|
Posted: 23 Nov 2018 08:40 AM PST
religionlavozlibre.blogspot.com
Mi casa será casa de oración. ¡Qué claridad tiene la expresión que designa el templo como la casa de Dios! Como tal hemos de tenerla. A ella hemos de acudir con amor, con alegría y también con un gran respeto, como conviene al lugar donde está, ¡esperándonos!, el mismo Dios.
Con frecuencia tenemos noticia o asistimos a actos y ceremonias de la vida política, académica, deportiva: una recepción, un desfile, unas Olimpiadas... Y se advierte enseguida que el protocolo y una cierta solemnidad no son superfluos.
(...)El hombre, que no es solo cuerpo ni solo alma, necesita también manifestar su fe en actos externos y sensibles, que expresen bien lo que lleva en su corazón. Cuando se ve a alguien, por ejemplo, hincar con devoción la rodilla ante el Sagrario es fácil pensar: tiene fe y ama a su Dios. Y este gesto de adoración, resultado de lo que se lleva en el corazón, ayuda a uno mismo y a otros a tener más fe y más amor.
El Papa Juan Pablo II señala en este sentido la influencia que tuvo en él la piedad sencilla y sincera de su padre: «El mero hecho de verle arrodillarse –cuenta el Pontífice– tuvo una influencia decisiva en mis años de juventud».
El incienso, las inclinaciones y genuflexiones, el tono de voz adecuado en las ceremonias, la dignidad de la música sacra, de los ornamentos y objetos sagrados, el trato y decoro de estos elementos del culto, su limpieza y cuidado, han sido siempre la manifestación de un pueblo creyente. El mismo esplendor de los materiales litúrgicos facilita la comprensión de que se trata ante todo de un homenaje a Dios.
Cuando se observa de cerca alguna de las custodias de la orfebrería de los siglos xvi y xvii se nota cómo casi siempre el arte se hace más rico y precioso conforme se acerca el lugar que ocupará la Hostia consagrada.
Al Señor tampoco le es indiferente el que vayamos a saludarle –¡lo primero!– al entrar en una iglesia, o el empeño por llegar puntuales a la Santa Misa –mejor unos minutos antes de que comience–, la genuflexión bien hecha delante de Él presente en el Sagrario, las posturas o el recogimiento que guardamos en su presencia... ¿Es para nosotros el templo el lugar donde damos culto a Dios, donde le encontramos con una presencia verdadera, real y substancial?
Gran parte de las prescripciones que el Señor comunicó a Moisés en el Sinaí tienden a fijar, hasta en sus detalles, la dignidad de todo lo que hacía referencia al culto. Así, señala cómo ha de construirse el tabernáculo, el arca, los utensilios, el altar, las vestiduras sacerdotales; cómo han de ser las víctimas que se ofrezcan; qué fiestas deben guardarse; qué tribu y qué personas han de ejercer las funciones sacerdotales....
Todas estas indicaciones muestran que las cosas sagradas están unidas de una manera especial a la Santidad divina; con ellas el Señor hace valer la plenitud de sus derechos. En aquel pueblo, tentado tan frecuentemente por los ritos paganos, Dios trató siempre de infundir un profundo respeto por lo sagrado. Jesucristo subrayó esa enseñanza con un espíritu nuevo.
Precisamente el celo por la casa de Dios, por su honor y su gloria, constituye una enseñanza central del Mesías, que Cristo realiza al arrojar enérgicamente a los mercaderes del Templo; y en su predicación insistirá en el respeto con que deben tratarse los dones divinos, en ocasiones con palabras muy fuertes: no deis a los perros las casas santas, no echéis vuestras perlas a los cerdos.
La Iglesia nos recuerda que solo Dios es nuestro único Señor. Y ha querido determinar muchos detalles y formas del culto, que son expresión del honor debido a Dios y de un verdadero amor. No solo enseña que la Santa Misa es el centro de toda la Iglesia y de la vida de cada cristiano, y ha determinado su liturgia; ha querido, además, que nuestras iglesias sean verdaderas casas de oración.
