viernes, 28 de julio de 2017

Ochenta personalidades católicas, desde cardenales y estudiosos a simples laicos, firman "Declaración de fidelidad a la enseñanza inmutable de la Iglesia sobre el matrimonio y su ininterrumpida disciplina"

La Asociación Supplica Filiale ha hecho pública hoy en Roma una«Declaración de fidelidad a la enseñanza inmutable de la Iglesia sobre el matrimonio y su ininterrumpida disciplina», avalada por la firma de 80 personalidades del mundo católico, entre ellos cardenales, obispos, sacerdotes, eminentes estudiosos, dirigentes de asociaciones especializadas y conocidos exponentes de la sociedad civil. La confusión en cuestiones doctrinales, pastorales y litúrgicas sobre el matrimonio, que ha crecido entre los fieles después de los dos Sínodos sobre la familia y la publicación de la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia, han propiciado que los firmantes de esta Declaración de fidelidad consideren que existe un urgente deber moral de reafirmar la doctrina y disciplina católica sobre el matrimonio. La ofensiva creciente del laicismo contra la familia y el matrimonio hacen hoy especialmente necesario que la Iglesia Católica, como «columna y fundamento de la verdad», confiese estas enseñanzas de la fe en forma unánime. Esta es la declaración, a la que pueden adherirse nuevos firmantes:

DECLARACIÓN DE FIDELIDAD A LA ENSEÑANZA DE LA IGLESIA SOBRE EL MATRIMONIO Y A SU ININTERRUMPIDA DISCIPLINA

«El matrimonio sea tenido por todos en honor» (Heb 13, 4)

Vivimos en una época en la cual numerosas fuerzas buscan destruir o deformar el matrimonio y la familia. Efectivamente, ideologías secularistas sacan ventaja de esta situación agravando de esta manera la crisis de la familia, consecuencia de un proceso de decadencia cultural y moral. Dicho proceso conduce a los católicos a adaptarse a nuestra sociedad neo-pagana. El «conformarse a la mentalidad de este siglo» (Rom 12, 2) es frecuentemente favorecido por una falta de fe –y, por tanto, de espíritu sobrenatural para aceptar el misterio de la Cruz de Cristo–, o bien por la ausencia de oración y penitencia.
El diagnóstico hecho por el Concilio Vaticano II sobre los males que aquejan las instituciones del matrimonio y de la familia es hoy más que nunca válida: «la dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el mismo esplendor, puesto que está oscurecida por la poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones; es más, el amor matrimonial queda frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación» (Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, 7/12/1965, n. 47).
Hasta hace poco tiempo, la Iglesia Católica ha constituido el bastión del verdadero matrimonio y de la familia, pero ahora se han difundido errores contra estas dos divinas instituciones en los ambientes católicos, especialmente después de los Sínodos Ordinario y Extraordinario del 2014 y del 2015 respectivamente y después de la publicación de la Exhortación Apostólica post-sinodal Amoris Laetitia.
Ante esta ofensiva, los signatarios se sienten moralmente obligados a declarar su resolución de permanecer fieles a las inmutables enseñanzas sobre la moral y sobre los sacramentos del Matrimonio, de la Reconciliación y de la Eucaristía, como también a su perenne y durable disciplina respecto a dichos sacramentos.

I. Sobre la castidad, el matrimonio y los derechos de los padres

1. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que toda forma de convivencia more uxorio (como marido y mujer) fuera del matrimonio válido, contradice en modo grave la voluntad de Dios expresada en sus mandamientos y, por lo tanto, no puede contribuir al progreso espiritual de los que la practican ni a al progreso espiritual de la sociedad.
«Por su índole natural, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6)… esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad… Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial» (Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, 7/12/1965, n. 48).
2. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que el matrimonio y el acto conyugal tienen finalidad a la vez procreativa y unitiva; y que todos y cada uno de los actos conyugales deben ser abiertos al don de la vida. Además declaramos que esta enseñanza es definitiva e irreformable.
«Queda excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación.
«Tampoco se pueden invocar como razones válidas, para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos, el mal menor o el hecho de que tales actos constituirían un todo con los actos fecundos anteriores o que seguirán después y que por tanto compartirían la única e idéntica bondad moral. En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien, es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. Es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda» (Pablo VI, Encíclica Humanae vitae, 25/07/1968, n. 14).
3. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que la así llamada educación sexual es un derecho primario y básico de los padres, la cual debe ser siempre efectuada bajo su guía atenta, ya sea en el hogar o en los centros educativos por ellos escogidos y controlados.
«Peligroso en sumo grado es, además, ese naturalismo que en nuestros días invade el campo educativo en una materia tan delicada como es la moral y la castidad. Está muy difundido actualmente el error de quienes, con una peligrosa pretensión e indecorosa terminología, fomentan la llamada educación sexual, pensando falsamente que podrán inmunizar a los jóvenes contra los peligros de la carne con medios puramente naturales y sin ayuda religiosa alguna; acudiendo para ello a una temeraria, indiscriminada e incluso pública iniciación e instrucción preventiva en materia sexual, y, lo que es peor todavía, exponiéndolos prematuramente a las ocasiones, para acostumbrarlos, como ellos dicen, y para curtir su espíritu contra los peligros de la pubertad» (Pío XI, Encíclica Divini Illius Magistri, 31/12/1929, n. 49).
«Corresponderá a vosotras ante vuestras hijas, al padre ante vuestros hijos, alzar con delicadeza el velo de la verdad, dando una respuesta prudente, justa y cristiana a sus preguntas e inquietudes» (Pío XII, Alocución a las madres de familia de la Acción Católica italiana, 26/10/1941).
«Esta (la opinión pública) se ha encontrado, en este campo, pervertida por una propaganda que no dudamos llamar funesta, incluso cuando a veces emana de fuentes católicas y pretende actuar sobre católicos y, aún más, cuando los que la promueven no parecen poner en duda che, a su vez, están engañados por el espíritu del mal...Me refiero aquí a escritos, libros y artículos concernientes la iniciación sexual... Los mismos principios que en su su Encíclica Divini Illius Magistri nuestro predecesor Pío XI ha tan sabiamente ilustrado al respecto de la educación sexual y cuestiones conexas son –¡triste señal de los tiempos!– puestos de lado con un gesto despreciativo y una sonrisa: «Pío XI, se dice, la escribió hace veinte años, para su tiempo. ¡Cuánto camino ya hemos recorrido desde entonces!»...Uníos...sin timidez o respeto humano, para interrumpir y parar esta campaña» (Pío XII, Discurso a numerosos grupos de padres de familia procedentes de varias diócesis de Francia, 18/09/1951).
«La educación sexual, derecho y deber fundamental de los padres, debe realizarse siempre bajo su dirección solícita, tanto en casa como en los centros educativos elegidos y controlados por ellos. En este sentido la Iglesia reafirma la ley de la subsidiaridad, que la escuela tiene que observar cuando coopera en la educación sexual, situándose en el espíritu mismo que anima a los padres. En este contexto es del todo irrenunciable la educación para la castidad, como virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona y la hace capaz de respetar y promover el «significado esponsal» del cuerpo. Más aún, los padres cristianos reserven una atención y cuidado especial –discerniendo los signos de la llamada de Dios– a la educación para la virginidad, como forma suprema del don de uno mismo que constituye el sentido mismo de la sexualidad humana. Por los vínculos estrechos que hay entre la dimensión sexual de la persona y sus valores éticos, esta educación debe llevar a los hijos a conocer y estimar las normas morales como garantía necesaria y preciosa para un crecimiento personal y responsable en la sexualidad humana» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 22/11/1981, n. 37).
«Se recomienda respetar el derecho del niño o del joven a retirarse de toda forma de instrucción sexual impartida fuera de casa. Nunca han se ser penalizados ni discriminados por tal decisión ni ellos ni los demás miembros de su familia» (Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad Humana: Verdad y Significado – Orientaciones educativas en familia, 8/12/1995, n. 120).
«En la enseñanza de la doctrina y de la moral católica acerca de la sexualidad, se deben tener en cuenta las consecuencias del pecado original, es decir, la debilidad humana y la necesidad de la gracia de Dios para superar las tentaciones y evitar el pecado» (ib., n. 123).
«No se ha de presentar ningún material de naturaleza erótica a los niños o a los jóvenes de cualquier edad que sean, ni individualmente ni en grupo. Este principio de decencia salvaguardia la virtud de la castidad cristiana. Por ello, al comunicar la información sexual en el contexto de la educación al amor, la instrucción ha de ser siempre «positiva y prudente», «clara y delicada». Estas cuatro palabras, usadas por la Iglesia Católica, excluyen toda forma de contenido inaceptable de la educación sexual» (ib., n. 126).
«Los padres deben prestar atención a los modos en que se transmite a sus hijos una educación inmoral, según métodos promovidos por grupos con posiciones e intereses contrarios a la moral cristiana. No es posible indicar todos los métodos inaceptables: se presentan solamente algunos más difundidos, que amenazan a los derechos de los padres y la vida moral de sus hijos. En primer lugar los padres deben rechazar la educación sexual secularizada y antinatalista, que pone a Dios al margen de la vida y considera el nacimiento de un hijo como una amenaza. La difunden grandes organismos y asociaciones internacionales promotores del aborto, la esterilización y la contracepción. Tales organismos quieren imponer un falso estilo de vida en contra de la verdad de la sexualidad humana» (ib., nn. 135-6).
4. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que la consagración definitiva de una persona a Dios mediante una vida de perfecta castidad es objetivamente más excelente que el matrimonio ya que constituye una especie de matrimonio espiritual por el cual el alma se desposa con Cristo. La sagrada virginidad fue recomendada por nuestro divino Redentor y por San Pablo como un estado complementario pero objetivamente más perfecto que el matrimonio.
«Esta doctrina, que establece las ventajas y excelencias de la virginidad y del celibato sobre el matrimonio, fue puesta de manifiesto, como lo llevamos dicho, por nuestro Divino Redentor y por el Apóstol de las Gentes; y asimismo en el santo Concilio Tridentino fue solemnemente definida como dogma de fe divina y declarada siempre por unánime sentir de los Santos Padres y doctores de la Iglesia. Además, así nuestros Antecesores, como también Nos, siempre que se ha ofrecido la ocasión, una y otra vez la hemos explicado y con gran empeño recomendado. Sin embargo, puesto que no han faltado recientemente algunos que han atacado, no sin grave peligro y detrimento de los fieles, esta misma doctrina tradicional en la Iglesia, Nos, por deber de conciencia, hemos creído oportuno volver sobre el asunto en esta Encíclica y desenmascarar y condenar los erros, que con frecuencia se presentan encubiertos bajo apariencias de verdad» (Pío XII, Encíclica Sacra virginitas, 25/03/1954, n. 32).

II. Sobre las convivencias, las uniones de personas del mismo sexo y el matrimonio civil después del divorcio.

5. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que la unión irregular entre un hombre y una mujer convivientes o la de dos individuos del mismo sexo, no puede nunca ser comparada al matrimonio; que tales uniones no pueden ser consideradas moralmente lícitas ni reconocidas por la ley y sostenemos que es falso afirmar que se trata de formas de familia que pueden ofrecer una cierta estabilidad.
«Tal es y tan singular la naturaleza propia de este contrato, que en virtud de ella se distingue totalmente, así de los ayuntamientos propios de las bestias, que, privadas de razón y voluntad libre, se gobiernan únicamente por el instinto ciego de su naturaleza, como de aquellas uniones libres de los hombres que carecen de todo vínculo verdadero y honesto de la voluntad, y están destituidas de todo derecho para la vida doméstica. De donde se desprende que la autoridad tiene el derecho y, por lo tanto, el deber de reprimir las uniones torpes que se oponen a la razón y a la naturaleza, impedirlas y castigarlas» (Pío XI, Encíclica Casti Connubii, 31/12/1930).
«No se puede poner [la familia] en el mismo nivel de simples asociaciones o uniones, y éstas no pueden beneficiarse de los derechos particulares vinculados exclusivamente a la protección del compromiso matrimonial y de la familia, fundada en el matrimonio, como comunidad de vida y de amor estable, fruto de la entrega total y fiel de los esposos, abierta a la vida» (Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el II encuentro de políticos y legisladores de europa, 23/10/1998).
«Conviene comprender las diferencias sustanciales entre el matrimonio y las uniones fácticas. Esta es la raíz de la diferencia entre la familia de origen matrimonial y la comunidad que se origina en una unión de hecho. La comunidad familiar surge del pacto de unión de los cónyuges. El matrimonio que surge de este pacto de amor conyugal no es una creación del poder público, sino una institución natural y originaria que lo precede. En las uniones de hecho, en cambio, se pone en común el recíproco afecto, pero al mismo tiempo falta aquél vínculo matrimonial de dimensión pública originaria, que fundamenta la familia» (Pontificio Consejo para la Familia, Declaración sobre Familia, Matrimonio y «Uniones de hecho», 26/07/2000, n. 9).
6. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que las uniones irregulares de convivientes católicos no casados en la Iglesia o divorciados «recasados» civilmente (por lo tanto, no casados a los ojos de Dios), contradicen radicalmente el matrimonio cristiano y no pueden expresar el bien del mismo, ni parcialmente ni en modo análogo, debiendo ser consideradas formas de vida pecaminosas o bien ocasiones permanentes de pecado grave. Más aun, es falso afirmar que pueden constituir una ocasión positiva puesto que contienen elementos constructivos que conducen al matrimonio, ya que, aunque presentan semejanzas materiales, un matrimonio válido y una unión irregular son dos realidades completamente diversas y opuestas: una es conforme a la voluntad de Dios, la otra la transgrede y, por tanto, es pecaminosa.
«Muchos reivindican hoy el derecho a la unión sexual antes del matrimonio, al menos cuando una resolución firme de contraerlo y un afecto que en cierto modo es ya conyugal en la mente de los novios piden este complemento, que ellos juzgan connatural; sobre todo cuando la celebración del matrimonio se ve impedida por las circunstancias, o cuando esta relación íntima parece necesaria para la conservación del amor. Semejante opinión se opone a la doctrina cristiana, según la cual todo acto genital humano debe mantenerse dentro del matrimonio... En efecto, el amor de los esposos queda asumido por el matrimonio en el amor con el cual Cristo ama irrevocablemente a la Iglesia (cfr. Ef 5,23-32), mientras la unión corporal en el desenfreno profana el templo del Espíritu Santo, en el que el mismo cristiano se ha convertido» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración acerca de ciertas cuestiones de ética sexual – Persona humana, 29/12/1975, n. 7).
«Puede establecerse y comprenderse la diferencia esencial que existe entre una mera unión de hecho, aunque se afirme que ha surgido por amor, y el matrimonio, en el que el amor se traduce en un compromiso no sólo moral, sino también rigurosamente jurídico. El vínculo, que se asume recíprocamente, desarrolla desde el principio una eficacia que corrobora el amor del que nace, favoreciendo su duración en beneficio del cónyuge, de la prole y de la misma sociedad» (Juan Pablo II, Discurso a los miembros del Tribunal de la Rota Romana, 21/01/1999, n. 5).
7. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que las uniones irregulares no pueden satisfacer los requisitos objetivos de la Ley de Dios. No pueden ser consideradas moralmente buenas ni recomendadas como prudentes y como cumplimiento gradual de la Ley divina, incluso para aquellos que parecen no estar en condiciones de comprender, apreciar y cumplir plenamente los requisitos de esta Ley. La pastoral de la «ley de la gradualidad» exige una ruptura decidida con el pecado, junto con una progresiva aceptación completa de la voluntad y exigencias de Dios.
«Si los actos son intrínsecamente malos, una intención buena o determinadas circunstancias particulares pueden atenuar su malicia, pero no pueden suprimirla: son actos irremediablemente malos, por sí y en sí mismos no son ordenables a Dios y al bien de la persona: «En cuanto a los actos que son por sí mismos pecados (cum iam opera ipsa peccata sunt) –dice san Agustín–, como el robo, la fornicación, la blasfemia u otros actos semejantes, ¿quién osará afirmar que cumpliéndolos por motivos buenos (bonis causis), ya no serían pecados o –conclusión más absurda aún– que serían pecados justificados?». Por esto, las circunstancias o las intenciones nunca podrán transformar un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto en un acto subjetivamente honesto o justificable como elección» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 6/08/1993, n. 81).
«A veces parece incluso que, con todos los medios, se intenta presentar como «regulares» y atractivas –con apariencias exteriores seductoras– situaciones que en realidad son «irregulares» (Juan Pablo II, Carta a las familias Gratissimam sane, 2/02/1994, n. 5).

