martes, 10 de noviembre de 2009

El Padre Castellani y su opinion sobre el Apocalipsis.


El Padre Leonardo Castellani es talvez  El Teólogo mas conciso e Iluminado sobre el tema de la verdaderea y prudente  interpretación del Apocalipsis  ,que en estos tiempos causan gran terrorismo a las personas que no tienen claro quien es Papá Dios, Jesus y su Mision de salvacion para la humanidad.
Solo conociendo las Sagradas Escrituras en donde esta escrita toda la verdad del pasado ,presente y futuro para todos los seres vivientes entendemos qué es el fin de los tiempos y  que el fin del mundo.
Escuché de estas virtudes del Padre Castellani de boca de un gran Laico totalmente comprometido con Cristo y su Obra ..La Iglesia Catolica elDr.Rafael Arango también erudito Nacional sobre,Biblia,Historia Y Profesía como se llama su programa transmitido sabados y domiongos a la 08 am en  el Canal Nacional Catolico Teleamiga .
JAG


El Padre Leonardo Castellani
 Sacerdote y escritor argentino,(Reconquista, provincia de Santa Fe, Argentina, 16 de noviembre de 1899 – † Buenos Aires, 15 de marzo de 1981) fue un sacerdote católico y escritor, el único que en la Argentina consiguió el título de Doctor Sacro Universal por concesión de Pío XI y el padre general Wlodimir Ledochowski. Católico y nacionalista, fue una figura importante en los círculos tradicionalistas tiene una extensa obra como ensayista, cuentista, novelista, teólogo, filósofo, periodista, poeta y crítico literario.

Ajeno a las ideologías que marcaron el siglo XX, y mal pertrechado de prudencia mundana, padeció la indiferencia y el silencio -cuando no la malevolencia- de los unos y de los otros. Fue un marginal, un ermitaño urbano (como él mismo se llamaba) que, en un medio hostil e ingrato, hizo germinar sus talentos en una obra admirable.
Es, sin dudas, una de las figuras más notables que ha dado la cultura argentina ("... lo cual no es mucho decir" —agregaría él).
Obras :
 Parábola del sepulcro y las víboras
Fábulas camperas
La verdad, de "San Agustín y nosotros"
Cristo y los fariseos (fragmento)
Carta a L. Barletta
La verdadera historia de Santa Taís de Alejandría
Poesías
El caballo con alas

El Apocalipsis según  Leonardo Castellani
  

Autor: R. P. Alfredo Sáenz, S. J.
Fuente: El fin de los tiempos y seis autores modernos


En nuestro libro El fin de los tiempos y seis autores modernos (Asociación pro-cultura occidental, A.C., Guadalajara 1962, 402 pgs.), expusimos el pensamiento sobre este tema en los escritores Dostoiewski, Soloviev, Benson, Thibon, Pieper y Castellani. En esta breve obra presente reproducimos sólamente el último capítulo, que expone lo que el P. Leonardo Castellani nos dice acerca de las ultimidades de la historia.

Los cuatro primeros pensadores aludidos, Dostoievski, Soloviev, Benson y Thibon, se expresaron prevalentemente mediante el recurso literario, sin dejar de lado, por cierto, las cosas que de los tiempos postreros se leen en el Apocalipsis. En lo que toca a Josef Pieper, investigó el mismo tema desde el punto de vista filosófico-teológico. El P. Castellani, que cita frecuentemente a algunos de los autores nombrados, apelará a los dos expedientes, el del novelista y el del teólogo. Lo que en algunas de sus obras nos lo dice de manera novelada, lo reitera en otras de modo más sistemático.
Para muchos, señala nuestro autor, el Apocalipsis es un libro enigmático, prácticamente hermético, y por consiguiente resulta inútil leerlo. Pero cuesta pensar que Dios haya legado a su Iglesia una revelación tan impresionante -«Apocalipsis» significa descubrimiento, develación-, sabiendo que resultaría inaccesible al entendimiento de la mayoría. Un enigma insoluble es lo contrario de una revelación. Castellani se abocará a su interpretación, con la ayuda de la gran tradición patrística de la Iglesia, y de autores más recientes como Newman, Billot, Benson y Pieper. Los Padres vieron mucho, sin duda, pero en cierto modo nosotros podemos ver más, encaramados sobre sus hombros y con la experiencia de los hechos que ya han sucedido o que se van volviendo predecibles.
Por otra parte, el mundo actual se muestra ansioso de atisbar el futuro que la historia le depara. Nada de extraño, ya que semejante inquietud se suele acrecentar en las épocas tempestuosas y preñadas de amenazas. ¿A dónde se dirige el acontecer histórico?, se preguntan todos. De ahí el pulular de falsas profecías, de apariciones insólitas, de pronósticos peregrinos. Por eso hoy se vuelve más apremiante que nunca poner sobre el tapete el gran tema de la esjatología. A decir verdad, algunas de las interpretaciones que nos ofrecerá el genial Castellani son muy personales y no estamos obligados a hacerlas nuestras. Con todo, sus intuiciones resultan frecuentemente brillantes y, según decíamos, se respaldan en el aval de grandes pensadores.