Ha dispuesto que los templos estén abiertos en las horas convenientes «para que los fieles puedan fácilmente orar ante el Santísimo Sacramento». Ha señalado lo que ha sido práctica constante a través de los siglos: el Sagrario ha de ser sólido, ha de estar en lugar destacado y a la vez recogido, para que los cristianos puedan honrar al Santísimo Sacramento también con culto privado.
Ha de saberse, con signos claros, al entrar en un templo dónde está el Sagrario; por eso se prescribe el conopeo (el velo que ordinariamente debe cubrirlo), y que arda constantemente, en el altar del Sagrario, una lámpara de cera..., aunque estos detalles son en primer lugar manifestaciones de amor y de adoración a Jesucristo, realmente presente, y solo en segundo término señales indicadoras de su presencia.
Todos los fieles, sacerdotes y laicos, hemos de ser «tan cuidadosos del culto y del honor divino, que puedan con razón llamarse celosos más que amantes... para que imiten al mismo Jesucristo, de quien son estas palabras: El celo de tu casa me consume (Jn 2, 17)».
|
En La Montaña De Dios ; tiene morada propia La Santa Trinidad,,llí viven,Oran Trabajan Los Ermitaños Eucarísticos Del Padre Celestial, comunidad Franciscana, esta en Pie de Cuesta Santander, Colombia ;Soy un Hijo espiritual del Apa Antonio Lootens Su Fundador q.e.p.d . La Comunidad no es responsable de lo que acá se expresa son mis opiniones Personales ,en respaldo de nuestra Sagrada Iglesia Católica Tradicional.
domingo, 25 de noviembre de 2018
INDULGENCIA PLENARIA A LA HORA DE LA MUERTE .......
INDULGENCIA PLENARIA A LA HORA DE LA MUERTE PARA IR AL CIELO SIN PASAR POR LAS DURAS PENAS DEL PURGATORIO
catolicidad.com
ES IMPORTANTE CONOCER ESTO, TANTO PARA NUESTROS FAMILIARES Y AMIGOS COMO PARA NOSOTROS MISMOS.
A lo largo de mi vida he visto como muchos buenos y piadosos católicos no conocen del precioso regalo, en forma de indulgencia plenaria, que nos ofrece la Iglesia a la hora de morir. Ciertamente, son muchos los que por ignorancia - tanto propia como del clero - llegan a morir sin recibir tan piadosa bendición. Este acto, realizado con fe, otorga la indulgencia plenaria a la hora de la muerte a los enfermos. Así pues, todo su dolor, sufrimiento, incomodidades, etc serán ofrecidas al buen Señor para expiar la culpa de nuestros pecados aún en vida, para así, a la hora de morir, evitar los horribles pero buenos tormentos del muy Santo Purgatorio. Así pues, si se muere en estado de gracia y luego de recibir la Indulgencia Plenaria In Articulo Mortis (que aplica a la hora de morir, y no a la hora en que se realiza la bendición) el alma de ese buen católico será prometida, al igual que el buen ladrón al lado de Cristo en el Calvario:
El ladrón dijo a Jesús: "Acuérdate de mi cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc. 23:42,43).
Aquí os dejo, pues, el ritual intacto de la Indulgencia in Articulo Mortis.
¡Leedlo y meditadlo! ¡Dejad que Cristo, Dios mismo, os hable!
Tarea: Imprimir esta indulgencia y regalársela a al menos un sacerdote. También, deben dar a conocer esto a sus hermanos, en especial a los más piadosos y a aquellos que se encuentran en agonía. Realicen, además, alguna otra indulgencia por los benditas ánimas del Santo Purgatorio.
---
---
RITUAL DE LA BENDICIÓN APOSTÓLICA CON
INDULGENCIA PLENARIA "IN ARTICULO MORTIS"
(Ritual Romano, tít. VI, cap. 6)
INDULGENCIA PLENARIA "IN ARTICULO MORTIS"
(Ritual Romano, tít. VI, cap. 6)
![]() |
¡Señor, ten misericordia de nosotros y del mundo entero!
|
I- Advertencias previas.
1. Cuando se da la Bendición Apostólica en seguida después de la Sagrada Unción o del Santo Viático, se comienza por la oración Clementissime, teniendo sin embargo en cuenta la rúbrica no. 4.
