martes, 15 de diciembre de 2015

Vision De La Beata Ana Katalina De Emmerick sobre la Anunciacion y siguientes dias




XXIX
La anunciación del Ángel
Tuve una visión de la Anunciación de María el día de esa fiesta. He visto a la Virgen Santísima poco después de su desposorio, en la casa de San José, en Nazaret. José había salido con dos asnos para traer algo que había heredado o para buscar las herramientas de su oficio. Me pareció que se hallaba aún en camino. Además de la Virgen y de dos jovencitas de su edad que habían sido, según creo, sus compañeras en el Templo, vi en la casa a Santa Ana con aquella parienta viuda que se hallaba a su servicio y que más tarde la acompañó a Belén, después del nacimiento de Jesús. Santa Ana había renovado todo en la casa. Vi a las cuatro mujeres yendo y viniendo por el interior paseando juntas en el patio. Al atardecer las he visto entrar y rezar de pie en torno de una pequeña mesa redonda; después comieron verduras y se separaron. Santa Ana anduvo aún en la casa de un lado a otro, como una madre de familia ocupada en quehaceres domésticos. María y las dos jóvenes se retiraron a sus dormitorios, separados.El frente de la alcoba, hacia la puerta, era redondo, y en esta parte circular, separada por un tabique de la altura de un hombre, se encontraba arrollado el lecho de María. Fui conducida hasta aquella habitación por el joven resplandeciente que siempre me acompaña, y vi allí lo que voy a relatar en la forma que puede hacerlo una persona tan miserable como yo. Cuando hubo entrado la Santísima Virgen se puso, detrás de la mampara de su lecho, un largo vestido de lana blanca con ancho ceñidor y se cubrió la cabeza con un velo blanco amarillento. La sirvienta entró con una luz, encendió una lámpara de varios brazos que colgaba del techo, y se retiró. La Virgen tomó una mesita baja arrimada contra el muro y la puso en el centro de la habitación. La mesa estaba cubierta con una carpeta roja y azul, en medio de la cual había una figura bordada: no sé si era una letra o un adorno simplemente.

Sobre la mesa había un rollo de pergamino escrito. Habiéndola colocado
la Virgen entre su lecho y la puerta, en un lugar donde el suelo estaba cubierto con una alfombra, puso delante de sí un pequeño cojín redondo, sobre el cual se arrodilló, afirmándose con las dos manos sobre la mesa. María veló su rostro y juntó las manos delante del pecho, sin cruzar los dedos. Durante largo tiempo la vi así orando ardientemente, con la faz vuelta al cielo, invocando la Redención, la venida del Rey prometido a Israel, y pidiendo con fervor le fuera permitido tomar parte en aquella misión. Permaneció mucho tiempo arrodillada, transportada en éxtasis; luego inclinó la cabeza sobre el pecho. Entonces del techo de la habitación bajó, a su lado derecho, en línea algún tanto oblicua, un golpe tan grande de luz, que me vi obligada a volver los ojos hacia la puerta del patio. Vi, en medio de aquella masa de luz, a un joven resplandeciente, de cabellos rubios flotantes, que había descendido ante María, a través de los aires. Era el Arcángel Gabriel. Cuando habló vi que salían las palabras de su boca como si fuesen letras de fuego: las leí y las comprendí.

María inclinó un tanto su cabeza velada a la derecha. Sin embargo, en su modestia,
no miró al ángel. El Arcángel siguió hablando. María volvió entonces el rostro hacia él, como si obedeciera una orden, levantó un poco el velo y respondió. El ángel dijo todavía algunas palabras. María alzó el velo totalmente, miró al ángel y pronunció las sagradas palabras:

"He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra"…

 María se hallaba en un profundo arrobamiento. La habitación resplandecía y
ya no veía yo la lámpara del techo ni el techo mismo. El cielo aparecía abierto y mis miradas siguieron por encima del ángel una ruta luminosa. En el punto extremo de aquel río de luz se alzaba una figura de la Santísima Trinidad: era como un fulgor triangular, cuyos rayos se penetraban recíprocamente. Reconocí allí Aquello que sólo se puede adorar sin comprenderlo jamás: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y, sin embargo, un solo Dios Todopoderoso. Cuando la Santísima Virgen hubo dicho: "Hágase en mí según tu palabra", vi una aparición alada del Espíritu Santo, que no se parecía a la representación habitual bajo la forma de paloma: la cabeza se asemejaba a un rostro humano; la luz se derramaba a los costados en forma de alas. Vi partir de allí como tres efluvios luminosos hacia el costado derecho de la Virgen, donde volvieron a reunirse. Cuando esta luz penetró en su costado derecho, la Santísima Virgen volvióse luminosa Ella misma y como transparente: parecía que todo lo que había de opaco en ella desaparecía bajo esa luz, como la noche ante el espléndido día. Se hallaba tan penetrada de luz que no había en ella nada de opaco o de oscuro. Resplandecía como enteramente iluminada.

Después de esto vi que el ángel desaparecía y que la faja luminosa, de donde
había salido, se desvanecía. Parecía que el cielo aspirase y volviese hacia sí la luz que había dejado caer. Mientras veía todas estas cosas en la habitación de María tuve una impresión personal de naturaleza singular. Me hallaba en angustia continua, como si me acechasen peligrosas emboscadas, y vi una horrible serpiente que se arrastraba a través de la casa y por los escalones hasta la puerta, donde me había detenido cuando la luz penetró en la Santísima Virgen. El monstruo había llegado ya al tercer escalón. Aquella serpiente era del tamaño de un niño, con la cabezota ancha y chata, y a la altura del pecho tenía dos patas cortas membranosas, armadas con garras, sobre las cuales se arrastraba, que parecían alas de murciélago. Tenía manchas de diferentes colores, de aspecto repugnante; se parecía a la serpiente del Paraíso terrenal, pero de aspecto más deforme y espantoso. Cuando el ángel desapareció de la presencia de la Virgen, ésta pisa la cabeza del monstruo que estaba delante de la puerta, el cual lanzó un grito tan espantoso que me hizo estremecer. Después he visto aparecer tres espíritus, que golpearon al odioso reptil echándolo fuera de la casa.
 

María arrobada en el Espíritu SantoDesaparecido el ángel he visto a María arrobada en éxtasis profundo, en absoluto recogimiento. Pude ver que ya conocía y adoraba la Encarnación del Redentor en sí misma, donde se hallaba como un pequeño cuerpo humano luminoso, completamente formado y provisto de todos sus miembros. Aquí, en Nazaret, no es lo mismo que en Jerusalén, donde las mujeres deben quedarse en el atrio, sin poder entrar en el Templo, porque solamente los sacerdotes tienen acceso al Santuario. En Nazaret la misma Virgen es el Templo: el Santo de los Santos está en Ella, como también el Sumo Sacerdote y se halla Ella sola con Él. ¡Qué conmovedor es todo esto y qué natural y sencillo al mismo tiempo! Quedaban cumplidas las palabras del salmo 45: "El Altísimo
ha santificado su tabernáculo; Dios está en medio de Él, y no será conmovido".Era más o menos la medianoche cuando contemplé todo este espectáculo. Al cabo de algún tiempo Ana entró en la habitación de María con las demás mujeres. Un movimiento admirable en la naturaleza las había despertado: una luz maravillosa había aparecido por encima de la casa. Cuando vieron a María de rodillas, bajo la lámpara, arrebatada en el éxtasis de su plegaria, se alejaron respetuosamente.
Después de algún tiempo vi a la Virgen levantarse y acercarse al altarcito de la pared; encendió la lámpara y oró de pie. Delante de ella, sobre un alto atril, había rollos escritos. Sólo al amanecer la vi descansando. El guía me llevó fuera de la habitación; pero cuando estuve en el pequeño vestíbulo de la casa me vi presa de gran temor. Aquella horrible serpiente, que estaba allí en acecho, se precipitó sobre mí y quiso ocultarse entre los pliegues de mi vestido. Me encontré en medio de una angustia horrible; pero mi guía me alejó de allí y pude ver que reaparecían los tres espíritus, que golpearon nuevamente al monstruo. Aún resuena en mí su grito horroroso y me espanta su recuerdo.
 

Contemplando esta noche el misterio, de la Encarnación comprendía todavía muchas otras cosas. Ana recibió un conocimiento interior de lo que estaba realizándose. Supe también por qué el Redentor debía quedar nueve meses en el seno de su Madre y nacer bajo la forma de niño; el porqué no quiso aparecer en forma de hombre perfecto como nuestro primer padre Adán saliendo de las manos de Dios: todo esto se me explicó, pero ya no lo puedo explicar con claridad. Lo que puedo decir es que Él quiso santificar nuevamente el acto de la concepción y la natividad de los hombres, degradados por el pecado original.Si María se convirtió en Madre y si Él no vino más temprano al mundo fue porque ella era lo que ninguna criatura fue antes ni será después: el puro vaso de gracia que Dios había prometido a los hombres y en el cual Él debía hacerse hombre, para pagar las deudas de la humanidad, mediante los abundantes méritos de su pasión.
 

La Santísima Virgen era la flor perfectamente pura de la raza humana abierta en la plenitud de los tiempos. Todos los hijos de Dios entre los hombres, todos, hasta los que desde el principio habían trabajado en la obra de la santificación, han contribuido a su venida. Ella era el único oro puro de la tierra; solamente ella era la porción inmaculada de la carne y de la sangre de la humanidad entera, que preparada, depurada, recogida y consagrada a través de todas las generaciones de sus antepasados; conducida, protegida y fortalecida bajo el régimen de la ley de Moisés, se realizaba finalmente como plenitud de la gracia. Predestinada en la eternidad, surgió en el tiempo como Madre del Verbo Eterno.
 

La Virgen María contaba poco más de catorce años cuando tuvo lugar la Encarnación de Jesucristo. Jesús llegó a la edad de treinta y tres años y tres veces seis semanas. Digo tres veces seis, porque en este mismo instante estoy
viendo la cifra seis repetida tres veces.



XXX
Visitación de María a Isabel
Algunos días después de la Anunciación del Ángel a María, José volvióse  a Nazaret e hizo ciertos arreglos en la casa para poder ejercer su oficio y quedarse, pues hasta entonces sólo había permanecido dos días allí. Nada sabía del misterio de la Encarnación del Verbo en María. Ella era la Madre de Dios y era la sierva del Señor y guardaba humildemente el secreto. Cuando la Virgen sintió que el Verbo se había hecho carne en ella, tuvo un gran deseo de ir a Juta, cerca de Hebrón, para visitar a su prima Isabel, que según, las palabras del ángel hallábase encinta desde hacía seis meses.

Acercándose el
tiempo en que José debía ir a Jerusalén, para la fiesta de Pascua, quiso acompañarle con el fin de asistir a Isabel durante su embarazo. José, en compañía de la Virgen Santísima, se puso en camino para Juta. Él camino se dirigía al Mediodía. Llevaban un asno sobre el cual montaba María de vez en cuando. Este asno tenía atada al cuello una bolsa perteneciente a José, dentro de la cual había un largo vestido pardo con una especie de capuz. María se ponía este traje para ir al Templo o a la sinagoga. Durante el viaje usaba una túnica parda de lana, un vestido gris con una faja por encima, y cubría su cabeza una cofia amarilla. Viajaban con bastante rapidez. Después de haber atravesado la llanura de Esdrelón, los vi trepar una altura y entrar en la ciudad, de Dotan, en casa de un amigo del padre de José. Este era un hombre bastante acomodado, oriundo de Belén. Él padre de José lo llamaba hermano a pesar de no serlo: descendía de David por un antepasado que también fue rey, según creo, llamado Ela, o Eldoa o Eldad, pues no recuerdo bien su nombre.
 

Dotan era una ciudad de activo comercio. Luego los vi pernoctar bajo un cobertizo. Estando aún a doce leguas de la casa de Zacarías pude verlos otra noche en medio de un bosque, bajo una cabaña de ramas toda cubierta de hojas verdes con hermosas flores blancas. Frecuentemente se ven en este país al borde de los caminos esas glorietas hechas de ramas y de hojas y algunas
construcciones más sólidas en las cuales los viajeros pueden pernoctar o refrescarse, y aderezar y cocer los alimentos que llevan consigo. Una familia de la vecindad se encarga de la vigilancia de varios de estos lugares y proporciona las cosas necesarias mediante una pequeña retribución. No fueron directamente de Jerusalén a Juta. Con el fin de viajar en la mayor soledad dieron una
vuelta por tierras del Este, pasando al lado de una pequeña ciudad, a dos leguas de Emaús y tomando los caminos por donde Jesús anduvo durante sus años de predicación. Más tarde tuvieron que pasar dos montes, entre los cuales los vi descansar una vez comiendo pan, mezclando con el agua parte del bálsamo que habían recogido durante el viaje. En esta región el país es muy
montañoso.Pasaron junto a algunas rocas, más anchas en su parte superior que en la base; había en aquellos lugares grandes cavernas, dentro de las cuales se veían toda clase de piedras curiosas. Los valles eran muy fértiles. Aquel camino los condujo a través de bosques y de páramos, de prados y de campos. En un lugar bastante cerca del final del viaje noté particularmente una planta que tenía pequeñas y hermosas hojas verdes y racimos de flores formados por nueve campanillas cerradas de color de rosa. Tenía allí algo en qué debía ocuparme; pero he olvidado de qué se trataba.

La casa de Zacarías estaba situada sobre una colina, en torno de la cual había
un grupo de casas. Un arroyo torrentoso baja de la colina. Me pareció que era el momento en que Zacarías volvía a su casa desde Jerusalén, pasadas las fiestas de Pascua. He visto a Isabel caminando, bastante alejada de su casa, sobre el camino de Jerusalén, llevada por un ansia inquieta e indefinible. Allí la encontró Zacarías, que se espantó de verla tan lejos de la casa en el estado en que se encontraba. Élla dijo que estaba muy agitada, pues la perseguía el pensamiento de que su prima María de Nazaret estaba en camino para visitarla.
 

Zacarías trató de hacerle comprender que desechase tal idea y por signos y escribiendo en una tablilla, le decía cuán poco verosímil era que una recién casada emprendiera viaje tan largo en aquel momento. Juntos volvieron a su casa. Isabel no podía desechar esa idea fija, habiendo sabido en sueños que una mujer de su misma sangre se había convertido en Madre del Verbo Eterno, del Mesías prometido. Pensando en María concibió un deseo muy grande de verla y la vio, en efecto, en espíritu que venía hacia ella. Preparó en su casa, a la derecha de la entrada, una pequeña habitación con asientos y aguardó allí al día siguiente, a la expectativa, mirando hacia el camino por si llegaba María. Pronto se levantó y salió a su encuentro por el camino.

Isabel era una mujer alta, de cierta edad: tenía el rostro pequeño y rasgos bellos;
la cabeza la llevaba velada. Sólo conocía a María por las voces y la fama. María, viéndola a cierta distancia, conoció que era ella Isabel y se apresuró a ir a su encuentro, adelantándose a José que se quedó discretamente a la distancia. Pronto estuvo María entre las primeras casas de la vecindad, cuyos habitantes, impresionados por su extraordinaria belleza y conmovidos por cierta dignidad sobrenatural que irradiaba toda su persona, se retiraron respetuosamente en el momento de su encuentro con Isabel. Se saludaron amistosamente dándose la mano. En aquel momento vi un punto luminoso en la Virgen Santísima y como un rayo de luz que partía de allí hacia Isabel, la cual recibió una impresión maravillosa. No se detuvieron en presencia de los hombres, sino que, tomándose del brazo, se dirigieron a la casa por el patio interior.En el umbral de la puerta, Isabel dio nuevamente la bienvenida a María y luego entraron en la casa. José llegó al patio conduciendo al asno, que entregó a un servidor y fue a buscar a Zacarías en una sala abierta sobre el costado de la casa. Saludó con mucha
humildad al anciano sacerdote, el cual lo abrazó cordialmente y conversó con él por medio de la tablilla sobre la que escribía, pues había quedado mudo desde que el ángel se le había aparecido en el Templo.María e Isabel, una vez que hubieron entrado, se hallaron en un cuarto que me pareció servir de cocina. Allí se tomaron de los brazos. María saludó a Isabel muy cordialmente y las dos juntaron sus mejillas. Vi entonces que algo luminoso irradiaba desde María hasta el interior de Isabel, quedando ésta toda iluminada y profundamente conmovida, con el corazón agitado por santo regocijo. Se retiró Isabel un poco hacia atrás, levantando la mano y, llena de humildad, de júbilo y entusiasmo, exclamó: "Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿Pero de dónde a mí tanto favor que la Madre de mi Señor venga a visitarme?... Porque he aquí que como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura que llevo se estremeció de alegría en mi interior. ¡Oh, dichosa tú, que has creído; lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!"Después de estas palabras condujo a María a la pequeña habitación preparada, para que pudiera sentarse y reposar de las fatigas del viaje. Sólo había que dar unos pasos para llegar hasta allí. María dejó el brazo de Isabel, cruzó las manos sobre el pecho y empezó el cántico del Magníficat: "Mi alma glorifica al Señor; y mi espíritu se alegró en Dios mi Salvador. Porque miró a la bajeza de su sierva; porque he aquí que desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho grandes cosas conmigo el Todopoderoso, y santo es su Nombre. Y su misericordia es de generación en generación a los que le temen. Hizo valentías con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de su corazón. Quitó a los poderosos de los tronos y levantó a los humildes. A los hambrientos hinchó de bienes y a los ricos envió vacíos. Socorrió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia. Como habló a nuestros padres, a Abrahán y a su simiente, para siempre".
 

Isabel repetía en voz baja el Magníficat con el mismo impulso de inspiración de María. Luego se sentaron en asientos muy bajos, ante una mesita de poca altura. Sobre ésta había un vaso pequeño.¡Qué dichosa me sentía yo, porque repetía con ellas todas las oraciones, sentada muy cerca de María! ¡Qué grande era entonces mi felicidad!



XXXI

En casa de Zacarías e Isabel
José y Zacarías están juntos conversando acerca del Mesías, de su próxima venida y de la realización de las profecías. Zacarías era un anciano de alta estatura y hermoso cuando estaba vestido de sacerdote. Ahora responde siempre por signos o escribiendo en su tablilla. Los veo al lado de la casa en una sala abierta al jardín.

María e Isabel están sentadas sobre una alfombra en el huerto, bajo un árbol grande, detrás del cual hay una fuente por donde se escapa el agua cuando se retira la compuerta. En todo el contorno veo un prado cubierto de césped, de flores y de árboles con pequeñas ciruelas amarillas. Están juntas comiendo frutas y panecillos sacados de la alforja de José. ¡Qué simplicidad y qué conmovedora frugalidad!

En la casa hay dos criados y dos mozos de servicio: los veo ir y venir preparando alimentos en una mesa, debajo dé un árbol. Zacarías y José se acercan y comen también algo. José quería volverse de inmediato a Nazaret; pero tendrá que quedarse ocho
días allí. No sabe nada aún del estado de embarazo de María. Isabel y María habían guardado silencio sobre esto, manteniendo entre ellas una armonía secreta y profunda, que las unía íntimamente.

Varias veces al día, especialmente antes de las comidas, cuando todos se hallaban reunidos, las santas mujeres decían una especie de Letanías. José oraba con ellas. Pude ver una cruz que aparecía entre las dos mujeres, a pesar de no existir aún la cruz: aquello era como si dos cruces se hubiesen visitado.
Ayer, por la tarde, se juntaron todos para comer, quedándose hasta la medianoche sentados a la luz de una lámpara, bajo el árbol del jardín. Vi luego a José y a Zacarías solos en su oratorio, y a María y a Isabel en su pequeña habitación, una frente a la otra, de pie, absortas y estáticas, diciendo juntas el cántico del Magníficat. Además del vestuario mencionado, la Virgen usaba algo parecido a un velo negro transparente, que bajaba sobre el rostro cuando debía hablar con los hombres.

Hoy Zacarías condujo a José a otro jardín retirado de su casa. Zacarías era un hombre muy ordenado en todas sus cosas. En este huerto abundan árboles con frutas hermosas de todas clases: está muy bien cuidado, atravesado por una larga enramada, bajo la cual hay sombra; en su extremidad hay una glorieta escondida cuya puerta se abre por un costado. En lo alto de esta casa se ven aberturas cerradas con bastidores; dentro hay un lecho de reposo hecho de esteras, de musgos o de otras hierbas. Vi allí dos estatuas blancas del tamaño de un niño: no sé cómo se encuentran allí ni qué representan. Yo las hallaba parecidas a Zacarías y a Isabel, de cuando serían más jóvenes.

Hoy por la tarde vi a María y a Isabel ocupadas en la casa. La Virgen tomaba parte en los quehaceres domésticos y preparaba toda clase de prendas para el esperado niño. Las he visto trabajando juntas: tejían una colcha grande destinada al lecho de Isabel, para cuando hubiera dado a luz. Las mujeres judías usaban colchas de esta clase, las cuales tenían en el centro una especie de bolsillo
dispuesto de tal manera que la madre podía envolverse completamente en él con su niño. Encerrada allí dentro y sostenida mediante almohadas podía sentarse o tenderse según su voluntad. En el borde de la colcha había flores bordadas y algunas sentencias.

Isabel y María preparaban también toda clase de objetos para regalarlos a los pobres cuando naciera la criatura. Vi a santa Ana durante la ausencia de María y de José, enviar a menudo su criada a la casa de Nazaret para ver si todo seguía en orden allí. Una vez la vi ir allá sola.

Zacarías fue con José a pasear al campo. La casa se hallaba sobre una colina y es la mejor de toda esa región; otras casitas veo dispersas alrededor. María se encuentra sola, un tanto fatigada, en la casa con Isabel. He visto a Zacarías y a José pasar la noche en el jardín situado a alguna distancia de la casa. Unas veces los vi durmiendo en la glorieta, otras, orando a la intemperie. Volvieron al amanecer.

He visto a Isabel y a María dentro de la casa. Todas las mañanas y las noches repiten el Magníficat, inspirado a María por el Espíritu Santo, después de la salutación de Isabel. La salutación del ángel fue como una consagración que hacía el templo de María Santísima a Dios. Cuando pronunció aquellas palabras: "He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra", el Verbo Divino, saludado por la Iglesia y saludado por su sierva, entró en ella. Desde entonces, Dios estuvo en su templo y María fue el templo y el Arca de la Alianza del Nuevo Testamento. La salutación de Isabel y el alborozo de Juan en el seno de su madre, fueron el primer culto rendido ante aquel Santuario. Cuando la Virgen entonó el Magníficat, la Iglesia de la Nueva Alianza, del nuevo matrimonio, celebró por primera vez el cumplimiento de las promesas divinas de la Antigua Alianza, del antiguo matrimonio, recitando, en acción de gracias, un Te Deum laudamus. ¡Quién pudiera expresar dignamente la emoción de este homenaje rendido por la Iglesia a su Salvador, aún antes de su nacimiento!

Esta noche, mientras veía orar a las santas mujeres, tuve varias intuiciones y explicaciones relativas al Magníficat y al acercamiento del Santo Sacramento en la actual situación de la Santísima Virgen. Mi estado de sufrimiento y mis numerosas molestias me han hecho olvidar casi todo lo que he podido ver. En el momento del pasaje del cántico:"Hizo valentías con su brazo", vi diferentes cuadros figurativos del Santísimo Sacramento del Altar en el Antiguo Testamento. Había allí, entre otros, un cuadro de Abrahán sacrificando a Isaac, y de Isaías anunciando a un rey perverso algo de que éste se burlaba, y que he olvidado. Vi muchas cosas desde Abrahán hasta Isaías, y desde éste hasta María Santísima. Siempre veía el Santísimo Sacramento acercándose a la Iglesia de Jesucristo, quien reposaba todavía en el seno de su Madre.

Hace mucho calor allí donde está María en la tierra prometida. Todos se van al jardín donde está la casita. Primero Zacarías y José, luego Isabel y María. Han tendido un toldo bajo un árbol como para hacer una tienda de campaña. Hacia un lado veo asientos muy bajos con respaldos.

Anoche vi a Isabel y a María que iban al jardín un tanto alejado de la casa de Zacarías. Llevaban frutas y panecillos dentro de unas cestas y parecía que querían pasar la noche en ese lugar. Cuando José y Zacarías volvieron más tarde, vi a María que les salía al encuentro. Zacarías tenía su tablilla, pero la luz era insuficiente para que pudiera escribir y vi que María impulsada por el
Espíritu Santo le anunció que esa misma noche habría de hablar y que podía dejar su tablilla, ya que pronto podría conversar con José y rezar junto a él.

Angel de Ana CatalinaTanto me sorprendió esto, que yo, sacudiendo la cabeza, no quise admitirlo; pero mi Ángel de la Guarda, o mi guía espiritual, que siempre me acompaña, díjome, haciéndome una señal para que mirase a otra parte: "¿No quieres creer esto? Pues mira lo que sucede allí". Mirando hacia el lado que me indicaba vi un cuadro totalmente distinto, de época muy posterior. Vi al santo ermitaño Goar en un lugar donde el trigo había sido cortado. Hablaba con los mensajeros de un obispo mal dispuesto con él y aún aquellos hombres no le tenían afecto. Cuando los hubo acompañado hasta su casa lo vi buscando un gancho cualquiera para poder colgar su capa. Como viera un rayo de sol que entraba por la abertura del muro, en la simplicidad de su fe colgó su capa de aquel rayo y ella quedó suspendida allí en el aire. Me admiró tanto este prodigio que ya no me asombré de oír hablar a Zacarías, puesto que aquella gracia le llegaba por intermedio de María Santísima, dentro de la cual habitaba el mismo Dios. Mi guía me habló entonces de aquello a que se da el nombre de milagro. Entre otras cosas recuerdo que me dijo:

"Una confianza total en Dios, con la simplicidad de un niño, da a todas las cosas el ser y la substancia".

Estas palabras me aclararon acerca de todos los milagros, aunque no puedo explicarme esto con claridad.

Vi a los cuatro santos personajes pasar la noche en el jardín: se sentaron y comieron algunas cosas. Luego los vi caminar de dos en dos, orar juntos y entrar alternativamente en la glorieta para descansar en ella. Supe también que después del sábado, José se volvería a Nazaret y que Zacarías lo acompañaría un trecho de camino. Había un hermoso claro de luna y el cielo estaba muy
puro.



XXXII

Misterios del "Magníficat”
Durante la oración de las dos santas mujeres vi una parte del misterio relacionado con el Magníficat. Debo volver a ver todo esto el sábado, víspera de la octava de la fiesta y entonces podré decir algo más. Ahora sólo puedo comunicar lo siguiente: el Magníficat es el cántico de acción de gracias por el cumplimiento de la bendición misteriosa de la Antigua Alianza. Durante la oración de María vi sucesivamente a todos sus antepasados. Había en el transcurso de los siglos, tres veces catorce parejas de esposos que se sucedían, en los cuales el padre era siempre el vástago del matrimonio anterior. De cada una de estas parejas vi salir un rayo de luz dirigido hacia María mientras se hallaba en oración. Todo el cuadro creció ante mis ojos como un árbol con ramas luminosas, las cuales iban embelleciéndose cada vez más, y por fin, en un sitio determinado de este árbol de luz, vi la carne y la sangre purísimas e inmaculadas de María, con las cuales Dios debía formar su Humanidad, mostrándose en medio de un resplandor cada vez más vivo.

Oré entonces, llena de júbilo y de esperanza, como un niño que viera crecer delante de sí el árbol de Navidad. Todo esto era una imagen de la proximidad de Jesucristo en la carne y de su Santísimo Sacramento. Era como si hubiese visto madurar el trigo para formar el pan de vida del que me hallara hambrienta. Todo esto es inefable. No puedo decir cómo se formó la carne en la cual se encarnó el mismo Verbo. ¿Cómo es posible esto a una criatura humana que todavía se encuentra dentro de esa carne, de la cual el Hijo de Dios y de María ha dicho que no sirve para nada y que sólo el espíritu vivifica?... También dijo Él que aquéllos que se nutren de su Carne y de su Sangre gozarán de la Vida Eterna y serán resucitados por Él en el último día. Únicamente su Carne y su Sangre son el alimento verdadero y tan sólo aquéllos que toman este Alimento viven en Él, y Él en ellos.