. Typo y Antitypo

Entre los discursos de Cristo que consigna el Evangelio se encuentra el denominado «Discurso Esjatológico». Allí el Señor anunció que hacia el fin de los tiempos estallaría una gran tribulación, tras la cual Él reaparecería, lleno de poder y majestad. En el transcurso de dicho sermón, encontramos esta afirmación tan categórica como desconcertante: «En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todas estas cosas sucedan. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mc 13, 30-31). Aquellos que lo oían murieron y, sin embargo, no llegó el anunciado fin de los tiempos. ¿Se equivocó Cristo? Castellani juzga que acá se esconde la clave que explica el sentido de la interpretación profética. Toda profecía se desenvuelve en dos planos y se refiere a la vez a dos sucesos: uno próximo, llamado typo, y otro remoto, llamado antitypo. El profeta describe sucesos lejanísimos, para los cuales hasta las palabras resultan deficientes, pero proyectándolos analógicamente desde sucesos cercanos. «El profeta se interna en la eternidad desde la puerta del tiempo y lee por transparencia trascendente un suceso mayor indescriptible en un suceso menor próximo; es el modo que existe también analógicamente en los grandes poetas».
De este modo Isaías profetizó la redención de la humanidad en la liberación del pueblo judío del cautiverio babilónico, así como San Juan describió la Segunda Venida en la destrucción de la Roma imperial, y el mismo Cristo previo el fin del mundo en la caída de Jerusalén. Cuando, pues, dijo «no pasará esta generación sin que»… se refería a la vez a los apóstoles allí presentes, con referencia al typo, que es el fin de Jerusalén; y también a la descendencia de los apóstoles, con referencia al antitypo, el fin del mundo. Los apóstoles vieron el fin de Jerusalén, la Iglesia verá el fin del mundo. Así lo puso en claro un gran teólogo, el Cardenal Billot, en su libro La Parousie, donde afirma que el profeta ve el futuro lejano e inescrutable a la luz o por transparencia de un suceso cercano, también futuro, pero más inteligible y obvio. O, si se quiere, en el caso del Apocalipsis, percibiendo el vidente los tiempos propiamente parusíacos, profetiza en esquema todos sus prolegómenos y su germinación histórica latente en las tres primeras visiones que resumen cabalmente la historia de la Iglesia en forma simbólica: el Mensaje a las Siete Iglesias, los Siete Sellos y las Siete Tubas.
El mismo San Juan afirma en el Apocalipsis que la Parusía -palabra griega que aplicada a Cristo significa su presencia justiciera en la historia humana- está cerca. Lo hace desde el comienzo, cuando titula el libro «Revelación de Jesucristo para manifestación de lo que ha de suceder pronto» (Ap 1, 1), hasta el final, donde reiteradamente le hace repetir a Cristo: «Mira, vengo pronto» (Ap 22, 7.12.20).
Digamos una vez más que Cristo no se equivocó. Porque, como señala Castellani, este «vengo pronto» puede ser entendido de tres modos. Ante todo trascendentalmente, en cuanto que el período histórico de los últimos días, o sea el tiempo que corre de la Primera a la Segunda Venida será muy breve, cotejado con la duración total del mundo. Según una antigua tradición judeo-cristiana, «este siglo», es decir, el tiempo que va desde Adán al Juicio Final, tendría una duración de siete milenios, a semejanza de los siete días de la creación: dos milenios corresponden a la Ley Natural, dos milenios a la Ley Mosaica, dos milenios a la Ley Cristiana, siendo el último milenio el de «los tiempos finales», el domingo de la historia, la época parusíaca de los nuevos cielos y de la nueva tierra. Así, pues, en un sentido trascendental, Cristo pudo decir con verdad que su Segunda Venida estaba cerca.
En segundo lugar, la promesa «vengo pronto» puede ser entendida místicamente, en el sentido de que todos debemos considerarnos próximos al juicio en razón de la muerte, que puede sobrevenir en cualquier momento, resultando siempre sorpresiva e inesperada para las expectativas e ilusiones humanas. La pedagogía de Cristo en el Evangelio fue siempre alertar sobre el carácter imprevisto que tiene la muerte para cada uno de los hombres: «Necio, esta misma noche morirás. Lo que has juntado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20). Y no sólo respecto de los hombres individuales sino también en un sentido más universal: «Como sucedió en los días de Noé -dijo Jesús-, así será también en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca; vino el diluvio y los hizo perecer a todos… Lo mismo sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste» (Lc 17, 26-27.30). Lo sensato será, pues, pensar que el fin está siempre cerca, para tener aceite en el candil, como las vírgenes prudentes.
Por fin la expresión «vengo pronto» puede ser interpretada literalmente. Porque ese «pronto» de Cristo, un presente justiciero, se cumplió al poco tiempo en la destrucción de Jerusalén, y luego en el derrumbe del Imperio Romano, los dos typos del fin del siglo, o sea, el término del ciclo. Se cumplió en su primera fase para los contemporáneos del Señor, y se cumplirá quizá en su forma plenaria para nosotros, que pensamos menos en los fines últimos que los primeros cristianos, siendo que estamos más cerca que ellos.