La Bendición Apostólica con indulgencia plenaria en el momento de la muerte suele darse después del Sacramento de la Penitencia, de la Eucaristía y de la Extremaunción a aquellos enfermos que la pidieron cuando estaban sanos de espíritu y en plena posesión de sus facultades, o que verosímilmente la hubieran pedido, o que dieron signos de contrición; debe darse a estas mismas personas, incluso si después se encuentran privados del uso de la lengua y de los otros sentidos, o si cayeron en delirio o demencia. En cambio debe negarse absolutamente a los excomulgados, a los impenitentes y a los que mueren manifiestamente en pecado mortal.
2. El Párroco o el Sacerdote que asiste al enfermo, revestido con la sobrepelliz y la estola morada, entra en la habitación donde se encuentra recostado el enfermo y dice: Pax huic dómui, etc. Luego rocía al enfermo, a la habitación y a los presentes con el agua bendita, diciendo la antífona: Aspérges me, etc.
3. Si el enfermo quiere confesarse, escuche su confesión y absuélvalo. Si no pide confesarse, indúzcalo a hacer un buen acto de contrición; si hay tiempo, instrúyalo brevemente sobre la virtud y eficacia de esta bendición; Luego enséñele y exhórtelo a invocar el santísimo nombre de Jesús, al menos en su corazón, a llevar de buen grado las molestias y dolores de la enfermedad en expiación de la vida pasada, y a ofrecerse a Dios, dispuesto a aceptar en adelante todo lo que le plazca, y a morir con paciencia en satisfacción de las penas que ha merecido pecando.
4. Instrucción y preces.
Luego consuélelo con palabras santas, despertando en él una esperanza firme, de que obtendrá, por efecto de la liberalidad divina, la remisión de las penas debidas y la vida eterna: con este fin podrá hablar al enfermo con las palabras siguientes u otras semejantes.
NOTA: DONDE SE OFRECE LA TRADUCCIÓN LATÍN-ESPAÑOL, EL SACERDOTE PUEDE ELEGIR CUAL DE LAS DOS TRADUCCIONES UTILIZAR.
II – Instrucción
Voy a darte, hermano mío, la Bendición Papal. Es una gracia más que el Señor te concede en tu enfermedad. Es también una demostración del amor y solicitud de la Iglesia por el bien de tu alma.
La Bendición Papal es una bendición extraordinaria, que el Santo Padre hace llegar a los enfermos por intermedio de los Sacerdotes. Por la Bendición Apostólica se perdona toda la pena temporal debida por los pecados. El efecto de esa absolución se aplica en el momento de la muerte, pero el derecho a recibir tan extraordinario beneficio se adquiere desde el momento en que se da la Bendición. En nombre del Papa vengo, pues, a darte este regalo espiritual.
Ofrece a Dios, con toda resignación, los sufrimientos e incomodidades de tu enfermedad, en expiación de tus pecados; entrégate en sus manos para que disponga de ti y de todas tus cosas, inclusive de tu propia vida, como le agradare.
Invoca ahora el nombre de Jesús con todo tu corazón para que te dispongas a ganar esta indulgencia, y continúa repitiendo este nombre de salvación durante toda tu enfermedad.
III - Preces
V. Para que mis sufrimientos y enfermedades sean aceptados en expiación de mis culpas. R. ¡Óyeme, Jesús!
V. Para que en todo me conforme con tu voluntad. R. ¡Óyeme Jesús!
V. Para que no se pierda en mi alma el mérito de tu pasión R. ¡Óyeme, Jesús!
V. Para que me seas propicio en el día del juicio. R. ¡Óyeme, Jesús!
V. Para que mi esperanza no desfallezca.
R. ¡Óyeme, Jesús!
V. Para que no sea confundido eternamente.
R. ¡Óyeme, Jesús!
V. Para que mi alma alcance la gloria de la compañía. de los santos.
R. ¡Óyeme, Jesús!
V. Para que en todo me conforme con tu voluntad. R. ¡Óyeme Jesús!
V. Para que no se pierda en mi alma el mérito de tu pasión R. ¡Óyeme, Jesús!
V. Para que me seas propicio en el día del juicio. R. ¡Óyeme, Jesús!
V. Para que mi esperanza no desfallezca.
R. ¡Óyeme, Jesús!
V. Para que no sea confundido eternamente.
R. ¡Óyeme, Jesús!
V. Para que mi alma alcance la gloria de la compañía. de los santos.
R. ¡Óyeme, Jesús!
IV- Breve acto de contrición.