No puedo expresar cómo vi, desde el comienzo, el acercamiento sucesivo de la Encarnación de Dios y con ella la proximidad del Santo Sacramento del Altar, manifestándose de generación en generación; luego una nueva serie de patriarcas representantes del Dios Vivo que reside entre los hombres en calidad de víctima y de alimento hasta su segundo advenimiento en el último día, en la institución del sacerdocio que el Hombre-Dios, el nuevo Adán, encargado de expiar el pecado del primero, ha trasmitido a sus Apóstoles y éstos a los nuevos sacerdotes, mediante la imposición de las manos, para formar así una sucesión semejante de sacerdotes no interrumpida de generación en generación.

Todo esto me enseñó que la recitación de la genealogía de Nuestro Señor ante el Santísimo Sacramento en la fiesta del Corpus Christi, encierra un misterio muy grande y muy profundo. También aprendí por él que así como entre los antepasados carnales de Jesucristo hubo algunos que no fueron santos y otros que fueron pecadores, sin dejar de constituir por eso gradas de la escala de Jacob, mediante las cuales Dios bajó hasta la Humanidad, también los obispos indignos quedan capacitados para consagrar el Santísimo Sacramento y para otorgar el sacerdocio a otros, con todos los poderes que le son inherentes.

Cuando se ven estas cosas se comprende por qué los viejos libros alemanes llaman al Antiguo Testamento la Antigua Alianza o antiguo matrimonio, y al Nuevo Testamento la Nueva Alianza o nuevo matrimonio. La flor suprema del antiguo matrimonio fue la Virgen de las vírgenes, la prometida del Espíritu Santo, la muy casta Madre del Salvador; el vaso espiritual, el vaso honorable, el vaso insigne de devoción donde el Verbo se hizo carne. Con este misterio comienza el nuevo matrimonio, la Nueva Alianza. Esta Alianza es virginal en el sacerdocio y en todos aquéllos que siguen al Cordero, y en ella el Matrimonio es un gran sacramento: la unión de Jesucristo con su prometida la Iglesia.
 

Para poder expresar, en cuanto me sea posible, cómo me fue explicada la proximidad de la Encarnación del Verbo y al mismo tiempo el acercamiento del Santísimo Sacramento del Altar, sólo puedo repetir, una vez más, que todo esto apareció ante mis ojos en una serie de cuadros simbólicos, sin que, a causa del estado en que me encuentro, me sea posible dar cuenta de los detalles en forma inteligible. Sólo puedo hablar en forma general. He visto primero la bendición de la promesa que Dios diera a nuestros primeros padres en el Paraíso y un rayo que iba de esta bendición a la Santísima Virgen, que se hallaba recitando el Magníficat con Isabel. Vi a Abrahán, que había recibido de Dios aquella bendición, y un rayo que partiendo de él llegaba a la Santísima Virgen. Vi a los otros patriarcas que habían llevado y poseído aquella cosa santa y siempre aquel rayo yendo de cada uno de ellos hasta María. Vi después la transmisión de aquella bendición hasta Joaquín, el cual, gratificado con la más alta bendición venida del Santo de los Santos del Templo, pudo convertirse por ello en el padre de la Santísima Virgen concebida sin pecado. Y por último es en Ella donde, por la intervención del Espíritu Santo, el Verbo, se hizo carne. En ella, como en el Arca de la Alianza del Nuevo Testamento, el Verbo habitó nueve meses entre nosotros, oculto a todas las miradas, hasta que habiendo nacido de María en la plenitud de los tiempos, pudimos ver su gloria, como gloria del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Esta noche vi a la Santísima Virgen dormir en su pequeña habitación, teniendo su cuerpo de costado, la cabeza reclinada sobre el brazo. Se hallaba envuelta en un trozo de tela blanca, de la cabeza a los pies. Bajo su corazón vi brillar una gloria luminosa en forma de pera rodeada de una pequeña llama de fulgor indescriptible. En Isabel brillaba también una gloria, menos brillante, aunque más grande, de forma circular; la luz que despedía era menos viva.

Ayer, viernes, por la noche, empezando ya el nuevo día, pude ver en una habitación de la casa de Zacarías, que aún no conocía, una lámpara encendida para festejar el Sábado. Zacarías, José y otros seis hombres, probablemente vecinos de la localidad, oraban de pie bajo la lámpara, en torno de un cofre sobre el cual se hallaban rollos escritos. Llevaban paños sobre la cabeza; pero al orar no hacían las contorsiones que hacen los judíos actuales. A menudo bajaban la cabeza y alzaban los brazos al aire. María, Isabel y otras dos mujeres se hallaban apartadas, detrás de un tabique de rejas, en un sitio desde donde podían ver el oratorio: llevaban mantos de oración y estaban veladas desde la cabeza a los pies.

Luego de la cena del sábado vi a la Virgen Santísima en su pequeña habitación recitando con Isabel el Magníficat. Estaban de pie contra el muro, una frente a la otra, con las manos juntas sobre el pecho y los velos negros sobre el rostro, orando, una después de la otra, como las religiosas en el coro. Yo recité el Magníficat con ellas, y durante la segunda parte del cántico pude ver, unos lejos y otros cerca, a algunos de los antepasados de María, de los cuales partían como líneas luminosas que se dirigían hacia ella.

Vi aquellos rayos de luz saliendo de la boca de sus antepasados masculinos y del corazón del otro sexo, para concluir en la gloria que estaba en María. Creo que Abrahán, al recibir la bendición que preparaba el advenimiento de la Virgen, habitaba cerca del lugar donde María recitó el Magníficat, pues el rayo que partía de él, llegaba hasta María desde un punto muy cercano, mientras que los que partían de personajes mucho más cercanos en el tiempo, parecían venir de muy lejos, de puntos más distantes.

Cuando terminaron el Magníficat, que recitaban todos los días por la mañana y por la noche, desde la Visitación, se retiró Isabel, y vi a la Virgen entregarse al reposo. Habiendo terminado la fiesta del sábado los vi comer de nuevo el domingo por la noche. Tomaron su alimento todos juntos en el jardín cercano a la casa. Comieron hojas verdes que remojaban en salsa. Sobre la mesa había fuentes con frutas pequeñas y otros recipientes que contenían, creo, miel, que tomaban con unas espátulas de asta.



XXXIII

Regreso de José a Nazaret
Más tarde, con claro de luna, estando la noche estrellada y limpia, se puso en viaje José acompañado de Zacarías. Llevaba un pequeño paquete con panes, un cántaro y un bastón de empuñadura curva. Los dos tenían abrigos de viaje con capuz. Las mujeres los acompañaron corto trecho, volviendo solas en medio de una noche hermosísima. Ambas entraron directamente en la
habitación de María, donde había una lámpara encendida, como era habitual cuando ella oraba y se preparaba para el descanso. Las dos se quedaron de pie, una en frente a la otra, y recitaron el Magníficat.

Esta noche he visto a María e Isabel. Lo único que recuerdo es que pasaron toda la noche en oración, aunque no sé la causa de ello. Durante el día he visto a María ocupada en diversos trabajos, como ser trenzado de colchas. Vi a Zacarías y a José, que se hallaban aún en camino: pasaron la noche en un cobertizo. Habían dado grandes rodeos y visitado, me parece, a diversas familias. Creo que les faltaban tres días para el término del viaje. No recuerdo otros detalles.

Ayer vi a José en su casa de Nazaret. Creo que ha ido a ella directamente, sin detenerse en Jerusalén. La criada de Ana se encarga del cuidado doméstico, yendo de una casa a otra. Fuera de ella no hay nadie más en la casa de José, que está completamente solo. También vi a Zacarías de vuelta en su casa.

Vi a María e Isabel recitando el Magníficat y ocupándose de diversos trabajos. Al caer la tarde pasearon por el huerto, donde había una fuente, cosa no común en el país. Por la noche, pasadas las horas de calor, iban a pasear por los alrededores, pues la casa de Zacarías se halla aislada y rodeada de campiñas. Habitualmente se acostaban más o menos a las nueve, levantándose siempre
antes de la salida del sol.

He visto un cuadró indescriptible de la Iglesia. Se me apareció la Iglesia en forma de una fruta octogonal muy delicada que nacía de un tallo cuyas raíces tocaban en una fuente ondulante de la tierra. El tallo no era más alto de lo necesario como para poder ver entre la iglesia y la tierra. Delante de la iglesia había una puerta, sobre la fuente misma, la cual ondeaba arrojando de sí algo blanco como arena hacia ambos lados, y en derredor todo reverdecía y fructificaba. En la parte delantera de la Iglesia no se veía raíz alguna de las que iban a la tierra. Dentro de la iglesia y en medio de ella había, a semejanza de la cápsula de la semilla de la manzana, un recipiente formado de filamentos blancos, muy tiernos, en cuyos intersticios veíanse como las semillas de una
manzana.

En el piso interno de la iglesia había una abertura por la cual se podía mirar la fuente ondeante de abajo. Mientras miraba esto vi que caían algunos granos resecos y marchitos en la fuente. Esa especie de flor se iba transformando cada vez más en una iglesia y la cápsula del medio se iba convirtiendo en un artístico armazón parecido a un hermoso ramo.

Dentro de este artificio he visto a la Santísima Virgen y a Santa Isabel, que parecían a su vez como dos santuarios o Sancta Sanctorum. Vi que ambas se saludaban volviéndose una hacia la otra. En ese momento aparecían dos rostros de ellas: Jesús y Juan. A Juan lo he visto encorvado dentro del seno materno. A Jesús lo vi como lo suelo ver en el Santísimo Sacramento: a semejanza de un pequeño Niño luminoso que iba hacia donde estaba Juan. Estaba de pie, como flotando y llegándose a Juan le quitaba como una neblina. El pequeño Juan estaba ahora con el rostro echado sobre el suelo. La neblina caía al pozo por la mencionada abertura y era absorbida y desaparecía en la fuente que estaba debajo. Luego Jesús levantó al pequeño Juan en el aire, y lo abrazó. Después de esto he visto volver a ambos al seno materno, mientras María e Isabel cantaban el Magníficat.

Bajo este cántico he visto a ambos lados de la Iglesia a José y a Zacarías adelantarse, y detrás de ellos otros muchos hasta llenarse la iglesia, que concluyó en una gran festividad realizada adentro. En derredor de la iglesia crecía una viña con tanta pujanza que fue necesario podarla por varias partes. La iglesia asentóse, por fin, en el suelo; apareció un altar en ella y en la abertura que daba al pozo se formó un baptisterio. Muchísima gente entraba por la puerta a la iglesia. Todas estas transformaciones se produjeron lentamente, como brotando y creciendo. Me es difícil explicar todo esto tal como lo he visto. Más tarde, en la fiesta de San Juan, tuve otra visión. La iglesia octogonal era ahora transparente como cristal o, mejor dicho, como si fueran rayos de agua cristalina. En medio de ella había una fuente de agua, bajo una torrecita, donde vi a Juan bautizando. De pronto se cambió el cuadro y de la fuente del medio brotó un tallo como una flor. En derredor había ocho columnas con una corona piramidal sobre la cual estaban los antepasados de Ana, de Isabel y de Joaquín, con María y José y los antepasados de Zacarías y de José algo apartados de la rama principal. Juan estaba arriba en una rama del medio. Pareció que salía una voz de él, y he visto entonces a muchos pueblos, a reyes y príncipes entrar en la iglesia y a un obispo que distribuía el Santísimo Sacramento. Oí a Juan que hablaba de la gran dicha de la gente que había entrado en la iglesia.



XXXIV

Nacimiento de Juan. María regresa a Nazaret
Vi a la Virgen Santísima después de su vuelta de Juta a Nazaret, pasando algunos días en casa de los padres del discípulo Parmenas, el cual en aquella época no había nacido aún. Creo haber visto esto en el mismo momento del año en que sucedió. Tengo la sensación de que fue así. Según esto, el nacimiento de Juan habría tenido lugar a fines de Mayo o principios de Junio. María se quedó tres meses en casa de Santa Isabel, hasta el nacimiento de Juan. En el tiempo de la circuncisión del niño ya no se hallaba allí.
Cuando María partió para Nazaret, José acudió a su encuentro a la mitad del camino. Cuando José volvió a Nazaret con la Santísima Virgen, notó que se hallaba encinta, y le asaltaron toda clase de dudas y de inquietudes, pues ignoraba la aparición del ángel y su revelación a María.

Después de su desposorio, José había ido a Belén por asuntos de familia, y María, entre tanto, a Nazaret con sus padres o algunas compañeras. La salutación angélica había tenido lugar antes del retorno de José, y María, en su tímida humildad, había guardado silencio sobre el secreto de Dios. José, turbado e inquieto, no demostraba nada exteriormente; pero luchaba en silencio contra sus dudas. La Virgen, que había previsto esto, permanecía grave y pensativa, lo cual aumentaba las angustias de José.

Cuando llegaron a Nazaret la Virgen no se dirigió enseguida a su casa con San José, sino que se quedó dos días en casa de una familia emparentada con la suya, donde habitaban los padres del discípulo Parmenas, no nacido aún, que fue más tarde uno de los siete diáconos en la primera comunidad de los cristianos de Jerusalén. Aquellas gentes se hallaban vinculadas a la Sagrada Familia, siendo la madre, hermana del tercer esposo de María de Cleofás, el cual fue padre de Simeón, obispo de Jerusalén. Tenían una casa y jardín en Nazaret. También tenían parentesco con María Santísima por Isabel. Vi a la Virgen permanecer algún tiempo en esa casa, antes de volver a la de José.

Entre tanto la inquietud de José aumentó de tal manera, que cuando María volvió a su lado, José se había formado el propósito de dejarla, huyendo secretamente de la casa y de su lado. Mientras iba pensando estas cosas se le apareció un ángel, que le dijo palabras que tranquilizaron su ánimo.



XXXV

Preparativos para el nacimiento de Jesús
Desde hace varios días veo a María en casa de Ana, su madre, cuya casa  se halla más o menos a una legua de Nazaret, en el valle de Zabulón. La criada de Ana permanece en Nazaret cuando María está ausente y sirve a José. Veo que mientras vivió Ana casi no tenían hogar independiente del todo, pues recibían siempre de ella todo lo que necesitaban para su manutención.
María y José esperan el Nacimiento de JesúsVeo desde hace quince días a María ocupada en preparativos para el nacimiento de Jesús: cose colchas, tiras y pañales. Su padre Joaquín ya no vive. En la casa hay una niña de unos siete años de edad que está a menudo junto a la Virgen y recibe lecciones de María. Creo que es la hija de María de Cleofás y que también se llama María. José no está en Nazaret, pero debe llegar muy pronto. Vuelve de Jerusalén donde ha llevado los animales para el sacrificio. Vi a la Virgen Santísima en la casa, trabajando, sentada en una habitación con otras mujeres. Preparaban prendas y colchas para el nacimiento del Niño.

Ana poseía considerables bienes en rebaños y campos y proporcionaba con abundancia todo lo que necesitaba María, en avanzado estado de embarazo. Como creía que María daría a luz en su casa y que todos sus parientes vendrían a verla, hacía allí toda clase de preparativos para el nacimiento del Niño de la Promesa, disponiendo, entre otras cosas, hermosas colchas y preciosas alfombras.

Cuando nació Juan pude ver una de estas colchas en casa de Isabel. Tenía figuras simbólicas y sentencias hechas con trabajos de aguja. Hasta he visto algunos hilos de oro y plata entremezclados en el trabajo de aguja. Todas estas prendas no eran únicamente para uso de la futura madre: había muchas destinadas a los pobres, en los que siempre se pensaba en tales ocasiones solemnes.

Vi a la Virgen y a otras mujeres sentadas en el suelo alrededor de un cofre, trabajando en una colcha de gran tamaño colocada sobre el cofre. Se servían de unos palillos con hilos arrollados de diversos colores. Ana estaba muy ocupada, e iba de un lado a otro tomando lana, repartiéndola y dando trabajo a cada una de ellas.

José debe volver hoy a Nazaret. Se hallaba en Jerusalén donde había ido a llevar animales para el sacrificio, dejándolos en una pequeña posada dirigida por una pareja sin hijos situada a un cuarto de legua de la ciudad, del lado de Belén. Eran personas piadosas, en cuya casa se podía habitar confiadamente. Desde allí se fue José a Belén; pero no visitó a sus parientes, queriendo tan sólo tomar informes relativos a un empadronamiento o una percepción de impuestos que exigía la presencia de cada ciudadano en su pueblo natal.

Con todo, no se hizo inscribir aún, pues tenía la intención, una vez realizada la purificación de María, de ir con ella de Nazaret al Templo de Jerusalén, y desde allí a Belén, donde pensaba establecerse. No sé bien qué ventajas encontraba en esto, pero no gustándole la estadía en Nazaret, aprovechó esta oportunidad para ir a Belén. Tomó informes sobre piedras y maderas de construcción, pues tenía la idea de edificar una casa. Volvió luego a la posada vecina a Jerusalén, condujo las víctimas al Templo y retornó a su hogar.

Atravesando hoy la llanura de Kimki, a seis leguas de Nazaret, se le apareció un ángel, indicándole que partiera con María para Belén, pues era allí donde debía nacer el Niño. Le dijo que debía llevar pocas cosas y ninguna colcha bordada. Además del asno sobre el cual debía ir María montada, era necesario que llevase consigo una pollina de un año, que aún no hubiese tenido cría. Debía dejarla correr en libertad, siguiendo siempre el camino que el animal tomara.

Esta noche Ana se fue a Nazaret con la Virgen María, pues sabían que José debía llegar. No parecía, sin embargo, que tuvieran conocimiento del viaje que debía hacer María con José a Belén. Creían que María daría a luz en su casa de Nazaret, pues vi que fueron llevados allí muchos objetos preparados, envueltos en grandes esteras.

Por la noche llegó José a Nazaret. Hoy he visto a la Virgen con su madre Ana en la casa de Nazaret, donde José les hizo conocer lo que el ángel le había ordenado la noche anterior. Ellas volvieron a la casa de Ana, donde las vi hacer preparativos para un viaje próximo. Ana estaba muy triste. La Virgen sabía de antemano que el Niño debía nacer en Belén; pero por humildad no había hablado. Estaba enterada de todo por las profecías sobre el nacimiento del Mesías que Ella conservaba consigo en Nazaret.

Estos escritos le habían sido entregados y explicados por sus maestras en el Templo. Leía a menudo estas profecías y rogaba por su realización, invocando siempre, con ardiente deseo, la venida de ese Mesías. Llamaba bienaventurada a aquélla que debía dar a luz y deseaba ser tan sólo la última de sus servidoras. En su humildad no pensaba que ese honor debía tocarle a ella. Sabiendo por los textos que el Mesías debía nacer en Belén, aceptó con júbilo la voluntad de Dios, preparándose para un viaje que habría de ser muy penoso para ella, en su actual estado y en aquella estación, pues el frío suele ser muy intenso en los valles entre cadenas montañosas.



XXXVI

Partida de María y de José hacia Belén
Esta noche vi a José y a María, acompañados de Ana, María de Cleofás y algunos servidores, salir de la casa de Ana para su viaje. María iba sentada sobre la albarda del asno, cargado además con el equipaje, José lo conducía. Había otro asno sobre el cual debía regresar Ana. Esta mañana he visto a los santos viajeros a unas seis leguas de Nazaret, llegando a la llanura de Kimki, que era el lugar donde el ángel se le había aparecido a José dos días antes. Ana poseía un campo en aquel lugar y los servidores debían tomar allí la burra de un año que José quería llevar, la cual corría y saltaba delante o al lado de los viajeros.

Ana y María de Cleofás se despidieron y regresaron con sus servidores. Vi a la Sagrada Familia caminando por un sendero que subía a la cima de Gelboé. No pasaban por los poblados, y seguían a la pollina, que tomaba caminos de atajo. Pude verlos en una propiedad de Lázaro, a poca distancia de la ciudad de Ginim, por el lado de Samaria. El cuidador los recibió amistosamente, pues los había conocido en un viaje anterior. Su familia estaba relacionada con la de Lázaro.

Veo allí muchos hermosos jardines y avenidas. La casa está sobre una altura; desde la terraza se alcanza a contemplar una gran extensión de la comarca. Lázaro heredó de su padre esta propiedad. He visto que Nuestro Señor se detuvo con frecuencia durante su vida pública en este lugar y enseñó en los alrededores. El cuidador y su mujer trataron muy amistosamente a María. Se admiraron que hubiese emprendido semejante viaje en el estado en que se encontraba, dado que hubiera podido quedarse tranquilamente en casa de Ana.
José y María hacia BelénHe visto a la Sagrada Familia a varias leguas del sitio anterior, caminando en medio de la noche hacia una montaña a lo largo de un valle muy frío, donde había caído escarcha. La Virgen María, que sufría mucho el frío, dijo a José: "Es necesario detenernos aquí, pues no puedo seguir". No bien dijo estas palabras se detuvo la borriquilla debajo de un gran árbol de terebinto, junto al cual había una fuente. Se detuvieron y José preparó con las colchas un asiento para la Virgen, a la cual ayudó a desmontar del asno. María sentóse debajo del árbol y José colgó del árbol su linterna. A menudo he visto hacer lo mismo a las personas que viajan por estos lugares. La Virgen pidió a Dios ayuda contra el frío. Sintió entonces un alivio tan grande y una corriente de calor tal, que tendió sus manos a José para que él pudiera calentar un tanto sus manos ateridas. Comieron algunos panecillos y frutas, y bebieron agua de la fuente vecina, mezclándola con gotas del bálsamo que José llevaba en su cántaro.

José consoló y alegró a María. Era muy bueno y sufría mucho en ese viaje tan penoso para Ella. Habló del buen alojamiento que pensaba conseguir en Belén. Conocía una casa cuyos dueños eran gente buena y pensaba hospedarse allí con ciertas comodidades. Mientras iban de camino, hacía el elogio de Belén, recordando a María todas las cosas que podían consolarla y alegrarla. Esto me causaba lástima, pues yo sabía todo lo que sufriría: todo iba a acontecer de diferente manera.

A esta altura habían pasado ya dos pequeños arroyos, uno a través de un alto puente, mientras los dos asnos lo cruzaban a nado. La borriquilla que iba en libertad, tenía curiosas actitudes. Cuando el camino era recto y bien trazado, sin peligros para perderse, como entre dos montañas, corría delante o detrás de los viajeros. Cuando el camino se dividía, aguardaba y tomaba el sendero recto. Cuando debían detenerse, se paraba como lo hizo bajo el terebinto.

No sé si pasaron la noche bajo este árbol o buscaron otro hospedaje. Este viejo terebinto era un árbol sagrado, que había formado parte del bosque de Moré, cerca de Siquem. Abrahán, viniendo de Canaán, había visto aparecer allí al Señor, el cual le había prometido aquella tierra para su posteridad, y el Patriarca alzó un altar debajo del terebinto. Jacob, antes de ir a Betel para ofrecer sacrificio al Señor, había enterrado bajo el árbol los ídolos de Labán y las joyas de su familia. Josué había levantado allí el tabernáculo donde se hallaba el Arca de la Alianza, y, reunida la población, le había exigido renunciar a los ídolos. En este mismo sitio Abimelec, hijo de Gedeón, fue proclamado rey por los siquemitas.

Hoy vi a la Sagrada Familia llegar a una granja, a dos leguas al Sur del terebinto. La dueña de la finca estaba ausente y el hombre no quiso recibir a José, diciéndole que bien podía ir más lejos. Un poco más adelante vieron que la borriquilla entraba en una cabaña de pastores, y entraron ellos también. Los pastores que se hallaban allí, vaciando la cabaña, los recibieron con benevolencia: les dieron paja y haces de junco y ramas para que encendieran fuego.
Los pastores fueron después a la finca donde había sido rechazada la Sagrada Familia, e hicieron el elogio de José y de la belleza y santidad de María, ante la señora de la casa, la cual reprochó a su marido por haber rechazado a personas tan buenas. Luego vi a esta mujer ir adonde estaba María; pero no se atrevió a entrar por timidez y volvió a su casa a buscar alimentos. La cabaña estaba en el flanco Oeste de una montaña, más o menos entre Samaria y Tebez. Al Este, más allá del Jordán, está Sucot. Ainón se encuentra un poco más al Mediodía, al otro lado del río. Salim está más cerca. Desde allí habría unas doce leguas hasta Nazaret.Pastores reprochan a los posaderosLa mujer volvió en compañía de dos niños a visitar a la Sagrada Familia, trayendo provisiones. Disculpóse afablemente y se mostró muy conmovida por la difícil situación de los caminantes. Después que éstos hubieron comido y descansado, presentóse el marido de aquella mujer y pidió perdón a San José por haberlo rechazado. Le aconsejó que subiera una legua más por la cima de la montaña, que allí encontraría un buen refugio antes de comenzar las fiestas del sábado, donde podría pasar el día del reposo festivo.

Se pusieron en camino y después de haber andado una legua llegaron a una posada de varios edificios, rodeados de árboles y jardines. Vi algunos arbustos que dan el bálsamo, plantados a espaldera. La posada estaba en la parte Norte de la montaña. La Virgen Santísima había desmontado y José llevaba el asno. Se acercaron a la casa y José pidió alojamiento; pero el dueño se disculpó, diciendo que estaba lleno de viajeros. Llegó en esto su mujer, y al pedirle la Virgen alojamiento con la más conmovedora humildad, aquélla sintió una profunda emoción. El dueño no pudo resistir y les arregló un refugio cómodo en el granero cercano y llevó el asno a la cuadra. La borriquilla corría libre por los alrededores. Siempre estaba lejos de ellos cuando no tenía que señalar camino.



XXXVII

La festividad del Sábado
José preparó su lámpara y se puso a orar en compañía de la Virgen Santísima, guardando la observancia del sábado con piedad conmovedora. Comieron alguna cosa y descansaron sobre esteras extendidas en el suelo. Vi a la Sagrada Familia permanecer allí todo el día. María y José oraban juntos. He visto a la mujer del dueño de la posada pasar el día al lado de María con sus tres hijos. Allegóse también aquella mujer que los había hospedado la víspera, con dos de sus hijos. Se sentaron al lado de María amigablemente, quedando muy impresionados por la modestia y la sabiduría de la Virgen, que conversó también con los niños, dándoles algunas útiles instrucciones. Los niños tenían pequeños rollos de pergamino. María les hizo leer y les habló de modo tan amable que las criaturas no apartaban la vista ni un instante de Ella. Era algo muy conmovedor ver esta atención de los niños y escuchar las enseñanzas de María.
Oracion en sábadoAl caer la tarde vi a José paseando con el dueño de la posada por los alrededores, mirando los campos y los jardines y tratándose familiarmente. Así veo a las personas piadosas del país en el día festivo del sábado. Los santos viajeros quedaron en ese lugar la noche siguiente. Los buenos esposos de la posada se encariñaron sumamente con María y le pidieron que se quedara con ellos hasta el nacimiento del Niño. Le mostraron una habitación muy cómoda, y la mujer se ofreció a servirles de todo corazón y con amable insistencia; pero los viajeros reanudaron su viaje por la mañana muy temprano y descendieron por el Suroeste de la montaña, hacia un hermoso valle. Se alejaron aún más de Samaria. Mientras iban descendiendo se podía ver el templo del monte Garizim, pues se lo ve desde muy lejos. Sobre el techo hay figuras de leones o de otros animales semejantes, que brillan a los rayos del sol.