El estilo profético

Hay exégetas que han interpretado la totalidad del Apocalipsis en un sentido alegórico, lo que se presta a las más fabulosas fantasías. San Agustín y Santo Tomás dejaron una regla de oro para la interpretación de las Escrituras en general, y es que todo lo que en ellas se puede entender en sentido literal, debe ser así comprendido. Por cierto que «literal» no se contrapone a «simbólico». El Apocalipsis es un conjunto de símbolos plásticos, según se estila en todas las literaturas primitivas. Como sabemos, símbolo es una cosa o imagen concreta de algo que no se ve; por ejemplo, el anillo del obispo representa su autoridad. Alegoría, en cambio, es una imagen concreta de un concepto abstracto, como la barquilla del poema de Lope representa la vida humana. Las visiones del Apocalipsis son, por cierto, metafóricas, y no pueden entenderse en un sentido «literalísimo», pero sí en un sentido literal-simbólico. En razón de la teoría del typo y el anti-typo, dicho sentido es doble. Así la Primera Bestia puede significar simultáneamente a Nerón y al Anticristo, la Mujer calzada de luna a la Iglesia y al pueblo de Israel, la Gran Ramera a la Roma Pagana y a la ciudad que será la capital del Anticristo…
El tema central del Apocalipsis es la persecución de los fieles y el triunfo final de Cristo y de la Iglesia. En torno a dicho asunto se concentran las diversas visiones, que se desenvuelven tanto en el cielo como en la tierra y su tiempo histórico, con la ayuda de símbolos plásticos, como la Bestia, la Mujer Coronada, la Gran Ramera, los Dos Testigos. Su género literario tiene algo de polifonía: los espectáculos celestiales se conjugan con las diversas intervenciones de Dios en las vicisitudes religiosas de la historia humana. La contemplación del Trono divino abre la trama del texto sagrado, le confiere un marco litúrgico en toda su extensión, y la clausura en la última visión de la Jerusalén celestial. Mientras tanto, los hombres se debaten en el devenir de la historia. Y así «el autor de este drama divino se mueve continuamente del cielo a la tierra y otra vez al cielo, hasta que la tierra y el cielo quedan unidos y como compenetrados, nuevos cielos y nueva tierra, la Jerusalén Celeste».
La gran dificultad para penetrar en el sentido del Apocalipsis es su estilo. No debe ser interpretado, señala Castellani, como si se tratase de una historia lineal, sino según las leyes propias del hablar profético. Como se sabe, en el Apocalipsis encontramos diversos septenarios: el de las Iglesias, que examina los diversos estadios de la historia de la Iglesia; el de las Trompetas o Tubas, que recorre las sucesivas herejías que se han ido manifestando en el curso de los siglos, hasta la última; el de los Sellos, que describe la curva del progreso y de la decadencia del cristianismo en el mundo; el de las Copas o Redomas, que preanuncia las calamidades de los tiempos postreros, los castigos de Dios a la Gran Apostasía. Dichos septenarios siguen un método recapitulatorio, es decir, en algún momento el escritor detiene su relato y vuelve atrás en una nueva visión; cuando se acerca a la Parusía, recomienza en una inesperada perspectiva, o desde un punto más cercano a ella. La marcha no es así recta ni lineal, sino en espiral. Es el mismo tema general visto desde diferentes enfoques, «sinfonizado» por visiones que lo van explicando cada vez más, hasta la visión de la Jerusalén celestial, que es el objeto y término de las otras. Como dice San Victorino mártir, autor del siglo III: «No hay que buscar en el Apocalipsis el orden [cronológico] sino el sentido». Y San Agustín: «Con muchas palabras repite la misma cosa, cuando procura decir lo mismo de otra manera». Por lo que no hay que perder de vista el sentido de la imagen total.



