda la faz de la tierra. Sobre este versículo enigmático edificaron los impíos actuales una escuela de interpretación llamada “Escatológica”: hay como seis escuelas racionalistas diferentes en Alemania encarnizadas en interpretar toda la Escritura en forma natural de manera que no queden rastros ni de milagro ni de profecía ni de nada por el estilo. Y esta es la última y la peor, en la cual el más conocido es el famoso Alberto Schweitzer, el santón de Lambarené, al cual celebran tanto los pazguatos de hoy en día porque fue un santo ateo, tan santo como yo, o menos. Estos pretendían enseñar que Cristo se equivocó: y por tanto que fue tan profeta, tan mesías, tan Dios, como yo y usted. Pues según ellos Cristo creyó que el Fin del Siglo era inminente y vendría durante su vida; o bien, poco después de su muerte. Y adornan esto con una cantidad de disparates que no hay para qué demorar en ellos. Baste decir que hay lo menos diez textos de los Evangelios que demuestran Cristo sabía que pasarían muchos siglos después de su muerte y antes de su Parusía. Y si no, ¿por qué fundó su Iglesia?, ¿por qué aludió a ella en la Parábola del Grano de Mostaza y el Trigo y la Cizaña? El grano de mostaza es un árbol que va creciendo lentamente hasta convertirse en el mayor de los árboles, dice: la Iglesia. Y en la del Trigo y la Cizaña donde dice que el tiempo de la mies, después que el trigo y la cizaña han crecido todo lo posible, es el tiempo la consumación del siglo. “Y este Evangelio del Reino será predicado en todo el universo y después vendrá el fin”: ¡estamos locos!, la predicación en todo el universo no se puede hacer en tres o cuatro años. Pide siglos, como en efecto, se hizo. No, la generación que escuchaba a Cristo vio el cumplimiento de la profecía en el typo, es decir, los Apóstoles y los discípulos que estaban con Cristo vieron la destrucción de Jerusalén en el año 70. Y la generación a que pertenecemos nosotros, la estirpe cristiana, pues la palabra utilizada por Cristo significa también “estirpe”, verá el cumplimiento del anti-typo. Estirpe—ahí estaban los apóstoles que representaban a la Iglesia de la cual somos nosotros, de manera que era una estirpe nueva que nacía y así la llama San Pablo “generatio nova”, una generación nueva nacía entonces. Y esa estirpe también puede decirse que verá todas estas cosas. No pasará esta estirpe hasta que todas estas cosas sean hechas, dice Jesucristo. Pero, no es tan seguro eso. Lo que es seguro es que la destrucción de Jerusalén la vieron los Apóstoles que estaban allí presentes. Santo Tomás dice esto de que al fin y al cabo nosotros somos la generación cristiana que empezó con Cristo. Y los Santos Padres no se preocupaban de esta dificultad racionalista: no se preocupaban mucho porque simplemente decían “y… la estirpe cristiana va a ver el fin de todos los tiempos”. Pero esta fue suscitada en los tiempos modernos con gran fuerza por estos sabiazos alemanes que saben muchos en el campo de la erudición y de la lingüística pero, este, están enteramente torcidos en su mente por la impiedad, por el ateísmo.

Ahora bien, ¿cuáles son los signos de este gran suceso dual? Primeramente hay un pre-signo, o signo remoto que son “guerras y rumores de guerra”, en San Lucas; o como dice San Mateo “se levantará gente contra gente y reino contra reino y habrá sediciones y revoluciones”. Ya hablé de esto en la conferencia anterior poniéndolo como ejemplo de los signos que muchos ven cumpliéndose ahora, en nuestros días. Y añaió Cristo, “pero no es todavía el fin, mas es el comienzo de los dolores”. Es el comienzo de la parturición, dice San Jerónimo. Eso siempre ha habido en el mundo, guerra y rumores de guerra, pero como ahora nunca, como hemos dicho. No lo digo yo, sino el Papa Benedicto XV durante la Gran Guerra Primera: notó que como nunca en el mundo, la guerra se había convertido en institución permanente de toda la humanidad. Que después de dos guerras mundiales, viene el rearme, el desarme, la conferencia del desarme y la mar de conferencias por la paz: “paz, paz, y no hay paz”. Desde la guerra del ’14 ha habido cuarenta guerritas y una guerraza en el mundo, con lo cual yo creo que ese signo se ha cumplido y conmigo muchos que valen más que yo y que ya nombré. Después añade “y habrá terremotos, pestilencias y hambre” lo cual no falta tampoco hoy día, y en proporción mayor que nunca en el mundo. En la riquísima República Argentina, tan proveída de recursos, hay hambre; hambre en varias manchas que hay en la Argentina: en el norte de Córdoba, en Santiago del Estero, hay hambre permanente, hay desnutrición de los chicos, mortalidad infantil y hambre permanente desde hace mucho tiempo. Y los sabiondos nos amenazan ahora con la explosión demográfica, que según ellos nos va a traer un hambre universal antes de treinta años, sobre todo en América Latina. Que el diablo sea sordo, es decir que no los oiga, porque… (Castellani risotea)... menos mal si es, como dijo Cristo, el comienzo de los dolores.

Siguen los signos propiamente dichos, que son tres: un montón de pseudo-profetas o sea maestros y propagadores del error, lo cual corresponde a la Gran Apostasía que predice San Pablo. Segundo, el evangelio habrá sido predicado en todo el mundo. Tercero, sobrevendrá una gran persecución sobre los fieles, la cual también anota San Juan Apokaleta: si eso corresponde a los sucesos actuales, corresponde a cada uno creerlo o no, porque en eso no tengo “palabra del Señor” como dice San Pablo, es decir yo no lo sé decirlo. Una cosa es cierta y es que si ha de venir una gran apostasía, un universal receso, una infición de malas doctrinas en todo el mundo, ella invadirá la Iglesia Establecida o procederá de ella, porque es de todo inconcebible que si la Iglesia Ecuménica permanece fiel, firme y fuerte en la fe, se produzca una apostasía tan grande en el mundo. Aquí yerra, según creo, Roberto Hugo Benson, en su Señor del Mundo, la novela en que describió el Reino del Anticristo, donde pinta una Iglesia firme y ferviente, aunque muy raleada, en medio de un mundo que sigue la herejía del Anticristo: el filosofismo, o humanitarismo, o adoración del hombre. No puede hacer eso si no hay al mismo tiempo el auge de una religión falsa o nuestra misma religión adulterada, al cabo de la Segunda Bestia o Pseudoprofeta que es un jefe religioso y quizá un genio religioso, del cual veremos en la clase próxima más detalladamente. Porque, dice San Juan, “se parece al Cordero, pero habla como el Dragón”, el cual ayuda a triunfar al Gran Emperador Plebeyo. José Pieper, filósofo alemán que escribió un librito muy bueno sobre El Fin del Tiempo, que lo han traducido hace poco al español, dice que eso será la propaganda sacerdotal, a la orden del Anticristo, a semejanza de la propaganda de los sacerdotes en tiempos de San Juan, evangelistas que fueron el medio de propaganda de religión del “Divus”, César, o “el Divino César”, el Emperador de Roma, por todo el Imperio. Pero nada impide que haya eso, que haya claudicación de muchos sacerdotes que se pongan al servicio de la propaganda del Anticristo y al mismo tiempo haya uno que los dirija: al contrario, eso es indispensable. Es lo mismo que en el caso del Anticristo colectivo o el Anticristo personal. La discusión esa que se lleva a cabo muy fuertemente desde el tiempo de los protestantes: si el Anticristo va a ser un cuerpo colectivo, por ejemplo el comunismo, como dice Selma Lagerloef, la masonería o lo que sea, o va ser un hombre. ¡Va a ser las dos cosas! Porque es imposible que un gran movimiento no suscite de su seno un hombre que lo dirija, como el nacionalismo italiano suscitó a Mussolini antes de Mussolini y después el gran hombre le imprime su sello al movimiento y lo endereza y lo dirige. Eso es obvio, es una ley de la historia. De manera que la discusión es vana, esa discusión sobre si será una colectividad o si será un hombre personal. El teólogo Suárez dice que es de fe que será un hombre personal, tanto el Anticristo como el Pseudoprofeta o Segunda Bestia.

Aquí puedo hacer un paréntesis acerca de los Testigos de Jehová, porque tengo tiempo. Los Testigos de Jehová, recién los nombré, son… es una secta protestante aunque ellos dicen que no son protestantes, que son muy fuertes y trabajan mucho acá. Estos predican esto mismo que dije acerca de los signos, es decir, ellos dicen que se han cumplido los signos de la guerra mundial, universal, y del capitalismo—que la descripción que hace San Juan en el Apocalipsis no se parece para nada al incipiente y elemental capitalismo romano, sino que es un capitalismo muchísimo más perverso y fuerte y que en los dos capítulos en los cuales describe la Babilonia, o la Gran Ramera, San Juan describe un capitalismo tremendo que oprime a todo el mundo y tiene un poder grandísimo y está colmado de riquezas. Y lo tercero es la era atómica. Dicen lo mismo que he dicho sobre los signos aunque con mezcla de grandes disparates en otros puntos. Soy muy fuertes aquí en la Argentina, y en Norteamérica, no digamos. Al publicar este libro, en 1963, que se llama Babylon the great is fallen, God’s Kingdom rules, “Babilonia la grande ha caído, el Reino de Dios reina”, o dirige, es una especie de Biblia de ellos o de enciclopedia donde se contiene toda la doctrina de ellos y se ve la interpretación completa del Apocalipsis, dicen en 1963 cuando salió este libro de ellos, ya tenían un millón veintiocho mil adeptos en todo el mundo. Ese nombre, “Testigos de Jehová”, es tomado de las profecías de Isaías, fue adoptado en 1931 en una de sus asambleas multitudinarias. Este libro, que es una especie de Biblia o enciclopedia religiosa, se difundió en una de estas asambleas, en Nueva York, en 1953, donde había 258.000 asistentes y 126 estaciones transmisoras de radio, porque los yanquis hacen todo en una medida colosal, siempre. En una primera edición de un millón de copias, regiamente impresas, que es ésta, se vendía a un dólar el ejemplar, ¡y ganaron plata! No de balde son yanquis. Muchos de ustedes quizá los conocen porque van a las casas personalmente a anunciar “la Salvación” y muchos les hacen caso. Viven austeramente o por lo menos proclaman que se debe vivir austeramente—demasiado austeramente, porque no dejan ni siquiera fumar, no digamos nada de tomar mate, en eso parece que mi médico homeópata está adherido a ellos, porque es enteramente enemigo del mate. Y me son simpáticos a causa de una sinceridad infantil, una gran piedad y algunos grandes aciertos exegéticos. Ellos protestan que no son protestantes, aunque ciertamente lo son, pero están en contra de todas las sectas, que las llaman “denominaciones”. También contra la religión católica y todas las otras religiones en general. La única religión verdadera, son ellos, que han existido desde el principio del mundo, pues Adán, Noé, Henoch, Elías, etc., eran de su entrega, es decir, eran Testigos de Jehová. Y ahora son muchos más que la religión verdadera porque son los 144.000 varones vírgenes que en el cielo siguen al Cordero “doquiera va”, la visión XII. Son “la Mujer Águila”, la visión X, son los que van a resucitar primero en el Milenio, la visión XVIII y en suma, son la Jerusalén Celestial. Según ellos, en 1914, se acabó “el tiempo de las Naciones”, es decir, eso que dice San Lucas que Jerusalén sería pisoteada por los extranjeros hasta que llegue el tiempo del juicio de las naciones. Ellos dicen que el tiempo del juicio de las naciones se acabó en 1914 y que en 1914 comienza una nueva era en el mundo. El tiempo de las naciones duró 2320 años desde la caída de Babilonia. En 1919 cayó la Gran Ramera, o sea la Ciudad Capitalista; no sé cómo lo sacan eso, de dónde lo sacan. Y en 1975 va a suceder algún gran zafarrancho, que no sabemos qué va a ser. Y en el año 2000 viene la resurrección primera. No la voy a ver entonces, yo, a no ser desde el cielo, espero. El Anticristo, no se lo imaginan ustedes quién es. El Anticristo es la “Sociedad de las Naciones”, las Naciones Unidas, la O.N.U. y la Séptima Cabeza del Dragón, de donde sale el Anticristo—sale un pequeño cuerno que después se hace grande, dice Daniel y se convierte en el Anticristo—es el séptimo imperio anticristiano y el mayor de todos, o sea Inglaterra y Estados Unidos. O sea, el imperio real de la raza anglo-sajona. Y las siete cabezas del infernal dragón han sido: Egipto, Asiria, Babilonia, Persia, Grecia y Macedonia, Roma y el imperio dual anglo-sajón que emerge en 1763.

Todas las sectas protestantes, según Chesterton, tienen estas dos características comunes: anticlericalismo y ultranacionalismo, o sea anti-catolicismo o anti-sacerdotalismo y patrioterismo, o sea, iglesias nacionales; pero éstos aunque abundan en la primera nota, o sea, anti-catolicismo, porque abominan de todos los clérigos, católicos o no, no son iglesia nacional como los americanos, ni son patrioteros yanquis como lo son los Metodistas, al contrario, aborrecen a los yanquis, son cosmopolitas y en eso se parecen a los judíos, y también en que guardan el Sábado y no el Domingo, y se re-bautizan a los que se les adhieren, con el bautismo judío de la inmersión, el que usó San Juan Bautista—que también fue Testigo de Jehová, por supuesto.

Me he desviado a este paréntesis porque estos Testigos de Jehová perciben como cumplidos los tres signos que dije la clase pasada, la guerra, el capitalismo y la era atómica, lo cual no impide que tergiversen el Apocalipsis como veremos la clase próxima. El capitalismo descripto por San Juan, ya lo dije, es enteramente superior, mucho más amplio, que el pequeño capitalismo elemental que más bien era una plutocracia despótica que existía en Roma en el tiempo de San Juan. Estábamos hablando, pues, del signo de la Gran Apostasía y los pseudos-profetas y afirmé no se puede dar esa apostasía general sin una corrupción o aflojamiento de la Iglesia Católica. Y esta afirmación hace rechinar los dientes a muchos ministros del Señor, incluso jerarcas algunos, que por eso no quieren quizá que se conozca o se comente el Apocalipsis. Y al que lo comenta, si pueden lo excomulgan. Hay muchos que dicen que la Iglesia Católica está hoy mejor que nunca, que nunca ha estado tan bien como ahora y que ha ido creciendo en santidad desde Jesucristo hasta nuestros días, y otros dicen que no, que la Iglesia ha tenido una especie de gran cúspide cuando Jesucristo y los Apóstoles y después ha ido decayendo hasta nuestros días. Y eso no le hace ninguna gracia a los que gobiernan a la Iglesia hoy día porque es decir que ellos son decadentes, es decir están gobernando mal o anda mal la cosa y no se dan cuenta, entonces se enojan muchísimo cuando contra los que dicen que la Iglesia hoy día no está mejor, no está mejor que en ningún tiempo. Ni está mejor ni peor que en ningún tiempo, sino que está un poco mejor y un poco peor, porque en el mundo el bien y el mal llevan paralelamente esta carrera: que va aumentando el mal y va aumentando el bien progresivamente a medida que aumenta el mundo hasta que llegue la gran lucha decisiva y se liquide esta gran lucha secular que empezó con la Caída de los Ángeles desde el cielo. De manera que, eso es lo que dice el profeta Daniel, que le pregunta al Ángel cuándo serán estas cosas: hace una profecía del Anticristo y al Ángel le pregunta cuándo serán estas cosas, y le dice está cerrado eso, sellado, que el malo se haga más malo y el bueno se haga más bueno, que el perverso se haga más perverso hasta que llegue el momento de la decisión.

Después sigue el Supersigno o signo definitivo que Cristo llama “la Abominación de la Desolación”, tomando una palabra de Daniel profeta. Daniel designa así el sacrilegio del rey Antíoco Epifanes que profanó el Templo de Jerusalén y quizo hacerse adorar como dios. Y San Pablo dice que el Anticristo se sentará en el Templo de Dios haciéndose dios. Y antes de la destrucción de Jerusalén los romanos profanaron el Templo, introdujeron las águilas romanas que eran ídolos en Judea. Los Santos Padres dan una cantidad de profanaciones diversas como que una estatua de Venus que Adriano hizo poner en el Templo de Jerusalén, una cantidad de profanaciones del Templo, pero resulta que no tenían cuidado con la cronología y todas esas profanaciones sucedieron después que los cristianos huyeron de Jerusalén a Pella. Lo que pasó antes—porque la señal que les dio Jesucristo, cuando venga la abominación de la desolación, que es una palabra hebrea que en criollo podríamos decir “cuando venga la mayor porquería” este, entonces huyan. No hubieran podido huir si… con esas otras profanaciones que vinieron después, cuando Jerusalén ya estaba cercada, ya no se podía huir. De manera que la profanación a que alude Cristo es que las águilas romanas que eran ídolos a los cuales hacían sacrificios todos los días los soldados romanos, entraron al territorio de Judea y entraron a Jerusalén. Esa fue la abominación de la desolación. Cuando viereis lo abominable en el lugar no debe estar que lo dijo Daniel profeta, entonces, los que están en el campo que no vayan a Jerusalén, los que están en Jerusalén que huyan a la montaña, los que están en la azotea de su casa que no bajen a hacerse la valija—todo eso dijo Cristo.