Hoy los he visto hacer unas seis leguas de camino. Al atardecer se encontraban en una llanura a una legua al Sureste de Siquem. Entraron en una casa de pastores bastante grande donde fueron recibidos bien. El dueño de casa estaba encargado de cuidar los campos y jardines, propiedad de una vecina ciudad. La casa no estaba en la llanura sino sobre una pendiente. Todo era fértil en esta comarca y en mejores condiciones que el país recorrido anteriormente; pues aquí se estaba de cara al sol, lo que en la Tierra Prometida es causa de una diferencia notable en esta época del año.

Desde este lugar hasta Belén se encuentran muchas de estas viviendas pastoriles diseminadas en los valles. Algunas hijas de pastores, que vivían en estos lugares, se casaron más tarde con servidores que habían venido con los Reyes Magos, y se quedaron en la comarca. De uno de estos matrimonios era un niño curado por Nuestro Señor, en esta misma casa, a instancias de María, el 31 de Julio de su segundo año de predicación, después de su diálogo con la Samaritana. Jesús eligió luego a este joven y a otros dos para acompañarlo durante el viaje que hizo por Arabia después de la muerte de Lázaro. Este joven fue más tarde discípulo del Señor. He visto que Jesús se detuvo aquí con frecuencia para predicar y enseñar. Ahora José bendice a algunos niños que encontró en la casa.




XXXVIII

Los viajeros son rechazados en varias casas
Hoy los he visto seguir un sendero más uniforme. La Virgen desmontaba a ratos, siguiendo a pie algunos trechos. A menudo se detenían en lugares apropiados para tomar alimento. Llevaban panecillos y una bebida que refresca y fortalece, en recipientes muy elegantes, con dos asas que parecían de bronce por el brillo. Esta bebida era el bálsamo que tomaban mezclado con agua. Recogían bayas y frutas de los árboles y arbustos en los lugares más expuestos al sol. La montura de María tenía a derecha e izquierda unos rebordes sobre los cuales apoyaba los pies: de esa manera no quedaban en el aire, como veo a la gente de nuestro país. Los movimientos de María eran siempre sosegados, singularmente modestos. Se sentaba alternativamente a derecha e izquierda. La primera diligencia de José, cuando llegaban a un lugar, era buscar un sitio donde María pudiese sentarse y descansar cómodamente. Ambos se lavaban con frecuencia los pies. Era de noche cuando llegaron a una casa aislada. José llamó y pidió hospitalidad; pero el dueño de casa no quiso abrir. José le explicó la situación de María, diciendo que no estaba en condición de seguir su camino y agregando que no pedía hospedaje gratis. Todo fue inútil: aquel hombre duro y grosero respondió que su casa no era una posada, que lo dejaran tranquilo, que no golpeasen a la puerta. Ni siquiera abrió la puerta para hablar, sino que dio su respuesta desde el interior.Los viajeros continuaron su camino, y al poco tiempo entraron en un cobertizo cerca del cual habían visto detenerse a la borriquilla. El refugio estaba sobre un terreno llano. José encendió luz y preparó un lecho para María, que lo ayudaba en todo esto. Metió al asno y le dio forraje. Rezaron, comieron y durmieron algunas horas. Desde la última posada hasta aquí habría unas seis leguas. Se hallaban ahora a unas veintiséis de Nazaret y a unas diez de Jerusalén. Hasta aquel camino no habían seguido el sendero principal, sino atravesando otros de comunicación que iban del Jordán a Samaria, tocando las grandes rutas que llevan de Siria a Egipto. Los atajos eran muy angostos y en las montañas se hallaban a menudo tan apretados que les era necesario tomar muchas precauciones para poder andar sin tropezar ni caerse. Los asnos avanzaban con paso muy seguro.

Antes de aclarar el día partieron y tomaron un camino que volvía a subir. Me parece que llegaron a la ruta que lleva de Gábara hasta Jerusalén, que en este lugar era el límite entre Samaria y Judea. En otra casa donde pidieron hospitalidad fueron igualmente rechazados groseramente.
A varias leguas al Nordeste de Betania, María se sintió muy fatigada y deseó descansar y tomar alimento. José se desvió una legua de camino en busca de una higuera grande que solía estar cargada de higos, en torno de la cual había asientos para descansar a su sombra. José conoció el lugar en uno de sus anteriores viajes. Al llegar a la higuera no encontró en ella ni una fruta, lo cual lo entristeció mucho. Recuerdo vagamente que Jesús halló más tarde esta higuera cubierta de hojas verdes, pero sin frutos. Creo que el Señor la maldijo en la ocasión que había salido de Jerusalén, y el árbol se secó por completo.

Más tarde se acercaron a una casa cuyo dueño trató asperamente a José, que le había pedido humildemente hospitalidad. Miró luego a la Santísima Virgen, a la luz de una linterna y se burló de José porque llevaba una mujer tan joven. En cambio la dueña de casa se acercó y se compadeció de María: le ofreció una habitación en un edificio vecino y les llevó panecillos para su alimento. El marido se arrepintió de haber sido descomedido y se mostró luego más servicial con los santos viajeros.

Más tarde llegaron a otra casa habitada por una pareja joven. Aunque fueron recibidos, no lo hicieron con cortesía y casi ni se ocuparon de ellos. Estas personas no eran pastores sencillos, sino como campesinos ricos, gente ocupada en negocios. Jesús visitó una de estas casas, después de su bautismo. La habitación donde la Sagrada Familia había pasado la noche, la habían convertido en oratorio. No recuerdo si era propiamente la casa aquélla cuyo dueño se burló de José. Recuerdo vagamente que el arreglo lo hicieron después de los milagros que sucedieron al Nacimiento de Jesús.




lunes, 14 de diciembre de 2015

Vision de La Beata Ana Katalina De Emmerick sobre el Origen de La Virgen Maria







Los ascendientes de María Santísima
Los antepasados de Santa Ana fueron Esenios. Estos piadosísimos hombres descendían de aquellos sacerdotes que en tiempos de Moisés y Aarón tenían el encargo de llevar el Arca de la Alianza, los cuales recibieron, en tiempos de Isaías y Jeremías, ciertas reglas de vida. Al principio no eran numerosos. Más tarde vivieron en Tierra Santa reunidos en una extensión como de millas de largo y de ancho, y sólo más tarde se acercaron a las regiones del Jordán. Vivían principalmente en el monte Horeb y en el Carmelo.

En
los primeros tiempos, antes que Isaías los reuniese, vivían desparramados, entregados a la penitencia. Llevaban siempre los mismos vestidos y no los remendaban, no cambiándolos hasta que se les caían de puro viejos. Vivían en estado de matrimonio, pero con mucha pureza de costumbres. A veces, de común acuerdo, se separaban hombre y mujer, y vivían cierto tiempo entregados a la oración. Cuando comían estaban separados los hombres de las mujeres; comían primero aquéllos y cuando se alejaban los hombres, lo hacían las mujeres.

Ya desde entonces había, entre estos judíos, antepasados de Ana y de la Sagrada Familia. De ellos también derivan los llamados “hijos de profetas”. Vivían en el desierto y en los alrededores del monte Horeb. En Egipto también he visto a muchos de ellos. Por causa de las guerras estuvieron un tiempo alejados del monte Horeb; pero fueron nuevamente recogidos por sus jefes. Los Macabeos pertenecieron también a ellos. Eran grandes veneradores de Moisés: tenían un trozo de vestido de él, que éste había dado a Aarón y que les había llegado en posesión. Era para ellos cosa sagrada, y he visto que en cierta ocasión unos quince murieron en lucha por defender este sagrado tesoro.

Los jefes de los Esenios tenían conocimiento del misterio encerrado en el Arca de la Alianza. Los que permanecían célibes formaban una agrupación aparte, una orden espiritual, y eran probados largamente durante varios años antes de ser admitidos. Los jefes de la orden los recibían por mayor o menor tiempo, según la inspiración que recibían de lo alto. Los Esenios que vivían en matrimonio observaban mucho rigor entre ellos y sus mujeres e hijos, y guardaban la misma relación, con los verdaderos Esenios, que los Terciarios Franciscanos respecto a la Orden Franciscana. Solían consultar todos sus asuntos al anciano jefe del monte Horeb. Los Esenios célibes eran de una indescriptible pureza y piedad. Llevaban blancas y largas vestiduras, que conservaban perfectamente limpias. Se ocupaban de educar a los niños.

Para ser admitidos
en la orden debían contar, por lo menos, catorce años de edad. Las personas de mucha piedad eran probadas por sólo un año; los demás por dos. Vivían en perfecta pureza y no ejercían el comercio; lo que necesitaban para el sustento lo obtenían cambiando sus productos agrícolas. Si un Esenio faltaba gravemente, era arrojado de la orden, y esta excomunión era seguida generalmente de castigo, como en el caso de Pedro con Ananías, es decir, moría. El jefe sabía por revelación divina quién había faltado gravemente. He visto que algunos debían sólo hacer penitencias: se ponían un saco muy tieso, con los brazos extendidos, que no podían doblar, y el interior lleno de puntas agudas.

Tenían
sus cuevas en el monte Horeb. En una cueva mayor se había acomodado una sala de mimbre donde a las once reuníanse todos para la comida en común. Cada uno tenía delante un pequeño pan y un vaso. El jefe iba de uno a otro, bendiciendo los panes. Después de la refección cada uno volvía a su celda. En esa sala vi un pequeño altar, y sobre él panes bendecidos cubiertos, que luego se distribuían a los pobres. Poseían muchas palomas tan mansas que picoteaban en las manos. Comían de estas palomas, y supe que tenían algún culto religioso por medio de ellas, porque decían algo sobre las aves y las dejaban volar. De la misma manera he visto que decían algo sobre corderos, que luego dejaban vagar por el desierto.

Tres veces al año iban al templo de Jerusalén. Tenían sacerdotes entre ellos, que cuidaban de las vestiduras sagradas, a las cuales purificaban, hacían de nuevo y costeaban su hechura. Se ocupaban de agricultura, de ganadería y especialmente de cultivar huertas. El monte Horeb estaba lleno de jardines y árboles frutales, en medio de sus chozas y viviendas. Otros tejían con mimbres o paños, o bordaban y adornaban vestiduras sacerdotales. La seda no la usaban para sí: la llevaban atada al mercado y la cambiaban por productos. En Jerusalén tenían un barrio especial para ellos y aún en el templo un lugar reservado.

Los judíos comunes no congeniaban con ellos. Vi llevar al templo ofrendas como uvas de gran tamaño, que cargaban dos hombres, atravesadas en un palo. Llevaban corderos, que no eran sacrificados, sino que se dejaban correr libremente. No los he visto ofrecer sacrificio cruento. Antes de partir para el templo se preparaban con la oración, riguroso ayuno, disciplinas y otras penitencias. Quien se acercaba al templo con pecados no satisfechos penitencialmente temía ser castigado con muerte repentina, cosa que a veces sucedía. Si en el camino a Jerusalén encontraban a un enfermo o necesitado, no proseguían su camino hasta no haber ayudado al desvalido.

Los he visto jun
tar yerbas medicinales, preparar bebidas y curar enfermos con estos medios: les imponían las manos o se tendían con los brazos extendidos sobre los mismos enfermos. Los he visto sanar a veces a la distancia. Los enfermos que no podían acudir, mandaban algún mensajero, en el cual hacían todo lo que el enfermo verdadero necesitaba, y éste sanaba en el mismo instante.


II

Ascendientes de Santa Ana
En tiempo de los abuelos de Ana era jefe de los Esenios el anciano Arcos. Este hombre tenía visiones en la cueva de Elías, en el monte Horeb, referentes a la venida del Mesías. Sabía de qué familia debía nacer el Mesías. Cuando Arcos tenía que profetizar sobre los antepasados de Ana, veía que el tiempo se iba acercando. Ignoraba, empero, que a veces se retardaba e interrumpía el orden por el pecado, y por cuánto tiempo era la tardanza. Sin embargo, exhortaba a la penitencia y al sacrificio. El abuelo de Ana era un Esenio que se llamaba Estolano antes de su matrimonio. Por su mujer y por las posesiones de ésta, se llamó después Garesha o Sarziri.

La abuela de Ana era
de Mara, en el desierto, y se llamaba Moruni o Emorún, esto es, madre excelsa. Se unió con Estolano por consejo del profeta Arcos, que fue jefe de los Esenios por noventa años, y era un santo varón con quien siempre se aconsejaban antes de contraer matrimonio, para oír su palabra y acertar en la elección. Me extrañaba ver que estos santos hombres y profetas siempre profetizaban sobre descendencia de mujeres y que los antepasados de Ana y la misma Ana tenían siempre hijas mujeres. Parecía que fuera su intento religioso preparar recipientes puros, que debían dar hijos santos, como el Precursor, el Salvador, los apóstoles y los discípulos.

He visto que Emorún, antes de su casamiento, fue a consultar a Arcos. Tuvo que entrar en la sala de reunión, en el monte Horeb, en un lugar señalado y hablar, a través de una reja, con el jefe supremo, como se usa en el confesionario. Después se encaminó Arcos por muchos escalones a lo alto del monte Horeb, donde estaba la cueva de Elías. La entrada era pequeña y unas gradas llevaban hacia abajo. La cueva estaba limpia y aseada y la luz entraba en el interior por una abertura superior. He visto, contra la pared, un pequeño altar de piedra, y sobre él, la vara de Aarón y un cáliz brillante como hecho de piedra preciosa. En este cáliz estaba depositada una parte del sacramento o misterio del Arca de la Alianza. Los Esenios habían adquirido este tesoro en ocasión en que el Arca había caído en manos de los enemigos. La vara de Aarón estaba guardada en una vaina en forma de arbolito con hojas amarillas alrededor.

No podría decir si el arbolito era verdadero o sólo un trabajo artístico, como una raíz de Jessé. Cuando rezaba el superior de los Esenios, por causa de un casamiento, tomaba la vara de Aarón en sus manos. Si la unión se refería a la genealogía de María Virgen, la vara daba un brote y éste varias floraciones con la señal de la elección. Los antepasados de Ana fueron elegidos brotes de esta genealogía, y sus hijas lo fueron por medio de estas señales, las cuales daban otros brotes cuando estaban por contraer matrimonio. Este arbolito con sus retorcidas ramas, era como el árbol genealógico, como la raíz de Jessé, mediante el cual se podía conocer, según lo que hubiera crecido, la proximidad del nacimiento de María. Había allí otros pequeños arbustos en tarros, sobre el altar, los cuales tenían significación cuando reverdecían o se agostaban. En torno de las paredes habían espacios guardados por rejillas, donde se conservaban, envueltos en seda y lana, huesos de antiguos santos varones israelitas que habían vivido y muerto en el monte y en los alrededores.

También en las mismas cuevas de los Esenios vi semejantes huesos delante de los cuales rezaban, ponían flores o encendían lámparas. Arcos se revestía al modo de los sacerdotes del templo, cuando oraba en la cueva de Elías. Su vestidura se componía de ocho partes. Primero se ponía sobre el pecho un vestido que había llevado Moisés: una especie de escapulario, que tenía una abertura para el cuello y caía en igual largo sobre el pecho y las espaldas. Sobre esto se ponía un alba blanca de seda, ceñida con un cíngulo ancho y una estola cruzada sobre el pecho que le llegaba hasta las rodillas.

Luego se ponía una especie de casulla de seda blanca, que por detrás llegaba hasta el suelo, con dos campanillas en la parte inferior. Sobre el cuello llevaba una especie de corbata tiesa, cerrada por delante con botones. Su larga barba descansaba sobre esta corbata. Por último se ponía un pequeño manto brillante de seda blanca, que se cerraba por delante con tres garfios con piedras, sobre los cuales había letras o signos grabados. De ambos hombros colgaba una especie de piedras preciosas en número de seis, algunas también grabadas. En medio de la espalda había un escudo con signos y letras. En el manto se veían flecos, borlas y frutos. En el brazo llevaba un manípulo. La mitra era de seda blanca arrollada a modo de turbante y terminada en un adorno de seda que tenía en la frente una plancha de oro con piedras preciosas.

Arcos rezaba postrado o echado sobre el suelo delante del altar. Vi que tuvo una visión en la cual vio que salía de Emorún un rosal de tres ramas. En cada rama había una rosa y la rosa de la segunda rama estaba señalada con una letra. También vio a un ángel que escribía una letra en la pared. A raíz de esto declaró Arcos a Emorún que debía casarse con el sexto pretendiente que tendría una hija, con una señal, que sería un vaso de elección de la cercana promesa. Este sexto pretendiente era Estolano. No vivieron mucho tiempo en Mara, sino que pasaron a Efrén.

He visto también a sus hijas Emerencia e Ismeria consultar al anciano Arcos, el cual les aconsejó el casamiento porque eran ellas también vasos elegidos para la próxima promesa. La mayor, Emerencia, casóse con un Levita de nombre Afras y fue madre de Isabel , madre, a su vez, de Juan el Bautista.

Otra hija de Estolano se llamó Enué. Ismeria fue la segunda hija de Estolano y Emorún. Esta tuvo en su nacimiento la señal que dijo Arcos haber visto en la segunda rosa en su visión de Emorún. Ismeria casó con Eliud, de la tribu de Leví. Eran de condición noble y ricos de bienes. Lo he visto esto en la vasta economía de la casa. Tenían mucho ganado, pero todo parecía que lo destinaban para los pobres y no para sí mismos. Vivían en Séforis, a seis horas lejos de Nazaret, donde poseían una heredad. Tenían una posesión en el valle de Zabulón, adonde iban en los tiempos buenos del año y donde Eliud fijó su residencia después de la muerte de su mujer Ismeria. En el mismo valle se había establecido el padre de Joaquín con su familia. La piadosa educación que había tenido Estolano y Emorún pasó a su hija Ismeria y a Eliud.

La primera
hija de Ismeria se llamó Sobe. Ésta se casó más tarde con Salomón, y fue la madre de María Salomé, que se casó con Zebedeo, padre de los apóstoles Santiago el Mayor y Juan. Como no llevase Sobe la señal dicha por Arcos se contristaron mucho los padres y fueron al monte Horeb, a ver al profeta, quien les impuso oración y sacrificio, y los consoló. Por espacio de dieciocho años no tuvieron hijos, hasta el nacimiento de Ana. Tuvieron entonces ambos una visión nocturna. Ismeria vio a un ángel que escribía una letra en la pared, junto a su lecho. Contó esto a su marido, que había visto lo mismo, y ambos vieron la letra al despertar. Era la letra M que Ana había traído al mundo al nacer, grabada en el bajo vientre. Los padres amaban a Ana de una manera particular.He visto a la niña Ana: no era hermosa en grado notable, pero sí más que otras niñas de su edad. No fue de ningún modo tan hermosa como lo fue María; pero era muy sencilla, inocente y piadosa. Así la he visto en todo tiempo, como joven, como madre, como anciana, de manera que cuando veo a una campesina realmente sencilla, pienso siempre: “Esta es como Ana”.

Ana
fue llevada a la edad de cinco años al templo, como más tarde María. Vivió doce años allí y a los diecisiete volvió a su casa. Entre tanto tuvo su madre una tercera hija, llamada Maraha, y Ana encontró a su vuelta a un hijo de su hermana mayor Sobe, llamado Eliud.

Maraha consiguió más tarde la posesión de la casa paterna, en Séforis, y fue madre de los discípulos Arastaria y Cocharia. El joven Eliud fue más tarde marido segundo de la viuda de Naíam, Maroni. Un año después enfermó Ismeria y murió. Desde el lecho de dolor hizo venir a su presencia a todos los de la casa, los exhortó y aconsejó y designó a Ana como ama de casa después de su muerte. Luego habló con Ana y le dijo que debía casarse, pues era un vaso de elección y de promesa.

III

San Joaquín y Santa Ana
Un año y medio más tarde se casó Ana con Helí o Joaquín, también por un aviso profético del anciano Arcos. Hubiera debido casar con un levita de la tribu de Aarón, como las demás de su tribu; pero por la razón dicha fue unida con Joaquín, de la tribu de David, pues María debía ser de la tribu de David. Había tenido varios pretendientes y no conocía a Joaquín; pero lo prefirió a los demás por aviso de lo alto. Joaquín era pobre de bienes y era pariente de San José. Era pequeño de estatura y delgado, era hombre de buena índole y de atrayentes maneras. Tenía, como Ana, algo de inexplicable en sí.

Ambos eran perfectos israelitas y había en ellos algo que ellos mismos no conocían: un ansia y un anhelo del Mesías y una notable seriedad en su porte. Pocas veces los he visto reír, aunque no eran melancólicos ni tristes. Tenían un carácter sosegado y callado, siempre igual y aún en edad temprana llevaban la madurez de los ancianos.

Fueron unidos en matrimonio en un pequeño
lugar donde había una pequeña escuela. Sólo un sacerdote asistió al acto. Los casamiento eran entonces muy sencillos; los pretendientes se mostraban en general apocados; se hablaban y no pensaban en otra cosa sino que así debía ser. Decía la novia "sí", y quedaban los padres conformes; decía, en cambio, "no", teniendo sus razones, y también quedaban los padres de acuerdo.

Primeramente
eran los padres quienes arreglaban el asunto; a esto seguíase la conversación en la sinagoga. Los sacerdotes rezaban en el lugar sagrado con los rollos de la ley y los parientes en el lugar acostumbrado. Los novios se hablaban en un lugar aparte sobre las condiciones y sus intenciones; luego se presentaban a los padres. Éstos hablaban con el sacerdote que salía a escucharlos, y a los pocos días se efectuaba el casamiento.

Joaquín y Ana vivían junto a Eliud, el padre de Ana. Reinaba en su casa la estricta vida y costumbre de los Esenios. La casa estaba en Séforis, aunque un tanto apartada, entre un grupo de casas, de las cuales era la más grande y notable. Allí vivieron unos siete años. Los padres de Ana eran más bien ricos; tenían mucho ganado, hermosos tapices, notable menaje y siervos y siervas. No he visto que cultivasen campos, pero sí que llevaban el ganado al pastoreo.

Eran muy piadosos, reservados, caritativos, sencillos y rectos. A menudo
partían sus ganados en tres partes: daban una parte al templo, adonde lo llevaban ellos mismos y que eran recibidos por los encargados del templo. La otra parte la daban a los pobres o a los parientes necesitados, de los cuales he visto que había algunos allí que los arreaban a sus casas. La tercera parte la guardaban para sus necesidades. Vivían muy modestamente y daban con facilidad lo que se les pedía. Por eso yo pensaba en mi niñez: "El dar produce riqueza; recibe el doble de lo que da".

He visto que esta tercera parte siempre se aumentaba
y que muy luego estaban de nuevo con lo que habían regalado, y podían partir de nuevo su hacienda entre los demás. Tenían muchos parientes que solían juntarse en las solemnidades del año. No he visto en estas fiestas derroche ni exceso. Daban una parte de la comida a los pobres. No he visto verdaderos banquetes entre ellos. Cuando se encontraban juntos se sentaban en el suelo entre tapetes, en rueda, y hablaban mucho de Dios con grandes esperanzas. A veces había entre los parientes gente no tan buena que miraba mal estas conversaciones y cómo dirigían los ojos a lo alto y al cielo. Sin embargo, con estos malos, ellos se mostraban buenos y les daban el doble. He visto que estos mal criados exigían con tumulto y pretensiones lo que Joaquín y Ana daban de buena voluntad. Si había pobres entre su familia les daban una oveja o a veces varias.

En este lugar tuvo Ana su primera hija, que llamó también María.
He visto a Ana llena de alegría por el nacimiento de esta niña. Era una niña muy amable; la he visto crecer robusta y fuerte, pero muy piadosa y mansa. Los padres la querían mucho. Tenían, sin embargo, una inquietud que yo no entendía bien: les parecía que ella no era la niña prometida (de la visión del profeta) que debían esperar de su unión. Tenían pena y turbación como si hubiesen faltado en algo contra Dios. Hicieron larga penitencia, vivieron separados uno de otro y aumentaron sus obras de caridad. Así permanecieron en la casa de Eliud unos siete años, lo que pude calcular en la edad de la primera niña, cuando terminaron de separarse de sus padres y vivir en el retiro para empezar de nuevo su vida matrimonial y aumentar su piedad para conseguir la bendición de Dios.Tomaron esta resolución en casa de sus padres y Eliud les preparó las cosas necesarias para el viaje. Los ganados eran divididos, separando los bueyes, asnos y ovejas; estos animales me parecían más grandes que los de nuestro país. Sobre los asnos y bueyes fueron cargados utensilios, recipientes y vestidos. Estas gentes eran tan diestras en cargarlos, como los animales en recibir la carga que les ponían. Nosotros no somos tan capaces de cargar mercaderías sobre carros como eran diestros éstos en cargar sus animales. Tenían hermoso menaje: todos sus utensilios eran mejores y más artísticos que los nuestros. Delicados jarrones de formas elegantes, sobre los cuales había lindos grabados, eran empaquetados, llenándolos con musgo y envueltos diestramente; luego eran sujetados con una correa y colgados del lomo de los animales. Sobre las espaldas de los animales colocaban toda clase de paquetes con vestimentas de multicolores envoltorios, mantas y colchas bordadas de oro. Eliud les dio a los que partían una bolsita con una masa pequeña y pesada, como si fuera un pedazo de metal precioso.

Cuando todo estuvo en orden acudieron
siervos y siervas a reforzar la comitiva y arreaba los animales cargados delante de sí hacia la nueva vivienda, la cual se encontraba a cinco o seis horas de camino. La casa estaba situada en una colina entre el valle de Nazaret y el de Zabulón. Una avenida de terebintos bordeaba el camino hasta el lugar. Delante de la casa había un patio cerrado cuyo suelo estaba formado por una roca desnuda, rodeado por un muro de poca altura, hecho de peña viva; detrás de este muro por encima de él había un seto vivo. En uno de los costados del patio había habitaciones de poca monta para hospedar pasajeros y guardar enseres. Había un cobertizo para encerrar el ganado y las demás bestias de carga.Todo estaba rodeado de jardines, y en medio de ellos, cerca de la casa, se levantaba un gran árbol de una especie rara; sus ramas bajaban hasta la tierra, echaban raíces y así brotaban nuevos árboles formando una tupida vegetación. Cuando llegaron los viajeros a la vivienda encontraron todo arreglado y cada cosa en su lugar, pues habían los padres enviado a algunos antes con el encargo de preparar todo lo necesario. Los siervos y siervas habían desatado los paquetes y colocado cada cosa en su lugar. Pronto quedó todo ordenado y habiendo dejado instalados a sus hijos en la nueva casa, se despidieron de Ana y Joaquín, con besos y bendiciones, y regresaron llevándose a la pequeña María, que debía permanecer con los abuelos.

En todas estas visitas y en otras
ocasiones nunca los he visto comer con exceso o despilfarro. Se colocaban en rueda, teniendo cada uno, sobre la alfombra, dos platitos y dos recipientes. No hablaban generalmente en todo el tiempo sino de las cosas de Dios y de sus esperanzas en el Mesías. La puerta de la gran casa estaba en medio. Se entraba por ella a una especie de antesala, que corría por todo lo ancho de la casa. A derecha e izquierda de la sala había pequeñas piezas separadas por biombos de juncos entretejidos, que se podían quitar o poner a voluntad. En la sala se hacían las comidas más solemnes, como se hizo cuando María fue enviada al templo.Desde entonces comenzaron una vida completamente nueva. Queriendo sacrificar a Dios todo su pasado y haciendo como si por primera vez estuviesen reunidos, se empeñaron, desde ese instante, por medio de una vida agradable a Dios, en hacer descender sobre ellos la bendición, que era el único objeto de sus ardientes deseos. Los vi visitando sus rebaños y dividiéndolos en tres partes, siguiendo la costumbre de sus padres: una para el templo, otra para los pobres y la tercera para ellos mismos. Al templo enviaban la mejor parte; los pobres recibían un buen tercio, y la parte menos buena la reservaban para sí.
Como la casa era amplia, vivían y dormían en pequeñas habitaciones separadas, donde era posible verlos a menudo en oración, cada uno por su lado, con gran devoción y fervor. Los vi vivir así durante largo tiempo. Daban muchas limosnas y cada vez que repartían sus bienes y sus rebaños, éstos se multiplicaban de nuevo rápidamente. Vivían con modestia en medio de sacrificios y renunciamientos. Los he visto vestir ropas de penitencia cuando rezaban y varias veces vi a Joaquín, mientras visitaba sus rebaños en lugares apartados, orar a Dios en la pradera. En esta vida penitente perseveraron diecinueve años después del nacimiento de su primera hija María, anhelando ardientemente la bendición prometida y su tristeza era cada día mayor.