Los signos de los tiempos


De lo que se trata es, fundamentalmente, de percibir los signos de los tiempos. Como Castellani le hace decir al protagonista de su novela teológica Los papeles de Benjamín Benavides: «La Venida Segunda es imprevisible y es previsible a la vez… Es imprevisible desde lejos y en cuanto al tiempo exacto; pero a medida que se aproxime se irá haciendo… no diré cierta, pero sí, como dicen, «inminente». Se olerá en el aire, como las tormentas; pero no por todos, ciertamente, sino por muy pocos».
Le pasa al Apocalipsis lo que a todos los libros proféticos, que sólo se vuelven claros a medida que se van cumpliendo las profecías. Es natural que habiendo pasado dos mil años desde la Primera Venida, y encontrándonos nosotros más cerca del fin de la historia, estemos más capacitados para entender mejor las cosas relativas a las ultimidades. Por eso algunos autores de los tiempos recientes han logrado inteligir los hechos con más claridad que los mismos Padres de la Iglesia, si bien en continuidad con ellos. Cuando una profecía se cumple, entonces todos aquellos que la guardan en su corazón creyente, y solamente ellos, ven con claridad que no podía ser de otra manera.
Al igual que Pieper, Castellani observa cómo algunas de las cosas anunciadas en el Apocalipsis, que antaño pudieron parecer irrealizables y hasta ridículas, hoy se las ve como perfectamente posibles. Hace sólo un siglo Renan se permitía burlarse del apóstol Juan y de su «imaginación oriental delirante y desmesurada», tan diferente del sereno equilibrio y elegante compostura de la imaginación griega. «¡Un ejército de doscientos millones de hombres!», dice con sorna, aludiendo a Ap 9, 16. Pues bien, en la última guerra ha habido cerca de doscientos millones de combatientes, contando los obreros de las fábricas de armas. ¡Ciudades enteras que se derrumban en un instante y se convierten en ruinas! ¡Fuego que cae del cielo! Todo ello es hoy factible con las bombas nucleares. ¡La imagen de la Bestia que se ve en todo el mundo! Hoy es posible por la televisión satelizada. Renan paladea con gusto los «absurdos» de Juan, imposibles de aceptar en la edad del Progreso, de la Civilización y de la Ciencia Moderna.
La percepción de los signos de los tiempos resulta, pues, insoslayable para entender tanto la complejidad como el cumplimiento del Apocalipsis que, al decir de San Agustín, «abarca todos los acontecimientos grandes de la Iglesia, desde la primera venida de Cristo hasta el fin de este siglo, en que será su segunda venida». Una gran profecía que engloba lo que se ha dado en llamar «el tiempo de la Iglesia», es decir, el tiempo que corre entre la Ascensión de Cristo -en que un ángel anunció a los discípulos el Retorno del Señor- hasta su Segunda Venida, con el acento puesto en el término. O, como escribe Castellani: «El Apokalypsis es una profecía referente a la Segunda Venida de Cristo (dogma de fe que está en el Credo) con todo cuanto la prepara y anuncia, que es ni más ni menos que el desarrollarse en continua pugna de las Dos Ciudades, la Ciudad de Dios y la del Hombre». Por el hecho de que dicha Segunda Venida se basa en el Sermón Esjatológico de Cristo y en su exégesis auténtica hecha por Juan bajo la inspiración del Espíritu Santo, el Apocalipsis constituye «la cúspide y clave de todas las profecías del Antiguo y Nuevo Testamento, así como de la Metafísica de la Historia de la Iglesia; y del Mundo por extensión». Lo que explica que ningún libro de la Escritura haya tenido tantos comentaristas y dado lugar a tantas extravagancias.
Nosotros afirmamos que el Mesías ya ha venido -contra lo que sostienen los judíos-, de modo que las profecías mesiánicas ya se han cumplido en su primera parte, pero también afirmamos que han de realizarse de manera plenaria y más espléndida en su segunda venida. Afirma San Juan que Cristo es o wn kai o hn kai o ercomenod (Ap 1, 8), el que es, el que era y el que va a venir. Con la expresión el que es, el nombre mismo que Dios se dio cara a Moisés, se alude, escribe Castellani, a la existencia eterna de Dios; al decirse el que era, se quiere significar la existencia temporal de Cristo, que tuvo principio y término en la tierra; y con la fórmula el que vendrá, el que está por venir, el erjómenos, se hace referencia al futuro de quien está viniéndose.
Las reluctancias frente al Apocalipsis


