sábado, 8 de abril de 2023

La Sabana Santa...

 El 2 de mayo de 2010 el Papa Benedicto XVI, venerando la Sábana Santa, predicó sobre «el misterio del Sábado Santo». Recogemos hoy esa meditación que merece la pena releer.

Queridos amigos:

Este es un momento muy esperado para mí. En otras varias ocasiones he estado ante la Sábana Santa, pero ahora vivo esta peregrinación y este momento con particular intensidad: quizá porque el paso de los años me hace todavía más sensible al mensaje de este extraordinario icono; quizá, y diría sobre todo, porque estoy aquí como Sucesor de Pedro y traigo en mi corazón a toda la Iglesia, más aún, a toda la humanidad. Doy gracias a Dios por el don de esta peregrinación y también por la oportunidad de compartir con vosotros una breve meditación, que me ha sugerido el subtítulo de esta solemne ostensión: «El misterio del Sábado Santo».


Se puede decir que la Sábana Santa es el icono de este misterio, icono del Sábado Santo. De hecho, es una tela sepulcral, que envolvió el cadáver de un hombre crucificado y que corresponde en todo a lo que nos dicen los Evangelios sobre Jesús, quien, crucificado hacia mediodía, expiró sobre las tres de la tarde. Al caer la noche, dado que era la Parasceve, es decir, la víspera del sábado solemne de Pascua, José de Arimatea, un rico y autorizado miembro del Sanedrín, pidió valientemente a Poncio Pilato que le permitiera sepultar a Jesús en su sepulcro nuevo, que había mandado excavar en la roca a poca distancia del Gólgota. Obtenido el permiso, compró una sábana y, después de bajar el cuerpo de Jesús de la cruz, lo envolvió con aquel lienzo y lo depuso en aquella tumba (cf. Mc 15, 42-46). Así lo refiere el Evangelio de san Marcos y con él concuerdan los demás evangelistas. Desde ese momento, Jesús permaneció en el sepulcro hasta el alba del día después del sábado, y la Sábana Santa de Turín nos ofrece la imagen de cómo era su cuerpo depositado en el sepulcro durante ese tiempo, que cronológicamente fue breve (alrededor de día y medio), pero inmenso, infinito en su valor y significado.

El Sábado Santo es el día del ocultamiento de Dios, como se lee en una antigua homilía: «¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad, porque el Rey duerme (…). Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción a los infiernos» (Homilía sobre el Sábado Santo: PG 43, 439). En el Credo profesamos que Jesucristo «padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos».

Queridos hermanos y hermanas, en nuestro tiempo, especialmente después de atravesar el siglo pasado, la humanidad se ha hecho particularmente sensible al misterio del Sábado Santo. El escondimiento de Dios forma parte de la espiritualidad del hombre contemporáneo, de manera existencial, casi inconsciente, como un vacío en el corazón que ha ido haciéndose cada vez mayor. Al final del siglo XIX, Nietzsche escribió: «¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!». Esta famosa expresión, si se analiza bien, está tomada casi al pie de la letra de la tradición cristiana; con frecuencia la repetimos en el vía crucis, quizá sin darnos plenamente cuenta de lo que decimos. Después de las dos guerras mundiales, de los lagers y de los gulags, de Hiroshima y Nagasaki, nuestra época se ha convertido cada vez más en un Sábado Santo: la oscuridad de este día interpela a todos los que se interrogan sobre la vida; y de manera especial nos interpela a los creyentes. También nosotros tenemos que afrontar esta oscuridad.

Y, sin embargo, la muerte del Hijo de Dios, de Jesús de Nazaret, tiene un aspecto opuesto, totalmente positivo, fuente de consuelo y de esperanza. Y esto me hace pensar en el hecho de que la Sábana Santa se comporta como un documento «fotográfico», dotado de un «positivo» y de un «negativo». Y, en efecto, es precisamente así: el misterio más oscuro de la fe es al mismo tiempo el signo más luminoso de una esperanza que no tiene confines. El Sábado Santo es la «tierra de nadie» entre la muerte y la resurrección, pero en esta «tierra de nadie» ha entrado Uno, el Único que la ha recorrido con los signos de su Pasión por el hombre: «Passio Christi. Passio hominis». Y la Sábana Santa nos habla exactamente de ese momento, es testigo precisamente de ese intervalo único e irrepetible en la historia de la humanidad y del universo, en el que Dios, en Jesucristo, compartió no sólo nuestro morir, sino también nuestra permanencia en la muerte. La solidaridad más radical.

En ese «tiempo más allá del tiempo», Jesucristo «descendió a los infiernos». ¿Qué significa esta expresión? Quiere decir que Dios, hecho hombre, llegó hasta el punto de entrar en la soledad máxima y absoluta del hombre, a donde no llega ningún rayo de amor, donde reina el abandono total sin ninguna palabra de consuelo: «los infiernos». Jesucristo, permaneciendo en la muerte, cruzó la puerta de esta soledad última para guiarnos también a nosotros a atravesarla con él. Todos hemos experimentado alguna vez una sensación espantosa de abandono, y lo que más miedo nos da de la muerte es precisamente esto, como de niños tenemos miedo a estar solos en la oscuridad y sólo la presencia de una persona que nos ama nos puede tranquilizar. Esto es precisamente lo que sucedió en el Sábado Santo: en el reino de la muerte resonó la voz de Dios. Sucedió lo impensable: es decir, el Amor penetró «en los infiernos»; incluso en la oscuridad máxima de la soledad humana más absoluta podemos escuchar una voz que nos llama y encontrar una mano que nos toma y nos saca afuera. El ser humano vive por el hecho de que es amado y puede amar; y si el amor ha penetrado incluso en el espacio de la muerte, entonces hasta allí ha llegado la vida. En la hora de la máxima soledad nunca estaremos solos: «Passio Christi. Passio hominis».

Este es el misterio del Sábado Santo. Precisamente desde allí, desde la oscuridad de la muerte del Hijo de Dios, ha surgido la luz de una nueva esperanza: la luz de la Resurrección. Me parece que al contemplar este sagrado lienzo con los ojos de la fe se percibe algo de esta luz. La Sábana Santa ha quedado sumergida en esa oscuridad profunda, pero es al mismo tiempo luminosa; y yo pienso que si miles y miles de personas vienen a venerarla, sin contar a quienes la contemplan a través de las imágenes, es porque en ella no ven sólo la oscuridad, sino también la luz; más que la derrota de la vida y del amor, ven la victoria, la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio; ciertamente ven la muerte de Jesús, pero entrevén su resurrección; en el seno de la muerte ahora palpita la vida, pues en ella habita el amor. Este es el poder de la Sábana Santa: del rostro de este «Varón de dolores», que carga sobre sí la pasión del hombre de todos los tiempos y lugares, incluso nuestras pasiones, nuestros sufrimientos, nuestras dificultades, nuestros pecados —«Passio Christi. Passio hominis»—, emana una solemne majestad, un señorío paradójico. Este rostro, estas manos y estos pies, este costado, todo este cuerpo habla, es en sí mismo una palabra que podemos escuchar en silencio ¿Cómo habla la Sábana Santa? Habla con la sangre, y la sangre es la vida. La Sábana Santa es un icono escrito con sangre; sangre de un hombre flagelado, coronado de espinas, crucificado y herido en el costado derecho. La imagen impresa en la Sábana Santa es la de un muerto, pero la sangre habla de su vida. Cada traza de sangre habla de amor y de vida. Especialmente la gran mancha cercana al costado, hecha de la sangre y del agua que brotaron copiosamente de una gran herida provocada por un golpe de lanza romana, esa sangre y esa agua hablan de vida. Es como un manantial que susurra en el silencio y nosotros podemos oírlo, podemos escucharlo en el silencio del Sábado Santo.