Todavía hay otro signo que dan San Pedro y San Pablo y que está comprendido en los Falsos Profetas y en la Gran Apostasía que es la incredulidad de los hombres ante los signos. San Pablo dice, cuando digan “paz y seguridad” de golpe vendrá sobre ellos la ira como los dolores de la preñada. Jesucristo dijo, como en los tiempos del diluvio, los hombres comerán, beberán, se divertirán, se casarán y entonces, inopinado, vendrá sobre ellos el día del Señor. Y el primer Papa, San Pedro, en su encíclica segunda, dice textualmente: “El Fin está próximo hermanos”, capítulo primero. Capítulo segundo: “Han venido falsos profetas en el pueblo, maestros embusteros que han introducido sectas de perdición”, capítulo segundo. Y después en el capítulo tercero, dice: “Esta segunda epístola os escribo, carísimos, para que recordéis las palabras de los santos profetas, porque bien es que sepáis que vendrán en los últimos días engañadores en mentira que andan según sus concupiscencias diciendo “¿Dónde está su promesa y su venida? Desde que murieron los antiguos, todas las cosas perseveran iguales, desde el principio del mundo”. Se les escapa, porque así lo quieren, que hubo cielos desde antiguo y tierra sacada del agua y afirmada sobre el agua por el Verbo de Dios; y que por eso, el mundo de entonces pereció anegado en el agua; pero que los cielos de hoy y la tierra están, por esa misma palabra, reservados para el fuego, guardados para el día del juicio y del exterminio de los hombres impíos. No se os escape una cosa, a saber, que para el Señor un día es como mil años y mil años son como un día. No demora el Señor su promesa, como algunos creen, sino que obra con paciencia, por amor de vosotros, no queriendo que nadie perezca sino que todos se conviertan, pues vendra el día del Señor como ladrón, y entonces pasarán los cielos con gran estruendo, y los elementos se disolverán para ser quemados, y la tierra y las obras que hay en ellas no serán más halladas.” Los que hoy no creen esto son los que creen que la tierra durará exactamente hasta el año 13.960, como dice el padre jesuita Bujanda, todavía más de 12.000 años, dice, que va a durar; y de dónde lo saca, nadie sabe. O bien, los que dicen se acabará por enfriamiento paulatino, como la luna o Venus, en quién sabe cuánto tiempo, como dice Renán. O que durará todavía millones de años, como dice el P. Alló. O que no acabará nunca sino que irá progresivamente evolucionando de bien en mejor, y de mejor en óptimo, hasta convertirse en un paraíso, o simplemente convertirse en Dios mismo, nada menos, como dice Telar Chardón. Estos son ignorantes, dice San Pedro, o son ilusos embusteros: vendrán ilusos con mentiras.

Así que he hecho hoy una clase más pesimista que un artículo de “Azul y Blanco” . Altro qué chiste, como dice un oyente, que tengo que poner para hacerme ameno. El único chiste que hay es que sea este cura el órgano de anuncio o información de una parte importante de la Revelación cristiana que nadie predica. A las bibliotecas yanquis que me piden les envíe gratis la revista “Jauja”, yo les contesto: no tengo mensaje para Nueva York. No he sido enviado sino a los que perecieron de la Cuenca del Plata y Río Grande do Sul . Pero es un mensaje de esperanza, no de crueldad. Nuestro gran Borges, en una poesía, trata de “cruel, atroz y truculento” a San Juan Evangelista. Y en otro lugar dice que todos los que creen en el infierno carecen de religión, o sea que millones y millones de hombres, los más preclaros del universo, carecen de la religión que resplandece en Borges . Pero tiene razón por desgracia porque las profecías parusíacas son un mensaje de esperanza para los que creen, mas para los que no creen, son realmente crueles, atroces y truculentas. Los escritores sacros no somos periodistas ni locutores para andar adulando y lambeteando a la gente. Borges está acostumbrado a que lo lamban, por todas partes , pero Dios no lambe a nadie. En mi tierra dicen “lamber” y no “lamer” y es mucho más latino que lamer porque en latín es “lambre”…
Dios profiere promesas dulcísimos y terribles amenazas en el presupuesto de que el hombre elige, de que yo elijo mi suerte definitiva. Al despedirse de la humanidad, no definitivamente, al irse al cielo dijo Jesucristo: el que crea y sea bautizado se salvará, el que no crea, se condenará. Cuando véis el horizonte turbio y las nubes sanguinoleantas, decís, “mañana tormenta”. ¡Miopes! Sabéis conocer los signos del clima y no conocéis los signos del Reino. Cuando véis retoñar la higuera y sus hojitas verdes, decís “ya viene la Primavera”. Pues bien, cuando veáis que estas cosas comienzan acontecer, levantad las cabezas, porque está cerca la salvación, está cerca vuestra primavera eterna.

Bueno, nada más.
* * *
TERCERA CONFERENCIA
(21 de junio de 1969)
El apocalipsis: su carácter — Evolución de su exégesis
La exégesis moderna — Obras de arte apocalípticas – Exageraciones y evasivas
Leales sacerdotes, señores y señoras:

Vamos a festejar el día del aniversario de la muerte de Belgrano, el creador de la bandera argentina contemplando el Apocalipsis, del cual fue muy devoto Belgrano, cosa que no se sabe mucho. Después de la creación de la bandera y de la batalla de Salta y la de Tucumán, poco tiempo después, se fue a Londres y allí hizo una edición del libro más importante que se ha escrito en los tiempos modernos acerca del Apocalipsis, que es el libro de Manuel Lacunza, La venida del Mesías en gloria y majestad, la mejor edición que se ha hecho, y la segunda en el tiempo, porque primero hicieron una edición en Cádiz que Belgrano conocía; y en el prólogo que le puso a esta edición suya, dice que era malísima, que era tan defectuosa que valía más que no hubiera salido y… le atribuían cosas del Anticristo a Cristo y cosas de Cristo se la atribuían al Anticristo. Hace un prólogo donde no descubre su nombre, solamente se ve que es argentino—dice “la Capital, la Ciudad de Buenos Aires, de nuestra amada patria”, dice, lo dedica a los americanos y tiene mucho patriotismo americano, como tenían en ese tiempo, que no consideraban a la Argentina tanto como una cosa separada, sino como una parte del Imperio Español y dice por ejemplo que los americanos tienen más talento que los españoles, para que se vea, dice, que aquí hay gente de más talento que los españoles, dice, edita ese libro de Lacunza. Y dice, sobre todo de un diputado de la Junta de Cádiz, esa famosa junta de León que gobernaba España durante la invasión napoleónica, que una vez preguntó de qué clase de animales eran esos americanos y con quiénes se podían clasificarlos; así dice Belgrano en su prólogo que leeremos un día de estos, porque hoy tenemos que hablarles de la obra de Lacunza, que es importantísima.
Belgrano era milenista—también tenemos que ver qué es eso, y San Martín también porque él lo indujo a San Martín por carta, y además Juan Ignacio Gorriti, el que bendijo la bandera argentina en Jujuy y muchísimos sacerdotes argentinos: Bartolomé Muñoz que era Alcalde General del Ejército… muchísimos sacerdotes argentinos. Belgrano mandó el libro de Lacunza que había hecho editar él a expensas propias siendo pobre y siendo una edición cara, de buen papel, en Londres. Y mandó todos los cajones aquí (quedaron cuatro ejemplares que el editor en Londres los vendió después a una suma fabulosa de francos a los que se los pedían de Francia—vendió en no sé cuántos miles de francos, los cuatro ejemplares que le habían quedado) y los mandó aquí, se ve que los repartieron entre iglesias, conventos, colegios, parroquias… por todas partes. ¡Y después los quemaron! Los quemaron casi todos, poco a poco los fueron quemando. ¿Por qué? Por fanatismo, yo no entiendo por qué los quemaron, pero por fanatismo los quemaron. De manera que yo dudo de que en esa exposición de las donaciones de Belgrano a la Biblioteca Nacional aquí, esté un ejemplar de Lacunza. Es rarísima ya, es una curiosidad bibliográfica; en Londres lo venden a 50 guineas el ejemplar. Yo, este… cuando yo ví un catálogo de bibliófilos, una vez hace mucho, pero ahora a lo mejor cuesta mucho más. 50 guineas son una libra esterlina más un chelín, y la libra esterlina está a más de 800 pesos ahora, de manera que figúrese los miles de pesos que quemaron una cantidad de gente fanática sin saber lo que hacía. La obra de Lacunza. En fin, ya hablaremos más de él, Lacunza.

Un oyente me dijo que leyera los textos que voy a explicar, que no presumiera que todos los tienen presentes. Así que traduciré la profecía de Jesucristo, de la cual hablé en la clase anterior, la más autorizada de todas, de San Lucas, donde está más breve—en la clase anterior hablé de la de San Mateo. San Lucas empieza con el aviso contra los pseudoscristos y pseudoprofetas, sólo que lo pone una vez y no dos veces como San Mateo. Probablemente San Mateo indica las dos tandas de pseudocristos y pseudoprofetas que iban a aparecer, los que aparecieron antes de la destrucción de Jerusalén, que consta que aparecieron muchos diciendo que eran el Mesías y precipitaron a los judíos a su perdición, y los que aparecerán antes del Fin del Mundo o en el Fin del Siglo, para hablar exactamente. Después pone lo de guerras y rumores de guerras: el principio de los dolores. Anuncia después una gran persecución que se cumplió ya ante de la caída de Jerusalén, pero no en forma tan extrema como será en el Fin del Siglo. Antes de la caída Jerusalén ya había sido la persecución de Nerón, en Roma. “Seréis entregados por los padres y los hermanos y parientes y amigos y os darán la muerte algunos y seréis odiados de todos a causa de mi nombre; pero un cabello de vuestra cabeza no perecerá; en la paciencia poseeréis vuestras vidas. Cuando veaís a Jerusalén cercada por un ejército, sabed que se aproxima vuestra devastación. Entonces, los que están en Judea que huyan a la montaña, porque habrá aprieto grande y grande ira sobre la tierra de este pueblo y caerá al filo de la espada”. Como se ve, está hablando de los judíos y no de todo el mundo. “Y serán llevados cautivos entre las naciones y Jerusalén será pisada por los extranjeros hasta que se cumplan los tiempos de las naciones”. Es decir, Jesucristo habla aquí principalmente de la caída de Jerusalén. Distingue entre las dos grandes catástrofes, el typo y el antitypo. Y distingue largo intersticio hasta que llegue el tiempo del juicio de las naciones. Sigue San Lucas ya con los últimos tiempos: “Y habrá señales en la luna, en el sol y en las estrellas, y en las tierras, aprietos de las gentes (habla ya de las gentes, es decir de los gentiles, es decir ya no habla de los judíos) por la turbación del ruido del mar y de sus olas”. El mar en la Escritura significa el mundo, sus olas las tempestades del mundo, la tierra firme significa la Religión. “Por la turbación del ruido del mar y sus olas, secándose los hombres por el temor y la expectación que caerá sobre el mundo universo porque se agitarán las virtudes del cielo”. O sea, en el texto, griego: se desintegrarán las fuerzas uránicas. Es curioso, yo no sé si Cristo quiso predecir el tiempo el que van a desintegrar el uranio y lo van a convertir en bombas mortíferas que tienen a los hombres secos de angustia, pero la verdad es que en griego, en el idioma en que fueron escritos los Evangelios, dice “uránicas”, “las fuerzas uránicas”. No dice “las virtudes del cielo”, al cielo lo llamaban “uranio” los griegos. No dice “las virtudes” en el sentido de fuerzas, de manera que algunos traducen al español “las fuerzas cósmicas”. De todas maneras, eso es más o menos lo que está pasando ahora. “Y entonces verán al Hijo del Hombre venir sobre una nube, con grande potestad y majestad, pero cuando todo esto comienza a hacerse, mirad, levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra liberación”. Sigue después la Parábola de la higuera retoñada que ya conocemos.

Y ahora pasamos al Apocalipsis, la introducción al Apocalipsis o la parte externa, que no suelen ser divertidas las introducciones pero hay que hacerlas. Es la profecía más importante acerca del Fin del Tiempo. Apocalipsis es el último libro de la Escritura, significa “Revelación”: las lenguas nórdicas, inglés, alemán, danés, lo llaman el Libro de la Revelación, traduciendo así la palabra griega que las lenguas latinas, español, italiano y francés han dejado tal cual, “apo-kalipsis”: desde lo escondido o “de lo escondido” o sea, revelación. El libro procede de San Juan Evangelista y desde las primeras palabras el autor anuncia que va a profetizar y llama a su escrito o recitado, “profecía”. Se ve que antes de escribirlo lo recitó muchas veces en su Iglesia, San Juan. Y lo escribió desterrado en la isla de Patmos, donde lo habían mandado a trabajar en las minas, que era un suplicio de los Romanos, casi peor que la muerte, suplicio tremendo; del cual se libró por Providencia, porque lo derribaron a Domiciano y el Emperador siguiente declaró nulos todos los decretos del tirano prófugo: así que San Juan salió gracias a eso. El título completo es: “Revelación de Jesucristo, que se la dio Dios Poderoso a mostrar a los siervos suyos las cosas que se deben cumplir pronto y las significó mandando al ángel suyo a su siervo Juan, el que testimonió el Verbo de Dios, y el testimonio de Jesús el Cristo, cosas que él mismo ha visto”. Inmediatamente añade: “Dichoso el que lee y oye la palabra de esta profecía y guarda lo que en ella esta escrito, pues el tiempo está cerca”. Estas dos cosas, que el libro es profecía y que el tiempo está cerca se repiten unas siete veces en el poema, hacia el final. “Vengo pronto”, dice Cristo dos o tres veces a San Juan.

El carácter de este libro es el siguiente: es una profecía, es difícil, no es incomprensible. La actitud vulgar y grosera de muchos, incluso de sacerdotes, incluso de profesores, es dejar de lado esta profecía, como si fuese incomprensible, y por tanto del todo inútil. Como si Dios iba a dejar a su Iglesia un mensaje que nadie pudiera entender: “estos no serán dichosos” dice San Juan. Así lo hace, por ejemplo el tan repicado Nuevo Catecismo Holandés para Adultos; lo deja a un lado al Apocalipsis, es decir, dice que son cosas calenturientas. Según los ingleses, que son vecinos de los holandeses, no hay ningún holandés que sea adulto. Dicen una cosa bastante peor en un refrán que tienen, pero en fin, viene a significar eso: que los holandeses no son adultos.

En efecto, el libro es oscuro, como lo es toda profecía, y más esta, que versa sobre sucesos lejanísimos cuando se escribió; de nosotros mucho más cercanos, por cierto. Y sucesos descomunales, los más grandes y graves de todos. Estos tres caracteres son ignorados por algunos: que sean comprensibles, de algún modo, por los que lo dejan a un lado; que sea oscuro, por los que se lanzan a interpretarlo en crudo, pronunciado innúmeros disparates—no hay ningún libro en el mundo que haya dado ocasión a tantos disparates como este, como veremos luego en algunos ejemplos de exégesis; y lo más grave de todo, los que niegan así y asá que sea profecía. Hoy día estos abundan, y forman parte de la herejía contemporánea, o del progresismo si quieren llamarlo así, pues la exégesis del rompecabezas ha ido caminando durante 19 siglos hasta llegar al estado actual en que, o bien se acepta que es una predicción acerca de los Últimos tiempos, o bien se niega rotundamente que sea predicción alguna, contra la mismísima letra del texto.

No voy a exponer aquí el vericueto que este camino evolutivo que es la inteligencia del libro, pues sería aburrir a ustedes sin gran provecho: un camino lleno de tanteos, marcha atrás, tropiezos y aviajes, pues sin duda alguna la inteligencia progresó a fuerza de resbaladas y aun tumbos. Voy a tocar solamente las grandes viarazas o mojones del camino, o sea, primero, los Santos Padres Antiguos; segundo, el Medioevo; tercero, la entrada del método histórico; cuarto los Protestantes; quinto, Lacunza; sexto, los exegetas actuales.

Entre los Santos Padres Antiguos y los exegetas actuales hay un gran camino hecho, con un seto de espinas a ambos lados, o sea, de errores. El tiempo ha hecho buenas dos observaciones marginales del gran Bossuet, a saber: que las profecías se aclaran al aproximarse su cumplimiento; segunda, que esta profecía puede tener un significado más profundo que el que le dio él. O sea, el derrumbe del Imperio Romano y las Primeras Persecuciones. En efecto, el ejército de 200 millones de jinetes que los Padres consideraron imposible (decían que era más bien una alegoría o bien un ejército de demonios) es hoy perfectamente posible, de chinos y rusos y de chinos solos. Segundo, los monstruosos caballos de acero y fuego corresponden con notable exactitud a los actuales tanques artillados. Y no se ve cómo un vidente del siglo primero podría describir mejor los tanques actuales, los tanques de guerra, que como los describe San Juan allí, como jinetes de color acero que despiden humo, fuego, azufre y matan por la cabeza y por la cola, dice. Fue el párroco Eyzaguirre, chileno, el primero que enunció esta coincidencia, el primero que vio esto; es un comentador de Lacunza, o mejor dicho, es un traductor al latín del libro de Lacunza, con lo cual buscaba que lo aprobaran en Roma, porque el libro de Lacunza estuvo en el Índice, mucho tiempo, hasta ahora—que ha desaparecido el Índice. Tercero, el desecamiento del río Éufrates, barrera entre el Imperio y la barbarie, para dejar pasar una invasión del Oriente—está en la Sexta Plaga, si no me equivoco, este…en que los ángeles secan el Éufrates para que puedan pasar los Reyes de Oriente, que era como decir en aquel tiempo que el Oriente iba a poder invadir el Occidente, porque allí… eso era inconcebible, para San Irineo o San Hipólito, pues allí velaban las invencibles águilas romanas; y ahora tal invasión es posible y aun inminente, porque cuando se les ocurra a los chinos van a invadir a Rusia. Los dos milagros del Anticristo que parecían pura magia negra son posibles hoy gracias a la negra técnica, o sea hacer bajar fuego del cielo y hacerse oír y ver en todo el mundo, el Anticristo, eso se puede hacer por medio de la bomba nuclear y la televisión satelital. Y así otros varios ejemplos como el Capitalismo sistemado internacional, el Estado Totalitario, la persecución a los enemigos del gobierno sin grieta alguna para emigrar, etc. De manera que esto le da razón a Bossuet cuando dijo que una profecía se va aclarando a medida que se aproxima su cumplimiento.

En los intérpretes antiguos, pongamos hasta el siglo XII: existen todas las tendencias posibles, las que existen hoy, que son cuatro o cinco. El alegorismo, la interpretación espiritual e incluso el historicismo, formulado en el siglo IV por San Agustín en esta forma: todo este tiempo que el libro este abraza, es decir desde la Primera Venida de Cristo hasta el Fin del Siglo que será su Segunda Venida, en La Ciudad de Dios, capítulo XX, idea solamente indicada que después van a desenvolver otros, desde el siglo XIII.