III. Sobre la Ley Natural y la conciencia individual

8. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que, en el proceso profundamente personal de asumir una decisión, la ley moral natural no es una mera fuente de inspiración subjetiva, sino que es la ley eterna de Dios participada por la persona humana. La conciencia no es la fuente arbitraria del bien y del mal, sino que es la noción de cómo una acción debe adecuarse a un requisito extrínseco al hombre, es decir, a la objetiva e inmediata exigencia de una ley que debemos llamar natural.
««La ley natural está escrita y grabada en el ánimo de todos los hombres y de cada hombre, ya que no es otra cosa que la misma razón humana que nos manda hacer el bien y nos intima a no pecar» … La fuerza de la ley reside en su autoridad de imponer unos deberes, otorgar unos derechos y sancionar ciertos comportamientos … «La ley natural es la misma ley eterna, ínsita en los seres dotados de razón, que los inclina al acto y al fin que les conviene; es la misma razón eterna del Creador y gobernador del universo» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 6/08/1993, n. 44, citando a León XIII, Encíclica Libertas Praestantissimum y a Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae, I-II, q. 91, a. 2).
9. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que una conciencia bien formada, capaz de discernir correctamente situaciones complejas, no llegará jamás a la conclusión de que, dadas las limitaciones de la persona, su permanencia en una situación que objetivamente contradice la comprensión cristiana del matrimonio pueda ser la mejor respuesta al Evangelio. Presumir que la debilidad de una conciencia individual sea el criterio de la verdad moral es inaceptable e imposible de incorporar en la praxis de la Iglesia.
«Las obligaciones fundamentales de la ley moral están basadas en la esencia, en la naturaleza del hombre y en sus relaciones esenciales, y valen, por consiguiente, en todas partes donde se encuentre el hombre; las obligaciones fundamentales de la ley cristiana, por lo mismo que sobrepasan a las de la ley natural, están basadas sobre la esencia del orden sobrenatural constituido por el divino Redentor. De las relaciones esenciales entre el hombre y Dios, entre hombre y hombre, entre los cónyuges, entre padres e hijos; de las relaciones esenciales en la comunidad, en la familia, en la Iglesia, en el Estado, resulta, entre otras cosas, que el odio a Dios, la blasfemia, la idolatría, la defección de la verdadera fe, la negación de la fe, el perjurio, el homicidio, el falso testimonio, la calumnia, el adulterio y la fornicación, el abuso del matrimonio, el pecado solitario, el robo y la rapiña, la sustracción de lo que es necesario a la vida, la defraudación del salario justo (cfr. Stg 5,4), el acaparamiento de los víveres de primera necesidad y el aumento injustificado de los precios, la bancarrota fraudulenta, las injustas maniobras de especulación, todo ello está gravemente prohibido por el Legislador divino. No hay motivo para dudar. Cualquiera que sea la situación del individuo, no hay más remedio que obedecer» (Pío XII, Discurso sobre los errores de la moral de situación, 18/04/1952, n. 10).
«En cambio, cuando nuestros actos desconocen o ignoran la ley, de manera imputable o no, perjudican la comunión de las personas, causando daño» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 6/08/1993, n. 51).
«Los preceptos negativos de la ley natural son universalmente válidos: obligan a todos y cada uno, siempre y en toda circunstancia. En efecto, se trata de prohibiciones que vedan una determinada acción «semper et pro semper», sin excepciones, porque la elección de ese comportamiento en ningún caso es compatible con la bondad de la voluntad de la persona que actúa, con su vocación a la vida con Dios y a la comunión con el prójimo. Está prohibido a cada uno y siempre infringir preceptos que vinculan a todos y cueste lo que cueste, y dañar en otros y, ante todo, en sí mismos, la dignidad personal y común a todos» (ib., n. 52).
«Incluso en las situaciones más difíciles, el hombre debe observar la norma moral para ser obediente al sagrado mandamiento de Dios y coherente con la propia dignidad personal. Ciertamente, la armonía entre libertad y verdad postula, a veces, sacrificios no comunes y se conquista con un alto precio: puede conllevar incluso el martirio» (ib., n. 102).
10. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que el Sexto Mandamiento y la indisolubilidad matrimonial no deben considerarse meros ideales a alcanzar. Se trata en cambio de preceptos de Nuestro Señor Jesucristo que nos ayudan a superar las dificultades con su gracia y mediante nuestra constancia.
««Es en la cruz salvífica de Jesús, en el don del Espíritu Santo, en los sacramentos que brotan del costado traspasado del Redentor (cfr. Jn 19, 34), donde el creyente encuentra la gracia y la fuerza para observar siempre la ley santa de proporcionado, graduado a las –se dice– posibilidades concretas del hombre: según un «equilibrio de los varios bienes en cuestión». Pero, ¿cuáles son las «posibilidades concretas del hombre»? ¿Y de qué hombre se habla? ¿Del hombre dominado por la concupiscencia, o del redimido por Cristo? Porque se trata de esto: de la realidad de la redención de Cristo. ¡Cristo nos ha redimido! Esto significa que él nos ha dado la posibilidad de realizar toda la verdad de nuestro ser; ha liberado nuestra libertad del dominio de la concupiscencia... El mandamiento de Dios ciertamente está proporcionado a las capacidades del hombre: pero a las capacidades del hombre a quien se ha dado el Espíritu Santo; del hombre que, aunque caído en el pecado, puede obtener siempre el perdón y gozar de la presencia del Espíritu» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 6/08/1993, n. 103, citando su Discurso a los participantes en un curso sobre la procreación responsable, 1/03/1984).
«En este contexto se abre el justo espacio a la misericordia de Dios por el pecador que se convierte, y a la comprensión por la debilidad humana. Esta comprensión jamás significa comprometer y falsificar la medida del bien y del mal para adaptarla a las circunstancias. Mientras es humano que el hombre, habiendo pecado, reconozca su debilidad y pida misericordia por las propias culpas, en cambio es inaceptable la actitud de quien hace de su propia debilidad el criterio de la verdad sobre el bien … Semejante actitud corrompe la moralidad de la sociedad entera, porque enseña a dudar de la objetividad de la ley moral en general y a rechazar las prohibiciones morales absolutas sobre determinados actos humanos, y termina por confundir todos los juicios de valor» (ib. 104).
11. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que la conciencia que admite que una situación determinada no corresponde objetivamente a la exigencia evangélica sobre el matrimonio, no puede honestamente concluir que permanecer en tal situación pecaminosa sea la respuesta más generosa que se pueda dar a Dios, ni que ello sea lo que Dios le está pidiendo por ahora, ya que ambas conclusiones negarían la omnipotencia de la gracia para atraer a los pecadores a la plenitud de la vida cristiana.
«Nadie, empero, por más que esté justificado, debe considerarse libre de la observancia de los mandamientos; nadie debe usar de aquella voz temeraria y por los Padres prohibida bajo anatema, que los mandamientos de Dios son imposibles de guardar para el hombre justificado. Porque Dios no manda cosas imposibles, sino que al mandar avisa que hagas lo que puedas y pidas lo que no puedas y ayuda para que puedas; sus mandamientos no son pesados (s. Agustín, De natura et gratia, 43, 50), su yugo es suave y su carga ligera (Mt 11, 30). Porque los que son hijos de Dios aman a Cristo y los que le aman, como Él mismo atestigua, guardan sus palabras (Jn. 14, 23) cosa que, con el auxilio divino, pueden ciertamente hacer… Porque Dios, a los que una vez justificó por su gracia no los abandona, si antes no es por ellos abandonado. Así, pues, nadie debe lisonjearse a sí mismo en la sola fe, pensando que por la sola fe ha sido constituído heredero y ha de conseguir la herencia» (Concilio de Trento, Decreto sobre la Justificación, cap. 11).
«Puede haber situaciones en las cuales el hombre –y en especial el cristiano– no pueda ignorar que debe sacrificarlo todo, aun la misma vida, por salvar su alma. Todos los mártires nos lo recuerdan. Y son muy numerosos, también en nuestro tiempo. Pero la madre de los Macabeos y sus hijos, las santas Perpetua y Felicitas –no obstante sus recién nacidos–, María Goretti y otros miles, hombres y mujeres, que venera la Iglesia, ¿habrían, por consiguiente, contra la situación, incurrido inútilmente –y hasta equivocándose– en la muerte sangrienta? Ciertamente que no; y ellos, con su sangre, son los testigos más elocuentes de la verdad contra la nueva moral» (Pío XII, Discurso sobre los errores de la moral de situación, 18/04/1952, n. 11).
«Las tentaciones se pueden vencer y los pecados se pueden evitar porque, junto con los mandamientos, el Señor nos da la posibilidad de observarlos: «Sus ojos están sobre los que le temen, él conoce todas las obras del hombre. A nadie ha mandado ser impío, a nadie ha dado licencia de pecar» (Si 15, 19-20). La observancia de la ley de Dios, en determinadas situaciones, puede ser difícil, muy difícil: sin embargo jamás es imposible. Ésta es una enseñanza constante de la tradición de la Iglesia, expresada así por el concilio de Trento» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 6/08/1993, n.102).
12. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que, a pesar de la diversidad de situaciones, el discernimiento personal y pastoral no puede nunca conducir a los divorciados «recasados» civilmente a concluir, en buena conciencia, que sus uniones adulterinas puedan ser moralmente justificadas por la «fidelidad» a la nueva pareja, que sea imposible retirarse de una unión adulterina, o que, haciéndolo, se expongan a nuevos pecados faltando a la fidelidad cristiana en relación al conviviente adulterino. No se puede hablar de fidelidad en una unión ilícita que viola el Mandamiento divino y el vínculo indisoluble del matrimonio. El concepto de lealtad entre adúlteros en su mutuo pecado es blasfemo.
«A la ética de situación oponemos Nos tres consideraciones o máximas. La primera: Concedemos que Dios quiere ante todo y siempre la intención recta; pero ésta no basta. El quiere, además, la obra buena. La segunda: No está permitido hacer el mal para que resulte un bien (cfr. Rom 3,8). Pero esta ética obra –tal vez sin darse cuenta de ello– según el principio de que «el bien santifica los medios» (Pío XII, Discurso sobre los errores de la moral de situación, 18/04/1952, n. 11).
«Algunos han propuesto una especie de doble estatuto de la verdad moral. Además del nivel doctrinal y abstracto, sería necesario reconocer la originalidad de una cierta consideración existencial más concreta. Ésta, teniendo en cuenta las circunstancias y la situación, podría establecer legítimamente unas excepciones a la regla general y permitir así la realización práctica, con buena conciencia, de lo que está calificado por la ley moral como intrínsecamente malo. De este modo se instaura en algunos casos una separación, o incluso una oposición, entre la doctrina del precepto válido en general y la norma de la conciencia individual, que decidiría de hecho, en última instancia, sobre el bien y el mal. Con esta base se pretende establecer la legitimidad de las llamadas soluciones pastorales contrarias a las enseñanzas del Magisterio, y justificar una hermenéutica creativa, según la cual la conciencia moral no estaría obligada en absoluto, en todos los casos, por un precepto negativo particular» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 6/08/1993, n. 56).
13. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que los divorciados que se han «recasado» civilmente y que, por razones muy serias, como la educación de los hijos, no pueden satisfacer el grave deber de la separación, están moralmente obligados a vivir como «hermano y hermana» y a evitar dar escándalo. En particular, ello significa excluir aquellas manifestaciones de intimidad propias de las parejas casadas, puesto que serían de suyo pecaminosas y, además, darían escándalo a la propia prole que podría concluir que están legítimamente casados, o que el matrimonio cristiano no es indisoluble o, aún más, que tener relaciones sexuales con una persona que no es el cónyuge legítimo no es pecado. Dada la delicadeza de su situación, ellos deben ser particularmente cuidadosos con las ocasiones de pecado.
«La reconciliación en el sacramento de la penitencia –que les abriría el camino al sacramento eucarístico– puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, –como, por ejemplo, la educación de los hijos– no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 22/11/1981, n. 84).

