jueves, 17 de marzo de 2011

¿Por qué conviene ir vestido de sacerdote?


Padre ,José Antonio Fortea Cucurull

(Barbastro, España, 1968) es sacerdote y teólogo especializado en demonología. Cursó sus estudios de Teología para el sacerdocio en la Universidad de Navarra. Se licenció en la especialidad de Historia de la Iglesia en la Facultad de Teología de Comillas. Pertenece al presbiterio de la diócesis de Alcalá de Henares (Madrid). En 1998 defendió su tesis de licenciatura "El exorcismo en la época actual" dirigida por el secretario de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española.

Actualmente está preparando en Roma su doctorado en Teología.


El hábito eclesiástico es un signo de consagración para uno mismo, nos recuerda lo que somos, recuerda al mundo la existencia de Dios, hace bien a los creyentes que se alegran de ver ministros sagrados en la calle, supone una mortificación en tiempo caluroso
El sacerdote al mirarse en el espejo o en una foto, y verse revestido de un hábito eclesiástico piensa: tú eres de Dios.
Bajo la sotana, el sacerdote viste como el común de los hombres. Pero revestido con su traje talar, su naturaleza humana queda cubierta por la consagración.
El que viste su hábito eclesiástico es como si dijera: el lote de mi heredad es el Señor.
El color negro recuerda a todos que el que lo lleva ha muerto al mundo. Todas las vanidades del siglo han muerto para ese ser humano que ya sólo ha de vivir de Dios. El color blanco del alzacuellos simboliza la pureza del alma. Conociendo el simbolismo de estos dos colores es una cosa muy bella que todas las vestiduras del sacerdote, incluso las de debajo de la sotana, sean de esos dos colores: blanca camisa y alzacuellos, negro jersey, pantalones, calcetines y zapatos.
El hábito eclesiástico también es signo de pobreza que nos evita pensar en las modas del mundo. Es como si dijéramos al mundo: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre.
La vestimenta propia del sacerdote es la sotana. Pero el clériman también es un signo adecuado de consagración, manifestando esa separación entre lo profano y lo sagrado. Aunque el hábito eclesiástico propio del presbítero sea por excelencia la túnica talar, el clériman es un hábitus ecclesiasticus y todo lo que aquí se dice a favor de la sotana, se puede aplicar al clériman. En caso de que estas hojas las lea un religioso, evidentemente, lo dicho aquí de la sotana valdrá para su propio hábito religioso.
Nos sorprenderíamos cuánta gente piensa en Dios, cuando en una ciudad populosa un sacerdote atraviesa las calles. Multiplicado por todos los días del año, el bien que hace vestir de clérigo es inmenso. Sin exagerar, al cabo de un año han reparado en él decenas de millares de personas. Y si un sacerdote anda por la calle recogido y en presencia de Dios, entonces se transforma en un instrumento para que los ángeles custodios les digan a sus protegidos: fijaos.
Un sacerdote con sotana por la calle es como un grito para los paganos. Un grito que les dice: ¡Dios existe! Ved aquí a uno de sus siervos. Por eso Satanás tiene tanto interés en que de la vía pública desaparezcan todos los signos que hacen referencia a Dios.
El amor reside en el corazón, no en el vestido. Pero el amor se desborda en multitud de detalles externos: uno de ellos es una vestidura de consagración.
Las vestiduras eclesiásticas son un constante recuerdo de la dignidad que nos ha sido conferida, del poder que ostentamos.
Alguien puede objetar que el hábito eclesiástico separa de los hermanos. Pero hay que recordar que el sacerdote es alguien segregado del resto de los hombres para el culto de Dios, para consagrarse a su servicio. Es la porción que Yahveh se ha separado para ejercer sus sagrados misterios.
Esos misterios sacrosantos son razón suficiente para que se te señale como en tiempos de Moisés se señaló un límite en torno al monte Sinaí porque era un monte santo. ¿Es acaso menos sagrado un sacerdote de Cristo que ese monte de la Antigua Ley?
El hábito eclesiástico ha sufrido modificaciones desde que comenzó a existir, pero siempre ha sido una tunica talaris a semejanza de aquellas que gloriosamente cubrieron a los doce primeros apóstoles.
Bien con un traje talar, bien con un clériman, vestimos como sacerdotes no porque nos apetezca o nos guste, sino porque nos lo pide la Iglesia. Ir vestidos como ministros de Dios es un modo de servirle.
Si eres un hombre que ha entregado su entera vida al Omnipotente como presbítero, ¿por qué no vestir como lo que eres?
Aunque en las tiendas diocesanas se vendan camisas de muy distintos colores, el color negro o el blanco (para lugares cálidos) son colores nobles y elegantes. Desgraciadamente son muchos los sacerdotes que visten combinaciones de prendas carentes de todo gusto. Van mal vestidos toda la vida y nadie se atreve a decírselo. Desde estas páginas, en nombre de Aquél a quien representan, les pido que vayan vestidos con dignidad y que no confundan el mal gusto con la pobreza.
¿Por qué el sacerdote no lleva una vestidura exactamente igual que la de Jesús? El que los sacerdotes no nos dejemos una barba y el pelo largo como el que la tradición atribuye a Jesús, y no llevemos una túnica y un manto como los que llevaban los judíos, creo que tiene una profunda razón teológica detrás. Llevamos un distintivo, un símbolo, que recuerda la túnica de nuestro Maestro. Pero esa túnica no trata de ser idéntica, ni lo intenta siquiera, para que se vea que nosotros somos meros continuadores suyos, pero que Él era único. Él era único, nosotros somos meros continuadores.
La historia de las vestiduras eclesiásticas que aquí aparece, y cuyo autor soy yo, se ofrece sin las notas a pie de página y sin el aparato de referencias que sería lógico en un trabajo académico. Se ha preferido hacer así, para ofrecer la esencia de toda la historia del traje clerical, sin necesidad de ofrecer todos y cada uno de los elementos menores que hubieran hecho mucho más extensa esta historia además de tener que detenerla una y otra vez ponderando cada uno de los detalles.

Jesús no vistió ninguna vestidura especial. Entra dentro de lo posible el que los sacerdotes judíos sí que tuvieran vestiduras clericales, pues constituían una casta. Pero, de acuerdo a lo que nos dicen las dos genealogías de los Evangelios, Jesús pertenecía al linaje de los reyes de Judá, no al de los descendientes de Leví. El Mesías no era un sacerdote del Antiguo Testamento. Además, Él comienza un nuevo sacerdocio.
Los Apóstoles, por tanto, tampoco llevaron ninguna prenda distintiva, ni tampoco sus sucesores. Obrar de otra manera, en medio de una persecución, hubiera sido una temeridad.
En las generaciones siguientes a que la Iglesia obtuviera su libertad, los clérigos siguieron llevando ropas que no les distinguían de los laicos. Si bien, en las celebraciones litúrgicas sí que iban revestidos con vestiduras especiales. Muy probablemente, los monjes sí que llevaban ropas que les distinguían como monjes.
Aunque el clero seguía vistiendo sin ropas especiales, poco a poco, en algunos lugares sí que se fue desarrollando un modo distintivo de vestir. En el año 428, por una carta del Papa Celestino, sabemos dos cosas: que en Roma no existía una vestidura clerical, pero que en la Galia algunos obispos ya la usaban. La carta del Papa, curiosamente, exhorta a que los clérigos se distingan de los laicos no por las ropas, sino por sus virtudes. Pero ni siquiera esta opinión papal pudo detener el curso de la historia que ineludiblemente llevaba a mostrar externamente esa distinción.
Y así, este desarrollo lento de las vestiduras clericales, lleva a que en el 572, el Concilio de Braga ordene que los clérigos de esa zona de la península ibérica vistan la túnica talar.
A partir de entonces, los decretos sobre la ropa clerical se fueron haciendo más y más frecuentes, en el sentido de que los clérigos no vistieran las ropas seculares, ni siguieran sus modas.
Entre el siglo VI y el VIII, los testimonios escritos muestran que el uso de la vestidura clerical se hizo obligatorio. Al principio, los colores no estaban unificados. Dándose muchos colores y diversas tonalidades.
El color negro fue el que finalmente predominó por una razón esencial, se trata de un color muy solemne. Después, a posteriori, se le pudo dar sentidos simbólicos a ese color, como el de la muerte al mundo, pero la razón por la que prevaleció fue ésa: se trata de un color que expresa seriedad, solemnidad. Frente a la opción del negro, el blanco hubiera podido también predominar, es el color de la lana sin tintes, pero tenía un problema: cualquier mancha se ve con facilidad. Y, aunque se lave una y otra vez, el uso deja restos de las antiguas manchas. Por eso el blanco se reservó para las funciones litúrgicas desde el principio, y para la vida ordinaria el negro acabó prevaleciendo.
Sin embargo, las dos tendencias que hoy día existen entre los que prefieren vestir de laicos y los que prefieren vestir como clérigos, son dos tendencias que las encontramos no ya desde la Edad Media, sino que es posible rastrearla desde la Edad Antigua.
Desde que el hábito eclesiástico se hizo obligatorio, encontramos a sacerdotes y aun obispos que han vestido como laicos, en más o en menos ocasiones. Insisto, incluso en la Edad Media.
Al principio, el hábito eclesiástico era una túnica sin botones. Muy a menudo con cinturón de cuero con hebilla. Los botones que recorren la sotana de arriba abajo, predominaron a partir del siglo XIV y XV. Hasta el siglo XIV, en la vestidura clerical no existía el alzacuellos. Pero a partir de entonces, las camisas comenzaron a dejar ver su parte superior por encima del hábito. Al principio, sobresalía el cuello de la camisa blanca sin solapas. Después, cuando ya hubo solapas como las actuales, éstas o sobresalían verticales (cerradas por un botón) más allá de donde acaba el hábito, o bien caían hacia abajo por encima del hábito.
Las solapas que caían sobre el hábito, evolucionaron hasta el siglo XVII tomando la forma de lo que se llamaba el babero. Las solapas verticales evolucionaron hasta formar el alzacuellos. El alzacuellos se formó como prenda aparte, porque era mucho más fácil lavar la parte del cuello si ésta era una prenda independiente. Démonos cuenta de que en otras épocas las camisas no se lavaban diariamente, pues un clérigo humilde poseía pocas camisas. Un humilde párroco de pueblo en el siglo XVII podría tener cuatro camisas y una sola sotana. Un clérigo de baja posición no tenía tres o cuatro sotanas, sino uno sola que se remendaba las veces que hiciera falta.
Muchos consideran la capucha como privativa de los monjes. Pero lo específico de ellos era el escapulario o la cogulla. El escapulario es la prenda rectangular que cae por delante y por la espalda, hasta casi el borde de la túnica.
La capucha era habitual entre las ropas de los laicos, y por tanto también entre el clero secular. En el clero secular, la capucha se llevaba no en el hábito talar, sino en la muceta. La muceta sobre los hombros era una prenda de abrigo, la llevaba cualquier clérigo y solía tener una capucha. Esta costumbre de la capucha en el clero secular llegó hasta el siglo XX. La muceta de los cardenales tenía capucha, así como la de los Papas. Cardenales y Papas llevaban esa capucha en la muceta, aunque no pertenecieran al clero secular. Sin bien, más allá de la Edad Media, muchas mucetas muestran unas capuchas exiguas que ya no hubiera sido posible ponerlas sobre la cabeza.
Aunque el uso del hábito eclesiástico ha sido lo habitual desde el siglo VII más o menos, ya se ha dicho que siempre ha habido clérigos que han deseado vestir de un modo secular, casos así ha habido desde la Edad Media hasta nuestros días, siglo tras siglo. Pero, aunque normalmente, estos casos han sido excepcionales, lo que sí que ha sido más frecuente es el deseo de secularizar el hábito eclesiástico.
Y así, hay testimonios desde el siglo XVII reprobando el uso de sotanas cortas que llegaban sólo hasta la rodilla. Esta lucha entre la secularización del hábito eclesiástico y el mantenimiento de del estilo eclesiástico por encima de toda moda mundana, también se puede rastrear en toda época. Incluso en la Edad Media hay obispos que vestían más como caballeros que como prelados. Finalmente, en el siglo XIX se hizo frecuente el habito piano o hábito corto. La parte superior era igual que la de la sotana, con su alzacuellos o su babero. Pero la sotana había sido sustituida por una especie de chaleco que llegaba sólo hasta la cintura, a partir de la cual eran visibles unos pantalones cortos que acababan en calzas negras. Encima del chaleco, se llevaba una casaca. Este hábito corto fue desapareciendo, y a comienzos del siglo XX los curas llevaron sotana solamente. Hasta que en los años 70, apareció el clériman (también escrito clergyman). Una vez que hubo desaparecido el hábito corto, éste continuó entre los curas católicos de Estados Unidos, por influencia de los pastores de la iglesia episcopaliana que vestían así. Y de los curas católicos norteamericanos retornó al resto de países en los años 70.
Este deseo de que las vestiduras de los sacerdotes fueran enteramente clericales, conllevó que los sombreros tuvieran formas y hechuras propias. La forma de cubrirse la cabeza los eclesiásticos siempre había sido por antonomasia la capucha, entre el clero regular y secular. Pero ya en la Edad Media se abrieron paso los gorros académicos o los civiles entre los eclesiásticos, frente a la capucha que parecía demasiado monástica y demasiado primitiva. Pero siempre se luchó por parte de las diócesis para que los gorros eclesiásticos tuvieran una hechura propia y no fueran iguales que los de los laicos. Aunque siempre había clérigos a los que les gustaba ponerse gorros que fueran más con la moda civil porque les parecían más elegantes.
Los sombreros eclesiásticos evolucionaron a raíz de dos modelos diversos. Un modelo procedía de las gorras académicas, y de allí surgió la birreta, el birrete o bonete. Otro modelo procedía de tipos de sombreros más parecidos a los civiles, de ahí surgieron diversos tipos de sombreros con ala plana, redonda o rectangular: teja, saturno, galero.
El solideo es la evolución de un gorro que cubría la cabeza desde la frente a la nuca. La función era preservar del frío, pero poco a poco se hizo de él una prenda constante. Al llevarlo en toda estación, con el pasar de las generaciones, se fue haciendo más ligero para que no diera tanto calor, llevándolos de lana en invierno.
La vestidura de abrigo era la muceta sobre los hombros, pero si hacía más frío se llevaba la capa. Cuando los abrigos aparecieron, muchos fueron arrinconando la capa. Pero para que el abrigo no fuera igual que el de los laicos, se diseñó de forma que llegara hasta el borde de la sotana, llamándose este abrigo dulleta. Sin embargo, la capa y la dulleta coexistieron. En España, la capa daba una vuelta colocándose sobre el hombro. Esta capa más larga se designaba con el nombre de manteo.
En toda esta evolución de los trajes eclesiásticos, la costumbre era que cuando uno se ordenaba como clérigo, a partir de ese momento, todas sus vestiduras eran clericales. Manifestando de forma externa y visible la consagración total a Dios del propio ser, de la propia vida, de todos los pensamientos y deseos. Por eso, desde la recepción de la orden menor de la tonsura todas las vestiduras debían ser clericales. La tonsura era el signo de esta mentalidad. El sacerdote no sólo llevaba ropas sacerdotales, sino que incluso sus cabellos llevaban el signo de la consagración.
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Un sitio para sacerdotes donde se ofrecen razones por las que llevar sotana, clergiman o hábito a aquellos que dudan si hacerlo o no.
El hábito eclesiástico es un signo de consagración para uno mismo, nos recuerda lo que somos, recuerda al mundo la existencia de Dios, hace bien a los creyentes que se alegran de ver ministros sagrados en la calle, supone una mortificación en tiempo caluroso
El sacerdote al mirarse en el espejo o en una foto, y verse revestido de un hábito eclesiástico piensa: tú eres de Dios.
Bajo la sotana, el sacerdote viste como el común de los hombres. Pero revestido con su traje talar, su naturaleza humana queda cubierta por la consagración.
El que viste su hábito eclesiástico es como si dijera: el lote de mi heredad es el Señor.
El color negro recuerda a todos que el que lo lleva ha muerto al mundo. Todas las vanidades del siglo han muerto para ese ser humano que ya sólo ha de vivir de Dios. El color blanco del alzacuellos simboliza la pureza del alma. Conociendo el simbolismo de estos dos colores es una cosa muy bella que todas las vestiduras del sacerdote, incluso las de debajo de la sotana, sean de esos dos colores: blanca camisa y alzacuellos, negro jersey, pantalones, calcetines y zapatos.
El hábito eclesiástico también es signo de pobreza que nos evita pensar en las modas del mundo. Es como si dijéramos al mundo: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre.
La vestimenta propia del sacerdote es la sotana. Pero el clériman también es un signo adecuado de consagración, manifestando esa separación entre lo profano y lo sagrado. Aunque el hábito eclesiástico propio del presbítero sea por excelencia la túnica talar, el clériman es un hábitus ecclesiasticus y todo lo que aquí se dice a favor de la sotana, se puede aplicar al clériman. En caso de que estas hojas las lea un religioso, evidentemente, lo dicho aquí de la sotana valdrá para su propio hábito religioso.