Tal es la gran enseñanza del Apocalipsis. Por eso quizás en el Adviento, al celebrarse la Expectativa de la Primera Venida del Señor, se comienza por recordar y «expectar» la Segunda, pues si ésta no existiera, en cierta manera la Parusía quedaría trunca. El Apocalipsis nos recuerda que este mundo terminará. Pero dicho término se verá precedido por una gran tribulación, y una gran apostasía, tras las cuales sucederá el advenimiento de Cristo y de su Reino, que no ha de tener fin.
La llegada del Señor, decíamos, será precedida por cataclismos, primordialmente cósmicos. En su Discurso Esjatológico, el Señor dice que «habrá en diversos lugares hambres y terremotos…, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo» (Mt 24, 7.29). El sol en la Escritura representa a veces la verdad religiosa; la luna, la ciencia humana; las estrellas figuran a los sabios y doctores. Pregúntanse los exégetas si aquellos «signos en el cielo» tan extraordinarios, serán físicos o metafóricos; si hay que tomar esas palabras como símbolos de grandes trastornos y perturbaciones morales, o si efectivamente las estrellas caerán y la luna se pondrá color sangre. Castellani piensa que las dos cosas; porque al fin y al cabo el universo físico no está separado del universo espiritual, y estas dos realidades, materia y espíritu, que se nos muestran como separadas y aun opuestas, en el fondo no son sino dos caras de una misma realidad.
Pero más allá de tales señales en la tierra y en el cielo, Cristo dio tres signos troncales de la inminencia de su Segundo Advenimiento: la predicación del Evangelio en todo el mundo (cf. Mt 24, 14), el término del vasallaje de Jerusalén en manos de los Gentiles (cf. Lc 21, 24), y un período de «guerras y rumores de guerras» (Mt 24, 6). Los tres signos parecen haberse cumplido. El Evangelio ha sido traducido ya a todas las lenguas del mundo y los misioneros han recorrido los cinco continentes. Jerusalén, que desde su ruina el año 70 ha estado sucesivamente bajo el poder de los Romanos, Persas, Árabes, Egipcios y Turcos, ha vuelto a manos de los Judíos con la consiguiente implantación del «Estado de Israel». Y en lo que toca a las guerras, nunca existió antes en el mundo una situación semejante a la de las últimas décadas, en que la guerra, según dijo Benedicto XV en 1919 «parece establecida como institución permanente de toda la humanidad». Estos síntomas no son aún el fin, pero están como preludiando el fin que será el Reinado Universal del Anticristo, quien perseguirá a todo el que crea de veras en Dios, hasta que finalmente sea vencido por Cristo.
Bien señala Castellani que todo el mundo, o casi, acepta que Cristo ha existido, ha nacido en Belén. Tanto Rousseau como Renan, tanto los modernistas como los judíos lo reconocen como un gran hombre de nuestra raza, y en cierto modo como Dios, sin concretar mucho si ese modo es el de Arrio, el de Nestorio, el de Mahoma, o el de Dante y Tomás de Aquino. Pero lo que distingue a los verdaderos cristianos es su fe en la Segunda Venida. «Hoy día ser verdadero cristiano es desesperar de todos los remedios humanos y renegar de todos los pseudosalvadores de la Humanidad que desde la Reforma acá surgen continuamente con panaceas universales», escribe Castellani.
A semejanza de Pieper, sostiene Castellani que frente al trascendental tema del «sentido de la historia», se han dado dos posiciones igualmente falsas, o mejor, dos actitudes heterodoxamente proféticas: una agorera y otra eufórica, que pueden ejemplificarse con facilidad en la actual literatura social o filosófica.
La primera de ellas podría enunciarse así: «Todo es inútil, no se puede hacer absolutamente nada». Dicha tesitura es advertible en el existencialismo ateo, así como en diversas obras al estilo de El ocaso de Occidente de Spengler, quien documentó con admirable erudición el estado de ánimo del pesimismo radical: nuestra civilización ha llegado al término de su devenir, al agotamiento senil e irreversible, contra lo cual no hay nada que hacer. Una posición semejante la encontramos en Luis Klages, Benedetto Croce, y tantos otros, que desahucian al Occidente de manera implacable, extendiendo el certificado de defunción al acontecer histórico.
La otra posición, de euforia atolondrada e infantil, es la más generalizada. Quizás haya encontrado su mejor expresión en la teoría espejista del Progreso Indefinido, que tanta vigencia tuvo en el siglo pasado, y que se opone tan directamente a la palabra de Cristo de que el final intraterreno será catastrófico, de que una terrible lucha precederá como agonía suprema la resolución del drama de la Historia. Oigamos si no lo que decía Renan: «El Anticristo ha cesado de alarmarnos. Nosotros sabemos que el fin del mundo no está tan cerca. Operará por medio del frío en centenares de centurias, cuando el planeta Tierra haya agotado los recursos de los senos del viejo Sol para proveer a su curso». Y tras mostrar su admiración por las leyes del progreso de la vida, sólo veía en este mundo brotes y yemas de un gran árbol que se va elevando por siglos sin fin. Por eso, concluye, «el Apocalipsis no puede dejar de regocijarnos. Simbólicamente expresa el principio fundamental de que Dios no tanto “es”, cuanto que “llegará a ser”». Lo que dice Renan, el padre del modernismo, no es por cierto lo que dice Cristo, quien nos habló de una tribulación como no se ha visto otra en el mundo, de guerras terribles, pestes, terremotos, y de una acción desatada de Satanás.
Detengámonos un tanto en esta segunda posición, tan francamente optimista. El mundo ha vivido ya cientos de millones de años, afirman sus sostenedores, y por lo tanto puede pensarse que seguirá existiendo cientos de siglos más. Todas las dificultades por las que pasamos, no pueden ser sino una especie de gripe, que necesariamente pasará para dejar al organismo más sano y más robusto. No son dolores de agonía sino de parto. La Ciencia y la Civilización convertirán a este mundo en el Edén del Hombre Emancipado. Esta idea está muy impregnada en el ambiente, y con ella podemos tropezar por doquier, en forma de argumento o de espectáculo. Es la gran Esperanza del Mundo Moderno, poseído del «espíritu de la tierra», el mesianismo del Progreso o milenarismo de la «Ciencia», sobre el que tantos pseudo-profetas de hoy escriben páginas tan brillantes. No hacen sino cumplir lo que preanunciaba San Pedro: «Sabed que en los últimos días vendrán hombres llenos de sarcasmos, guiados por sus propias pasiones, que dirán en son de burla: ¿Dónde queda la promesa de su Segunda Venida? Pues desde que murieron los padres [los fieles de la primera generación], todo sigue como al principio de la creación» (2 Pe 3, 3-4). Los hombres, como en los días de Noé, comerán, beberán, harán negocios, sin abrigar la menor duda sobre la continuidad indefinida del mundo. Por eso, como dice Castellani, «la última herejía será optimista y eufórica, «mesiánica»». Será como el resumen de todas las anteriores.
Nuestro autor insiste en este punto, capital para la inteligencia de su obra: la enfermedad mental específica del mundo moderno es pensar que Cristo «no vuelve más». En base a ello, y tras declarar que el cristianismo ha fracasado, el mundo inventa sistemas, a la vez fantásticos y atroces, para solucionar todos los problemas, nuevas Torres de Babel en orden a escalar el cielo. Pululan los profetas que dicen: «Yo soy. Aquí estoy. Éste es el programa para salvar el mundo. La Carta de la Paz, el Pacto del Progreso, la Liga de la Felicidad, la Una, la Onu, la Inam, la Unesco. ¡Mírenme a mí! ¡Yo soy!» Y así, encerrándose en su inmanencia, negando explícitamente la Segunda Venida de Cristo, lo que el mundo hace, en el fondo, es negar su Mesianismo, negar el proceso divino y providencial de la historia. «Con retener todo el aparato externo y la fraseología cristiana, falsifica el cristianismo, transformándolo en una adoración del hombre; o sea, sentando al hombre en el templo de Dios, como si fuese Dios. Exalta al hombre como si sus fuerzas fuesen infinitas. Promete al hombre el reino de Dios y el paraíso en la tierra por sus propias fuerzas». Esto se llamó sucesivamente filosofismo, naturalismo, laicismo, protestantismo, catolicismo liberal, comunismo, modernismo, corrientes diversas, por cierto, pero que confluyen ahora en una religión que todavía no tiene nombre. «Todos los cristianos que no creen en la Segunda Venida de Cristo se plegarán a ella. Y ella les hará creer en la venida del Otro», como llamó Cristo al Anticristo: «Porque yo vine en nombre de mi Padre y no me recibisteis; pero otro vendrá en su propio nombre y a ése lo recibiréis» (Jn 5, 43).
De ahí la importancia de ese dogma que recitamos en el Credo, casi como de paso: «Y de nuevo vendrá con gloria a juzgar vivos y muertos». Un dogma bastante olvidado y nada meditado. Su traducción es ésta: el mundo no continuará desenvolviéndose indefinidamente, ni acabará por azar, o por un choque cósmico, sino por una intervención directa del Creador. «El Universo no es un proceso natural, como piensan los evolucionistas o naturalistas -escribe Castellani-, sino que es un poema gigantesco, un poema dramático del cual Dios se ha reservado la iniciación, el nudo y el desenlace; que se llaman teológicamente Creación, Redención y Parusía». El día en que el Señor ascendió, dijeron los ángeles: «Éste que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá tal como le habéis visto subir al cielo» (Act 1, 11). De donde concluye nuestro autor: «El dogma de la Segunda Venida de Cristo, o Parusía, es tan importante como el de su Primera Venida, o Encarnación».
Por eso San Pablo dijo: «El tiempo es corto» (1 Cor 7, 29), recordando las enseñanzas de Cristo sobre la vigilancia que es preciso mantener frente a la muerte, el «ladrón nocturno», dirigida ahora no ya solamente a los particulares sino a toda la historia, así como a sus grandezas caducas y sus ilusiones de pervivencia terrena y de «progreso indefinido». Lo preocupante es que muchos cristianos consienten a dicha tentación. Porque, como escribe Castellani, «la señal más cierta de la aproximación del Anticristo será cuando la Iglesia no querrá ocuparse de él, conforme dice San Pablo: “cuando digan, henos aquí en plena paz y prosperidad, entonces súbito vendrá la pataleta” (1 Tes 5, 3)».