Pude ver también a algunos
hombres perversos acercarse a ellos y ofenderlos, diciéndoles que debían ser muy malos para no poder tener hijos; que la niña devuelta a los padres de Ana no era suya; que Ana era estéril y que aquella niña era un engaño forjado por ella; que si así no fuera la tendrían a su lado y otras muchas cosas más. Estas detracciones aumentaban el abatimiento de Joaquín y de Ana.

Tenía
ésta la firme convicción interior de que se acercaba el advenimiento del Mesías y que ella pertenecía a la familia dentro de la cual debía encarnarse el Redentor. Oraba pidiendo con ansia el cumplimiento de la promesa, y seguía aspirando, como Joaquín, hacia una pureza de vida cada vez más perfecta. La vergüenza de su esterilidad la afligía profundamente, no pudiendo mostrarse en la sinagoga sin recibir ofensas. Joaquín, a pesar se ser pequeño y delgado, era de constitución robusta. Ana tampoco era grande y su complexión, delicada: la pena la consumía de tal manera que sus mejillas estaban descarnadas, aunque bastante subidas de color. De tanto en tanto conducían sus rebaños al templo o las casas de los pobres, para darles la parte que les correspondía en el reparto, disminuyendo cada vez más la parte que solían reservarse para sí mismos.



IV

La Santa e Inmaculada Concepción de María

Cuando Joaquín, que se encontraba de nuevo entre su ganado, quiso ir de nuevo al templo para ofrecer sacrificios, le envió Ana palomas y otras aves en canastos y jaulas por medio de los siervos para que fuesen a llevárselas a la pradera. Joaquín tomó dos asnos y los cargó con tres animalitos pequeños, blancos y muy despiertos, de cuellos largos, corderos o cabritos, encerrados en cestas. Llevaba él mismo una linterna sobre su cayado: era una luz en una calabaza vacía. Subieron al templo, guardando sus asnos en una posada, que estaba cerca del mercado. Llevaron sus ofrendas hasta los escalones más altos y pasaron por las habitaciones de los servidores del templo. Allí se reunieron los siervos de Joaquín después que les fueron tomadas las ofrendas.Entró Joaquín en la sala donde se hallaba la fuente llena de agua en la cual eran lavadas las víctimas; se dirigió por un largo corredor a otra sala a la izquierda del sitio donde estaba el altar de los perfumes, la mesa de los panes de la proposición y el candelabro de los cinco brazos. Se hallaban reunidas en aquel lugar varias personas que habían acudido para sacrificar.Joaquín tuvo que sufrir aquí una pena muy cruel. Vi a un sacerdote, de nombre Rubén, que despreció sus ofrendas, puesto que en lugar de colocarlas junto a las otras, en lugar aparente, detrás de las rejas, a la derecha de la sala, las puso completamente de lado. Ofendió públicamente al pobre Joaquín a causa de la esterilidad de su mujer y sin dejarlo acercarse, para mayor injuria, lo relegó a un rincón.

Vi entonces a Joaquín lleno de tristeza abandonar el templo
y, pasando por Betania, llegar a los alrededores de Maquero. Permaneció tan triste y avergonzado que, por algún tiempo, no dio aviso del sitio donde se encontraba. La aflicción de Ana fue extraordinaria cuando le refirieron lo que le había acontecido en el templo y al ver que no volvía.

Cinco meses permaneció
Joaquín oculto en el monte Hermón. He visto su oración y sus angustias. Cuando iba donde estaban sus rebaños y veía a sus corderitos, se ponía muy triste y se echaba en tierra cubriéndose el rostro. Los siervos le preguntaban por qué se mostraba tan afligido; pero él no les decía que estaba siempre pensando en la causa de su pena: la esterilidad de su mujer. También aquí dividía su ganado en tres partes: lo mejor lo enviaba al templo; la otra parte la recibían los esenios, y el se quedaba con la más inferior.También Ana tuvo que sufrir mucho por la desvergüenza de una criada, que le reprochaba su esterilidad. Mucho tiempo la estuvo sufriendo hasta que la despachó de su casa. Había pedido ésta ir a una fiesta a la cual, según la rigidez de los esenios, no se podía acudir. Cuando Ana le negó el permiso ella le reprochó duramente esta negativa, diciendo que merecía ser estéril y verse abandonada de su marido por ser tan mala y tan dura. Entonces Ana despachó a la criada, y por medio de dos servidores la envió a la casa de sus padres, llenándola antes con regalos y dones, rogándoles la recibiesen de nuevo ya que no podía retenerla más consigo. Después de esto se retiró a su habitación y lloró amargamente. En la tarde del mismo día se cubrió la cabeza con un paño amplio, se envolvió toda con él y fue a ponerse bajo un gran árbol, en el patio de la casa. Encendió una lámpara y se entregó a la oración. Permaneció aquí mucho tiempo Ana clamando a Dios y diciendo: "Si quieres, Señor, que yo quede estéril, haz que, al menos, mi piadoso esposo vuelva a mi lado".

Entonces
se le apareció un ángel. Venía de lo alto y se puso delante, diciéndole que pusiera en paz su corazón porque el Señor había oído su oración; que debía a la mañana siguiente ir con dos criadas a Jerusalén y que entrando en el templo, bajo la puerta dorada del lado del valle de Josafat, encontraría a Joaquín. Añadió que él estaba en camino a ese lugar, que su ofrenda sería bien recibida, y que allí sería escuchada su oración. Le dijo que también ya había estado con Joaquín, y mandóle que llevase palomas para el sacrificio, y anuncióle que el nombre de la criatura que tendría, luego lo vería escrito.Ana dio gracias a Dios y volvió a su casa contenta. Cuando después de mucho rezar en su lecho, se quedó dormida, he visto aparecer sobre ella un resplandor que la penetraba. La he visto avisada por una inspiración interior, despertar e incorporarse en su lecho. En ese momento vi un rostro luminoso junto a ella, que escribía con grandes letras hebreas a la derecha de su cama. He conocido el contenido de la frase, palabra por palabra. Expresaba en resumen, que ella debía concebir; que su fruto sería único, y que la fuente de esa concepción era la bendición que había recibido Abraham. La he visto indecisa pensando como le comunicaría esto a Joaquín; pero se consoló cuando el ángel le reveló la visión de Joaquín.Tuve entonces la explicación de la Inmaculada Concepción de María y supe que en el Arca de la Alianza había estado oculto un sacramento de la Encarnación, de la Inmaculada Concepción, un misterio de la Redención de la humanidad caída. He visto a Ana leer con admiración y temor las letras de oro y rojas brillantes de la escritura, y su gozo fue tan grande que pareció rejuvenecer cuando se levantó para dirigirse a Jerusalén. He visto, en el momento en que el ángel se acercó a ella, un resplandor bajo el corazón de Ana, y allí, un vaso iluminado. No puedo explicarlo de otro modo sino diciendo: había allí como una cuna, un tabernáculo cerrado que ahora se abría para recibir algo santísimo. No puedo expresar cómo he visto esto maravillosamente. Lo vi como si fuera la cuna de toda la humanidad renacida y redimida; lo vi como un vaso sagrado abierto, al cual se le quita el velo. Reconocí esto con toda naturalidad. Este conocimiento era a la vez natural y celestial. Ana tenía entonces, según creo, cuarenta y tres años.

V

La visión de Joaquín

He visto también la aparición del ángel a Joaquín. El ángel le mandó llevar las ofrendas al templo y le prometió que sería escuchada su oración. A pesar de que le dijo que fuera después a la puerta dorada del templo, Joaquín sentíase temeroso de ir. Pero el ángel le dijo que los sacerdotes ya tenían aviso de su visita.

Esto sucedía en tiempo de la fiesta de los tabernáculos. Joaquín
había levantado su choza con ayuda de sus pastores. Al cuarto día de fiesta dirigióse a Jerusalén con numeroso ganado para el sacrificio, y se alojó en el templo. Ana, que también llegó el mismo día a Jerusalén, fue a hospedarse con la familia de Zacarías, en el mercado de los peces, y se encontró con Joaquín al finalizar las fiestas.

Cuando Joaquín llegó a la entrada del templo,
le salieron al encuentro dos sacerdotes, que habían recibido un aviso sobrenatural. Joaquín llevaba dos corderos y tres cabritos. Su oferta fue recibida en el lugar acostumbrado: allí mismo degolladas y quemadas las víctimas. Una parte de este sacrificio, sin embargo, fue llevaba a la derecha de la antesala y allí consumida . En el centro del lugar estaba el gran sillón desde donde se enseñaba. Mientras subía el humo de la víctima, descendía un rayo de luz sobre el sacerdote y sobre Joaquín. Hubo entonces un silencio general y gran admiración. Luego vi que dos sacerdotes llevaron a Joaquín a través de las cámaras laterales, hasta el Sancta Sanctorum, ante el altar del incienso. Aquí echó el sacerdote incienso, no en granos, como era costumbre, sino una masa compacta sobre el altar  (era una mezcla de incienso, mirra, casia, nardo, azafrán, canela, sal fina y otros productos y pertenecía al sacrificio diario), que se encendió. Joaquín quedó solo delante del altar del incienso, porque los sacerdotes se alejaron.Vi a Joaquín hincado de rodillas, con los brazos levantados, mientras se consumía el incienso. Permaneció encerrado en el templo toda la noche, rezando con gran devoción. Estaba en éxtasis cuando se le acercó un rostro resplandeciente y le entregó un rollo que contenía letras luminosas. Eran los tres nombres: Helia, Anna y Miryam  (Diversas formas de los nombres Joaquín, Ana y María). Junto a ellos veíase la figura del Arca de la Alianza o un tabernáculo pequeño. Joaquín colocó este rollo escrito bajo sus vestidos, junto al corazón.El ángel habló entonces: "Ana tendrá una Niña Inmaculada y de Ella saldrá la salud del mundo. No debe lamentar Ana su esterilidad, que no es para su deshonra sino para su gloria. Lo que tendrá Ana no será de él (Joaquín) si no que por medio de él, será un fruto de Dios y la culminación de la bendición dada a Abraham". Joaquín no podía comprender esto, y el ángel lo llevó detrás del cortinado que estaba separado lo bastante para poder permanecer allí. Vi que el ángel ponía delante de los ojos de Joaquín una bola brillante como un espejo: él debía soplar sobre ella y mirar. Yo pensé que el ángel le presentaba la bola, según costumbre de nuestro país donde, en los casamientos, se presenta al sacristán. Cuando Joaquín echó su aliento sobre la bola, aparecieron diversas figuras en ella, sin empañarse en lo más mínimo. Joaquín observaba. Entendí que el ángel le decía que de esa manera Ana daría a luz, por medio de él, sin ser empañada. El ángel tomó la bola y la levantó en alto, quedando suspendida. Dentro de ella pude ver, como por una abertura, una serie de cuadros conexos que se extendían desde la caída del hombre hasta su redención. Había allí todo un mundo, donde las cosas nacían unas de otras. Tuve conocimiento de todo, pero ya no puedo dar los detalles.En lo más alto hallábase la Santísima Trinidad; más abajo, a un lado, el Paraíso, Adán y Eva, el pecado original, la promesa a de la redención, todas las figuras que la anunciaban de antemano, Noé, el diluvio, el Arca, la bendición de Abraham, la transmisión de la bendición a su hijo Isaac, y de éste a Jacob; luego, cuando le fue retirada a Jacob por el ángel con quien luchó; cómo pasó a José en el Egipto; cómo se mostró en él y en su mujer en un grado de más alta dignidad; y cómo el don sagrado, donde reposaba la bendición, era sacado de Egipto por Moisés con las reliquias de José y se transformaba en el Santo de los Santos del Arca de la Alianza, la residencia de Dios vivo en medio de su pueblo. Vi el culto y la vida del pueblo de Dios en sus relaciones con este misterio, las disposiciones y las combinaciones para el desarrollo de la raza santa, del linaje de la Santísima Virgen, así como las figuras y los símbolos de María y del Salvador en la historia y en los profetas. Vi esto en cuadros simbólicos dentro de la esfera luminosa. Vi grandes ciudades, torres, palacios, tronos, puertas, jardines, flores, todas estas imágenes maravillosamente unidas entre sí por puentes de luz. Todo esto era embestido por fieras y otras temibles apariciones. Estos cuadros mostraban como la raza de la Santísima Virgen, al igual que todo lo santo, había sido conducida por la gracia de Dios, a través de combates y asaltos.

Recuerdo haber visto, en esta serie de cuadros,
un jardín rodeado por una densa valla espinosa, a través de la cual se esforzaban por pasar, en vano, una cantidad de serpientes y bestias repulsivas semejantes. Vi también una torre muy firme, asaltada por todas partes por guerreros, que luego eran precipitados desde lo alto de las murallas. Observé muchas imágenes análogas que se referían a la historia de la Virgen en sus antepasados. Los pasajes y puentes que unían el conjunto significaban la victoria obtenida sobre obstáculos e interrupciones que se oponían a la obra de la salvación. Era como si una carne inmaculada, una sangre purísima hubiesen sido puestas por Dios en medio de la humanidad, como en un río de agua turbia, y debiesen, a través de muchas penas y esfuerzos, reunir sus elementos dispersos, mientras el río trataba de atraerlas hacia sí y empañarlas; pero al final, con la gracia de Dios, de los innumerables favores y de la fiel cooperación de parte de los hombres, esto debía, después de oscurecimientos y purificaciones, subsistir en un río que renovaba sus aguas sin cesar, y elevarse fuera del río bajo la forma de la Santísima Virgen, de la cual nació el Verbo, hecho carne, que habitó entre nosotros.

Entre las imágenes que contemplé en la esfera luminosa había
muchas que están mencionadas en las letanías de la Virgen: las veo, las comparo, las comprendo y las voy considerando con profunda veneración cuando recito las letanías. Más tarde se desarrollaban en estos cuadros hasta el perfecto cumplimiento de la obra de la divina Misericordia con la humanidad, caída en una división y en un desgarramiento infinitos. Por el costado del globo luminoso opuesto al Paraíso, llegaban los cuadros hasta la Jerusalén celestial , a los pies del trono de Dios.Cuando hube visto todo, desvaneciéndose el globo resplandeciente, que no era sino la misma sucesión de cuadros que partiendo de un punto volvían todos a él luego de haber formado un círculo de luz. Creo que fue una revelación hecha a Joaquín por los ángeles, bajo la forma de una visión, de la cual tuve yo también conocimiento. Cuando recibo una comunicación de esta clase se me aparece siempre dentro de una esfera luminosa.


VI

Joaquín recibe el misterio del Arca de la Alianza

Tomó el ángel, sin abrir la puerta del Arca, algo de dentro. Era el misterio del Arca de la Alianza, el sacramento de la Encarnación, de la Inmaculada Concepción, el cumplimiento y la culminación de la bendición de Abraham. He visto como un cuerpo luminoso este misterio del Arca. El ángel ungió o bendijo con la punta del pulgar y del índice la frente de Joaquín; luego pasó el cuerpo luminoso bajo el vestido de Joaquín, desde donde, no sé decir cómo, penetró dentro de él mismo. También le dio a beber algo de un vaso o cáliz brillante que sostenía por debajo con sus dos dedos. Este cáliz tenía la forma del cáliz de la Última Cena, pero sin pie, y Joaquín debió conservarlo para sí y llevarlo a su casa. Entendí que el ángel le mandó a Joaquín que conservase el misterio, y entendí, entonces, por qué Zacarías, padre del Bautista, quedó mudo después de haber recibido la bendición y la promesa de tener hijo de Isabel, bendición y promesa que venían del misterio del Arca de la Alianza. Sólo más tarde fue echado en menos el misterio del Arca por los sacerdotes del templo. Desde entonces se extraviaron del todo y se volvieron farisaicos.El ángel sacó a Joaquín del Sancta Sanctorum y desapareció. Joaquín permaneció tendido en el suelo rígido y sin conocimiento. Vi que luego llegaron los sacerdotes y sacaron de allí reverentemente a Joaquín y lo sentaron en un sillón, sobre unas gradas, que sólo usaban los sacerdotes. El sillón era cómodo y forrado en el asiento, semejante a las sillas que usaba Magdalena en sus tiempos de lujo. Los sacerdotes le echaron agua en la cara y le pusieron delante de la nariz algo o le dieron alguna cosa para tomar; en una palabra, lo trataron como a uno que se ha desmayado. Con todo, he visto que Joaquín quedó, después de lo recibido por el ángel, todo luminoso, más joven y rozagante.


VII

Encuentro de Joaquín y Ana

Joaquín fue guiado por los sacerdotes hasta la puerta del pasillo subterráneo, que corría debajo del templo y de la puerta derecha. Era éste un camino que se usaba en algunos casos para limpieza, reconciliación o perdón. Los sacerdotes dejaron a Joaquín en la puerta, delante de un corredor angosto al comienzo, que luego se ensanchaba y bajaba insensiblemente. Había allí columnas forradas con hojas de árboles y vides y brillaban los adornos de oro en las paredes iluminadas por una luz que venía de lo alto.

Joaquín había andado
una tercera parte del camino, cuando vino a su encuentro Ana, en el lugar del corredor, debajo de la puerta dorada donde había una columna en forma de palmera con hojas caídas y frutos. Ana había sido conducida por los sacerdotes a través de una entrada que había del otro lado del subterráneo. Ella les había dado con su criada las palomas para el sacrificio, en unos cestos que había abierto y presentado a los sacerdotes, conforme le había mandado el ángel. Había sido conducida hasta allí en compañía de otras mujeres, entre ellas, la profetisa Ana.

He visto que cuando se abrazaban Joaquín y Ana, estaban
en éxtasis. Estaban rodeados de numerosos ángeles que flotaban sobre ellos, sosteniendo una torre luminosa y recordando la torre de marfil, la torre de David y otros títulos de las letanías lauretanas. Desapareció la torre entre Joaquín y Ana: ambos estaban llenos de gloria y resplandor. Al mismo tiempo, el cielo se abrió sobre ellos y vi la alegría de los ángeles y de la Santísima Trinidad y la relación de todo esto con la Concepción de María Santísima.Cuando se abrazaron, rodeados por el resplandor, entendí que era la Concepción de María en ese instante, y que María fue concebida como hubiera sido la concepción de todos sin el pecado original. Joaquín y Ana caminaban así, alabando a Dios, hasta la salida. Llegaron a una arcada grande, como una capilla donde ardían lámparas, y salieron afuera. Aquí fueron recibidos por los sacerdotes, que los despidieron.

El templo estaba
abierto y adornado con hojas y frutos. El culto se realizaba bajo el cielo, al aire libre. En cierto lugar había ocho columnas aisladas adornadas con ramajes. Joaquín y Ana llegaron a una salida abierta al borde extremo de la montaña del templo, frente al valle de Josafat. No era posible ir más lejos en esa dirección, pues el camino doblaba a derecha e izquierda. Hicieron todavía una visita a un sacerdote y luego los vi con su gente dirigirse a su casa.

Una vez
llegado a Nazaret, Joaquín dio un banquete de regocijo, sirvió a muchos pobres y repartió grandes limosnas. Vi el júbilo y el fervor de los esposos y su agradecimiento a Dios, pensando en su misericordia hacia ellos; observélos a menudo orando juntos, con los ojos bañados en lágrimas.

Se me explicó en
esta ocasión que los padres de la Santísima Virgen la engendraron en una pureza perfecta, por el efecto de la obediencia. Si no hubiera sido con el fin de obedecer a Dios, habrían guardado perpetua continencia.

Comprendí, al mismo
tiempo, cómo la pureza, la castidad, la reserva de los padres y su lucha contra el vicio impuro tiene incalculable influencia sobre la santidad de los hijos engendrados. En general, siempre vi en la incontinencia y en el exceso, la raíz del desorden y del pecado.

Vi también que mucha gente se congratulaba
con Joaquín por haber sido recibida su ofrenda en el templo. Después de cuatro meses y medio, menos tres días, de haber concebido Ana bajo la puerta dorada, vi que María era hecha tan hermosa por voluntad de Dios. Vi cómo Dios mostraba a los ángeles la belleza de esa alma y cómo ellos sintieron por ello inexplicable alegría. He visto también, en ese momento, cómo María se movió sensiblemente por primera vez dentro del seno materno. Ana se levantó al punto y se lo comunicó a Joaquín; luego salió a rezar bajo aquel árbol debajo del cual le había sino anunciada la Concepción Inmaculada.


VIII

El misterio de la Inmaculada Concepción

Vi la tierra de Palestina reseca por falta de lluvia y a Elías subiendo con  dos servidores al monte Carmelo; al principio, a lo largo de la ladera; luego sobre escalones, hasta una terraza, y después de nuevo sobre escalones en una planicie con una colina que tenía una cueva hasta la cual llegó. Dejó a sus servidores sobre la ladera de la planicie para que mirasen al mar de Galilea, que aparecía casi seco, con honduras, pantanos y hoyos llenos de peces y animales muertos. Elías se inclinó sobre sí hasta poner su cabeza sobre las rodillas, se cubrió y clamó con fuerza a Dios. Por siete veces llamó a sus siervos, preguntándoles si no veían alguna nube levantarse sobre el mar. Finalmente vi que en medio del mar se levantaba una nubecilla blanca, de la cual salió otra nube negra, dentro de la cual había una figura blanca; se agrandó y en lo alto se abrió ampliamente. Mientras la nube se levantaba, vio Elías dentro de ella la figura de una Virgen luminosa. Su cabeza estaba coronada de rayos, los brazos levantados en forma de cruz, en una mano una corona de victoria y el largo vestido estaba como sujeto bajo los pies. Parecía que flotaba y se extendía sobre la tierra de Palestina.Elías reconoció cuatro misterios de la Virgen Inmaculada que debía venir en la séptima época del mundo y de qué estirpe debía venir; vio también a un lado del mar un árbol pequeño y ancho, y al otro, uno muy grande, el cual echaba sus ramas superiores en el árbol pequeño. Observé que la nube se dividía. En ciertos lugares santificados, donde habitaban hombres justos que aspiraban a la salvación, dejaba la nube como blancos torbellinos de rocío, que tenían en los bordes todos los colores del arco iris, y vi concentrarse en ellos la bendición, como para formar una perla entro de su concha. Fuéme explicado que era ésta una figura profética y que en los lugares bendecidos donde la nube había dejado caer los torbellinos hubo cooperación real en la manifestación de la Santísima Virgen .
Vi enseguida un sueño profético, en el cual, durante
la ascensión de la nube, conoció Elías muchos misterios relativos a la Santísima Virgen. Desgraciadamente, en medio de tantas cosas que me perturban y me distraen, he olvidado los detalles, como también otras muchas cosas. Supo Elías que María debía nacer en la séptima edad del mundo; por esto llamó siete veces a su servidor. Otra vez pude ver a Elías que ensanchaba la gruta sobre la cual había orado y establecer una organización más perfecta entre los hijos de los profetas. Algunos de ellos rezaban habitualmente en esta gruta para pedir la venida de la Santísima Virgen, honrándola desde antes de su nacimiento. Esta devoción se perpetuó sin interrupción, subsistió gracias a los esenios, cuando estaba ya sobre la tierra, y fue observada más tarde por algunos ermitaños, de los cuales salieron finalmente los religiosos del Carmelo.Elías, por medio de su oración, había dirigido las nubes de agua según internas inspiraciones: de otro modo se hubiera originado un torrente devastador en lugar de lluvia benéfica. Observé como las nubes enviaron primero el rocío; caían en blancas líneas, formaban torbellinos con los colores del arco iris en los bordes, y finalmente caían en gotas de lluvia. Reconocí en esto una relación con el maná del desierto, que por la mañana aparecía rojizo y denso cubriendo el suelo como una piel que se podía extender. Estos torbellinos corrían a lo largo del Jordán, y no caían en todas partes, sino en ciertos lugares, como en Salén, donde Juan debía más tarde bautizar. Pregunté qué significaban los bordes rojizos, y se me dio la explicación de la concha del mar, que tiene también estos multicolores bordes, que expuesta al sol absorbe los colores y purificada de colores se va formando en su centro la madreperla blanca y pura.

No puedo explicar mejor todo esto; pero se me dio a entender que ese
rocío y esa lluvia significaba mucho más de lo que podía ser considerándolo sólo un refrescamiento de la tierra sedienta. Entendí que sin ese rocío la venida de María se hubiese retardado cien años, mientras las descendencias que se nutren de los frutos de la tierra, y se ennoblecen por el aplacamiento y la bendición del suelo, realzasen de nuevo esas descendencias recibiendo la carne la bendición de la pura propagación. La figura de la madreperla se refería a María y a Jesús. Además de la aridez de la tierra por falta de lluvia, observé la esterilidad de los hombres, y cómo los rayos del rocío caían de descendencia en descendencia, hasta la substancia de María. No puedo decirlo mejor. A veces presentábanse sobre los bordes multicolores una o varias perlas en forma de rostro humano que parecía derramar un espíritu que volvía luego a brotar con los demás.


IX

Anuncio del Mesías

He visto que por la gran misericordia de Dios se anunció a los paganos piadosos de esa época que el Mesías debía nacer de una Virgen en Judea. Esto sucedió en Caldea, donde había astrólogos, que tenían visiones de una figura en los astros o en mitad del cielo; estos astrólogos profetizaban luego todo lo que veían. También en Egipto he visto anuncios de la futura salud. Le fue mandado a Elías que reuniera a varias piadosas familias dispersar en el Norte, Oriente y Mediodía y las llevase a Judea. Elías envió a tres discípulos de los profetas, que reconoció aptos para dicho objeto, por una señal que le dio el mismo Dios a Elías. Necesitaba gente muy segura, porque era una empresa ardua y arriesgada. Uno de ellos fue al Norte, otro al Oriente y el tercero al Mediodía. Este camino lo llevaba a Egipto por un camino peligroso para los israelitas. Lo he visto en el mismo camino cuando huyó a Egipto la Sagrada Familia, y luego en la ciudad de Heliópolis. En un valle había un gran templo, rodeado de muchos edificios, y él llegó allí a tiempo que se prestaba adoración a un buey vivo. De estos animales había varias figuras en el templo, junto a otros ídolos. Se sacrificaban al ídolo niños que habían nacido deformes.Como el profeta pasara por allí, lo detuvieron y lo llevaron delante de los sacerdotes. Por suerte éstos eran, en general, muy curiosos de novedades: de otro modo lo habrían matado. Le preguntaron de dónde era, y él les contestó claramente que nacería una Virgen de la cual vendría la salud el mundo; que entonces todos sus ídolos caerían por tierra deshechos. Se maravillaron de lo que les decía, se conmovieron y lo dejaron marchar. Después se reunieron en consejo e hicieron la figura de una Virgen, que pendieron en medio de su templo, extendida en el aire como si planeara. La imagen tenía un peinado semejante al de sus ídolos, de los cuales gran número habían sido puestos en fila. Tenía busto de mujer y el resto era semejante al león .