Pero la tendencia general de los Padres Antiguos es escatológica, es decir que lo tienen como predicción del Fin del Siglo: es decir interpretar las visiones de Patmos literalmente y referidas al Fin del Siglo y sobre todo al Anticristo, que es su más vivo interés desde el siglo I. Es increíble la cantidad de libros que escribieron los Santos Padres sobre el Anticristo. Todas las demás tendencias están en forma de semilla solamente, menos el alegorismo que cunde en el Oriente por obra sobre todo de Orígenes de Alejandría, contradicho firmemente por Andrés de Cesarea y San Basilio, orientales también. El alegorismo consiste en interpretar figuradamente o poéticamente las visiones de San Juan, lo cual abunda hoy en día a pesar de que el Papa Pío duodécimo lo… sino lo prohibió, lo desrecomendó, dijo “interpreten literalmente, busquen el sentido literal”. Pero siguen nomás, haciendo alegorías. Alegoría es diverso que símbolo. Símbolo es una cosa concreta que significa otra cosa concreta, como la espada significa la guerra. Está lleno de símbolos el Apocalipsis, pero no es una alegoría. Alegoría es una cosa concreta que significa una cosa abstracta, como una barquilla puede significar una vida humana en Lope de Vega: “Pobre barquilla mía / entre peñascos rota / sin velas desvelada / y entre las olas sola” y prosigue representando su vida con sus peripecias en la descripción de una barquilla. Eso es alegoría. En su libro de exégesis sobre el Génesis, el Hexamerón, San Basilio, llamado el Grande, reacciona burlonamente contra el alegorismo de su tiempo, el cual era cultivado incluso por su hermano San Gregorio Nazianceno, y los compara a los intérpretes de sueños que serían los freudianos de aquellos días.

El principal comentarista antiguo es San Irineo de Lyon a fin del siglo II. Adversus haereses, contra las herejías: el primero que aproxima el Apocalipsis a las profecías de Daniel; San Justino Mártir, antes que él, atribuye el milenismo al Apóstol San Juan; y el mártir Hipólito, después de él, escribió un comentario del Apocalipsis, quizás el primero que ha existido, que se ha perdido, pero tenemos fragmentos en sus otras obras. Casi todos los primeros padres son milenistas. Milenistas significa los que creen que después de la venida de Cristo segunda va a ver un período de paz y prosperidad sobre la tierra por mil años—o por una gran cantidad de años quizá, porque “mil” puede estar puesto por una gran cantidad de años—esos se llaman milenistas. Y contra eso se suscita hoy una escuela curiosísima que no quiere que ni se nombre siquiera al milenismo o milenarismo como le llaman ellos, que dice que la venida de Cristo va a ser simultánea con el Juicio Universal y va a ser todo en un día y se acabó: no hay mil años de prosperidad.

Casi todos los primeros Padres son milenistas. Entre muchos otros, los principales comentadores son San Victorino, obispo y mártir, Lactancio, maestro de San Agustín, el donatista Tyconio en el siglo IV que es importantísimo y al cual siguieron muchos católicos posteriores, como San Beda el Venerable, siglo VII, el cual aplica las siete reglas de interpretación que dejó Tyconio, donatista. El cisma de Donato era una herejía del tiempo de San Agustín, del s. IV. Tyconio redactó con exactitud la regla de la recapitulación que ya había apuntado Tertuliano en el s. III. Siguen después San Jerónimo y San Agustín y se acaba la unanimidad del milenismo entre los Padres, porque San Jerónimo fue anti-milenista encarnizado y San Agustín fue persuadido por San Jerónimo de que dejase esa opinión judaica y que hiciese otra interpretación que no tuviese peligro para los católicos. Entonces San Agustín inventó, o mejor dicho copió de Tyconio una interpretación alegórica del capítulo XX del Apocalipsis, que veremos otro día.

En la Edad Media decae el interés por el Apocalipsis: los doctores se encarnizan con los Evangelios. El Fin del Mundo parecía muy lejano a la gente de la Edad Media, la Iglesia iba ganando pueblo tras pueblo y nación tras nación, “las iglesias están llenas” decía San Agustín. De manera que a ellos les convenía adoctrinar a todos esos nuevos cristianos que venían de todas partes y que a veces eran enteramente bárbaros: enseñar el latín, enseñar los Evangelios. De manera que el Apocalipsis se les pierde de vista y lo que hacen es simplemente repetir lo que dijeron los intérpretes antiguos. Santo Tomás no pone de su parte nada nuevo, sino que repite lo que ya está hecho entre estos antiguos que ya les he nombrado antes. Ni tampoco escribió ningún libro sobre el Apocalipsis, Santo Tomás. Un comentario al Apocalipsis que corre como de Santo Tomás, está entre las obras de Santo Tomás, es una equivocación pues fue de otro Santo Tomás, llamado “el inglés”, discípulo del de Aquino, que escribió bastante después de Santo Tomás un comentario del Apocalipsis que vale muy poco. Todos repiten, excepto el español beato de Liébano, monje benedictino que creía próximo el Fin del Mundo e interpreta todo el Apocalipsis a esa luz.

En este tiempo toman gran auge los comentario espirituales como los del falso Tomás del cual les acabo de hablar que interpreta todo moralmente, alegóricamente, de manera que si hay tres ángeles, son la fe, la esperanza y la caridad; si hay un caballo blanco, es la castidad; si hay una espada, es la guerra. De manera que no sirve: yo leí seis o siete páginas y no pude seguir adelante. San Alberto el Magno, maestro de Santo Tomás, que también fue muy alegorista pero no del todo, tiene cosas en que interpreta literalmente el Apocalipsis, por ejemplo el capítulo de las Siete Iglesias que es el primer septenario que hay en el Apocalipsis, el cual él lo interpreta como si fuesen siete etapas de la historia de la Iglesia; y muchos otros lo interpretan así.

¿Qué dice el Gran Doctor Común Santo Tomás? No comentó el Apocalipsis, comentó a San Mateo en clase. No cayó en la vulgaridad de aplicar el capítulo XXIV solamente a la destrucción de Jerusalén, sino que lo dividió hasta el versículo 23 en el que se trata principalmente de eso y desde el versículo 23, principalmente del Fin del Siglo; de modo que anticipa la teoría moderna del typo y del anti-typo, la cual, entre paréntesis no es ya una teoría sino una certeza. También comentó la Epístola a los Tesalonicenses de San Pablo donde se habla del Anticristo. En todos estos comentarios, no hace, como he dicho, más que vehicular lo que habían dicho los Padres Antiguos.
Aquí en el s. XIII viene una gran viaraza: Joaquín de Floris, el abate Joaquín, seguido de Nicolás de Lira, s. XIV. Es el método histórico, o sea, adjuntar al Apocalipsis la historia profana, considerándolo prácticamente como una historia seguida de la Iglesia, pero simbólica. Por ejemplo, Nicolás de Lira dice que los Siete Sellos es desde Jesucristo hasta Juliano el Apóstata, las Siete Trompetas desde Juliano hasta Mahoma; tercero, las Siete Fialas o Redomas desde Carlomagno a Enrique IV de Germania, etc. Interpreta todo a su tiempo, Inocencio III y las Cruzadas, pero advierte que el final del libro puede ser sucesos aún no cumplidos y por tanto él no lo sabe pues no es profeta; así dice. El pintoresco abad Joaquín de Floris, o de Fiore, o de Fiori, que murió con fama de santo y de profeta, y después de muerto fue condenado por causa más bien de sus discípulos, interpreta en forma todavía más disparatada, excepto que recogió aquella frase clave de San Agustín: que comprendía toda la historia de la Iglesia. Solamente que lo consideran como una crónica seguida, lo cual no es el Apocalipsis, que es un libro profético en estilo apocalíptico, profético, de manera que no es una crónica seguida y estos toman el libro como si fuese una crónica seguida y agarran la historia y se ponen a interpretar todo seguido: esto significa tal cosa, esto tal otra. Y en eso cayó incluso un intérprete moderno que también murió en olor de santidad, el Padre Holzhauser, alemán, que hizo una interpretación así; y llegó un momento en que no pudo seguir adelante porque no podía acomodar la historia de los tiempos modernos al libro del Apocalipsis. Escribió dos libros sobre el Apocalipsis que la Iglesia condenó después de su muerte, pero se probó que habían sido corrompidos por sus discípulos a uno de los cuales, el franciscano Fray Gerardo, el Rey de Francia lo metió en la cárcel hasta la muerte. Nada más que por haber corrompido un libro sagrado. ¡Pobre Frondizi entonces, que se copió un libro de Gilson, si lo llegan a agarrar entonces! El P. Alló califica estas obras de fantasmagoría, sin embargo hay que hacerle justicia, que contienen cosas notables. Por ejemplo, en estos libros hay una descripción de la vida y de las costumbres de ese tiempo, siglo XIV, que es notabilísima, es digna de un gran novelista, hecho por este abad que iba aplicando minuciosamente todas las cosas de la historia al Apocalipsis.

Los protestantes del siglo XVI adhirieron con fervor a la dirección joaquinista, sobre todo desde que un discípulo del abad Joaquín, Pedro Juan Oliva, anunció que el Anticristo era el Papado. Hay pilas de comentadores después que siguen el método histórico, mas los que interesan son los españoles Ribeira, Pereyra, Alcázar, sobre todo el gran Juan de Mariana, jesuitas todos, los cuales combinan lo escatológico con lo histórico dando en la clave, pues eso es lo que hay hacer. Es que el Apocalipsis es una profecía de todo el tiempo de la Iglesia, sobre todo de las persecuciones con referencia continua a la última persecución: el foco es la última persecución; esa es mi definición, pero no mía solamente, coincide con San Agustín. Baltasar de Alcázar es una mezcolanza de alegoría, de historia y de escatología que es difícil aguantarlo al leer, por ejemplo por ahí define al Apocalipsis como una colección de adivinanzas sacras inventadas por Dios para enseñarnos los dogmas. Mucho más rápido es enseñar los dogmas sin adivinanzas, pero él inspiró al protestante Grotius, siglo XVII, y al católico Bossuet que escribió para refutarlo a Grotius, o Grossio como decimos los españoles. Bossuet fue seguido por toda una fila de sucesores católicos como Calmet y Robert de Bercés, no católicos como Renán.

Digamos dos palabras: Bossuet tiene al Apocalipsis por una profecía cumplida en la caída del Imperio Romano. Y tomando la historia Romana empieza a hacer concordar minuciosamente los hechos pasados con los símbolos de San Juan sin arredrarse ante ningún disparate; por ejemplo, el ejército de 200 millones de jinetes viene a reducirse, en la interpretación de Bossuet, a una modestísima y ya olvidada incursión de los jinetes Partios a través del Eúfrates que rechazaron en seguida los ejércitos romanos. Es decir, le queda grande a la caída del Imperio Romano—le queda enormemente grande el libro del Apocalipsis, de manera que al final, Bossuet salvó la ropa diciendo yo no niego que este libro puede tener algún otro significado más arcano, algún significado escondido del cual yo no me ocupo. Así que a Renán le bastó suprimir esta advertencia de Bossuet para hacer su comentario El Anticristo, racionalista y ateo. En efecto, interpreta todo el libro del Apocalipsis como cosas ya cumplidas y además delirantes del Apóstol San Juan que las sabía algunas y otras las conjeturaba y otras simplemente las soñaba. Mas lo que hizo Bossuet fue simplemente poner en limpio el typo de la profecía de San Juan. Sólo que lo puso, igual que Grotius, demasiado en limpio. Buscó demasiados detalles en la profecía, quiere interpretar hasta el último pelo. Bossuet es importante porque es la raíz de una cantidad de bicharracos, aunque los bicharracos no tienen raíces, digamos el nido de una cantidad de bicharracos, que son los que ante dije, niegan el carácter profético del libro, que es lo que hace Bossuet: si es solamente una profecía de lo que iba a pasar en el Imperio Romano, fácilmente un hombre un poco soñador y listo podía prever muchísimos acontecimientos poniéndolos juntos con los que ya habían pasado. Así que, de esa manera, niegan el carácter profético del Apocalipsis. Los cuales son de tres clases: primero, los que niegan que sea profecía, porque niegan que haya profecía, porque niegan que haya milagros, porque niegan que haya Dios. Como ya he nombrado a Renán y todos los exégetas racionalistas y ateos que pulularon el pasado siglo y cuya última cría, o digamos, rama, es el tan mentado Schweitzer, el santón de Lambarené. En puridad, Renán no niega que Dios exista, pero es como si lo negara, porque dice que todo es Dios, como Teilhard de Chardin, o mejor dicho que todo llegará a ser Dios. El capítulo XVII de L’Antechrist titulado “La fortuna de este libro”, dice lo siguiente... El Anticristo es el segundo tomo de una historia crítica de la Iglesia primitiva, de Los orígenes del cristianismo, que tiene cinco tomos, el primero es la ya famosa Vida de Jesús, el segundo es del Anticristo—el único que vale y que hoy se puede leer es el último que es Marco Aurelio, uno de los últimos perseguidores de la Iglesia.

En el final de este libro del Anticristo, al cual el gran novelista Robert Louis Stevenson, ahora me acuerdo, lo calificó de “demente”, dice “Renán es un demente”, en realidad es una novela, novela bastante truculenta. Dice lo siguiente: “Entre las nieblas de un universo embrionario, contemplamos las leyes del progreso de la vida, la conciencia del ser creciendo y ampliándose en sus fines, y la posibilidad de un estado final en que todo será sumergido en un Ser definitivo, Dios, igual que los innumerables brotes y yemas del árbol en el árbol, igual que las miríadas de células del organismo viviente en el viviente. Estado en el que hallará cumplimiento la vida universal; y todos los seres individuos que han sido, vivirán de nuevo en la vida de Dios, verán en Él, gozarán en Él y cantarán en Él un eterno Aleluya”. No quisiera estar cantando el “Aleluya” que a estas horas debe estar cantando Renán. “Cualquiera sea la forma en que concibáis el futuro adviento de lo Absoluto”, no de Cristo, “el Apocalipsis no puede dejar de regocijarnos. Simbólicamente expresa el principio fundamental de que Dios no tanto «es», cuando que «llegará a ser»”. Esta gansada impía tiene el nombre de panteísmo evolutivo: “no te preocupes de ellos: mira y pasa”. La exégesis racionalista caracterizada por el ateísmo se divide en seis escuelas, cuyo estudio es inútil para nosotros. La peor de todas es la escuela Babilónica, encabezada por Günkel, 1903, que es una verdadera Babel.

En la moderna escuela católica del P. Manuel Lacunza, autor de una obra monumental titulada La Venida del Mesías en Gloria y Majestad con el pseudónimo de Josafat Ben-Er, escrita en 1763 y editada en Cádiz en 1815 y en Londres, por Belgrano, en 1816. Él murió en 1801, de manera que no vio nunca su libro impreso, pero había venido el manuscrito aquí, a la Argentina, en muchísimas copias, defectuosísimas dice Belgrano, que corrieron muchísimo y dieron lugar a una refutación airada de Vélez Sarsfield Baigorria, el padre de Vélez Sarsfield, el padre del autor del Código. Lacunza se puede llamar argentino aunque nació en Chile, porque estudió en Córdoba y la mejor edición de su obra, quizás la primera no, seguramente es la segunda, aunque casi la primera, porque salieron casi juntas con la edición de Cádiz, la cual es defectuosísima dice Belgrano en su prólogo—más que las copias que llegaron aquí. La hizo en Londres a expensas propias. Lacunza es sin disputa el mejor comentador del Apocalipsis en los tiempos modernos, como atestigua el gran Menéndez y Pelayo, no obstante algunos defectos de su obra; grandes defectos si se quiere, como son los defectos del genio. Llamarlos “defectos” es una atenuación porque algunas opiniones del chileno son simplezas o meros disparates, pero son balanceados por notables intuiciones. Lacunza parece saber toda la Sagrada Escritura de memoria. Lacunza retrocede hasta los primeros siglos, saltando por encima de San Agustín, San Jerónimo e incluso Tyconio donatista, hasta San Irineo de Lyon y desde allí interpreta directamente y literalmente la Escritura aprovechando por supuesto los aportes de todos los intérpretes mejores. Es superior, a mi juicio, a Newman, y por tanto a todos los modernos, el cual, Newman, interpretó solamente los textos relativos al Anticristo, como veremos en otra conferencia.

Las obras de arte apocalípticas son innumerables. Dejando de lado a los plásticos, como Alberto Durero y a los escritores antiguos como Malvenda o Maluenda, cuyo enorme volumen sobre el Anticristo es más una novela teológica que una hermenéutica, mencionaremos sólo a los principales entre los actuales: el poeta español Gabriel García de Tassara, muerto en 1875, Rubén Darío, muerto en 1916, Donoso Cortés y los novelistas Martínez Zuviría, Roberto Hugo Benson, Selma Lagerloef y el ruso Vladimir Solovieff, el francés Eduardo Bouchet, el austríaco Koenel Lerig y un inglés cuyo nombre se me escapa ahora que publicó en la antigua biblioteca de “La Nación”. Debe haber muchos más que yo no conozco, pero estos son los principales. Hablaremos hoy solamente de los dos primeros.

Hugo Wast, Gustavo Martínez Zuviría, después de haber dado a luz un notable ensayo sobre las profecías, El Sexto Sello, publicó una notable apocalíptica en dos volúmenes, o bien, dos novelas: 666 y Juana Tabor en que tomando el material del Apocalipsis, lo sitúa en nuestros tiempos con su exuberante inventiva, talento de narrador y un conocimiento excepcional de la vida religiosa actual. Esa narración copiosísima está aún enteramente viva. En “La Nación” diario, había una crítica acerba de esta novela, creo que era de Alfonso de Laferrere, que es injusta, porque las cualidades de esta obra de arte son muy superiores a sus defectos, los cuales son además disculpables por la amplitud del tema, el cual rumió el novelista durante muchos años. Es obra que honra a la literatura argentina.