Nos sorprenderíamos cuánta gente piensa en Dios, cuando en una ciudad populosa un sacerdote atraviesa las calles. Multiplicado por todos los días del año, el bien que hace vestir de clérigo es inmenso. Sin exagerar, al cabo de un año han reparado en él decenas de millares de personas. Y si un sacerdote anda por la calle recogido y en presencia de Dios, entonces se transforma en un instrumento para que los ángeles custodios les digan a sus protegidos: fijaos.
Un sacerdote con sotana por la calle es como un grito para los paganos. Un grito que les dice: ¡Dios existe! Ved aquí a uno de sus siervos. Por eso Satanás tiene tanto interés en que de la vía pública desaparezcan todos los signos que hacen referencia a Dios.
El amor reside en el corazón, no en el vestido. Pero el amor se desborda en multitud de detalles externos: uno de ellos es una vestidura de consagración.
Las vestiduras eclesiásticas son un constante recuerdo de la dignidad que nos ha sido conferida, del poder que ostentamos.
Alguien puede objetar que el hábito eclesiástico separa de los hermanos. Pero hay que recordar que el sacerdote es alguien segregado del resto de los hombres para el culto de Dios, para consagrarse a su servicio. Es la porción que Yahveh se ha separado para ejercer sus sagrados misterios.
Esos misterios sacrosantos son razón suficiente para que se te señale como en tiempos de Moisés se señaló un límite en torno al monte Sinaí porque era un monte santo. ¿Es acaso menos sagrado un sacerdote de Cristo que ese monte de la Antigua Ley?
El hábito eclesiástico ha sufrido modificaciones desde que comenzó a existir, pero siempre ha sido una tunica talaris a semejanza de aquellas que gloriosamente cubrieron a los doce primeros apóstoles.
Bien con un traje talar, bien con un clériman, vestimos como sacerdotes no porque nos apetezca o nos guste, sino porque nos lo pide la Iglesia. Ir vestidos como ministros de Dios es un modo de servirle.
Si eres un hombre que ha entregado su entera vida al Omnipotente como presbítero, ¿por qué no vestir como lo que eres?
Aunque en las tiendas diocesanas se vendan camisas de muy distintos colores, el color negro o el blanco (para lugares cálidos) son colores nobles y elegantes. Desgraciadamente son muchos los sacerdotes que visten combinaciones de prendas carentes de todo gusto. Van mal vestidos toda la vida y nadie se atreve a decírselo. Desde estas páginas, en nombre de Aquél a quien representan, les pido que vayan vestidos con dignidad y que no confundan el mal gusto con la pobreza.
¿Por qué el sacerdote no lleva una vestidura exactamente igual que la de Jesús? El que los sacerdotes no nos dejemos una barba y el pelo largo como el que la tradición atribuye a Jesús, y no llevemos una túnica y un manto como los que llevaban los judíos, creo que tiene una profunda razón teológica detrás. Llevamos un distintivo, un símbolo, que recuerda la túnica de nuestro Maestro. Pero esa túnica no trata de ser idéntica, ni lo intenta siquiera, para que se vea que nosotros somos meros continuadores suyos, pero que Él era único. Él era único, nosotros somos meros continuadores.
La historia de las vestiduras eclesiásticas que aquí aparece, y cuyo autor soy yo, se ofrece sin las notas a pie de página y sin el aparato de referencias que sería lógico en un trabajo académico. Se ha preferido hacer así, para ofrecer la esencia de toda la historia del traje clerical, sin necesidad de ofrecer todos y cada uno de los elementos menores que hubieran hecho mucho más extensa esta historia además de tener que detenerla una y otra vez ponderando cada uno de los detalles.

Jesús no vistió ninguna vestidura especial. Entra dentro de lo posible el que los sacerdotes judíos sí que tuvieran vestiduras clericales, pues constituían una casta. Pero, de acuerdo a lo que nos dicen las dos genealogías de los Evangelios, Jesús pertenecía al linaje de los reyes de Judá, no al de los descendientes de Leví. El Mesías no era un sacerdote del Antiguo Testamento. Además, Él comienza un nuevo sacerdocio.
Los Apóstoles, por tanto, tampoco llevaron ninguna prenda distintiva, ni tampoco sus sucesores. Obrar de otra manera, en medio de una persecución, hubiera sido una temeridad.
En las generaciones siguientes a que la Iglesia obtuviera su libertad, los clérigos siguieron llevando ropas que no les distinguían de los laicos. Si bien, en las celebraciones litúrgicas sí que iban revestidos con vestiduras especiales. Muy probablemente, los monjes sí que llevaban ropas que les distinguían como monjes.
Aunque el clero seguía vistiendo sin ropas especiales, poco a poco, en algunos lugares sí que se fue desarrollando un modo distintivo de vestir. En el año 428, por una carta del Papa Celestino, sabemos dos cosas: que en Roma no existía una vestidura clerical, pero que en la Galia algunos obispos ya la usaban. La carta del Papa, curiosamente, exhorta a que los clérigos se distingan de los laicos no por las ropas, sino por sus virtudes. Pero ni siquiera esta opinión papal pudo detener el curso de la historia que ineludiblemente llevaba a mostrar externamente esa distinción.
Así, este desarrollo lento de las vestiduras clericales, lleva a que en el 572, el Concilio de Braga ordene que los clérigos de esa zona de la península ibérica vistan la túnica talar.
A partir de entonces, los decretos sobre la ropa clerical se fueron haciendo más y más frecuentes, en el sentido de que los clérigos no vistieran las ropas seculares, ni siguieran sus modas.
Entre el siglo VI y el VIII, los testimonios escritos muestran que el uso de la vestidura clerical se hizo obligatorio. Al principio, los colores no estaban unificados. Dándose muchos colores y diversas tonalidades.
El color negro fue el que finalmente predominó por una razón esencial, se trata de un color muy solemne. Después, a posteriori, se le pudo dar sentidos simbólicos a ese color, como el de la muerte al mundo, pero la razón por la que prevaleció fue ésa: se trata de un color que expresa seriedad, solemnidad. Frente a la opción del negro, el blanco hubiera podido también predominar, es el color de la lana sin tintes, pero tenía un problema: cualquier mancha se ve con facilidad. Y, aunque se lave una y otra vez, el uso deja restos de las antiguas manchas. Por eso el blanco se reservó para las funciones litúrgicas desde el principio, y para la vida ordinaria el negro acabó prevaleciendo.

Sin embargo, las dos tendencias que hoy día existen entre los que prefieren vestir de laicos y los que prefieren vestir como clérigos, son dos tendencias que las encontramos no ya desde la Edad Media, sino que es posible rastrearla desde la Edad Antigua.

Desde que el hábito eclesiástico se hizo obligatorio, encontramos a sacerdotes y aun obispos que han vestido como laicos, en más o en menos ocasiones. Insisto, incluso en la Edad Media.

Al principio, el hábito eclesiástico era una túnica sin botones. Muy a menudo con cinturón de cuero con hebilla. Los botones que recorren la sotana de arriba abajo, predominaron a partir del siglo XIV y XV. Hasta el siglo XIV, en la vestidura clerical no existía el alzacuellos. Pero a partir de entonces, las camisas comenzaron a dejar ver su parte superior por encima del hábito. Al principio, sobresalía el cuello de la camisa blanca sin solapas. Después, cuando ya hubo solapas como las actuales, éstas o sobresalían verticales (cerradas por un botón) más allá de donde acaba el hábito, o bien caían hacia abajo por encima del hábito.
Las solapas que caían sobre el hábito, evolucionaron hasta el siglo XVII tomando la forma de lo que se llamaba el babero. Las solapas verticales evolucionaron hasta formar el alzacuellos. El alzacuellos se formó como prenda aparte, porque era mucho más fácil lavar la parte del cuello si ésta era una prenda independiente. Démonos cuenta de que en otras épocas las camisas no se lavaban diariamente, pues un clérigo humilde poseía pocas camisas. Un humilde párroco de pueblo en el siglo XVII podría tener cuatro camisas y una sola sotana. Un clérigo de baja posición no tenía tres o cuatro sotanas, sino uno sola que se remendaba las veces que hiciera falta.
Muchos consideran la capucha como privativa de los monjes. Pero lo específico de ellos era el escapulario o la cogulla. El escapulario es la prenda rectangular que cae por delante y por la espalda, hasta casi el borde de la túnica.
La capucha era habitual entre las ropas de los laicos, y por tanto también entre el clero secular. En el clero secular, la capucha se llevaba no en el hábito talar, sino en la muceta. La muceta sobre los hombros era una prenda de abrigo, la llevaba cualquier clérigo y solía tener una capucha. Esta costumbre de la capucha en el clero secular llegó hasta el siglo XX. La muceta de los cardenales tenía capucha, así como la de los Papas. Cardenales y Papas llevaban esa capucha en la muceta, aunque no pertenecieran al clero secular. Sin bien, más allá de la Edad Media, muchas mucetas muestran unas capuchas exiguas que ya no hubiera sido posible ponerlas sobre la cabeza.
Aunque el uso del hábito eclesiástico ha sido lo habitual desde el siglo VII más o menos, ya se ha dicho que siempre ha habido clérigos que han deseado vestir de un modo secular, casos así ha habido desde la Edad Media hasta nuestros días, siglo tras siglo. Pero, aunque normalmente, estos casos han sido excepcionales, lo que sí que ha sido más frecuente es el deseo de secularizar el hábito eclesiástico.
Y así, hay testimonios desde el siglo XVII reprobando el uso de sotanas cortas que llegaban sólo hasta la rodilla. Esta lucha entre la secularización del hábito eclesiástico y el mantenimiento de del estilo eclesiástico por encima de toda moda mundana, también se puede rastrear en toda época. Incluso en la Edad Media hay obispos que vestían más como caballeros que como prelados. Finalmente, en el siglo XIX se hizo frecuente el habito piano o hábito corto. La parte superior era igual que la de la sotana, con su alzacuellos o su babero. Pero la sotana había sido sustituida por una especie de chaleco que llegaba sólo hasta la cintura, a partir de la cual eran visibles unos pantalones cortos que acababan en calzas negras. Encima del chaleco, se llevaba una casaca. Este hábito corto fue desapareciendo, y a comienzos del siglo XX los curas llevaron sotana solamente. Hasta que en los años 70, apareció el clériman (también escrito clergyman). Una vez que hubo desaparecido el hábito corto, éste continuó entre los curas católicos de Estados Unidos, por influencia de los pastores de la iglesia episcopaliana que vestían así. Y de los curas católicos norteamericanos retornó al resto de países en los años 70.
Este deseo de que las vestiduras de los sacerdotes fueran enteramente clericales, conllevó que los sombreros tuvieran formas y hechuras propias. La forma de cubrirse la cabeza los eclesiásticos siempre había sido por antonomasia la capucha, entre el clero regular y secular. Pero ya en la Edad Media se abrieron paso los gorros académicos o los civiles entre los eclesiásticos, frente a la capucha que parecía demasiado monástica y demasiado primitiva. Pero siempre se luchó por parte de las diócesis para que los gorros eclesiásticos tuvieran una hechura propia y no fueran iguales que los de los laicos. Aunque siempre había clérigos a los que les gustaba ponerse gorros que fueran más con la moda civil porque les parecían más elegantes.
Los sombreros eclesiásticos evolucionaron a raíz de dos modelos diversos. Un modelo procedía de las gorras académicas, y de allí surgió la birreta, el birrete o bonete. Otro modelo procedía de tipos de sombreros más parecidos a los civiles, de ahí surgieron diversos tipos de sombreros con ala plana, redonda o rectangular: teja, saturno, galero.
El solideo es la evolución de un gorro que cubría la cabeza desde la frente a la nuca. La función era preservar del frío, pero poco a poco se hizo de él una prenda constante. Al llevarlo en toda estación, con el pasar de las generaciones, se fue haciendo más ligero para que no diera tanto calor, llevándolos de lana en invierno.
La vestidura de abrigo era la muceta sobre los hombros, pero si hacía más frío se llevaba la capa. Cuando los abrigos aparecieron, muchos fueron arrinconando la capa. Pero para que el abrigo no fuera igual que el de los laicos, se diseñó de forma que llegara hasta el borde de la sotana, llamándose este abrigo dulleta. Sin embargo, la capa y la dulleta coexistieron. En España, la capa daba una vuelta colocándose sobre el hombro. Esta capa más larga se designaba con el nombre de manteo.
En toda esta evolución de los trajes eclesiásticos, la costumbre era que cuando uno se ordenaba como clérigo, a partir de ese momento, todas sus vestiduras eran clericales. Manifestando de forma externa y visible la consagración total a Dios del propio ser, de la propia vida, de todos los pensamientos y deseos. Por eso, desde la recepción de la orden menor de la tonsura todas las vestiduras debían ser clericales. La tonsura era el signo de esta mentalidad. El sacerdote no sólo llevaba ropas sacerdotales, sino que incluso sus cabellos llevaban el signo de la consagración.
Aunque aquí se manifiestan las razones para llevar los trajes clericales, el autor de estas líneas manifiesta la más completa comprensión hacia sus hermanos sacerdotes que no llevan esas vestiduras. Entiendo que mis ideas son difíciles de aceptar por todos aquellos que han sido formados desde el principio en seminarios en los que la idea esencial era de que lo importante es la cercanía con la gente y que, por tanto, todo signo de distinción conlleva separación, alejamiento y, por tanto, un mal cumplimiento del ministerio de ayuda al prójimo.
En este escrito, hablo de los argumentos a favor de los hábitos eclesiásticos, pero no me cuesta entender las razones contrarias a estos argumentos. Yo sostengo la postura aquí expuesta, simplemente porque que entre unas razones y otras, me convencen más las razones a favor del hábito eclesiástico. Pero no juzgo a los que portan ropas seculares habiendo tomado sobre sí un estado clerical. No juzgo, ni lo más mínimo, a los que se revisten de ropas laicales estando consagrados dentro del estado eclesiástico.
Creedme los que leéis estas líneas, no juzgo, no pienso mal, no digo en mi interior: qué sacerdote es éste tan mundano, qué secularizado está, que poco espiritual, qué desobediente. Si alguna vez he sentido la tentación de pensar eso –tentación-, me he contenido. Y si he consentido, me he arrepentido. Por el contrario, siempre pienso que cuando veo a alguien así, que ha sido formado en otra mentalidad. Ni juzgo, ni critico. Quede eso bien claro. He conocido a infinidad de buenos sacerdotes que no vestían de un modo clerical, sino como laicos. Y no sólo sacerdotes buenos, sino también inmejorables, verdaderos hombres de Dios, hombres santos que vistieron como laicos. Indudablemente, el modo en que hemos sido educados influye mucho el resto de nuestra vida.
Habiendo dejado claros mis pensamientos acerca de no juzgar, ante la pregunta si es obligatorio para los clérigos vestir de un modo eclesiástico: la respuesta es sí.
La ley de la Iglesia lo ordena. Y lo ordena con la autoridad recibida de Cristo. Cada clérigo debe vestir de acuerdo a las normas emanadas por su conferencia episcopal.
Pero independientemente de lo que diga la letra de las normas dados por cada conferencia episcopal, el espíritu de la ley universal, el espíritu de la norma dada desde hace más de un milenio, es que los clérigos vistan de un modo diferente al de los laicos.
La cuestión de cómo viste un clérigo no es una recomendación, sino que es una cuestión de obediencia al sentir de la Iglesia.
La razón esencial de esta norma, eso no hay que olvidarlo, es espiritual. Bueno también es recordar que, aun admitiéndose otras opciones aprobadas por la jerarquía, lo específico del traje clerical ha sido siempre el que se tratara de una túnica talar, en recuerdo de la túnica de Nuestro Señor Jesucristo y de sus Doce Apóstoles.
La eterna cuestión acerca de cómo deben ir vestidos los clérigos, depende de qué consideramos que es el sacerdocio. En el fondo, detrás de esta cuestión sobre las vestiduras, hay todo un esquema teológico.
Unos consideran que el sacerdote debería ser un hombre normal, casado, con hijos y, preferiblemente, con un trabajo civil. De forma, que para ellos lo ideal sería que el sacerdote fuera un hombre normal con un trabajo secular, que se dedica a las cosas de la Iglesia en el fin de semana.
Frente a esta idea de un sacerdote del mundo, está la concepción del sacerdocio como consagración. El sacerdote que reza su breviario, que dedica tiempo generoso a la oración, que está dedicado al 100% a las cosas de Dios y de su Iglesia.
En el fondo, unos quieren un sacerdote que está en el mundo, es del mundo y es como todo el mundo, mientras que en la otra concepción el sacerdote está en el mundo sin ser del mundo.
Estas dos concepciones del sacerdocio son las que tienen su expresión en una u otra forma de vestir. Pero en el fondo, una visión del sacerdote es una visión bastante humana, en la que lo esencial es la caridad, la ayuda al prójimo. En la otra visión, el sacerdote ante todo es el hombre de Dios, el hombre que administra su gracia.
Aunque la raíz por la que unos defienden o atacan los trajes clericales, depende al final de qué es lo que consideramos que es la Iglesia, conviene considerar un detalle. Los protestantes, al principio, atacaron con saña todo tipo de vestidura que distinguiera a los pastores del resto de los creyentes. Durante muchas generaciones no hubo vestidura alguna entre sus pastores, pues se cargaron mucho las tintas en que esta costumbre era ajena a la Biblia. Pero hoy día, cuatro siglos después, la mayor parte de esas denominaciones han restaurado trajes eclesiásticos, al menos, para las ocasiones solemnes. Y, por supuesto, los trajes litúrgicos fueron restaurados mucho antes que los eclesiásticos.
La iglesia ortodoxa se separó y se mantuvo bastante incomunicada de la católica durante mil años. Y, sin embargo, el Espíritu Santo la llevó por el mismo camino que la Católica en este tema. Y no sólo eso, sino que incluso la hechura de sus vestiduras eclesiásticas es casi igual. Más sorprendente resulta que incluso en color coincida, y vayan de negro.