La imagen de la Virgen que hicieron los egipcios llevaba en la cabeza
un pequeño vaso, bastante hondo, parecido al que usaban para medir las frutas; los brazos hasta el codo estaban pegados a lo largo del cuerpo, separándose de él y extendiéndose al alzarse. La imagen tenía algunas espigas de trigo en las manos; tenía tres senos, uno mayor en el centro y otros pequeños más abajo a cada lado. La parte inferior del cuerpo estaba envuelto en largo ropaje; de los pies, pequeños y muy finos, colgaban algo así como borlas. De los dos hombros se alzaban hermosas plumas en forma de rayos, que parecían alas y que eran como dos peines estrechamente unidos entre sí. Tenía otras plumas cruzadas a lo ancho de las caderas, replegadas hacia arriba por la mitad del cuerpo. El vestido no tenía pliegues. Honraron a esta imagen y le ofrecieron sacrificios, rogándole que no destruyera a su buey Apis ni a las demás deidades. Por otra parte, perseveraron en todas las abominaciones de su culto idólatra, empezando, sin embargo, desde ese momento a invocar a la Virgen de la cual habían hecho la imagen, según creo, de acuerdo con diversas indicaciones tomadas del relato del profeta y tratando de reproducir la figura vista por Elías.He visto cuadros de la historia de Tobías y del casamiento del joven Tobías, por intermedio del ángel, y supe que había allí una figura de Santa Ana y de su historia. El viejo Tobías representaba a la raza piadosa de los judíos que esperaban al Mesías. El haberse puesto ciego significaba que no debía tener más hijos y que debía entregarse más a la meditación y a la oración. Las molestias que le ocasionaba su mujer con sus quejas significaban las formas vacías de los fariseos y doctores de la ley. La paloma era una indicación de la primavera cercana y de la salud venidera.

La ceguera indicaba la espera ansiosa
de la redención y la ignorancia del lugar de su advenimiento. El ángel dijo verdad al afirmar que era Azarías, hijo de Ananías, pues estas palabras significaban más o menos: la ayuda de Dios que viene de la nube de Dios. El ángel era la conducción de las descendencias y la conservación y dirección de la bendición misteriosa, hasta su cumplimiento en la Concepción Inmaculada de María. Las oraciones del viejo Tobías y de Sara, llevadas ante el trono de Dios por los ángeles, por haber sido escuchadas, significaban los clamores y deseos de los piadosos israelitas y de las hijas de Sión, pidiendo la venida de la Redención, y también el clamor de Joaquín y de Ana para conseguir la hija de la promesa.

La ceguera de Tobías y la murmuración de su mujer indicaban
también el desprecio que se hizo a Joaquín al rechazarle su sacrificio. Los siete pretendientes de Sara muertos, significaban aquéllos antepasados de María y la salud, como asimismo los pretendientes que Ana tuvo que rechazar antes de Joaquín. El desprecio de la criada de Sara indicaba el desprecio de los paganos y de los incrédulos judíos, ante la venida del Mesías, que llevaba a los buenos a rezar. También expresaba el desprecio de la criada de Ana, que movió a ésta a rezar con más fervor hasta que fue oída su petición. El pez que pretendía devorar a Tobías significaba la larga esterilidad de Ana; el corte del hígado, la bilis y el corazón del pez expresaban la mortificación y las buenas obras. El cabrito que la mujer de Tobías había traído a casa en pago de su trabajo, era realmente hurtado, que los hombres le dieron por bueno y pagado barato. Tobías conocía a esta gente y lo sabía, y fue por esto reprochado. Tenía también la significación de los desprecios que sufrían los buenos judíos y esenios de parte de los fariseos y judíos formulistas y otras que no recuerdo. La hiel con la cual el ciego Tobías recobró la vista indicaba la mortificación y la penitencia, por las cuales los judíos elegidos llegaban al conocimiento de la salud y Redención. Indicaba además la entrada de la luz en la oscuridad, por medio de la amarga pasión de Jesucristo, desde su niñez.


X

Imágenes de la Inmaculada Concepción

Vi salir de la tierra una hermosa columna como el tallo de una flor. A semejanza del cáliz de una flor o la cabeza de la amapola que surgen de un pedúnculo, así salía de la columna una iglesia octogonal, resplandeciente, que permaneció firme sobre la columna. Esta subía hasta el centro de la iglesia como un pequeño árbol, cuyas ramas, divididas con regularidad, llevaban las figuras de la familia de la Santísima Virgen, las cuales, en esta representación de la fiesta, eran objeto de veneración particular. Estaban como sobre los estambres de una flor.

Santa Ana estaba colocada entre Joaquín y otro, quizás
su padre. Debajo del pecho de Santa Ana vi una cavidad luminosa, como un cáliz y en ella la figura de un niño resplandeciente que se desarrollaba y crecía. Sus manitas estaban cruzadas sobre el pecho; de su cabecita inclinada partían infinidad de rayos que se dirigían hacia una parte del mundo. Me parece que no era en todas direcciones. Sobre otras ramas circundantes había varias figuras vueltas hacia el centro en actitud respetuosa.

En la iglesia vi un
número infinito de santos en fila, rodeándola o formando coros, que se inclinaban, a rezar, hacia la Santa Madre. Se exteriorizaba el fervor más dulce y notábase una íntima unión en esta fiesta, que sólo podría compararse a la de un cantero de flores muy variadas, que agitadas por el aura suave girasen hacia el sol, como para ofrecer sus fragancias y sus colores al astro del cual recibían sus propios dones y su propia vida. Por encima de este cuadro simbólico de la festividad de la Inmaculada Concepción, se alzó el pequeño árbol luminoso con un nuevo vástago en la extremidad, y en esta segunda corona de ramas pude contemplar la celebración de una segunda etapa de la fiesta.

Aquí
María y José estaban hincados de rodillas y algo más abajo, delante de ellos, Santa Ana. Todos adoraban al Niño Jesús, sentado, con el globo del reino en la mano, en lo más alto del tallo, rodeado de un resplandor maravilloso. En torno de este cuadro veíanse a corta distancia varios coros: los de los Reyes Magos, de los pastores, de los apóstoles y discípulos, mientras otros santos formaban círculos algo más alejados del centro. Observé en las alturas algunas formas más difusas: los coros celestiales. Más alto aún, el brillo como de un medio sol penetraba atravesando la cúpula de la iglesia. Parecía indicar este segundo cuadro la proximidad de la fiesta de la Natividad que sigue a la Inmaculada Concepción. Cuando apareció el primer cuadro me pareció hallarme fuera de la iglesia, bajo la columna, en un país circundante; después me encontré dentro de ella.

Vi
a la pequeña María creciendo en el espacio luminoso, debajo del corazón de Santa Ana. Me sentía penetrada de la íntima convicción de la ausencia absoluta de toda mancha original en la Concepción de María. Leí esto con toda claridad como se lee un libro y lo comprendí entonces perfectamente. Me fue dicho que en otros tiempos hubo en este lugar una iglesia levantada en memoria de esta gracia inestimable otorgada por Dios; pero que fue entregada a la destrucción a causa precisamente de las muchas disputas y escándalos que se suscitaron a raíz de las controversias acerca de la Inmaculada Concepción de María. Entendí también estas palabras: “En cada visión permanece un misterio hasta que se haya realizado”. La Iglesia triunfante sigue celebrando allí mismo la fiesta de la Inmaculada Concepción.


XI

Misterios de la vida de María

A menudo oí a María contar a algunas mujeres de su confianza, Juana Chusa y Susana de Jerusalén, diferentes misterios relativos a Nuestro Señor y a Ella misma, que sabía por iluminación interior del cielo o por lo que le había narrado Santa Ana. Le oí decir a Susana y a Marta que durante el tiempo que llevaba a Jesús en su seno jamás había sentido el más pequeño sufrimiento, sino un continuo regocijo y felicidad indecible.

Contaba que Joaquín
y Ana se habían encontrado bajo la Puerta Dorada (del Templo) en una hora también dorada; que en aquel sitio habían recibido la plenitud de la Gracia divina, en virtud de la cual, Ella sola había recibido la existencia en el seno de su madre por efecto de la santa obediencia y del puro amor de Dios, sin mezcla de impureza alguna. Les hacía comprender también que, sin el pecado original, la concepción de todos los hombres hubiera sido igualmente pura.Vi enseguida de nuevo todo lo relacionado con la gracia acordada a los padres de María, desde la aparición del ángel hasta su encuentro bajo la Puerta Dorada. Bajo ella he visto a Joaquín y a Ana rodeados de una multitud de ángeles que resplandecían con luz celestial. También ellos eran luminosos y puros, casi como espíritus. Hallábanse en el estado sobrenatural en que ninguna pareja humana se hubo hallado antes.

Creo que era bajo la Puerta Dorada
donde tenían lugar las pruebas y ceremonias de la absolución para las mujeres acusadas de adulterio, así como otras expiaciones. Debajo del templo había cinco pasajes subterráneos de esa clase y existía además otro, bajo el lugar donde habitaban las vírgenes. Estos pasajes servían para ciertas expiaciones. Ignoro si otras personas pasaron por este camino antes que Joaquín y Ana; pero fue este un caso muy raro. No recuerdo si lo usaban para los sacrificios que se ofrecían por las personas estériles; pero sé que en esta circunstancia les fue ordenado a los sacerdotes disponer las cosas en la forma sucedida.


XII

Víspera de la Natividad de Nuestra Señora

¡Qué alegría tan grande hay en toda la naturaleza!... Oigo cantar a los pajaritos, veo a los corderitos y cabritos saltar de alegría, y a las palomas rondar en bandadas de un lado a otro con inusitado alborozo, allí donde estuvo antes la casa de Ana. Ahora no existe nada: el lugar es todo desierto. Tuve una visión de peregrinos de muy antiguos tiempos que, recogidos sus vestidos, con turbantes en las cabezas y largos bastones de viaje, atravesaban esta comarca para dirigirse al monte Carmelo. Ellos también notaron esta alegría extraordinaria de la naturaleza. Cuando manifestaron su extrañeza y preguntaron a las personas con las cuales se hospedaron, la razón de tal suceso, les respondieron que tales contentos y manifestaciones de alegría se notan todas las vísperas, desde el nacimiento de María y que allí había estado la casa de Ana. Hablaron entonces de un varón santo, de tiempos antiguos, que había observado esta renovación de la naturaleza, que fue la causa de que se celebrase entonces la fiesta del nacimiento de María en la Iglesia Católica.Doscientos cincuenta años después del tránsito de María al cielo vi a un piadoso peregrino atravesar la Tierra Santa y visitar y anotar todos los lugares por donde había estado Jesús en su peregrinación sobre la tierra, para venerarlos y recordarlos. Este hombre gozó de una inspiración sobrenatural que le guiaba. En algunos lugares se detenía varios días, probando especial dulzura y contento, y recibía revelaciones mientras estaba en oración y meditación piadosas. Había tenido siempre la impresión de que cerca del 8 de septiembre había una grande alegría en la naturaleza en Tierra Santa y oía en ese tiempo armoniosos cantos de pájaros.

Finalmente obtuvo, después de mucho pedir en
oración, la revelación de que esa era la fecha del nacimiento de María. Tuvo esta revelación en el camino al monte Sinaí y el aviso de que allí había una capilla murada dedicada a María, en una gruta del profeta Elías. Se le dijo que debía decir estas cosas a los solitarios que habitaban en las faldas del monte Sinaí, adonde le he visto llegar. Donde ahora están los monjes, había ya ermitaños que vivían aislados: el lugar era entonces tan agreste del lado del valle, como ahora, necesitándose un aparato para poder subir. Observé que, según sus indicaciones, se celebró allí la festividad del nacimiento de María el 8 de septiembre del año y que luego pasó esta fiesta a la Iglesia universal.

Vi
también que los ermitaños, juntos con el peregrino, escudriñaron la gruta de Elías buscando la capilla amurallada de María. No era cosa fácil encontrarla, pues había muchas grutas de antiguos ermitaños y de los esenios, entre jardines y huertas agrestes, donde aún crecían hermosas frutas. El vidente dijo que trajeran a un judío, y la gruta de la cual el judío fuera arrojado afuera, sería la señal de que ésa era la de Elías. Le fue dicho esto en una revelación.

Tuvo luego
la visión de cómo buscaron a un viejo judío y lo llevaron a la gruta del monte, y como éste era siempre arrojado afuera de una gruta, que tenía una puerta angosta amurallada, a pesar de que él se esforzaba por entrar. Por este prodigio reconocieron la gruta de Elías, dentro de la cual encontraron una segunda cueva amurallada, que había sido la capilla donde el profeta había orado a la futura Madre del Salvador.

Allí dentro hallaron huesos sagrados de profetas y
de antiguos padres, como también biombos tejidos y utensilios que habían servido antiguamente para el servicio divino. El lugar donde estuvo la zarza se llama, según el lenguaje de la región, “Sombra de Dios”, y es visitado por los peregrinos, que se descansan antes. La capilla de Elías estaba hecha con hermosas piedras de colores y floreadas. Hay en las cercanías una montaña de arena rojiza, en la falda de la cual se cosechan hermosas frutas.

XIII Oraciones para la fiesta del Nacimiento de María

Vi muchas cosas relacionadas con Santa Brígida y tuve conocimiento de varias comunicaciones hechas a esta santa sobre la Concepción Inmaculada y la Natividad de María. Recuerdo que la Virgen Santísima le dijo que cuando las mujeres embarazadas santifican la víspera del día de su Nacimiento, ayunando y recitando con devoción nueve veces el Ave María, en honor de los nueve meses que Ella había pasado en el seno de su madre, y cuando renuevan con frecuencia este ejercicio de piedad en el curso de su preñez y la víspera de su alumbramiento, acercándose con piedad a los sacramentos, lleva Ella esas oraciones ante Dios y les obtiene un parto feliz, aunque las condiciones se presenten difíciles.En cuanto a mí, se me acercó la Virgen y me dijo, entre otras cosas, que quien en el día de hoy, (festividad del Nacimiento de La Virgen) por la tarde, recite con devoción nueve veces el Ave María en honor de su permanencia de nueve meses en el seno de su madre (Santa Ana) y de su nacimiento, y continúe durante nueve días este ejercicio de piedad, da a los ángeles cada día nueve flores destinadas a formar un ramillete que Ella recibe en el cielo y presenta a la Santísima Trinidad, con el fin de obtener una gracia para la persona que ha dicho esas mismas oraciones.

Más tarde me sentí
transportada a la altura, entre el cielo y la tierra. Debajo estaba la tierra, oscura y esfumada. En el cielo, entre los coros de los ángeles y santos, vi a la Santísima Virgen ante el trono de Dios. Pude ver construir para Ella, con las oraciones y las devociones de los fieles del mundo dos puertas o tronos de honor que crecían hasta formar iglesias, palacios y ciudades enteras. Me admiró que estos edificios estuvieran hechos totalmente de plantas, flores y guirnaldas, expresando, las diversas especies, la naturaleza y el mérito de las oraciones, dichas por los individuos o por las comunidades. Vi que para conducirlo hasta el cielo los ángeles y santos tomaban todo esto de entre las manos de quienes decían tales oraciones.


XIV

Natividad de La Virgen Santísima

Con varios días de anticipación había anunciado Ana a Joaquín que se acercaba su alumbramiento. Con este motivo envió ella mensajeros a Séforis, a su hermana menor Marha; al valle de de Zabulón, a la viuda Enue, hermana de Isabel; y a Betsaida, a su sobrina María Salomé, llamándolas a su lado. Vi a Joaquín, la víspera del alumbramiento de Ana, que enviaba numerosos siervos a los prados donde estaban sus rebaños, yendo él mismo al más cercano.

Entre las nuevas criadas de Ana, sólo guardó en su casa a aquéllas
cuyo servicio era necesario. Vi a María Helí, la hija mayor de Ana, ocupándose en los quehaceres domésticos. Tenía entonces unos diecinueve años, y habiéndose casado con Cleofás, jefe de los pastores de Joaquín, era madre de una niñita llamada María de Cleofás, de más o menos cuatro años en aquel momento. Joaquín oró, eligió sus más hermosos corderos, cabritos y bueyes y los envió al templo como sacrificio de acción de gracias. No volvió a casa hasta el anochecer.
 

Por la noche vi llegar a casa de Ana a sus tres parientas. La visitaron en su habitación situada detrás del hogar, y la besaron. Después de haberles anunciado la proximidad de su alumbramiento, Ana, poniéndose de pie, entonó con ellas un cántico concebido más o menos en estos términos: “Alabad a Dios, el Señor, que ha tenido piedad de su pueblo, que ha cumplido la promesa hecha a Adán en el paraíso, cuando le dijo que la simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente…”. No me es posible repetir todo con exactitud. Se encontraba Ana en éxtasis, enumerando en su cántico todas las imágenes que figuraban a María. Decía: “El germen dado por Dios a Abraham ha llegado a su madurez en mi misma”. Hablaba luego de Isaac, prometido de Sara, y agregaba: “El florecimiento de la vara de Aarón se ha cumplido en mí”.

La he visto penetrada de luz en medio de su aposento, lleno de
resplandores, donde aparecía también, en lo alto, la escala de Jacob. Las mujeres, llenas de asombro y de júbilo, estaban como arrobadas, y creo que vieron la aparición. Después de la oración de bienvenida se sirvió a las mujeres una pequeña comida de frutas y agua mezclada con bálsamo. Comieron y bebieron de pie, y fueron a dormir algunas horas para reposar del viaje. Ana permaneció levantada, y oró. Hacia la media noche, despertó a sus parientas para orar juntas, siguiéndola éstas detrás de una cortina cerca del lecho. Ana abrió las puertas de una alacena embutida en el muro, donde se hallaban varias reliquias dentro de una caja. Vi luces encendidas a cada lado; pero no sé si eran lámparas. Al pie de este pequeño altar había un escabel tapizado.

El
relicario contenía algunos cabellos de Sara, a quien Ana profesaba veneración; huesos de José, que Moisés había traído de Egipto; algo de Tobías, quizás un trozo de vestido, y el pequeño vaso brillante en forma de pera donde había bebido Abraham al recibir la bendición del ángel y que Joaquín había recibido junto con la bendición. Ahora sé que esta bendición constaba de pan y vino y era como un alimento sacramental. Ana se arrodilló delante de la alacena. A cada lado de ella estaba una de las dos mujeres, y la tercera, detrás. Recitó un cántico: creo que se trataba de la zarza ardiente de Moisés.

Vi entonces
un resplandor celestial que llenó la habitación, y que, moviéndose, condensábase en torno de Ana. Las mujeres cayeron como desvanecidas con el rostro pegado al suelo. La luz en torno de Ana tomó la forma de zarza que ardía junto a Moisés, sobre el monte Horeb, y ya no me fue posible contemplarla. La llama se proyectaba hacia el interior: de pronto vi que Ana recibía en sus brazos a la pequeña María, luminosa, que envolvió en su manto, apretó contra su pecho y colocó sobre el escabel delante del relicario. Prosiguió luego sus oraciones. Oí entonces que la niña lloraba. Vi que Ana sacaba unos lienzos debajo del gran velo que la cubría y fajándola, dejaba la cabeza, el pecho y los brazos descubiertos. La aparición de la zarza ardiendo desapareció.
 

Levantáronse entonces las mujeres y en medio de la mayor admiración recibieron en brazos a la criatura recién nacida, derramando lágrimas de alegría. Entonaron todas juntas un cántico de acción de gracias, y Ana alzó a la niña en el aire como para ofrecerla. Vi entonces que la habitación se volvió a llenar de luces y oí a los ángeles que cantaban Gloria y Aleluya. Pude escuchar todo lo que decían: supe que, según lo anunciaban, veinte días más tarde la niña recibiría el nombre de María. Entró Ana en su alcoba y se acostó.
Las mujeres
tomaron a la niña, la despojaron de la faja, la lavaron y, fajándola de nuevo, la llevaron en seguida junto a su madre, cuyo lecho estaba dispuesto de tal manera que se podía fijar contra él una pequeña canasta calada, donde tenía la niña un sitio separado al lado de su madre. Las mujeres llamaron entonces a Joaquín, el cual se acercó al lecho de Ana, y arrodillándose, derramó abundantes lágrimas de alegría sobre la niña. La alzó en sus brazos y entonó un cántico de alabanzas, como Zacarías en el nacimiento del Bautista. Habló en el cántico del santo germen, que colocado por Dios en Abraham se había perpetuado en el pueblo de Dios y en la Alianza, cuyo sello era la circuncisión y que con esta niña llegaba a su más alto florecimiento. Oí decir en el cántico que aquellas palabras del profeta: “Un vástago brotará de la raíz de Jessé”, cumplíase en este momento perfectamente. Dijo también, con mucho fervor y humildad, que después de esto moriría contento.

Noté que María Helí, la hija
mayor de Ana, llegó bastante tarde para ver a la niña. A pesar de ser madre ella misma, desde varios años atrás, no había asistido al nacimiento de María quizás porque, según las leyes judías, una hija no debía hallarse al lado de su madre en tales circunstancias. Al día siguiente vi a los servidores, a las criadas y a mucha gente del país reunidos en torno de la casa. Se les hacía entrar sucesivamente, y la niña María fue mostrada a todos por las mujeres que la atendían. Otros vecinos acudían porque durante la noche había aparecido una luz encima de la casa, y porque el alumbramiento de Ana, después de tantos años de esterilidad, era considerado como una especial gracia del cielo.


XV

La Natividad de María en el Orbe

En el instante en que la pequeña María se hallaba en los brazos de Santa Ana, la vi en el cielo presentada ante la Santísima Trinidad y saludada con júbilo por todos los coros celestiales. Entendí que le fueron manifestados de modo sobrenatural todas sus alegrías, sus dolores y su futuro destino. María recibió el conocimiento de los más profundos misterios, guardando, sin embargo, su inocencia y candor de niña. Nosotros no podemos comprender la ciencia que le fue dada, porque la nuestra tiene su origen en el árbol fatal del Paraíso terrenal. Ella conoció todo esto como el niño conoce el seno de la madre donde debe buscar su alimento.

Cuando terminó la contemplación en la
cual vi a la niña María en el cielo, instruida por la gracia divina, por primera vez pude verla llorar. Vi anunciado el nacimiento de María en el Limbo a los santos Patriarcas en el mismo momento penetrados de alegría inexplicable, porque se había cumplido la promesa hecha en el Paraíso. Supe también que hubo un progreso en el estado de gracia de los Patriarcas: su morada se hacía más clara, más amplia y adquirían mayor influencia sobre las cosas que acontecían en el mundo. Era como si todos sus trabajos, todas sus penitencias de su vida, todos sus combates, sus oraciones y sus ansias hubiesen llegado, por decirlo así, a su completa madurez produciendo frutos de paz y de gracia.Observé un gran movimiento de alegría en toda la naturaleza al nacimiento de María; en los animales, y en el corazón de los hombres de bien; y oí armoniosos cantos por doquiera. Los pecadores se sintieron como angustiados y experimentaron pena y aflicción. Vi que en Nazaret y en las regiones de la Tierra Prometida varios poseídos del demonio se agitaban en medio de convulsiones violentas. Corrían de un lado a otro con grandes clamores; los demonios bramaban por boca de ellos clamando: “¡Hay que salir!... ¡Hay que salir!...”. He visto en Jerusalén al piadoso sacerdote Simeón, que habitaba cerca del templo, en el momento del nacimiento de María, sobresaltado por los clamores desaforados de locos y posesos, encerrados en un edificio contiguo a la montaña del templo, sobre el cual tenía Simeón derechos de vigilancia.

Lo vi
dirigirse a media noche a la plaza, delante de la casa de los posesos. Un hombre que allí habitaba le preguntó la causa de aquellos gritos, que interrumpían el sueño de todo el mundo. Uno de los posesos clamó con más fuerza para que lo dejaran salir. Abrió Simeón la puerta y el poseso gritó, precipitándose afuera, por boca de Satanás: “Hay que salir… Debemos salir… Ha nacido una Virgen… ¡Son tantos los ángeles que nos atormentan sobre la tierra, que debemos partir, pues ya no podemos poseer un sólo hombre más…!”. Vi a Simeón orando con mucho fervor. El desgraciado poseso fue arrojado violentamente sobre la plaza, de un lado a otro; y vi que el demonio salía por fin de su boca.

Quedé muy contenta de haber visto al anciano Simeón. Vi también a la
profetisa Ana y a Noemí, hermana de la madre de Lázaro, que habitaba en el templo y fue más tarde la maestra de la niña María. Fueron despertadas y se enteraron, por medio de visiones, de que había nacido una criatura de predilección. Se reunieron y se comunicaron unas a otras las cosas que acababan de saber. Creo que ellas conocían ya a Santa Ana.


XVI

Anuncio del Nacimiento de María Virgen

En el país de los Reyes Magos mujeres videntes tuvieron visiones del nacimiento de la Santísima Virgen. Ellas decían a los sacerdotes que había nacido una Virgen, para saludar a la cual habían bajado muchos espíritus del cielo; que otros espíritus malignos se lamentaban de ello. También los Reyes Magos, que observaban los astros, vieron figuras y representaciones del acontecimiento. En Egipto, la misma noche del nacimiento de María, fue arrojado del templo un ídolo y echado a las aguas del mar. Otro ídolo cayó de su pedestal y se deshizo en pedazos. Llegaron más tarde a casa de Ana varios parientes de Joaquín que acudían desde el valle de Zabulón y algunos siervos que habían estado lejos. A todos les fue mostrada la niña María.

En casa se preparó una comida para los visitantes.
Más tarde concurrieron muchas gentes para ver a la niña María, de modo que fue sacada de su cuna y puesta en sitio elevado, como sobre un caballete, en la parte anterior de la casa. Estaba sobre lienzos colorados y blancos por encima, fajada con lienzos colorados y blancos transparentes hasta debajo de los bracitos. Sus cabellos eran rubios y rizados. He visto después a María Cleofás, la hija de María Helí y de Cleofás, nieta de Ana, de algunos años de edad, jugar con María y besarla. Era María Cleofás una niña fuerte y robusta, tenía un vestidito sin mangas, con bordes colorados y adornos de rojas manzanas bordadas. En los brazos descubiertos llevaba coronitas blancas que parecían de seda, lana o plumas. La niña María tenía también un velo transparente alrededor del cuello.


XVII

La Niña recibe el dulce Nombre de María

Hoy vi una gran fiesta en casa de Ana. Los muebles habían sido cambiados de lugar y puestos a un lado en las habitaciones del frente. Los tabiques de juncos, que formaban habitaciones separadas, habían sido quitados para poder disponer una gran mesa. En torno de la sala vi una mesa amplia, baja, llena de platos y fuentes para la comida. En el centro se había levantado un altar cubierto con un paño rojo y blanco, sobre el cual había una cunita también de rojo y blanco y una colcha celeste. Al lado del altar había un atril cubierto, con rollos de pergamino conteniendo oraciones. Delante del altar había cinco sacerdotes de Nazaret con vestimentas de ceremonias. Joaquín estaba con ellos. En el fondo, en torno del altar, había mujeres y hombres, parientes de Joaquín, todos con trajes de fiesta.

Recuerdo a la hermana de Ana,
Maraha de Séforis y a su hija mayor. Santa Ana había dejado el lecho; pero no asistió a la ceremonia, quedándose en la habitación, detrás del hogar. Enue, la hermana de Isabel, trajo a la pequeña María, poniéndola en brazos de Joaquín. Los sacerdotes se colocaron delante del altar, cerca de los rollos y recitaron en alta voz las oraciones. Joaquín entregó a la niña al principal de ellos, el cual alzándola en el aire, mientras rezaba, como para ofrecerla a Dios, la dejó luego en su cuna, sobre el altar. Tomó después unas tijeras de forma particular, con las cuales cortó tres pequeñas guedejas de cabello a ambos lados de la cabeza y la frente de la criatura, quemándolas en el brasero. Tomó luego una caja que contenía aceite y ungió los cinco sentidos de la niña, tocándole con el pulgar las orejas, los ojos, la nariz, la boca y el hueco del estómago. Sobre el pecho de la criatura colocó un pergamino donde estaba escrito el nombre de María. Luego se cantaron salmos y se sirvió la comida, la cual no pude ver.Varias semanas después del nacimiento de María, vi a Joaquín y a Ana que iban con la Niña al templo para ofrecer un sacrificio. La presentaron al templo con vivos sentimientos de piedad y agradeciendo a Dios de un modo parecido a lo que más tarde hizo la Virgen Santísima cuando presentó al Niño Jesús y lo rescató del templo, según las prescripciones de la ley. Al día siguiente entregaron su ofrenda, prometiendo consagrar la niña a Dios en el templo dentro de algunos años. Después volvieron a Jerusalén.