¿Pero no hemos olvidado quizás demasiado la relación entre cruz y esperanza, la unidad entre la orientación de la cruz y el oriente, entre el pasado y el futuro? El espíritu de esperanza que respiran las oraciones del sábado santo deberían penetrar de nuevo todo nuestro cristianismo. El cristianismo no es una pura religión del pasado, sino también del futuro; su fe es, al mismo tiempo, esperanza, porque Cristo no es solamente el muerto y resucitado, sino también el que ha de venir.

Señor, haz que este misterio de esperanza brille en nuestros corazones, haznos conocer la luz que brota de tu cruz, haz que como cristianos marchemos hacia el futuro, al encuentro del día en que aparezcas.

Oración

Señor Jesucristo, has hecho brillar tu luz en las tinieblas de la muerte, la fuerza protectora de tu amor habita en el abismo de la más profunda soledad; en medio de tu ocultamiento podemos cantar el aleluya de los redimidos.

Concédenos la humilde sencillez de la fe que no se desconcierta cuando tú nos llamas a la hora de las tinieblas y del abandono, cuando todo parece inconsistente. En esta época en que tus cosas parecen estar librando una batalla mortal, concédenos luz suficiente para no perderte; luz suficiente para poder iluminar a los otros que también lo necesitan.

Haz que el misterio de tu alegría pascual resplandezca en nuestros días como el alba, haz que seamos realmente hombres pascuales en medio del sábado santo de la historia.

Haz que a través de los días luminosos y oscuros de nuestro tiempo nos pongamos alegremente en camino hacia tu gloria futura.

Amén.

Queridos amigos, alabemos siempre al Señor por su amor fiel y misericordioso. Al salir de este lugar santo, llevamos en los ojos la imagen de la Sábana Santa, llevamos en el corazón esta palabra de amor, y alabamos a Dios con una vida llena de fe, de esperanza y de caridad. Gracias.


La imagen del Sudario de Turín muestra esto

https://infovaticana.com/2018/03/31/el-sabado-santo-es-el-dia-del-ocultamiento-de-dios/

viernes, 7 de abril de 2023

Una hora de preparación para la muerte...

 

Cristo crucificado

Una hora de preparación para la muerte

Dictada a María Valtorta

14 de julio de 1946

Dice Jesús:

“Dicté una Hora Santa para quienes lo deseaban. Desvelé mi Hora de Agonía del Getsemaní para otorgarte un gran premio; porque no hay acto de confianza mayor entre amigos que el de desvelar al amigo el propio dolor. Ni la risa ni el beso son la prueba suprema del amor, sino el llanto y el dolor comunicados al amigo. Tú, amiga mía, lo has conocido. Porque estuviste en el Getsemaní. Ahora estás en la Cruz y pruebas penas de muerte. Apóyate en tu Señor mientras que Él te da una Hora de preparación para la muerte”.

I.

“Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz”.

No es una de las siete Palabras de la Cruz, pero es ya palabra de pasión. Es el primer acto de la Pasión que se inicia. Es la preparación necesaria para las demás fases del holocausto. Es invocación al Dador de la vida, resignación, humildad y oración en la que se trenzan, ennobleciéndose la carne y perfeccionándose el alma, la voluntad del espíritu y la flaqueza de la criatura a la que repugna la muerte.
“¡Padre...!”. ¡Oh!, es la hora en la que el mundo desaparece para los sentidos y para la mente, mientras que se acerca a la velocidad de un meteoro el pensamiento sobre la otra vida, sobre lo desconocido, sobre el juicio. El hombre, siempre un infante aunque sea centenario, es como un niño asustado que se ha quedado solo y busca el seno de Dios.
Marido, mujer, hermanos, hijos, padres, amigos... Lo eran todo mientras que la vida estaba lejos de la muerte, mientras que la muerte era tan sólo un pensamiento oculto entre tinieblas lejanas. Pero ahora que la muerte sale de entre los velos y avanza, se invierte la situación, y son los padres, los hijos, los amigos, los hermanos, el marido y la mujer quienes pierden sus rasgos definidos, su valor afectivo, empañándose ante el avance de la muerte. Como voces que se van debilitando con la distancia, las cosas de la tierra van perdiendo vigor a la vez que lo adquiere lo del más allá, aquello que hasta ayer parecía tan lejano... Y un movimiento de miedo se apodera de la criatura.
Si no fuese penosa y temerosa, la muerte no sería el extremo castigo y el medio extremo de expiación concedido al hombre. Hasta que no existió la Culpa, la muerte no fue tal sino dormición. Y donde no hubo culpa tampoco hubo muerte, como ocurrió con María Santísima.
Yo morí porque sobre Mí gravitaba todo el Pecado, y conocí el horror de morir.
“¡Padre!”. ¡Oh!, este Dios tantas veces no amado o amado en último lugar, después de que el corazón amó a parientes y amigos, de que tuvo otros amores indignos con criaturas viciosas o amó las cosas como a dioses, este Dios tan frecuentemente olvidado, que permitió que se le olvidase, que nos dejó libres de olvidarle, que dejó hacer, que a veces fue escarnecido, otras maldecido, otras negado, he aquí que vuelve a surgir en la mente del hombre recobrando sus derechos. Brama: “¡Yo soy!” y para no hacernos morir de espanto con la revelación de su poder, mitiga ese potente “Yo soy” con una palabra suave: “Padre”.
“Yo soy tu Padre”. Y ya no es terror, sino abandono en Él, el sentimiento que despierta esta palabra.
Yo, Yo que debía morir y comprendía lo que es morir después de haber enseñado a los hombres a vivir llamando “Padre” al Altísimo Yahveh, os enseñé a morir sin terror llamando “Padre” al Dios que vuelve a surgir entre los espasmos de la agonía o se hace más presente al espíritu del moribundo.
“¡Padre!”. ¡No temáis! ¡Vosotros que morís, no temáis a este Dios que es Padre! No se presenta justiciero, provisto de registros y de hachas, ni cínico arrancándoos de la vida y de los afectos, sino que viene con los brazos abiertos diciendo: “Torna a tu morada. Ven al descanso. Yo te compensaré con abundancia por cuanto dejas aquí. Y, te lo juro, en mi seno harás mucho más a favor de los que dejas aquí que no permaneciendo aquí abajo en lucha afanosa y no siempre remunerada”.
Pero la muerte siempre es dolor. Dolor por el sufrimiento físico, dolor por el sufrimiento moral, dolor por el sufrimiento espiritual. Debe ser dolor, lo repito, si ha de ser el medio para la última expiación en el tiempo. Y en un fluctuar de nieblas, que ocultan y descubren, alternándose, lo que en la vida se amó, y lo que nos hace temer el más allá, el alma, la mente, el corazón, como nave atrapada en una gran tempestad, pasan –de zonas tranquilas que gozan ya de la paz del inminente puerto, ya cercano, visible y tan sereno que comunica una quietud beatífica y una sensación de reposo semejante al de quien, a punto de dar por concluido un esfuerzo, pregusta el gozo del próximo descanso– pasan a zonas en las que la tempestad les sacude, les azota y les hace sufrir; aterrarse y gemir. Es de nuevo el mundo, el afanoso mundo con todos sus tentáculos: familia, negocios; es la angustia de la agonía, es el pavor del último paso... ¿Y después? ¿Y después...? La tiniebla asalta, sofoca la luz, silba sus terrores... ¿Dónde está ya el Cielo? ¿Por qué morir? ¿Por qué tener que morir? Y el grito borbotea ya en la garganta: “¡No quiero morir!”.
No, hermanos míos que morís porque justo, santo es el morir al ser la voluntad de Dios. No. ¡No gritéis así! Ese grito no viene de vuestra alma. Es el Adversario que sugestiona vuestra debilidad haciéndooslo proferir. Transformad el grito rebelde y vil en un grito de amor y de confianza: “Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz”. Como el arco iris tras el temporal, es entonces cuando ese grito hace tornar la luz, la calma. De nuevo veis el Cielo, las razones santas del morir y su premio que es retornar al Padre, y entonces comprendéis que también el espíritu, o mejor dicho, que el espíritu tiene derechos superiores a los de la carne porque él es eterno y de naturaleza sobrenatural y, por eso, goza de preeminencia sobre la carne, y entonces pronunciáis la palabra que os absuelve de todos vuestros pecados de rebelión: “pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.
Aquí está la paz, aquí la victoria. El ángel de Dios os ciñe y os conforta porque ganasteis la batalla preparatoria para hacer de la muerte un triunfo.