A la gente le gusta ver al policía vestido con su uniforme, al juez revestido con su toga, al médico con su bata. La autoridad de esas personas con autoridad no está conferida por las vestiduras. Pero las vestiduras, sin duda, son una gran ayuda. La realidad de este hecho va allá de lo que diga cualquier postura teológica.
La razón principal de que hayan de existir unas vestiduras clericales, radica en la necesidad de distinguir lo sagrado de lo profano. ¿Consideramos al sacerdote un hombre más, o un hombre sagrado? Si es un hombre más, aunque nos de buen ejemplo, aunque ayude a los demás, no es necesaria una vestidura clerical.
Si consideramos al sacerdote como el portador de unos poderes sacramentales dados por Jesucristo, como el portador de una autoridad sagrada sobre el Pueblo de Dios, como el hombre que se ha consagrado al 100% a Dios y que por tanto él mismo pasa a ser algo de Dios, entonces sí que es necesario distinguir a ese ser humano de lo profano.
Esta necesidad de distinguir entre lo sacrum y lo profanum es general. Por ejemplo, ¿cómo distinguimos una mesa normal de un altar? Por su hechura, por los materiales, por los signos distintivos que hemos colocado. ¿Cómo distinguimos una copa normal de un cáliz? ¿Cómo distinguimos una casa normal de la Casa de Dios? ¿Cómo distinguimos el aceite normal puesto en un envase, del Santo Crisma puesto en otro envase? En todos estos casos, lo sagrado de lo profano se distingue por los signos. Lo mismo sucede para distinguir entre la persona sagrada y el laico.
Otra cosa distinta es que no aceptemos que el sacerdote es una persona sagrada. Pero decir eso sería ir contra la enseñanza del mismo Dios en la Sagrada Escritura, donde en innumerables sitios indicó que los sacerdotes eran personas sagradas porque eran cosa suya. Y eso que hablaba del sacerdocio veterotestamentario que era inferior al del Nuevo Testamento. Pero, aun así, en el Antiguo Testamento indica con todo detalle cómo serán las vestiduras litúrgicas del sacerdote. Como se ve por la Biblia, a Dios no le da lo mismo el tema de las vestiduras.
¿Pero por qué no se indican vestiduras clericales para los levitas, sino sólo las cultuales? Eso se debe a que el levita fuera del Templo, era una persona normal con su familia, sus hijos y su trabajo. Del mismo modo que no vestimos con sotana a un diácono permanente, tampoco lo hizo Dios con los levitas. No tendría sentido que un diácono permanente trabajara como panadero y que llevara su sotana todo el día.
Pero hecha esta explicación, vemos que a Dios no sólo no le es indiferente el tema de las vestiduras eclesiásticas, sino que Él mismo determina todos y cada uno de los detalles de las vestiduras cultuales, incluso de los calzones: formas, colores, número de prendas, materiales de los que se harán. La idea de que todo esto le es indiferente a Dios, está directamente contradicha por la Palabra del Altísimo.
Pero, en definitiva, la pregunta de antes sigue resonando:
¿qué es el sacerdote? ¿Un mero animador de la comunidad?
¿Un mero trabajador de obras de caridad?
¿Un mero pastor en el sentido protestante?
Si el poder del que dirige una comunidad, proviene de que ha sido elegido por votación por sus fieles, no es necesaria una distinción entre lo sagrado y lo profano. El párroco posee una autoridad sagrada que proviene no de sus fieles, sino de Cristo a través de su obispo.
Autoridad sagrada, porque por ejemplo un gobernante de una nación tiene un poder, una autoridad, pero no es sagrada. Se trata de una autoridad profana, secular, cuyos límites y condiciones vienen dadas por la voluntad popular y la Ley Natural.
sólo busco prestar un servicio a sus hermanos sacerdotes y a algún seminarista que se deje caer por aquí. Si eres sacerdote y las razones aquí expuestas no te han convencido, no seas duro conmigo.

Durante años se han dicho muchas razones en contra de los trajes eclesiásticos, alguien tenía que decir algo a favor. Tú y yo buscamos servir a Dios.

Es lógico que entre los seguidores de Jesús existan opiniones diversas, estilos distintos. Al final, nos encontraremos con Él y nos lo explicará todo. Mientras tanto, amémonos y ayudémonos.
Publicado por Padre Fortea