IV. Sobre el discernimiento, la responsabilidad, el estado de gracia y el estado de pecado

14. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que aquellos divorciados civilmente «recasados» que escogen esta situación con pleno conocimiento y consentimiento de la voluntad no son miembros vivos de la Iglesia ya que se encuentran en estado de pecado grave, que les impide la posesión y el aumento de la caridad. Además debemos recordar que el Papa San Pío V, en su bula Ex omnibus afflictionibus contra los errores de Michael du Bay, llamado Bayo, condenó la siguiente opinión moral: «El hombre que vive en pecado mortal o bajo pena de condenación eterna puede poseer la verdadera caridad» (Denz. 1070).
«Según el Doctor Angélico, para vivir espiritualmente, el hombre debe permanecer en comunión con el supremo principio de la vida, que es Dios, en cuanto es el fin último de todo su ser y obrar. Ahora bien, el pecado es un desorden perpetrado por el hombre contra ese principio vital. Y cuando «por medio del pecado, el alma comete una acción desordenada que llega hasta la separación del fin último –Dios– al que está unida por la caridad, entonces se da el pecado mortal; por el contrario, cada vez que la acción desordenada permanece en los límites de la separación de Dios, entonces el pecado es venial» (Summa Teologicae I-II, q. 72, a. 5). Por esta razón, el pecado venial no priva de la gracia santificante, de la amistad con Dios, de la caridad, ni, por lo tanto, de la bienaventuranza eterna, mientras que tal privación es precisamente consecuencia del pecado mortal» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, 2/12/1984, n. 17).
«El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo. El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente: «No es lícito al varón, una vez separado de su esposa, tomar otra; ni a una mujer repudiada por su marido, ser tomada por otro como esposa» (S. Basilio Magno, Moralia, regula 73)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2384).
15. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que no existe una vía intermedia entre estar en gracia de Dios y estar privado de ella a causa del pecado mortal. La vía de la gracia y del crecimiento espiritual para quien vive en estado objetivo de pecado consiste en el abandono de tal situación y en el retorno al camino de santificación que da gloria a Dios. Ningún «aproximación pastoral» puede justificar o alentar a las personas a permanecer en el el estado de pecado, que se opone a la Ley divina.
«Pero queda siempre firme el principio de que la distinción esencial y decisiva está entre el pecado que destruye la caridad y el pecado que no mata la vida sobrenatural; entre la vida y la muerte no existe una vía intermedia» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, 2/12/1984, n. 17).
««Se deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de ‘opción fundamental’» –como hoy se suele decir– contra Dios», concebido ya sea como explícito y formal desprecio de Dios y del prójimo, ya sea como implícito y no reflexivo rechazo del amor. «Se comete, en efecto, un pecado mortal también cuando el hombre, sabiéndolo y queriéndolo, elige, por el motivo que sea, algo gravemente desordenado. (…) El hombre se aleja de Dios y pierde la caridad. La orientación fundamental puede, pues, ser radicalmente modificada por actos particulares. Sin duda pueden darse situaciones muy complejas y oscuras bajo el aspecto psicológico, que influyen en la imputabilidad subjetiva del pecador. Pero de la consideración de la esfera psicológica no se puede pasar a la constitución de una categoría teológica, como es concretamente la «opción fundamental» entendida de tal modo que, en el plano objetivo, cambie o ponga en duda la concepción tradicional de pecado mortal» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 6 Agosto 1993, n. 70; citando Reconciliatio et paenitentia, n. 17).
16. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que, dado que Dios es omnisciente, la ley natural y la ley revelada prevén todas las situaciones particulares, especialmente cuando prohíben acciones específicas en toda y cualquier circunstancia, señalándolas como «intrínsecamente malas» (intrinsece malum).
«Se preguntará de qué modo puede la ley moral, que es universal, bastar e incluso ser obligatoria en un caso particular, el cual, en su situación concreta, es siempre único y de una vez. Ella lo puede y ella lo hace, porque, precisamente a (ilusa de su universalidad, la ley moral comprende necesaria e intencionalmente todos los casos particulares, en los que se verifican sus conceptos. Y en estos casos, muy numerosos, ella lo hace con una lógica tan concluyente, que aun la conciencia del simple fiel percibe inmediatamente y con plena certeza la decisión que se debe tornar» (Pío XII, Discurso sobre los errores de la moral de situación, 18/04/1952, n. 9).
«Existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto. Estos actos, si se realizan con el suficiente conocimiento y libertad, son siempre culpa grave» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, 2/12/1984, n. 17).
«La razón testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como no-ordenables a Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados intrínsecamente malos («intrinsece malum»): lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa, y de las circunstancias. … La Iglesia, al enseñar la existencia de actos intrínsecamente malos, acoge la doctrina de la sagrada Escritura. El apóstol Pablo afirma de modo categórico: «¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el reino de Dios» (1 Co 6, 9-10)» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 6/08/1993, nn. 80-81).
17. Nosotros reiteramos la verdad de que la complejidad de las situaciones y los varios grados de responsabilidad de los casos –debidos a factores que pueden disminuir la capacidad de tomar decisiones– no permite a los pastores concluir que aquellas personas que se encuentran en situaciones irregulares no estarían en un estado objetivo de manifiesto pecado grave, ni tampoco presumir, en el fuero externo, que aquellos que se encuentran en tales uniones y que no ignoran las reglas del matrimonio, no se hayan privado a sí mismos de la gracia santificante.
«Este hombre puede estar condicionado, apremiado, empujado por no pocos ni leves factores externos; así como puede estar sujeto también a tendencias, taras y costumbres unidas a su condición personal. En no pocos casos dichos factores externos e internos pueden atenuar, en mayor o menor grado, su libertad y, por lo tanto, su responsabilidad y culpabilidad. Pero es una verdad de fe, confirmada también por nuestra experiencia y razón, que la persona humana es libre. No se puede ignorar esta verdad con el fin de descargar en realidades externas –las estructuras, los sistemas, los demás– el pecado de los individuos. Después de todo, esto supondría eliminar la dignidad y la libertad de la persona, que se revelan –aunque sea de modo tan negativo y desastroso– también en esta responsabilidad por el pecado cometido. Y así, en cada hombre no existe nada tan personal e intransferible como el mérito de la virtud o la responsabilidad de la culpa» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, 2/12/1984, n. 16).
«Siempre es posible que al hombre, debido a presiones u otras circunstancias, le sea imposible realizar determinadas acciones buenas; pero nunca se le puede impedir que no haga determinadas acciones, sobre todo si está dispuesto a morir antes que hacer el mal» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 6/08/1993, n. 52).
18. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que, puesto que el hombre está dotado de libre arbitrio, todo acto moral culpable y voluntario que efectúa debe serle imputado en cuanto autor, y que no existiendo prueba en contra, se debe suponer su imputabilidad. La imputabilidad exterior no debe ser confundida con el estado interno de la conciencia. No obstante el principio «de internis neque Ecclesia iudicat» (la Iglesia no juzga lo que es interno; sólo Dios puede hacerlo), la Iglesia puede sin embargo juzgar actos que son directamente contrarios a la Ley de Dios.
«Pero, aun cuando sea necesario creer que los pecados no se remiten ni fueron jamás remitidos sino gratuitamente por la misericordia divina a causa de Cristo; no debe, sin embargo, decirse que se remiten o han sido remitidos los pecados a nadie que se jacte de la confianza y certeza de la remisión de sus pecados y que en ella sola descanse, como quiera que esa confianza vana y alejada de toda piedad, puede darse entre los herejes y cismáticos, es más, en nuestro tiempo se da y se predica con grande ahínco en contra de la Iglesia Católica. Mas tampoco debe afirmarse aquello de que es necesario que quienes están verdaderamente justificados establezcan en sí mismos sin duda alguna que están justificados» (Concilio de Trento, Decreto sobre la justificación, cap. 9).
«Cometida la infracción externa, se presume la imputabilidad, a no ser que conste lo contrario» (Código de Derecho Canónico, can. 1321, §3).
«Todo acto directamente querido es imputable a su autor» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1736).
«El juicio sobre el estado de gracia, obviamente, corresponde solamente al interesado, tratándose de una valoración de conciencia. No obstante, en los casos de un comportamiento externo grave, abierta y establemente contrario a la norma moral, la Iglesia, en su cuidado pastoral por el buen orden comunitario y por respeto al Sacramento, no puede mostrarse indiferente. A esta situación de manifiesta indisposición moral se refiere la norma del Código de Derecho Canónico que no permite la admisión a la comunión eucarística a los que «obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave» (Juan Pablo II, Encíclica Ecclesiae de Eucharistia, 17/04/2003, n. 37).

V. Sobre los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía

19. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que, tratando con penitentes, los confesores deben asistirles en el examen sobre los deberes específicos de los Mandamientos, ayudándoles a alcanzar un arrepentimiento suficiente y a acusarse plenamente de los pecados graves, así como deben aconsejarles abrazar la vía de la santidad. De esta manera el confesor está obligado a amonestar a los penitentes ante trasgresiones serias y objetivas de la Ley de Dios, asegurándose de que ellos deseen verdaderamente la absolución y el perdón de Dios y de que estén resueltos a re-examinar y corregir su conducta. Aún cuando las recaídas frecuentes no constituyan por sí mismas motivo para negar la absolución, ésta no puede ser dada sin un suficiente arrepentimiento y la firme resolución de evitar el pecado después del sacramento.
«La verdad que viene del Verbo y debe llevarnos a él, explica por qué la confesión sacramental debe brotar e ir acompañada no de un mero impulso psicológico, como si el sacramento fuera un sucedáneo de terapias precisamente psicológicas, sino del dolor fundado en motivos sobrenaturales, porque el pecado viola la caridad hacia Dios, sumo Bien, ha causado los sufrimientos del Redentor y nos produce la pérdida de los bienes eternos. (...)
«Por desgracia hoy no pocos fieles, al acercarse al sacramento de la penitencia, no hacen la acusación completa de los pecados mortales en el sentido –que acabo de recordar– del concilio de Trento y, en ocasiones, reaccionan ante el sacerdote confesor, que cumpliendo su deber interroga con vistas a la necesaria integridad, como si se permitiera una indebida intromisión en el sagrario de la conciencia. Espero y pido a Dios que estos fieles poco iluminados queden convencidos, también en virtud de esta enseñanza, de que la norma por la que se exige la integridad especifica y numérica, en la medida en que la memoria honradamente interrogada permite conocer, no es un peso que se les impone arbitrariamente, sino un medio de liberación y de serenidad.
«Además, es evidente por sí mismo que la acusación de los pecados debe incluir el propósito serio de no cometer ninguno más en el futuro. Si faltara esta disposición del alma, en realidad no habría arrepentimiento, pues éste se refiere al mal moral como tal y, por consiguiente, no tomar posición contraria respecto a un mal moral posible sería no detestar el mal, no tener arrepentimiento. Pero al igual que éste debe brotar ante todo del dolor de haber ofendido a Dios, así el propósito de no pecar debe fundarse en la gracia divina, que el Señor no permite que falte nunca a quien hace lo que puede para actuar de forma correcta. (…)
«Por lo demás, conviene recordar que una cosa es la existencia del propósito sincero, y otra el juicio de la inteligencia sobre el futuro. En efecto, es posible que, aun en la lealtad del propósito de no volver a pecar, la experiencia del pasado y la conciencia de la debilidad actual susciten el temor de nuevas caídas; pero eso no va contra la autenticidad del propósito, cuando a ese temor va unida la voluntad, apoyada por la oración, de hacer lo que es posible para evitar la culpa» (Juan Pablo II, Carta a la Penitenciaría Apostólica, 22/03/1996, nn. 3-5).
20. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que los divorciados «recasados» civilmente que no se han separado, sino que permanecen en el estado de adulterio, no pueden ser nunca considerados por los confesores u otros pastores de almas en estado objetivo de gracia, capaces de crecer en la vida de la gracia y de la caridad y en condiciones de recibir la absolución en el sacramento de la Penitencia, y de ser admitidos a la sagrada Eucaristía, a menos que expresen contrición por su estado de vida y firmemente resuelvan abandonarlo, aun en el caso de que subjetivamente estos divorciados puedan no sentirse culpables –o no completamente culpables– de la propia situación objetivamente pecaminosa, a causa de factores condicionantes o mitigantes.
«Me refiero a ciertas situaciones, hoy no raras, en las que se encuentran algunos cristianos, deseosos de continuar la práctica religiosa sacramental, pero que se ven impedidos por su situación personal, que está en oposición a las obligaciones asumidas libremente ante Dios y la Iglesia. (…)
«Basándose en estos dos principios complementarios, la Iglesia desea invitar a sus hijos, que se encuentran en estas situaciones dolorosas, a acercarse a la misericordia divina por otros caminos, pero no por el de los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, hasta que no hayan alcanzado las disposiciones requeridas.
«Sobre esta materia, que aflige profundamente también nuestro corazón de pastores, he creído deber mío decir palabras claras en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio, por lo que se refiere al caso de divorciados casados de nuevo, o en cualquier caso al de cristianos que conviven irregularmente» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, 2/12/1984, n. 34).
«Se reprueba cualquier uso que restrinja la confesión a una acusación genérica o limitada a sólo uno o más pecados considerados más significativos» (Juan Pablo II, Motu Proprio Misericordia Dei, 7/04/2002, n. 3).
«Está claro que no pueden recibir validamente la absolución los penitentes que viven habitualmente en estado de pecado grave y no tienen intención de cambiar su situación» (ib., n.7 c).
21. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que, en relación a los divorciados «recasados» civilmente y que viven abiertamente more uxorio –como marido y mujer– ningún discernimiento personal y pastoral responsable puede afirmar que están en condiciones de recibir la absolución sacramental y la admisión a la Eucaristía, bajo el pretexto de que, debido a una responsabilidad disminuida, no existiría una falta grave. La razón de ésto es que su eventual falta de conciencia formal no puede ser materia de dominio público, mientras que la forma externa de su estado de vida contradice el carácter indisoluble del matrimonio cristiano y de la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, la cual es significada y realizada en la Sagrada Eucaristía.
«La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su práxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 22/11/1981, n. 84).
«Durante los últimos años, en varias regiones se han propuesto diversas soluciones pastorales según las cuales ciertamente no sería posible una admisión general de los divorciados vueltos a casar a la Comunión eucarística, pero podrían acceder a ella en determinados casos, cuando según su conciencia se consideraran autorizados a hacerlo. Así, por ejemplo, cuando hubieran sido abandonados del todo injustamente, a pesar de haberse esforzado sinceramente por salvar el anterior matrimonio, o bien cuando estuvieran convencidos de la nulidad del anterior matrimonio, sin poder demostrarla en el foro externo, o cuando ya hubieran recorrido un largo camino de reflexión y de penitencia, o incluso cuando por motivos moralmente válidos no pudieran satisfacer la obligación de separarse.
«En algunas partes se ha propuesto también que, para examinar objetivamente su situación efectiva, los divorciados vueltos a casar deberían entrevistarse con un sacerdote prudente y experto. Su eventual decisión de conciencia de acceder a la Eucaristía, sin embargo, debería ser respetada por ese sacerdote, sin que ello implicase una autorización oficial.
«En estos casos y otros similares se trataría de una solución pastoral, tolerante y benévola, para poder hacer justicia a las diversas situaciones de los divorciados vueltos a casar. Aunque es sabido que análogas soluciones pastorales fueron propuestas por algunos Padres de la Iglesia y entraron en cierta medida incluso en la práctica, sin embargo nunca obtuvieron el consentimiento de los Padres ni constituyeron en modo alguno la doctrina común de la Iglesia, como tampoco determinaron su disciplina. (…)
«Fiel a la palabra de Jesucristo, la Iglesia afirma que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el anterior matrimonio. Si los divorciados se han vuelto a casar civilmente, se encuentran en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios y por consiguiente no pueden acceder a la Comunión eucarística mientras persista esa situación» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, 14/09/1994, nn. 3-4).
«Recibir el cuerpo de Cristo siendo públicamente indigno constituye un daño objetivo a la comunión eclesial; es un comportamiento que atenta contra los derechos de la Iglesia y de todos los fieles a vivir en coherencia con las exigencias de esa comunión. En el caso concreto de la admisión a la sagrada Comunión de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, el escándalo, entendido como acción que mueve a los otros hacia el mal, atañe a un tiempo al sacramento de la Eucaristía y a la indisolubilidad del matrimonio. Tal escándalo sigue existiendo aún cuando ese comportamiento, desgraciadamente, ya no cause sorpresa: más aún, precisamente es ante la deformación de las conciencias cuando resulta más necesaria la acción de los Pastores, tan paciente como firme, en custodia de la santidad de los sacramentos, en defensa de la moralidad cristiana, y para la recta formación de los fieles» (Pontificio Consejo para los Textos Legislativo, Declaración sobre la admisibilidad a la Sagrada Comunión de los divorciados que se han vuelto a casar, 24 Junio 2000, n. 1).
22. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que tener en conciencia una certeza subjetiva sobre la invalidez de un matrimonio previo por parte de los divorciados «recasados» que han obtenido un matrimonio civil –aunque la Iglesia aún considere válido el matrimonio previo–, no es nunca suficiente, por sí misma, para excusar a alguien del pecado material de adulterio o para permitir ignorar la norma canónica y las consecuencias sacramentales que comporta el vivir como pecador público.
«La errada convicción de poder acceder a la Comunión eucarística por parte de un divorciado vuelto a casar, presupone normalmente que se atribuya a la conciencia personal el poder de decidir en último término, basándose en la propia convicción, sobre la existencia o no del anterior matrimonio y sobre el valor de la nueva unión (cfr. Enc. Veritatis Splendor, 55). Sin embargo, dicha atribución es inadmisible (cfr. Código de Derecho Canónico, can. 1085 § 2). El matrimonio, en efecto, en cuanto imagen de la unión esponsal entre Cristo y su Iglesia así como núcleo basilar y factor importante en la vida de la sociedad civil, es esencialmente una realidad pública. (…)
«Por lo tanto el juicio de la conciencia sobre la propia situación matrimonial no se refiere únicamente a una relación inmediata entre el hombre y Dios, como si se pudiera dejar de lado la mediación eclesial, que incluye también las leyes canónicas que obligan en conciencia. No reconocer este aspecto esencial significaría negar de hecho que el matrimonio exista como realidad de la Iglesia, es decir, como sacramento» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, 14/09/1994, nn. 7-8).
23. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que el «Bautismo y la Penitencia son medicinas purgativas, sumistradas para sanar la fiebre del pecado, mientras este sacramento (la sagrada Eucaristía) es una medicina suministrada para reforzar y no debe ser dada sino a aquellos que están libres del pecado» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae, III, q. 80, a.4, ad 2). Aquellos que reciben la sagrada Eucaristía están verdaderamente participando del Cuerpo y de la Sangre de Cristo y deben encontrarse en estado de gracia. Los divorciados «recasados» civilmente que, por lo tanto, llevan públicamente un modo de vida pecaminoso, se arriesgan a cometer un sacrilegio recibiendo la sagrada Comunión. Para ellos la sagrada Comunión no constituiría una medicina, sino más bien un veneno espiritual. Si un celebrante les aprueba una Comunión indigna querrá decir que o no cree en la Presencia Real de Cristo o no cree en la indisolubilidad del matrimonio o en la ilicitud moral de vivir more uxorio –como marido y mujer– fuera del matrimonio válido.
«Hay que recordar que la Eucaristía no está ordenada al perdón de los pecados mortales. Esto es propio del Sacramento de la Reconciliación. Lo propio de la Eucaristía es ser el sacramento de los que están en plena comunión con la Iglesia» (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Carta circular sobre la integridad del Sacramento de la Penitencia, 20/03/2000, n. 9).
«La prohibición [de dar la Comunión a los pecadores públicos] establecida en ese canon (can. 915), por su propia naturaleza, deriva de la ley divina y trasciende el ámbito de las leyes eclesiásticas positivas: éstas no pueden introducir cambios legislativos que se opongan a la doctrina de la Iglesia. El texto de la Escritura en que se apoya siempre la tradición eclesial es éste de San Pablo: «Así, pues, quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz: pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación» (1 Co 11, 27-29). (...)
«Toda interpretación del can. 915 que se oponga a su contenido sustancial, declarado ininterrumpidamente por el Magisterio y la disciplina de la Iglesia a lo largo de los siglos, es claramente errónea. No se puede confundir el respeto de las palabras de la ley (cfr. can. 17) con el uso impropio de las mismas palabras como instrumento para relativizar o desvirtuar los preceptos.
«La fórmula «y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave» es clara, y se debe entender de modo que no se deforme su sentido haciendo la norma inaplicable. Las tres condiciones que deben darse son: a) el pecado grave, entendido objetivamente, porque el ministro de la Comunión no podría juzgar de la imputabilidad subjetiva; b) la obstinada perseverancia, que significa la existencia de una situación objetiva de pecado que dura en el tiempo y a la cual la voluntad del fiel no pone fin, sin que se necesiten otros requisitos (actitud desafiante, advertencia previa, etc.) para que se verifique la situación en su fundamental gravedad eclesial; c) el carácter manifiesto de la situación de pecado grave habitual.
«Sin embargo, no se encuentran en situación de pecado grave habitual los fieles divorciados que se han vuelto a casar que, no pudiendo por serias razones –como, por ejemplo, la educación de los hijos– «satisfacer la obligación de la separación, asumen el empeño de vivir en perfecta continencia, es decir, de abstenerse de los actos propios de los cónyuges» (Familiaris consortio, n. 84), y que sobre la base de ese propósito han recibido el sacramento de la Penitencia. Debido a que el hecho de que tales fieles no viven more uxorio es de por sí oculto, mientras que su condición de divorciados que se han vuelto a casar es de por sí manifiesta, sólo podrán acceder a la Comunión eucarística remoto scandalo. (…)
«Pero cuando se presenten situaciones en las que esas precauciones no hayan tenido efecto o no hayan sido posibles, el ministro de la distribución de la Comunión debe negarse a darla a quien sea públicamente indigno. Lo hará con extrema caridad, y tratará de explicar en el momento oportuno las razones que le han obligado a ello. Pero debe hacerlo también con firmeza, sabedor del valor que semejantes signos de fortaleza tienen para el bien de la Iglesia y de las almas. (…)
«Teniendo en cuenta la naturaleza de la antedicha norma (cfr. n. 1), ninguna autoridad eclesiástica puede dispensar en caso alguno de esta obligación del ministro de la sagrada Comunión, ni dar directivas que la contradigan» (Pontificio Consejo para los Textos Legislativo, Declaración sobre la admisibilidad a la Sagrada Comunión de los divorciados que se han vuelto a casar, 24/06/2000, nn. 1-4).
24. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que, según la lógica del Evangelio, las personas que mueren en estado de pecado mortal, sin haberse reconciliado con Dios, están condenadas al infierno para siempre. En el Evangelio Jesús habla frecuentemente del peligro de la condenación eterna.
«Si (los fieles católicos) no responden (a la gracia) con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad» (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 21/11/1964, n. 14).
«El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno; de modo que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno. Sin embargo, aunque podamos juzgar que un acto es en sí una falta grave, el juicio sobre las personas debemos confiarlo a la justicia y a la misericordia de Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1861).