II.

“¡Padre, perdónales!”.

Es el momento de despojarse de todo cuanto supone peso para volar con mayor seguridad a Dios. No podéis llevar con vosotros afectos ni riquezas que no sean espirituales y buenas. Y no hay hombre que muera sin tener algo que perdonar a alguno o a muchos de sus semejantes en muchas cosas y por múltiples motivos.
¿Qué hombre hay que llegue a morir sin haber sufrido el amargor de una traición, de un desamor, de un engaño, de un abuso o de otro daño cualquiera de parte de parientes, consortes o amigos? Pues bien, es la hora de perdonar para ser perdonados. Perdonar completamente, dejando a un lado, no sólo el rencor y el recuerdo sino hasta la persuasión de que el motivo de nuestro rencor era justo. Es la hora de la muerte. El tiempo, el mundo, los negocios y los afectos terminan quedando reducidos a “nada”. Ya sólo existe una “verdad”: Dios. ¿Para qué, pues, llevar más allá de los umbrales lo que es de la parte de acá de los mismos?
Perdonar. Y, dado que llegar a la perfección del amor y del perdón –que consiste en no decir siquiera: “con todo yo tenía razón”– es muy difícil, demasiado difícil para el hombre, debe traspasar al Padre el encargo de perdonar por nosotros. Entregarle nuestro perdón a Él que no es hombre, que es perfecto, que es bueno, que es Padre, para que Él lo depure con su Fuego y se lo dé, una vez perfeccionado, a quien merezca el perdón.
Perdonar, a los vivos y a los muertos. Sí. También a los muertos que nos causaron dolor. La muerte limó muchas aristas al disgusto de los ofendidos, a veces las quitó todas. Pero, aún perdura el recuerdo. Hicieron sufrir y se recuerda que hicieron sufrir. Este recuerdo pone siempre un límite a nuestro perdón. No. Ya no más. Ahora la muerte está a punto de quitar todo límite al espíritu. Se penetra en el infinito. Hay que eliminar, por tanto, hasta este recuerdo que pone límites al perdón. Perdonar, perdonar para que el alma no tenga sobre sí el peso y el tormento de los recuerdos y pueda estar en paz con todos los hermanos vivos o penantes, antes de encontrarse con el Pacífico.
“¡Padre, perdónales!”. Santa humildad, dulce amor del perdón otorgado, que sobreentiende el perdón que se pide a Dios por las ofensas para con Él y para con el prójimo, que tiene todo aquel que pide perdón para los hermanos. Acto de amor. Morir en un acto de amor es ganar la indulgencia del amor. Bienaventurados los que saben perdonar en expiación de todas sus durezas de corazón y de las culpas de la ira.

III.

“He aquí a tu hijo”.

¡He aquí a tu hijo! Hacer cesión de lo que nos es querido con previsor y santo pensamiento; abandonar los afectos y abandonarse a Dios sin resistencia. No envidiar al que posee lo que dejamos. Con esa frase podéis confiar a Dios todo lo que más os interesa y que abandonáis, y todo lo que os angustia, y hasta vuestro propio espíritu.
Recordar al Padre que es Padre. Ponerle en las manos el espíritu que torna a su Fuente. Decirle: “Heme aquí. Aquí estoy. Tómame contigo porque me dono a Ti. No cedo forzado por las circunstancias. Me dono porque te amo como hijo que torna a su padre”.
Y decirle: “He aquí. Éstos son mis seres queridos; te los entrego. Éstos son mis negocios que alguna vez me hicieron ser injusto, envidioso del prójimo, y que hicieron que me olvidase de Ti porque me parecían –lo eran ciertamente, si bien yo los tenía por más de lo que eran– me parecían de capital importancia para el bienestar de los míos, para mi honor y por el aprecio que me proporcionaban. Creí también que sólo yo fuese capaz de administrarlos. Me creí necesario para llevarlos a cabo. Ahora veo... que eran tan sólo una pieza insignificante en el perfecto engranaje de tu Providencia, y muchas veces, un mecanismo imperfecto que descomponía el trabajo del organismo perfecto. Ahora que las luces y las voces del mundo cesan y todo se va alejando, veo... siento... ¡qué insuficientes, deterioradas e incompletas eran mis obras! ¡cómo desentonaban con el Bien! Presumí de ser ‘alguien’. Tú eras quien –previsor, providente y santo– corregías mis trabajos y los hacías útiles. Presumí. Alguna vez incluso dije que no me amabas porque no me acompañaba el éxito en lo que emprendía, como a aquellos a los que yo envidiaba. Ahora lo veo. ¡Ten compasión de mí!”.
Humilde abandono, pensamiento agradecido de la Providencia como reparación de vuestras presunciones, avideces, envidias y sustituciones de Dios con pobres cosas humanas y con gula de toda suerte de riqueza.

IV.

“Acuérdate de mí”.

Habéis aceptado el cáliz de la muerte, habéis perdonado y cedido lo que era vuestro, incluso hasta a vosotros mismos. Habéis mortificado mucho el yo humano y liberado al alma de lo que desagrada a Dios: del espíritu de rebeldía, del espíritu de rencor y de codicia. Habéis cedido al Señor la vida, la justicia, la propiedad, la pobre vida, la más pobre justicia y las tres veces pobres propiedades humanas. Nuevos Jobs, os encontráis desfallecidos y despojados ante Dios. Entonces podéis decir: “Acuérdate de mí”.
Ya no sois nada. Ni salud, ni arrogancia, ni riqueza. No sois dueños ni de vosotros mismos. Sois oruga con posibilidad de convertiros en mariposa o de pudriros en la cárcel del cuerpo causando una postrer herida a vuestro espíritu. Sois fango que torna al fango o fango que se transforma en estrella según prefiráis descender en la cloaca del Adversario o ascender en el vórtice de Dios. La última hora decide la vida eterna. Recordáoslo. Y gritad: “¡Acuérdate de mí!”
Dios aguarda aquel grito del pobre Job para colmarle de bienes en su Reino. Para un Padre es dulce perdonar, intervenir y consolar. En cuanto que escucha este grito, os dice: “Hijo, estoy contigo. No temas”. Pronunciad esta palabra a fin de reparar las veces que os olvidasteis del Padre o fuisteis soberbios.

V.