¡Jesús, mi Señor y Redentor! Yo me arrepiento de todos los pecados que he cometido hasta hoy, y me pesa de todo corazón porque con ellos ofendí a un Dios tan bueno. Propongo firmemente no volver a pecar, y confío en que por tu infinita misericordia, me has de conceder el perdón de mis culpas y me has de llevar a la vida eterna. Amén.
V - Versículos y oraciones.
Luego se dicen las preces, que sin embargo podrán omitirse.
V. Nuestro auxilio está en el nombre del Señor. R. Adjutórium nostrum in nómine Dómini.
R. Que hizo el cielo y la tierra. R. Qui fécit caelum et terram.
R. Que hizo el cielo y la tierra. R. Qui fécit caelum et terram.
Antífona. No te acuerdes, Señor, de las culpas de tu siervo (sierva) ni tomes venganza de sus pecados.
Antíphona. Ne reminiscáris, Dómine, delícta fámuli tui (fámulas tuae): neque vindíctam sumas de pecátis ejus .
V Señor, ten piedad de nosotros.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
V Kyrie, eléison.
R. Kyrie, eléison.
V Cristo, ten piedad de nosotros.
R. Cristo, ten piedad de nosotros.
V. Christe, eléison,
R. Christe, eléison.
V Señor, ten piedad de nosotros.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
V Kyrie, eléison.
R. Kyrie, eléison.
Sacerdote. Padre Nuestro...
Sacerdos. Pater noster...
V Y no nos dejes caer en la tentación.
R. Mas líbranos del mal.
V Et ne nos indúcas in tentatiónem.
R. Sed líbera nos a malo.
V. Salva a tu siervo (sierva) Señor.
R. Dios mío, porque espera en ti.
V. Salvum (-am) fac servum tuum (ancíllam tuam)
R. Deus meus, sperántem in te.
V. Señor, escucha mi oración.
R. Y llegue a Ti mi clamor.
V. Dómine, exáudi oratiónem meam.
R. Et clamor meus ad te véniat.
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Dóminis vobíscum.
R. Et cum spítitu tuo.
V Nuestro auxilio está en el nombre del Señor. V Adjutórium nostrum in nómine Dómini.
R. Christe, eléison.
V Señor, ten piedad de nosotros.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
V Kyrie, eléison.
R. Kyrie, eléison.
Sacerdote. Padre Nuestro...
Sacerdos. Pater noster...
V Y no nos dejes caer en la tentación.
R. Mas líbranos del mal.
V Et ne nos indúcas in tentatiónem.
R. Sed líbera nos a malo.
V. Salva a tu siervo (sierva) Señor.
R. Dios mío, porque espera en ti.
V. Salvum (-am) fac servum tuum (ancíllam tuam)
R. Deus meus, sperántem in te.
V. Señor, escucha mi oración.
R. Y llegue a Ti mi clamor.
V. Dómine, exáudi oratiónem meam.
R. Et clamor meus ad te véniat.
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Dóminis vobíscum.
R. Et cum spítitu tuo.
V Nuestro auxilio está en el nombre del Señor. V Adjutórium nostrum in nómine Dómini.
CLEMENTÍSIMO Señor, Padre misericordioso y Dios de todo consuelo, Tú que no quieres que perezca ninguno de cuantos creen en Ti, conforme a la inmensidad de tu misericordia mira propicio a tu siervo (sierva) N., a quien recomiendan la verdadera fe y la esperanza cristiana. Vísitalo (visítala) para que lo (la) salves y concédele benignamente el perdón de todos sus pecados, por los méritos de la pasión y muerte de tu Hijo Jesucristo. Que cuando salga el alma de su cuerpo, encuentre en Ti un Juez indulgente, y que, purificada de toda mancha en la sangre de tu mismo Hijo, merezca pasar a la vida eterna. Por el mismo Cristo Nuestro Señor. R. Amen .