VI. Sobre la actitud materna y pastoral de la Iglesia

25. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que la enseñanza clara de la verdad es una obra de misericordia y caridad eminente, puesto que la primera tarea de salvación de los Apóstoles y de sus sucesores es obedecer el mandamiento solemne del Salvador: «Id, pues, enseñad a todas las gentes... enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado» (Mt 28, 19-20).
«La doctrina católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o practica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral no menos que en el celo por su bienestar material… Todo otro amor es ilusión o sentimiento estéril y pasajero» (Pío X, Carta Apostólica Notre charge Apostolique, 25/08/1910, n. 24).
«La Iglesia (es) siempre igual a sí misma, como Cristo la quiso y la auténtica tradición la ha perfeccionada» (Pablo VI, Homilía 28/10/1965).
«No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas. Pero esto debe ir acompañado siempre de la paciencia y de la bondad de que el mismo Señor dio ejemplo en su trato con los hombres. Venido no para juzgar sino para salvar, El fue ciertamente intransigente con el mal, pero misericordioso con las personas» (Pablo VI, Encíclica Humanae vitae, 25/06/1968, n. 29).
«La doctrina de la Iglesia, y en particular su firmeza en defender la validez universal y permanente de los preceptos que prohíben los actos intrínsecamente malos, es juzgada no pocas veces como signo de una intransigencia intolerable, sobre todo en las situaciones enormemente complejas y conflictivas de la vida moral del hombre y de la sociedad actual. Dicha intransigencia estaría en contraste con la condición maternal de la Iglesia. Ésta –se dice– no muestra comprensión y compasión. Pero, en realidad, la maternidad de la Iglesia no puede separarse jamás de su misión docente, que ella debe realizar siempre como esposa fiel de Cristo, que es la verdad en persona: «Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral... De tal norma la Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 6/08/1993, n. 95; citando Familiaris consortio n. 33).
26. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que la imposibilidad de dar la absolución y la sagrada Comunión a los católicos que viven manifiestamente en un estado objetivo de pecado grave, por ejemplo, a los que conviven o a los divorciados «recasados» civilmente, procede de la solicitud materna de la Iglesia, ya que Ella no es la propietaria de los sacramentos sino la « fiel administradora de los misterios de Dios» (cfr. 1Co 4, 1).
«Como maestros y guardianes de la verdad salvífica de la Eucaristía, debemos, queridos y venerados Hermanos en el Episcopado, guardar siempre y en todas partes este significado y esta dimensión del encuentro sacramental y de la intimidad con Cristo. (…) No obstante debemos vigilar siempre, para que este gran encuentro con Cristo en la Eucaristía no se convierta para nosotros en un acto rutinario y a fin de que no lo recibamos indignamente, es decir, en estado de pecado mortal. (…) No podemos, ni siquiera por un instante, olvidar que la Eucaristía es un bien peculiar de toda la Iglesia. Es el don más grande que, en el orden de la gracia y del sacramento, el divino Esposo ha ofrecido y ofrece sin cesar a su Esposa. Y, precisamente porque se trata de tal don, todos debemos, con espíritu de fe profunda, dejarnos guiar por el sentido de una responsabilidad verdaderamente cristiana. (…) La Eucaristía es un bien común de toda la Iglesia, como sacramento de su unidad. Y, por consiguiente, la Iglesia tiene el riguroso deber de precisar todo lo que concierne a la participación y celebración de la misma» (Juan Pablo II, Carta Dominicae Cenae, 24/02/1980, nn. 4-12).
«Esto no significa que la Iglesia no sienta una especial preocupación por la situación de estos fieles que, por lo demás, de ningún modo se encuentran excluidos de la comunión eclesial. Se preocupa por acompañarlos pastoralmente y por invitarlos a participar en la vida eclesial en la medida en que sea compatible con las disposiciones del derecho divino, sobre las cuales la Iglesia no posee poder alguno para dispensar» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, 14/09/1994, n. 6).
«En la acción pastoral se deberá cumplir toda clase de esfuerzos para que se comprenda bien que no se trata de discriminación alguna, sino únicamente de fidelidad absoluta a la voluntad de Cristo que restableció y nos confió de nuevo la indisolubilidad del matrimonio como don del Creador. Será necesario que los pastores y toda la comunidad de fieles sufran y amen junto con las personas interesadas, para que puedan reconocer también en su carga el yugo suave y la carga ligera de Jesús. Su carga no es suave y ligera en cuanto pequeña o insignificante, sino que se vuelve ligera porque el Señor –y junto con él toda la Iglesia– la comparte. Es tarea de la acción pastoral, que se ha de desarrollar con total dedicación, ofrecer esta ayuda fundada conjuntamente en la verdad y en el amor» (ib., n. 10).
«La celebración del sacramento de la Penitencia ha tenido en el curso de los siglos un desarrollo que ha asumido diversas formas expresivas, conservando siempre, sin embargo, la misma estructura fundamental, que comprende necesariamente, además de la intervención del ministro –solamente un Obispo o un presbítero, que juzga y absuelve, atiende y cura en el nombre de Cristo–, los actos del penitente: la contrición, la confesión y la satisfacción» (Juan Pablo II, Carta Apostólica Misericordia Dei, 7/04/2002, proem.).

VII. Sobre la validez universal del Magisterio constante de la Iglesia

27. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que las cuestiones doctrinales, morales y pastorales relativas a los sacramentos de la Eucaristía, de la Penitencia y del Matrimonio deben ser resueltas con intervenciones del Magisterio y que éstas, por su propia naturaleza, excluyen las interpretaciones que contradigan ese Magisterio o deducir consecuencias prácticas diversas, suponiendo que cada nación o región pueda buscar soluciones acomodadas a la propia cultura, sensibilidad y necesidades locales.
«El fundamento sobre el que se fundan estas nuevas ideas es que, con el fin de atraer más fácilmente a aquellos que disienten de ella, la Iglesia debe adecuar sus enseñanzas más conforme con el espíritu de la época, aflojar algo de su antigua severidad y hacer algunas concesiones a opiniones nuevas. Muchos piensan que estas concesiones deben ser hechas no sólo en asuntos de disciplina, sino también en las doctrinas pertenecientes al «depósito de la fe». Ellos sostienen que sería oportuno, para ganar a aquellos que disienten de nosotros, omitir ciertos puntos del magisterio de la Iglesia que son de menor importancia, y de esta manera moderarlos para que no porten el mismo sentido que la Iglesia constantemente les ha dado.
«No se necesitan muchas palabras, querido hijo, para probar la falsedad de estas ideas si se trae a la mente la naturaleza y el origen de la doctrina que la Iglesia propone. El Concilio Vaticano (Constitución Dei Filius, cap. IV) dice al respecto: «La doctrina de la fe que Dios ha revelado no ha sido propuesta, como una invención filosófica, para ser perfeccionada por el ingenio humano, sino que ha sido entregada como un divino depósito a la Esposa de Cristo para ser guardada fielmente y declarada infaliblemente. De aquí que el significado de los sagrados dogmas que Nuestra Madre, la Iglesia, declaró una vez debe ser mantenido perpetuamente, y nunca hay que apartarse de ese significado bajo la pretensión o el pretexto de una comprensión más profunda de los mismos» (León XIII, Carta Testem benevolentiae, 22/02/1899).
«Recordaos sin embargo que en nuestro Oficio Apostólico debemos rechazar y refutar las opiniones de la moderna filosofía y de la prudencia civil, por las cuales el curso de las cosas humanas hoy es llevado allí donde non lo permiten las prescripciones de la Ley Eterna. Ahora bien, haciendo de esta manera no estamos deteniendo el progreso del género humano sino, por el contrario, impidiendo que precipite en la ruina» (Pío X, Alocución consistorial, 9/11/1903).
«Conocéis también la suma importancia que tiene para la paz de las conciencias y para la unidad del pueblo cristiano, que en el campo de la moral y del dogma se atengan todos al Magisterio de la Iglesia y hablen del mismo modo» (Pablo VI, Encíclica Humanae vitae, 25/07/1968, n. 28).
«La Iglesia, «columna y fundamento de la verdad» (1Tm 3, 15), «recibió de los Apóstoles [...] este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva» (Concilio Vaticano II, Lumen gentium 17). «Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas» (Código de Derecho Canónico, can. 742, §2)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2032).
«Corresponde al Magisterio universal, en fidelidad a la Sagrada Escritura y a la Tradición, enseñar e interpretar auténticamente el depósito de la fe. Por consiguiente, frente a las nuevas propuestas pastorales arriba mencionadas, esta Congregación siente la obligación de volver a recordar la doctrina y la disciplina de la Iglesia al respecto» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, 14/09/1994, n. 4).