“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

A veces parece que Dios abandona. Pero sólo se ha escondido para que aumente la expiación y conceder así mayor perdón. ¿Puede el hombre lamentarse de ello con ira cuando él abandonó infinitas veces a Dios? Y ¿debe desesperarse porque Dios le pruebe?
¡Cuántas cosas pusisteis en vuestro corazón que no eran Dios! ¡Cuántas veces fuisteis indolentes con Él! Con cuántas cosas le rechazasteis y echasteis de vosotros! Llenasteis vuestro corazón de todo y después lo cerrasteis echándole el cerrojo porque temíais que Dios, si entraba, pudiera turbar vuestro quietismo indolente y purificar su templo echando de él a los usurpadores. ¿Qué os importaba de Dios mientras fuisteis felices? Os decíais: “Tengo ya de todo porque me lo he ganado”. Y cuando no fuisteis felices ¿acaso no huisteis de Dios culpándole de vuestro mal?
¡Oh! hijos injustos que bebéis el veneno, que os introducís en los laberintos, que os arrojáis a los precipicios, a las guaridas de las serpientes y otras fieras y después decís: “Dios tiene la culpa”. Si Dios no fuese Padre y Padre santo, ¿qué habría de responder a vuestro lamento de las horas dolorosas cuando en las horas felices os olvidasteis de Él? ¡Oh! hijos injustos que, llenos de culpas como estáis, pretendéis ser tratados como no lo fue el Hijo de Dios en la hora del holocausto. Decid, ¿quién estuvo más abandonado? ¿No fue acaso Cristo, el Inocente, quien para salvar aceptó el abandono total de Dios tras haberle amado activamente siempre? ¿No lleváis acaso vosotros el nombre de “cristianos”? Y ¿no tenéis el deber de salvaros siquiera a vosotros mismos? En la turbia desidia, que se complace en sí misma y teme las molestias de acoger al Activo, no hay salvación.
Imitad pues a Cristo, lanzando este grito en el momento de mayor angustia. Pero haced que la nota del grito sea nota de mansedumbre y de humildad, no un tono de blasfemia ni de reproche. “¿Por qué me has abandonado Tú que sabes que sin Ti nada puedo? Ven Padre, ven a salvarme, a infundirme fortaleza para salvarme a mí mismo, porque son horribles las apreturas de la muerte y el Adversario acrecienta ingeniosamente su poder susurrándome que Tú ya no me amas. Déjate oír, Padre, no por mis méritos, sino precisamente porque soy una nada sin valor alguno que no sabe vencer si está sólo, y que ahora comprende que la vida era trabajo para ir al Cielo”.
Está dicho: ¡Ay de los que se encuentran solos! ¡Ay de quien está sólo en la hora de la muerte, solo consigo mismo contra Satanás y contra la carne! Pero no temáis. Si llamáis al Padre, Él acudirá. Y este humilde invocarlo expiará vuestras culpables torpezas para con Dios, vuestra falsa piedad y los desordenados amores del yo que os hacen indolentes.

VI.

“Tengo sed”.

Sí, verdaderamente, cuando se ha entendido el verdadero valor de la vida eterna respecto del falso metal de la vida terrena, cuando se ha aceptado como santa obediencia la purificación del dolor y de la muerte, cuando en pocas horas, o en pocos minutos tal vez, se ha crecido en sabiduría y en gracia ante Dios más de cuanto se hubiera crecido en muchos años de vida, viene una sed profunda de aguas celestiales, de cosas celestiales. Están vencidas las lujurias de toda la sed humana, pero viene la sed sobrenatural de poseer a Dios. La sed del amor. El alma aspira a beber el amor y a ser absorbida por él. Como el agua de lluvia que cae al suelo y no quiere convertirse en fango sino tornar a ser nube, así ahora el alma tiene sed de subir al lugar del que descendió. A punto de quedar rotos los muros carnales, la prisionera percibe ya las auras del Lugar de origen y lo anhela con todo su ser.
¿Cuál es el peregrino exhausto que, viendo ya próximo, tras largos años, el lugar nativo, no concentra todas sus fuerzas y prosigue veloz, tenaz, despreocupado de todo lo que no sea llegar al sitio del que un día partió dejando en él su verdadero bien que ahora está seguro de recobrar y de gustar mucho más, dada la experiencia que tiene del pobre bien que no sacia y que encontró en el lugar del exilio?
“Tengo sed”. Sed de Ti, mi Dios. Sed de tenerte. Sed de poseerte. Sed de darte. Porque en los umbrales entre la Tierra y el Cielo se sabe ya entender, como se debe, el amor al prójimo, y viene un deseo de actuar para dar a Dios al prójimo que dejamos. Es la santa laboriosidad de los santos que, cual granos muertos convertidos en espiga, se desbordan en amor para proporcionar amor y hacer que ame a Dios aquel que aún está debatiéndose en las luchas de la Tierra.
“Tengo sed”. Una vez llegada el alma a los umbrales de la Vida, no hay más que un agua que sacie: el Agua viva, Dios mismo. El Amor verdadero: Dios mismo. Amor contrapuesto al egoísmo.
El egoísmo murió en los justos antes que la carne y el que reina en ellos es el amor que grita: “Tengo sed de Ti y de almas. Salvar. Amar. Morir para gozar de la libertad de amar y de salvar. Morir para nacer. Dejar para poseer. Rechazar toda dulzura, todo consuelo, porque todo lo de aquí abajo es vanidad y lo que el alma tan sólo quiere es anegarse en el río, en el océano de la Divinidad, beber de Ella, estar en Ella sin tener más sed, al acogerle la Fuente del Agua de la Vida”. Hay que tener esta sed en reparación del desamor y de la lujuria.

VII.

“Todo está cumplido”.

Todas las renuncias, todos los sufrimientos, todas las pruebas, las luchas, las victorias, las ofrendas: todo. Ya sólo resta presentarse ante Dios. Concluyó el tiempo concedido a la criatura para llegar a ser un dios, lo mismo que el concedido a Satanás para tentarla. Cesa el dolor, cesa la prueba, cesa la lucha. Quedan únicamente el juicio y la amorosa purificación, o llega de inmediato la bienaventurada morada del Cielo. Cuanto es Tierra y voluntad humana llegó a su fin. ¡Todo está cumplido! Ésta es la palabra de la completa resignación o del gozoso reconocimiento de haber terminado la prueba y consumado el holocausto.
No me refiero aquí a los que mueren en pecado mortal, quienes no dicen: “todo está cumplido”, sino que, con un grito de victoria y un llanto de dolor, lo dicen por ellos el ángel de las tinieblas, victorioso y el ángel de la guarda, vencido.
Me refiero a los pecadores arrepentidos, a los buenos cristianos o a los héroes de la virtud. Éstos, cada vez más vivos en su espíritu al tiempo que la muerte se apodera de la carne, murmuran o gritan, resignados o gozosos: “Todo está consumado. El sacrificio ha terminado. ¡Tómalo como expiación mía! ¡Tómalo como mi ofrenda de amor!” Así dicen los espíritus con la penúltima palabra, según sea que sufran la muerte por ley común o, como almas víctimas, la ofrezcan en voluntario sacrificio.
Pero tanto unas como otras, una vez llegadas a la liberación de la materia, reclinan su espíritu en el seno de Dios diciendo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

“María, ¿sabes lo que supone expirar con esta elevación hecha viva en el corazón? Es expirar en el beso de Dios. Hay muchas preparaciones para la muerte. Mas, créeme, ésta, basada en mis palabras, es, dentro de su sencillez, la más santa de todas”.

Sitio Santísima Virgen

La Divina Misericordia...

Hoy, tráeme a toda la humanidad y especialmente a todos los pecadores, y 

sumérgelos en el mar de mi misericordia.

Novena a la Divina Misericordia -Comienza el Viernes Santo

NOVENA A LA DIVINA MISERICORDIA

Jesús a Santa Faustina Kowalska:


“Deseo que durante estos nueve días lleves a las almas a la fuente de Mi misericordia para que saquen fuerzas, alivio y toda gracia que necesiten para afrontar las dificultades de la vida y especialmente en la hora de la muerte. Cada día traerás a Mi Corazón a un grupo diferente de almas y las sumergirás en este mar de Mi misericordia. Y a todas estas almas Yo las introduciré en la casa de Mi Padre (…) Cada día pedirás a Mi Padre las gracias para estas almas por Mi amarga pasión.”

INSTRUCCIONES

La Novena consiste en rezar la Coronilla de la Divina Misericordia durante nueve días.