Monseñor Roberto Hugo Benson escribió Señor del Mundo, Lord of the World, que creo es la mejor de todas las obras enumeradas, exceptuando a Solovieff que puede ponérsele al lado. Roberto Hugo Benson fue hijo del arzobispo anglicano de Canterbury, Edgardo Benson White, que escribió un comentario del Apocalipsis. Su hijo menor se convirtió al catolicismo, se ordenó sacerdote y se apartó de su padre incluso en el estudio del Apocalipsis que interpretó literalmente y no alegóricamente como su padre. Y fue perseguido en forma acre por su padre y sobre todo por su hermano mayor Edward que era también novelista, inferior al cura. Fue un gran sacudón para los protestantes ingleses que el hijo de su Arzobispo se volviese católico, que se volviese Monseñor del Papa y un gran talento genial. Hasta hoy no se lo han perdonado. Murió muy joven durante la Guerra del ’14. Escribió una docena de novelas, todas buenas, algunas excelentes, pero Señor del Mundo es una obra maestra. A esta obra debo mi iniciación en el pensamiento religioso: la leía a los 16 años en una traducción mala, de Juan Mateos, presbítero, de Barcelona, que continúa siendo reeditada en Barcelona y en Chile y en México. Por lástima al pobre Roberto Hugo y por amor al arte, tomé el texto inglés no hace muchos años, y lo traduje mejor, según creo, Señor del Mundo y no El Amo del Mundo. Cuando estuve en Londres en 1956 busqué por todas partes un ejemplar mejor que el que yo tengo, sin conseguirlo; tengo un ejemplar muy desgraciado. Incluso en la librería de viejo mayor del mundo, la de Wilkes, que son varias manzanas llenas de estanterías con libros usados—hay millones y millones de libros usados—no estaba. La busqué en todos lados—en una librería me dijeron “No lo va encontrar en ninguna parte, no existe más esa obra acá. A lo mejor en una biblioteca católica tengan dos ejemplares y le vendan uno”. El ambiente protestante de la Gran Bretaña se tragó todos los libros de Benson, como está tragando los de Chesterton y Belloc, pero existen traducciones buenas en español o argentino, en francés y en italiano. No se perderá.

Benson toma acertadamente sólo un aspecto del Apocalipsis—quizá el defecto de Hugo Wast estuvo en querer tomarlos todos juntos—y levanta un cuadro impresionante de los últimos tiempos, prolongando las líneas de fuerza de su tiempo, o sea, a principios de este siglo. Juliano Felsenburg, un yanqui, llega a ser Presidente de Europa y Emperador del mundo y es el nuevo salvador del mundo, después de haber atajado con su enorme personalidad la Guerra de los Continentes. La Iglesia perseguida por todos lados, física y moralmente, se mantiene firme en grupos reducidos, como rocas en medio de un mar tempestuoso, en medio de una universal apostasía. El último Papa, Silvestre II, un sacerdote inglés llamado Percy Franklin, antes de ser elegido medio milagrosamente por tres cardenales que quedan—quedan vivos después que el Anticristo ha hecho volar a Roma por medio de bombas (bastante parecidas a las atómicas, Benson parece que olió la bomba atómica)—Percy Franklin, el héroe de la novela, escondido en Tierra Santa, funda una nueva orden, “de Cristo Crucificado”, y hace frente a la destrucción de Nazareth , la cual debe seguir a la destrucción total de Roma. Él está en Nazareth con su pequeña corte, los cardenales y unos cuantos que están distribuidos por el mundo y escondidos, no se dejan conocer como cristianos. Entonces, por la atracción de un cardenal ruso, el Anticristo, o sea Felsenburg, se entera de que existe todavía la Iglesia Católica que él creía que se había acabado, y decide convocar a todas las naciones del mundo para que manden una flota de aéreos para destruir a Nazareth adónde el Papa había hecho llamar a todos los cardenales del mundo que se reunieran, porque había tenido una revelación de que venía el fin de todo. Entonces Felsenburg se dirige a destruir del todo y definitivamente a la Iglesia y Dios interviene sobrenaturalmente en el momento apical y así este mundo pasó y toda la gloria de él. Termina la novela en un final misterioso e impresionante, parecido a la muerte corporal de un hombre, que algunos han estimado oscuro, y a mí me parece magistral, pues no se puede poner demasiado claros sucesos de tanta envergadura que sobrepasan la imaginación del hombre. Toda la novela es de una seriedad y elevación que roza lo sublime.

La última pregunta de este cuestionario, “evasivas y tergiversaciones”, trataré brevemente, para no ser largo. Una clase entera y aun un libro entero podrían consagrarse a las tergiversaciones de este libro sagrado, el que más tergiversado ha sido en el mundo. Tengo aquí cuatro libros de exégesis llamemos “cimarrona” de los que me limitaré a leer los juicios que estampé en las tapas. Son libros editados y vendidos aquí. Hay centenas de libros como estos en lengua inglés y hay muchos en lengua castellana de esa editorial Adventista que está en Florida—ha editado dos docenas de libros más o menos sobre la religión en general, varios sobre el Apocalipsis. Comentarios sobre el Apocalipsis por Carlos Elenir, El Paso, Texas, segunda edición. Algunos están editados en México y enviados aquí a la “Librería Aurora” que está en la calle Corrientes. Discurso sobre el Apocalipsis por G. M. Lear, Librería “Editorial Cristiana”, Adventista, Buenos Aires, 1954; La Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo, una búsqueda de la verdad, por Jorge Murray , presbiteriano, publicado en México y en Buenos Aires, Librería “Editorial Aurora”, Corrientes 728; El Milenio: lo que es y lo que no es, por Jorge Fletscher, México y Buenos Aires, la misma editorial; Defensores Latinoamericanos de una Gran Esperanza, por Daniel Hammerly Dupuy, edición sudamericana, Florida, Pcia. de Buenos Aires, adventista. Estos libros tienen valor desigual, pero todos son tergiversaciones del Apocalipsis. Aquí está el libro del que les hablé la clase anterior que es una especie de enciclopedia de los Testigos de Jehová, que contiene una interpretación total del Apocalipsis. Yo escribí acá en la “fly leaf”, como dicen los ingleses, es decir, en esta página en blanco: “Es una exégesis demasiado simple de todo el Apocalipsis que tiene algunos aciertos notables, entre mucha simplonería. Da fechas precisas para los sucesos postrimeros: 1914, 1919, 1975 y 2000 en el cual año se acaba el mundo. La Resurrección Primera, pues son milenistas. Contiene además mechada toda la doctrina de los Testigos de Jehová, que es simplona: por ejemplo, todas las cosas excelsas y sublimes que hay en la profecía representan a ¡los mismísimos Testigos de Jehová! Son heterodoxos y judaizantes; basta decir que rechazan la divinidad de Cristo, al cual nombran siempre “Jesús” o “Redentor” y entre dientes “Hijo de Dios”, pero no “Dios”. La posición de ellos no es la de Arrio sino la de Nestorio, Patriarca de Constantinopla, condenado en el concilio de Éfeso con la proclamación de la “Teotokos”, la Madre de Dios. Arrio dijo que Jesucristo era un personaje excelso, una especie de super-ángel, pero creado por Dios—no era Dios; y Nestorio dijo un poco, bastante menos, que fue un hombre, hijo de María, que fue Jesús hasta que se bautizó; que cuando se bautizó Dios lo llenó con su Santo Espíritu y se convirtió en un hijo de Dios en cierto modo, es decir, en un santo más privilegiado que todos los otros santos, y esta es más o menos la posición de estos. El autor del libro parece ser Rutherford, el jefe de los Testigos en 1963. Sabe muchísima Historia Sagrada y escribe bien, estilísticamente bien. La primera edición fue de un millón de ejemplares, no sé si hubo otra. También hicieron una traducción completa de la Biblia que vendieron también en cantidades colosales.”

Este es Comentarios sobre el Apocalipsis de Charles Elenir, bautista, El Paso, Texas. Yo lo único que puse en la tapa fue: “No hay nada aprovechable. Es un pobre gil, muy ignorante, temerario y macaneador.” Después abajo, puse: “Hay algo aprovechable: el número 666 es aplicado al Papa en latín y griego, página 190.” Es decir el número del Anticristo, esto es, 666, poniéndolo en letras latinas y griegas, uno puede formar la frase “Romano Pontifex”, por ejemplo, pero claro, se pueden formar muchísimos otros nombres, incluso se puede formar el nombre “Lutero” como hizo Belarmino. Melanchton, un compañero de Lutero, un amigo de Lutero, por un tiempo amigo, interpretó el número 666 haciéndolo decir “Pontífice de Roma”; entonces el Cardenal Belarmino, por broma, del número 666 sacó sin hacer ninguna trampa “el Sajón”, que era el sobrenombre de Lutero. Y no hay nada más que decir de este libro, es un perfecto bárbaro el autor.

Este es Discurso sobre el Apocalipsis por G. M. J. Lear. El autor es adventista, jefe de una comunidad adventista en Córdoba, predicador: “El autor expone el libro del Apocalipsis del principio al fin, interpretando ya literalmente, ya alegóricamente, conforme al libre examen, cayendo en lugares confusos y también en disparates risibles como el que los 4 Caballos de los Siete Sellos representan ¡a Napoleón Bonaparte! También tiene sentidos justos y razonables tomados de la exégesis tradicional o de la letra del texto. Parece haberlo leído a Lacunza y haberlo saqueado bastante. Por ejemplo, dice que la Redoma o Fiala Tercera representa el envenenamiento de la cultura y la Quinta, las tinieblas y la confusión en la política”—que es lo que digo yo en mi libro sobre el Apocalipsis, lo que me pareció más probable fue eso—“Hay un afán continuo de hacer tiros contra el catolicismo, por supuesto que la Gran Ramera del capítulo XVII es la Iglesia de Roma, conforme a la tradición de las sectas protestantes desde Lutero acá. La nota general del estilo y de la doctrina del autor es la simplonería que a veces roza la imbecilidad. Me dirán que por lo menos es piadoso: ojalá, pero yo rememoro las palabras de San Pablo: «Tened cuidado pues en los últimos tiempos vendrán hombres peligrosos que tendrán la apariencia de la piedad pero no el meollo de ella»”.

Jorge Murray, La Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo, una búsqueda de la verdad: “Refutación bastante seria del milenarismo que él llama “Dispensación”, a saber, del milenarismo carnal, que no distingue muy bien del espiritual, pero él se va al otro extremo, al alegorismo.” El primero que confundió el milenarismo espiritual de los Santos Padres con el milenarismo carnal del hereje judío Kerinthos, que se llama “Quiliasmo” por verdadero nombre, fue San Jerónimo. San Jerónimo hizo una gran macana confundiendo las dos cosas: una cosa que habían defendido los Santos Padres antiguos y otra cosa que había surgido de un heresiarca judío converso—en tiempos de San Juan Evangelista ya había surgido—y estaba haciendo muchísimo daño en el Oriente, de tal manera que lo ofuscó a San Jerónimo, lo ofuscó y no distinguió eso del otro milenarismo de los Santos Padres. Sin embargo, dijo “no me atrevo a condenarlo, porque hay muchísimos santos y mártires antiguos que lo han profesado”. Pero a veces le parece que es lo mismo el de Kerinthos que el de los Padres antiguos. Ya veremos eso. “Este doctor de Boston refuta con eficacia por cierto una secta que se llama “Dispensación” o “Pre-milenio”—este término es confuso—muy propagada en los Estados Unidos, según dice, por una Biblia comentada por un tal Dr. Scoffield. Es simplemente una especie de milenarismo carnal, esta secta de la “Dispensación”, la cual fue refutada en el s. IV por San Agustín y San Jerónimo. Extraña reviviscencia. No interesa la fácil refutación de esa secta, perfectamente extravagante, mas el autor para refutarla se va al otro extremo: a-milenarismo, como él dice, o sea, alegorismo. Ignora que puede existir, y existió de hecho, existe y existirá, un milenismo espiritual, el de los Santos Padres. Al final, por una salvedad de paso, reconoce que el milenismo de los Padres no es lo mismo que esta “Dispensación” judaizante que le da tanto cuidado. Era una distinción capital que debiera haber hecho desde el principio. Pero a semejanza de casi todos los alegoristas, espera hacer caer todo milenismo atacando al milenarismo carnal, que es un herejía, es decir, una falsificación. El libro es docto y es instructivo para ver el estado miserable de la teología protestante en Norteamérica. Error capital de este Murray es interpretar las profecías ignorando que ellas pueden y deben tener dos sentidos subordinados, el typo y el anti-typo. Esto ha sido probado concluyentemente por el Cardenal Billot a principios de siglo. Por ejemplo, Murray rehace, con respecto a San Mateo XXIV el trabajo de Bossuet, al cual parece ignorar, de constatación del typo, pero Bossuet advierte que «mi interpretación no excluye un sentido más arcano» y este no sabe nada de eso, con lo cual el sermón escatológico de Cristo deja de designar el Fin del Siglo, lo que es absurdo y este suceso capital se va a la lejanía, se pierde en las brumas, se envuelve en incertidumbre, con lo cual se pueden escamotear de él sus rasgos, incluso sus esenciales, como el rasgo de la Gran Tribulación, la cual ya se verificó en la ruina de Jerusalén. Se verificó ciertamente como bosquejo de la otra.” Esto lo publicó la editorial Aurora de la calle Corrientes.

El Milenio: lo que es y lo que no es, por Jorge V. Fletscher: “Exacto como el libro de Lear, esta es un refutación de lo que llaman ellos «dispensación», que es el milenismo carnal resucitado en Estados Unidos por el Dr. Scoffield y sus numerosos secuaces. A saber: mil años de prosperidad después de la Parusía con el dominio mundial de la raza judía y la restauración del Templo y los sacrificios, o sea, la antigua y condenada herejía de Kerinthos. No tiene interés aquí. El autor deja una puerta abierta, es bautista, no tiene la inquina habitual contra la Iglesia y sabe bastante, pero anuncia vendrá un gobierno espléndido del mundo de la raza anglo-sajona, lo cual es en el fondo la misma idea que él refuta”. Refuta la teoría del dominio de la raza judía y predica el dominio de la raza anglo-sajona, que es lo mismo, es hacer una raza elegida como hacen los otros y con menos fundamento que los otros; sustituye a los judíos por los yanquis. “Quien se dedicase a leer con atención la exégesis protestante del Apocalipsis, se volvería loco, o por lo menos tarumba.”

Este es Defensores Latinoamericanos de una Gran Esperanza, se llama el autor Daniel Hammerly Dupuy, y está editado acá por esa editorial protestante de Florida, de la Provincia de Buenos Aires, y es muy interesante el libro. Es un hombre que sabe mucho y que parece argentino o chileno, que ha escrito varios libros sobre temas muy modernos como El mundo futuro, La era atómica, Gestación y nacimiento de un mundo mejor. Este autor argentino o chileno parece haber publicado varios libros escatológicos. Hasta la mitad del libro parece un autor católico porque no tiene la ojeriza protestante común contra Roma y alaba grandemente a sacerdotes y próceres argentinos y españoles, sobre todo a Manuel Belgrano. Por este libro he sabido que Manuel Belgrano, San Martín, Juan Ignacio Gorriti, Bartolomé Muñoz y otros próceres argentinos fueron milenistas, tuvieron la opinión milenista espiritual. Y después también supe que Menéndez y Pelayo fue probablemente milenista, García Tassara, Donoso Cortés y algún otro gran español de ese tiempo fueron milenistas. Cuando yo andaba averiguando por inferencias y ayudado de Ernesto Palacio, quién fue el argentino que hizo en Londres la segunda y mejor edición del libro de Lacunza, éste ya sabía que fue Belgrano directamente por sus Memorias. Por el prólogo se saca que es un argentino y del año 1816—de ahí sacamos con Ernesto Palacio y Julio Irazusta que tenía que ser Manuel Belgrano, pero resulta que ya lo sabía éste y lo sabía el P. Furlong y está en las Memorias de Belgrano. Dupuy dice “la tercera edición”, pero es dudoso. Hay una edición hecha en Cádiz en 1815 en tres tomos y una sin fecha en un tomo de 876 páginas. Que la de Belgrano es la mejor edición, no tiene duda. Al final se declara adventista, publica un notable credo de su iglesia o secta y tres ensayos sobre tres puntos principales de esa doctrina, de ese credo: sobre el deber de celebrar el día del reposo del sábado y lo horrible que es celebrarlo el domingo; segundo, sobre las setenta semanas de Daniel y su ubicación en los 2300 años que ellos dicen es el tiempo de las naciones; y tercero, sobre este mismo tiempo, que terminó en 1944, mientras que según los Testigos de Jehová terminó en 1914. Y ahora dicen los adventistas que terminó en 1948, cuatro años más tarde, no sé por qué. El credo adventista es notable… dice lo siguiente: «Creo en un Dios personal…» (éste dice que lo usan en la iglesia Adventista Argentina)… «Creo en un Dios personal, creador del universo cuyos miembros lo llaman `Padre Nuestro que estás en los cielos´ y cuya voluntad acatan como sagrada norma de conducta. Creo en Jesús como Hijo de Dios, en su Encarnación, en la Bienaventurada Virgen María, en la vida inmaculada, en la muerte, resurrección y Ascensión de Aquel a quien aceptan como Salvador, único mediador, amigo supremo, Señor y Rey. En el Espíritu Santo como tercera persona de la Santísima Trinidad, representante de Cristo en la tierra, consolador y guía. En la divina inspiración de las Sagradas Escrituras que constituyen su regla de fe y conducta» (de los adventistas). Y en materia de doctrina, su autoridad final: «En la vigencia de la Ley de Dios, los Diez Mandamientos según se grafican en el capítulo XX del Libro del Éxodo y se magnifican en la vida y enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo como expresión suprema del deber hacia Dios y hacia el prójimo. En la santidad y observancia del séptimo día de la semana, el sábado, según la disposición del Decálogo; en la creación del hombre a imagen de Dios, en su caída en el pecado y en la posibilidad de su redención; en la salvación de los hombres por la gracia de Dios que da a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en Él crea, no se pierda mas tenga vida eterna. En la conversión o transformación de la vida por la fe en Cristo, mediante el arrepentimiento del pecado, la aceptación del perdón y la recepción del Espíritu Santo. En la realidad y validez de una religión práctica basada en el amor, que se manifiesta en la vida cotidiana mediante la veracidad de las palabras, la honradez en los trabajos y negocios, el servicio admirable a favor del prójimo, en la lealtad a los principios de la verdad, en el amor y en la justicia. Que las leyes de la naturaleza fueron establecidas por el Creador y que el cristiano debe obedecerlas para conservar la salud y pureza de su cuerpo y por lo tanto debe evitar todo vicio y abstenerse del uso de bebidas alcohólicas, tabaco, infusiones que contiene alcaloide (como el mate) y todo otro narcótico, comida o bebida que perjudique la salud. En un culto espiritual que se dirige a la facultad de la mente y consiste en la lectura y explicación de la Sagrada Escritura. En la mayordomía cristiana que reconoce a Dios como dueño de cuanto existe e inspira al creyente a administrar todas las cosas para la gloria de la Divinidad, para la grandeza de la patria y para el bien del semejante. En la Iglesia guiada por el Espíritu Santo y dirigida por los pastores, ancianos y diáconos, hombres casados, elegidos por la congregación, quienes tienen la misión de dirigir el culto, guiar a los fieles y asistirlos. En los ritos del bautismo, la comunión o cena del Señor, la consagración del matrimonio, la imposición de las manos y el ungimiento de los enfermos, como solemnes ceremonias conmemorativas, o simbólicas de las gracias recibidas por la fe. En el bautismo por inmersión, en el Segundo Advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo en gloria y majestad, en el estado inconciente de los muertos y la resurrección de la carne, ocasión en que los piadosos recibirán la vida eterna y los impíos, después de juzgados, serán eliminados para siempre.» Estos no admiten el infierno, sino que dicen que Dios va a aniquilar a todas las almas del mal. Que al fin de los tiempos Dios establecerá en este mundo un reino de justicia, paz y gozo inefables, como morada de los redimidos, que el universo se verá libre para siempre de todo rastro de mal gracias al triunfo sempiterno de Dios. Les llamo la atención sobre estas generalizaciones porque estos introducen en el Apocalipsis sentidos raros, por ejemplo, encontrar allí al Sumo Pontífice.