VIII. La siempre joven voz de los Padres de la Iglesia

«Sucede que mientras [los pastores de almas] gozan con ser apremiados por inquietudes mundanas, ignoren los bienes interiores que deberían enseñar a los otros. Por lo que seguramente también la vida de los súbditos se apaña…De hecho, cuando la cabeza está enferma también los miembros pierden vigor y, en la búsqueda del enemigo, no sirve a nada que el ejército siga con agilidad si el que lo guía ha perdido el camino. (…) Los súbditos no pueden ver la luz de la verdad porque, cuando los intereses terrenos han ocupado los sentidos de los pastores, el polvo soplado por el viento de la tentación enceguece los ojos de la Iglesia» (San Gregorio Magno, Regula pastoralis, II, 7).
«Cuando por digna causa y según las leyes de la Iglesia hay suficiente razón para enfrentar la penitencia, aún así es frecuente que ella venga evitada a causa de enfermedad, es decir, por la vergüenza y el temor de perder el placer, ya que la buena reputación de los hombres da más placer que la justicia que los lleva a humillarse en penitencia. Por lo tanto, la misericordia de Dios es necesaria no solo cuando un hombre se arrepiente, sino también para llevarlo a arrepentirse» (San Agustín, Enchiridion de fide, spe et caritate, 82).
«El arrepentimiento es la renovación del bautismo. El arrepentimiento es un contrato con Dios para una segunda vida. El arrepentimiento es un comprador de la humildad. El arrepentimiento es la condenación de una despreocupada autoindulgencia. El arrepentimiento es hijo de la esperanza y es renuncia a la desesperación. El arrepentimiento es un prisionero indultado. El arrepentimiento es la reconciliación con el Señor mediante la práctica de las buenas obras que se oponen a los pecados. El arrepentimiento es la purificación de la conciencia. El arrepentimiento levanta a los caídos, golpea a la puerta del Cielo, la cual se abre ante la humildad» (San Juan Clímaco, Scala Paradisi, 25).

Conclusión

Mientras nuestro mundo neopagano declara un ataque general contra la divina institución del matrimonio y las plagas del divorcio y de la depravación sexual se difunden por todas partes, incluso dentro de la vida de la Iglesia, nosotros, los que abajo firmamos, obispos, sacerdotes y fieles católicos, consideramos que es nuestro deber y nuestro privilegio afirmar, con una sola voz, nuestra fidelidad a las inmutables enseñanzas de la Iglesia sobre el matrimonio y a su ininterrumpida disciplina, así como ha sido recibida de los Apóstoles. Efectivamente, solo la claridad de la verdad hará libre a las personas (cfr. Jn 8, 32) y permitirá que ellas encuentren la verdadera alegría del amor, viviendo una vida según la sabiduría y la voluntad salvífica de Dios, en otras palabras, evitando el pecado como fue maternalmente pedido por Nuestra Señora en Fátima en 1917.

29 de agosto de 2016, Fiesta de la decapitación de San Juan Bautista, martirizado por haber sostenido la verdad acerca del matrimonio

LISTA DE LOS PRIMEROS FIRMANTES

1. Prof. Wolfgang Waldstein, Catedrático emérito de la Universidad de Salzburgo, miembro de la Pontificia Academia para la Vida, Austria.
2. Su Eminencia, el cardenal Jãnis Pujats, Arzobispo emérito de Riga, Letonia.
3. Su Excelencia, Mons. Athanasius Schneider, Obispo auxiliar de Astana, Kazajistán.
4. Prof. Josef Seifert, Docente de Filosofía, Academia Internacional de Filosofía-Instituto de Filosofía Edith Stein IAP-IFES; Rector fundador de la Academia Internacional de Filosofía del Principado de Liechtenstein, Austria.
5. Dr.ª Anca-Maria Cernea, Presidenta de la Fundación Ioan Barbus, Rumanía.
6. Dr. Vincent-Jean-Pierre Cernea, Rumanía.
7. Prof. P. Efrem Jindráček O.P., Vicedecano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Santo Tomás de Aquino (Angelicum), Roma, Italia.
8. Su Eminencia, el cardenal Carlo Caffarra, Fundador y primer presidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia, Arzobispo emérito de Bolonia, Italia.
9. Su Eminencia, el cardenal Raymond Leo Burke, Patrono de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de Malta, Vaticano.
10. Rvdo. Don Nicola Bux, Docente en la Facultad Teológica Pugliese, Italia.
11. Su Excelencia, Mons. Andreas Laun, Obispo auxiliar de Salzburgo, Austria.
12. Su Excelencia, Mons. Juan Rodolfo Laise, Obispo emérito de San Luis, Argentina.
13. Rvdo. P. Antonius Maria Mamsery, Superior General de los Misioneros de la Santa Cruz, Singida, Tanzania.
14. Rvdo. P. Giovanni M. Scalese B., Ordinario para Afganistán.
15. Rvdo. Dr. José María Iraburu, Profesor emérito de Teología Espiritual en la Facultad de Teología del Norte de España; presidente de la Fundación Gratis Date y editor del diarioInfoCatólica, España.
16. Mons. Juan Claudio Sanahuja, Doctor en Teología, profesor de teología moral de los sacramentos, periodista, Argentina.
17. Prof.ª Dra. Alma von Stockhausen, Docente de filosofía y fundadora de la Academia Gustav-Siewerth en Weilheim-Bierbronnen, Alemania.
18. Prof. Dr. Rudolf Hilfer, Facultad de Física y Matemática, Instituto de Física Informática, Universidad de Stuttgart, Alemania.
19. Adolpho Lindenberg, cofundador de la Sociedad Brasileña de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad (TFP) y Presidente del Instituto Plinio Corrêa de Oliveira, Brasil.
20. John Smeaton, Director ejecutivo de la Society for the Protection of Unborn Children (SPUC) y cofundador de Voice of the Family, Reino Unido.
21. Prof. Ettore Gotti Tedeschi, Docente, economista y banquero, expresidente del IOR, Italia.
22. Prof. Massimo de Leonardis, Director del departamento de Ciencias Políticas de la Universidad del Sagrado Corazón, Milán, Italia.
23. Conde Giorgio Piccolomini, Italia.
24. Condesa Felicitas Piccolomini, Italia.
25. Prof. Tommaso Scandroglio, Docente de Ética y Bioética de la Universidad Europea, Italia.
26. Prof. Giovanni Turco, Docente de Filosofía del Derecho Público, Universidad de Udine, Italia.
27. S.A.I.R. Príncipe Luiz di Orleans-Braganza, Jefe de la Casa Imperial, Brasil.
28. Prof.ª Isobel Camp, Docente de Filosofía de la Pontificia Universidad de Santo Tomás (Angelicum) de Roma, Reino Unido.
29. Duque Paul von Oldenburg, Alemania.
30. Duquesa Pilar von Oldenburg, Alemania.
31. Príncipe Carlo Massimo, Italia.
32. Princesa Elisa Massimo, Italia.
33. Prof. Paolo Pasqualucci, Catedrático emérito de Filosofía del Derecho en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Perugia, Italia.
34. Prof. Corrado Gnerre, Escritor y docente de Ciencias Religiosas, Italia.
35. Prof. John Laughland, Escritor y doctor en Filosofía, Reino Unido.
36. S.A.I.R. Príncipe Bertrand de Orleans-Braganza, Brasil.
37. Prof. Robert Lazu, Escritor y doctor en Filosofía, Rumanía.
38. Prof. David Magalhães, Docente de la Facultad de Derecho de la Universidad de Coimbra, Portugal.
39. Prof. Enrico Maria Radaelli, Escritor, director de investigación del Departamento de Metafísica de la belleza y de la Filosofía del arte de la International Science and Commonsense Association (ISCA), Italia.
40. Rvdo. P. Brian Harrison, Profesor emérito de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico y docente residencial del Centro de Estudios de los Oblatos de la Sabiduría, Estados Unidos.
41. Prof. Roberto de Mattei, Docente de Historia Moderna y Contemporánea en la Universidad Europea de Roma, Italia.
42. Rvdo. P. Marc Hausmann, Profesor de Filosofía, Austria.
43. Rvdo. P. Alfredo Morselli, Teólogo y escritor, Italia.
44. Embajador Emilio Barbarani, Italia.
45. Embajador Héctor Riesle, Chile.
46. Archiduquesa Alexandra von Habsburg de Riesle, Austria-Chile.
47. Rvdo. P. Fernando Palacios, Doctor en Derecho Canónico, España.
48. James Bogle, Expresidente de la Federación Internacional Una Voce, Reino Unido.
49. John-Henry Westen, Cofundador y director de LifeSiteNews, Canadá.
50. Luis Fernando Pérez Bustamante, Director del diario InfoCatólica, España.
51. Maria Guarini, Directora del sitio-web Chiesa e post-Concilio, Italia.
52. Dr. Caio Xavier da Silveira, Cofundador de la TFP brasileña y presidente de la Fédération Pro Europa Christiana, Francia.
53. Prof. Gianandrea de Antonellis, Presidente del Institut Européen de Recherches, Etudes et Formation (IEREF), Italia.
54. Dr. Mauro Faverzani, Coordinador editorial de la revista mensual Radici Cristiane, Italia.
55. Prof. Federico Catani, Escritor y doctor en Ciencias Religiosas, Italia.
56. Prof. Guido Vignelli, Escritor e investigador sobre el tema de la Familia, Italia.
57. Dr.ª Maria Madise, Coordinadora de Voice of the Family, Estonia.
58. Cristina Siccardi, Escritora e historiadora, Italia.
59. Mario Navarro da Costa, Director de la Oficina de representación de la TFP en Washington, Estados Unidos.
60. Mathias von Gersdorff, Escritor y conferenciante, Alemania.
61. Marquesa Gabriella Spalletti Trivelli Coda Nunziante, Italia.
62. Virginia Coda Nunziante, presidenta de Famiglia Domani, Italia.
63. Prof. Raúl del Toro, Docente de órgano y organista, España.
64. Prof.ª María Arratíbel, Docente de música, España.
65. Daniel Iglesias Grèzes, secretario del Centro Cultural Católico «Fe y Razón», Uruguay.
66. Prof. Pedro Luis Llera Vázquez, Director de Colegio católico, España
67. David González Cea (firma como Alonso Gracián), Filósofo tomista y escritor, España.
68. José Miguel Arráiz, Ingeniero, catequista, escritor y fundador de ApologeticaCatolica.org, Venezuela.
69. Antonello Brandi, presidente de Pro Vita Onlus, Italia.
70. Suzanne Pearson, Delegada de la Liga de Oración del Beato Emperador Carlos, Estados Unidos.
71. Paul N. King, Presidente y fundador del Paulus Institute para la Propagación de la Liturgia Sagrada, Estados Unidos.
72. Donna Fitzpatrick Bethell, Presidenta del consejo directivo del Christendom College, exsubsecretaria del Ministerio de Energía, Estados Unidos.
73. Alessandra Nucci, escritora y directora de la Revista Una Voce Grida, Italia.
74. Prof. Néstor Martínez Valls, Licenciado en Filosofía, docente y escritor, cofundador delCentro Cultural Católico «Fe y Razón», Uruguay.
75. Prof. Javier Paredes, Catedrático de Historia Contemporánea, Universidad de Alcalá, España.
76. Hon. Justin Shaw, Escritor, Reino Unido.
77. Sra. Caroline Shaw, Reino Unido.
78. Bruno Moreno, Licenciado en Física y en Estudios Eclesiásticos; escritor y editor de Vita Brevis, España.
79. Juan José Romero, Ingeniero, editor y consultor de comunicación, España.
80. Alberto Zelger, Presidente del Centro Cultural Nicolò Stenone, Italia

Texto en español publicado en Infocatólica.

jueves, 27 de julio de 2017

El llamado a la castidad es para todos...


«El mismo llamado a la castidad y a la santidad se aplica igualmente a todas las personas»
RECUERDA EL ARZOBISPO DE PORTLAND, ALEXANDER SAMPLE

«El mismo llamado a la castidad y a la santidad se aplica igualmente a todas las personas»

Otro prelado de Estados Unidos está exhortando a quienes practican actos homosexuales a arrepentirse y confesar sus pecados antes de recibir la Santa Comunión.
El llamado a la castidad es para todos

En sus directrices, el arzobispo Sample reafirma la enseñanza de la Iglesia de que todos los católicos, independientemente de su orientación sexual, deben confesar sus pecados mortales con un firme propósito de enmienda antes de recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo. «El mismo llamado a la castidad y la santidad de la vida se aplica igualmente a todas las personas, ya sea que se sientan atraídas por el mismo sexo o por el sexo opuesto», explicó el arzobispo. «Se les debe aconsejar, como todos los demás, que recurran frecuentemente al Sacramento de la Penitencia».
http://infocatolica.com
El arzobispo prometió escribir estas pautas el pasado mes de octubre cuando sentó las bases morales para ellas en su carta pastoral sobre Amoris Laetitia titulada «Un icono vivo y verdadero». En sus recientes directrices, vuelve a afirmar el principio católico de que la Amoris Laetitia, como todos los demás documentos de la Iglesia, debe ser leída y entendida dentro de la «tradición de la Iglesia». Esta tradición incluye «el gran tesoro de la sabiduría entregado por los Padres y Doctores de la Iglesia, el testimonio de la vida de los santos, las enseñanzas de los Concilios de la Iglesia, el Catecismo de la Iglesia Católica y los documentos magistrales anteriores».