XVIII

Preparativos para la presentación de María en el Templo

María era de tres años de edad y tres meses cuando hizo el voto de presentarse en el templo entre las vírgenes que allí moraban. Era de complexión delicada, cabellera clara un tanto rizada hacia abajo; tenía ya la estatura que hoy en nuestro país tiene un niño de cinco a seis años. La hija de María Helí era mayor en algunos años y más robusta. He visto en casa de Ana los preparativos de María para ser conducida al templo. Era una fiesta muy grande. Estaban presentes cinco sacerdotes de Nazaret, de Séforis y de otras regiones, entre ellos Zacarías y un hijo del hermano del padre de Ana. Ensayaban una ceremonia con la niña María. Era una especie de examen para ver si estaba madura para ser recibida en el templo. Además de los sacerdotes estaban presentes la hermana de Ana de Séforis y su hija, María Helí y su hijita y algunas pequeñas niñas y parientes. Los vestidos, en parte cortados por los sacerdotes y arreglados por las mujeres, le fueron puestos en esta ocasión a la niña en diversos momentos, mientras le dirigían preguntas.
Esta ceremonia tenía un aire de gravedad y de seriedad,
aun cuando algunas preguntas estaban hechas por el anciano sacerdote con infantil sonrisa, las cuales eran contestadas siempre por la niña, con admiración de los sacerdotes y lágrimas de sus padres. Había para María tres clases de vestidos, que se pusieron en tres momentos. Esto tenía lugar en un gran espacio junto a la sala del comedor, que recibía la luz por una abertura cuadrangular abierta en el techo, a menudo cerrada con una cortina. En el suelo había un tapete rojo y en medio de la sala un altar cubierto de paño rojo y encima blanco transparente. Sobre el altar había una caja con rollos escritos y una cortina que tenía dibujada o bordada la imagen de Moisés, envuelto en su gran manto de oración y sosteniendo en sus brazos las tablas de la ley.

He visto
a Moisés siempre de anchas espaldas, cabeza alta, nariz grande y curva, y en su gran frente dos elevaciones vueltas un tanto una hacia otra, todo lo cual le daba un aspecto muy particular. Estas especies de cuernos los tuvo ya Moisés desde niño, como dos verrugas. El color de su rostro oscuro de fuego y los cabellos rubios. He visto a menudo semejante especie de cuernos en la frente de antiguos profetas y ermitaños y a veces una sola de estas excrecencias en medio de la frente.Sobre el altar estaban los tres vestidos de María; había también paños y lienzos obsequiados por los parientes para el arreglo de la niña. Frente al altar veíase, sobre gradas, una especie de trono. Joaquín, Ana y los miembros de la familia se encontraban reunidos. Las mujeres estaban detrás y las niñas al lado de María. Los sacerdotes entraron con los pies descalzos. Había cinco, pero sólo tres de ellos llevaban vestiduras sacerdotales e intervenían en la ceremonia.Un sacerdote tomó del altar las diversas prendas de la vestimenta, explicó su significado y presentólas a la hermana de Ana, Maraha de Séforis, la cual vistió con ellas a la niña María. Le pusieron primero un vestidito amarillo y encima, sobre el pecho, otra ropa bordada con cintas, que se ponía por el cuello y se sujetaba al cuerpo. Después, un mantito oscuro con aberturas en los brazos; por arriba colgaban algunos retazos de género. Este manto estaba abierto por arriba y cerrado por debajo del pecho. Calzáronle sandalias oscuras con suelas gruesas de color amarillo. Tenía los cabellos rubios peinados y una corona de seda blanca con variadas plumas. Colocáronle sobre la cabeza un velo cuadrado de color ceniza, que se podía recoger bajo los brazos para que éstos descansaran como sobre dos nudos. Este velo parecía de penitencia o de oración.

Los sacerdotes le dirigieron toda clase de preguntas relacionadas
con la manera de vivir las jóvenes en el templo. Le dijeron, entre otras cosas: “Tus padres, al consagrarte al templo, han hecho voto de que no beberás vino ni vinagre, ni comerás uvas ni higos. ¿Qué quieres agregar a este voto?... Piénsalo durante la comida”. A los judíos, especialmente a las jóvenes judías, les gusta mucho el vinagre, y María también tenía gusto en beberlo. Le hicieron otras preguntas y le pusieron un segundo género de vestido. Constaba éste de uno azul celeste, con mantito blanco azulado, y un adorno sobre el pecho y un velo transparente de seda blanca con pliegues detrás, como usan las monjas. Sobre la cabeza la pusieron una corona de cera adornada con flores y capullos de hojas verdes. Los sacerdotes le pusieron otro velo para la cara: por arriba parecía una gorra, con tres broches a diversa distancia, de modo que se podía levantar un tercio, una mitad o todo el velo sobre la cabeza. Se le indicó el uso del velo: cómo tenía que recogerlo para comer y bajarlo cuando fuese preguntada.Con este vestido presentóse María con los demás a la mesa: la colocaron entre los dos sacerdotes y uno enfrente. Las mujeres con otros niños se sentaron en un extremo de la mesa, separadas de los hombres. Durante la comida probaron los sacerdotes a la niña María en el uso del velo. Hubo preguntas y respuestas. También se le instruyó acerca de otras costumbres que debía observar. Le dijeron que podía comer de todo por ahora dándole diversas comidas para tentarla. María los dejó a todos maravillados con su forma de proceder y con las respuestas que les daba. Tomó muy poco alimento y respondía con sabiduría infantil que admiraba a todos. He visto durante todo el tiempo a los ángeles en torno a ella, que le sugerían y guiaban en todos los casos.Después de la comida fue llevada a la otra sala, delante del altar, donde le quitaron los vestidos de la segunda clase para ponerle los de la tercera. La hermana de Santa Ana y un sacerdote la revistieron de los nuevos vestidos de fiesta. Era un vestido color violeta con adorno de paño bordado sobre el pecho. Se ataba de costado con el paño de atrás, formaba rizos y terminaba en punta por debajo. Pusiéronle un mantito violeta más amplio y más festivo, redondeado por detrás, que parecía una casulla de misa. Tenía mangas anchas para los brazos y cinco líneas de adornos de oro. La del medio estaba partida y se recogía y cerraba con botones. El manto estaba también bordado en las extremidades. Luego se le puso un velo grande: de una parte caía en blanco y de otra en blanco violeta sobre los ojos. Sobre esto colocáronle una corona cerrada, con cinco broches, que constaba de un círculo de oro, más ancho arriba, con picos y botones. Esta corona estaba revestida de seda por fuera, con rositas y cinco perlas de adorno; los cinco arcos terminales eran de seda y tenían un botón. El escapulario del pecho estaba unido por detrás; por delante, tenía cintas. El manto estaba sujeto por delante sobre el pecho.
Revestida en esta
forma fue la niña María llevada sobre las gradas del altar. Las niñas rodeaban el altar de uno y otro lado. María dijo que no pensaba comer carne ni pescado ni tomar leche; que sólo tomaría una bebida hecha de agua y de médula de junco, que usaban los pobres y que pondría a veces en el agua un poco de zumo de terebinto. Esta bebida es como un aceite blanco, se expande, y es muy refrescante aunque no tan fina como el bálsamo. Prometió no gustar especias y no comer en frutas más que unas bayas amarillas que crecen como uvas. Conozco estas bayas: las comen los niños y la gente pobre. También dijo que quería descansar sobre el suelo y levantarse tres veces durante la noche para rezar. Las personas piadosas, Ana y Joaquín lloraban al oír estas cosas. El anciano Joaquín, abrazando a su hija, le decía: "¡Ah, hija! Esto es muy duro de observar. Si quieres vivir en tanta penitencia creo que no te podré ver más, a causa de mi avanzada edad". Era una escena muy conmovedora. Los sacerdotes le dijeron que se levantara sólo una vez, como las demás, y le hicieron otras propuestas para mitigar sus abstinencias. Le impusieron comer otros alimentos, como el pescado, en las grandes festividades.Había en Jerusalén, en la parte baja de la ciudad, un gran mercado de pescados, que recibía el agua de la piscina de Bethseda. Un día qué faltó el agua, Herodes el Grande quiso construir allí un acueducto, vendiendo, para lograr dinero, vestiduras sacerdotales y vasos sagrados del templo. Por este motivo hubo un intento de sublevación, pues los esenios, encargados de la inspección de las vestiduras sacerdotales, acudieron a Jerusalén de todas partes del país y se opusieron firmemente. Recordé en este momento estas cosas.

Por último dijeron los sacerdotes: "Muchas de las otras niñas que
van al templo sin pagar su manutención y sus vestidos, se comprometen, con el consentimiento de sus padres, a lavar los vestidos de los sacerdotes manchados con la sangre de las víctimas, y otros paños burdos, trabajo muy pesado que lastima las manos. Tú no necesitas hacer esto, porque tus padres te costean tu manutención". María respondió prontamente que quería hacer también eso, si era tenida por digna de hacerlo. Joaquín se emocionó grandemente al oírla. Mientras se hacían estas ceremonias vi que María, en varias ocasiones, había crecido de tal modo ante ellos, que los superaba en altura. Era una señal de la gracia y de su sabiduría. Los sacerdotes se mostraron serios, con grata admiración.Por último fue bendecida la niña María por el sacerdote. La he visto de pie sobre el tronito resplandeciente. Dos sacerdotes estaban a su lado; otro, delante. Los sacerdotes tenían rollos en las manos y rezaban preces sobre ella con las manos extendidas. Tuve una admirable visión de María. Me parecía que por la bendición se hacía transparente. Vi una gloria de indescriptible esplendor y dentro de ella el misterio del Arca de la Alianza como si estuviese en un brillante vaso de cristal, Luego vi el corazón de María que se abría en dos como una puertecita del templete, y el misterio sacramental del Arca de la Alianza penetró en su corazón. En torno de este misterio había formado un tabernáculo de variadas y muy significativas piedras preciosas. Entró en el corazón, como el Arca en el Santísimo, como el Ostensorio en el tabernáculo.

Vi a la niña María como
transformada, flotando en el aire. Con la entrada del sacramento en el corazón de María, que se cerró luego, lo que era figura pasó a ser realidad y posesión, y vi que la niña estuvo desde entonces como penetrada de una ardorosa concentración interior. Vi también, durante esta visión, que Zacarías recibió una interna persuasión o una celestial revelación de que María era el vaso elegido del misterio o sacramento. Había recibido él un rayo de luz que yo vi salir de María.Después de esto condujeron los sacerdotes a la niña adonde estaban sus padres. Ana levantó a su hija en alto y estrechándola contra su pecho la besó con interna dulzura y afecto, mezclada de veneración. Joaquín, muy conmovido, le dio la mano, lleno de admiración y veneración. La hermana mayor de María Santísima, María de Helí, abrazó a la niña con más vivacidad que Santa Ana, que era una mujer muy reservada, moderada y muy medida en todos sus actos. La sobrinita, María Cleofás, le echó los brazos al cuello, como hacen las criaturas. Después los sacerdotes tomaron a la niña de nuevo, le quitaron los vestidos simbólicos y le pusieron sus acostumbrados vestidos. Todavía los he visto de pie, tomando algún líquido de un recipiente, y luego partir.


XIX

Partida al Templo de Jerusalén

He visto a Joaquín, a Ana y a su hija mayor, María de Helí, ocupados toda la noche preparando paquetes y utensilios. Ardía una lámpara con varias mechas. A María Helí la veía con una luz ir de un lado a otro. Unos días antes Joaquín había mandado a sus siervos que eligieran cinco de cada especie de los animales de sacrificio, entre los mejores y los había despachado para el templo: formaban estos animales una hermosa majada. Después tomó dos animales de carga y los fue cargando con toda clase de paquetes: vestidos para la niña y regalos para el templo.Sobre el lomo del animal acomodó un ancho asiento para que se pudiera sentar cómodamente. Los objetos que se cargaron estaban acondicionados en bultos y atados, fáciles de llevar. Vi cestas de diversas formas sujetas a los flancos del animal. En una de ellas había pájaros del tamaño de las perdices; otros cestos, semejantes a cuévanos de uvas, contenían frutas de toda clase. Cuando el asno estuvo cargado completamente, tendieron encima una gran manta de la que colgaban gruesas borlas. Todavía quedaban dos sacerdotes. Uno de ellos era muy anciano, que llevaba un capuz terminado en punta sobre la frente y dos vestiduras, la de arriba más corta que la de abajo. Este sacerdote es el que se había ocupado el día anterior en el examen de María, y le he visto dar otras instrucciones más a la niña. Tenía una especie de estola colgante. El otro sacerdote era más joven. María tenía en aquel momento algo más de tres años de edad: era bella y delicada y estaba tan adelantada como un niño de cinco años de nuestro país. Sus cabellos lisos, rizados en sus extremos, eran de un rubio dorado y más largos que los de María Cleofás, de siete años, cuya rubia cabellera era corta y crespa. Casi todas las personas mayores llevaban largas ropas de lana sin teñir.Yo notaba la presencia de dos niños que no eran de este mundo: estaban allí en una forma espiritual y figurativa, como profetas; no pertenecían a la familia y no conversaban con nadie. Parecía que nadie notaba su presencia. Eran hermosos y amables; tenían largos cabellos rubios y rizados. Mirando a uno y otro lado me dirigieron la palabra. Llevaban libros, probablemente para su instrucción. La pequeña María no poseía libro alguno a pesar de que sabía leer. Los libros no eran como los nuestros, sino largas tiras de más o menos media vara de ancho, enrolladas en un bastón, cuyas extremidades asomaban por cada lado. El más alto de los dos niños se me acercó con uno de los rollos desplegados en la mano y leyó algo, explicándomelo luego. Eran letras de oro, totalmente desconocidas para mí, escritas al revés y cada una de ellas parecía representar una palabra entera. La lengua me era completamente desconocida también y, sin embargo, la entendía perfectamente. Lástima que haya olvidado la explicación. Tratábase de un texto de Moisés sobre la zarza ardiente. Me declaró: "Como la zarza ardía y no se quemaba, así arde el fuego del Espíritu Santo en la niña María, y en su humildad es como si nada supiera de ello. Significa también la divinidad y humanidad de Jesús y como el fuego de Dios se une con la niña María".

El descalzarse explicólo como que la
ley se cumplía, la corteza caía y llegaba ahora la sustancia. La pequeña bandera que traía la extremidad del bastoncito significaba que María empezaba su camino, su misión para ser Madre del Redentor. El otro niño jugaba con su rollo inocentemente, representando con esto el candor infantil de María, sobre la cual reposaba una promesa muy grande, la cual, no obstante tan alto destino, jugaba ahora como una criatura. Explicáronme aquellos niños siete pasajes de sus rollos; pero a causa del estado en que me encuentro, se me ha ido de la memoria. ¡Oh, Dios mío! Cuando se me aparece todo esto ¡qué bello y profundo es y, al mismo tiempo, qué simple y claro!... Al rayar el alba vi que se ponían en camino para Jerusalén. La pequeña María deseaba vivamente llegar al templo y salió apresuradamente de la casa acercándose a la bestia de carga. Los niños profetas me mostraron todavía algunos textos de sus rollos. Uno de éstos decía que el templo era magnífico, pero que la niña María encerraba en sí algo más admirable aún. Había dos bestias de carga. Uno de los asnos, el más cargado, iba conducido por un servidor y debía ir siempre delante de los viajeros.

El
otro, que estaba delante de la casa, cargado con más bultos, tenía preparado un asiento, y María fue colocada sobre él. Joaquín conducía el asno. Llevaba un bastón largo con un grueso pomo redondo en la extremidad: parecía un cayado de peregrino. Un poco más adelante iba Ana con la pequeña María Cleofás y una criada que debía acompañarla en todo el camino. Al empezar el viaje se juntaron con ellas unas mujeres y niñas: se trataba de parientas que en los diversos cruces del camino se separaban de la comitiva para volverse a sus casas. Uno de los sacerdotes acompañó a la comitiva durante algún tiempo.

He visto unas seis mujeres parientas, con
sus hijos y algunos hombres. Llevaban una linterna, y vi que la luz desaparecía totalmente ante aquella otra claridad que derramaban las santas personas sobre el camino en su viaje nocturno, sin que, al parecer, lo notaran los demás. Al principio me pareció que el sacerdote iba detrás de la pequeña María con los niños profetas. Más tarde, cuando ella bajó del asno para seguir a pie, yo estuve a su lado. Más de una vez oí a mis jóvenes compañeros cantando el salmo "Eructavit cor meum" y el  "Deus deorum Dominus locutus est". Supe por ellos que estos salmos serían cantados a doble coro cuando la Niña fuera admitida en el templo. Lo escucharé cuando lleguen al templo.

Al principio vi que el camino descendía en pendiente
de una colina, para volver a subir después. Siendo temprano, y habiendo buen tiempo, el cortejo se detuvo cerca de un manantial del que nacía un arroyo. Había allí una pradera y los caminantes descansaron sentándose junto a un cerco de plantas de bálsamo. Debajo de estos frágiles arbustos solían poner vasos y recipientes de piedra para recoger el bálsamo que iba cayendo gota a gota. Los viajeros bebieron bálsamo y echaron un poco en el agua, llenando pequeños recipientes. Comieron bayas de ciertas plantas que allí había, con panecillos que traían en las alforjas. En ese momento desaparecieron los dos niños profetas. Uno de ellos era Elías; el otro me pareció que era Moisés. La pequeña María los había visto; pero no habló de ello con nadie.

Así sucede que a veces vemos en nuestra
infancia a santos niños y en edad más madura a santas jóvenes o muchachos, y callamos estas visiones sin comunicarlas a los demás por ser tal momento un instante de gozo celestial y de recogimiento.

Más tarde vi a
los viajeros entrar en una casa aislada, en la que fueron bien recibidos y tomaron provisiones, pues los moradores parecían ser de la familia. En aquel sitio se despidieron de la niña Cleofás, que debía volver a su casa. Durante el día, vi el curso del camino que suele ser bastante penoso, pues hay muchas subidas y bajadas. En los valles hay a menudo neblina y rocío; con todo, veo algunos lugares mejor situados, donde brotan flores. Antes de llegar al sitio donde debían pasar la noche, hallaron un pequeño arroyo. Se hospedaron en una posada al pie de una montaña en la cual se veía una ciudad. Por desgracia, no recuerdo el nombre de esa ciudad, pues la he visto durante otros viajes de la Sagrada Familia, por lo cual confundo los nombres. Lo que puedo decir es que ellos siguieron el camino que tomó Jesús en el mes de septiembre, cuando tenía treinta años e iba de Nazaret a Betania y luego al bautismo de Juan y aun esto lo digo sin certidumbre completa.

La Sagrada Familia hizo más tarde este camino en la época de la
huida a Egipto. La primera etapa fue Nazara, pequeño lugar entre Massaloth y otra ciudad ubicada en la altura, más cercana a esta última. Veo por todas partes tantas poblaciones, cuyos nombres oigo pronunciar, que luego confundo unos con otros. La ciudad cubre la ladera de una montaña y se divide en varias partes, si es que realmente todas forman una misma ciudad. Allí falta agua y tienen que hacerla subir desde el llano con la ayuda de cuerdas. Veo allí torres antiguas en ruinas. Sobre la cumbre de la montaña hay una torre que parece un observatorio con un aparato de mampostería que tiene vigas y cuerdas como para hacer subir algo desde la ciudad.Hay una cantidad tan grande de estas cuerdas que el conjunto aparenta mástiles de buques. Debe haber como una hora de camino desde abajo a la cumbre de la montaña, desde donde se disfruta de una espléndida vista muy extensa. Los caminantes entraron en una posada situada en la llanura. En una parte de la ciudad había paganos, considerados como esclavos por los judíos, debiendo someterse a rudos trabajos en el templo y en otras construcciones. Esta noche he visto a la pequeña María llegando con sus padres a una ciudad situada a seis leguas más o menos de Jerusalén en dirección noroeste. Esta ciudad, se llama Bet-Horon y se encuentra al pie de una montaña.

Durante
el viaje atravesaron un pequeño río que desemboca en el mar en los alrededores de Jopé, donde enseñó San Pedro después de la venida del Espíritu Santo. Cerca de Bet-Horon tuvieron lugar grandes batallas que he visto y olvidado. Faltaban aun dos leguas para llegar a un punto del camino desde donde se podía divisar a Jerusalén; he oído el nombre de este lugar, que ahora no puedo precisarlo. Bet-Horon es una ciudad de Levitas de cierta importancia: produce hermosas uvas y gran cantidad de frutas. La santa comitiva entró en la casa de unos amigos, que estaba muy bien situada. Su dueño era maestro en una escuela de Levitas y había allí algunos niños. Me admira ver allí a varias parientas de Ana, con sus hijas pequeñas, que yo creía que habían regresado a sus casas al principio del viaje: ahora advierto que llegaron antes, tomando algún atajo, quizás para anunciar la llegada de la santa comitiva.Los parientes de Nazaret, de Séforis y de Zabulón, que habían asistido al examen de María, se hallaban allí con sus hijas: vi, por ejemplo, a la hermana mayor de María con su hija María de Cleofás, y a la hermana de Ana venida de Séforis con sus hijas. Con motivo de la llegada de la pequeña María hubo grandes fiestas. María fue llevada en compañía de otras niñas a una gran sala, y puesta en un asiento alto, a semejanza de un trono, dispuesto para ella. El maestro de escuela y otras personas hicieron toda clase de preguntas a María y le pusieron guirnaldas en la cabeza. Todos estaban asombrados por la sabiduría que manifestaba en sus respuestas. Oí hablar en esta ocasión del juicio y prudencia de otra niña que había pasado por allí poco antes, volviendo de la escuela del templo a la casa de sus padres. Esta niña se llamaba Susana y más tarde figuró entre las santas mujeres que seguían a Jesús. (En otra ocasión Ana Catalina dijo que esta niña era parienta de María). María ocupó su puesto vacante en el templo, pues había un número fijo de plazas para estas jóvenes. Susana tenía quince años cuando dejó el templo, es decir, cerca de once más que la niña María. También Santa Ana había sido educada allí a la edad de cinco años. La pequeña María estaba llena de júbilo por hallarse tan cerca del templo. He visto a Joaquín que la estrechaba entre sus brazos, llorando y diciéndole: "Hija mía, ya no volveré a verte". Habían preparado comida y mientras estaban en la mesa, vi a María ir de un lado a otro, apretarse contra su madre, llena de gracia, o, deteniéndose detrás de ella, echarle los bracitos al cuello.Esta mañana muy temprano vi a los viajeros salir de Bet-Horon para dirigirse a Jerusalén. Todos los parientes con sus criaturas se habían juntado a ellos y lo mismo los dueños de la casa. Llevaban regalos para la niña, consistentes en ropas y frutas. Me parece ver una fiesta en Jerusalén. Supe que María tenía en ese momento tres años y tres meses. En su viaje no fueron a Ussen Sheera ni a Gofna, a pesar de tener allí amistades; pasaron sólo por los alrededores. Vi que el maestro de los Levitas con su familia los acompañó a Jerusalén. Cuanto más se acercaban a la ciudad tanto más se mostraba María contenta y ansiosa. Solía correr delante de sus padres.


XX

Jerusalén
Hoy al mediodía he visto llegar la comitiva que acompañaba a María al templo de Jerusalén. Jerusalén es una ciudad extraña. No hay que pensar que sea como una de nuestras ciudades, con tanta gente en las calles. Muchas calles bajas y altas corren alrededor de los muros de la ciudad y no tienen salida ni puertas. Las casas de las alturas, detrás de las murallas, están orientadas hacia el otro lado, pues se han edificado barrios distintos y se han formado nuevas crestas de colinas y los antiguos muros quedaron allí. Muchas veces se ven las calles de los valles sobreedificadas con sólidas bóvedas. Las casas tienen sus patios y piezas orientadas hacia el interior; hacia la calle sólo hay puertas y terrazas sobre los muros. Generalmente las casas son cerradas. Cuando la gente no va a las plazas o mercados o al templo está generalmente entretenida en el interior de sus casas.

Hay silencio en las calles, fuera de los lugares de mercado o de ciertos palacios,
donde se ve ir y venir a soldados y viajeros. En ciertos días en que están casi todos en el templo, las calles parecen como muertas. A causa de las calles solitarias, de los profundos valles y de la costumbre de permanecer las gentes en sus casas, es que Jesús podía ir y venir con sus discípulos sin ser molestado. Por lo general falta agua en la ciudad: frecuentemente se ven edificios altos adonde es llevada y torres hacia las cuales es bombeada el agua. En el templo se tiene mucho cuidado con el agua porque hay que purificar muchos vasos y lavar las ropas sacerdotales. Se ven grandes maquinarias y artefactos para bombear el agua a los lugares elevados. Hay muchos mercaderes y vendedores en la ciudad: están casi siempre en los mercados o en lugares abiertos, bajo tiendas de campaña.

Veo, por ejemplo,
no lejos de la Puerta de las Ovejas, a mucha gente que negocia con alhajas, oro, objetos brillantes y piedras preciosas. Las casitas que habitan son muy livianas, pero sólidas, de color pardo, como si estuviesen cubiertas con pez o betún. Adentro hacen sus negocios; entre una tienda y otra están extendidas lonas, debajo de las cuales muestran sus mercaderías. Hay, sin embargo, otras partes de la ciudad donde hay mayor movimiento y se ven gentes que van y vienen cerca de ciertos palacios. Comparada Jerusalén con la Roma antigua, que he visto, esta ciudad era mucho más bulliciosa en las calles; tenía aspecto más agradable y no era tan desigual ni empinada. La montaña sobre la cual se halla el templo está rodeada, por el lado en que la pendiente es más suave, de casas que forman varias calles detrás de espesos muros. Estas casas están construidas sobre terrazas colocadas unas sobre otras. Allí viven los sacerdotes y los servidores subalternos del templo, que hacen trabajos más rudos, como la limpieza de los fosos, donde se echan los desperdicios provenientes de los sacrificios de animales. Hay un costado norte, creo, donde la montaña del templo es muy escarpada. En todo lo alto, alrededor de la cumbre, se halla una zona
verde formada por pequeños jardines pertenecientes a los sacerdotes.

Aun
en tiempos de Jesucristo se trabajaba siempre en alguna parte del templo. Este trabajo no cesaba nunca. En la montaña del templo había mucho mineral, que se fue sacando y empleando en la construcción del mismo edificio. Debajo del templo hay fosos y lugares donde funden el metal. No pude encontrar en este gran templo un lugar donde poder rezar a gusto. Todo el edificio es admirablemente macizo, alto y sólido. Los numerosos patios son estrechos y sombríos, llenos de andamios y de asientos. Cuando hay mucha gente causa miedo encontrarse apretado entre los espesos muros y las gruesas columnas. Tampoco me gustan los continuos sacrificios y la sangre derramada en abundancia, a pesar de que esto se hace con orden e increíble limpieza. Hacía mucho tiempo que no había visto con tanta claridad, como hoy, los edificios, los caminos y los pasajes. Pero son tantas las cosas que hay aquí que me es imposible describirlas con detalles.Los viajeros llegaron con la pequeña María, por el norte, a Jerusalén: con todo, no entraron por ese lado, sino que dieron vuelta alrededor de la ciudad hasta el muro oriental, siguiendo una parte del valle de Josafat. Dejando a la izquierda el Monte de los Olivos y el camino de Betania, entraron en la ciudad por la Puerta de las Ovejas, que conducía al mercado de las bestias. No lejos de esta puerta hay un estanque donde se lava por primera vez a las ovejas destinadas al sacrificio. No es ésta la piscina de Bethseda. La comitiva, después de haber entrado en la ciudad, torció de nuevo a la derecha y entró en otra barriada siguiendo un largo valle interno dominado de un lado por las altas murallas de una zona más elevada de la ciudad, llegando a la parte occidental en los alrededores del mercado de los peces, donde se halla la casa paterna de Zacarías de Hebrón. Se encontraba allí un hombre de avanzada edad: creo que el hermano de su padre. Zacarías solía volver a la casa después de haber cumplido su servicio en el templo.