Mucho más importante que las tergiversaciones, son las evasiones, porque se dan en los autores católicos. La evasión del Apocalipsis consiste simplemente en sustraer su carácter profético, lo cual se puede hacer de tres maneras: primera, ya mencionada, los que niegan haya profecía porque niegan haya milagros porque niegan al Autor de los milagros. Dejémoslos, porque si las profecías son delirio, como dice el apóstata Alfred Loisy, entonces todas estas conferencias son palabras de loco. Entre nosotros salió hace poco un librito de esta laya: El nuevo cristianismo del sacerdote apóstata Miguel Machalino, publicado por la revista “Siete Días” en su nº 94: niega todos los milagros mayores de Cristo, dejando sólo los que se pueden hacer, según él, por sugestión, que son obra del amor. En consecuencia desaparece la concepción virginal de Cristo y su Resurrección. En consecuencia el nuevo cristianismo que nos predica consiste en la desaparición del cristianismo. La segunda manera es contender que el Apocalipsis es una profecía, pero una profecía ya cumplida. Hemos visto como el gran Bossuet se escapa raspando de esta impiedad, o digamos, error; pero no escapa ni Grotius, ni Baltasar de Alcázar, a quien Grotius o Grossio siguió, ni Renán que estropeó a Bossuet, ni muchísimos otros comentadores actuales. En ese caso el Apocalipsis es un libro que a nosotros no nos sirve absolutamente de nada: ya pasó. Y los grandes doctores del pasado, como San Agustín y Santo Tomás, tendrían que haberlo visto y dejado simplemente de lado. La tercera manera más peligrosa, es decir, que es profecía, pero profecía en sentido amplio. ¿Y qué es profecía en sentido amplio? Es una profecía que no es profecía. Es, por ejemplo, un poema filosófico acerca de las persecuciones de la Iglesia, como define el Apocalipsis el P. Ernesto Alló, dominico, autor del comentario más considerable que existe, un libro muy científico, muy erudito y muy pernicioso, seguido por innumerables exégetas, entre otros, el poeta Claudel, el P. Bonsirven y el P. Martindale. En el Gran Comentario Católico a la Sagrada Escritura, le encargaron el comentario al Apocalipsis al P. Martindale que era un famoso jesuita, pero famoso como ensayista y novelista, no es exégeta; y hace una interpretación enteramente aburrida e inaceptable del Apocalipsis. El resumen de este mamotreto empachado y dañino—es decir, me refiero al libro del P. Alló—es hacer al Apocalipsis una profecía intemporal, profecía sin tiempo, o sea abstracta, o sea una especie de poesía filosófica y extravagante de la persecución en general y en abstacto. Y eso para conservar del libro, dice él, su carácter profético. Hace todo lo contrario: Renán es más lógico al decir que son delirios.

Como en otro lugar hemos de hablar de Alló, mencionemos a su mayor discípulo, el P. Joseph Bonsirven S.J. Bonsirven es un judío converso muy docto en antigüedades judaicas, que publicó en 1951 un comentario al Apocalipsis en la colección católica Verbum Salutis, en París. Cuando leí el libro me quedé helado viendo que tenía aprobación eclesiástica del Rector del Instituto Bíblico de Roma, siendo que es un libro que se debería prohibir, lejos de aprobar. Saquea a Bossuet, entremezcla disparates propios, es incoherente y para colmo es oscuro, interpeta alegóricamente o bien literalmente según se le antoja. Por ejemplo, las tres ranas del capítulo XVI son demonios. En fin, no hay tiempo; leeré mi nota en la tapa y después de leerlo, como verán ustedes, una nota bien desahogada: “Este libro no es una disertación, es una diarrea. El P. Alló, su maestro, tocado de racionalismo, evacúa al Apocalipsis de su carácter profético y lo convierte en una especie de gran poema alegórico sobre la filosofía de la historia, nominalmente sobre las persecuciones de la Iglesia, así en general. Mas este desdichado lo convierte en un centón de enigmas extravagantes sin otro contenido que éste: la Iglesia será perseguida, los fieles serán premiados y los malos serán castigados. ¡Valiente revelación! Y el título del libro es “Revelación de Jesucristo”. Y estos enigmas estrafalarios del libro, para mejor, son incoherentes, son inconsistentes, son contradictorios entre sí. El autor parece atacado de fiebre y su exégesis es un sueño de enfermo. Si este método, o ausencia total de método, aprobado por el rector del Biblicum, fuese lícito, ¿en qué deviene la Sagrada Escritura? Un libro ininteligible, al cual se le puede hacer decir lo que se quiera, un libro in-importante donde no se puede conseguir ninguna certidumbre, un libro de literatura fantasmagórica e incluso amente (“Ezequiel fue un demente” dice Carlos Jaspers); en suma, una lección de fábulas que ni para los niños sirve.”

El Cardenal Newman dijo sensatamente que si la Escritura Sacra tiene cien significados, entonces no tiene ningún significado, que es lo que dice de otro modo el Papa Pío XII en su encíclica Divino Afflante Spiritu donde recomienda se abandone la interpretación alegórica y se busque primero de todo el sentido literal, como dice San Agustín también y Santo Tomás. Baste estos dos ejemplos de los “evasivos”, o sea de los que despojan al libro de la revelación, de lo más importante, o digamos, de lo único que tiene. En el libro, hay una maldición contra estos, al final. Al principio, hay una bendición: “Bienaventurado los que leen las palabras de esta profecía y cumplen lo que de ellas se desprende”. Mas al final San Juan dice: “Ninguno sea osado en añadir ni quitar nada de la profecía de este libro. Si alguno añadiere algo, añadirá Dios sobre él todas las plagas que están aquí escritas. Y si alguien quita de las palabras de libro de esta profecía, Dios le quitará su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa que están descritos en este libro”.

Y respecto de estos, no hace falta añadir más nada.

Nada más.
* * *
CUARTA CONFERENCIA
(28 de junio de 1969)


Los Septenarios o Series de 7 de la profecía – Las siete iglesias - Carácter de los otros Septenarios
Los Cuatro Caballos simbólicos: Monarquía Cristiana, Guerra, Hambre y Persecución
Las siete plagas
Señores y Señoras:

En la conferencia anterior hablamos de lo externo del Apocalipsis, autor de, alrededor de, como dicen los franceses, que es más facil. Hoy vamos a hablar de lo interno, del contenido del Apocalipsis que es más difícil. Hablamos sobre la evolución de la interpretación del Apocalipsis que tal vez interesa más a los especialistas que a nosotros, pero puede servir para ir adelantando ya cosas del interior, o sea cosas sobre el mismo texto del Apocalipsis. Después hablé de las desviaciones, sobre los tergiversadores y evasores y también hablé sobre el arte del Apocalipsis, es decir las construcciones artísticas con respecto al libro—y son todas cosas alrededor del libro, no de adentro del libro.

Me olvidé de hablar de una realización artística argentina, de Víctor Delhez que hizo una especie de planchas grandes de más de medio metro de alto sobre las escenas del Apocalipsis; hizo por lo menos treinta planchas grandes que no las publicó hasta ahora. Son muy hermosas porque es un gran grabador, es decir xilógrafo. Las expuso en Mendoza y después las expuso aquí en Buenos Aires, después en Nueva York y no consiguió venderlas porque nadie quiso le dar el dinero que él pretendía por esas obras. También hizo un contrato con Kraft para publicar una edición del Apocalipsis, de esas lujosas que hacen, pero al final no se llegó a nada por lo mismo, porque no convinieron en el precio.

A pesar de que la interpretación ha progresado mucho, quedan muchas cosas oscuras. Por ejemplo, al llegar al Milenio—lo veremos en la clase próxima—un gran doctor dice: “Lo que es el Milenio, lo sabremos cuando se cumpla”. Pero por lo menos podemos saber lo que no es el Milenio, porque ayer leí un libro muy campanudo, un libro lujosísimo editado hace pocos días el que habla del Milenio y dice un error fenomenal, dice lo contrario de lo que es el Milenio; dice “los milenistas dicen tal cosa” y es lo contrario lo que dicen los milenistas. Ya lo veremos más adelante.

El Apocalipsis es como la ampliación de la profecía de Cristo sobre su Segunda Venida. No es de estilo directo, sino simbólico. Por eso los grandes Padres llaman al capítulo XXIV de San Mateo “apocalipsis abreviado”. Mejor se podría decir que el Apocalipsis es un San Mateo ampliado, es el discurso escatológico ampliado, ampliado y añadido.

El libro está dividido en 22 capítulos, una división reciente, del s. XV, y artificial. San Beda el Venerable lo había dividido en siete partes. Yo conté simplemente las distintas visiones, o cuadros, o estampas y después encontré que lo mismo había hecho un antiguo Primatius Latinus. Las visiones son las siguientes:

Mensajes a las siete iglesias.
Visión del libro y del Cordero.
Visión de los siete sellos.
Signación de los 144.000 elegidos.
Visión de las siete tubas.
Visión del libro devorado.
Visión de la medición del Templo.
Visión de los dos testigos.
Visión de la séptima tuba, y
Visión de la mujer coronada.

Estas diez primeras visiones son más históricas que escatológicas, es decir, se refieren a sucesos que no son todavía el fin. Las siguientes son escatológicas, es decir, referidas directamente a los Últimos tiempos, y son también diez:

Visión de las dos fieras.
Visión de las vírgenes y el Cordero.
Visión del Evangelio eterno.
Visión del segador sangriento.
Visión de las siete fialas.
Visión de la gran ramera.
Visión de su caída.
Visión de reino milenario.
Visión del juicio final, y
Visión de la Jerusalén triunfante.

Ahora para la mejor exposición de estas clases, conviene dividir el Apocalipsis en tres partes. Hay que ocuparse primero de los Septenarios, después ocuparse del Anticristo que es como un pivote central y después ocuparse de las últimas grandes visiones que son netamente escatológicas, es decir, que sin ninguna duda refieren a los Últimos tiempos.

Los Septenarios. Son series de siete que se suceden con esta peculiaridad: que el profeta relata hasta el número seis y allí se detiene, el séptimo es siempre la Parusía. La marcha del Apocalipsis es más bien espiraloide, no es directa y tampoco es concéntrica, es más bien como un espiral, va avanzando lentamente con avances y retrocesos. El séptimo es siempre la Parusía; vuelve atrás: a eso llaman recapitulación que es peculiar de este libro y así fue notado desde el principio por Tertuliano, Tyconio y San Agustín. Se puede decir que San Juan da seis pasos y al llegar al séptimo retrocede cinco.

Vamos a ver de este libro, el significado de los cuatro Septenarios de diversa interpretación. Y digo “nuestra” y no mía porque es la interpretación de los Santos Padres. Las Siete Iglesias es el primer Septenario. Son siete tramos del camino de la Iglesia hasta su final. Esta interpretación es probable solamente pues muchos la rechazan entre los protestantes y entre los modernos. Los siete sellos, que es el segundo Septenario, viene después. Representan el auge del cristianismo y su caída, en el tiempo negro, “kali-yuga” que dicen los hindúes, es decir “el descenso”—hay un ascenso y un descenso, un descenso muy largo próximo a la Parusía, el tiempo negro. Esta exégesis me parece indudable, por los Santos Padres y por el texto mismo. Hay cosas que ya son seguras, en el Apocalipsis, y hay cosas que son probables y hay cosas que son conjeturas. Yo les voy a indicar la calificación de cada cosa que diga. Después viene las siete trompetas o tubas. Según todos los Santos Padres, son herejías. Ellos las aplican a las herejías de su tiempo, o hasta su tiempo; y nosotros también. Pero en nuestro tiempo ya han aparecido muchas otras herejías nuevas que no existían en tiempos de San Agustín. Esto es discutible: no que sean herejías, porque no pueden ser otra cosa, sino que por ejemplo, que la tercera sea el Cisma Griego, que la cuarta sea el Protestantismo, la sexta, la herejía actual o modernismo. Las últimas son las siete plagas, el último Septenario. Son castigos de Dios o calamidades de los últimos tiempos. Estas son muchas más riesgosas, excepto la primera que es segura.

Ahora, voy a ir viendo los cuatro Septenarios con la interpretación que yo le di en un libro sobre el Apocalipsis, que a veces es segura y a veces es probable, solamente discursiva, argumentativa.

El primero son las siete iglesias. Son siete mensajes de alabanza, admonición y amenaza que el profeta dirige a siete iglesias del Asia: Éfeso, Esmyrna, Pérgamo, Thyatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea. Probablemente San Juan Evangelista era el Primado de esas siete iglesias, el Arzobispo digamos, porque él residió en Éfeso con la Santísima Virgen, a la cual recibió después de la muerte de Cristo; y murió en Éfeso, a los setenta y dos años, según dice la tradición. Ahora bien, estas cartas son símbolo profético de la historia total de la Iglesia en siete épocas, dicen intérpretes tan grandes como Alberto el Magno, Hozhauser y Billot, y muchos otros. Pero otros los contradicen acerbamente, como (inaudible), Swift y Alló. Las dos partes defienden su opinión con argumentos fuertes; yo no me voy a meter a dirimir su disputa, que cada uno abunde en su sentir. Yo personalmente prefiero la primera opinión y expuse mis razones y su aplicación a las siete épocas de la Iglesia en mi libro sobre el Apocalipsis.

Por ejemplo, acá está, les voy a leer el texto de… por lo menos los primeros para que vean cómo se pueden aplicar a una época de la Iglesia. Por ejemplo, “Al ángel de la Iglesia de Éfeso, escríbele”—es la primera iglesia:

“Esto dice
El que tiene las siete estrellas en su diestra
Y anda en medio de los siete candelabros
De oro.”

Primero viene siempre una alabanza de Cristo, unos epítetos o cualidades. Esto dice:

“Sé tus obras y tu labor y tu paciencia
Y no puedes aguantar a los malos
Y probaste a los que se dicen ser Apóstoles
Sin serlo
Y los encontrase embusteros.
Y tienes paciencia
Y aguantaste por el nombre mío
Y no defeccionaste.”

Esta es la alabanza, y después viene el reproche.

Pero tengo contra ti alguito:
Que la caridad tuya de antes has dejado
Ten memoria pues de donde surgiste
Y conviértete
Y haz (de nuevo) tus primeras obras.
Si no, yo vengo contra ti
A trasladar tu antorcha de su lugar
Si acaso no te conviertes.
Pero tienes en tu pro esto
Que odias las obras de los Nicolaítas
Como yo las odio.”

Este sería el primer tiempo de la Iglesia, antes de las persecuciones romanas, Iglesia más bien judía y griega. Y con todas las cosas que le dice, las obras, toda su labor y su paciencia—porque fue riquísima en obras la Iglesia primera de todas—“no puedes aguantar a los malos y probaste a los que se dicen ser Apóstoles”, porque aparecieron falsos apóstoles como Simón el Mago, “los encontraste embusteros. Y tienes paciencia”, porque habían dejado los martirios ya, “Aguantaste por el nombre mío y no defeccionaste. Pero tengo contra ti alguito: Que la caridad tuya de antes has dejado”. Se resfrió la caridad: primero los fieles ponían todos sus bienes en conjunto para que sirviesen a la comunidad, a la iglesia, y después empezaron a aflojar en esto—ya se ve en el episodio de Ananías y Safira—ya se ve que ya empezaron a trampear y a quedarse con los bienes, la caridad eximia y heroica de los primeros cristianos defeccionó rápidamente. “Ten presente de dónde caíste”—se cayó nada menos que de Cristo, porque la Iglesia fue fundada por Cristo y los apóstoles—“Conviértete, y haz de nuevo tus primeras obras; si no, yo vengo contra ti a trasladar tu antorcha de su lugar, si acaso no te conviertes”. Cuando una época se corrompe, decae, una iglesia, como dice acá, Cristo le avisa, la amenaza, y después retira el candelabro y lo lleva a otra época. Eso ha pasado continuamente en la historia de la Iglesia. Se han perdido regiones enteras de la Cristiandad y después ha surgido el candelabro en otra parte.
“Pero tienes en tu pro esto, que odias las obras de los Nicolaítas como yo las odio.” Aquí se refiere a una herejía, la primera herejía, del diácono Nicolás, nombrado diácono por San Pedro para distribuir las limosnas, fundó una herejía muy curiosa y en seguida aparecen en las obras de San Juan Evangelista, van a ver que existen los Nicolaítas. “El que tenga oídos oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias. Al vencedor le daré de comer del Árbol de la Vida que está en el Paraíso de Dios”. Al final siempre hay una promesa: al que vence, es decir al residuo de los que se conservan buenos cuando una iglesia decae.