El Apocalipsis como drama

Entremos ahora en el contenido mismo del Apocalipsis. El libro sagrado nos expone un drama impresionante, el de la secular lucha entre el bien y el mal, ahora llegada a su culminación, y por ende radicalizada. El P. Castellani lo escruta con toda la inteligencia y la inspiración del teólogo y del poeta que es a la vez.
Detengámonos con él en los principales personajes -los dramatis personæ-, que actúan, a veces bajo la forma de símbolos, en este drama teológico.

Cristo y el Dragón

En el telón de fondo aparecen los dos grandes protagonistas, por así decirlo. Ante todo Cristo, el Señor de la Historia. Porque no es otro que el Señor, el Kyrios, el Cordero, quien abre el libro sellado, manifestando así su dominio plenario sobre los acontecimientos históricos. Él es el Liturgo que preside en el cielo el majestuoso culto de los ancianos, los ángeles y los seres vivientes. Es también el Guerrero, montado sobre blanco corcel, con su túnica salpicada en la sangre de su martirio victorioso, que galopa seguido por los ejércitos de los cielos, también en caballos blancos, y en cuyo muslo está grabado su nombre: Rey de Reyes y Señor de Señores.
En el clímax de la persecución, en el ápice mismo de la Gran Apostasía y la tribulación más espantosa de la historia, cuando los fieles estén casi por desfallecer, según las palabras del mismo Cristo: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿acaso hallará fe sobre la tierra?» (Lc 18, 8), llegará inesperadamente el momento de la victoria, de la victoria no última sino penúltima, que cerrará el primer combate esjatológico.
«Entonces vi el cielo abierto, y había un caballo blanco; el que lo monta se llama «Fiel» y «Veraz»; y juzga, y combate con justicia» (Ap 19, 11). Es Cristo que viene para deponer a su Adversario. «Y los ejércitos del cielo -prosigue el texto-, vestidos de lino blanco puro, le seguían sobre caballos blancos» (ibid. 14). Ya lo había anunciado el profeta al decir: «Vendrá el Señor Dios mío y todos los santos con él» (Zac 14, 5), lo que San Judas refrendó en su epístola: «He aquí que viene el Señor, con miles de santos suyos» (1, 14).
Luego, leemos en el texto del Apocalipsis, el Ángel, de pie sobre el sol, «llamó a todas las aves que volaban por lo alto del cielo», invitándoles a comer «carne de reyes, carne de caballos y de sus jinetes» (Ap 19, 17-18). En su libro sobre las Parábolas, Castellani relaciona este texto con una extraña frase que se encuentra en el libro de Job: «Donde está el cuerpo se juntan las águilas» (38, 27). Varias interpretaciones se han dado de estas últimas palabras. Nuestro autor prefiere, siguiendo a San Beda, Santo Tomás y Maldonado, aplicarlas al mundo de los últimos días, cuerpo muerto y descompuesto, a pesar del tremendo poder político y militar que lo rige; ese mundo homogeneizado por obra del Anticristo, contra el cual se lanzarán repentinamente, con la subitaneidad de un relámpago, las potencias espirituales del Cosmos -los ángeles- para hacerlo pedazos. Si se trata de una predicción de dos acontecimientos sucesivos, typo y antitypo, veamos lo que acaece en ambos. En el primero, las «águilas», que serían las divisiones romanas, confluyeron de todas partes a Jerusalén, según lo relata Josefo, para ocupar cruentamente la capital de los judíos. En el segundo, el objetivo será la gran ciudad capitalista, imperial y sacrílega, sede de la Bestia. Cuando ese mundo apóstata esté hecho cadáver, desechada la fe cristiana que le dio siglos de vida y esplendor, entonces las águilas del Espíritu caerán de las alturas sobre él y sobre su Usurpador, precediendo al verdadero Señor del mundo, Nuestro Señor Jesucristo. Pero no adelantemos la trama.
Porque ante ese ataque en picada, escribe el hagiógrafo, «vi a la Bestia y a los reyes de la tierra con sus ejércitos reunidos para entablar combate contra el que iba montado en el corcel y contra sus ejércitos». La conclusión es gloriosa: «Apresada fue la Bestia, y con ella el Pseudoprofeta…, los dos fueron arrojados vivos al lago de fuego que arde con azufre» (Ap 19, 19-20). En cuanto a los demás, «fueron exterminados por la espada que sale de la boca del que monta el caballo, y todas las aves se hartaron de sus carnes» (ibid. vers. 21).