El error de intentar imponer el juicio subjetivo de la conciencia sobre la ley moral

Sus directrices se refieren a las necesidades pastorales específicas de seis grupos de católicos: los matrimonios, los católicos separados o divorciados que no se vuelven a casar, los divorciados vueltos a casar ​​civilmente, las parejas que cohabitan, las que experimentan atracción por el mismo sexo y las parejas del mismo sexo. Sería un mal uso de Amoris Laetitia, dice el arzobispo, por ejemplo, que para los católicos de cualquiera de estos grupos se coloque el «juicio subjetivo de su conciencia individual» contra la «ley moral objetiva» de la Iglesia como si «la conciencia y la verdad fueran dos principios que compiten para la toma de decisiones morales».
Apoyó esta declaración con una cita de la encíclica Veritatis Splendor del Papa Juan Pablo II :
«La conciencia no es una fuente autónoma y exclusiva para decidir lo que es bueno o malo» (Veritatis Splendor 56, 60). Más bien, «la conciencia es la aplicación de la ley a cada caso particular» (Veritatis Splendor 59). La conciencia está bajo la ley moral objetiva y debe ser formada por ella.

Todos deben confesar pecados graves y tener propósito de enmienda para recibir la comunión

En cuanto a los católicos divorciados y casados ​​nuevamente, el arzobispo afirma que ellos también deben confesar sus pecados como cualquier otro católico y vivir castamente:
«Todos los católicos, incluidos los divorciados y los casados ​​civilmente, deben confesar sacramentalmente todos los pecados graves con el firme propósito de no volverlos a cometer antes de recibir la Santa Eucaristía. En algunos casos, la responsabilidad subjetiva de la persona por una acción pasada puede ser disminuida. Pero la persona todavía debe arrepentirse y renunciar al pecado, con un firme propósito de enmendar su vida».
«Todos los católicos deben ser bienvenidos en la parroquia», explica el arzobispo. Sin embargo, para evitar la apariencia de respaldar las uniones irregulares, el arzobispo afirma que los católicos divorciados y casados ​​civilmente «no deberían tener cargos de responsabilidad en una parroquia (por ejemplo, en un consejo parroquial), ni llevar a cabo ministerios o funciones litúrgicas (por ejemplo lector o ministro extraordinario de la Sagrada Comunión)».
El arzobispo aplica esta misma prohibición al ministerio público o cargos de responsabilidad a las parejas «viviendo abiertamente estilos de vida homosexuales». Admite que algunas parejas «viven juntas en amistad casta y sin intimidad sexual». El arzobispo dice, sin embargo, que tales relaciones del mismo sexo nunca pueden ser toleradas por la Iglesia y son escandalosas para otros feligreses y para los hijos de tales parejas:
Sin embargo, dos personas en una relación activa, del mismo sexo, no importa cuán sinceras, ofrecen un grave contra-testimonio de la fe católica, que solo puede producir confusión moral en la comunidad. Tal relación no puede ser aceptada en la vida de la parroquia sin socavar la fe de la comunidad, especialmente los niños.
Por su parte, el arzobispo Sample exhorta a todos los que se dedican al ministerio pastoral a «ejercer la tremenda responsabilidad que se les confía con completa fidelidad a la enseñanza católica, unida a la misericordia y a la compasión». Él cierra sus directrices con el recordatorio de que el objetivo en todo esto es «llevar a las personas a una comunión llena de gracia con Dios y su Iglesia que conduzca a la vida eterna»

miércoles, 26 de julio de 2017

El olvido y rechazo de Dios.....


ADVIERTE EL CARDENAL CAÑIZARES
No puede haber una sociedad libre y que progrese sin Dios

No puede haber una sociedad libre y que progrese sin Dios

De esta manera se expresó el Arzobispo de Valencia durante su ponencia en el cierre de los cursos de verano de la Universidad Católica de Valencia.

(ACI/InfoCatólica) El Arzobispo de Valencia, España, Cardenal Antonio Cañizares, advirtió que un Estado que promueve el laicismo «se vuelve contra el ser humano», porque «no puede haber una sociedad libre, solidaria y que progrese sin Dios».
«El olvido y rechazo de Dios quiebra interiormente las aspiraciones del ser humano y socava las bases de la convivencia y de la dignidad inviolable de la persona. En esa ausencia se gesta la crisis moral de la actualidad», aseguró el Cardenal este viernes 21 de julio, durante su ponencia en el cierre de los cursos de verano de la Universidad Católica de Valencia (UCV).
«Quien no conoce a Dios, no conoce al hombre y quien destruye a Dios, destruye la humanidad de la persona, ignorando su verdadera dignidad y grandeza», añadió.
En enero de 2005, el Papa San Juan Pablo denunció al laicismo como una «ideología que lleva gradualmente, de forma más o menos consciente, a la restricción de la libertad religiosa hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresión pública».
Por tal motivo, el Cardenal Cañizares recordó que este laicismo califica de «intromisión abusiva» aquello «principios morales fundamentales, válidos por sí mismos, universales y que tienen su fundamento más firme en Dios creador».
«Se intenta en vano crear una sociedad moderna en la que se prescinde de la moral como si se tratase de una imposición, lo que en realidad es una exigencia del bien común», agregó.
Sin embargo, el Purpurado señaló que no se puede tachar de «imposición moral» la defensa de la vida humana «en todas las fases de su existencia» o defender que no se «instrumentalice® a ningún ser humano.
«La Iglesia no propugna una sociedad confesional. La fe se propone, no se impone; pero los cristianos tenemos el deber de afirmar a Dios porque así afirmamos y servimos al hombre», indicó.
El Cardenal Cañizares concluyó afirmando que el problema de nuestro tiempo es la «quiebra moral y de humanidad»  que se une «a la ausencia de Dios del espacio humano y cultural, camuflado, además, en una religiosidad vacía».
«La más grande de las indigencias es la falta de Dios, sin el que el mundo es árido, abatido, sin futuro y sin salida, sin esperanza. Y solo con Dios la Tierra será verdaderamente humana y habitable», sentenció.

martes, 25 de julio de 2017

«Es malo alentar una mentira. ......


ALERTA EXPERTA EN ESTADOS UNIDOS

Enseñar transexualismo a niños es dañino

(ACI/InfoCatólica) La Dra. Michelle Cretella, pediatra, madre católica de cuatro hijos y presidenta del Colegio Americano de Pediatras, señaló recientemente que enseñar a los niños pequeños el concepto de transexualismo es dañino y alienta a creer en una mentira.

Enseñar transexualismo a niños es dañino«Es malo alentar una mentira. Sabemos que nadie nace transexual. Sabemos que es un mito. Tristemente está siendo promovido por un montón de profesionales médicos, los medios de comunicación y educadores. Pero no es cierto. Si reforzamos esta mentira, en realidad estamos animando al niño a desarrollar una falsa creencia inamovible», indicó la especialista en una entrevista concedida al National Catholic Register.
En ese sentido, dijo que lo que se provoca es «que el niño crea algo que no es cierto acerca de sí mismo. Y si el engaño se refuerza, el niño eventualmente se introducirá hormonas que lo vuelven estéril, que dañan los huesos, dañan el desarrollo del cerebro, y aumentan el riesgo de un accidente cerebrovascular, diabetes y cáncer».

Riesgos de los tratamientos hormonales

En un reciente estudio publicado el 20 de junio en The New Atlantis, que resume 50 estudios independientes y revisados, se advirtió que el uso experimental de «bloqueadores hormonales de pubertad» para tratar la «disforia de género» (discordancia o malestar con el cuerpo o el sexo biológico) no cuenta con soporte científico y podría plantear graves riesgos en niños.
Además, afirma que este tratamiento se ofrece «sin las garantías habituales» de este tipo de terapias experimentales, tales como «ensayos clínicos cuidadosamente controlados, así como estudios de seguimiento a largo plazo».

Promoción del transexualismo

En la actualidad, en Estados Unidos algunas bibliotecas públicas, como las de Nueva York, Boston y San Francisco, se promueve el transexualismo al permitir «narraciones de cuentos de drag queens» para niños en edad preescolar. También, existen escritos de este tipo como Conociendo a Teddy o Soy Jazz.
Otro ejemplo es una escuela primaria judía ortodoxa de Gran Bretaña, que fue amenazada con ser clausurada después de que los inspectores del gobierno determinaran que violaba la ley por no enseñar sobre transexualismo.

«Experimento social masivo y descontrolado»

Drag Queen contando cuentos a niños en el mes del orgullo gayEn este contexto, la Dra. Cretella indicó que este tipo de políticas públicas representan «un experimento social masivo y descontrolado» a pesar de que sabe que «los niños pequeños, la gran mayoría de ellos, hasta en el 95% de los casos, se identifican con su sexo biológico una vez que pasan por la pubertad».

Lo que los padres deben tener en cuenta

En ese contexto, la pediatra sostuvo que los padres de familia que tienen un hijo que piensa que es del sexo «equivocado», deben primero intentar aclarar el lenguaje.
«Es importante que los padres y los niños comprendan que nuestros genes, nuestro ADN, determinan nuestro sexo. Estamos hablando de dos cosas aquí: el sexo biológico, que no puede ser cambiado y está conectado por el ADN; y la identidad de género, que es acerca de cómo nos sentimos y pensamos acerca de nuestro sexo biológico», dijo.
La experta reconoció que «por lo general, cuando los niños tienen 3 años saben la diferencia entre un hombre y una mujer, un niño y una niña. La mayoría de ellos puede decir correctamente: “soy una niña, soy un niño”».
«También es importante entender que a pesar de que los niños saben qué sexo son a esa edad, no entienden que el sexo es permanente. Los niños normales pueden creer realmente que si un hombre se viste como una mujer, él es una mujer. La idea de la permanencia del sexo biológico no se forma en el desarrollo cognitivo del niño hasta los 7 años», aseveró.
En su experiencia profesional, destacó que «las interacciones positivas con el padre del mismo sexo son lo que ayudan a los niños a comprender lo que significa para ellos ser un niño o una niña».
Con referencia a permitir que «drag queens» lean cuentos sobre transexualismo a niños, como ocurre en Estados Unidos, la Dra. Cretella dijo que esto «los adoctrina en pensar que su sexo es meramente externo» y que «llegarán a creer que su sexo es lo que quieren sea, sin embargo, es peligroso desde el punto de vista psicológico».

Aumento de casos de disforia de «género»

«Antes de 2013 la mayoría de los médicos y terapeutas lo trataron como un trastorno claro y se estimó que menos del 1% de niños presentaría confusión o desorden de identidad de género», explicó la doctora.
Luego, informó que el Reino Unido ha tenido un aumento de 930% en el número de niños referidos a «clínicas de género» en los últimos seis años, incluyendo algunos tan jóvenes como 3 y 4.
«Ha habido aumentos astronómicos en todo el mundo, incluyendo en los EE.UU. y Canadá. Y tiene sentido porque estamos bombardeados por las mentiras en las redes sociales, en la televisión, en los periódicos y revistas, y en las escuelas».
«Por ejemplo, cuando los activistas dicen que la gente nace de esta manera, pero sabemos que si ese fuera el caso, no estaríamos viendo un aumento tan grande como cuando hay un ambiente que lo promueve. Este es un fenómeno social», sentenció la especialista.
Finalmente, la Dra. Cretella aseveró que sí existe una conexión entre las familias disfuncionales y la disforia de género porque en «la literatura psiquiátrica está bien documentado que muchas familias con niños confundidos sobre su sexo tienen una familia» de estas características.
«Los ejemplos incluyen una madre autoritaria, padre distante, depresión severa en la madre, problemas de la gerencia de la cólera en el padre y divorcio», añadió.

Confidencias de Jesús a un sacerdote (Mons. Ottavio Michelini...


Confidencias de Jesús a un sacerdote (Mons. Ottavio Michelini)





en los últimos cuatro años de su vida (1975-1979), sobre la situación actual de la Iglesia, indicando con gran fuerza las causas, males y su solución.

            He hecho una breve selección de algunos contenidos, sobre la enseñanza de los datos revelados, Concilio y su aplicación, malas prácticas pastorales. Creo que es lo mejor que esas palabras hablen por si solas. Son reflexiones que invitan a consideraciones importantes.