miércoles, 16 de marzo de 2011

R .P Castellani # 8

HAY PURGATORIO
Ya que estamos en la Ultratumba, seguiré con el Purgatorio, antes de entrar al tema de la Santísima Trinidad.
El Purgatorio es una cárcel que se diferencia del infierno en que es transitorio, pero no en la pena, que es la misma según San Juan de la Cruz; dice que el mismo fuego es el del Infierno, pero eso no es más que una opinión, otros no lo creen así, por ejemplo Franck Dukesnes, un muy docto y gran exegeta de raza judía, que vivió mucho tiempo en Bélgica y creo que vive aún hoy en Francia. Luego aprendió todas las lenguas muertas y cuatro o cinco lenguas vivas, de manera que es muy erudito en lingüística. El dice que en el Purgatorio es el arrepentimiento lo que hace sufrir a las ánimas y en el Infierno el remordimiento, San Juan nos dice que es lo mismo que La Noche Oscura del Espíritu, que es el preámbulo de la oración extraordinaria de los Grandes Místicos. Hay una descripción pavorosa de las dos noches oscuras que pasó: La Noche Oscura del Sentido y la Noche Oscura del Espíritu. Escribió un libro entero sobre ello.
También aquí la Iglesia habla del fuego, pero aquí es purificador de los que son ya santos; de modo que rogamos por ellos y les pedimos rueguen por nosotros. De modo que pueden saber lo que pasa en este mundo por comunicación de Dios, pues de suyo las almas separadas no pueden saber lo que nos pasa si no es por comunicación divina, porque no tienen memoria ni imaginación, ya que son facultades corporales, pero sin duda ninguna Dios les comunica lo que les interesa acerca de sus parientes y de sus amigos y especialmente a los Santos, que son a quienes mas nos encomendamos, de manera que tienen que saber que nosotros les rogamos. Hoy parecería que Dios no comunica a los Santos lo que nos pasa en la Argentina; si no es que lo saben pero no quieren remediarlo hasta el Remediador Supremo, que no estaría lejos.
Aquí pisamos tierra firme, porque estamos en lo temporal, sin el temblor que nos produce la eternidad del infierno, que golpea nuestro entendimiento, que de ningún modo puede abarcarla. El Purgatorio vuelve humana la Revelación Divina y nos pone al alcance nuestros muertos; yo se que allí están, con gran probabilidad, mis abuelos, mis padres, mis hermanos Cachín y Muñeca y mi gran amigo el Padre Julián Saenz; y que puedo comunicarme con ellos: ayudarlos y ser ayudado.
Es artículo de fé, definida por el Concilio de Trento y continúa en la Tradición. El canon 777 condena la proposición de Lutero de que "No existe el Purgatorio porque no está en la Escritura".
Y en el canon 983 define que consta su existencia por la Sagrada Escritura, la antigua Tradición de los Santos Padres y decretos de los Concilios; expresa la conformidad con el culto común y recomienda que no se predique al pueblo cuestiones sutiles, o bien inciertas o que sepan a curiosidad o torpe lucro. Así como en otra clase les conté la anécdota del cura que pretendía que por "un duro" podía sacar un alma del Purgatorio, así había muchas supersticiones y anécdotas sobre él.
Recordaron el pretexto de Lutero: las indulgencias. Las verdaderas cusas de la rebelión del monje sajón no fueron las que puso él en las noventa y dos proposiciones que fijó en la puerta de la Iglesia de Wittemberg; de las que la octava y la decimotercera negaban el Purgatorio (Sesión XXV, 4 de Diciembre de 1563).
ADVERSARIOS:
Todos los protestantes que alegaban que el Purgatorio no está en la Escritura y es una invención de los curas para sacar dinero. Que el Purgatorio nos da dinero, aunque poco, a los curas, no se puede negar. Lo otro, lo de la invención sí.
Lutero negó el Purgatorio de dos modos:
1°) Enseñó que las ánimas no están seguras de su salvación y pueden pecar; después alargó diciendo que pecan continuamente porque desean el descanso y aborrecen el fuego.
2°) Mas adelante negó directamente la existencia diciendo que no estaba en la Escritura.
Las dos aserciones (en rigor la primera era una forma de negar el Purgatorio) fueron condenadas por León X en la bula "Exsurge Domine" del 15 de junio de 1520.
Las indulgencias habían entrado en un abuso grande, ha pesar de lo que diga la Historia de la Iglesia de la BAC, tomo III León X, había promulgado una Bula para juntar plata y acabar la Basílica de San Pedro.
Una de las cosas que dijo Lutero era que el Papa tenía muchísimo dinero y que la Basílica de San Pedro la pagara él. El Pontífice nombró comisario a Brandemburgo, Arzobispo de Maguncia y éste nombró adlátere al dominico Tetzel y no al que esperaban los agustinos.
Una de las cosas que indignó a Lutero, fué que no nombrara agustinos como comisarios de las bulas. Tetzel nombró a innúmeros "buleros", es decir gente que iba vendiendo bulas.
Era exactamente como un comercio, más aún, como un comercio medio torcido, pícaro. Hay la anécdota recogida en el Lazarillo de Tormes de un "bulero" que no le compraban las bulas e hizo fingir como endemoniado al alguacil del pueblo que había hablado contra la bula, pero luego se puso de acuerdo con él y en la misa el alguacil se puso a mover como endemoniado y el "bulero" se bajó del púlpito y le dijo "ve, esto es lo que le pasa por haber hablado contra la santa bula" y luego de hablarle, el fingido endemoniado se calmó y toda la gente comenzó a comprar en grandes cantidades la bula.
El tema se trata también en otras novelas picarescas. Puede ser que Hurtado de Mendoza exagerara un poco para hacer reír, pero lo cierto es que hubo abusos tremendos. ¡Los españoles trataban la corrupción de clérigos y frailes con la risa, hasta que vino con un hacha el cardenal Cisneros. Hasta cuando yo estuve en España, vendían la Bula de la Santa Cruzada, que le llamaban, y uno daba una cantidad de dinero y le dispensaban una cantidad de cosas. Yo no sé si seguirá ahora todavía, espero que no, pues entonces estaban por sacarla. Resulta que una vez un español que había hecho ejercicios espirituales conmigo en Manresa, me dijo: "Dígame, ¿le parece a usted que un hombre puede hacer que sea pecado mortal que se coma carne un viernes y vendiendo una bula puede quitar lo que es pecado mortal?. "No, no puede ser, le dije. Eso es superstición". "Bueno, eso es lo que hacen acá", me contestó.
Las indulgencias pecaron primero por exceso y después por corruptelas. Cuando yo era novicio jesuita me dieron un libro con centenares de oraciones indulgenciadas, con un día, tres días, siete días, siete años, siete años y siete cuarentenas, indulgencias plenarias e incluso una que se ganaba "para la hora de la muerte", es decir que se rezaba ahora y servía para cuando uno se muriera, lo cual era prácticamente como suprimir el Purgatorio.
Yo todavía la rezo, "Señor Dios mío...". Es una oración muy buena, pero no creo que por una oración de tres líneas se me vaya a perdonar el Purgatorio que merezco. Por esas millares de indulgencias, que gané entonces, tururut.
Escritura: 2° Macabeos XII, 43. Después de la batalla victoriosa contra Gorgias, Judas Macabeo reunió entre sus hombres unas 2000 dracmas "y las mandó a Jerusalén para ofrecer un sacrificio por el pecado, hermosa y noblemente, pues de no esperar que los soldados caídos resucitarían, necio y superfluo habría sido rogar por los muertos" . . . sacrificio expiatorio en favor de los muertos para que quedaran liberados del pecado, "Pues santa y saludable es la intención de rogar por los muertos para que sean absueltos de sus pecados" Esto está en la Escritura, de manera que creían Judas Macabeo y los judíos que existía el Purgatorio.
1° Corintios III, IV, "El valor de la obra de cada cual lo probará el fuego. Si la obra resiste. . . Más aquél cuya obra quede abrasada, sufrirá daño. El que no obstante quedara a Salvo, pero como a través del fuego..." Eso dice San Pablo. Es decir que nuestras obras serán probadas por el fuego. De alguno se quemará lo que hizo porque estaba edificado sobre bases endebles.
Mateo, Capítulo XII, 39, "Y el que diga palabra contra el hijo del Hombre se le perdonará; pero el que la diga contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón ni en esta vida ni en la otra". Señal esto de que en la otra vida también habrá perdón. Eso es el Purgatorio.
Lucas XII, 57. "Procura arreglarte con tu adversario en el camino, no sea que te lleve al juez y el juez te entregue al agente y el agente te mande a la cárcel; en verdad te digo que no saldrás de ella mientras no hayas pagado hasta el último... "peso viejo".
La Escritura dice "cuadrante", que serían los pesos viejos de ahora. Por lo tanto hay una cárcel en la cual se paga y se sale. (Jesucristo está hablando de los castigos de la otra vida: el "camino" es esta vida, el "Juez" es el de vivos y muertos, Luego hay otra cárcel, además del infierno, de la cual se puede salir).
Hay otros varios textos menos claros, a saber:
􀂾 Primer Libro de los Reyes, XXXL
􀂾 Segundo Libro de los Reyes, I.
􀂾 Tobías IV, 17.
􀂾 Primera carta a los Cristianos de Corinto, XV, 29. y en todas las sinagogas de antes y de ahora los judíos rezan por sus muertos; y en las misas pro defunctis las ha practicado la Iglesia desde los primeros tiempos.
TRADICIÓN;
Desde San Pedro comienzan las misas por los difuntos, como vemos por las inscripciones de las Catacumbas. Los Santos Padres dan muchísimos testimonios, por ejemplo San Efrén Sirio, en el Siglo IV, pide a sus fieles, que "se acuerden de él al cumplir treinta días de su muerte, porque a los muertos aprovecha la oblación que los vivos hacen" y pone el ejemplo de los Macabeos que hemos visto. San Basilio, en el Siglo IV, San Gregorio Niceno, a fines del mismo siglo, donde aparece la "Oración por los difuntos" y la palabra "Purgatorio", quizá por primera vez.
San Agustín, en el Siglo V, pide a Dios lo salve aún del Purgatorio, diciendo que aquel fuego será más grave que todo lo que el hombre podrá sufrir en esta vida; comentando el texto ya visto de San Pablo en "De Génesis contra Maniqueos", dice que quien no cultivare su campo interior. . . después de esta vida tendrá o el fuego purgatorio o la pena eterna . . .".
Y así muchísimos otros, como por ejemplo San Cipriano (Epist. 10, N° 30), San Jerónimo (Mat. Ill, 12), San Basilio (1, de Sp. Sn. c. 15), San Gregorio Nacianceno (Orat. 39, N° 19), San Cirilo (Jesús Cath, 15, N° 21); San Agustín (Enarrationes VI, N° 3) (y varios otros lugares); San Gregorio Magno (Primun Ps. Penitentialem, N° 1).
Ninguna disensión hubo entre Latinos y Griegos, ni siquiera después del Cisma.–
Habiéndose apartado los griegos en el siglo noveno en un cisma que duró diez siglos, hasta que los bolcheviques lo hicieron trizas. Empezaron con un cisma negarse a obedecer pero luego se plagó de herejías, e incluso en la Iglesia Rusa de aberraciones, hasta que, como dije, los bolcheviques casi la suprimieron, matando a muchos, deportando a otros y logrando que una parte se plegara a ellos, convirtiéndose en una iglesia nacional, como en Inglaterra, pero mucho más mala, porque es una Iglesia Nacional Comunista.
LAS RAZONES DE LOS PROTESTANTES, SON:
1°) "Dichosos los muertos que mueren en el Señor, pues ya dice el Espíritu que descansen de sus trabajos" (Apok. XVI, 13). Los protestantes dicen: "Ven, una vez que mueren descansan de su trabajo".
2°) "Hacia donde cae el árbol allí queda para siempre", dice el Eclesiastés XI, 31.
3°) Muchas sentencias de los Padres, que afirman que después de muertos no hay satisfacción.
4°) Entre el infierno y el cielo no hay lugar medio, dicen los Protestantes. Y hay un lugar medio. Es un error simplemente.
5°) Así como no hay paraíso temporal para los buenos, así no hay infierno temporal para los otros. Acá yerran doblemente, como veremos al final.
RAZÓN TEOLÓGICA O ARGUMENTOS DE CONGRUO O DE CONGRUENCIA:
Llaman argumento de Congruencia a los que provienen de la razón, la cuál no puede probar una cosa revelada, pero puede apoyar o hacer más aceptable una ya probada. Santo Tomás está lleno de esos argumentos, quizá demasiados, casi le da más importancia a esos que a los otros de la Escritura. Porque los argumentos de la Escritura basta con citarlos, pero los de congruencia hay que razonarlos. Santo Tomás era un gran "raggionatore" como dicen los italianos. Y todo eso sin avisar que son solamente congruencias; por ejemplo "¿Era conveniente la Encarnación del Verbo? o bien "Utrum Spíritu Sanctus procedat a Filio" (qu. XXXVI, a 2).
Yo oí exponer en la Cuaresma del 32 a Golía Véneto, el mayor orador que he escuchado después de Mussolini. El Padre Golía predicó en esa Cuaresma un sermón de una hora todos los días, más dos sermones los domingos y concitaba un auditorio inmenso en la Iglesia del "Gesú" en Roma, que es muy grande. Lo podía escuchar pocas veces, porque a la hora que predicaba tenía clase, pero podía hacerlo los jueves y domingos y me quedaba pasmado de la elocuencia de Golía. Yo pensaba, este pueblo está tan cultivado religiosamente que nunca va a perder la fe, pero ahora la ha perdido, la mitad de los italianos son comunistas. Hizo este sacerdote un sermón sobre el Purgatorio y dijo "Vamos a suponer que no existe el Purgatorio. ¿Qué pasa?" "Toda la vida de ultratumba queda reducida al cielo y al infierno y entonces los que se salvan quedan reducidos a poquísimos hombres porque por un lado es cosa segura y revelada que "nada manchado entrará en el cielo, y por otro, vemos por todos lados, siempre o casi siempre a los que mueren morir con pecados, imperfecciones, faltas o defectos de modo que todos o casi todos tendrían que ir al infierno, a menos hubiesen tenido un pariente santo canonizable. Porque nadie puede entrar en el cielo manchado y no podría entrar nadie sino tuviera la forma de purgar sus pecados.
De manera que este era el argumento de Golía: Que se irían muchísimas personas al infierno y pocas al cielo si no hubiere un lugar de purificación. Aquí el predicador hacía una entrada al sentimiento del público, haciéndoles recordar a sus padres, hermanos, hijos, esposos, amigos y preguntándoles si podrían creer que todos esos estaban en el Infierno y si ellos mismos estaban destinados acá abajo; al fin del espléndido sermón de una hora o más concluía que la proposición de Lutero era falsa, más aún, blasfemia.
Otra cosa que quiero añadir acerca del infierno, es una anécdota de Santa Catalina de Siena, debidamente atestiguada. Su padre Jacobo Benin casa, estaba por morir atendido por ella y ella rogando a Nuestro Señor se lo conservase en vida, y recibió de El respuesta (pues Santa Catalina de Siena fué una de las santas más grandes y que mas milagros hizo y que hablaba sobrenaturalmente con el Señor) que para la salvación de su padre le convenía a Jacobo no vivir más; y él advertido aceptó la muerte.
La Santa pidió a su Dueño que le pasase a ella las penas del Purgatorio que debía pasar su padre y al morir éste, sintió un dolor tremendo al costado, que no se le quitó en toda la vida. Después le tocó la hora a la madre, que se llamaba Donna Lapa, y esta tenía horror a la muerte y no quería ni siquiera recibir los sacramentos porque decía que no se iba a morir y así murió. La Santa hizo al Señor una apelación desesperada, le empezó casi a faltar el respeto, diciéndole que cómo se había portado de esa manera después de haberle asegurado que todos los de su casa se iban a salvar y la viejita revivió. Así lo testimoniaron en el proceso de Canonización de la Santa las dos vecinas, Catalina Ghetti y Andrea Vanni, o sea que resucitó; pero hoy sabemos más acerca de la muerte aparente que en aquellos tiempos. El caso es que la Donna Lapa comenzó a mejorar rápidamente, vivió hasta los 89 años y... murió confesada.
Lo serio que es el Purgatorio delante de Dios es evidente por esto, porque no le perdonó siquiera a la Santa los dolores que le correspondían al padre.
Santo Tomás en la Summa enseña que las almas no pueden conocer lo que hacemos o decimos si Dios no se los revela; que están en estado de rezar pero más de ser rezados; un prelado de la Iglesia no puede con su voluntad liberar almas; por una sola misa, aunque se diga que tiene un valor infinito, no se libra un alma, como respondió al Párroco la viuda catalana: la pena del Purgatorio no es mérito sino purificación. A una viuda catalana su marido le había dejado una inmensa fortuna y el cura del pueblo enterado de que, no le había hecho rezar una sola misa y que la gente estaba escandalizada, le preguntó el porqué de ello. La mujer le dijo: Mire Padre: Si mi marido está en el infierno de nada le valen las misas. Si está en el cielo no le hace falta. ¿Y si está en el Purgatorio? Ah, dijo la viuda, es allí donde lo quiero ver.
Los demás son corolarios.
N. B. 1. El purgatorio no permanece, ni tiene duración determinada, sino que terminará en el Ultimo Juicio en que buenos y malos irán a sus moradas definitivas (Definido en el Concilio Florentino y otros).
N. B. 2. Santo Tomás dice que "la menor pena del Purgatorio es mayor que la peor pena de esta vida". Billot lo tiene por exagerado; y San Buenaventura y —siguiéndolo— San Belarmino, dicen que no, que tanto la pena de daño como la de sentido son atenuadas por la seguridad de la visión beatífica que se va aproximando. .
La pena de daño ya saben que es la pena de ausencia de Dios y la de sentido es el fuego. Decimos el fuego; ahora qué es el fuego no sabemos.
N.B.3. ¿Existe el Juicio Particular? o sea de inmediato, después de la muerte corporal ¿se produce la sentencia de vida o muerte eterna o bien al fin del mundo, en la resurrección? Hubo una discusión larga, pues algunos Padres Antiguos juzgaron que hasta la resurrección no se producía la sentencia de cielo, infierno o purgatorio. Pero la Iglesia zanjó la discusión a favor del juicio inmediato o particular con varias definiciones ex cathedra, la principal del Concilio Florentino, en 1438, Eugenio IV, Decretum pro Armenis.
A Frank Dukesnes, que nombré al principio, no le gusta nada esa definición, piensa que hasta el día del juicio final no hay sentencia definitiva. Más debe someterse a la autoridad de la Iglesia, pero lo que hace es atenuarla mucho, como veremos.
Hubo una anécdota curiosa en el Siglo 14 que fué del Papa Aviñonense Juan XXII que no fué el peor de los Papas de la "Cautividad de Babilonia" como se les decía en broma en la Iglesia, porque estaban sometidos a la autoridad de los franceses y fueron todos franceses, pero tampoco el mejor. El cual empezó a predicar la opinión ya demudada de la suspensión de la sentencia hasta el juicio final, pero al fin de su vida, a los 85 años, se retractó, reconoció que había estado equivocado y se volcó por la opinión común, encargando a su sucesor que zanjase definitivamente esta discusión que largamente habían sostenido los teólogos, lo cual hizo Benedicto XII, también francés, por la bula "Benedictus deus" 1336, que es una definición ex cathedra.
N.B.4. Santo Tomás concedió que la felicidad de los salvados es imperfecta, porque les falta el cuerpo, y lo desean; cuanto más los del Purgatorio.. El ya nombrado exegeta judeo francés Alberto Frank Dukesnes, dice que las almas están en un estado innatural, anormal, e incluso violento, lo cual es ir más lejos. Santo Tomás no dijo tanto, sino simplemente que las almas tienen nostalgia de su cuerpo, porque sin él no está completo el hombre, no es hombre en realidad, sino que es un alma. Este exegeta no tiene muchas ganas de que entre en el cielo del todo y entonces todo a lo largo de su libro que se llama "Lo que te espera después de tu muerte", que es bueno, continuamente insiste en que las almas separadas no son el hombre y no están del todo satisfechas. Tuvo que admitir, aún a regañadientes, que las almas salvadas, ya gozan de la visión beatífica "aunque retaceada". Cómo puede ser eso de tener visión beatífica, pero no del todo, no lo sé.
Y pone que ellas pasan por siete tramos, a saber:
1) Carecerán de tentaciones.
2) Verán a las almas perversas camino del castigo por caminos laberínticos.
3) Verán al Creador dar testimonio en favor de ellas.
4) Tendrán un anticipo de la inefable paz de que gozan los que ya están en el cielo.
5) Tendrán la alegría de verse libres de la corrupción de la mortalidad.
6) Se manifiesta la claridad y belleza de sus rostros, como un sol.
7) Tendrán el regocijo del perfecto reposo, al ir apresurados a contemplar la faz de Aquel que han obedecido aquí abajo para recibir una eterna recompensa.
Copio resumiendo el decreto. "Este es el decreto para los que hayan guardado los mandamientos del Altísimo, apenas se vean libres de su envoltura corruptible..." Sin embargo, según Dukesnes comienzan a desear con ardor su "envoltura corruptible". Ha sido el cuerpo un compañero del alma, de manera que el alma lo añora, aunque de hecho le haya dado grandes disgustos. También en realidad el cuerpo las ha ayudado a salvarse y es lógico que quieran recobrar el cuerpo y no saben cuándo lo van a recobrar, porque hasta el Juicio Final no se dará la resurrección de los cuerpos.
Además, según el mismo, los invade un arrepentimiento de sus pecados veniales y mortales ya perdonados que no hay idea en esta vida: "profunda penitencia, arrepentimiento absoluto" Es decir: estando el alma libre del cuerpo sufre muchísimo de arrepentimiento por todos los pecados que ha hecho —incluso los olvidados— porque en el alma quedan marcados todos nuestros actos buenos y malos. Esta espada del arrepentimiento, como la de Anfortas, hiere y sana a la vez. Ella es el fuego del Purgatorio.
Según este exégeta, el fuego del Purgatorio no es el que nos pintan los cuadros con una gran cantidad de personas sumergidas hasta la cintura en un mar de llamas, porque las llamas no le harían nada a las almas, sino es el arrepentimiento que es tan fuerte que se podría comparar al fuego.
Esto será, según el exégeta, en el libro IV de Esdras. Yo no lo he encontrado, pero él dice que tiene un ejemplar mejor del siglo IX. Los libros III y IV del Apokalipsis de Esdras son apócrifos, es decir, están fuera del Canon, ya que los sacó el Concilio de Trento de él, de la lista que creemos que son los libros canónicos; continúan el Libro de los Reyes segundo y narran el reinado de Josías, un Rey de Israel muy bueno. Los otros dos libros son apocalípticos.
¿Cómo hizo la iglesia el Canon? En tiempos de San Agustín ya estaba hecho. Simplemente preguntaron a las Iglesias de todo el mundo cuáles eran los libros que ellas tenían por inspirados por Dios. Aquellos libros que todas las Iglesias o casi todas los tenían como inspirados por Dios, fueron puestos en una lista llamado Canon. El Concilio de Trento sacó del Canon los libros III y IV de Esdras, pero los recomendó y mandó que se imprimiesen como apéndice al fin de la Escritura canónica, o sea después del Apokalypsis de San Juan.
HABRÁ UN FIN DEL SIGLO
Vamos a ver la revelación divina del fin del mundo; o mejor dicho, del fin del siglo; porque el mundo no finirá nunca, pues Dios no destruye nada de lo que ha creado, como dijo por Sap. XI, 25. No aniquilará nada de lo que existe, aunque podría. Esta tierra en que estamos será renovada, y por cierto, por el fuego, al fin del "ciclo adámico", o sea la época de Adán. El universo será renovado, "nuevos cielos y nueva tierra" dice el Apokalypsis y también el profeta Isaías, no por el agua sino por el fuego dijo Cristo. El agua acabó con el orbe habitado o una parte de él en el diluvio, pero el próximo diluvio no será el agua. Pero no hay que alarmarse, porque ese fuego no atormentará a los elegidos.
Los físicos no saben, ni cómo empezó la humanidad, ni cómo acabará; eso lo sabe el Génesis y el Apokalypsis; sino es alguno de los seudo físicos (o sea macaneadores) como Renán, que dice que el Universo perecerá de frío o Darwin que dice que la vida empezó por evolución, lo cual creemos que es falso.
Tengo cinco o seis libros famosos de físicos famosos, Eddington, Einstein, Serrington, Laplace, Eddington otra vez, Whitehend y Galileo y ninguno se mete ni por sueños con el principio y fin del género humano. Más aún, Sherington en "El hombre y su naturaleza" (edit. Alhambra, Madrid 1947) escribe: "Así, la Ciencia Natural trata de evadirse de todo lo que es humano... Observando lo perceptible, el científico intenta sustraerse de las "Causas", de las Fuerzas, de los Tiempos Absolutos, de los Comienzos en el Caos, de la Terminación en la Nada, de la Realidad Ultima, de la Vida, de la Muerte, de la Deidad Personal... para no hablar de lo Malo, de lo Justo, de la Esperanza, de los Temores, etc. La ciencia no es buena ni mala; es falsa o verdadera".
Es decir, los físicos dicen que no tienen que ver nada con la moral que trata del hombre propiamente, de su conducta, de su fin. Hay uno de estos libros que es un monumento —o digamos sobriamente un "clásico"— que compré por recomendación del poeta Paul Claudel, y es "Man's Place in the Universe" de Alfred Russell Wallace (Chapman and Hall, 1903, Ld.). Es una larguísima y definitiva investigación sobre los mundos habitados —o mejor dicho, el mundo habitado, pues del estudio surge con evidencia que ningún otro planeta solar, y mucho menos ningún otro planeta que podría haber en las estrellas, son aptos para cobijar la vida, al menos de los vivientes superiores.
Hizo una investigación astronómica muy profunda usando todo lo que se sabía entonces en astronomía y llegó a la conclusión de que no puede haber hombres en la Luna o en Venus, ni en Marte, ni hombres o animales superiores, como vacas o caballos, ni cualquier otro animal que suplante al hombre o parecido al hombre, racional o por lo menos viviente. ¿Por qué? Porque o no hay atmósfera o no hay otras condiciones necesarias para la vida. El libro es sencillo y sumamente científico.
Lo que lo entusiasmaba a Claudel es que constituye una demostración de la existencia de Dios —indirecta— por el Orden, porque investigando los planetas uno encuentra un orden admirable de la Creación inanimada, hay una especie de artificio o de mecanismo increíblemente sabio de todo lo que da vueltas en el espacio. A mí me gusta porque confirma la revelación de que la Humanidad comenzó y la Humanidad debe terminar.
Comenzó porque en un tiempo la tierra no era apta para la vida del hombre, lo mismo que ahora los otros planetas, y con el tiempo se puso apta. Eddington dice taxativamente, en ''The nature of physical World", que eso pertenece a la religión —a la religión "mistica' dice, o sea revelada. Hay otros dos físicos que sí especulan sobre el fin del mundo: Kirwan, ''Comment peut fini Univers", donde expone la conjetura de Renán que acabará por frío "dentro de 20 ó 30 millones de años a lo más", pero prefiere la versión de San Pedro que acabará por fuego y dentro de poco, por el choque "con un cometa inmenso, como el de 1811" (¿y por qué no por una bomba atómica, digo yo?).
Otro físico más católico que este, Kaye (inglés), toma simplemente la noción de San Pedro y se atiene a ella: "Mas los cielos que ahora son, y la tierra, por la misma palabra creados, están reservados al fuego del día del juicio y la perdición de los impíos. . . Pues llegará el día del Señor como ladrón, en el cuál los cielos pasarán con ímpetu magno, los elementos se fundirán con el calor, la tierra misma y todas las obras que en ella están serán consumidas..." y después dice: "En el llegar del día del Señor por el cual los cielos ardiendo se disolverán y los elementos se desharán por el ardor del fuego... "(II Petr. ni,7, 10, 11) El día del Señor es el día del Juicio en toda la literatura de la Sagrada Escritura, en el Antiguo y Nuevo Testamento .
Pero el anuncio más reverendo del fin del tiempo, que es el llamado Discurso o Recitado Esjatológico de Nuestro Señor, nos ocupará esta clase.
Los profetas del Antiguo Testamento habían predicho reiteradamente el fin de los tiempos, con el nombre de "el día del Señor magno y terrible", o como repite San Pablo: "día de la revelación del Justo Juicio de Dios".
Desde el primer libro, el Génesis, donde Jacob llama a sus hijos (Cap. 47,1) diciendo "Venid, juntaos aquí, que os anunciaré lo que va a pasar cuando se acaben los días" hasta el último libro, donde el Apokaleta termina:
Y el Espíritu y la Novia dicen: ¡Ven!
Y el que escucha que responda ¡Ven!
Y el sediento acuda a recibir Agua de Vida gratis
Dice el que testifica esto ¡Cierto, vengo pronto! —Ya, Señor
Ven Señor Jesús!
Toda la Escritura hormiguea de alusiones al "Día del Señor", sobre todo el profeta Isaías; las cuales culminan en la solemne proclama del Fin del siglo por Nuestro Señor Jesucristo, el cap. 24 de San Mateo, llamado el "Discurso esjatológico" o con más exactitud "El Recitado esjatológico", con jota.