. La Primera Resurrección

A continuación, el vidente observó a un Ángel, quizás el mismo Mikael, «que bajaba del cielo y tenía en su mano la llave del Abismo y aprehendió al Dragón, la antigua serpiente, que es el Diablo y Satanás, y lo encadenó por mil años» (Ap 20, 1-2). Hemos llegado a un tema espinoso, el del Milenio. Su tratamiento no es nada fácil. Antes de considerarlo como corresponde, será conveniente decir algo sobre lo que sigue en el texto sagrado.
Háblase allí de unos tronos donde «los que revivieron» (Ap 20, 4) se sentaron para juzgar. Trátase, al parecer, de una «primera resurrección» (ibid. 5), donde revivirán sólo algunos; el resto de los muertos no volverán a la vida hasta que se acaben los mil años.
¿Quiénes resucitarán primero? Según varios comentaristas, solamente los mártires, los apóstoles y algunos santos, conforme a lo escrito en el Apocalipsis, donde se lee que revivirán «los que fueron decapitados por el testimonio de Jesús, y todos los que no adoraron a la Bestia ni a su imagen, y no aceptaron la marca en su frente o en sus manos» (Ap 20, 4). Quizás sea precisamente por ello que recibirán este privilegio y galardón peculiar, ya que soportaron la lucha más terrible. No en vano decía San Agustín que «los mártires de los últimos tiempos serán los más grandes de todos, porque los primeros mártires lucharon contra los Emperadores, pero los últimos combatirán con Satanás mismo». Los que sostuvieron el peso más arduo de la lucha recibirán un premio que no será común a los otros muertos, y es el privilegio de poder sentarse en el trono para juzgar, que según el uso de la Escritura es sinónimo de regir y gobernar el mundo, juntamente con Cristo, a quien, por haberse humillado hasta la muerte, le fue dado el poder reinar sobre todo el mundo y juzgar a todos los hombres. En cambio los impíos e impenitentes, que caerán con el Anticristo, no resucitarán para acompañar al Señor en la victoria que seguirá a su Parusía. Es la cizaña reservada hasta la siega para ser luego quemada (cf. Mt 13, 30).
Otros autores interpretan que en esta primera reviviscencia resucitarán todos los justos. Para ello se apoyan también en textos de la Escritura, especialmente de San Pablo, por ejemplo aquél donde dice: «Del mismo modo que en Adán todos mueren, así también todos revivirán en Cristo; pero cada uno en su orden: Cristo, como primicia, el primero; luego los que son de Cristo en su Parusía; luego, el final, cuando entregue el Reino a Dios Padre, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad, pues es preciso que él reine hasta poner bajo sus pies todo enemigo. El último enemigo en ser destruido será la muerte» (1 Cor 15, 22-26). El orden de la resurrección sería, pues, el siguiente: primero, Cristo; después, «los que son de Cristo», o sea, todos los justos en el tiempo de su Retorno; por último, todos los hombres, cuando la misma Muerte sea destruida, y nadie más haya de morir. Tales exégetas añaden otro texto del Apóstol en su favor, donde se dice: «El Señor en persona, a la orden dada por la voz del Arcángel y por la trompeta de Dios, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar» (1 Tes 4, 16). Como «los muertos en Cristo» son todos los justos, por eso estiman que todos ellos resucitarán primero en la Parusía.
En cuanto a los que se negaron a prosternarse ante el Anticristo ni tampoco fueron por él asesinados, saldrán transfigurados al encuentro del Señor. Los que cedieron al Anticristo, recibiendo su marca en la frente o en la mano, no por complicidad sino por temor, que serán los más, una vez vencido el Anticristo harán penitencia, e integrarán la Iglesia de los viadores durante el Milenio, escribe Castellani.
Tras la ruina del Anticristo, dice el Apocalipsis que el Demonio será encadenado. El Ángel «lo arrojó al Abismo, lo encerró y puso encima los sellos, para que no seduzca más las naciones hasta que se cumplan los mil años» (Ap 20, 3). Sostienen los milenistas que Satanás ya no tendrá contacto con los hombres, lo que será una de las principales causas de felicidad en el Reino de Cristo.