La segunda es Esmyrna. Cada uno de los nombres de las iglesias, las ha interpretado el Cardenal Billot y realmente parecen significar una época de la Iglesia. Esmyrna significa “mirra”, la mirra es una sustancia amarga y desinfectante que la usaban para embalsamar y curar heridas. Y esta es la época de las grandes persecuciones. Comienza con la de Nerón. “He aquí lo que dice el Primero y el Último, el que fue muerto y revivió”. Es la alabanza de Cristo. Después dice: “Conozco tu tribulación y tu miseria, pero tú eres rica; conozco la blasfemia de los que se autodicen judíos y no lo son, mas son la Sinagoga de Satanás”. Las grandes persecuciones romanas fueron instigadas, atizadas por los judíos; posiblemente la primera persecución fue producida por una judía querida de Nerón que se llamaba Popea, sin la cual probablemente Nerón ni se hubiera enterado de esa secta de los cristianos. Los romanos al principio creían que era una secta judía. “Mira, no temas lo que habrás de sufrir: he aquí que arrojaré el diablo a muchos de vosotros en prisión para que sufráis”. La prisión para los romanos significaba la muerte porque las cárceles romanas no tenían esa gran invención moderna, de la sensibilidad moderna de la cárcel perpetua. No, se entraba a una cárcel para ir a la muerte o para salir al poco tiempo. No había prisiones perpetuas, ni de quince años, ni de ocho años. Había las minas, una cosa terrible, eso sí, pero prisión no había, de manera que dice “os arrojarán en prisión” y significa “os matarán”. “Y tendréis tribulación de diez días” o sea, diez persecuciones, las diez persecuciones romanas, porque si hubieran tenido una tribulación de diez días es una cosa ridícula, no tiene ningún sentido, no se puede llamar tribulación siquiera. “Hazte fiel hasta la muerte”, ahí aparece la muerte, “y te daré la corona de la vida. El que tenga oídos que oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias. El victorioso no será alcanzado por la muerte, la Segunda”—por lo tanto los otros iban a ser alcanzados por la muerte primera, que es la muerte corporal, la Segunda es el infierno. Y así sucesivamente uno puede ir aplicando lo que dice a cada una de las siete iglesias, que no hay tiempo, y que a cada una le toca un período de la historia de la Iglesia y al llegar al final uno puede saber si está en el último o penúltimo eslabón…los primeros son relativamente fáciles, pero cuando uno ya está acercándose a los tiempos actuales, entonces es cuando se presentan grandes dificultades. Lo malo de estas precisiones es que todos los intérpretes que la aplicaron creyeron que la edad en que estaban viviendo era la última y se equivocaron; lo cual prueba cuán oscuro es el asunto, excepto el abad Joaquín de Floris que opinó su edad era la quinta.

La segunda parte de los Septenarios son los siete sellos. Los cuatro primeros sellos dan cuenta de un caballo que surge del libro—porque es un libro sellado que el Cordero le dio: Jesucristo abre personalmente este libro porque ningún otro lo podía abrir, lloraban en el cielo porque ninguno podía abrir el libro este—que es el libro de la Historia del Mundo, las profecías de lo que era la historia del mundo. Entonces, el Cordero rompe los sellos y surge un caballo gigantesco que se pierde en la lejanía: los cuatro caballos simbólicos. En esta interpretación tengo el apoyo de casi todos los Santos Padres, de manera que se puede dar por segura, porque lo que todos los Santos Padres dicen y no durante un año o pocos años, sino siempre, en mucho tiempo, esa es la Tradición de la Iglesia. La Iglesia tiene por fuentes de la Revelación, como saben, la Sagrada Escritura y la Tradición. La Tradición la rechazan los protestantes, quieren la Escritura sola. Pero la Tradición entendida de esa manera, que no es la cualquiera transmisión de conocimientos, sino que es una opinión que unánimemente los Santos Padres, o casi unánimemente, durante mucho tiempo enseñan, ahí no puede fallar, es como la Sagrada Escritura, porque Dios no permite que la Iglesia se equivoque en una cosa de doctrina y se equivocaría toda la Iglesia en ese caso. Por eso la Iglesia ha definido la Infalibilidad del Papa, la Asunción de María, ¿qué más?, la Inmaculada Concepción, que no están en la Escritura. Están en la Tradición. Y están definidas como cosa de Fe, como cosa revelada por Dios, porque siempre y en todas partes y por todos —“quod semper, quod ubique et ab ómnibus” dicen, es la regla de la Tradición, esas tres cosas han sido enseñadas, desde antiguo han sido practicadas. El Caballo Blanco representaría la propagación y auge del Evangelio, o sea un período larguísimo. El Caballo Rojo las grandes guerras que siguen a la caída de la Cristiandad. El Caballo Negro representa la carestía, hambre y miseria. El Bayo o color cadáver, la última persecución de la Iglesia, junto con todas las otras calamidades de los otros caballos. Si leen el texto verán que es muy aparente. Después del Cuarto Caballo, el pálido o cadavérico, los dos sellos que siguen apuntan claramente a la Parusía y el Séptimo liberta las Siete Tubas, o trompetas, o sea el tercer Septenario. La Quinta Tuba son los mártires que claman a Dios venganza desde debajo del altar y la Sexta es un gran terremoto, un gran clamor, que sacude los cielos, o sea, anuncia la proximidad de la Parusía. Y la Séptima—ahí retrocede, en vez de decir la Séptima es la Parusía, vuelve atrás y aparecen las Siete Tubas o Siete Trompetas.

Los Santos Padres en su gran mayoría dicen que el Caballo Blanco representa la difusión del cristianismo, lo que aparte hizo por medio del dominio de la monarquía cristiana que duró diez siglos, o doce siglos en Europa. Sobre el Caballo Blanco se sienta un monarca, un monarca victorioso, “doblemente victorioso” o “siempre victorioso” dice el— “sale vencedor y a vencer” dice el texto, y lleva en la mano un arco que alcanza lejos: la monarquía cristiana alcanzó “lejos”, porque llevó el Evangelio a Asia, a África y sobre todo a América. En otro lugar hay un caballo blanco sobre el cual cabalga Cristo; por eso los Santos Padres dicen representa la propagación y el auge del cristianismo. Y eso se hizo por medio de la monarquía cristiana: los reyes cristianos creían tener autoridad de Dios y pesar de que eran malos a veces, creían que su misión era defender la Iglesia y defender el Evangelio. Hasta que cayó la monarquía cristiana a fin del 1700 con la decapitación de Luis XVI por la Revolución Francesa. No solamente los reyes de la Cristiandad, mas aun los pueblos cristianos se tenían por misioneros. “Rey por la gracia de Dios” se llamaban los reyes y los pueblos se tenían por obligados a propagar la Gloria de Dios: en nuestros días todavía existe una copla popular española soldadesca, de los soldados, que dice:
Soldadito soy del rey
Y por el honor suspiro
Y si muero en la batalla,
Sepan que he muerto por Cristo.

[Aquí Castellani se apura y musita por lo bajo de modo que no estoy seguro, pero parece decir algo así como “Yo la he de tararear cuando muera por Cristo ¿no?”. He pasado y repasado la grabación una y otra vez, pero no estoy seguro. Sin embargo, me siento obligado a incluir este inciso].

Esta explicación del Corcel Blanco es lugar común entre los exégetas, por eso yo la doy como segura a esta interpretación de los cuatro caballos. Los dos caballos siguientes son símbolos suscitados en la Escritura de la Guerra y la Carestía. Al caer la Cristiandad Europea que duró doce o diez siglos, desde Constantino hasta la Revolución Francesa; algunos dicen que duró desde que San Remigio bautizó a Clodoveo y lo hizo Rey de Francia hasta que los ingleses le cortaron la cabeza a Carlos I, que fue el precedente de la Revolución Francesa—dicen que ese es el tiempo de la Cristiandad. Es lo mismo, más o menos, diez o doce siglos: mucho tiempo duró en Europa la Cristiandad. Las guerras adquirieron mucha más extensión, ferocidad y continuidad y la secuencia de las guerras es la escasez y el hambre, como vemos incluso hoy día: nunca ha habido tanta hambre en el mundo como después de esas dos Grandes Guerras que hemos tenido, que hemos visto.

El Quinto Sello muestra a los mártires debajo del Altar que claman a Dios venganza, porque los enterraban bajo los altares a los mártires, de tal manera que aún ahora no se puede decir misa si uno no tiene el ara, donde hay reliquias de santos o de mártires. De manera que el profeta ve a los mártires debajo del Altar pidiéndole a Dios que vindique la sangre que han derramado y Él les ha dicho que esperen hasta que se cumpla el número de sus compañeros que tienen que morir todavía—en el final.

En el Sexto se produce un gran terremoto, clamor y perturbaciones en el cielo y un gran pavor en el mundo. “Porque ha llegado el Día Grande de Su Ira ¿y quién podrá sostenerse?” dice el texto. La regla de siempre: que al llegar a la Parusía, retrocede. De modo que vuelve atrás y empieza con el Septenario siguiente, el tercero, que son las Tubas, las trompetas.

De modo que en nuestra interpretación los sellos cubren toda la historia, desde el Cristianismo hasta la Parusía, mas el Séptimo Sello produce en el cielo un rato de silencio y después aparecen siete ángeles con siete tubas, Tercer Septenario. No es fácil decir qué significa esa media hora de silencio. Puede ser un breve período de paz y prosperidad antes de la catástrofe. 30 años, puede ser una generación; pero no se sabe bien lo que significa esa media hora de silencio misteriosa que se produce en el cielo antes de la Parusía.

Las Siete Tubas están divididas en 4 + 3. Lo mismo que las otras dos septenas anteriores (las Plagas en cambio están divididas en 5 + 2). Las cuatro primeras Tubas o Trompetas, literalmente tomadas son catástrofes tan tremendas que no quedaría un hombre vivo sobre la tierra, desde la primera de ellas. “Tuba” es un instrumento músico que es una palabra castellana, latina, pero se usa en música y que es una trompeta muy larga y delgada con una boca en la punta que usaba el bramán: la tuba. De donde no se puede interpretar en literal crudo: por ejemplo, la primera vez que cae granizo con fuego mezclado con sangre sobre la tierra y devasta la tercera parte de la tierra. Literal crudo: no se pueden interpretar ciertos textos así, crudamente, deben tener otro significado simbólico. San Agustín dice que hay que interpretar literalmente la Escritura, menos cuando no se puede. Literal crudo, sería por ejemplo si en el Génesis donde dice que Dios hizo abrigos de piel a Adán y Eva, interpretamos que Dios agarró una tijera y una aguja y les cosió el vestido a Adán y Eva. No se puede interpretar así, entonces hay que interpretar que Dios los inspiró o les enseñó a matar animales, sacarles las pieles y hacerse vestidos. De manera que en el Apocalipsis hay que interpretar literalmente mientras se pueda, cuando no se puede hay que ver los signos, descifrar los símbolos. Lo que no hay que interpretar es alegóricamente, ya el Papa Pío XII dijo “no interpreten alegóricamente la Escritura”. Alegóricamente uno puede interpretar lo que quiera, de cualquier cosa puede decir cualquier otra cosa, como dice San Basilio.

¿Qué son estas trompetas? Los Santos Padres dicen que son herejías, las cuales producen las variaciones de las épocas en la historia, los cambios de frente, como si dijeran, así como las trompetas producen las variaciones de los ejércitos, como cuando una trompeta hace cambiar de frente a un batallón, por ejemplo. Y esos son cambios de frente; todos los cambios de frente de la historia, que los clasifican en historia contemporánea, media, antigua, actual, todo eso, son originados por una herejía. La Religión preside todos los movimientos de la humanidad, de manera que las herejías son las que hacen cambiar de marcha a la humanidad. Así pues yo tomé la historia de las herejías por Hilaire Belloc y las apliqué a estas grandes calamidades y concuerda bastante bien. La primera Tuba, que cae granizo con fuego mezclado con sangre sobre la tierra, sería el Arrianismo con las invasiones de los Bárbaros. Con las invasiones los Bárbaros mataron a muchísima gente—una cosa increíble, cuando el Imperio Romano no podía contenerlos. Solamente yo cambié en Belloc… él pone la herejía de los Albigenses, yo lo cambié y puse en su lugar el Cisma Ruso, porque los Albigenses no fueron propiamente una herejía, fueron una especie de movimiento de rebelión social y política parecido al comunismo actual, muy parecido al comunismo actual. De manera que no variaban el dogma de la Iglesia y cambiaban uno de los artículos, por ejemplo la divinidad de Cristo y decían “eso no” y ponían otro. A rajatabla cambiaron y despedían todo el dogma de la Iglesia, diciendo que había dos dioses, uno del bien y otro del mal, y que los cuerpos los había hecho el dios del mal, o sea el demonio y que las almas las había hecho Dios y que por eso—sacaban una cantidad de conclusiones increíbles y horrendas de esa doctrina: condenaban el matrimonio, condenaban comer carne y una cantidad de cosas así.

La Segunda que es un monte ardiente que cae en el mar sería el Mahometismo. El Mahometismo inmediatamente que nació empezó a hostigar en el Mar Mediterráneo a los pueblos cristianos. Fue una calamidad para la tercera parte de los pueblos cristianos. Cada una de estas calamidades afecta a la tercera parte de los hombres, dice el Profeta.

La Tercera, que es una gran estrella del cielo que cayó en los ríos sería el Cisma Griego. “Envenenó los ríos” porque el Cisma envenenó los ríos pero no quitó—no quitó el dogma. No modificó en nada el Dogma Católico, de manera que no es teología, pero envenenó al pueblo ruso: habiéndose separado de la obediencia de Occidente empezó a crecer una religión supersticiosa, llena de supersticiones, llena de adscripciones, de sumisión al Zar, de manera que dice el Profeta que los ríos envenenados no mataban, pero producían enfermedades a los que tomaban agua de allí.

La cuarta que es oscurecerse el sol, la luna y las estrellas en su tercera parte, sería el Protestantismo. Este sí que oscureció la doctrina; el sol significa la doctrina en la Sagrada Escritura, las estrellas significan los grandes doctores: el profeta Daniel explícitamente llama a los doctores estrellas del cielo. Cayeron una gran cantidad de doctores: fundaron el protestantismo grandes doctores, teólogos como Lutero, Zwinglio, Calvino, Melanchton y Knox en Inglaterra—eran doctores, eran estrellas—cayeron a la tierra y oscurecieron el sol.

Estas cuatro calamidades afectan la tercera parte de la tierra, el mar, los ríos y el cielo. Producen grandísimas destrucciones y muerte, mas las tres tubas que siguen se llaman los tres “¡Ayes!”. “Ay, ay, ay, de los habitantes de la tierra” (Apoc. VIII:13). Son anticipaciones del fin, son universales, los anteriores han sido parciales, la tercera parte.

La Quinta Tuba. Es la plaga de las langostas que surgen del abismo. El ángel del abismo abrió una especie de gran cobertura y del abismo surgieron unas langostas monstruosas que dicen que representan la herejía llamada Iluminismo o Enciclopedismo, que viene después del Protestantismo, siglos XVII-XIX, inspirada por el Protestantismo, ciertamente. Las langostas del abismo tienen una facha monstruosa, que no se puede pintar, pero cada uno de sus rasgos, rostros de hombre, cabellos de mujer, corona de oro falsificado en las cabezas, dientes de león, corazas como de hierro, unidos como un escuadrón de tanques (o sea los caballos aparejados para la guerra de los antiguos), cola de escorpión, límite para dañar a los hombres durante cinco meses. Cada uno de estos rasgos se puede interpretar bien de la falange de impíos, encabezados por Voltaire, que justamente en Francia lo llamaban el rey Voltaire, “le roi Voltaire”. Estas langostas tienen coronas en la cabeza: el inmenso prestigio que empezó a dar la literatura a los que se dedicaban a la literatura en ese tiempo, los llamados “filósofos” que atronaron al mundo desde antes de la Revolución Francesa. ¿Y cuánto duró el predominio de esta herejía? El mismo tiempo que duró la libertad de prensa, porque los diarios son las alas de estas langostas. ¿Y cuánto duró la libertad de prensa? Desde la Revolución Francesa hasta la Gran Guerra Segunda, 150 años. “Les fue dado torturarlos durante cinco meses de años”, o sea 150 años. Los hebreos no tenían esa declinación latina de siglo y medio siglo. Para decir “muchos años” usaban la semana o el mes o el día. Por ejemplo, las setenta semanas de Daniel son setenta semanas de años, como se ve claramente. O bien a los años les decían un tiempo, dos tiempos y medio tiempo, como dice el Apocalipsis. De manera que aquí “cinco meses de años”, 5 x 30 = 150 años, es muy poco tiempo. Es el tiempo que duró la libertad de prensa. Y la prensa representa las alas de estas langostas porque las esparcía por todo el mundo; porque esta es una plaga total, es universal, de todo el mundo, no de una tercera parte del mundo. 1789-1939 son 150 años justos. La Revolución Francesa desató la libertad de prensa: antes de eso no había libertad de prensa: ustedes saben las tribulaciones que pasó Voltaire, tuvo que refugiarse en Suiza, en Fernet, porque lo perseguía la justicia del Rey por las obras que escribía, anduvo vagando por toda Francia hospedado por los nobles amigos de él, porque también en Ginebra que era su patria lo desterraron, lo condenaron a muerte por un libro de él, de manera que no había libertad de prensa. Después de la Revolución Francesa pudo dedicarse a—pero después de esta Guerra última, ¡se acabó la libertad de prensa! Hoy día no hay libertad de prensa, son cuentos. Los grandes diarios dependen del capitalismo, dependen de los avisos de los que aportan capitales, préstamos y todas esas cosas y los diarios chicos en cuanto se descuidan los prohíben, los cierran, porque los gobiernos… los gobiernos, cuando un diario realmente molesta al gobierno, lo corta simplemente, como cortó acá dos o tres “Tía Vicenta” y esos. Se acabó la libertad de prensa cuando se acabó, cuando empezó la Guerra Mundial Segunda con la tremenda censura que hicieron todos los gobiernos y que ha continuado solapadamente hasta nuestros días. Pueden reírse de esto, pero si las tubas representan a las herejías, esta no puede ser otra herejía y según los Santos Padres representan a las herejías y no se ve qué otra cosa podría representar. San Agustín también las interpretó así y nombró las herejías de su tiempo; añadamos que Lacunza juzgó que esta herejía, el filosofismo, o el enciclopedismo, o iluminismo, o deísmo, como quieran, que había en su tiempo, era el comienzo de la religión del Anticristo. Lacunza, en medio de cosas simplistas o extravagantes, tiene notables intuiciones.