“Por medio de este mensaje Yo he querido dar a los hombres de este tiempo la visión realista y verídica de los dos mundos que se enfrentan: el de la Luz y el de las tinieblas”. (23.XI.1978)
             Cito también la buena acogida que concedió a este libro Mons. Anselmo Zarza Bernal (1980):
 Obispado de León,
Gobierno Eclesiástico.
 CARTA CIRCULAR
 Muy estimado Padre
Antes de salir a Europa (Lourdes y Roma) por encargo del venerable Episcopado, me complace saludarlo deseándole todo bien en el Señor
 Gracias a Dios pude conseguir algunos ejemplares del adjunto libro “TÚ SABES QUE YO TE AMO", que leí con sumo INTERÉS EN MIS ÚLTIMOS Ejercicios Espirituales. No se trata de un libro de derecho público - por eso no tiene “Imprimátur” - sino de una edición privada “pro manuscrito”
                 Muchos Obispos los han leído y lo han recomendado a sus Sacerdotes.
                 En lo personal, encuentro del análisis interno de su contenido, una perfecta coherencia con la Doctrina de Fe y Costumbres y una enseñanza muy acertada por lo que se refiere a la Espiritualidad Sacerdotal.
                Describe, por otra parte, a nivel mundial, una realidad muy objetiva de la situación de la Iglesia y del mundo, para todos nosotros bien conocida.
                Le recomiendo con fraternal afecto la lectura y reflexión de este – libro. Y dado que no pude conseguir más que un número limitado de ejemplares, también sería mi deseo que lo preste a otros hermanos Sacerdotes, que no hayan podido alcanzar un ejemplar propio.
Por otra parte, me parece tan interesante, que basta leer las primeras páginas, para sentir el impulso de leerlo íntegramente.
Me encomiendo en sus oraciones y le ofrezco recordarlo con afecto - ante Nuestra Señora de Lourdes y en la Tumba de San Pedro.
Afectísimo Prelado que lo bendice de corazón.
Tlalpan, D.F., a 22 de Noviembre de 1980.
     + ANSELMO  ZARZA   BERNAL
Obispo de León
 Sobre el Concilio:
 — Señor, a mí me parece que hay tantas iniciati­vas y actividades en acción en tu Iglesia, precisamen­te para contener el mal.
Hijo mío, no faltan actividades e iniciativas, es­tudios y encuentros; hasta demasiados hay de eso. Pero te he dicho que urge poner la segur a la raíz, lo que quiere decir tener el valor de buscar las causas verdaderas de esta derrota del mundo cristiano de hoy.
El Concilio ha indicado estas causas, pero poquísimos las han tomado en serio. La mayoría con diabólica insen­satez, han tomado el apunte para generar confusión y anarquía en Mi Cuerpo Místico, entre mis soldados, entre mis fieles.
Los remedios para eliminar las causas de tantos ma­les espirituales no pueden ser sino espirituales.
Es obvio, los remedios os los he indicado con los luminosos ejemplos de mi vida, pasión y muerte.
El primer remedio, fundamental y seguro es una auténtica conversión.
Ninguno debe maravillarse, ni los fieles ni mucho menos los sacerdotes.
Comiencen mis sacerdotes a exami­narse sobre su vida interior ¡cuánto encontrarán que deben rehacer!
Rehacerse a sí mismos para rehacer a los demás, santificarse a sí mismos para santificar a los demás; menos lecturas inútiles y nocivas, menos televisión, menos espectáculos; más meditación y oración, más devoción a mi Ma­dre y Madre vuestra también, más vida eucarística.
Hijo, por muchos de mis sacerdotes soy tratado como un objeto, ni más ni menos que un objeto cualquiera. Sin embargo Yo, Jesús Verbo Eterno de Dios, Dios como el Padre mío, estoy realmente presente en el Misterio del Amor, en el Misterio de la Fe.
 La gravedad de la situación impone un plan válido para todos, para llevarse a la práctica por todos al vértice y a la base, con obligado examen de conciencia que lleve a las siguientes conclusiones:
—¿Estamos convencidos de la necesidad de revisar seriamente la concepción sobre la que está basada nuestra vida? ¿Es vida integralmente cristiana? ¿O en parte pagana? ¿O del todo pagana?
— ¿Estamos dispuestos a elaborar un nuevo plan de vida interior? ¿Un nuevo modo de vivir nuestra fe, la espe­ranza, la caridad, la vida de gracia?
—¿Estamos dispuestos a hacer lo que hacen tantos hombres con laborioso empeño, para adiestrarnos contra las fuerzas del Mal con una verdadera cruzada de oración y de penitencia?
—¿Estamos dispuestos a hacer callar los tumultos que se levantan en torno a nosotros (y son tantos) para escuchar en el silencio y en el recogimiento las invitaciones que nos vienen de lo Alto, para ayudarnos a conjurar los peligros que nos dominan?
—¿Estamos dispuestos a retornar a una devoción viva, sincera, a la Madre de Jesús y Madre nuestra?  ¿A acoger su llamada a la mortificación y a la penitencia?
—¿Estamos dispuestos a un regreso sincero y vivo a Jesús Eucaristía?
Si mis sacerdotes, tan ocupados en tantas actividades, quieren ser objetivos, deben admitir que no obstante su febril trabajo, no ofrecen ya, salvo excepciones, motivos de credibilidad.
¿Se han seca­do quizá las fuentes de la Gracia? ¡No! Mi Corazón misericordioso está siempre abierto.
En sí mismos  deben volver a buscar las causas.  Se necesita poner la segur a la raíz; quiero decir que urge que cambiéis la ruta primero vosotros sacerdotes, si queréis que el grueso del ejército os siga.
Para esto sí que vale la pena de encontrarse y en una leal y sincera fraternidad elaborar un nuevo plan de reforma espiritual. ¿No es esto al fin lo que os pide el Concilio?
Vida de gracia, unidad y obediencia, fin de la anar­quía, lucha contra el demonio y contra el mal sin descender a  compro­misos, son los grandes temas que verdaderamen­te hay que profundizar, en el vértice y en la base.
¿Qué se espera todavía para hacerlo?
Miedo, vergüenza, respeto humano, apego a una vida cómoda… ¡Convertíos, convertíos! No os dé miedo ni os escandalice esta invitación.
 Yo y Mi Madre, que tanto os amamos, estaremos a vuestro lado.  Se trata de la salva­ción de vuestra alma y de aquellas que se os han confiado.
Hijo, te bendigo;  ámame.
 ¿Qué cosa he hecho y hago Yo?
Yo soy la Vida, y la vida es movimiento que tiende al bien de las almas a las que amo y quiero salvar. He suscitado grandes santos; he mandado a mi Madre que se ha manifestado en tantos lugares y a tantas personas.
Ya he dicho que no pocas intervenciones de Mi Madre, han sido atacadas y negadas como auténticas por temores injustificados, por respeto humano. Para evitar molestias se busca la paz, pero así no se podrá tener la paz verdadera.
— He escogido para mi Iglesia Pontífices santos.
— He suscitado movimientos para la santificación del clero.
— He querido y promovido el Concilio.
Si todo lo que he promovido en mi Iglesia hubiera sido acogido con una inteligente y eficaz respuesta, con una adecuada movilización de todos los consagrados, como por lo demás Pío XII, con una afligida llamada pidió a toda la Iglesia, las aguas turbias no habrían alcanzado su nivel actual.
Tú me preguntas, hijo, que qué hago por salvar a mi Iglesia. Continúo vertiendo mi Sangre, aun si es profanada sacrílegamente.
  Hijo, ¿Cuántas veces debo decirlo, que Yo he vencido al mundo con la humildad, la pobreza y la obediencia? ¡Es con estas virtudes, es con su sí que mi Madre y vuestra ha hecho posible la Redención!
¿Cuántas veces debo deciros que el amor es más fuerte que el odio?
Obispos y sacerdotes se convenzan de realizar esas reformas que han proclamado con el Concilio y que, por las interferencias y la acción del Infierno, han sido tan malamente aplicadas.
Si se decidieran de una vez a tomar el camino justo, y soy Yo el Camino seguro, entonces Yo estaré con ellos y la Iglesia rejuvenecerá y pronto conocerá un esplendor jamás hasta ahora visto.
¿A qué se espera todavía? ¡Fuera los prejuicios, fuera la presunción!
Oren para que la luz ilumine el camino a recorrer, y ¡adelante!
Hijo, conozco tu estado de ánimo. Por lo que Yo te he hecho ver, tú ahora sufres porque quisieras que también los demás vieran.
Te bendigo. Ámame
 Continuemos, hijo mío, soy Jesús, escribe.
En estos últimos mensajes, que tienen como titulo Cosas y hechos de mi Iglesia, hube de hablarte de caos, y verdaderamente es el caso de hablar de caos en la doctrina, en la moral y en la liturgia.
Se ha pretendido cambiar todo, pero cambiar todo en sentido anticonciliar, porque ésta es la substancia de los hechos, y tú sabes bien lo que significa la palabra “substantia"… la “substancia” está bajo los accidentes y por lo tanto no se ve, se ven sólo los accidentes. Así, igualmente bien oculta debe quedar la intención de actuar en contraste con el Concilio y bien evidente debe aparecer en cambio la voluntad de reformar todo en conformidad con el Concilio, por lo que toda la obra de regeneración espiritual, tan cálidamente querida y recomendada por el Concilio, se ha convertido en una acción disolvente del gran patrimonio de la Revelación y de la entera Redención.
He aquí bajo los más falsos pretextos el por qué del afirmarse de un número grandísimo de errores teológicos, dogmáticos y morales con los que se ha atacado sustancialmente la Biblia, hasta el punto de que bastaría aceptar solamente algunas de las tantas herejías afirmadas para hacer caer toda la credibilidad de la Biblia misma, y golpeada mortalmentela Biblia, lógicamente no se sostendría ya ni siquiera el Evangelio con todo su contenido.
 Escribe hijo, soy Padre Pío.
No podía faltar mi voz unida a la de los bienaventurados del Paraíso que te han hablado. Ya en la tierra, hijo mío carísimo, vi con claridad por Bondad divina el desarrollo futuro de la vida de la Iglesia. Vi sus trabajos y vi su ascensión hacia el Calvario ya en acto; de ella vi la oscuridad en la que estaba envuelta y en la que se sumergía cada vez más; vi sus Judas y las consecuencias de su traición; vi sus mártires; vi sus ajusticiados; vi la sangre bañar abundantemente la tierra, pero también vi los Retoños túrgidos de humores vitales, vi el alba de su primavera, vi su dolorosísima pasión y su esplendorosa resurrección y entre todas estas cosas también te vi a ti, hijo mío Don Octavio, sí, también te vi con tu Cruz seguir al Cordero por el camino del Calvario, te vi con tu fardo de tribulaciones, sobre los hombros mientras anunciabas a la Iglesia el problema central de la Pastoral, dado de lado por un buen número de Pastores y por un grandísimo número de sacerdotes, que en nombre de no sé qué reforma o de cuál Concilio se han prometido cambiar todo, reestructurar todo: 


Biblia, Evangelio, Tradición, poniendo aparte a Cristo, Verdadero Dios y verdadero hombre, por lo cual, cada vez más abiertamente, de Cristo aceptan sólo su Humanidad y prácticamente rechazan y niegan su Divinidad. Pretender reestructurar a Dios, reestructurar la Doctrina y la Moral, quiere decir haber alcanzado el más alto nivel de la presunción y de la soberbia al que el hombre puede llegar.

Hijo mío, no es que la Iglesia en el pasado no haya conocido hombres del molde de tantos teólogos presuntuosos de este siglo, pero estos hombres aparecían en el escenario de la Iglesia en tiempos sucesivos, jamás un número tan grande apareció en un mismo siglo, y jamás pusieron en discusión toda la Revelación y toda la Ley, por lo cual, como ayer se te dijo, hoy se ha perdido el sentido del Bien y del Mal, de lo licito y de lo ilícito.
Falta de reacción
 ¡Cuánto tiempo han tenido, a cuántos acontecimientos han asistido! La revolución española, la persecución en los países donde impera el comunismo, no han servido para nada, o de muy poco. La crisis de fe ha hecho materialistas a mis sacerdotes hasta tal punto que no pocos incluso han perdido el sentido cristiano de la vida.
¿Cómo pueden estos sacerdotes míos, a quienes quiero salvos a pesar de todo, adiestrar a las almas contra Satanás si ellos se han convertido en el hazmerreír de Satanás?
Han ignorado las repetidas llamadas de mi Vicario en la tierra. No aman a mi Vicario y ¿cómo podrán educar a las almas en el amor a mi Vicario, en mi amor?
Hijo ¡Qué desolación! Reza, repara, acepta sufrir por la salvación de estos ministros míos.
 Prácticas beneficiosas que hay que seguir practicando
 Del maleficio, ¡cuántos son víctimas hoy! ¡Un número sin número!… Sin embargo esta palabra: “maleficio", que es causa de indescriptible sufrimiento, suscita perplejidad, dudas e incredulidad aún en aquellos que son víctimas de ello;
suscita risas y burlas en quienes no creen;
suscita estupor y hasta escándalo en aquellos que deberían conocer su naturaleza,  origen y causa y deberían sugerir modos y medidas para defenderse e indicar los medios para combatirlo.
Pero ¿quiénes son éstos que fingen estupor y asombro cuando oyen hablar de maleficio?
Es increíble de decir hasta dónde llega la perfidia de los Demonios y de sus aliados y colaboradores en la tierra, precisamente porque estos son Sacerdotes, Obispos y hasta Cardenales, que descaradamente con engañosos pretextos, con una malicia y perfidia satánica y con un nauseabundo y fingido celo prohiben a los Sacerdotes confiados a su cuidado usar los medios buenos y eficaces, ya indicados en el pasado porla Iglesia, aceptados porla Cristiandady usados por todos los Santos, quienes han apreciado su utilidad y su eficacia, presentando como cobertura de su hipocresía la aplicación del Concilio, entendida a ¡quitar de en medio los tabúes que ¡podrían disminuir el prestigio dela Iglesia!
Se ha llegado así a prohibir a los Sacerdotes “bendecir” a personas maleficiadas y a limitar el uso del agua Bendita, imponiendo bendecirla sólo en las Misas dominicales, y todo, naturalmente, bajo la apariencia de cuidar celosamente el prestigio dela Liturgia.
 No pienses que el mundo esté muy cambiado de lo que era hace casi dos mil años. Para cambiar radicalmente, deberían cambiar las causas de los males que están precisamente en las raíces de la naturaleza humana.
El hombre puede progresar o retroceder pero no puede cambiar substancialmente; quedará siempre como un ser mortalmente herido en su naturaleza debilitada por el pecado original, por lo que estará siempre inclinado al mal al que podrá, queriéndolo, superar con la ayuda que le viene de lo Alto.
He aquí porqué, después de dos mil años de Cristianismo, el hombre no ha cambiado mucho. Hoy, como hace dos mil años, y con la misma crueldad ciega, se renueva mi Pasión. Con la misma absurda tenacidad el hombre de este siglo materialista y descreído prefiere a Barrabás y grita: “¡Sea crucificado el Cristo!".
En la raíz encuentras siempre la misma causa: el odio de Satanás contra el Verbo de Dios, hecho Carne para la salvación de la humanidad, el odio de Satanás contra Mí, Salvador y contra el hombre al que quiere arrastrar en su misma perdición.
Esta es la verdadera razón por la que, después de dos mil años, en las logias masónicas, en los parlamentos, en las aulas universitarias, en las revistas, en la radio y en la televisión, en las sedes de los partidos, en los periódicos, se continúa gritando el “Crucifigatur". ¡Sea crucificado el Cristo y viva en cambio Barrabas!
 Hijo, he aquí porqué hoy al Amor, esto es al Hijo de Dios que se hizo Redentor de los hombres, se le grita con rabia el “Crucifigatur". He aquí porque se repite el “¡Viva Barrabás, muerte al Nazareno!".
— ¡Viva Barrabás!
Viva el crimen, viva la violencia hasta la exaltación de uno y de la otra.
Viva el odio, viva la prostitución y la pornografía.
Viva la prensa perversa, viva la inmoralidad exaltada a través del cine y de la televisión.
Viva Barrabás: Viva el mal y muerte a Cristo, el Salvador.
— ¡Muerte al Amor! venido a salvar a la humanidad perdida, envilecida y esclava; venido para devolver a la humanidad libertad y dignidad; venido para entreabrir a la humanidad horizontes de esperanza, horizontes nuevos e infinitos de salvación.
 Pues bien, frente a este drama ¿cuál es el comportamiento de muchos de mis sacerdotes?
Para no pocos de ellos es de neta indiferencia, para otros es de simpatía y colaboración con mis enemigos. Son los sacerdotes marxistas, vergonzosamente suscritos a diarios ateos y materialistas. Son mucho más numerosos de los actualmente conocidos: lo veréis en la hora de la prueba.
Luego está la postura de los sacerdotes de oficio, que no han sabido ver en el sacerdocio, el Misterio dela Iglesia, del que son parte esencial; en efecto ¿cómo se podría pensar enla Iglesiasin el sacerdocio, que es su espina dorsal?
¡Precisamente como en El Calvario! Muchos eran los indiferentes y los curiosos. Estaban los escribas y los fariseos, aliados e instigados por los sacerdotes; pocos, poquísimos los buenos:la Madre, San Juan, la piadosas Mujeres, algunos discípulos y entre estos los pastores.
El mundo, hijo, ha cambiado muy poco porque la matriz del mal es siempre la misma. Es a esta matriz del mal a la que se necesita apuntar para limitar su potencia ofensiva, para prevenir sus movimientos y neutralizar su acción. Esto no se ha hecho por todos, y no se ha hecho en la justa medida.
 Doctrinas nocivas
 Lo que es extraño es el hecho de que esta acción de distorsionar a toda costa la verdad para sustituirla por necias teorías, como la de la evolución, haya encontrado una muda acogida, una tácita condescendencia en ambientes de mi Iglesia, siendo que, por el contrario, se deberían haber manifestado contra tal tentativa infame y falsificación de la verdad en defensa de la misma, en cambio, ¿cómo se la defiende? Con otras argumentaciones igualmente insensatas se rehúsa dar fe a la autoridad de Dios, mientras se concede confianza a hombres soberbios y ambiciosos; y así, por obra de Satanás y con el consentimiento de los hombres dela Iglesia, desde el vértice hasta la base, se extiende una capa de niebla sobrela Revelación, fuente de Luz y de Verdad.
Contaminada la fuente, también el chorro que de la fuente brota ya no es puro, y he aquí que el contagio continúa, es más, aumenta,  y las distorsiones de la verdad no se cuentan ya. Hoy la confusión de las ideas en el campo teológico es tal que nada tiene que envidiar a la confusión de las lenguas en Babel, confusión con su origen, con su historia, con sus autores y, por tanto, con sus responsables, y, entre estos, abundan hombres de Iglesia.
Hijo, tú bien sabes que contaminadas las ideas de los hombres, antes o después estarán contaminadas también las acciones, así ha sido y así es. El Marxismo, que ha materializado la concepción de la vida, ha destruido el concepto de la moral en el pueblo cristiano, por lo que hoy de cristiano ha quedado solamente el nombre, pero no ciertamente el hábito de vida.
No es la primera vez que en la historia de la humanidad se verifica este triste fenómeno, por lo cual y por Voluntad Permisiva de Dios, así como la humanidad fue destruida en su casi totalidad por el Diluvio, salvo Noé con sus hijos y los hijos de sus hijos, así hoy; y puesto que las condiciones son semejantes a aquellas que precedieron al Diluvio, la humanidad será destruida, hecha excepción de aquellos que el Señor ha decretado salvar, pues la humanidad, ha permanecido en su inmensa mayoría, repetidamente sorda a todas las invitaciones que se le han dirigido al arrepentimiento y a la conversión.
 Las consecuencias de la degeneración de la verdad no tienen necesidad de ser ilustradas, ni de ninguna aclaración. ¡Todo está trastornado, todo es caos!
Ejemplos prácticos se pueden dar a montones:
Adán y Eva no son personajes históricos que realmente vivieron y que fueron protagonistas de la terrible desobediencia a Dios, no, son sólo personajes míticos pensados por el hombre, y no creados por Dios… las consecuencias son de una gravedad y de un alcance tal que ninguna mente humana puede comprender; así en efecto, de un brochazo, se anula “todo";
se nieganla Virginidadyla Concepción Inmaculadade mi Madre Santísima;
se discute y niega Mi misma Divinidad, pero si se niega Mi Divinidad cae el Misterio de la Iglesia, Sacramento de salvación; cae el Misterio de la “Gracia", es decir, de la Vida Divina participada a los hombres mediante los Sacramentos, los cuales a lo más son aceptados como símbolo, igual que símbolo es considerado el Sacrificio de la Misa.
 El derrumbe doctrinal está en curso y se está precipitando cada vez más hacia abajo, arrastrando en su caída todo el Patrimonio de la Revelación, sagrado Depósito entregado por Dios mismo a la Iglesia para la humanidad, ¡don estupendo por el que los hombres nunca Le podrán estar suficientemente agradecidos!
Cada hombre se erige en maestro negando la autenticidad del Único, solo, verdadero y gran Maestro que soy Yo, Jesús. ¿Pero de dónde tanta ruina? La raíz es siempre aquella: ¡la soberbia!
Soberbia que por algunos ha sido domada y sojuzgada, otros en cambio la han acariciado y alimentado y de aquí la crisis de fe, que quiere decir oscuridad y que no queda sólo como un hecho interior y personal, sino que se repercute al exterior envolviendo a otras personas.
Si en efecto no se cree ya en la validez de los Sacramentos, no se irá a confesar y a quien pida explicaciones se le responde que basta con confesarse directamente con Dios y todo está en orden… se ha llegado hasta a considerar más que suficiente la “confesión comunitaria” y a aconsejar desechar la confesión porque en realidad no hay necesidad de confesarse frecuentemente, basta un acto de arrepentimiento… Y tan es cierto esto que no es raro el caso de Confirmandos y Comulgantes que en el día de la Primera Comunión ¡son admitidos a los Sacramentos sin primero haber hecho preceder la Confesión!
Cuántas personas que por años no se confiesan y que creen que Pueden recibir tranquilamente la Sagrada Comunión…
cuántos sacerdotes que dejan transcurrir años y años sin confesarse…
oh, hijo mío, éstas son llagas ocultas, pero reales, y por éstas y otras tantísimas sandeces se defiende en público y en privado citando el Concilio, que habla de renovación…
¿y  sería entendida así la renovación eclesial de la que habla el Concilio?
 Reaccionar contra el mal
 La humanidad, puesta en la balanza, se ha encontrado pavorosamente en deuda conla Justicia Divina.
Vosotros, hijos míos, podéis y debéis reaccionar contra el mal ofreciendo vuestra efectiva colaboración a las fuerzas del bien. No prevalecerán, porque Yo intervendré una vez más, como ejército formado para la batalla.
Bajo el impulso y la influencia de Satanás y de sus formaciones, la humanidad pecadora se ha organizado. También las fuerzas del bien, superando todas las dificultades, se deben unir para rechazar el ataque del Enemigo.
¡Todos sois hijos de Dios! Esto debe bastar y ser más que suficiente para unirnos en defensa de la verdad y dela Iglesia, que es y será siempre una Madre amorosa para vosotros.
¡Estemos unidos con Jesús, nuestra Cabeza, nuestro Rey Divino!
Os bendigo, hijitos míos, os bendigo. Con vosotros bendigo a los que os son queridos.