CLEMENTÍSSIME Deus, Pater misericordiárum, et Deus totíus consolatiónis, qui néminem vis períre in te credéntem, atque sperántem; secúndum multitúdinem miseratiónum tuárum réspice propítius fámulum tuum N., que m (fámulam tuam N., quam) tibi vera fides, et spes christiána comméndant. Vísita eum (eam) in salutári tuo, et per Unigé niti tui passiónem et mortem, ómnium ei delictórum suórum remissiónem, et véniam cleménter indúlge: ut ejus ánima in hora éxitus sui te júdicem propitiátum invéniat, et in sánguine ejúsdem Fílii tui ab omni mácula ablúta, transíre ad vitam mereátur perpétuam. Per eúmdem Christum Dóminum nostrum. R. Amen .
VI - Confesión general.
Se hace la confesión general, que podrá omitirse si ya se ha rezado.
Yo, pecador ...
Confíteor Deo …
Hecha la confesión general del modo habitual, en latín o en lengua vulgar, el sacerdote dice en singular:
Misereátur tui, etc., Indulgéntiam ... tuórum tríbuat tibi, etc.
Sacerdote. Dios omnipotente tenga misericordia de ti, y, perdonados tus pecados, te lleve a la vida eterna. R. Amén. Sacerdos. Misereátur tui, omnípotens Deus, et dimíssis peccátis tuis, perdúcat te ad vitam aeternam. R. Amén.
El Señor omnipotente y misericordioso te conceda indulgencia, absolución y remisión de tus pecados. R. Amén.
Indulgéntiam, absolutiónem et remissiónem peccatórum tuórum tríbuat tibi omnípotens et miséricors Dóminus. R. Amén.
VII - Bendición Apostólica.
Luego, elevando la mano derecha hacia el enfermo, da la Bendición:
Dóminus noster Jesus Christus, Fílius Dei vivi, qui beáto Petro Apóstolo suo dedit potestátem ligándi, atque sol di, per suam piísimam misericórdiam recípiat confesiónem tuam, et restítuat tibi stolam primam, quam in Baptísmate recepísti: et ego facultáte mihi ab Apostólica Sede tribúta, indulgéntiam plenáriam et remissiónem ómnium peccatórum tibi concédo. In nómine Patris, et Fílii, ╬ et Spíritus Sancti. R. Amén.
Per sacrosáncta humánre reparatiónis mystéria remíttat tibi omnípotens Deus omnes prteséntis et futúrae vitae poenas, paradísi portas apériat, et ad gáudia sempitérna perdúcat. R. Amen.
Benedícat te omnípotens Deus, Pater, et Fílius, ╬ et Spíritus Sanctus. R. Amen.
IX - En los casos de cierta urgencia.
En caso de necesidad es suficiente decir:
Ego, facultáte mihi ab Apostólica Sede tribúta, indulgéntiam plenáriam et remissiónem ómnium peccatórum tibi concédo, et benedíco te. In nómine Patris, et Fílius, ╬ et Spíritus Sanctus.
R. Amen.
X - Rúbricas.
Cuando esta Bendición Apostólica se imparte a varios enfermos a la vez, se dice todo lo anterior una sola vez, cambiando solamente el singular por el plural.
Luego rece el sacerdote las oraciones de la Recomendación del alma con la mayor devoción posible, y exhorte a los familiares y presentes que recen al mismo tiempo por el moribundo.
El ritual se puede descargar aquí.
sábado, 24 de noviembre de 2018
Último domingo del tiempo ordinario Jesucristo. Rey del Universo
Último domingo del tiempo ordinario
Jesucristo. Rey del Universo
EL REINADO DE CRISTO
— Un reinado de justicia y de amor.
— Que Cristo reine en primer lugar en nuestra inteligencia, en nuestra voluntad, en todas las acciones...
— Extender el Reino de Cristo.
I. El Señor se sienta como rey eterno, el Señor bendice a su pueblo con la paz1, nos recuerda una de las Antífonas de la Misa.
La Solemnidad que celebramos «es como una síntesis de todo el misterio salvífico»2. Con ella se cierra el año litúrgico, después de haber celebrado todos los misterios de la vida del Señor, y se presenta a nuestra consideración a Cristo glorioso, Rey de toda la creación y de nuestras almas. Aunque las fiestas de Epifanía, Pascua y Ascensión son también de Cristo Rey y Señor de todo lo creado, la de hoy fue especialmente instituida para mostrar a Jesús como el único soberano ante una sociedad que parece querer vivir de espaldas a Dios3.