En
esos días se encontraba en la ciudad y habiendo acabado su tiempo de servicio, quería quedarse sólo unos días en Jerusalén para asistir a la, entrada de María al templo. Al llegar la comitiva, Zacarías no se encontraba allí. En la casa se hallaban presentes otros parientes de los contornos de Belén y de Hebrón, entre ellos, dos hijas de la hermana de Isabel. Isabel tampoco se encontraba allí en ese momento. Estas personas se habían adelantado para recibir a los caminantes hasta un cuarto de legua por el camino del valle. Varias jóvenes los acompañaban llevando guirnaldas y ramas de árboles.Los caminantes fueron recibidos con demostraciones de contento y conducidos hasta la casa de Zacarías, donde se festejó la llegada. Se les ofreció refrescos y todos se prepararon para llevarlos a una posada contigua al templo, donde los forasteros se hospedan los días de fiesta. Los animales que Joaquín había destinado para el sacrificio habían sido conducidos ya desde los alrededores de la plaza del ganado a los establos situados cerca de esta casa. Zacarías acudió también para guiar a la comitiva desde la casa paterna hasta la posada. Pusieron a la pequeña María su segundo vestidito de ceremonias con el peplo celeste. Todos se pusieron en marcha formando una ordenada procesión. Zacarías iba adelante con Joaquín y Ana; luego la niña María rodeada de cuatro niñas vestidas de blanco, y las otras chicas con sus padres cerraban la marcha. Anduvieron por varias calles y pasaron delante del palacio de Herodes y de la casa donde más tarde habitó Pilatos. Se dirigieron hacia el ángulo Nordeste del templo, dejando atrás la fortaleza Antonia, edificio muy alto, situado al Noroeste. Subieron por unos escalones abiertos en una muralla alta. La pequeña María subió sola, con alegre prisa, sin permitir que nadie la ayudara. Todos la miraban con asombro.

La casa donde se alojaron era una posada para días de fiesta situada
a corta distancia del mercado del ganado. Había varias posadas de este género alrededor del templo, y Zacarías había alquilado una. Era un gran edificio con cuatro galerías en torno de un patio extenso. En las galerías se hallaban los dormitorios, así como largas mesas muy bajas. Había una sala espaciosa y un hogar para la cocina. El patio para los animales enviados por Zacarías estaba muy cerca. A ambos lados del edificio habitaban los servidores del templo que se ocupaban de los sacrificios. Al entrar los forasteros se les lavaron los pies, como se hacía con los caminantes; los de los hombres fueron lavados por hombres; y las mujeres hicieron este servicio con las mujeres. Entraron luego en una sala en medio de la cual se hallaba suspendida una gran lámpara de varios brazos sobre un depósito de bronce lleno de agua, donde se lavaron la cara y las manos. Cuando hubieron quitado la carga al asno de Joaquín, un sirviente lo llevó a la cuadra.

Joaquín había dicho que sacrificaría y siguió a los servidores del templo hasta el sitio donde se hallaban los animales, a los cuales examinaron. Joaquín y Ana se dirigieron luego con María a la habitación de los sacerdotes, situada más arriba. Aquí la niña María, como elevada por el espíritu interior, subió ligerísimamente los escalones con un impulso extraordinario. Los dos sacerdotes que se hallaban en la casa los recibieron con grandes muestras de amistad: uno era anciano y el otro más joven. Los dos habían asistido al examen de la niña en Nazaret y esperaban su llegada. Después de haber conversado del viaje y de la próxima ceremonia de la presentación, hicieron llamar a una de las mujeres del Templo. Era ésta una viuda anciana que debía encargarse de velar por la niña. Habitaba en la vecindad con otras personas de su misma condición, haciendo toda clase de labores femeniles y educando a las niñas. Su habitación se encontraba más apartada del templo que las salas adyacentes, donde habían sido dispuestos, para las mujeres y las jóvenes consagradas al servicio del Templo, pequeños oratorios desde los cuales podían ver el santuario sin ser vistas por los demás.

La matrona
que acababa de llegar estaba tan bien envuelta en su ropaje que apenas podía vérsele la cara. Los sacerdotes y los padres de María se la presentaron, confiándola a sus cuidados. Ella estuvo dignamente afectuosa, sin perder su gravedad. La niña María se mostró humilde y respetuosa. La instruyeron en todo lo que se relacionaba con la niña y su entrada solemne en el templo. Aquella mujer bajó con ellos a la posada, tomó el ajuar que pertenecía a la niña y se lo llevó a fin de prepararlo todo en la habitación que le estaba destinada. La gente que había acompañado a la comitiva desde la casa de Zacarías, regresó a su domicilio, quedando en la posada solamente los parientes. Las mujeres se instalaron allí y prepararon la fiesta que debía tener lugar al día siguiente.Joaquín y algunos hombres condujeron las víctimas al Templo al despuntar el nuevo día y los sacerdotes las revisaron nuevamente. Algunos animales fueron desechados y llevados en seguida a la plaza del ganado. Los aceptados fueron conducidos al patio donde habrían de ser inmolados. Vi allí muchas cosas que ya no es posible decirlas en orden. Recuerdo que antes de inmolar, Joaquín colocaba su mano sobre la cabeza de la víctima, debiendo recibir la sangre en un vaso y también algunas partes del animal. Había varias columnas, mesas y vasos. Se cortaba, se repartía y ordenaba todo. Se quitaba la espuma de la sangre y se ponía aparte la grasa, el hígado, el bazo, salándose todo esto. Se limpiaban los intestinos de los corderos, rellenándolos con algo y volviéndolos a poner dentro del cuerpo, de modo que el animal parecía entero, y se ataban las patas en forma de cruz.

Luego, una gran parte de la carne era llevada al patio
donde las jóvenes del Templo debían hacer algo con ella: quizás prepararla para alimento de los sacerdotes o ellas mismas. Todo esto se hacía con un orden increíble. Los sacerdotes y levitas iban y venían, siempre de dos en dos. Este trabajo complicado y penoso se hacía fácilmente, como si se efectuase por sí solo. Los trozos destinados al sacrificio quedaban impregnados en sal hasta el día siguiente, en que debían ser ofrecidos sobre el altar.

Hubo hoy una gran fiesta en la posada, seguida de una comida solemne.
Habría unas cien personas, contados los niños. Estaban presentes unas veinticuatro niñas de diversas edades, entre ellas Serapia, que fue llamada Verónica después de la muerte de Jesús: era bastante crecida, como de unos diez o doce años. Se tejieron coronas y guirnaldas de flores para María y sus compañeras, adornándose también siete candelabros en forma de cetro sin pedestal. En cuanto a la llama que brillaba en su extremidad no sé si estaba alimentada con aceite, cera u otra materia. Durante la fiesta entraron y salieron numerosos sacerdotes y levitas. Tomaron parte en el banquete, y al expresar su asombro por la gran cantidad de víctimas ofrecidas para el sacrificio, Joaquín les dijo que, en recuerdo de la afrenta recibida en el templo al ser rechazado su sacrificio, y a causa de la misericordia de Dios que había escuchado su oración, había querido demostrar su gratitud de acuerdo con sus medios. Hoy pude ver a la pequeña María paseando con las otras jóvenes en torno de su casa. Otros detalles los he olvidado completamente.


XXI

Presentación de la Niña María en el Templo

Esta mañana fueron al Templo: Zacarías, Joaquín y otros hombres. Más tarde fue llevada María por su madre en medio de un acompañamiento solemne. Ana y su hija María Helí, con la pequeña María Cleofás, marchaban delante; iba luego la santa niña María con su vestidito y su manto azul celeste, los brazos y el cuello adornados con guirnaldas: llevaba en la mano un cirio ceñido de flores. A su lado caminaban tres niñitas con cirios semejantes. Tenían vestidos blancos, bordados de oro y peplos celestes, como María, y estaban rodeadas de guirnaldas de flores; llevaban otras pequeñas guirnaldas alrededor del cuello y de los brazos. Iban en seguida las otras jóvenes y niñas vestidas de fiesta, aunque no uniformemente. Todas llevaban pequeños mantos. Cerraban el cortejo las demás mujeres.Como no se podía ir en línea recta desde la posada al Templo, tuvieron que dar una vuelta pasando por varias calles. Todo el mundo se admiraba de ver el hermoso cortejo y en las puertas de varias casas rendían honores. En María se notaba algo de santo y de conmovedor. A la llegada de la comitiva he visto a varios servidores del Templo empeñados en abrir con grande esfuerzo una puerta muy alta y muy pesada, que brillaba como oro y que tenía grabadas varias figuras: cabezas, racimos de uvas y gavillas de trigo. Era la Puerta Dorada. La comitiva entró por esa puerta. Para llegar a ella era preciso subir cincuenta escalones; creo que había entre ellos algunos descansos. Quisieron llevar a María de la mano; pero ella no lo permitió: subió los escalones rápidamente, sin tropiezos, llena de alegre entusiasmo. Todos se hallaban profundamente conmovidos.Bajo la Puerta Dorada fue recibida María por Zacarías, Joaquín y algunos sacerdotes que la llevaron hacia la derecha, bajo la amplia arcada de la puerta, a las altas salas donde se había preparado una comida en honor de alguien. Aquí se separaron las personas de la comitiva. La mayoría de las mujeres y de las niñas se dirigieron al sitio del Templo que les estaba reservado para orar. Joaquín y Zacarías fueron al lugar del sacrificio. Los sacerdotes hicieron todavía algunas preguntas a María en una sala y cuando se hubieron retirado, asombrados de la sabiduría de la niña, Ana vistió a su hija con el tercer traje de fiesta, que era de color azul violáceo y le puso el manto, el velo y la corona ya descritos por mí al relatar la ceremonia que tuvo lugar en la casa de Ana.

Entre tanto Joaquín había ido al sacrificio con los sacerdotes. Luego de recibir un poco de fuego tomado de un lugar determinado, se colocó entre dos sacerdotes cerca del altar. Estoy demasiada enferma y distraída para dar la explicación del sacrificio en el orden necesario. Recuerdo lo siguiente: no se podía llegar al altar más que por tres lados. Los trozos preparados para el holocausto no estaban todos en el mismo lugar, sino puestos alrededor, en distintos sitios. En los cuatro extremos del altar había cuatro columnas de metal, huecas, sobre las cuales descansaban cosas que parecían caños de chimenea. Eran anchos embudos de cobre terminados en tubos en forma de cuernos, de modo que el humo podía salir pasando por sobre la cabeza de los sacerdotes que ofrecían el sacrificio.Mientras se consumía sobre el altar la ofrenda de Joaquín, Ana fue con María y las jóvenes que la acompañaban, al vestíbulo reservado a las mujeres. Este lugar estaba separado del altar del sacrificio por un muro que terminaba en lo alto en una reja. En medio de este muro había una puerta. El atrio de las mujeres, a partir del muro de separación, iba subiendo de manera que por lo menos las que se hallaban más alejadas podían ver hasta cierto punto el altar del sacrificio. Cuando la puerta del muro estaba abierta, algunas mujeres podían ver el altar.
María y las otras jóvenes se
hallaban de pie, delante de Ana, y las demás parientas estaban a poca distancia de la puerta. En sitio aparte había un grupo de niños del Templo, vestidos de blanco, que tañían flautas y arpas. Después del sacrificio se preparó bajo la puerta de separación un altar portátil cubierto, con algunos escalones para subir. Zacarías y Joaquín fueron con un sacerdote desde el patio hasta este altar, delante del cual estaba otro sacerdote y dos levitas con rollos y todo lo necesario para escribir. Un poco atrás se hallaban las doncellas que habían acompañado a María. María se arrodilló sobre los escalones; Joaquín y Ana extendieron las manos sobre su cabeza. El sacerdote cortó un poco de sus cabellos, quemándolos luego sobre un brasero. Los padres pronunciaron algunas palabras, ofreciendo a su hija, y los levitas las escribieron.

Entretanto las
niñas cantaban el salmo "Eructavit cor meum verbum bonum" y los sacerdotes el salmo "Deus deorum Dominus locutus est" mientras los niños tocaban sus instrumentos. Observé entonces que dos sacerdotes tomaron a María de la mano y la llevaron por unos escalones hacia un lugar elevado del muro, que separaba el vestíbulo del Santuario. Colocaron a la niña en una especie de nicho en el centro de aquel muro, de manera que ella pudiera ver el sitio donde se hallaban, puestos en fila, varios hombres que me parecieron consagrados al Templo. Dos sacerdotes estaban a su lado; había otros dos en los escalones, recitando en alta voz oraciones escritas en rollos.Del otro lado del muro se hallaba de pie un anciano príncipe de los sacerdotes, cerca del altar, en un sitio bastante elevado que permitía vérsele el busto. Yo lo vi presentando el incienso, cuyo humo se esparció alrededor de María. Durante esta ceremonia vi en torno de María un cuadro simbólico que pronto llenó el Templo y lo oscureció. Vi una gloria luminosa debajo del corazón de María y comprendí que ella encerraba la promesa de la sacrosanta bendición de Dios. Esta gloria aparecía rodeada por el arca de Noé, de manera que la cabeza de María se alzaba por encima y el arca tomaba a su vez la forma del Arca de la Alianza, viendo luego a ésta corno encerrada en el Templo.

Luego vi que todas estas formas desaparecían mientras el
cáliz de la santa Cena se mostraba fuera de la gloria, delante del pecho de María, y más arriba, ante la boca de la Virgen, aparecía un pan marcado con una cruz. A los lados brillaban rayos de cuyas extremidades surgían figuras con símbolos místicos de la Santísima Virgen, como todos los nombres de las Letanías que le dirige la Iglesia. Subían, cruzándose desde sus hombros, dos ramas de olivo y de ciprés, o de cedro y de ciprés, por encima de una hermosa palmera junto con un pequeño ramo que vi aparecer detrás de ella. En los espacios de las ramas pude ver todos los instrumentos de la pasión de Jesucristo. El Espíritu Santo, representado por una figura alada que parecía más forma humana que paloma, se hallaba suspendido sobre el cuadro, por encima del cual vi el cielo abierto, el centro de la celestial Jerusalén, la ciudad de Dios, con todos sus palacios, jardines y lugares de los futuros santos. Todo estaba lleno de ángeles, y la gloria, que ahora rodeaba a la Virgen Santísima, lo estaba con cabezas de estos espíritus. ¡Ah, quién pudiera describir estas cosas con palabras humanas!... Se veía todo bajo formas tan diversas y tan multiformes, derivando unas de las otras en tan continuada transformación, que he olvidado la mayor parte de ellas. Todo lo que se relaciona con la Santísima Virgen en la antigua y en la nueva Alianza y hasta en la eternidad, se hallaba allí representado. Sólo puedo comparar esta visión a otra menor que tuve hace poco, en la cual vi en toda su magnificencia el significado del santo Rosario. Muchas personas, que se creen sabias, comprenden esto menos que los pobres y humildes que lo recitan con simplicidad, pues éstos acrecientan el esplendor con su obediencia, su piedad y su sencilla confianza en la Iglesia, que recomienda esta oración. Cuando vi todo esto, las bellezas y magnificencias del Templo, con los muros elegantemente adornados, me parecían opacos y ennegrecidos detrás de la Virgen Santísima. El Templo mismo parecía esfumarse y desaparecer: sólo María y la gloria que la rodeaba lo llenaba todo.
Mientras estas visiones pasaban delante de mis ojos,
dejé de ver a la Virgen Santísima bajo forma de niña: me pareció entonces grande y como suspendida en el aire. Con todo veía también, a través de María, a los sacerdotes, al sacrificio del incienso y a todo lo demás de la ceremonia. Parecía que el sacerdote estaba detrás de ella, anunciando el porvenir e invitando al pueblo a agradecer y a orar a Dios, porque de esta niña habría de salir algo muy grandioso. Todos los que estaban en el Templo, aunque no veían lo que yo veía, estaban recogidos y profundamente conmovidos. Este cuadro se desvaneció gradualmente de la misma manera que lo había visto aparecer. Al fin sólo quedó la gloria bajo el corazón de María y la bendición de la promesa brillando en su interior. Luego desapareció también y sólo vi a la niña María adornada entre los sacerdotes.Los sacerdotes tomaron las guirnaldas que estaban alrededor de sus brazos y la antorcha que llevaba en la mano, y se las dieron a las compañeras. Le pusieron en la cabeza un velo pardo y la hicieron descender las gradas, llevándola a una sala vecina, donde seis vírgenes del Templo, de mayor edad, salieron a su encuentro arrojando flores ante ella. Detrás iban sus maestras, Noemí, hermana de la madre de Lázaro, la profetisa Ana y otra mujer. Los sacerdotes recibieron a la pequeña María, retirándose luego.

Los padres de
la Niña, así como sus parientes más cercanos, se encontraban allí. Una vez terminados los cantos sagrados, despidióse María de sus padres. Joaquín, que estaba profundamente conmovido, tomó a María entre sus brazos y apretándola contra su corazón, dijo en medio de las lágrimas: "Acuérdate de mi alma ante Dios". María se dirigió luego con las maestras y varias otras jóvenes a las habitaciones de las mujeres, al Norte del Templo. Estas habitaban salas abiertas en los espesos muros del Templo y podían, a través de pasajes y escaleras, subir a los pequeños oratorios colocados cerca del Santuario y del Santo de los Santos. Los deudos de María volvieron a la sala contigua a la Puerta Dorada, donde antes se habían detenido quedándose a comer en compañía de los sacerdotes. Las mujeres comían en sala aparte.He olvidado, entre otras muchas cosas, por qué la fiesta había sido tan brillante y solemne. Sin embargo, sé que fue a consecuencia de una revelación de la voluntad de Dios. Los padres de María eran personas de condición acomodada y si vivían pobremente era por espíritu de mortificación y para poder dar más limosnas a los pobres. Así es cómo Ana, no sé por cuánto tiempo, sólo comió alimentos fríos. A pesar de esto trataban a la servidumbre con generosidad y la dotaban. He visto a muchas personas orando en el Templo. Otras habían seguido a la comitiva hasta la puerta misma.

Algunos
de los presentes debieron tener cierto presentimiento de los destinos de la Niña, pues recuerdo unas palabras que Santa Ana en un momento de entusiasmo jubiloso dirigió a las mujeres, cuyo sentido era: "He aquí el Arca de la Alianza, el vaso de la Promesa, que entra ahora en el Templo". Los padres de María y demás parientes regresaron hoy a Bet-Horon.


XXII
María en el Templo
He visto una fiesta en las habitaciones de las vírgenes del Templo. María pidió a las maestras y a cada doncella en particular si querían admitirla entre ellas, pues esta era la costumbre que se practicaba. Hubo una comida y una pequeña fiesta en la que algunas niñas tocaron instrumentos de música. Por la noche vi a Noemí, una de las maestras, que conducía a la niña María hasta la pequeña habitación que le estaba reservada y desde la cual podía ver el interior del Templo. Había en ella una mesa pequeña, un escabel y algunos estantes en los ángulos. Delante de esta habitación había lugar para la alcoba, el guardarropa y el aposento de Noemí. María habló a Noemí de su deseo de levantarse varias veces durante la noche, pero ésta no se lo permitió. Las mujeres del Templo llevaban largas y amplias vestiduras blancas, ceñidas con fajas y mangas muy anchas, que recogían para trabajar. Iban veladas.No recuerdo haber visto nunca a Herodes que haya hecho reconstruir de nuevo la totalidad del Templo. Sólo vi que durante su reinado se hicieron diversos cambios. Cuando María entró en el Templo, once años antes del nacimiento del Salvador, no se hacían trabajos propiamente dichos; pero, como siempre, se trabajaba en las construcciones exteriores: esto no dejó de hacerse nunca. He visto hoy la habitación de María en el Templo. En el costado Norte, frente al Santuario, se hallaban en la parte alta varias salas que comunicaban con las habitaciones de las mujeres. El dormitorio de María era uno de los más retirados, frente al Santo de los Santos. Desde el corredor, levantando una cortina, se pasaba a una sala anterior separada del dormitorio por un tabique de forma convexa o terminada en ángulo. En los ángulos de la derecha e izquierda estaban las divisiones para guardar la ropa y los objetos de uso; frente a la puerta abierta de este tabique, algunos escalones llevaban arriba hasta una abertura, delante de la cual había un tapiz, pudiéndose ver desde allí el interior del Templo. A izquierda, contra el muro de la habitación, había una alfombra enrollada, que cuando estaba extendida formaba el lecho sobre el cual reposaba la niña María. En un nicho de la muralla estaba colocada una lámpara, cerca de la cual vi a la niña de pie, sobre un escabel, leyendo oraciones en un rollo de pergamino. Llevaba un vestido de listas blancas y azules, sembrado de flores amarillas. Había en la habitación una mesa baja y redonda.

Vi entrar en la
habitación a la profetisa Ana, que colocó sobre la mesa una fuente con frutas del grosor de un haba y una anforita. María tenía una destreza superior a su edad: desde entonces la vi trabajar en pequeños pedazos de tela blanca para el servicio del Templo. Las paredes de su pieza estaban sobrepuestas con piedras triangulares de varios colores. A menudo oía yo a la niña decir a Ana: "¡Ah, pronto el Niño prometido nacerá! ¡Oh, si yo pudiera ver al Niño Redentor!"... Ana le respondía; "Yo soy ya anciana y debí esperar mucho a ese Niño. ¡Tú, en cambio, eres tan pequeña!"... María lloraba a menudo por el ansia de ver al Niño Redentor.

Las niñas que
se educaban en el Templo se ocupaban de bordar, adornar, lavar y ordenar las vestiduras sacerdotales y limpiar los utensilios sagrados del Templo. En sus habitaciones, desde donde podían ver el Templo, oraban y meditaban. Estaban consagradas al Señor por medio de la entrega que hacían sus padres en el Templo. Cuando llegaban a la edad conveniente, eran casadas, pues había entre los israelitas piadosos la silenciosa esperanza de que, de una de estas vírgenes consagradas al Señor debía nacer el Mesías. Cuan ciegos y duros de corazón eran los fariseos y los sacerdotes del Templo se puede conocer por el poco interés y desconocimiento que manifestaron con las santas personas con las cuales trataron. Primeramente desecharon sin motivo el sacrificio de Joaquín. Sólo después de algunos meses, por orden de Dios, fue aceptado el sacrificio de Joaquín y de Ana. Joaquín llega a las cercanías del Santuario y se encuentra con Ana, sin saberlo de antemano, conducidos por los pasajes debajo del Templo por los mismos sacerdotes. Aquí se encuentran ambos esposos y María es concebida. Otros sacerdotes los esperan en la salida del Templo. Todo esto sucedía por orden e inspiración de Dios. He visto algunas veces que las estériles eran llevadas allí por orden de Dios.
María llega al Templo teniendo algo menos de cuatro
años: en toda su presentación hay signos extraordinarios y desusados. La hermana de la madre de Lázaro viene a ser la maestra de María, la cual aparece en el Templo con tales señales no comunes que algunos sacerdotes ancianos escribían en grandes libros acerca de esta niña extraordinaria. Creo que estos escritos existen aún entre otros escritos, ocultos por ahora. Más tarde suceden otros prodigios, como el florecimiento de la vara en el casamiento con José. Luego la extraña historia de la venida de los tres Reyes Magos, de los pastores, por medio de la llamada de los ángeles. Después, en la presentación de Jesús en el Templo, el testimonio de Simeón y de Ana; y el hecho admirable de Jesús entre los doctores del Templo a los doce años. Todo este conjunto de cosas extraordinarias las despreciaron los fariseos y las desatendieron. Tenían las cabezas llenas de otras ideas y asuntos profanos y de gobierno. Porque la Santa Familia vivió en pobreza voluntaria fue relegada al olvido, como el común del pueblo. Los pocos iluminados, como Simeón, Ana y otros, tuvieron que callar y reservarse delante de ellos.Cuando Jesús comenzó su vida pública y Juan dio testimonio de Él, lo contradijeron con tanta obstinación en sus enseñanzas, que los hechos extraordinarios de su juventud, si es que no los habían olvidado, no tenían interés ninguno en darlos a conocer a los demás. El gobierno de Herodes y el yugo de los romanos, bajo el cual cayeron, los enredó de tal manera en las intrigas palaciegas y en los negocios humanos, que todo espíritu huyó de ellos. Despreciaron el testimonio de Juan y olvidaron al decapitado. Despreciaron los milagros y la predicación de Jesús. Tenían ideas erróneas sobre el Mesías y los profetas: así pudieron maltratarlo tan bárbaramente, darle muerte y negar luego su resurrección y las señales milagrosas sucedidas, como también el cumplimiento de las profecías en la destrucción de Jerusalén. Pero si su ceguera fue grande al no reconocer las señales de la venida del Mesías, mayor es su obstinación después que obró milagros y escucharon su predicación. Si su obstinación no fuese tan grandemente extraordinaria, ¿cómo podría esta ceguera continuar hasta nuestros días?Cuando voy por las calles de la presente Jerusalén para hacer el Via Crucis veo a menudo, debajo de un ruinoso edificio, una gran arcada en parte derruida y en, parte con agua que entró. El agua llega, al presente, hasta la tabla de la mesa, del medio de la cual se levanta una columna, en torno de la que cuelgan cajas llenas de rollos escritos. Debajo de la mesa hay también rollos dentro del agua. Estos subterráneos deben ser sepulcros: se extienden hasta el monte Calvario. Creo que es la casa que habitó Pilatos. Ese tesoro de escritos será a su tiempo descubierto.He visto a la Santísima Virgen en el Templo, unas veces en la habitación de las mujeres con las demás niñas, otras veces en su pequeño dormitorio, creciendo en medio del estudio, de la oración y del trabajo, mientras hilaba y tejía para el servicio del Templo. María lavaba la ropa y limpiaba los vasos sagrados. Como todos los santos, sólo comía para el propio sustento, sin probar jamás otros alimentos que aquéllos a los que había prometido limitarse. Pude verla a menudo entregada a la oración y a la meditación. Además de las oraciones vocales prescritas en el Templo, la vida de María era una aspiración incesante hacia la redención, una plegaria interior continua. Hacía todo esto con gran serenidad y en secreto, levantándose de su lecho e invocando al Señor cuando todos dormían. A veces la vi llorando, resplandeciente, durante la oración. María rezaba con el rostro velado. También se cubría cuando hablaba con los sacerdotes o bajaba a una habitación vecina para recibir su trabajo o entregar el que había terminado. En tres lados del Templo estaban estas habitaciones, que parecían semejantes a nuestras sacristías. Se guardaban en ellas los objetos que las mujeres encargadas debían cuidar o confeccionar.He visto a María en estado de éxtasis continuo y de oración interior. Su alma no parecía hallarse en la tierra y recibía a menudo consuelos celestiales. Suspiraba continuamente por el cumplimiento de la promesa y en su humildad apenas podía formular el deseo de ser la última entre las criadas de la Madre del Redentor. La maestra que la cuidaba era Noemí, hermana de la madre de Lázaro. Tenía cincuenta años y pertenecía a la sociedad de los esenios, así como las mujeres agregadas al servicio del Templo. María aprendió a trabajar a su lado, acompañándola cuando limpiaba las ropas y los vasos manchados con la sangre de los sacrificios; repartía y preparaba porciones de carne de las víctimas reservadas para los sacerdotes y las mujeres. Más tarde se ocupó con mayor actividad de los quehaceres domésticos. Cuando Zacarías se hallaba en el Templo, de turno, la visitaba a menudo; Simeón también la conocía. Los destinos para los cuales estaba llamada María no podían ser completamente desconocidos por los sacerdotes. Su manera de ser, su porte, su gracia infinita, su sabiduría extraordinaria, eran tan notables que ni aún su extrema humildad lograba ocultar.
XXIII
El nacimiento de Juan es anunciado a Zacarías
He visto a Zacarías hablando con Isabel, confiándole la pena que le causaba tener que ir a cumplir su servicio en el Templo de Jerusalén, debido al desprecio con que se le trataba por la esterilidad de su matrimonio. Zacarías estaba de servicio dos veces por año: No vivían en Hebrón mismo, sino a una legua de allí, en Juta. Entre Juta y Hebrón subsistían muchos antiguos muros; quizás en otros tiempos aquellos dos lugares habían estado unidos. Al otro lado de Hebrón se veían muchos edificios diseminados, como restos de la antigua ciudad que fue en otros tiempos tan grande como Jerusalén. Los sacerdotes que habitaban en Hebrón eran menos elevados en dignidad que los que vivían en Juta. Zacarías era así como jefe de estos últimos y gozaba, lo mismo que Isabel, del mayor respeto a causa de su virtud y de la pureza de su linaje de Aarón, su antepasado.