Antes de la Séptima Tuba que significa literalmente la Parusía…¿Por qué hace esto San Juan, por qué retrocede antes de la Parusía? Me parece que el tema principal de su libro y el foco de su profecía es la Parusía: así, él toma un aspecto de la historia de la religión y lo va persiguiendo hasta llegar al fin y entonces allí corta, porque hay otros aspectos. Él ilumina alrededor de la Parusía—ilumina los aspectos alrededor de ella, como si dijéramos por facetas; si no, se liquidarían enseguida las profecías, si fuera a seguir los siete sellos hasta el fin, pone las grandes visiones del Anticristo y eso—se acabarían en un momento las profecías y quedarían sin ilustrar muchas otras cosas que acompañan estos sucedidos, estos hechos. Antes de la Séptima Tuba que significa literalmente la Parusía, la Sexta Tuba prenuncia algo todavía más monstruoso que las langostas: hay una guerra mundial, movida por los reyes del oriente, con un ejército de 200 millones de soldados, armados de un modo que realmente recuerdan los ejércitos actuales, principalmente los carros de guerra o tanques artillados. Y el profeta dice que es un ejército ecuestre, es decir montado, no es infantería: Carlos de Gaulle en tres libros que escribió sobre la guerra moderna dictaminó que las próximas guerras serían motorizadas, una nueva especie de caballería, que son los caballos de acero que uno ve en la actualidad. La infantería va a servir para ocupar territorio ya ganado al enemigo pero no va a servir para dar batalla o para hacer trincheras, eso se acabó: ahora son los tanques los que van a hacer la guerra. Los intérpretes antiguos no daban pie con bola aquí, un ejército de 200 millones era un imposible y un moderno, el P. Alló, dice que son todos los demonios del infierno (no hay que confundirlo con Ernesto Hello que es un gran escritor francés). Alló en un dominico que escribió un comentario sobre el Apocalipsis, muy malo me parece a mí, que lo voy a tener que citar muchas veces porque es autorizadisímo, lleno de erudición, y él al llegar aquí dice que son los demonios del infierno. Pero nosotros sabemos más: un ejército de 200 millones no es imposible, la China sola puede hoy reclutarlo; y su armamento que parece fantástico, “caballos con armaduras ígneas color acero y las cabezas que arrojan fuego, humo y azufre” recuerdan singularmente los modernos tanques de guerra. La Séptima Tuba, como dije, habla directamente de la Parusía sin género de duda.

El último Septenario son las Siete Fialas o bocales de la ira de Dios. “Fiala”, del latín, significa un frasco de boca ancha, de cuello estrecho, con asa o sin asa. De manera que yo en mi libro puse mal, puse redoma o vaso—redoma no es, la redoma es otra cosa, es una especie de alambique y “vaso” es demasiado general. La traducción exacta es “bocal”, con “b” larga que no usamos nosotros mucho. Los siete bocales de la ira de Dios, que están puestos después de la pintura del Anticristo y San Juan los llama, los últimos castigos. Es fácil de ver que se tratan de castigos de Dios a los incrédulos y pecadores, pero no es fácil determinar en qué consisten concretamente. El primero ha sido interpretado por los Santos Padres, los demás no. El primero es la sífilis. El profeta dice “una llaga fea y vergonzosa en los hombres que han cedido al Anticristo”, o “que han tomado la marca del Anticristo. Los autores traducen diferentemente este texto, pero hay muchos Santos Padres que han visto en estas llagas una relación con el sexo, yo no sé por qué. Otros han dicho que eran hemorroides. La sífilis no la conocían los antiguos, no era endémica como entre nosotros, ni sabían que era una enfermedad especial, no sabían el origen, no sabían la causa. De manera que algunos Santos Padres dicen que van a ser tumores y otros dicen que serán hemorroides. El latín “ferum et foedum” alude a una enfermedad horrible y pésima y el texto griego dice “ponerón”, es decir, maligno y doloroso, una enfermedad maligna y dolorosa.

Las otras fialas las he fijado yo con poca ayuda de la tradición, fijándome en los grandes males que aquejan al mundo de hoy por culpa de los hombres mismos, pues los castigos de Dios suelen ser las consecuencias de los desórdenes humanos, que Dios no anda armado con un palo matando a los que lo desobedecen: es el orden moral sobre el cual está sólidamente fundada la tierra el que castiga, automáticamente a veces, a sus transgresores. Enumeraré simplemente lo que parecen representar estas calamidades monstruosas antes de la Guerra de los Continentes, porque después de este Septenario el profeta vuelve, en la Sexta Fiala, sobre la Guerra de los Continentes de la cual ya ha hablado en la Sexta Tuba. Primera, está dicha, enfermedad venérea. Segunda, el mar se vuelve como sangre muerta, el Ángel volcó su bocal “en el mar, y se volvió sangre como de un muerto” dice el texto: la descompostura de las relaciones internacionales, lo que dijo Cristo, “se levantará nación contra nación y se tendrán odio mutuamente”. En efecto el mar, por medio del comercio, es el soporte de las relaciones entre las naciones apartadas—después de inventados los barcos, el mar no separa las naciones sino que las une, por medio del comercio se propagó la civilización en todo el Mediterráneo y después, más allá. Ahora es el aire, diríamos ¿no?, pero en ese tiempo era el mar el que unía a las naciones. De manera que envenenarse o volverse sangre el mar, puede querer decir que las relaciones internacionales se van a ensangrentar. Tercero, los ríos y las fuentes se volvieron sangre: es el envenenamiento de las fuentes de la cultura. En esto coincidimos con varios exégetas actuales. Anteayer salió la noticia de que el Rin había sido envenenado por un insecticida—¿es eso? No, no es eso, aunque podía ser una figura de la tercera plaga. No es eso, porque eso no afecta a todo el mundo, ni dura mucho. Ahora, los ríos y las fuentes para los antiguos eran figura de la cultura, porque todos tienen que tomar eso… la fuente Castal para los Griegos era la inspiradora de la poesía, de manera que la cultura hoy día—estamos viendo cómo se envenena hoy día la cultura, porque estamos viendo algo parecido a lo que decía Tácito en tiempo de la corrupción del Imperio Romano, que decía “corromper y ser corrompido, a eso llaman cultura”. Cuarto, “fueron quemados los hombres por fuego y calor excesivo”: es la tortura de la llamada “Ciencia”, o sea la técnica, pues es sabido que del sol proceden todas las fuerzas que usan actualmente los aprendices de brujo, para ir a la luna por un lado, y para matar hombres, por otro. Y para tener al mundo atormentado. Hoy salió en el diario que la televisión en colores, en norteamérica, difunde unas radiaciones que hacen daño a la salud, de manera que tres millones de televisores de los quince millones que hay en norteamérica los tienen que tirar, los tienen que romper y comprar otro, o mandarlo a la fábrica que les mande otro, que se lo cambien—de manera que eso es atormentar a la gente porque ahora con el susto que se habrán llevado todos van a tener miedo cuando tengan televisión de que no les mande nuevas radiaciones venenosas. La Quinta, “la sede de la Bestia se volvió tenebrosa”. Así tropezamos con una gran autoridad: Santo Tomás. Dice que la sede de la bestia es el poder político y que el poder político ande hoy en medio de tinieblas no me parece muy difícil de creer. Los políticos no saben solucionar nada, solamente prometer, y los problemas del mundo se han vuelto más insolubles, se han vuelto inabarcables para la mente humana, y dice el profeta que, “se morderán la lengua de desesperación”, aunque los políticos nuestros, al revés de morderse la lengua, la sueltan, porque no paran de hablar, de hablar, de hablar. La Sexta, el Ángel vuelca su copa sobre el gran río Eufrates y lo seca para abrir camino a los reyes de oriente. Me parece transparente este signo. El Eufrates era el límite que dividía el oriente del Imperio Romano, por tanto representa una gran barrera que antes defendía a Europa del Asia, o sea, de lo que actualmente llamamos “el peligro amarillo”.

Los diarios están repletos de noticias sobre la intranquilidad del mundo y lo que suscita esa intranquilidad es el Oriente: China, el comunismo, Rusia, el Vietnam. Antes de la Gran Guerra de Oriente contra Occidente, el profeta dice una cosa chusca: ¿se llevará a cabo esta guerra o se prepararán solamente los hombres para ella? No se sabe, es decir, parecería que se llevaría a cabo pero un gran intérprete que es el novelista inglés Roberto Hugo Benson del que ya les hablé dijo que no, dijo que va a estar inminente una Gran Guerra de Oriente contra Occidente, con explosivos en los cuales (inaudible)—la bomba atómica en el año 1900—, y que la iba a parar a esa guerra el Anticristo y que por eso lo iba a hacer rey del mundo, o señor del mundo. No sabemos, aunque me parece que el Apocalipsis dice que se va a llevar a cabo la guerra.

Antes de la guerra esa, aparecen tres ranas que salen de la boca del Dragón, de la Bestia y del Pseudoprofeta. O sea tres espíritus inmundos al modo de ranas, dicen las traducciones, o sea, algunas traducciones dicen salen tres demonios de la boca del demonio, porque el Dragón es el demonio, y del Anticristo y del Pseudoprofeta. Es absurdo que de la boca del demonio salga un demonio. No dice “el demonio” la Sagrada Escritura, dice “espíritus sucios” o “inmundos” y la palabra “spiritu” en latín y la palabra “pneuma” en griego, espíritu, significa “soplo” primeramente. De manera que son tres soplos sucios o inmundos que salen de la boca—uno del diablo, otro del Anticristo y otro del Pseudoprofeta. De tal manera que una revista protestante que tengo, la de los Testigos de Jehová, traducen “spiritus” por “expresiones”, salieron tres expresiones sucias, dice, o sea tres ideologías, falsas. Y ¿cuáles son las tres ideologías falsas que hoy preparan la guerra?: son el liberalismo, el comunismo y el modernismo, digo yo. San Agustín puso que eran las tres herejías de su tiempo, los maniqueos, los donatistas y los pelagianos—pues naturalmente San Agustín no era profeta, ni yo tampoco. Él se equivocó, me parece, pero yo no me podría equivocar—no podrían venir, después de estas tres que hay ahora, unas herejías más malas todavía que esas… No hay, no puede ser, rotundamente no. Cuando irrumpió el liberalismo, el Cardenal Belarmino dijo que no podía darse una herejía más completa.
* * *
QUINTA CONFERENCIA
(5 de junio de 1969)

El Anticristo – Su leyenda – El número 666 – Exégesis
Aplicación a nuestros tiempos: José Pieper, Nehddlin, Selma Lagerloef
(La grabación no registra el principio de esta conferencia
en que Castellani relata los tramos finales del
“Breve Relato del Anticristo”, de Solovieff).

Los acontecimientos que siguen calcan al Apocalipsis. Los cuerpos de los Dos Testigos yacieron tres días y medio en medio de una plaza—los Dos Testigos salen en el Apocalipsis, que van a predicar tres años y medio, antes del Anticristo, y van a ser muertos por el Anticristo, que no sabemos quiénes serán o qué serán, porque la tradición antigua decía que serían Enoch y Elías, que no han muerto todavía y que iban a venir a preparar al mundo para la Gran Tribulación. Otros dicen que no, que eso es demasiado raro, que no puede ser. Aunque (inaudible) dice que eso es de fe, dice que serán dos órdenes religiosas o que serán los dos testamentos, el Antiguo y el Nuevo, pero son dos testigos que el Anticristo mata y que resucitan a los tres días y medio. Yacieron tres días y medio en una plaza y entonces sonó una voz del cielo y resucitaron y se dirigieron al Monte Oliveto donde se habían refugiado todos los cristianos con el Profesor Paulus y allí dieron la mano a Pedro y lo proclamaron Primado de la Iglesia, es decir los tres jefes de todos los cristianos de entonces hicieron la unidad de la Iglesia ante el rostro del Anticristo. Al mismo tiempo un gran terremoto destruyó la tercera parte de la ciudad, terremoto que el mago Apolonio detuvo, cuando ya se estaba deteniendo solo. El Anticristo envió un ejército contra los cristianos a los cuales se había unido una inmensa muchedumbre de judíos que pedían ser bautizados. Y Pedro mandó dejasen las armas y se entregasen al ayuno y la oración; de repente en medio de la noche surgió una inmensa claridad, y en medio de ella apareció una Mujer vestida de sol con la luna a sus pies y en su cabeza una diadema de doce estrellas que empezó a moverse lentamente hacia el sur. El Papa Pedro II gritó: “¡Ella es nuestra bandera! ¡Sigámosla!”. Y todos los cristianos se pusieron en marcha desde el Monte Sinaí hacia Sión y entonces desde distintos lugares acudían muchos grupos jubilosos de cristianos y judíos, pero rodeados de la policía del Anticristo, los cuales resucitados reinarían mil años con Cristo. De manera que Solovieff era milenista. Aquí termina el manuscrito del Eremita, o sea Solovieff no se atrevió a describir la Parusía como tampoco ninguno de los otros que han escrito novelas apocalípticas, y han hecho bien. Sin embargo el Señor Seppa, o sea Solovieff mismo, añade algunos pormenores que dice oyó al mismo Eremita: por ejemplo, el pueblo judío que recibió al Anticristo como Mesías cae en la cuenta de la realidad y se subleva; el emperador pierde los estribos y condena a muerte a todo cristiano o judío desobediente. En el momento en que está por darse una gran batalla sobre el Mar Muerto, se abre allí un enorme cráter volcánico que a pesar de los sortilegios intentados por Apolonio devora con sus llamas al Anticristo y al Pseudoprofeta. Aterrados los judíos corren a Jerusalén desde donde ven que un relámpago corta el cielo de Oriente a Occidente y Cristo en vestiduras regias desciende mostrando en sus manos las llagas de su Pasión.

En tiempos de Solovieff no existían ni el comunismo ni la bomba nuclear, que sin duda tienen que ver con el Anticristo. Del nombre de la Bestia, 666, o el número de la Bestia: en latín y en griego los números se ponen con letras y componer adivinanzas con números que signifiquen una cosa—se llama gematría, los antiguos eran aficionados a eso—del nombre de la Bestia, 666, Solovieff nada dice, adscribiéndose a la opinión de Belarmino, o sea, la opinión más sabia es quienes dicen que no saben. Treinta nombres se han compuesto con esa cifra, en latín, en griego y en hebreo y también en francés, y el mismo Belarmino compuso uno en broma: “O Saxéinos”, el Sajón, sobrenombre de Lutero. También han compuesto de Mahoma, de Napoleón I, de Hitler, ¡qué sé yo!, han compuesto muchísimos nombres para decir que eran el Anticristo. La hipótesis que más me gusta es la de San Irineo, “Lateinos” que significa Romano, por creer estos intérpretes, ya en aquellos primeros siglos, cuando el Imperio Romano estaba boyante, que el Anticristo iba a restaurar el imperio de Augusto, como cree la mayoría de los Santos Padres.

La otra clase les dije que hay un lío muy grande—hay tres aparentes contradicciones o paradojas—en lo que dice el Apocalipsis sobre el Anticristo, acerca de la Bestia del Mar, que se resuelve si uno acepta esta opinión común de los Santos Padres, que va haber una restauración del Imperio Romano, es decir que el Anticristo va a ser la cabeza de un imperio tan bien organizado, tan fuerte, tan implacable como lo fue el Imperio Romano. Que por lo tanto será uno de lo siete y el octavo, y sin embargo será uno de los siete, dice San Juan: los siete grandes. Los siete grandes imperios que se han sucedido en la historia, son siete cabezas de la Bestia del Mar, de la cual la última es el Imperio Romano, de manera que la séptima y después la restauración del Imperio Romano es la octava y sin embargo es la séptima también, dice San Juan. Se resuelven esas antinomias o aporías que hay ahí en el Apocalipsis con esa hipótesis de los Santos Padres. “Cuando aparezca, se sabrá” dice Bossuet. Efectivamente todavía no sabemos qué significa “666” con certeza. Yo he recibido tres o cuatro cartas de gente que me indica qué significa “666” y también que está muy cerca la aparición del Anticristo y qué sé yo—no sabemos. A los que le preguntan a uno cuándo vendrá el Anticristo y si está cerca o lejos, hay que responder lo que responde Franco a los que le preguntan cuándo se va a ir: “Algún día tiene que ser”, responde él; pero el día de Franco no está muy lejos. Cuatro eruditos alemanes han defendido que “666” puesto en letras hebreas da “Nerón César”, diciendo que San Juan quiso decir a los cristianos que el Anticristo era Nerón y que lo puso así cifrado para que no lo pudieran perseguir por eso, castigar—con una pequeña trampita que es suprimir la “e”: “Nerón Q’sar”, dicen. Que esto sea así, aplicado al typo de la profecía, puede admitirse. ¿Pero el anti-typo? No lo sabemos. Lateinos, diría yo.