En los textos de la Misa se pone de manifiesto el amor de Cristo Rey, que vino a establecer su reinado, no con la fuerza de un conquistador, sino con la bondad y mansedumbre del pastor: Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro. Como un pastor sigue el rastro de su rebaño cuando se encuentran las ovejas dispersas, así seguiré Yo el rastro de mis ovejas; y las libraré, sacándolas de todos los lugares donde se desperdigaron el día de los nubarrones y de la oscuridad4.
Con esta solicitud buscó el Señor a los hombres dispersos y alejados de Dios por el pecado. Y como estaban heridos y enfermos, los curó y vendó sus heridas. Tanto los amó que dio la vida por ellos. «Como Rey viene para revelar el amor de Dios, para ser el Mediador de la Nueva Alianza, el Redentor del hombre. El Reino instaurado por Jesucristo actúa como fermento y signo de salvación para construir un mundo más justo, más fraterno, más solidario, inspirado en los valores evangélicos de la esperanza y de la futura bienaventuranza, a la que todos estamos llamados. Por esto en el Prefacio de la celebración eucarística de hoy se habla de Jesús que ha ofrecido al Padre un reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz»5
. Así es el Reino de Cristo, al que somos llamados para participar en él y para extenderlo a nuestro alrededor con un apostolado fecundo. El Señor ha de estar presente en familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo... «Ante los que reducen la religión a un cúmulo de negaciones, o se conforman con un catolicismo de media tinta; ante los que quieren poner al Señor de cara a la pared, o colocarle en un rincón del alma...: hemos de afirmar, con nuestras palabras y con nuestras obras, que aspiramos a hacer de Cristo un auténtico Rey de todos los corazones.... también de los suyos»6.
II. Oportet autem illum regnare..., es necesario que Él reine...7.
San Pablo enseña que la soberanía de Cristo sobre toda la creación se cumple ya en el tiempo, pero alcanzará su plenitud definitiva tras el juicio universal. El Apóstol presenta este acontecimiento, misterioso para nosotros, como un acto de solemne homenaje al Padre: Cristo ofrecerá como un trofeo toda la creación, le brindará el Reino que hasta entonces le había encomendado 8. Su venida gloriosa al fin de los tiempos, cuando haya establecido el cielo nuevo y la tierra nueva
Mientras tanto, la actitud del cristiano no puede ser pasiva ante el reinado de Cristo en el mundo. Nosotros deseamos ardientemente ese reinado: ¡Oportet illum regnare...! Es necesario que reine en primer lugar en nuestra inteligencia, mediante el conocimiento de su doctrina y el acatamiento amoroso de esas verdades reveladas; es necesario que reine en nuestra voluntad, para que obedezca y se identifique cada vez más plenamente con la voluntad divina; es preciso que reine en nuestro corazón, para que ningún amor se interponga al amor a Dios; es necesario que reine en nuestro cuerpo, templo del Espíritu Santo11; en nuestro trabajo, camino de santidad... «¡Qué grande eres Señor y Dios nuestro! Tú eres el que pones en nuestra vida el sentido sobrenatural y la eficacia divina. Tú eres la causa de que, por amor de tu Hijo, con todas las fuerzas de nuestro ser, con el alma y con el cuerpo podamos repetir: oportet illum regnare!, mientras resuena la copla de nuestra debilidad, porque sabes que somos criaturas»12.
La fiesta de hoy es como un adelanto de la segunda venida de Cristo en poder y majestad, la venida gloriosa que llenará los corazones y secará toda lágrima de infelicidad. Pero es a la vez una llamada y acicate para que a nuestro alrededor el espíritu amable de Cristo impregne todas las realidades terrenas, pues «la esperanza de una tierra nueva no debe atenuar, sino más bien estimular, el empeño por cultivar esta tierra, en donde crece ese cuerpo de la nueva familia humana que ya nos puede ofrecer un cierto esbozo del mundo nuevo. Por lo tanto, aunque haya que distinguir con cuidado el progreso terreno del desarrollo del Reino de Cristo, sin embargo, el progreso terreno, en cuanto que puede ayudar a organizar mejor la sociedad humana, es de gran importancia para el Reino de Dios.