Debe empezarse el Viernes Santo, nueve días antes de la Fiesta de la Divina Misericordia (el segundo Domingo de Pascua)

  1. Leer la intención y la oración del día correspondiente.
  2. Rezar la Coronilla de la Divina Misericordia.

PRIMER DÍA

Jesús a Santa Faustina Kowalska:


“Hoy tráeme a toda la Humanidad, especialmente a todos los pecadores y sumérgelos en la inmensidad de mi Misericordia. De esta forma me consolarás de la amarga tristeza en que me sume la pérdida de las almas.”

ORACIÓN

Misericordiosísimo Jesús, cuya inclinación natural es la de tener compasión de nosotros y perdonarnos, no mires nuestros pecados, sino la confianza que depositamos en tu Bondad infinita. Acógenos en la morada de tu Corazón Misericordioso y no permitas que salgamos jamás de Él. Te lo pedimos por el amor que te une al Padre y al Espíritu Santo.

Padre Eterno, vuelve tu mirada misericordiosa hacia toda la Humanidad y en especial hacia los pobres pecadores, encerrándoles en el Misericordiosísimo Corazón de Jesús y, por los méritos de su dolorosa Pasión, muéstranos tu Misericordia, para que alabemos la omnipotencia de tu Misericordia, por los siglos de los siglos. Amén

REZAR LA CORONILLA DE LA DIVINA MISERICORDIA

Coronilla de la Divina Misericordia (se usa un rosario común )

 Se comienza con:

Un Padrenuestro…
un Ave María…
y el Credo.

En las cuentas grandes:

“Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo y Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo y Señor Nuestro Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero.”

(Normalmente, si dos o más personas rezan juntas la Corona, esta parte la dice el que dirige).

En las cuentas pequeñas: (decenas)

“Por Su Dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.”

(Esta frase se dice diez veces.  Normalmente, si dos o más personas rezan juntas la Corona, la persona que dirige dice: “Por Su Dolorosa Pasión” y la(s) otra(s) persona(s) contesta(n) la parte final “…ten misericordia de nosotros y del mundo entero.”)

Al terminar las cinco décadas, se procede a decir tres veces:

“Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, Ten misericordia de nosotros y del mundo entero”.

JACULATORIA FINAL:

“Oh Sangre y Agua que brotasteis del Corazón de Jesús como una fuente de misericordia para nosotros, en Vos confío”.

Jesús, en Tí confío. (x3)

Santa Faustina Kowalska, ruega por nosotros.

🏹 Oración adicional 6

Mis seguidores de todas partes, deben ser valientes y proclamar Mi Palabra a todos con los que estén en contacto. Rechacen el desprecio que puedan experimentar, ya que es demasiado serio ahora el ignorar Mis súplicas para conversión.

Escuchen Mi oración ahora, para darles el estímulo que necesitan:

Oración para recibir vigor y valentía a la hora de dar a conocer los Mensajes

Lléname ahora, Oh Señor, con el Don del Espíritu Santo para llevar Tu Santísima Palabra a los pecadores que debo ayudar a salvar en Tu nombre.

Ayúdame a cubrirlos, a través de mis oraciones, con Tu Preciosa Sangre, para que así ellos puedan ser atraídos a Tu Sagrado Corazón.

Dame el Don del Espíritu Santo para que así estas pobres almas puedan deleitarse en Tu Nuevo Paraíso.

Amén

Digan esta oración todos los días, después de recitar Mi Divina Misericordia y ustedes, por su lealtad a Mí, ayudarán a salvar a Mis hijos.

Jesucristo, Rey de Misericordia

Oración Final (opcional): “Oh Dios Eterno, en quien la misericordia es infinita y el tesoro de compasión inagotable, vuelve a nosotros Tu mirada bondadosa y aumenta Tu misericordia en nosotros, para que en momentos difíciles no nos desesperemos ni nos desalentemos, sino que, con gran confianza, nos sometamos a Tu santa voluntad, que es el Amor y la Misericordia en sí Mismos. Amén” (Diario, 950).

Concluir con la Señal de la Cruz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén

Coronilla de la Divina Misericordia (español – latín)

jueves, 6 de abril de 2023

Hora santa....

Hora santa con Jesús -María Valtorta

 El amor, para ser verdadero, no lo es de palabras, es de hechos, activo, como su fuente que es Dios. Nunca se cansa de obrar ni siquiera por las decepciones que dan los hermanos. Pobre de aquel amor que cae como un pájaro de débiles alas cuando un obstáculo le hiere.

14 de junio de 1944. 

(Dictada a María Valtorta)

Hora santa de Jesús.

I.

“Si no te lavare no tendrás parte en mi Reino”.

Alma que amo, y vosotros todos que amo, oídme. Soy Yo quien os habla, porque quiero pasar con vosotros esta hora.

Yo, Jesús, no os alejo de mi altar aunque a él vengáis con el alma maltrecha por plagas y enfermedades, o envuelta en lianas de pasiones que anonadan vuestra libertad espiritual, entregándoos atados en poder de la carne y de su rey: Lucifer.

Yo continúo siendo Jesús, el Rabí de Galilea, aquel a quien los leprosos, los paralíticos, los ciegos, los endemoniados, los epilépticos llamaban a gritos diciendo: “Hijo de David, ten piedad de mí”. Yo continúo siendo Jesús, el Rabí que tiende la mano a quien se ahoga y le dice: “¿Por qué dudas de Mí?”. Yo sigo siendo Jesús, el Rabí que dice a los muertos: “Álzate y vive. Lo quiero. Sal de tu sueño de muerte, de tu sepulcro, y camina” y os devuelvo a quien os ama.

¿Y quién os ama, oh dilectos míos? ¿Quién os ama con amor verdadero, no egoísta, no inconstante? ¿Quién os ama con un amor no interesado ni avaro, sino cuya única meta sea la de daros lo que ha acumulado para vosotros y deciros: “Toma. Todo es tuyo. Todo esto lo he hecho por ti, para que sea tuyo y lo disfrutes”? ¿Quién? El Dios eterno. Y Yo os devuelvo a Él. A Él que os ama.

No os alejo de mi altar. Porque este altar es mi cátedra, es mi trono, es la morada del Médico que cura todo mal. Desde aquí os enseño a tener fe. Desde aquí, Rey de Vida, os doy la Vida. Desde aquí me inclino sobre vuestras enfermedades y las sano con mi soplo de amor.

Y aún hago más, ¡oh hijos! Desciendo de este altar y os salgo al encuentro. Heme aquí que me asomo al umbral de estas casas mías, en las que demasiados pocos son los que entran y menos aún los que entran con fe segura. Heme aquí que, figura de paz, me asomo a vuestros caminos por los que pasáis abatidos, amargados, abrasados por el dolor, por los intereses, por el odio. Heme aquí, que os tiendo las manos, porque os veo vacilar cansados bajo el peso de enormes piedras que os habéis impuesto y que han usurpado el lugar de aquella cruz que había puesto en vuestras manos para que fuera vuestro apoyo, como lo es el cayado para el peregrino. Os digo: “Entra. Descansa. Bebe”, porque os veo exhaustos, sedientos.

Pero vosotros no me veis. Pasáis junto a Mí, me empujáis, a veces por mala voluntad, otras porque vuestra vista espiritual está ofuscada, a veces me miráis. Pero sabéis que estáis sucios y no osáis acercaros a mi candor de Hostia divina. Mas este Candor sabe compadeceros. Conocedme, hombres, que desconfiáis de Mí porque no me conocéis.

Oíd. He querido dejar la Libertad y la Pureza que son la atmósfera del Cielo y descender a vuestra cárcel, con este aire impuro, para ayudaros, porque os amo. Y aún he hecho más: me he privado de mi libertad de Dios y me he hecho esclavo de una carne. El Espíritu de Dios encerrado en una carne, la Infinidad aprisionada por un puñado de músculos y de huesos, sujeta a sentir las voces de esta carne que padece el frío y el sol, el hambre, la sed y el cansancio. Podía ignorarlo todo. He querido conocer las torturas del hombre caído de su trono de inocente para amaros todavía más.