De la madre del superhombre, dice Solovieff que fue una dama de costumbres disolutas que nunca quiso decir quién fue el padre, lo cual está también en la leyenda aunque con añadiduras y detalles extravagantes y atroces, como se puede leer en la comedia de Alarcón, “El Anticristo”. Alarcón hace que el Anticristo mate a su madre como hizo Nerón, pero que haga una cosa que ni Nerón hizo, que la ultraja antes de matarla. Es la comedia más floja del gran dramaturgo mexicano, es mediocre o infra-mediocre, con muy poca Biblia y mucha vulgaridad, sin teología, sin poesía y sin misterio, reducido el misterio más intocable a un pueril juego de marionetas. Tiene algunas cosas buenas, por supuesto—tenía talento dramático y sobre todo un gran versificador era Alarcón, pero el tema le quedaba grande, tomó un tema demasiado grande. Tiene comedias muy buenas, discretas, pero aquí falló. Y se dieron cuenta los españoles en aquel tiempo, porque le silbaron la comedia en varios teatros. Tiene algunas cosas buenas, por supuesto, como “El gracioso”: un judío llamado Galán que se convierte a la Iglesia, después se convierte al Anticristo, después de nuevo a la Iglesia, y es gracioso de veras, porque cuando disputa el profeta Elías con el Anticristo—disputan acerca de la divinidad de Cristo—cuando el Anticristo dice un argumento fortísimo, que lo aplauden, el judío que tiene el bonete de los judíos que llevaban en ese tiempo, se pone el bonete, se vuelve judío. Y cuando Elías le responde con otro argumento más fuerte, se saca el bonete, se vuelve cristiano, y así anda todo el tiempo. El profeta Elías que anda acompañado por una dama cristiana que se llama Sofía, lucha con un falso Elías, y después tiene una discusión larguísima con el Anticristo, la cual tiene de curioso que los argumentos que el Anticristo da contra la divinidad de Cristo son los que daban los judíos de aquel tiempo, s. XVII, y de todos los tiempos, y son los que dan hoy los racionalistas alemanes contra la divinidad de Cristo, refutados cien veces. Es decir, dicen por ejemplo, “esa profecía de Isaías se aplica a David, esa profecía de Jeremías se aplica a Salomón, esta se aplica al mismo Jeremías”, de manera que oscurecen, turban todas las profecías del Antiguo Testamento para que no puedan aplicarse a Cristo. Cuando llegan a las setenta semanas de Daniel, en que Daniel predijo el tiempo en que iba a aparecer Cristo y el tiempo en que iba a predicar y el tiempo en que iba a ser muerto y la dispersión de los judíos, no hay caso, no pueden arreglarse de ninguna manera, y entonces han puesto en el Talmud un precepto que dice “maldito sea el que se pone a calcular las semanas de Daniel”.
Que habrá de ser un hombre excepcionalísimo en la lujuria, viene en la leyenda de un versículo de Daniel mal traducido, porque San Jerónimo tradujo la profecía de Daniel y tradujo una frase que hay allí en hebreo, la tradujo al latín, “el erin in concupiscentiis feminarum”, “y andará en concupiscencia de mujeres”—de ahí sacaron eso, de la gran liviandad y lascivia del Anticristo. En realidad, lo que dice Daniel—se vio que se había equivocado San Jerónimo—, Daniel dice “y no respetará a ninguno de los dioses, ni siquiera al dios de sus mayores, ni siquiera al dios que es la delicia de las mujeres”—eso es lo que tradujeron “y andará en concupiscencia de mujeres”; pero el dios que era la delicia de las mujeres era Adonis entre los griegos, Tammuz para los sirios; y eso quiere decir que va a ser adverso a todos los dioses, a todas las religiones. Lo más probable es lo que pone Solovieff, un hombre de austeras costumbres, por lo menos en lo exterior, pues habrá de mostrarse parecido a Cristo.

Otras innumerables imaginaciones acerca de su niñez, sus estudios, sus conquistas, su culto y sus prodigios, no vale la pena recordar: por ejemplo, dicen que antes de nacer ya era perseguido por el demonio, que no iba a tener ángel de la guarda, que iba a nacer con todos los dientes, que a los siete años iba él solo por sí mismo, iba a aprender toda la geometría de Euclides, que el demonio le iba a revelar muchísimos tesoros ocultos de manera que iba a ser riquísimo, que iba a ser un hombre más sabio que Salomón, que iba a apabullar a todos los sabios del mundo con su sabiduría, que iba a nacer sacrílegamente de una religiosa apóstata y de un obispo cristiano apóstata.

En cuanto a sus prodigios, hay un notable hallazgo hecho por Newman, el cual dice que probablemente sean prodigios de la técnica científica y no de magia o de prestidigitación. Lo cual también dijo Selma Lagerloef, en su novela “Los milagros del Anticristo”, gran novelista sueca, la cual dice que el Anticristo será el socialismo y sus prodigios, la técnica. San Pablo dice que serán prodigios hechos con el poder de Satanás, lo cual no dejaría muy bien a la actual técnica de ser cierta la opinión de Newman, porque estaría dirigida por Satanás.

Que el Anticristo será un hombre particular y no una colectividad, como pone Solovieff, pone un Anticristo particular—la disputa surgió en tiempos de los protestantes cuando dijeron que el Anticristo no era un hombre sino “el Papado”, es decir, una sucesión de hombres, aunque un antiguo, Armacius, ya había adelantado esa opinión. Pero el que la defendió más acérrimo y a capa y espada fue el P. Lacunza empeñado en hacer a la masonería y al filosofismo, que habían suprimido su orden, la Compañía de Jesús por medio del Papa Clemente XIV, el mismísimo “hombre de pecado”: quería hacer que esa herejía que había en su tiempo, la masonería y el filosofismo, fuesen el Anticristo. Lo siguen hoy en día los Testigos de Jehová que dicen que el Anticristo es, asómbrense ustedes, la Sociedad de las Naciones y la O.N.U. y el imperio dual de la raza anglosajona, Inglaterra y Estados Unidos es la séptima cabeza de la Bestia, o sea el séptimo imperio. Pamplina. Pero esta es graciosa, porque tiene a su propia nación, Estados Unidos, como parte de la Bestia. En realidad, son judíos estos, son… siguen una secta judía más bien que yanqui, son cosmopolitas.

Estas dos opiniones, un hombre o una colectividad se pueden conciliar y se deben conciliar, son las dos cosas, será las dos cosas. Un gran movimiento a cuya cabeza estará un hombre. Es una ley de la historia, que en todo movimiento se da un jefe, y ese jefe hace triunfar al movimiento, como Mussolini con el nacionalismo italiano. Y así también lo pinta Solovieff: la apostasía comenzada suscita al hombre de la corona; y es el sentir de los Santos Padres y de San Pablo, que el Anticristo no precederá la Apostasía comenzante sino que presidirá la Apostasía consumada.

Nada dice tampoco Solovieff del Obstáculo, viejo enigma tan disputado. San Pablo dice a los discípulos de Tesalónica, en la Segunda Epístola a los Tesalonicenses para desengañarlos que aún no era el Fin del Siglo, “¿no véis que todavía no ha desaparecido el Obstáculo?” y pone esa palabra griega en neutro y después en masculino, “Katéjon” y “Katejoon”: lo que obstaculiza y el que obstaculiza. “¿No os acordáis cuando estuve entre vosotros…”, prosigue el Apóstol, “…os lo dije?”. A ellos se los dijo pero a nosotros no, se queja San Agustín. Pero el mismo Agustín y el grueso de los Santo Padres conjeturaron que “lo que obsta” era el Imperio Romano y “el que obsta” era el Emperador y que mientras ese Obstáculo no fuera removido, no podía manifestarse el Anticristo. Pero el Imperio, ¿no estaba persiguiendo cruelmente a los cristianos? Sí, pero con su disciplina, su ejército y su sólido cuerpo jurídico, mantenía el orden civil. Y así San Juan no ve a Nerón como el Anticristo, sino como una figura o tipo del Anticristo. Mas cuando cayó el Imperio Romano en Occidente en el año 475 y el último emperador, Rómulo Augústulo fue decapitado por el bárbaro Genserico, no apareció el Anticristo: los doctores quedaron desconcertados, pero pronto se reincorporaron diciendo que el Imperio Romano en su esencia no había desaparecido, pues se continuaba el Orden Romano sostenido por la Iglesia, el ejército y los reyes cristianos. Ni siquiera formalmente desapareció el Imperio Romano porque duró hasta Napoleón el Sacro Romano Germánico Imperio que se llamaba; había un Emperador siempre, aunque se nominal como el último, que fue Maximiliano—no Francisco, que Napoleón le quitó el título y fundó la Confederación del Rhin, pero nominalmente hubo un Imperio Romano siempre hasta el s. XIX. Santo Tomás en el s. XIII dice tranquilamente que el Imperio Romano “no ha perecido”, y así lo creo yo también. El Orden Romano consiste en cuatro columnas: la Familia, la Propiedad, el Ejército y la Religión—que hoy día están atacadas violentamente, pero no están derribadas aún. Es decir, la Romanidad se mantuvo, esa civilización que crearon los Griegos y los Romanos y que era el vehículo destinado por la Providencia para el cristianismo, se mantuvo gracias a que la Iglesia y el ejército romano no la dejaron caer. Vino una tremenda descomposición política—los bárbaros invadieron por todas partes el Imperio, al Emperador lo obedecían cada vez menos hasta que llegó a Rómulo Augústulo que ya nadie le obedeció y el bárbaro Genserico le cortó la cabeza—de manera que políticamente se hundió el Imperio, pero apareció la Cristiandad, una cantidad de reyes convertidos al cristianismo que reconocían al Papa como cabeza de toda Europa, prácticamente. No lo obedecían siempre, pero lo reconocían de derecho, jefe de la Cristiandad; de manera que permaneció la Cristiandad, que es un nombre de la Romanidad, hasta nuestros días. Ahora, ustedes saben cómo se ataca la familia, cómo se ha corrompido el ejército (en Rusia, por ejemplo, que es una calamidad el ejército), la propiedad la ataca el comunismo y la Religión la atacan por todas partes.

Después de la visión de la Caída de Babilonia, muda bruscamente el plano de la profecía, el cual se hace meta-histórico de infra-histórico que era; es decir: viene la batalla del Armaggedón, con la derrota del Anticristo y del Diablo, a cargo de Jesucristo. Después el Milenio y después el Juicio Final, que son los temas de la clase próxima. O sea, los sucesos hasta ahora predichos pertenecen al orden de la historia humana—lo sobrenatural actúa, por supuesto, pero desde atrás, y ahora se rasga un velamen e irrumpe lo sobrenatural directamente: la batalla de Armaggedón, los Ejércitos Celestiales y el pisoteo del lagar lleno de uvas agrestes que destilan sangre, son figuras; significa la victoria definitiva de Cristo, hágase ella como sea, no sabemos. Es un evidente símbolo, la batalla de Armaggedón que está al final del Apocalipsis. También puede ser figura del Reino Milenario, no lo sabemos. Los milenistas lo interpretan literal, los alegoristas, lo interpretan alegóricamente como veremos en la clase próxima.

Así que el consuelo y la alegría del fiel—que este libro atroz solamente en la apariencia, no solamente anuncia sino que manda—es de orden sobrenatural, pues está basado en la Esperanza, que es virtud sobrenatural.

Con respecto a la infra-historia, o sea la historia común, natural, de la humanidad, nuestra historia—el cristiano debe ser pesimista, porque sabe que va a terminar con una tremenda agonía; pero con respecto a toda la historia, debe saber que va a acabar bien, o sea que gran agonía va a ser un parto en realidad, no va a ser una muerte. Pero por una intervención divina directa, por la intervención directa de Cristo. Y otra cosa paradojal le está mandada: tiene que esperar los bienes eternos y al mismo tiempo no debe despreciar la Creación y los bienes temporales sino apoyarlos hasta el último momento, porque como decía al principio, todo lo que está sobre el Universo es bueno en el fondo; y no como los maniqueos que los tienen por radicalmente malos; son en el fondo buenos y su señor y dueño es Cristo y no el demonio, que es actualmente un usurpador, que “va muerto”, como dicen los porteños. Todas las creaturas están actualmente oprimidas y doblegadas en su naturaleza, pero sin ser destruidas en su naturaleza, esperando con gemidos su transfiguración en Cristo, dice San Pablo en la epístola que se leyó el domingo ante-pasado.

Y acá está la razón última de todos estos errores: el demonio no va a abandonar sus dominios sin lucha. El Apocalipsis lo pinta arrojado del cielo a la tierra y con duplicada furia por saber qué poco tiempo le queda. El Dragón es el Príncipe de este mundo, palabra de Cristo, el cual no le respondió “Mientes, no puedes hacer eso”, cuando en el Monte le ofreció todos los reinos de la tierra si lo adoraba. Tiene un poder enorme en el mundo, el demonio, no hay que disimular eso, no hay que engañarse porque probablemente era el Ángel o el Arcángel que estaba prepuesto al gobierno de la tierra y de todas las cosas vecinas. Al pecar, no perdió ese poder, ese dominio, porque los dominios de los ángeles están calcados en su propia naturaleza, tienen una relación íntima con la cosa a la cual están prepuestos; no podrían obrar sobre la materia sensible, porque son espíritus, sino que es una relación especial hecha por Dios cuando los creó, a una u otra cosa. Por lo tanto, al pecar no perdió ese poder porque no perdemos nuestras facultades, nuestra inteligencia, nuestra vida al pecar, sino que simplemente nos desviamos: a la larga puede ser que la perdamos a fuerza de pecados, pero de suyo un pecado no le quita al hombre los dones naturales que tiene, y así el demonio no perdió sus dones naturales, sino que quedó con ese poder tan asombroso que Cristo lo llama “Príncipe de este mundo”. Y cuando lo tentó diciéndole que le iba a dar todo el mundo si lo adoraba, Cristo no le dijo “eso es macana, no puedes hacer eso” sino que le dijo “hay que adorar a Dios solamente”, no le recusó esa afirmación del demonio. Y San Pablo lo llama más explícitamente aun, “el dios de este mundo”.

Así también en el curso de la historia, lo mismo que en las dos primeras tentaciones, el demonio ha trabajado con disimulo y su gran táctica ha sido hacer creer que no existe, o que puede poco, pero en los últimos tiempos va a jugar el todo por el todo y su última carta será ese hombre misterioso, el enteramente perverso y entregado al Gran Perverso, que llamamos el Anticristo.

Cristo en su recitado escatológico nombró la “devastación abominable” o “abominación devastadora” como dijo Daniel profeta, el cual en la predicción que hace del Anticristo, tomando como typo y precursor al tirano Antíoco Epifanes. Tres veces usa esta frase Daniel, “la devastación abominable”: una vez, cuando Antíoco destruyó la religión de los judíos, les hizo muchísimos males, suprimió el sacrificio y profanó el Templo; la segunda vez, cuando en Jerusalén los romanos profanaron otra vez el Templo entrando con su águilas que eran ídolos al territorio de los judíos, que lo tenían prohibido, los judíos habían puesto como condición al someterse a los romanos, que no iban a entrar ídolos allí, en su territorio; y la tercera, es el Anticristo, predicho también por Daniel y ahí también dice que la abominación de la desolación va a reinar en el Templo. Y Cristo aludió a eso: dice “cuando veáis la desolación abominable, o la abominación de la desolación, donde no debe estar, entonces es el fin”. Esa palabra hebrea asumió también San Juan, de modo que la palabra de Cristo enlaza y eslabona la lejanísima profecía de Daniel con la suya propia y con la futura de Juan Apocaleta. Así que no es exacto decir que Cristo no aludió nunca al Anticristo.

El Anticristo representa la condensación de la maldad en un hombre. Las religiones antiguas tenían también esa idea, por lo menos la Hindú y la Persa, y si la maldad tiene que ir creciendo hasta el Fin, como dicen Daniel, Cristo y San Juan, hasta llegar a la Gran Apostasía y el crimen de la adoración del hombre, tiene que ser así, es la ley de la historia, como está dicho antes. “El Anticristo ya ha cesado de atemorizarnos”, dice Renán, pero cuando apareció Hitler los franceses y los Aliados en general, decían que era el Anticristo. A nosotros ya cesó de atemorizarnos porque sabemos de seguro que “va muerto” como dicen los porteños, pero antes de morir va a dar grandes estornudos, pues aún no nació y ya estornudó, desde el siglo primero.

Nosotros decimos tranquilamente “Ven, Señor Jesús” mientras hoy día muchos profetas del Anticristo, como Kant, Nietzsche, Wells, Proudhon, Lautreamont dicen claramente, “Ven, Señor Anti-Jesús”. Pero hay profetas del Anticristo hoy día, que ya prenuncian la venida del Anticristo y hacen el programa del Anticristo, de modo que cuando venga no va a tener más que recoger los programas que le han ido haciendo ya; por ejemplo, Wells, que tiene un programa de cómo hay que gobernar al mundo por medio del socialismo, que es un programa tremendo del Anticristo. Nietzsche con su Superhombre, el Superhombre que está tan por encima de los hombres como el hombre está por encima del mundo—y que será comparado con el hombre actual, porque el hombre actual es comparado con él—es un retrato del Anticristo el que hace en sus obras; y así los otros.

Quiero terminar, si me permiten, ya hoy no he sido demasiado largo, con la mención del Anticristo que hace San Pío X en su encíclica “Ex supremi” , una encíclica poco conocida del Papa, muy importante—en las cuatro colecciones de encíclicas papales que tengo, no está en ninguna de ellas—se fijan en la condenación del modernismo, en el Syllabus y la condenación de liberalismo, la comunión frecuente de los niños, pero han dejado a un lado a esa encíclica que no se puede encontrar, que es difícil de encontrar. Esa encíclica versa sobre el gran movimiento apostático que hay en el mundo, en su tiempo, antes de la Primera Gran Guerra, sobre todo en Alemania, en Inglaterra y sobre todo en Francia, la encíclica está dirigida a comentar los sucesos en Francia donde parecían haber llegado a una apostasía nacional: la persecución de condes que habían echado del país, habían cerrado todas las escuelas católicas, perseguían a todos los católicos, sobre todo en la milicia, en el ejército, porque tenían las famosas fichas que se descubrieron después, fichas secretas en las cuales se asentaba si uno era católico—lo fichaban para que no ascendiera: incluso si uno tenía una mujer que iba a misa, aunque él no fuera a misa, lo fichaban para que no ascendiera, de tal manera que cuando vino la Segunda Guerra se encontraron con una cantidad ineptos al frente del ejército y tuvieron que ir a desenterrar a Foch, a Joffré, a todos los que defendieron a Francia en la Primera Guerra, porque los habían arrinconado a todos, los habían hecho retirar. De manera que parecía que Francia estaba perdida. Los españoles llamaban a Francia “la apóstata”. Entonces Pío X dice, en la mitad de su encíclica más o menos, dice lo siguiente: “Aquel que esto pondere”, es decir todos los acontecimientos y sucesos en Francia—también en Alemania Bismark perseguía a la Iglesia con el nombre de “Kulturkampf”, la lucha por la cultura—“Aquel que esto pondere realmente, es necesario tenga temor si de los males que en aquel último tiempo hemos de aguardar, esta perversidad de los ánimos no sea una libación y como un exhorto y que de aquel Hijo de la Perdición de la que habló el Apóstol San Pablo no ande ya por la tierra, con tan gran audacia, con tal furor se ataca la Religión y se impugnan la Escrituras de la fe y se contiende quitar los deberes de los hombres para con Dios, y después de destrozados, borrarlos. Y por otro lado, lo que según San Pablo es propio carácter del Anticristo: el hombre con temeridad suma invade el lugar de Dios, levantándose sobre todo lo que se llama Dios—“, son las palabra de San Pablo sobre el Anticristo, “hasta tal punto que aunque no pueda borrar del todo en sí toda noción de Dios, borrado empero de sus dominios, se dedica asimismo a este mundo visible como un templo donde ha de ser adorado: «se sienta en el templo de Dios mostrándose como si fuese Dios»”.
Padre Leonardo astellani

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