»Los bienes de la dignidad humana, de la comunión fraterna y de la libertad –es decir, todos los bienes de la naturaleza y los frutos de nuestro esfuerzo– los volveremos a encontrar, después de que los hayamos propagado (...), y esta vez ya limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo devuelva al Padre el Reino eterno y universal (...). El Reino está ya presente misteriosamente en esta tierra; y cuando el Señor venga alcanzará su perfección»13.
Nosotros colaboramos en la extensión del reinado de Jesús cuando procuramos hacer más humano y más cristiano el pequeño mundo que nos rodea, el que cada día frecuentamos.
III. A la pregunta de Pilato, contestó Jesús: Mi reino no es de este mundo... Y ante la nueva interpelación del Procurador, respondió: Yo soy Rey. Para esto he nacido...14.
No siendo de este mundo, el Reino de Cristo comienza ya aquí. Se extiende su reinado en medio de los hombres cuando estos se sienten hijos de Dios, se alimentan de Él y viven para Él. Cristo es un Rey a quien se le ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra, y gobierna siendo manso y humilde de corazón15, sirviendo a todos, porque ha venido no a ser servido, sino a servir, y dar su vida para la redención de muchos. Su trono fue primero el pesebre de Belén, y luego la Cruz del Calvario. Siendo el Príncipe de los reyes de la tierra16, no exige más tributos que la fe y el amor.
Un ladrón fue el primero en reconocer su realeza: Jesús -le decía con una fe sencilla y humilde-, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino17.
El título que para muchos fue motivo de escándalo y de injurias, será la salvación de este hombre en el que ha ido arraigando la fe, cuando más oculta parecía estar la divinidad del Salvador, que «concede siempre más de lo que se le pide: el ladrón solo pedía que se acordase de él; pero el Señor le dice: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso. La vida consiste en habitar con Jesucristo, y donde está Jesucristo allí está su Reino»18.
En la fiesta de hoy oímos al Señor que nos dice en la intimidad de nuestro corazón: Yo tengo sobre ti pensamientos de paz y no de aflicción19, y hacemos el propósito de arreglar en nuestro corazón lo que no sea conforme con el querer de Cristo. A la vez, le pedimos poder colaborar en esa tarea grande de extender su reinado a nuestro alrededor y en tantos lugares donde aún no le conocen. «A esto hemos sido llamados los cristianos, esa es nuestra tarea apostólica y el afán que nos debe comer el alma: lograr que sea realidad el reino de Cristo, que no haya más odios ni más crueldades, que extendamos en la tierra el bálsamo fuerte y pacífico del amor»20. Esto solo lo lograremos acercando a muchos a Jesús, mediante un apostolado constante y eficaz entre las personas que diariamente pasan cerca de nuestra vida.
Para hacer realidad nuestros deseos acudimos, una vez más, a Nuestra Señora. «María, la Madre santa de nuestro Rey, la Reina de nuestro corazón, cuida de nosotros como solo Ella sabe hacerlo. Madre compasiva, trono de la gracia: te pedimos que sepamos componer en nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, verso a verso, el poema sencillo de la caridad, quasi fluvium pacis (Is 66, 12), como un río de paz. Porque Tú eres mar de inagotable misericordia»21.
1 Antífona de comunión, Sal 28, 10-11. —
2 Juan Pablo II,, Homilía 20-XI-1983. —
3 Cfr. Pío XI, Enc. Quas primas, 11-XII-1925. —
4 Primera lectura, Ciclo A. Ez 34, 11-12. —
5 Juan Pablo II, Alocución 26-XI-1989. —
6 San Josemaría Escrivá, Surco, 608. —
7 Segunda lectura. Ciclo A. 1 Cor 15, 25. —
10 Cfr. Sagrada Biblia, Epístolas de San Pablo a los Corintios, EUNSA, Pamplona 1984, nota a 1 Cor 15, 23-28. —
11 Cfr. Pío XI, Enc. Quas primas, cit. —
12 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 181 —
13 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 39. —
20 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 183. —
21 Ibídem, 187.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