He visto a Zacarías visitar, con varios sacerdotes del país, una pequeña propiedad suya en las cercanías de Juta. Era un huerto con árboles frutales y una casita. Zacarías oró allí con sus compañeros, dándoles luego instrucciones y preparándolos para el servicio del Templo que les iba a tocar. También le oí hablar de su aflicción y del presentimiento de algo que habría de sucederle.

Marchó Zacarías con aquellos sacerdotes a Jerusalén, donde esperó cuatro días hasta que le llegó el turno de ofrecer sacrificio. Durante este tiempo oraba continuamente en el Templo. Cuando le tocó presentar el incienso, lo vi entrar en el Santuario, donde se hallaba el altar de los perfumes, delante de la entrada del Santo de los Santos. Encima de él, el techo estaba abierto, de modo que podía verse el cielo. El sacerdote no era visible desde el exterior. En el momento de entrar, otro sacerdote le dijo algo, retirándose de inmediato.

Cuando Zacarías estuvo solo, vi que levantaba una cortina y entraba en un lugar oscuro. Tomó algo que colocó sobre el altar, encendiendo el incienso. En aquel momento pude ver, a la derecha del altar, una luz que bajaba hacia él y una forma brillante que se acercaba. Asustado, arrebatado en éxtasis, le vi caer hacia el altar. El ángel lo levantó, le habló durante largo tiempo, y Zacarías respondía. Por encima de su cabeza el cielo estaba abierto y dos ángeles subían y bajaban como por una escala. El cinturón de Zacarías estaba desprendido, quedando sus ropas entreabiertas; vi que uno de los ángeles parecía retirar algo de su cuerpo mientras el otro le colocaba en el flanco un objeto luminoso. Todo esto se asemejaba a lo que había sucedido cuando Joaquín recibió la bendición del ángel para la concepción de la Virgen Santísima.

Los sacerdotes tenían por costumbre salir del Santuario inmediatamente después de haber encendido el incienso. Como Zacarías tardara mucho en salir, el pueblo, que oraba afuera, esperando, empezó a inquietarse; pero Zacarías, al salir, estaba mudo y vi que escribió algo sobre una tablilla. Cuando salió al vestíbulo muchas personas se agruparon a su alrededor preguntándole la razón de su tardanza; mas él no podía hablar, y haciendo signos con la mano, mostraba su boca. La tablilla escrita, que mandó a Juta en seguida a casa de Isabel, anunciaba que Dios le había hecho una promesa y al mismo tiempo le decía que había perdido el uso de la palabra.

Al cabo del tiempo se volvió a su casa. También Isabel había recibido una revelación, que ahora no recuerdo cómo. Zacarías era un hombre de estatura elevada, grande y de porte majestuoso.

XXIV
Infancia y juventud de San José
SanJosé carpinteroJosé, cuyo padre se llamaba Jacob, era el tercero entre seis hermanos. Sus  padres habitaban un gran edificio situado poco antes de llegar a Belén, que había sido en otro tiempo la casa paterna de David, cuyo padre, Jessé, era el dueño. En la época de José casi no quedaban más que los anchos muros de aquella antigua construcción. Creo que conozco mejor esta casa que nuestra aldea de Flamske. Delante de la casa había un patio anterior rodeado de galerías abiertas como al frente de las casas de la Roma antigua. En sus galerías pude ver figuras semejantes a cabezas de antiguos personajes. Hacia un lado del patio, había una fuente debajo de un pequeño edificio de piedra, donde el agua salía de la boca de animales. La casa no tenía ventanas en el piso bajo, pero sí aberturas redondas arriba. He visto una puerta de entrada. Alrededor de la casa corría una amplia galería, en cuyos rincones había cuatro torrecillas parecidas a gruesas columnas terminadas cada una en una especie de cúpula, donde sobresalían pequeños banderines. Por las aberturas de esas cupulitas, a las que se llegaba mediante escaleras abiertas en las torrecillas, podía verse a lo lejos, sin ser visto. Torrecillas, semejantes a éstas había en el palacio de David, en Jerusalén; fue desde la cúpula de una de ellas desde donde pudo mirar a Bersabé mientras tomaba el baño.

En lo alto de la casa, la galería corría alrededor de un piso poco elevado, cuyo techo plano soportaba una construcción terminada en otra torre pequeña, José y sus hermanos habitaban en la parte alta con un viejo judío, su preceptor. Dormían alrededor de una habitación colocada en el centro, que dominaba la galería. Sus lechos consistían en colchas arrolladas contra el muro durante el día, separadas entre sí por esteras movibles. Los he visto jugando en su dormitorio.

También vi a los padres, los cuales se relacionaban poco con sus hijos. No me parecieron ni buenos ni malos. José tendría ocho años más o menos. De natural muy distinto a sus hermanos, era muy inteligente, y aprendía todo muy fácilmente, a pesar de ser sencillo, apacible, piadoso y sin ambiciones. Sus hermanos lo hacían víctima de toda clase de travesuras y a veces lo maltrataban.

Aquellos muchachos poseían pequeños jardines divididos en compartimentos: vi en ellos muchas plantas y arbustos. He visto que a menudo iban los hermanos de José a escondidas y le causaban destrozos en sus parcelas, haciéndole sufrir mucho. Lo he visto con frecuencia bajo la galería del patio, de rodillas, rezando con los brazos extendidos. Sucedía entonces que sus hermanos se deslizaban detrás de él y le golpeaban. Estando de rodillas una vez uno de ellos le golpeó por detrás, y como José parecía no advertirlo, volvió aquél a golpearlo con tal insistencia, que el pobre José cayó hacia delante sobre las losas del suelo. Comprendí por esto que José debía estar arrebatado en éxtasis durante la oración. Cuando volvió en sí, no dio muestras de alterarse, ni pensó
en vengarse: buscó otro rincón aislado para continuar su plegaria.

Los padres no le mostraban tampoco mayor cariño. Hubieran deseado que empleara su talento en conquistarse una posición en el mundo; pero José no aspiraba a nada de esto. Los padres encontraban a José demasiado simple y rutinario; les parecía mal que amara tanto la oración y el trabajo manual.

En otra época en que podría tener doce años lo vi a menudo huir de las molestias de sus hermanos, yendo al otro lado de Belén, no muy lejos de lo que fue más tarde la gruta del pesebre, y detenerse allí algún tiempo al lado de unas piadosas mujeres pertenecientes a la comunidad de los esenios. Habitaban estas mujeres cerca de una cantera abierta en la colina, encima de la cual se hallaba Belén, en cuevas cavadas en la misma roca. Cultivaban pequeñas huertas contiguas e instruían a otros niños de los esenios. Frecuentemente veía al pequeño José, mientras recitaban oraciones escritas en un rollo a la luz de la lámpara suspendida en la pared de la roca, buscar refugio cerca de ellas para librarse de las persecuciones de sus hermanos. También lo vi detenerse en las grutas, una de las cuales habría de ser más tarde el lugar de Nacimiento del Redentor.

Oraba solo allí o se ocupaba en fabricar pequeños objetos de madera. Un viejo carpintero tenía su taller en la vecindad de los esenios. José iba allí a menudo y aprendía poco a poco ese oficio, en el cual progresaba fácilmente por haber estudiado algo de geometría y dibujo bajo su preceptor.

Finalmente las molestias de sus hermanos le hicieron imposible la convivencia en la casa paterna. Un amigo que habitaba cerca de Belén, en una casa separada de la de sus padres por un pequeño arroyo, le dio ropa con la cual pudo disfrazarse y abandonar la casa paterna, por la noche, para ir a ganarse la vida en otra parte con su oficio de carpintero. Tendría entonces de dieciocho a veinte años de edad.

Primero lo vi trabajando en casa de un carpintero de Libona, donde puede decirse que aprendió el oficio. La casa de su patrón estaba construida contra unos muros que conducían hasta un castillo en ruinas, a todo lo largo de una cresta montañosa. En aquella muralla habían hecho sus viviendas muchos pobres del lugar. Allí he visto a José trabajando largos trozos de madera, encerrado entre grandes muros, donde la luz penetraba por las aberturas superiores. Aquellos trozos formaban marcos en los cuales debían entrar tabiques de zarzos.

Su patrón era un hombre pobre que no hacía sino trabajos rústicos, de poco valor. José era piadoso, sencillo y bueno; todos lo querían. Lo he visto siempre, con perfecta humildad, prestar toda clase de servicios a su patrón, recoger las virutas, juntar trozos de madera y llevarlos sobre sus hombros. Más tarde pasó una vez por estos lugares en compañía de liaría y creo que visitó con ella su antiguo taller.

Mientras tanto sus padres creían que José hubiese sido robado por bandidos. Luego vi que sus hermanos descubrieron donde se hallaba y le hicieron vivos reproches, pues tenían mucha vergüenza de la baja condición en que se había colocado. José quiso quedarse en esa condición, por humildad; pero dejó aquel sitio y se fue a trabajar a Taanac, cerca de Megido, al borde de un pequeño río, el Kisón, que desemboca en el mar. Este lugar no está lejos de Afeké, ciudad natal del Apóstol Santo Tomás. Allí vivió en casa de un patrón bastante rico, donde se hacían trabajos más delicados.

Después lo vi trabajando en Tiberíades para otro patrón, viviendo solo en una casa al borde del lago. Tendría entonces unos treinta años. Sus padres habían muerto en Belén, donde aún habitaban dos de sus hermanos. Los otros se habían dispersado. La casa paterna ya no era propiedad de la familia, que quedó totalmente arruinada.

José era muy piadoso y oraba por la pronta venida del Mesías. Estando un día ocupado en arreglar un oratorio, cerca de su habitación, para poder rezar en completa soledad, se le apareció un ángel, dándole orden de suspender el trabajo: que así como en otro tiempo Dios había confiado al patriarca José la administración de los graneros de Egipto, ahora el granero que encerraba la cosecha de la Salvación habría de ser confiado a su guardia paternal. José, en su humildad, no comprendió estas palabras y continuó rezando con mucho fervor hasta que se le ordenó ir al Templo de Jerusalén para convertirse, en virtud de una orden venida de lo Alto, en el esposo de la Virgen Santísima.

Antes de esto nunca lo he visto casado, pues vivía muy retraído y evitaba la compañía de las mujeres.

XXV
Desposorio de la Virgen María con San José
María vivía entre tanto en el Templo con otras muchas jóvenes bajo la custodia de las piadosas matronas, ocupadas en bordar, en tejer y en labores para las colgaduras del Templo y las vestiduras sacerdotales. También limpiaban las vestiduras y otros objetos destinados al culto divino.

Cuando llegaban a la mayoría de edad, se las casaba. Sus padres las habían entregado totalmente a Dios y entre los israelitas más piadosos existía el presentimiento que de uno de esos matrimonios se produciría el advenimiento del Mesías.

Cuando María tenía catorce años y debía salir pronto del Templo para casarse, junto con otras siete jóvenes, vi a Santa Ana visitarla en el Templo. Al anunciar a María que debía abandonar el Templo para casarse, la vi profundamente conmovida, declarando al sacerdote que no deseaba abandonar el Templo, pues se había consagrado sólo a Dios y no tenía inclinación por el matrimonio. A todo esto le fue respondido que debía aceptar algún esposo. La vi luego en su oratorio, rezando a Dios con mucho fervor.

Recuerdo que, teniendo mucha sed, bajó con su pequeño cántaro para recoger agua de una fuente o depósito, y que allí, sin aparición visible, escuchó una voz que la consoló, haciéndole saber al mismo tiempo, que era necesario aceptar ese casamiento. Aquello no era la Anunciación, que me fue dado ver más tarde en Nazaret. Creí, sin embargo, haber visto esta vez, la aparición de un ángel. En mi juventud confundí a veces este hecho con la Anunciación, creyendo que había tenido lugar en el Templo.

Vi a un sacerdote muy anciano, que no podía caminar: debía ser el Sumo Pontífice. Fue llevado por otros sacerdotes hasta el Santo de los Santos y mientras encendía un sacrificio de incienso, leía las oraciones en un rollo de pergamino colocado sobre una especie de atril. Hallándose arrebatado en éxtasis tuvo una aparición y su dedo fue llevado sobre el pergamino al siguiente pasaje de Isaías: "Un retoño saldrá de la raíz de Jessé y una flor ascenderá de esa raíz". Cuando el anciano volvió en sí, leyó este pasaje y tuvo conocimiento de algo al respecto.

Luego se enviaron mensajeros a todas las regiones del país convocando al Templo a todos los hombres de la raza de David que no estaban casados. Cuando varios de ellos se encontraron reunidos en el Templo, en traje de fiesta, les fue presentada María. Entre ellos vi a un joven muy piadoso de Belén, que había pedido a Dios, con gran fervor, el cumplimiento de la promesa: en su corazón vi un gran deseo de ser elegido por esposo de María.

En cuanto a Ella, volvió a su celda y derramó muchas lágrimas, sin poder imaginar siquiera que habría de permanecer siempre virgen.

Después de esto vi al Sumo Sacerdote, obedeciendo a un impulso interior, presentar unas ramas a los asistentes, ordenando que cada uno de ellos la marcara una con su nombre y la tuviera en la mano durante la oración y el sacrificio. Cuando hubieron hecho esto, las ramas fueron tomadas nuevamente de sus manos y colocadas en un altar delante del Santo de los Santos, siéndoles anunciado que aquél de entre ellos cuya rama floreciere sería el designado por el Señor para ser el esposo de María de Nazaret.

Mientras las ramas se hallaban delante del Santo de los Santos, siguió celebrándose el sacrificio y continuó la oración. Durante este tiempo vi al joven, cuyo nombre quizás recuerde, (y que la Tradición llama Agabus) invocar a Dios en una sala del Templo, con los brazos extendidos, y derramar ardientes lágrimas, cuando después del tiempo marcado, les fueron devueltas las ramas anunciándoles que ninguno de ellos había sido designado por Dios para ser esposo de aquella Virgen.

Volvieron los hombres a sus casas y el joven se retiró al monte Carmelo, junto con los sacerdotes que vivían allí desde el tiempo de Elías, quedándose con ellos y orando continuamente por el cumplimiento de la Promesa.

Luego vi a los sacerdotes del Templo buscando nuevamente en los registros de las familias, si quedaba algún descendiente de la familia de David que no hubiese sido llamado. Hallaron la indicación de seis hermanos que habitaban en Belén, uno de los cuales era desconocido y andaba ausente desde hacía tiempo. Buscaron el domicilio de José, descubriéndolo a poca distancia de Samaria, en un lugar situado cerca de un riachuelo. Habitaba a la orilla del río y trabajaba bajo las órdenes de un carpintero.

Obedeciendo a las órdenes del Sumo Sacerdote, acudió José a Jerusalén y se presentó en el Templo. Mientras oraban y ofrecían sacrificio pusiéronle también en las manos una vara, y en el momento en que él se disponía a dejarla sobre el altar, delante del Santo de los Santos, brotó de la vara una flor blanca, semejante a una azucena; y pude ver una aparición luminosa bajar sobre él: era como si en ese momento José hubiese recibido al Espíritu Santo. Así se supo que éste era el hombre designado por Dios para ser prometido de María Santísima, y los sacerdotes lo presentaron a María, en presencia de su madre. María, resignada a la voluntad de Dios, lo aceptó humildemente, sabiendo que Dios todo lo podía, puesto que Él había recibido su voto de pertenecer sólo a Él.

Ceremonia nupcial

Ceremonia NupcialLas bodas de María y José, que duraron de seis a siete días, fueron celebradas en Jerusalén en una casa situada cerca de la montaña de Sión que se alquilaba a menudo para ocasiones semejantes. Además de las maestras y compañeras de María de la escuela del Templo, asistieron muchos parientes de Joaquín y de Ana, entre otros un matrimonio de Gofna con dos hijas. Las bodas fueron solemnes y suntuosas, y se ofrecieron e inmolaron muchos corderos como sacrificio en el Templo.

He podido ver muy bien a María con su vestido nupcial. Llevaba una túnica muy amplia abierta por delante, con anchas mangas. Era de fondo azul, con grandes rosas rojas, blancas y amarillas, mezcladas de hojas verdes, al modo de las ricas casullas de los tiempos antiguos. El borde inferior estaba adornado con flecos y borlas.

Encima del traje llevaba un manto celeste parecido a un gran paño. Además de este manto, las mujeres judías solían llevar en ciertas ocasiones algo así como un abrigo de duelo con mangas. El manto de María caíale sobre los hombros volviendo hacia adelante por ambos lados y terminando en una cola.

Llevaba en la mano izquierda una pequeña corona de rosas blancas y rojas de seda; en la derecha tenía, a modo de cetro, un hermoso candelero de oro sin pie, con una pequeña bandeja sobrepuesta, en el que ardía algo que producía una llama blanquecina.
Ana había traído el vestido de boda, y María, en su humildad, no quería ponérselo después de los esponsales.

Las jóvenes del Templo arreglaron el cabello de María, terminando el tocado en muy breve tiempo. Sus cabellos fueron ajustados en torno a la cabeza, de la cual colgaba un velo blanco que caía por debajo de los hombros. Sobre este velo le fue puesta una corona.

La Virgen María es rubia

La cabellera de María era abundante, de color rubio de oro, cejas negras y altas, grandes ojos de párpados habitualmente entornados con largas pestañas negras, nariz de bella forma un poco alargada, boca noble y graciosa, y fino mentón. Su estatura era mediana.

Vestida con su hermoso traje, era su andar lleno de gracia, de decencia y de gravedad. Vistióse luego para la boda con otro atavío menos adornado, del cual poseo un pequeño trozo que guardo entre mis reliquias.
Las personas acomodadas mudaban tres o cuatro veces sus vestidos durante las bodas. Llevó este traje listado en Caná y en otras ocasiones solemnes. A veces volvía a ponerse su vestido de bodas cuando iba al Templo. En ese traje de gala, María me recordaba a ciertas mujeres ilustres de otras épocas, por ejemplo a Santa Elena y a Santa Cunegunda, aunque distinguiéndose de ellas por el manto con que se envolvían las mujeres judías, más parecido al de las damas romanas. Había en Sión, en la vecindad del Cenáculo, algunas mujeres que preparaban hermosas telas de todas clases, según pude ver a propósito de sus vestidos.

José llevaba un traje largo, muy amplio, de color azul con mangas anchas y sujetas al costado por cordones. En torno al cuello tenía una esclavina parda o más bien una ancha estola, y en el pecho colgábanle dos tiras blancas. He visto todos los pormenores de los esponsales de María y José: la comida de boda y las demás solemnidades; pero he visto al mismo tiempo otras tantas cosas. Me encuentro tan enferma, tan molesta de mil diversas formas, que no me atrevo a decir más para no introducir confusión en estos relatos.

XXVI
El anillo nupcial de María

He visto que el anillo nupcial de María no es de oro ni de plata ni de otro metal. Tiene un color sombrío con reflejos cambiantes. No es tampoco un pequeño círculo delgado, sino bastante grueso como un dedo de ancho. Lo vi todo liso, aunque llevaba incrustados pequeños triángulos regulares en los cuales había letras. Vi que estaba bien guardado bajo muchas cerraduras en una hermosa iglesia. Hay personas piadosas que antes de celebrar sus bodas tocan esta reliquia preciosa con sus alianzas matrimoniales. En estos últimos días he sabido muchos detalles relativos a la historia del anillo nupcial de María; pero no puedo relatarlo en el orden debido.

He visto una fiesta en una ciudad de Italia (Perusa) donde se conserva este anillo. Estaba expuesto en una especie de viril, encima del tabernáculo. Había allí un gran altar embellecido con adornos de plata. Mucha gente llevaba sus anillos para hacerlos tocar en la custodia. Durante esta fiesta he visto aparecer de ambos lados del altar del anillo, a María y a José con sus trajes de bodas. Me pareció que José colocaba el anillo en el dedo de María. En aquel momento vi el anillo todo luminoso, como en movimiento. A la izquierda y a la derecha del altar, vi otros dos altares, los cuales probablemente no se hallaban en la misma iglesia; pero me fueron mostrados allí en esta visión.

Sobre el altar de la derecha se hallaba una imagen del Ecce Homo, que un piadoso magistrado romano, amigo de San Pedro, había recibido milagrosamente. Sobre el altar de la izquierda estaba una de las mortajas de Nuestro Señor.

Terminadas las bodas, se volvió Ana a Nazaret, y María partió también en compañía de varias vírgenes que habían dejado el Templo al mismo tiempo que ella. No sé hasta dónde acompañaron a María: sólo recuerdo que el primer sitio donde se detuvieron para pasar la noche fue la escuela de Levitas de Bet-Horon. María hacía el viaje a pie. Después de las bodas, José había ido a Belén para ordenar algunos asuntos de familia. Más tarde se trasladó a Nazaret.

XXVII
La casa de Nazaret

He visto una fiesta en la casa de Santa Ana. Vi allí a seis huéspedes, sin contar a los familiares de la casa, y a algunos niños  reunidos con José y María en torno de una mesa, sobre la cual había vasos. La Virgen tenía un manto con flores rojas, azules y blancas, como se ve en las antiguas casullas. Llevaba un velo transparente y por encima otro negro. Esta parecía una continuación de la fiesta de bodas.

Mi guía me llevó a la casa de Santa Ana, que reconocí enseguida con todos sus detalles. No encontré allí a José ni a María. Vi que Santa Ana se disponía a ir a Nazaret, donde habitaba ahora la Sagrada Familia. Llevaba bajo el brazo un envoltorio para María. Para ir a Nazaret tuvo que atravesar una llanura y luego un bosquecillo, delante de una altura. Yo seguí el mismo camino. He visto a Ana visitando a María y entregarle lo que había traído para ella, volviéndose luego a su casa. María lloró mucho y acompañó a su santa madre un trozo de camino. Vi a San José frente a la casa en un sitio algo apartado.

La casita de Nazaret, que Ana había preparado para María y José, pertenecía a Santa Ana. Ella podía, desde su casa, llegar allí sin ser observada, por caminos extraviados, en media hora de camino.
La casa de José no estaba muy lejos de la puerta de la ciudad y no era tan grande como la de Santa Ana. Había en la vecindad un pozo cuadrangular al cual se bajaba por algunas escaleras. Delante de la casa había un pequeño patio cuadrado. Estaba sobre una colinita, no edificada ni cavada, sino que estaba separada de la colina por la parte de atrás, y a la cual conducía un sendero angosto abierto en la misma roca. En la parte posterior tenía una abertura por arriba, en forma de ventana, que miraba a lo alto de la colina. Había bastante oscuridad detrás de la casa. La parte posterior de la casita era triangular y era más elevada que la anterior. La parte baja estaba cavada en la piedra; la parte alta era de materiales livianos.

En la parte posterior estaba el dormitorio de María: allí tuvo lugar la Anunciación del Ángel. Esta habitación tenía forma semicircular debido a los tabiques de juncos entretejidos groseramente, que cubrían las paredes posteriores en lugar de los biombos livianos que se usaban. Los tabiques que cubrían las paredes tenían dibujos de varias formas y colores. El lecho de María estaba en el lado derecho; detrás de un tabique entretejido. En la parte izquierda estaba el armario y la pequeña mesa con el escabel: era éste el lugar de oración de María.

La parte posterior de la casa estaba separada del resto por el hogar, que era una pared en medio de la cual se levantaba una chimenea hasta el techo. Por la abertura del techo salía la chimenea, terminada en un pequeño tejadito. Más tarde he visto al final de esta chimenea dos pequeñas campanas colgadas.

A derecha e izquierda había dos puertas con tres escalones que iban a la alcoba de María. En las paredes del hogar había varios huecos abiertos con el menaje y otros objetos que aún veo en la casa de Loreto, Detrás de la chimenea había un tirante de cedro, al cual estaba adherida la pared del hogar con la chimenea. Desde este tirante, plantado verticalmente salía otro a través, a la mitad de la pared posterior, donde estaban metidos otros, por ambos lados. El color de estos maderos era azulado con adornos amarillos. A través de ellos se veía el techo, revestido interiormente de hojas y de esteras; en los ángulos había adornos de estrellas. La estrella del ángulo del medio era grande y parecía representar el lucero de la mañana. Más tarde he visto allí más número de estrellas. Sobre el tirante horizontal que salía de la chimenea e iba a la pared posterior por una abertura exterior, colgaba la lámpara. Debajo de la chimenea se veía otro tirante. El techo exterior no era en punta, sino plano, de modo que se podía caminar sobre él, pues estaba resguardado por un parapeto en torno de esa azotea.

Cuando la Virgen Santísima, después de la muerte de San José, dejó la casita de Nazaret y fue a vivir en las cercanías de Cafarnaúm, se empezó a adornar la casa, conservándola como un lugar sagrado de oración. María peregrinaba a menudo desde Cafarnaúm hasta allá, para visitar el lugar de la Encarnación y entregarse a la oración. Pedro y Juan, cuando iban a Palestina, solían visitar la casita para consagrar en ella, pues se había instalado un altar en el lugar donde había estado el hogar. El armarito que María había usado lo pusieron sobre la mesa del altar como a manera de tabernáculo.

XXVIII
Traslado de La santa casa de Nazaret a Loreto

He tenido a menudo la visión del traslado de la santa casa de Nazaret a Loreto. Yo no lo podía creer, a pesar de haberlo visto repetidas veces en visión.

La he visto llevada por siete ángeles, que flotaban sobre el mar con ella. No tenía suelo, pero había en lugar del suelo un cimiento de luz y de claridad. De ambos lados tenía como asas. Tres ángeles la sostenían de un lado; otros tres del otro, llevándola por los aires. Uno de los ángeles volaba delante arrojando una gran estela de luz y de resplandor.

Recuerdo haber visto que se llevaba a Europa la parte posterior de la casa, con el hogar y la chimenea, con el altar del Apóstol y con la pequeña ventana. Me parece, cuando pienso en ello, que las demás partes de la casa estaban pegadas a esta parte y que quedaron así, casi en estado de caerse por sí solas.

Veo en Loreto también la cruz que María usó en Éfeso: está hecha de varias clases de madera. Más tarde la poseyeron los Apóstoles. Muchos prodigios se obran por medio de esta cruz.

Las paredes de la santa casa de Loreto son totalmente las mismas de Nazaret. Los tirantes que estaban debajo de la chimenea son los mismos. La imagen milagrosa de María está ahora sobre el altar de los Apóstoles.