Y aún no me he conformado con esto. He querido –porque para compadecer hay que padecer lo que padece aquel a quien se compadece– he querido sentir el asalto de todos los sentimientos para sentir vuestras luchas, para entender cuán astuta que es la tiranía que Satanás os pone en la sangre, para entender qué fácil es quedarse hipnotizados por la serpiente si tan sólo por un momento se bajan los ojos sobre su mirada fascinadora, olvidando que se vive en la luz. Porque la serpiente no vive en la luz. Va a los escondrijos sombríos que aparecen sosegados y en cambio son engañosos. Para vosotros estas sombras tienen nombre: mujer, dinero, poder, egoísmo, sentido, ambición. Os eclipsan la Luz que es Dios. En medio de ellas está la Serpiente: Satanás. Parece un collar. Es la cuerda para vuestra estrangulación. He querido conocer esto porque os amo.

No me ha bastado aún. A Mí me hubiera bastado. Pero la Justicia del Padre podía decir a su Carne: “Tú has triunfado contra la insidia. Sin embargo, el hombre–carne como Tú no sabe triunfar, que sea castigado por ello porque Yo no puedo perdonar a quien está inmundo”. He tomado sobre Mí vuestros oprobios. Los pasados, los de este momento y los futuros. Todos. Aún más que Job para encubrir sus llagas, estuve sumergido en un estercolero cuando, hundido por el pecado de todo un mundo, no osaba ni tan siquiera alzar los ojos para buscar el Cielo, y gemía sintiendo pesar sobre Mí la cólera del Padre acumulada durante siglos, consciente de las culpas que preveía. Un diluvio de culpas sobre la Tierra, desde su amanecer hasta su noche. Un diluvio de maldiciones sobre el Culpable. Sobre la Hostia del Pecado.

¡Oh hombres! Yo era más inocente que el niño que la madre besa cuando vuelve del bautismo. Y de Mí se horrorizó el Altísimo porque era el Pecado, porque había tomado sobre Mí todo el pecado del mundo. He sudado de repugnancia. He sudado sangre por la repugnancia ante esta lepra en Mí, Yo que era el Inocente. La sangre me ha roto las venas por el asco ante el fétido charco en el que estaba sumergido. Y para completar esta tortura, a este exprimirse la sangre de mi corazón, se ha unido la amargura de estar maldecido, porque en aquel momento no era el Verbo de Dios: era el Hombre. El Hombre. El Culpable.

¿Acaso puedo, Yo que lo he padecido, no comprender vuestro abatimiento y no amaros porque estáis abatidos? Por eso os amo. No tengo más que recordar aquel momento para amaros y llamaros: “¡Hermanos!”. Pero el llamaros así no es suficiente para que el Padre pueda llamaros: “Hijos”. Y Yo quiero que os llame así. ¿Qué hermano sería si no os quisiera conmigo en la Casa paterna?

Entonces, pues, os digo: “Venid, que Yo os lave”. Nadie está tan sumamente sucio que no le limpie mi baño. Nadie es tan puro que no lo necesite. Venid. Esto no es agua. Hay fuentes milagrosas que sanan las llagas y las enfermedades de la carne, pero ésta es más que ésas. Esta fuente mana de mi pecho.

He aquí el Corazón desgarrado del que brota el agua que lava. Mi Sangre es el agua más cristalina que exista en lo creado. En ella se anulan enfermedades e imperfecciones. Y vuelve vuestra alma blanca e íntegra, digna del Reino.

Venid. Dejad que Yo os diga: “¡Yo te absuelvo!”. Abridme vuestro corazón. En él se encuentran las raíces de vuestros males. Dejad que Yo entre. Dejad que Yo desate vuestras vendas. ¿Os repugnan vuestras llagas? Vistas bajo mi luz os aparecen lo que son: hormigueros de gusanos inmundos. No las miréis. Mirad las mías. Dejadme hacer. Tengo la mano ligera. No sentiréis más que una caricia… y todo quedará curado. No sentiréis más que un beso y una lágrima. Y todo quedará limpio.

¡Oh, qué hermosos estaréis entonces alrededor de mi altar! Ángeles entre los ángeles del sagrario. Y mi Corazón tendrá una alegría inmensa. Porque soy el Salvador y no desprecio a nadie. Pero también soy el Cordero que pace entre los lirios, y me complazco cuando estoy circundado de candor porque he tomado la vida y la he dado para haceros cándidos.

¡Oh cómo veo a mi Padre sonreiros y al Amor fulguraros con sus fulgores, porque ya no estáis manchados de pecado!

Venid a la fuente del Salvador. Que mi Sangre descienda sobre el ánimo contrito y una voz, en la que está la mía, diga: “Yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

II.

“Uno de vosotros me traicionará.

 ¡Uno de vosotros! Sí, en la proporción de uno a doce, uno de vosotros me traiciona.

Cada traición es más dolorosa que una lanzada. Mirad la Humanidad de vuestro Redentor: desde la cabeza hasta los pies es toda una herida. La flagelación hace horrorizar a quien la medita y agonizar a quien la padece. Fue un dolor atroz, pero duró una hora. Vosotros, que me traicionáis, me flageláis el Corazón, y lo hacéis desde hace siglos.

Yo os he amado, Yo os amo y os compadezco; Yo os perdono, Yo os lavo quitándome la Sangre para daros un baño purificador, y vosotros me traicionáis.

Soy el Verbo de Dios, estoy glorioso en el Cielo; pero en este Cielo no estoy sólo como Espíritu, sino también como Carne. La carne tiene sentimientos y afectos ¿por qué queréis renovarme continuamente ese fuego corrosivo que es la cercanía de un traidor? ¿Está lejos el Cielo? No, hijos que me traicionáis, Yo estoy cerca de vosotros, estoy entre vosotros, y vosotros me quemáis con la llama de vuestro traicionar.

Miro, buscando un consuelo, entre las distintas clases de personas y en cada una encuentro miradas y miradas de traidores ¿por qué me traicionáis? Yo estoy entre vosotros para haceros el bien ¿por qué queréis hacerme daño? Yo os traigo mis dones ¿por qué me lanzáis víboras mordaces? Yo os llamo “amigos” ¿por qué vosotros me respondéis: “Maldito”? ¿Qué os he hecho? ¿Qué hombre conocéis que sea más paciente y más bueno que Yo?

Mirad. Cuando sois felices nadie os abandona, pero si lloráis, si la riqueza os abandona, si una enfermedad os hace contagiosos, es entonces cuando todos se alejan de vosotros. Yo permanezco. Más aún os acojo precisamente entonces, porque es cuando venís. Ya no tenéis a nadie con quien llorar y hablar, y entonces os acordáis de Mí, y Yo no os digo: “Vete que no te conozco”. Podría decirlo porque de hecho mientras que erais ricos, sanos y felices nunca habéis venido a decirme: “Lo soy y te lo agradezco”.

Pero no, ni siquiera pretendo esto de quien aún no es un gigante de amor. Las “gracias” no las pretendo. Me conformaría con que me dijerais: “Soy feliz”. Decídmelo. No me consideréis un extraño. Acordaros de que Yo también estoy aquí y dedicad un pensamiento a este Jesús. Las “gracias” las diré Yo por vosotros a Dios: Padre mío y vuestro. En cambio nunca venís. Y podría decir: “No os conozco”. En cambio, heme aquí que os abro los brazos y digo: “Ven, que lloramos juntos”.

Mirad. Estoy en las cárceles, en las celdas pequeñas y viles, sentado a la misma mesa que el presidiario, y le hablo de una libertad más verdadera que esa que está más allá de las cuatro paredes, de una libertad = mi ley de amor. Quizás ha matado, quizás ha robado, pero ahora me llama y heme aquí con él. El mundo le desprecia, Yo le amo. He llamado “amigo” a quien me mataba y me arrancaba de la vida. Puedo llamar “amigo” a este infeliz que vuelve a Mí.