Es el centro de la profecía en la Escritura. Esta profecía que hizo Cristo, es el centro de toda la profecía en el Antiguo y Nuevo Testamento. Es difícil y desconcertante. Parecería que trata una parte del fin de Un Mundo, o sea Jerusalén; o de las dos partes a la vez. Y esto último es la verdad, pero hay que entenderlo. La solución del enigma del cap. 24 de San Mateo es que trata de las dos cosas a la vez, conforme a ese lenguaje profético, que siempre trata de dos cosas a la vez, que llaman el "Tipo" y el "Antitipo".
Un exégeta extravagante imaginó que Cristo trató de los dos sucesos por medio de estrofas en ese recitado diciendo por ejemplo: estos 7 versículos tratan del fin de Jerusalén, estos 12 versículos que siguen tratan del Fin del Mundo y así el resto, como si Cristo hubiese hecho una poesía en estrofas. Trata de las dos cosas, pero de las dos cosas a la vez, no dividido en estrofas. Porque la ruina de Jerusalén fue el tipo del fin del Mundo.
Todos los profetas han descrito un suceso próximo, que era como el símbolo o la figura de otro suceso remoto, que era muy difícil de entender; no lo hubiesen entendido ni creído. De manera que hacían primero la profecía de un suceso próximo, que iba a suceder dentro de 30 ó 40 años y eso iba a ser el símbolo de un suceso que iba a suceder por ejemplo dentro de 20 siglos, como va a pasar con el fin del mundo.
Otro exégeta, Maldonado, muy famoso, después de cansarse reseñando la cantidad de opiniones de los antiguos Exégetas, termina diciendo que él por su parte opina que Cristo dio una respuesta confusa a los que le hicieron una pregunta confusa; solución que adjudica a San Agustín, lo cual dudo mucho; no es digna de San Agustín y mucho menos de Jesucristo. Jesús era el Maestro y no debía responder adrede confuso; y además la pregunta de los Apóstoles no fue confusa sino errónea, que no es lo mismo.
Porque le preguntaron; "¿Cuándo será esto que has dicho?" Es decir, que del templo de Jerusalén no quedará piedra sobre piedra. "¿Y la señal de tu venida?" Creían que la destrucción del templo ocurriría al fin del Mundo. De manera que preguntaron dos cosas diferentes a la vez y Jesucristo les contestó las dos cosas a la vez, haciendo a una figura de la otra. El templo de Jerusalén estaba edificándose en tiempos de Jesucristo, lo había empezado Herodes, y siguió edificándose 40 años más. O sea, casi hasta que destruyeron a Jerusalén.
El año 63 se acabó de edificar y el año 70 un soldado romano le prendió fuego y se acabó para siempre, tanto que el General Tito, cuando vio el desastre que había ocurrido en Jerusalén, después de las matanzas que habían hecho los soldados romanos y las matanzas de los judíos peleándose entre sí, quedó tan horrorizado que dijo: "Yo no he hecho esto, esto lo ha hecho algún dios que está enojado con los judíos".
Jesús les debía haber respondido en todo caso como en otra ocasión: "Erráis, no conociendo la Escritura y el Poder de Dios".
Uno de los Apóstoles, o bien los cuatro Apóstoles principales (Pedro, Andrés, Santiago y Juan) cuando diciéndoles Cristo que "dése templo herodiano que veían construyéndose no quedará piedra sobre piedra" le habían preguntado "¿qué señales habrá de eso, de la ruina del Templo y del fin del Mundo?" les contestó a las dos cosas juntas, haciendo a la más próxima, que estaba a cerca de 40 años símbolo y figura de la remota, que estaba en la lejanía desconocida; desconocida incluso por el mismo Hijo del hombre, como dijo El misteriosamente. Como Dios lo sabía ciertamente, ahora como Hijo del hombre, el nombre que El se ponía como Mesías, no lo sabía, porque no tenía que revelar eso como Mesías ni podía entonces revelarlo, porque el fin del Mundo depende de dos libres albedríos que son: el libre albedrío de Dios y el libre albedrío del hombre.
El Cardenal Newman resolvió esta dificultad diciendo: "No es que no quisiese decir que no estaba en la Revelación preparada por El cuándo sería el fin del Mundo, sino que El, como Hijo del hombre, no sabía el fin del Mundo".