lunes, 24 de julio de 2017

La Orden Carmelita..



El Carmelo era sin duda, el monte donde numerosos profetas rindieron culto a Dios. Los principales fueron Elías y su discípulo Eliseo, pero existían también diferentes personas que se retiraban en las cuevas de la montaña para seguir una vida eremítica. Esta forma de oración, de penitencia y de austeridad fue continuada siglos más tarde, concretamente en el III y IV, por hombres cristianos que siguieron el modelo de Jesucristo y que de alguna forma tuvieron al mismo Elías como patrón situándose en el valle llamado Wadi-es-Siah.
A mediados del siglo XII, un grupo de devotos de Tierra Santa procedentes de Occidente -algunos creen que venían de Italia-, decidieron instalarse en el mismo valle que sus antecesores y escogieron como patrona a la Virgen María. Allí construyeron la primera iglesia dedicada a Santa María del Monte Carmelo. Desde su monasterio no quisieron crear una nueva forma de culto mariano, ni tampoco, el título de la advocación, respondía a una imagen en especial.
Quisieron vivir bajo los aspectos marianos que salían reflejados en los textos evangélicos: maternidad divina, virginidad, inmaculada concepción y anunciación. Estos devotos que decidieron vivir en comunidad bajo la oración y la pobreza, fueron la cuna de la Orden de los Carmelitas, y su devoción a la Virgen permitió que naciera una nueva advocación: Nuestra Señora del Carmen

photo.jpgAquellos primeros monjes instalados en el valle del Wadi-es-Siah del Monte Carmelo, convivieron bajo una primera regla que obtuvo en 1226 la aprobación del patriarca de Jerusalén, que se llamaba Alberto, y del Papa Honorio III. La regla subrayaba vigorosamente el carácter de soledad y de huída del mundo del modelo de vida monástica: los monjes debían vivir en celdas separadas, bajo obediencia, castidad y pobreza, en silencio, oración, ayuno ... Un planteamiento que se ha mantenido en los rasgos fundamentales de la espiritualidad de la orden.
En el mismo siglo XIII muchos monjes huyeron a Chipre, Sicilia, Francia e Inglaterra a causa de los crecientes peligros de la invasión musulmana, mientras otros, intentaban sobrevivir en Tierra Santa.
Sin embargo, muy pronto, se formó una corriente en Inglaterra y en otras partes de Occidente que deseaba adaptar la orden a la realidad occidental, siguiendo el modelo de otras congregaciones religiosas como los franciscanos y los dominicos. De esta forma, se pretendía que los carmelitas pudieran abrir conventos en las ciudades y realizar trabajos pastorales.
En 1247 el Papa Inocencio IV aprobó este cambio de estilo de vida, aunque se abstenían de comer carne y continuaban guardando silencio, llevando un estilo de pobreza y sobretodo, una gran devoción a la Virgen María. Este amor mariano les valió a los carmelitas el aprecio de todos los pueblos donde estaban instalados y el reconocimiento oficial de la Iglesia Católica en 1286 por el Papa Honorio IV.
En el mismo siglo XIII, uno de los monjes carmelitas, San Simón Stock, recibe de manos de la mismísima Virgen María el escapulario, el símbolo de dicha congregación. Es a partir de entonces cuando nace la imagen de la advocación de Nuestra Señora del Carmen: el Niño y la Madre aguantando el escapulario, la figura típica de dicha devoción mariana.
En los años 1434-1435, la regla sufrió una serie de cambios que fueron aprobados por el Papa Eugenio IV y que no gustaron a ciertos sectores de la orden. Para ellos, la nueva regla suavizaba la observancia más antigua y forzó a que en el siglo XV, Juan Sorteh (1451-1471) empezara a movilizar un nuevo movimiento que llevaría en 1593 a la ruptura de la orden carmelitana en dos bandos.
Los principales miembros de esta reforma en España fueron Santa Teresa de Jesús (1515-1582) y San Juan de la Cruz (1542-1591), dos de los más grandes ejemplos de la mística cristiana. Para constituir su regla, se apoyaron básicamente en la que ya fuera aprobada en 1247 sin incluir las posteriores atenuaciones de 1434-1435. A esta nueva congregación se la llamó Orden de los Carmelitas Descalzos, mientras que los anteriores, fueron conocidos por la Orden de los Carmelitas Calzados o de la Antigua Observancia.
Desde siempre, los hermanos carmelitas, "calzados o sin calzar" han estado al servicio de la sociedad desde los más diversos servicios caritativos, pastorales y misioneros junto a su dimensión espiritual y contemplativa. Visten hábito marrón con el escapulario y capucha y, en ocasiones solemnes, capa y capucha de color blanco.
Según el libro "La Vida Religiosa de la A a la Z" de George Schwaiger publicado por Editorial San Pablo en 1998, la situación en 1996 era la siguiente: los Carmelitas Calzados tenían 361 conventos en todo el mundo con 2.197 miembros, 1434 de ellos sacerdotes, mientras que los Carmelitas Descalzos poseían 525 conventos con 3.809 miembros, 2.422 de los cuales eran sacerdotes.
La orden femenina
No podemos olvidar aquí la rama femenina: las carmelitas. La orden nació en los siglos XIII y XIV, pero no se organizaron como comunidad hasta el 1450 cuando fundaron en Florencia (Italia) el Monasterio de Santa María de los Ángeles.
Santa Teresa de Jesús impulsó en España una reforma en la congregación para llevar a cabo una vida de clausura estricta y de oración profunda.
El 7 de febrero de 1562, la santa obtuvo autorización para la erección del Monasterio de San José de Ávila, que se abrió el 24 de agosto de 1562. En él, se siguió la observancia de la regla que ella consideraba "primitiva" y que fue aprobada por Inocencio IV en 1247. En la obra "Camino", escrita por Santa Teresa de Jesús, se destaca la forma de vivir de estas monjas:
"Deben ser capaces de vivir en soledad y estar abiertas a la intimidad con Cristo, buscando en la oración y en la mortificación", como participación activa en su pasión redentora".
Santa Teresa fundó 16 monasterios: Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Salamanca y Alba de Tormes de entre otros. A parte de San Juan de la Cruz, el Padre Gracián fue junto a Santa Teresa los impulsores de esta reforma femenina conocida también bajo el nombre de "carmelitas descalzas". El espíritu de Santa Teresa fue difundido fuera de España y se abrieron muchos conventos en diferentes países de Europa. De entre muchas monjas que formaron parte de las carmelitas descalzas cabe señalar a Santa Teresa del Niño Jesús, también conocida como Teresa de Lisieux (1873-1897) y a Santa Edith Stein (1891-1942).
En 1996, existían 64 conventos con 823 monjas de la antigua observancia de la orden (carmelitas calzadas), mientras que la fundada por Santa Teresa (carmelitas descalzas) contaba con 877 conventos y 12.278 monjas.
Otras congregaciones: hay un gran repertorio en todo el mundo de grupos religiosos que siguen el espíritu carmelitano que realizan diferentes servicios en los pueblos donde residen, casi todo ellos dedicados a la educación, a los enfermos y a los marginados. Todas estas órdenes fueron fundadas por monjas, sacerdotes o religiosos.
Aquí están: Carmelitas de la Caridad (conocidas también como "las Vedrunas" porqué las fundó Santa Joaquina de Vedruna), Carmelitas Misioneras Teresianas, Carmelitas Terciarios Misioneros, Carmelitas de San José, Carmelitas Teresas de San José, Hermanas de la Virgen María del Monte Carmelo y Carmelitas del Sagrado Corazón de Jesús.
El escudo carmelitano
El Escudo Carmelitano es un emblema verdaderamente bello por su sencillez, celebre por su antigüedad y sagrado significado.
Esta compuesto de fondo blanco en la parte superior y marrón la inferior, representa el vestido que la Stma. Virgen llevo en vida y el habito de los carmelitas.
Así mismo la parte inferior marrón indica el Monte Carmelo donde vivió la Stma. Virgen durante su vida mortal, la Cruz fue agregada por San Juan de la Cruz en la época de la reforma, representado a Nuestro Señor Jesucristo.
En el centro de color marrón (Monte Carmelo), se encuentra una estrella plateada, que representa a la Stma. Virgen María.
El fondo blanco de la parte superior significa que el profeta Elias contemplo a la Stma. Virgen María en una nubecilla blanca, en el mismo fondo se posan dos estrellas, doradas las cuales representan a dos grandes profetas N.N.P.P. Elias y Elíseo.
En la parte superior del escudo se encuentran doce estrellas las cuales significan la corona de la Stma. Virgen María, simbolizan los doce grandes favores y gracias que concedió a su orden y de manera especial, los doce privilegios y gracias singulares con el que el Señor ensalzo a María.
De la corona que se encuentra en la parte superior del Escudo sale un brazo que sujeta una espada, se le atribuye al Santo Patriarca Elias, termina en un punta en llama de fuego con esta dio muerte a los falsos profetas de Baal en el Torrente de Gison, por la honra de Nuestro Señor Dios Padre.
A la vuelta de la espada hay una inscripción en latín que dice: ZELO ZELATUS SUM PRO DOMINO DEO EXERCITUUM, me abrazo, me consumo de celo por el Señor Dios de los Ejércitos