Estoy, llama de amor, cerca de los enfermos. Sus fiebres conocen mis caricias, su sudor mi sudario, sus languideceres mi brazo que les sostiene, sus angustias mi palabra. No obstante, muchos están enfermos por haberme traicionado, traicionando mi ley. Han servido a la carne y la carne, fiera enloquecida, se ha extraviado y les pierde, ahora, también en la vida. Y de todas formas, Yo soy el único que no me canso de su mal y velo con ellos, y sonrío ante sus esperanzas y, en cuanto que el Padre lo permite, las transformo en realidad. Mas si veo que el decreto es de muerte, entonces tomo a este hermano que tiembla ante el misterio de la muerte y que me llama, y le digo: “No temas. Crees que sea tiniebla: es luz. Crees que sea dolor: es alegría. Dame tu mano, conozco la muerte, la conocí antes que tú. Sé que es un instante en el que Dios auxilia sobrenaturalmente, para mitigar los sentidos y evitar que el alma se abata en la lucha final. Fíate. Mírame. Sólo a Mí… ¡Ya está! ¿ves? has atravesado el umbral. Ven conmigo, ahora, al Padre. No temas tampoco en este momento. Yo estoy contigo, y el Padre ama a quien amo”.

Estoy en las casas desiertas. Antes había voces alegres. Ha pasado la muerte o la miseria. El superviviente vaga solo. Los amigos huyeron. Los amados, lejos por trabajo o por la muerte. Hay sol en el cielo, pero para el superviviente todo es tiniebla. Hay paz en el aire de la noche, pero para el superviviente no hay descanso. Y sin embargo muchas veces se me ha traicionado en esa casa, deificando a las criaturas. Se ha amado idólatramente a las criaturas traicionando mi ley. Pero Yo entro, y voy a poner un rayo en las tinieblas, a infundir paz donde hay tempestad. Aquel superviviente me ha llamado… quizás distraídamente, quizás sin una auténtica voluntad de tenerme, pero Yo voy sin tardar.

¡Oh! sólo pido estar con vosotros. Todo recuerdo de los errores pasados se desvanece cuando me llamáis: “¡Jesús!”.

Pero no flageléis mi Corazón. Ya está abierto y desangrado. No irritéis su herida. Y a quienes me han entendido en mi dolor de traicionado, digo: “Uno de vosotros me traicionará. Dadme vuestro fiel amor como bálsamo”. Y lo digo a todos: a los santos, mis predilectos como Dios; a los pecadores, mis predilectos como Jesús. Porque también los pecadores, por quienes me hice Jesús, pueden curarme esta herida.

¿Sois samaritanos? Ya lo sé, pero mi parábola habla de un samaritano bueno que cura las heridas que no fueron curadas por los hijos de la ley que pasaron de largo, absortos por las prisas de servir a Dios. No saben que a Dios se le sirve más amando que cumpliendo preceptos.

Yo soy el Herido que languidece en vuestros caminos. Los salteadores me han asaltado y desnudado. Los salteadores: los que indignamente se aprovechan de mi sacrificio de Dios que se hace carne. Me desnudan: negando mis atributos con sus múltiples herejías. Desnudan a la Verdad, les apetece ese ropaje porque es resplandeciente. Pero no saben que resplandece porque lo lleva puesto quien es Sol, y que en sus manos, que lo cubren con las babas de sus mentes soberbias, se convierte en un trapo cualquiera.

La Verdad es verdad, y con esta luz se ilumina todo cuando se ve unido a Dios. Separada, se convierte en lenguaje babélico. Porque la Verdad es Ciencia y Sabiduría, pero desarraigada de Dios se convierte en caos.

Curadme vosotros, aunque seáis samaritanos. Dadme vuestro aceite y vuestro vino: el aceite, el amor; el vino, la contrición de vuestro yo. Medicadme, no os desdeño. Que la pecadora que refresca mis pies cansados os hable, y diga si desprecio al pecador.

Pero no me traicionéis nunca más. Id y no pecad más. Todo os lo perdono si todo en vosotros me ama. Dadme un beso sincero. Mi mejilla arde por el beso de los traidores. Curadla con el beso de la fidelidad.

III.

“Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”.

Desde la cuna hasta la cruz. Desde Belén hasta el monte de los Olivos, os he amado.

El frío y la miseria de mi primera noche en el mundo no me han impedido amaros con mi espíritu y, anonadadamente hasta no poder deciros, Yo–Verbo: “os amo”, os he dicho aquellas palabras con mi espíritu, inseparable del espíritu del Padre y con Él operante en una actividad inextinguible.

La agonía de mi última noche en la Tierra no me impidió amaros. Al contrario, ha tocado las más altas cumbres del amor, ha ardido en el incendio más vivo, ha consumado todo lo que no era amor hasta exprimir, junto con la repulsión por el pecado y el dolor por el abandono paterno, la sangre de mis venas.

¿Qué amor hay más grande que el de aquel que sabe amar sabiéndose odiado? Yo os he amado así.

El primer gesto de mis manos, una caricia; el último, una bendición. Y entre estos dos gestos, nacido el primero en la oscuridad de una noche de invierno, el último en el resplandor de una abrasadora mañana de verano, treinta y tres años de gestos de amor, que respondían a otros tantos movimientos de amor. Amor de milagros, amor de caricias a los niños y a los amigos, amor de maestro, amor de benefactor, amor de amigo, amor, amor, amor…

Y amor más que humano en la última Cena. Antes de que fueran atadas y traspasadas, estas manos mías han lavado los pies de los apóstoles incluso de aquel al que habría querido lavar el corazón, y han partido el pan. Y me rompía el Corazón con aquel pan. Ése os daba. porque sabía cercano mi regreso al Cielo y no quería dejaros solos. Porque sabía qué fácil os es olvidaros y quería que os vierais, hermanos sentados a una única mesa, alrededor de mi mesa, para deciros el uno al otro: “Somos de Jesús”.

¿Qué amor más grande que el de aquel que sabe amar a quien le tortura? Con todo, Yo os he amado así, y he sabido pedir por vosotros mientras que moría.

Amaos como Yo os he amado. El odio extingue la luz, e incluso el simple rencor ofusca la paz. Dios es paz, es luz, porque Dios es amor, pero si no amáis, y amáis como Yo os he amado, no podréis tener a Dios.

Como Yo os he amado. Por eso sin soberbias. De este sagrario, de esta cruz, de este Corazón sólo salen palabras de humildad.

Soy Dios y soy vuestro Siervo, y estoy aquí en espera de que me digáis: “Tengo hambre” para darme a vosotros hecho Pan. Soy Dios y me expongo a vuestros ojos sobre el madero, que era un patíbulo infame, desnudo y maldito. Soy Dios y os ruego que améis mi Corazón. Os lo ruego. Porque os amo, porque si me amáis os hacéis el bien a vosotros mismos. Yo soy Dios, con o sin vuestro amor sigo siendo Dios, pero vosotros no. Sin mi amor no sois nada: polvo.

Os quiero conmigo. Os quiero aquí. Quiero con vuestro polvo hacer una luz de bienaventuranza. Quiero que no muráis, sino que viváis, porque Yo soy la Vida y quiero que vosotros tengáis la Vida.

Amaos sin egoísmo. Sería un amor impuro, destinado a morir por enfermedad. Amaos queriendo para los demás mayor bien del que deseáis para vosotros mismos. Es muy difícil, lo sé, pero ¿veis este Pan eucarístico? Ha forjado mártires. Eran criaturas como vosotros: miedosas, débiles, hasta viciosas. Este Pan les ha convertido en héroes.