Dios sólo sabía el fin del Mundo. Porque la marcha de la humanidad es como una línea sinuosa o quebrada, que se va aproximando al fin del Mundo y después aparecen Santos o aparece una especie de conversión del Mundo y entonces se aparta la "ira de Dios", quedando más tiempo. Así tenemos que en el siglo XIII San Vicente Ferrer pronunció que el fin del mundo estaba cerca y hasta resucitó un muerto para comprobar al Arzobispo de París que era verdad lo que él decía.
Y no sucedió. Y esto produjo mucha dificultad luego cuando se quería canonizar a San Vicente Ferrer, hasta que uno de los teólogos que se ocupaban de este proceso dijo —No se equivocó, porque el fin del mundo estaba cerca, realmente. Lo que pasa es que surgieron una cantidad tan grande de Santos en Europa (algunos por la misma predicación de San Vicente Ferrer) que Dios prorrogó el tiempo de su ira. Entonces canonizaron a San Vicente y después el Cardenal Newman hizo una teoría de que la humanidad va al fin del mundo en forma de una línea quebrada por la cual está siempre rozándolo, pero cuando los hombres empiezan a portarse bien, cuando no hay la gran apostasía que dice San Pablo todavía, aunque muchas veces empezó y ahora parece que ha empezado, entonces cuando no hay eso. Dios espera porque no quiere que nadie se pierda sino que todos lleguen a penitencia.
Esa es la característica del lenguaje profético, hablar a la vez de dos cosas, una próxima llamada Tipo y otra remota, que llaman hoy Antitipo.
El que llamó la atención sobre esa peculiaridad fue el exégeta Alfredo Fenillet: no se desconocía antes, se había olvidado; recordó a los exégetas el lenguaje prof ético que siempre es doble; fue seguido de inmediato por Bainnel, Billot, Lagrange O. P. y hoy por la generalidad. El profeta Jeremías profetizó a la vez el fin del cautiverio de Babilonia y el fin del cautiverio del demonio por la Redención; el profeta Isaías predijo la vuelta del hebreo a Palestina y la segunda vuelta de Cristo. San Pablo habló de la conversión de los judíos junto con la venida del Anticristo; y Jesucristo predijo la Destrucción de Jerusalén y su Segunda Venida, que no es segunda sino repetición o conclusión de la primera.
¿Está respondido del todo con esto? No, es la mejor respuesta que hay, pero subsisten dificultades: por ejemplo cuando Cristo recomienda la presteza en huir de Jerusalén sitiada, eso no puede aplicarse literalmente al fin del mundo (vers. 1523); porque entonces no se va a poder huir o bien cuando Cristo saca toda esa fenomenología meteorológica de "el sol se obscurecerá, la luna se pondrá color de sangre, las estrellas caerán del cielo" y todo eso, que son metáforas usadas continuamente por los profetas, no se puede aplicar eso al fin del templo de Jerusalén, aunque puede ser que haya pasado algo de eso, pero de suyo se refiere al fin del mundo. De modo que hay dificultades en la interpretación esa, en los dos sentidos, aunque en general sí se puede aplicar a los dos sentidos, como veremos.
Y se puede suponer que son defectos de los cronistas, es decir de los evangelistas, porque al fin y al cabo el Evangelista que más cerca de Jesucristo habló —San Mateo— lo escribió a 30 años después de la muerte de Jesucristo. De manera que no hay que buscar en los Evangelios una perfección total que no puede ser. Tomaron los recitados que habían oído a Jesucristo y retenían de memoria e hicieron recitados con las obras de Jesucristo, estando reunidos en el Cenáculo probablemente, y los hicieron conforme a los usos de ellos y de eso constan los cuatro Evangelios.
Veamos ahora todo seguido lo que profetizó Cristo, añadiendo al capítulo largo de Mateo, lo que hay en Marcos y Lucas.
1° Guerras y rumores de guerras, terremotos, pestilencias y hambre: esto se realizó antes del año 70, según las historias de Josefo y Tácito, que describen un tiempo calamitoso. Pero esto, dice Cristo, es sólo el comienzo de los dolores.
2° Una encarnizada persecución religiosa a los Apóstoles y los cristianos en general; pero de cualquier modo se predicará el Evangelio en todo el orbe. También se verificó. En tiempo de San Pablo se había predicado en todo el mundo conocido.
3° La desolación abominable o la desolación, la palabra de Daniel ya aplicada a la tiranía de Antíoco varios siglos antes. También se verificó ahora, el año 70, aunque es dudoso cuál fue. Ahora en el fin de los tiempos sabemos por San Pablo que el Anticristo profanará el Templo de Dios, entronizándose en él como Dios; y eso es realmente una horrible profanación.
4° Habrá una tribulación tal como no se ha visto desde el Diluvio acá. Esa tribulación se cumplió según la historia de Josefo ("De bello judaico") que después reprodujo Bossuet. Realmente describen algo horroroso. No quedó piedra sobre piedra. El General Tito se asustó de las matanzas; madres que comían a sus hijos acosadas por el hambre y cosas así. Tito dijo: "Yo no he hecho esto. Esto lo ha hecho algún dios que está enojado con los judíos". Y acertó. Porque él no quería que pasara todo eso. Y pasó.
5° Caerán al filo de espada y serán llevados cautivos a todas las naciones; también se cumplió. Eso no se verificará a la letra en el fin del mundo.
6° Prevención a los Apóstoles otra vez contra los falsos Cristos y falsos Profetas: abundaron antes de la caída de Jerusalén; y abundarán más antes de la del mundo. Digamos que abundan yá ahora.
7° Perturbaciones del sol, la luna y las estrellas: un lugar común de los Profetas, con significado metafórico; se secarán los hombres de miedo y angustia, "las fuerzas uránicas se desquiciarán". La Vulgata Latina dice: "las Virtudes de los cielos se conmoverán", pero el texto griego dice: "las virtudes uránicas se desquiciarán". "Uránicas" significa del cielo, pero significa también un metal con el cual se fabrica la bomba atómica: uranio.
8° Fin: verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes, y los ángeles con trompetas; y congregarán los elegidos desde los cuatro vientos. Juicio Finad y la Resurrección.
La herejía de los "esjatólogos". La secta protestante (o más bien impía) más fuerte deste tiempo es la llamada "esjatóloga" fundada por Wilhem Wrede, alemán, seguida por Wellhausen (Joannes) y sellada por "el Suizo Schweitzer que acabó de liquidar a Jesucristo en su "The Guest of historical Jesus" (publicada en alemán en 1906, traducida al inglés en 1926 y del inglés al español en Buenos Aires, no hace mucho).
Es un libro impiísimo acerca de Jesucristo; la búsqueda del Jesucristo histórico, se llama. La llamada "Escuela Esjatológica" ha ido progresando (o despaturrándose) hasta llegar a dudar de la existencia de Jesucristo en esta forma:
Wrede dijo que el único Evangelio histórico era el de Marcos; pero eso no quería decir que se aceptaran los milagros y todo lo sobrenatural: suprimir todo eso; añadiendo una teoría de la personalidad, medio chiflada, de Jesucristo.
Wellhausen dio un paso más allá, negando que Marcos fuese un libro, siendo una serie de trocitos añadidos y escritos por los primeros cristianos: Marcos fue su coleccionador. En realidad Marcos se guió por los recuerdos de San Pedro. Jesús había creado una nueva idea del Mesías, el cual iba a triunfar después de una catástrofe, al fin del siglo, que lo iba a entronizar a El mismo como Mesías. Esto es lo que enseñaban estos señorea.
Alberto El Suizo le da el golpe de gracia al Jesucristo histórico (cree él) diciendo que ni siquiera Marcos es de fiar, y que hay que investigar de nuevo al Jesús histórico, lo cual él se propone hacer, con total fracaso, pues desemboca en una completa incertidumbre o escepticismo; y al final de su "Encuesta" termina mandando a sus antiguos feligreses luteranos (pues fue un tiempo jefe de la Iglesia Luterana de Berlín) que creen o recreen ellos a Jesucristo en sus corazones practicando la moral que dejó Cristo en el Evangelio, que es una moral provisoria, porque es una moral de tiempo de guerra o de tiempo de viaje, porque Jesucristo creía que el fin del mundo iba a ser pronto y entonces no se ocupó de hacer una moral permanente. Se olvidó por ejemplo de poner que había que tener compasión de los animales, pues ésta era una de las cosas principales, para él, de la moral.
Alberto el Suizo murió hace tiempo y no sé quién es ahora el jefe de los Esjatólogos. Pero leo en un reciente "Comentario inglés de la Sda. Escritura" que esa escuela pasó de moda (en realidad, se agotó) y fue sustituida en la moda (en la novedad) por la Formcritícism (Formgeschichte), la teoría de la estructura, de Martín Dibeluis y Martín Bultman; en Inglaterra Lightfoot, que rechaza no solamente a Marcos sino todos los Evangelios, considerándolos compuestos de una amalgama de unidades independientes, las cuales hay que investigar y escudriñar, por medio de la crítica para ver de qué fecha es cada fragmento y cuál sigue a cuál otro, como un rompecabezas.
A eso le llaman la teoría de la estructura. Es decir, hay que hacer con los Evangelios una especie de descuartizamiento y componerlos de nuevo de acuerdo con esta teoría. Y dicen que son fragmentos independientes que reflejan los pareceres de los primeros cristianos y no tienen nada que ver con la historia.
Bultmann y Dibeluis se golpean entre ellos. Parece que esta teoría es la más avanzada de todas, después de los esjatólogos. Esjatólogos significa la teoría del fin del mundo. Ahora los periodistas y los diccionarios dicen escatología, pero escatología significa pornográfico en griego, de manera que el pobre San Juan Evangelista se convierte en un escritor pornográfico. Scathos significa excremento.
El núcleo desta enseñanza de dementes es que Jesucristo erró, y por ende no fue ni profeta, ni Mesías, ni Dios, ni cosa que se le parezca, y prueban que se equivocó desta manera:
1° Dijo que no pasaría esta generación (ni Su vida) sin que sobreviniese el fin del mundo; y se equivocó.
2° Otro error de Cristo: "El Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada cual según sus obras. En verdad os digo que hay algunos aquí presentes que no probarán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre viniendo en Su Reino" (Mt. XVI, 28); y exactamente con las mismas palabras en Lc. IX, 27.
3° Añaden otros textos disparates como, "Haced penitencia, porque está cerca el Reino de Dios..." (Mt. IV, 17 ó Lc. X, 9). Eso lo había dicho Juan Bautista y lo dijo muchas veces Cristo, pero ellos le dan el significado de que Cristo creía que ya no más iba a venir el fin del mundo, antes de morir El.
La respuesta a estas cavorias la da por ejemplo Billot en su libro especializado "La Parousie" que no trata casi más que de esto; y más brevemente en el tratadito latino "De Novisimis" que fue mi manual en Roma, a saber:
Los "hipercríticos" no leen entero el lugar de San Mateo. En él hay una referencia clara a dos sucesos diferentes, los consabidos typo y antitypo de la profecía, a saber: "en verdad os digo que no pasará esta generación hasta que todas estas cosas se cumplan. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Pero de aquel otro día ahora nadie sabe, ni los ángeles del cielo sino sólo el Padre. . ." Los adjetivos esto y aquel significan diversidad y distancia. Está hablando de dos cosas: de la destrucción de Jerusalén, que no pasaría esa generación sin que la viesen y del fin del mundo que ni El mismo sabía cuando iba a ser. "Ni el Hijo del Hombre, dijo El, sabe cuándo va a ser".
De manera que primero dijo; "estas cosas, no pasará esta generación sin que se cumplan" y después dijo. . . "Pero de aquel día y aquella hora nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo del Hombre, sino sólo Dios.”
No puede decirse más claro. De manera que éstos no quieren entender, no quieren leer bien el Evangelio.
Y para Mayor abundamiento, en San Lucas está lo que llaman "el Intersticio"; es decir, entre la ruina de Jerusalén y el fin del mundo hay un "intersticio", un período de tiempo que San Lucas lo expresa de esta manera: "caerán al filo de la espada, y serán dispersos por las gentes, y Jerusalén permanecerá desolada hasta que se cumpla el Tiempo de las Naciones" 0 sea el día del Juicio de las Naciones, como explica San Pablo ; hasta que las naciones hayan caído en la misma culpa en que cayó Jerusalén, es decir, hayan caído en la apostasía y entonces las Naciones sean juzgadas y los judíos entren en la Verdad —dice San Pablo—.
Además, por San Mateo, Cristo dice que "primero se predicará este Evangelio del Reino por todo el orbe, y después vendrá la consumación". No ha venido todavía la predicación del Evangelio por todo el orbe; hay regiones a donde no ha llegado el Evangelio y aunque algunos se esfuerzan en afirmar que el año 70 ya se había predicado el Evangelio en todo el orbe, es vano. Es cierto que San Pablo dice una cosa que suena a eso; les dice a los Romanos: "Vuestra fe es conocida en el universo mundo", Pero el universo mundo era para San Pablo el Imperio Romano, el mundo habitado y civilizado, Y esa predicación total del Evangelio "Id y predicad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" que será antes del fin del mundo. No sé si será predicado de manera que se formen Iglesias en todas partes, o bien si habrán oído hablar de Jesucristo.
Además, Jesucristo en varias parábolas supone claramente que su Reino va a crecer lentamente y por mucho tiempo, y no va a ser instantáneo o pocos menos, como dicen éstos que El creía. Por ejemplo el Trigo y la Cizaña, el Grano de Mostaza.
El otro texto que ellos aducen como error de Cristo es donde dice que "hay quienes están presentes y antes de morir verán la gloria del Hijo del Hombre". Pero ese término se refiere con toda claridad al milagro de la Transfiguración que los Evangelistas narran inmediatamente después. La Transfiguración es una ligera señal de la Gloria futura de Cristo, o sea de su Resurrección; y eso vieron Pedro, Santiago y Juan.
Billot se da el gusto de hacer trizas a los sofismas anticrísticos destos "hipercríticos"; esos textos tienen siglos de existencia y han sido leídos y manejados por letrados inteligentísimos y no vieron ni notaron lo que después de 20 siglos de repente descubrieron estos cuitadillos.
Realmente, cuando uno alcanza a leer las mismas palabras y discursos arbitrarísimos destos desaforados, se tienta de no creerlos normales.
En fin final, en religión estamos en tiempos muy malos, y por consecuencia en todo lo demás, o si se quiere, en tiempos muy buenos por otro lado, pues estar cerca de cumplirse las profecías, para un cristiano es más bien muy bueno, por mucho que haya que pagar. Eso yo no lo sé, a pesar de que las monjitas de Méjico me tratan de "profeta". En eso no les voy a dar dato, como me dijo el coya cuando le pregunté cuantos dioses había.

martes, 15 de marzo de 2011

R P. castellani # 7

EL ESPÍRITU SANTO SANTIFICA
LA GRACIA
Se atribuye al Espíritu Santo la Santificación y eso el mismo Cristo lo dijo. Los teólogos tienen como axioma esto: ''Todo lo que Dios obra "ad extra" (al exterior de El mismo) lo obran las tres divinas personas conjuntamente, porque resulta que las operaciones son de la naturaleza, decía Aristóteles, y en Dios hay una sola naturaleza.
De manera que las operaciones de Dios proceden de la naturaleza divina pero se atribuyen a algunas de las tres divinas personas a causa de razones históricas.
Sin embargo existe la "apropiación" o "atribución" por la cual atribuimos a una Persona en especial una actividad: al Padre la Creación, al Hijo la Redención, al Espíritu Santo la Santificación. Cristo mismo nos dio el ejemplo; y el Ángel de la Anunciación dijo a Nuestra Señora: "El Espíritu Santo vendrá sobre tí..." y así la Iglesia atribuye al Espíritu Santo la justificación o perdón de los pecados, las obras meritorias y en general todo lo que pertenece a la gracia. La "gracia" es el principio de la santificación.
La palabra "gracia" significa cuatro cosas por lo menos, o sea belleza, agrado, bien, don gratuito y don santificador producido en nosotros por la presencia en nosotros de las personas divinas; por ejemplo: "falaz es la gracia y vana la hermosura, la mujer que teme a Dios, ésa será alabada" (Libro de los Proverbios).
San Lucas dice: "María, has encontrado gracia delante del Señor", como rezamos todos los días. Don gratuito, dice San Pablo: “por él recibimos la "gracia y el apostolado" en este caso es un don gratuito porque significa la "gracia del apostolado". Y por último la palabra "gracia" propiamente, tal como la usamos, significa el medio de la santificación, o sea una cualidad adherida al alma (de la categoría del hábito, o sea cualidad permanente).
Han discurrido los teólogos que pertenecen a la categoría de Aristóteles que se llama el hábito, que tiene cuatro partes y una de ellas es la cualidad. La gracia es una cualidad del alma, no extrínseca sino intrínseca, procedente de la inhabitación de Dios en noso
tros. De esta cualidad habla San Pablo veinte veces lo menos —el cual es el Apóstol, de la Gracia, así como San Agustín es el teórico de la Gracia—.
Ella es invisible, benéfica y permanente (como decía mi amigo César Pico: "creo en la gracia porque no la veo" y tenía razón porque se cree lo que no se ve). Si es que la recibimos libremente y no la perdemos libremente, porque supone la aceptación por parte del alma y después la conservación de la gracia, es decir no hacer nada que la haga perder. Los Sacramentos son sus canales y la luz de la gloria es su efecto final. Para llegar a la visión beatífica, a la visión de Dios cara a cara la naturaleza humana es insuficiente, porque el entendimiento humano no está hecho para la visión intuitiva de Dios sino que está hecho para la visión de las cosas sensibles, de las cuales saca los conceptos, que no son intuitivos. La intuición de Dios necesita una ayuda especial, que le llaman "lumen gloriae" "la luz de la gloria" y que produce la gracia; la terminación de la gracia en el hombre es "la luz de la gloria".
Todo lo que hay de bueno en nosotros viene de la gracia, excepto la naturaleza, la cual tampoco es del todo buena, porque nacemos con la naturaleza deteriorada. "Gratia Dei sum id quod sum", dice San Pablo: "Por la gracia de Dios soy lo que soy".
Sabemos que nacemos con el pecado original, cometido por nuestros primeros padres, que habían sido creados en gracia elevante y en integridad natural por puro privilegio.
Por, eso hay una teoría sobre el pecado original, que es la más mansa de todas, digamos, que es la de Billot, que dice que Dios al castigar a Adán, no le quitó nada que le debiera, de manera que no hizo ninguna injusticia ni a él ni a nosotros, porque nosotros heredamos la naturaleza tal como la tienen nuestros padres. Si nuestro primer padre no tiene la naturaleza elevada no puede transmitirla elevada; Dios no la eleva tampoco; una vez que pecó Adán, a los descendientes no los elevó a un estado privilegiado como el de Adán que tenía la "justicia original" o sea el "estado de gracia" y la "integridad natural", es decir la no muerte, la no sujeción a la muerte y a las cosas que la muerte trae que son las enfermedades.
Billot defiende esa teoría: que el hombre si naciese naturalmente tendría lo mismo que tuvieron nuestros primeros padres. Ahora, ¿por qué el hombre está en una situación que nos parece miserable y nuestros primeros padres estaban en una situación muy elegida, muy hermosa, muy benigna? Porque estaban en el Paraíso. Ya les conté la comparación que hace Billot de que por qué ahora a nosotros nos es pesada la situación actual siendo así que es la situación que tendríamos naturalmente si Dios no nos hubiera ni castigado ni favorecido nada, sino creados en nuestra naturaleza.
Lo explica haciendo la comparación con un rey que pierde su trono y después el hijo del rey, el heredero, le parece que está enfermo porque tiene que trabajar como obrero, en cambio a los obreros no les hace nada trabajar como obreros porque es la situación natural de ellos, pero el otro había sido creado para otra cosa y por haber sido educado para otra cosa le resulta como una enfermedad estar sujeto a los trabajos de esta vida. Es muy combatida esta teoría de Billot, aunque a mí me gusta; lo tratan de pelagiano o semipelagiano, que equipara la gracia a la naturaleza.
Se dice que el ser humano puede hallarse en cuatro estados diferentes, de los cuales dos son históricos, los otros solo posibles y teóricos. A saber:
1. estado de natura pura (es solamente teórico porque nunca ha estado el hombre en estado de natura pura. Apenas lo creó Dios lo elevó).
2. estado de elevación sobrenatural (eso existió)
3. estado de natura caída no reparada (eso no ha existido nunca)
4. estado de natura caída y reparada (esto es histórico, después de la venida de Cristo N.S.)
De natura caída y no reparada no existió. Después que cayeron y Dios los castigó a Adán y Eva, en el mismo momento en que los castigó, les prometió la venida del Redentor, de manera que los reparó en promesa y todos los Santos del Antiguo Testamento fueron reparados por la esperanza en Cristo.
Pero el primer don de Dios o sea gracia es la verdad de las cosas: "omne ens est verum". Las cosas son verdaderas en sí mismas, antes de serlo para nuestro intelecto. Lo conocido está entre dos intelectos, el de Dios que lo causa y el del hombre que lo percibe.
El primer malpaso de la filosofía llamada moderna, que comienza con Descartes y se precipita con Spinoza es haber negado la verdad que es el ser de las cosas y depende del espíritu de Dios: y haberla aprisionado en el espíritu del hombre.
De allí lógicamente había que derivar al panteísmo, como derivó el judío impío Spinoza, y los "tres grandes sofistas", Fichte, Schelling y Hegel.
Fichte Hegel Schelling
La verdad de las cosas ("omne ens est unum, omne ens et verum, omne ens est bonum") es uno de los axiomas fundamentales de la filosofía aristotélica. Por supuesto que Aristóteles lo heredó de Platón y después lo legó a la teología de Sto. Tomás, modelando ambos la antigua y trascendental herencia de la filosofía griega.
La elevación a la Sobrenatura y la Reparación de la caída se efectúa por la gracia llamada "elevante". Pero Dios no renovó la gracia de la integridad de la naturaleza, sino solamente la gracia de la adopción del hombre como hijo de Dios para el cielo, para la gloria, pero nos dejó todos los castigos que tenemos ahora que son bastantes; nos dejó encima porque le fue mal la primera vez que puso a los hombres en un paraíso de delicias; y entonces dice, bueno, que aprendan...
Cristo nunca nombró la Gracia (con ese nombre) pero habló de ella varias veces; por ejemplo.
"Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. . ."
"Sin mí no podéis nada".
Jo.XIV,23 "Si quis diligit me, sermonem meum servahit, et Pater meus díliget eum, et ad eum venemus et mansionem apud eum faciemus". "El que me ama, cumplirá mis mandamientos; y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos nuestra morada en él..." La morada de Dios en nosotros es esa cualidad invisible, intrínseca, que es la gracia. También le dijo a Nicodemus que había que nacer de nuevo para entrar en el Reino de los Cielos.
La Escritura habla de la Gracia con variadísimos nombres: es un Don, una Vestidura, un Injerto, un Nacer, un Renovarse, una Fuente de agua viva, una Adopción, un Consorcio, un Sagrario, una Alianza, una Amistad, un Matrimonio.
Los teólogos y los herejes se han puesto a explicar y discutir la Gracia y han tramado un verdadero laberinto. Filtraré las cosas más principales y claras:
Hubo dos famosas discusiones sobre la Gracia, en la Historia de la teología.
Una la discusión llamada "de auxilius" entre los dominicos y los jesuitas en el siglo XVI en que el dominico Bañez, que era el jefe de la discusión los acusaba a los jesuitas de ser pelagianos porque no creían en la Gracia sino en el libre albedrío y el Jesuita Molina, autor de un tomo enorme sobre "De Auxilius Graciae".
El acusaba a los dominicos de calvinistas o sea exageradores de la Gracia. Discutieron casi con ferocidad mucho tiempo y hubo tres intervenciones de la Santa Sede que no logró apaciguarlos y al fin la Santa Sede mandó que no hablasen más de eso. Se acabó la discusión. No se podría acabar nunca la discusión porque, como Billot anotó después, estaban discutiendo sobre una cosa que es un misterio, sobre la presciencia divina, es decir cómo Dios sabe lo que nos va a pasar a nosotros siempre, incluso después de la muerte, sin suprimir nuestra libertad. Dios sabe si vamos a salvarnos o condenarnos, eso es la presciencia divina, aunque sabe que si nos salvamos nos salvaremos por su Gracia y si nos condenamos será por nuestro capricho. Los dominicos decían que Dios sabía eso por la predeterminación física, o sea que todo acto bueno nuestro era predeterminado físicamente por Dios, de tal manera que no se podía hacer otra cosa más que lo que Dios había predeterminado.
De modo que negaban el libre albedrío aunque hacían una cantidad de sutilezas para probar que no. Y los jesuitas con Molina a la cabeza, habían inventado la "ciencia media" que decían, también muy complicada, que era una ciencia por la cual Dios conocía todos los "futuribles", es decir las cosas que podían ser futuras, y entonces Dios elegía de esas cosas que podían ser futuras para el hombre una que El sabía que le iba a resultar bien, la gracia eficaz y entonces se la daba al hombre.
De cualquier manera no resolvían el enigma terrible de la "presciencia divina", cómo Dios sabe todo lo que va a ser de nosotros y sin embargo nosotros somos libres. No podían saberlo. Es un misterio tan grande, aunque es obvio que Dios sabe todo y sabe también lo futuro, que Cicerón dijo que Dios no conocía lo futuro, pero los cristianos dice que Dios sabe el futuro. Y ese misterio no se puede resolver con razones; no se puede escudriñar en el ser divino, qué es lo que hace que el ser divino sepa lo que va a pasar y sin embargo nos deje enteramente libres en manos de nuestro albedrío.
No se puede resolver, dice el Cardenal Billot y aduce a Santo Tomás que dijo "Al llegar aquí llegamos a un misterio". Es un misterio. Y se acabó. No podemos ir más adelante.
Adversarios de la Gracia: Nombremos a Pelagio, Lutero, y Jansenio.
Pelagio ya lo conocemos: atenuó y casi volatilizó la gracia de Dios: "No es mala cosa pero no es necesaria a no ser que ella sea el libre albedrío", decía—como "no es necesario el Bautismo ni la Penitencia", "ni Jesucristo en definitiva", dijeron sus alumnos; el cual en vida no fue tenido por hereje, pero después exageraron su doctrina y prácticamente anularon la Gracia los discípulos.
Cuando San Agustín vio eso, que Cristo ya no era necesario se puso tremendo y escribió tres ó cuatro opúsculos "De Natura et Gratia", "De la naturaleza y de la Gracia", contra los pelagianos. Después los hizo condenar en el Concilio de Cartago y después los condenaron en muchísimos otros concilios. No existe el pecado original, como lo entiende el Africano Agustino, decían éstos.
Lutero y Calvino negaron la gracia, de diferentes modos. Calvino: la gracia a quien Dios la ha dado no la puede perder y no se puede perder él tampoco: es un predestinado. A quien no la da, no se puede no perder.
Es decir, inventó una predestinación peor que la que achacaban a los dominicos los jesuitas.
Lutero cree a la natura corrompida de un modo insanable. Nos salvamos con los méritos de Cristo, el cual nos los atribuye si tenemos la Fe: la fe luterana, que es como una confianza desenfrenada. La gracia viene a ser como una vestidura externa consistente en los méritos de Cristo. Y entonces, el hombre necesariamente hace obras buenas.
Lutero dice: Yo no niego las obras buenas para entrar en el cielo pero yo se que son enteramente seguras cuando hay Fe y la Fe para Lutero, es una fe muy especial, no es la fe nuestra, la fe de los misterios, sino que es una especie de confianza en Cristo desenfrenada, ciega, que no puede doblegarse. A eso le llama Fe Lutero.
Los jansenistas, al revés, (Francia, siglo XVII), tenían una Ley muy rigurosa por un lado, es decir eran muy austeros pero no con ellos mismos sino, con los demás, eran hipócritas en el fondo. Inventaron la gracia suficiente y la gracia eficaz, la cual nos salva; la gracia suficiente sola de hecho nunca nos salva. "Entonces no es suficiente" decían los jesuitas o "molinistas", que fueron los grandes adversarios de los Jansenistas.
Pasaron todo el tiempo peleando ferozmente contra los jesuitas a quienes acusaban de laxos en moral, o sea "Casuistas". Casuistas significa los que se dedican a una ciencia que se inventó entonces: poner casos para ver si hay pecado o no hay pecado en cualquier caso. Los jesuitas adoptaron esa ciencia que San Alfonso M. de Ligorio autorizó, y que es para los confesores, para saber resolver los casos y la casuística se aplica en muchas otras ciencias, por ejemplo, la medicina.
La casuística es una cosa natural. Los jansenistas la reprobaron diciendo que era una cosa inventada por los jesuitas para aflojar la moral de la aristocracia francesa, para permitirle cualquier cosa. Y en parte pasó eso. No solamente los jesuitas sino todos los casuistas empezaron a aflojar, a resolver los casos por el lado benigno, por el lado laxo. Hicieron tres escuelas diciendo que había que resolver lo seguro, lo muy seguro y lo común: laxismo, tutismo y tuciorismo (tucior, lo más seguro). Ya no se usa eso. Se resuelven los casos conforme a lo que piensan tres buenos doctores o por lo menos un doctor eminente. San Alfonso María de Ligorio hizo prevalecer el "tutismo".
De hecho, algunos casuistas, jesuitas o no, tuvieron doctrina laxa, y fueron condenados por el Papa siguiente, Inocencio XI, 1679; como por ejemplo: el duelo, la mohatra (venta con engaño), matar a un ladrón por una sola moneda de plata... y otras 65 proposiciones.
El más maltratado de los casuistas fue el español Escobar, quien escribió un Tratado de Matrimonio. No era tanto como dijeron los jansenistas. Hoy día en la lengua francesa existe la palabra "escobarderíe" que significa "autorizar con manga ancha"; Boileau, dedicó a Escobar este epigrama:
"Si Bourdaloue vous dit severe:
"Craignez, craignez la volupté"
"Escobar vous dirá: "Ma chére:
"Je vous la permet pour la santé..."
Si Bourdaloue (el gran orador jesuita), os dice, severo, "temed, temed la voluptuosidad", Escobar os dirá: "Querida, yo te la permito por la salud".
Esa fue una tremenda discusión en la cual al final intervino el Rey y empezó a dar sablazos a diestra y siniestra y acabó con todos, incluso con la madre Angélica que era una de las jefas del Jansenismo. Abadesa de la Abadía de Port Royal, de la cual se decía que "era pura como un ángel y soberbia como Satanás".
Enrolaron a un gran matemático, Blas Pascal, muy devoto y muy ingenuo, el cual resultó un gran escritor y aplastó a los jesuitas con sus 18 "Cartas Provincianas" que fueron una de las causas de la expulsión en el Reinado siguiente. Son un movimiento clásico de la lengua francesa, aunque sean un movimiento tremendamente calumnioso y mentiroso pero la prosa de Pascal resultó estupenda. Dicen que es el creador de la prosa coloquial francesa. Las tres primeras cartas tratan de la disputada "gracia suficiente", o sea que los jesuitas decían que la "gracia suficiente" era suficiente y los jansenistas decían que la "gracia suficiente" no era suficiente, la eficaz tenía que ser una nueva gracia. La gracia suficiente de la cual Pascal no sabía nada.
Desde la cuarta carta se resuelve contra los "molinistas" y los deshace a burlas, sátiras y calumnias. Es notable que en la decimoquinta acusa a los jesuitas de haber borrado la calumnia del Decálogo y él los calumnió tremendamente; y en la decimosexta habla de "las calumnias horribles de los jesuitas contra los curas y las religiosas".
El material de todas estas cartas se lo aprestaba un jefe jansenista llamado Arnaldo, o sea "Arnauld". Pascal antes de morir se arrepintió, pues se dio cuenta que estaba haciendo un mal camino empujado por otros, y la decimonovena no la publicó; y la veinte quedó reducida a notas, en las cuales se metía hasta con el Papa. Voltaire mismo censuró las cartas tratándolas de mentirosas ("Lesiéde de Luis XIV"). Los fragmentos que tenemos de la carta veinte son enteramente contumeliosos, injuriosos y pretensiosos. Por ejemplo: "Yo estoy solo contra 30.000 personas" (Lo contrario era la verdad). "Atienden: ustedes son la impostura, yo la verdad; es toda mi fuerza; si la pierdo estoy perdido. Pero yo tengo la verdad, veremos quién gana".
Bueno, murió bien. Al menos se confesó. Hizo un gran mal a la Compañía de Jesús, pero también le hizo un bien, si se quiere, porque a causa de eso el general de los jesuitas Luís Martín, reprimió fuertemente la tendencia al laxismo que había entrado en la Compañía. Condenó el laxismo e impuso a los jesuitas la escuela más rigurosa de interpretar los casos que es el "tuciorismo", interpretar siempre lo más seguro.
Prueba La gracia nos hace:
1°) renacer (a Nicodemus) Jo. III
2°) hijos de Dios adoptivos Jo. IV 14.
3°) partícipes de su naturaleza Jo. XVI
"Yo soy la vida, vosotros los sarmientos"
Además, San Pablo dice: "participantes de la naturaleza divina".
4°) merecedores del cielo (por la adopción) Rom. VI, 23.
5°) unos con Dios en la vida eterna Jo. III 2
Y hay otros 35 textos de San Pablo en estos sentidos que he dicho. De manera que hay prueba de sobra de la existencia de la Gracia y de sus efectos.
Sin la Gracia el hombre no puede:
1° ) ni llegar a la fe (la gracia nos previene)
2°) ni prepararse a la gracia 3°) ni hacer ningún acto meritorio 4°) ni evitar largo tiempo el pecado grave 5°) ni perseverar. Es una gracia especial la perseverancia hasta el fin, que hay que pedir.
Con la Gracia el hombre puede:
1°) Evitar todos los pecados graves, aunque no todos los veniales.
2°) Orar pro auxilio contra toda tentación.
3°) Pedir la buena muerte, o sea la perseverancia.
Dios es la causa de la Gracia; y Dios no niega a nadie la gracia suficiente, que junto con nuestro albedrío, hace la gracia eficaz.

LOS COROLARIOS
Hay Infierno.
Hay Purgatorio.
Habrá un Fin del Siglo.
Habrá una Parusía Habrá un Juicio Final.