En el primer punto os he indicado mi Sangre para vuestra purificación. En el tercer punto os indico esta Mesa y este Pan para santificaros. La Sangre, de pecadores os ha hecho justos; el Pan, de justos os hace santos. Un baño limpia pero no nutre; refresca, repone, pero no se hace carne de la carne. La comida, en cambio, se hace sangre y carne, se hace parte de vosotros mismos. Mi Comida se hace parte de vosotros mismos.

¡Oh! ¡pensad! Mirad a un niño pequeño. Hoy come su pan y mañana de nuevo y también pasado mañana, y el otro, y el otro. Entonces se hace hombre: alto, robusto, hermoso. ¿Su madre lo hizo así? No, su madre lo ha concebido, llevado en su seno, dado a luz, criado y amado, amado, amado. Pero el pequeño hubiera perecido de inanición, si tras la leche no hubiera tenido más que baños, besos y amor. Este pequeño se hace hombre porque toma comida para adultos. Aquel hombre lo es porque toma su alimento cotidiano.

Lo mismo sucede con vuestro yo espiritual. Nutridlo con el Alimento verdadero que desciende del Cielo y que desde el Cielo os trae todas las energías para haceros viriles en la Gracia. La virilidad sana y fuerte siempre es buena. Mirad cómo es más fácil ver a un enfermizo ser áspero y sin compasión ni paciencia. Mi Alimento os hará sanos y fuertes en la virilidad del espíritu y sabréis amar a los demás más que a vosotros mismos, como Yo os he amado.

Porque, mirad, hijos, Yo os he amado no como uno se ama a sí mismo sino más que a Mí mismo. Tanto es así que me he dispuesto a la muerte para salvaros a vosotros de la muerte. Si amáis así conoceréis a Dios.

¿Sabéis qué quiere decir conocer a Dios? Quiere decir conocer el gusto de la verdadera Alegría, de la verdadera Paz, de la verdadera Amistad. ¡Oh! ¡la Amistad, la Paz, la Alegría de Dios! Es el premio prometido a los bienaventurados, pero ya se le da a quien, en la Tierra, ama con todo su ser.

El amor, para ser verdadero, no lo es de palabras, es de hechos, activo, como su fuente que es Dios. Nunca se cansa de obrar ni siquiera por las decepciones que dan los hermanos. Pobre de aquel amor que cae como un pájaro de débiles alas cuando un obstáculo le hiere.

El verdadero amor, aún herido, sube. Si no puede volar, trepa con las uñas y con el pico para no yacer en la sombra y en el hielo, para estar en el sol, medicina de todo mal. Y en cuanto está restablecido vuelve a volar. Y va de Dios a los hermanos y de éstos a Dios, mariposa angélica que lleva el polen de los jardines celestiales para fecundar las flores terrestres, y lleva a Dios los perfumes raptados de las flores más humildes, para que los acoja y los bendiga.

Pero ¡ay de ella si se aleja del sol! El Sol es mi Eucaristía, porque en Ella está bendiciendo el Padre y amante el Espíritu, mientras que Yo, el Verbo, obro.

Venid y tomad. Éste es mi Alimento que ardientemente pido que sea consumado por vosotros.

IV.

“Si permanecéis en Mí y mi doctrina permanece en vosotros, se os dará cuanto pidáis”.

Desciendo en vosotros y me hago vuestro alimento. Pero, como Centro que soy, hacia Mí os aspiro. Vosotros os nutrís de Mí, pero con mayor razón Yo me nutro de vosotros. Ambas hambres son insaciables y continuas. La vid nutre a sus sarmientos, pero son los sarmientos los que hacen la vid. El agua nutre los mares pero son los mares los que nutren el agua, volviendo a subir en evaporaciones para descender de nuevo. Por eso tenéis que permanecer en Mí como Yo en vosotros. Separados, no Yo sino vosotros moriríais.

Yo soy alimento para el espíritu y alimento para el pensamiento. El espíritu se nutre de la Carne de un Dios. Esencia efundida por Dios, sólo puede recibir su alimento de lo que es su matriz. El pensamiento se nutre con mi Palabra que es el Pensamiento de un Dios.

¡Vuestro pensamiento! la inteligencia es la que os hace semejantes a Dios, porque en la inteligencia está la memoria, el intelecto y la voluntad como en el espíritu está la semejanza por ser espíritu, libre, inmortal.

Vuestro pensamiento, para ser capaz de recordar, entender, querer lo que es el bien, tiene que estar nutrido por mi Doctrina. Ésta os recuerda los beneficios y las obras de Dios, quién es Dios, qué se le debe a Dios. Ésta os hace comprender el bien y discernirlo del mal, os hace desear el bien. Sin mi Doctrina os hacéis esclavos de otras que tienen el nombre de “doctrina” pero que son errores. Y como naves sin brújula ni timón vais a la deriva. Salís de las rutas. ¿Y entonces cómo podéis decir: “Dios me ha abandonado” cuando sois vosotros los que le habéis abandonado a Él?

Permaneced en Mí. Si no permanecéis en Mí es signo de que me odiáis. Y mi Padre odia a quien me odia, porque quien me odia, odia al Padre, siendo Yo uno con el Padre. Permaneced en Mí. Haced que el Padre no pueda distinguir al sarmiento de la vid, en tal modo el sarmiento es uno con ella. Haced que el Padre no pueda ver donde termino Yo y comenzáis vosotros, tan plena es la semejanza. Quien ama acaba tomando inflexiones, dichos y gestos del amado.

Yo quiero que vosotros seáis otros Jesús. Y esto porque quiero que obtengáis cuanto pedís –fundidos conmigo sólo podéis pedir cosas buenas– y no tengáis que conocer denegaciones. Y esto porque Yo quiero que tengáis aún más de cuanto pedís, porque el Padre efunde sus tesoros sobre su Hijo en un continuo flujo de amor, y quien está en el Hijo disfruta de esta efusión infinita que es el amor de Dios que se deleita en su Verbo y que circula en Él. Ahora bien, Yo soy el Cuerpo y vosotros los miembros, y por esto la Alegría que me inunda y viene del Padre, el Poder, la Paz y toda perfección que circula en Mí se os comunica, mis fieles, a vosotros que sois parte inseparable de Mí aquí y allende.

Venid y pedid. No tengáis miedo de pedir. Lo podéis pedir todo porque Dios lo puede dar todo. Pedid por los presentes y por los ausentes, pedid por los pasados, los presentes, los futuros, pedid por vuestra jornada, y por vuestra eternidad, y por ésta y aquella de quienes amáis.

Pedid, pedid, pedid. Por todos. Por los buenos para que Dios les bendiga, por los malvados para que Dios les convierta. Decid conmigo: “Padre, perdónales”. Pedid: la salud, la paz en la familia, la paz en el mundo, la paz para la eternidad. Pedid la santidad. Sí, también ésta. Dios es el Santo y es el Padre, pedidle, junto con la vida que os mantiene, la santidad a través de la Fuerza que proviene de Él.

No tengáis miedo de pedir. El pan de cada día y la bendición cotidiana. No sois sólo cuerpo, aún no sois todo espíritu. Pedid por éste y por aquél y se os dará.

No temáis ser demasiado osados. Yo por vosotros he pedido mi misma gloria, más aún, incluso os la he dado para que seáis semejantes a Nosotros que os amamos, y el mundo conozca que sois hijos de Dios.

Venid. En mi Corazón está vuestro Padre. Entrad, para que Él os pueda reconocer y decir: “Que se haga una gran fiesta en el Cielo porque he recobrado a un hijo que amaba”.

 

“Te he complacido” dice Jesús. “He hablado Yo todo el tiempo. He querido que hablara mi Voz eucarística. Tenedla como mi regalo. Te bendigo y a todos los que la escucharán”.

https://www.santisimavirgen.com.ar/hora_con_jesus.htm