HAY INFIERNO
Este es el Cuarto Misterio, acaso el más difícil de todos, que dice Leonardo Lesio, acaso a causa de nuestra sentimentalidad que nos hace repugnante él concepto y en realidad muchas veces no podemos entenderlo, esa es la verdad.
Con decir que nuestro último fin es Dios y que con nuestro libre albedrío podemos perderlo, está dicho que hay infierno; ese es precisamente el Infierno, perder el hombre su Ultimo Fin que como vimos en la clase anterior, no tiene otro Ultimo Fin. De manera que todos los últimos fines que nos ponemos en nuestra vida —salvo el verdadero— al morir se disipan todos, se hacen nada. Si no amamos a Dios en el tiempo que nos ha sido dado no hemos cumplido con nuestro Ultimo Fin, y cuando morimos, se acabó. Pese a lo que muchísimos saduceos que niegan que lo haya, incluso algunos cristianos que a semejanza de los que dicen "Yo creo en Dios pero no en los curas", dicen éstos "Yo creo en Dios pero no creo en el Infierno", que es una forma de no creer en Dios. E incluso se dejan decir con nuestro Borges "El que crea en el Infierno, no tiene religión" —cuando la verdad es exactamente lo contrario, empezando por él.
La causa de que muchos más de los que niegan el cielo sean los que dicen "eso del Infierno yo no lo trago", es el sentimentalismo. Algo típico es el caso del poeta Charles Peguy que no quería confesar ni comulgar porque decía no creer en el infierno (esto después de convertirse, porque antes había sido socialista) porque eso no se compadecía con la bondad de Dios, aunque la Iglesia enseña que eso se compadece con la Justicia, la Bondad y la Santidad de Dios.
Esto no lo creyó, hasta que la Gran Guerra del 14 lo persuadió que sí existía ese infierno terrestre que eran los "boches", es decir los alemanes, bien pudiera ser que hubiese un infierno, pero ultraterrestre. Apenas se hubo hecho bautizar y dar la Comunión, cayo muerto de un balazo en la cabeza en la batalla de Villeroy, la primera de la Gran Guerra, y sus últimas palabras fueron: " ¡Tiren, caracho!" ("Tirez, nom de Dieu").
Había sido ya católico de deseo muchos años. Había escrito la poesía religiosa más grande de Francia, a saber, la cadena de sonetos de Nuestra Señora de Chartres, las "Tapicerías" de Sta. Juana de Arco, de los Santos Inocentes y de Sta. Eva. Creía los dogmas de la Fe con toda el alma, pero el sentimiento le hacía no creer en el infierno, o creer que no creía.
Lo que hace que muchísima gente que cree en el cielo y no cree en el infierno, siendo así que son la misma cosa, pero al revés, es el sentimiento vuelto sensiblería, y lo difícil de concebir es la eternidad, de la cual no podemos tener una idea simple y directa sino solo ficticia; a lo más creemos que el "aionion" griego significa eterno, y no significa eterno, sino "sin fin", incluso algunos dicen que significa "muy largo, de mucho tiempo", de manera que la eternidad no la conocemos, la eternidad de Dios es incomprensible para nosotros. Y aún eso de que no termine nunca una cosa que ha empezado, como somos nosotros, no podemos comprenderlo. De manera que cuando algunos teólogos nos ponen el ejemplo de un pajarito que viniese y picase una piedra durante miles y miles de años y cuando recién había empezado a horadar la piedra, recién empezaba el infierno, es decir que no acababa nunca, eso no lo podemos concebir nosotros.
El sentimiento es enteramente necesario para nuestra vida pero está descompuesto y tiende a correrse sobre la razón volviéndose sensiblería, de la eternidad no tenemos experiencia ni podemos tener.
La única manera de poner en pretina el sentimiento deteriorado es el ejercicio vio
lento de la razón empujada por la Fe, o sea "la cautividad de nuestra razón en obsequio de Dios", que eso es la Fe, como dice San Pablo. Es decir, que hay que someter el entendimiento simplemente, como hay que hacerlo también con muchísimas cosas naturales que no podemos entender; por ejemplo es un hecho tal cosa porque el físico nos dice que lo es y yo someto mi entendimiento a lo que me dice el físico, a su mejor parecer.
Los adversarios de la tesis fuera de la Iglesia fueron los neoplatónicos y los albigenses, además de los saduceos que, como hemos visto negaban la resurrección de los cuerpos. Dentro de la Iglesia, San Agustín enumera seis clases de gente que él ha encontrado (De Civitate Dei — penúltimo libro — XXI) y son:
Primera Orígenes — (La Iglesia ha condenado muchas de sus proposiciones, pero ahora los estudiosos han encontrado que lo condenado no está en Orígenes, sino que pertenece a sus seguidores, los origenistas). Hay varias proposiciones condenadas, como p. ej. la de que un día Dios va a perdonar a todos los condenados, incluso al Diablo. (Los discípulos de Orígenes enseñaban la "anakefaleosis" o reducción de todo a su punto de partida, en latín "recapitulatio"). En nuestros días Giovanni Papini adoptó esa opinión como probable en "El Diablo". No hay que recordar al gran macanero de Víctor Hugo ni a Lamartine, sensiblero. Aquel escribió dos libros acerca de Satán, en los cuales al final lo liberta y lo hace un habitante del cielo, no sé cómo. En Orígenes se encuentran algunas proposiciones aventuradas o dudosas, pero ninguna heterodoxa, lo cual también es demostrado porque el oriente nunca lo condenó; pasaron unos 12 concilios ecuménicos, de los cuales unos 6 admiten los orientales y no hay ninguna condenación de Orígenes. Fue condenado en el Concilio de Trento, aunque en rigor no fue condenada ninguna proposición que se encontrara realmente en él.
Segunda — De los primeros cristianos que negaban el Infierno, según los encontrara San Agustín; decían que en el Juicio Universal triunfará la misericordia y Dios cambiará de opinión como con Nínive, que había prometido castigarla y después la perdonó; los condenados ya habrán hecho penitencia y hasta de sobra.
Tercera — Dios perdonará el Infierno a todos los bautizados.
Cuarta — A todos los católicos.
Quinta ~ A todos los fieles a la Fe, aunque hubieren tenido "vida rota".
Sexta — A todos los limosneros, porque Cristo dijo que en el Juicio Final exclamaría "Venid conmigo, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer... etc.".
Como estos cristianos traían textos de la Escritura mal escogidos y peor entendidos el Santo se pone a refutarlos largamente a través del penúltimo libro — XXI — del "Civitate Dei", acribillándolos con otros textos y sobre todo con la razón contundente que corre a lo largo de todo el libro: "Se trata de una revelación de Dios debidamente comprobada; no podemos entrometer allí nuestras pobres preferencias y ocurrencias, más debemos adorarla de rodillas, pues es un gran beneficio de Dios a nuestro intelecto".
En particular responde con dieciséis siglos de anticipación a la ocurrencia de Borges en su libro Discusión de que es injusto un castigo eterno por un delito que se comete en diez minutos. Ni la justicia humana da castigos en proporción a la duración de la pena, a veces da una condena perpetua por ejemplo un homicidio cometido en cinco minutos. La duración no tiene nada que ver con este asunto.
San Agustín responde a todos los adversarios que quieren (dice) ser más buenos que Dios mismo y que el que niegue la eternidad del Infierno verá pronto que está engañado,
porque se irá al Infierno, puesto que negar un dogma debidamente revelado es pecado grave, y que el amontonar razones contra él como contra otro cualquier misterio, solo muestra la debilidad y presunción de nuestro entendimiento. De si ha sido conveniente que Dios nos revelara misterios, pregunta Sto. Tomás en la Summa, responde que sí, que ha sido conveniente para nosotros; es un bien cargoso, pero es un bien.
Dicho esto, veamos la prueba: catorce veces menciona Cristo el fuego eterno en el Evangelio — dejando aparte por superfluo el resto del Nuevo testamento (muchas veces los mencionan San Pablo, San Pedro y San Juan) y el Antiguo, ya que antes de Cristo también creían en el Infierno. Las tres menciones más importantes son la parábola del rico Epulón, la sentencia de los dañados: "Id de aquí, malditos, al fuego eterno" en la parábola del Juicio Final y la tremenda exhortación a cortarse un miembro del cuerpo antes de cometer un pecado grave.
"Si tu mano te escandaliza, córtala y échala de ti, pues vale más entrar manco en el Reino de los cielos que con las dos manos ser echado en la Gehenna del fuego" (Mc IX 42), donde el gusano dellos no muere; y el fuego nunca se apaga" y repite dos veces más, haciendo alusión "al pie" y "a un ojo" nombrando por tanto al infierno nueve veces.
La "Gehenna", nombre griego del Infierno tomado del hebreo, era un valle cerca de Jerusalén donde los israelitas habían quemado sus hijos en holocausto al ídolo Maloch y después echaban la basura prendiéndole fuego. Después de esa apostasía al dios asirio, que pedía sacrificios humanos y nada menos que niños y al que cayeron los israelitas en su idolatría (como cayeron tantas otras veces) el lugar quedó como maldito. Los que se arrepintieron temían a ese valle sobremanera y le echaban la basura incendiándola, de manera que estaba el lugar continuamente humeando.
Seis veces habla San Pablo del Infierno, el cual pone la "sentencia eterna" entre los fundamentos del Cristianismo en la Epístola a los Hebreos, VI 2 cuantas veces se encuentra.
En las palabras de Cristo se menciona lo irremisible (en la parábola del rico Epulón "ni una gota de agua") y "el fuego".
En el Apokalypsis, quién sabe No sabemos, nadie sabe, qué es ese fuego. Ciertamente no es nuestro fuego terrestre, que no quemaría al diablo. Tampoco es solamente la separación de Dios para siempre, que le llaman "pena de daño", contraponiéndola a la "pena de sentido" que es el fuego. Estas penas también se dan en el Purgatorio, como veremos más adelante. Es alguna cosa creada, que Cristo no halló nada mejor para denominar a que "el fuego", que viene a ser en realidad una metáfora. Sto. Tomás cree que pudiera ser "el orden de la creación pesando sobre el condenado que se ha puesto fuera de ese orden"
Pero ¿el orden puede atormentar? ¡Canastos! Pongan un loco o un borracho en un escuadrón marchando en orden, e imaginen la lluvia de puñetazos, patadas, empujones y gritos que cosechará al salirse del orden.
Esto lo expone Sertillanges en su libro "El Catecismo de los incrédulos". Yo no lo he encontrado en Sto. Tomás. Más aceptable me parece la opinión de que es el remordimiento, como el del Purgatorio sería el del arrepentimiento, porque esas dos cosas en las almas separadas, tienen que tener una fuerza muchísimo mayor que en nosotros; deben ser una especie de fuego. Esta es la tesis de Frank Dukesme, un exegeta judío, mejor dicho, su padre fue un rabino judío convertido y su hijo es uno de los mayores exégetas que hay hoy en día. Lástima que sea un poco oscuro, un poco nimio, un poco demasiado detallista.
En un libro muy importante que tiene, que se llama "Lo que te espera después de tu muerte", editado por Lohlé.
Lo sacó del Libro de Esdras, tomo IV, que es un apócrifo. Los libros primero y segundo de Esdras son legítimos, pero el Concilio de Trento sacó los otros dos libros diciendo que no estaban en el Canon, pero los recomendó muchísimo y mandó que se imprimiesen detrás del Apokalypsis, es decir, detrás de toda la Escritura. Hasta ahora se hacía así, pero últimamente ya no se editan al final de las Escrituras los dos últimos libros de Esdras. Son dos libros apocalípticos, exagerados, me parecen a mí, en cuanto a los detalles.
Así que el fuego representa un castigo adicional a la pena de daño (y proveniente della) como hay un gozo accidental a la visión de Dios, que va en aumento, hasta donde no sé, como la compañía de familiares o amigos o cuando sucede en la tierra la canonización. Hasta un punto irán creciendo los goces, hasta el Juicio Final.
ADVERSARIOS:
Fuera de todos los que niegan la otra vida, están los saduceos y los origenistas, no Orígenes. De los argumentos que aducen contra el Infierno he dicho lo necesario, pues nacen de la sensiblería, y entonces querer refutarlos es peor que querer disputar con una mujer caprichosa. La sensiblería es un vicio o defecto mental de la voluntad, y la otra raíz es que de la eternidad no tenemos experiencia y la del infierno nos causa terror, como decía San Agustín: "Hermanos míos, yo os aterro porque estoy aterrado".
Algunos, como el Cardenal Newman y el teólogo español Getino han supuesto una remisión o atenuación de la pena de los condenados. La razón es que está fuera de la capacidad de la natura humana padecer un dolor años y siglos sin interrupción, de donde suponen que hay períodos de mitigación, como de sueño o inconsciencia. Esta opinión no ha causado mucho entusiasmo en la Iglesia, que no la ha condenado pero ha sido seguida casi por nadie. Porque qué importa que haya una mitigación si no hay nunca fin.
EI Catecismo que me enseñaron a mí de chico (creo que era el de Astete) decía: ¿Qué se goza en el Cielo? En el Cielo se goza de todo bien sin mezcla de mal alguno. ¿Qué se padece en el Infierno? En el Infierno se padece la ausencia de Dios y todo mal sin mezcla de bien alguno. Eso de "sin mezcla de bien " no puede ser.
El Bien y el Ser son correlativos, recíprocos.
El Ser es Bien y el Bien es Ser. Entonces los condenados no existirían porque no tendrían ser y los sufrimientos no tendrían donde radicarse, serían como el mal. El mal es una privación pero no puede existir sin sujeto, no puede andar por el aire el mal. Es una privación de algo en alguien. Así también el bien no puede estar enteramente ausente de un ser cualquiera.
Quizás dirán: el bien está presente en los condenados por la existencia, pero es poco eso, porque si existe para sufrir solamente no es bien, el mal más bien. El mal no es una cosa positiva, sino que consiste en privación. Lo que sufren los condenados del Infierno es la privación de lo que tenían que tener por su Ultimo Fin. Cualquier mal que padecemos en la tierra no es una sustancia, como decían los maniqueos y le costó tanto trabajo refutar a Sto. Tomás. El mal es la falta de la cosa en quien la cosa es debida. Por ejemplo: la ceguera no es una cosa que anda por ahí sola y flotando, se da en un individuo que tenía que tener vista.
Dios no creó ni el Pecado ni el Infierno. Tenemos que corregir a un venerable y admirable poeta, que atribuye la creación del Infierno al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Per me si va nella citta dolente
Per me si va nel eterno dolore
Per me si va tra la perduta gente
Giustizia mosse il mio alto Fattore
Fécemi la divina Potestate
La somma Sapienza el Primo Amore
Dianzo a me non fur cosa create
Se non eterne, at io eterno duro . . .
Lasciate ogni speranza voi che'ntrate ...
En entrada del Infierno según el Dante.
Dice crearon el Infierno la Suma Potestad (es decir el Padre), la Summa Sapienza (o sea el Hijo) y el Divino Amore (el Espíritu Santo), pero no es así.
Tampoco es verdad que antes del infierno no hubiera ninguna cosa creada sino cosas eternas, porque antes del Infierno estuvieron los ángeles buenos creados antes de que se rebelaran y creasen el Infierno. Luzbel creó el Infierno, creatura excelentísima y libre, sin poder para crear, pero sí para destruir.
En el instante de poner su acto de desobediencia y quizás de odio a Dios estalló una inmensa llama brotada de su propio ser, que fue el Infierno —"preparada para el diablo y sus ángeles" dijo Cristo, que significa "proporcionada al diablo y sus ángeles", es decir, preparado no significa que existiera antes, sino adaptada a la naturaleza del Diablo y sus ángeles. "Antes de mí no existieron cosas creadas sino eternas", prosigue el Dante. Tampoco es exacto; antes del Infierno existieron los ángeles que, pecando, crearon de sí mismos el Infierno que es una destrucción, no una creación.
El mandato principal de Dios creador nuestro es amarlo sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo y no huir del Infierno, lo cual es una resultante de lo primero. La cloaca del Universo llama San Agustín al Infierno y "La cloaca de la Historia" es el título de un libro hecho por encargo, no muy excelente pero sí pasable, de Muñoz Alonso, un filósofo español, que fue muy amigo mío, que murió hace poco tiempo; tiene libros muy buenos y estuvo en la Argentina varias veces.
El Infierno está hecho para espoleamos a cumplir con su Ley, para arrastramos a mantenemos con Dios, ése es el fin para nosotros, porque para los condenados ya se acabó. Como hizo San Ignacio en los Ejercicios Espirituales: no pone primero el Infierno, sino tres meditaciones sobre el pecado (el pecado de los ángeles, el pecado de nuestros primeros padres y por último el pecado mortal único de un alma que se condenó por ese solo pecado, de lo cual no tenemos seguridad, pero probablemente alguno existirá. Lo cual muestra lo espantoso que es el pecado).
Después, San Ignacio hace una meditación de seis puntos en que se considera la maldad del pecado en sí mismo. Después suele hacer una meditación sobre el Hijo Pródigo. No hace primero la meditación del Infierno porque sea lo primero sino "para que si del amor del Señor Eterno me entibiare por mis faltas, a lo menos el temor de la pena me retraiga de caer en el pecado", o sea como una especie de "guarda locos" como dicen los franceses a esa especie de barandilla que se pone en los pisos altos para que ni un loco se pueda caer. Ese debe ser el papel que debe representar la creencia del Infierno para nosotros. No para aterramos sino para que sirva de espolín en nuestra vida espiritual
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