El Milenio
Acabamos de aludir al Milenio y el Reino de Cristo «por mil años» (Ap 20, 3.6). Estos versículos han traído verdaderos dolores de cabeza. Por lo general, nadie sostiene que el número mil haya de entenderse de manera literal. Mil años significa un largo período de la historia.

El séptimo milenio

 la cuestión del milenarismo, que Castellani prefiere llamar «milenismo», según lo denomina San Agustín; interpretación que, tomando el Milenio como reinado efectivo de Cristo, coloca esos mil años de que habla el Apocalipsis (cf. 20, 2-7) entre dos resurrecciones, la primera de las cuales, a que se refieren los versículos 4-6, se atribuye sólo a los justos, y la segunda y general, que se menciona en los versículos 12-13, se reserva para el juicio final.
Castellani se ha esmerado en demostrar, sobre todo en el libro La Iglesia patrística y la Parusía, que el milenismo fue propiciado por buena parte de los primeros Padres de la Iglesia. Así, por ejemplo, un Padre tan importante como San Ireneo sostuvo que el mundo duraría seis mil años desde Adán hasta la Segunda Venida de Cristo: «En cuantos días fue hecho el mundo, en otros tantos milenios será consumado. Por eso dice el Génesis: “Concluyéronse, pues, los cielos y la tierra y todo su mobiliario, y consumó Dios en el día sexto todas las obras suyas que había hecho, y descansó el día séptimo de todas las obras que hizo” (Gen 2, 1-2). Esto es a la vez narración de lo pasado y profecía de lo porvenir. Si, pues, “un día de Dios es como mil años” (Ps 89, 4), y en seis días consumó la creación, manifiesto es que en seis milenios consumará la historia» (Adv. hær. V, 28, 3). Pues bien, prosigue Ireneo, al fin del sexto milenio o al comienzo del séptimo, aparecerá el Anticristo, quien «recapitulará» todas las herejías: «Viniendo, pues, aquél y resumiendo toda apostasía en sí mismo transferirá a Jerusalén su Reino y se sentará en el templo de Dios, seduciendo a los que le adoraren “como si él fuese Cristo”… Y habiéndolo devastado todo este Contracristo, reinando en el mundo tres años y medio y sentándose en el templo solimitano, entonces vendrá el Señor de entre las nubes y en la gloria de su Padre; y al otro y a los que le obedecen arrojará al estanque ardiente; y llevará a los justos al Tiempo del Reino, es decir, del Descanso, al Séptimo Santificado Día»… (ibid. 25, 27, 30).
También San Agustín dividió la historia del mundo en siete períodos. El primero es el que va de Adán hasta Noé, el segundo de Noé hasta Abraham, el tercero de Abraham hasta David, el cuarto de David hasta la deportación a Babilonia, el quinto de la deportación a Babilonia hasta la llegada de Cristo nuestro Señor. Con la venida de Cristo comienza el sexto período, que es aquel en que estamos. Y así como el hombre fue hecho a imagen de Dios en el sexto día (cf. Gen 1, 26), de manera semejante en este tiempo, que es el sexto del gran ciclo histórico, nos regeneramos por el bautismo, recibiendo la semejanza de nuestro Modelador. Cuando pasare el sexto día, vendrá el descanso sabático para los santos y justos de Dios. Después del séptimo, iremos al reposo final, retornando al origen. «Pues así como pasados los siete días se llega al octavo que es a la vez el primero, así terminadas y cumplidas las siete edades de este ciclo fugitivo, volvemos a aquella felicidad inmortal de la cual decayó el hombre» (Sermo 259: PL 38, 1197).

 Tipos de Milenismo

Abundemos un tanto en este asunto. Tres son los tipos de milenismo que ha conocido la historia, escribe Castellani.
Ante todo el milenismo craso o carnal, que designa una tendencia poco menos que novelesca de los primeros siglos, según la cual Cristo triunfaría en esta tierra de una manera temporal y mundana, con un cortejo de satisfacciones, revanchas y deleites groseros para los resucitados. Se la atribuye originalmente a Cerinto, contemporáneo de los Apóstoles, que nació en Egipto, de padres judíos. Imbuido en la filosofía alejandrina, abrazó el cristianismo, conservando al parecer elementos judaicos. Dicho personaje, cuya herejía recibió el nombre técnico de «quiliasmo», imaginó para los justos, después de la resurrección primera en esta tierra, una vida jubilosa por muchos siglos, retomando viejas costumbres del Antiguo Testamento, como la circuncisión imperada por la Ley de Moisés; de las colinas fluirían leche y miel, habría grandes banquetes y festichongas, entendiéndose a la letra lo que se encuentra en diversos lugares de la Escritura, y ello a modo de compensación por lo sufrido antes del milenio. Algo semejante sostuvieron los llamados «ebionitas», que si bien adherían al cristianismo, conservaban también la ley de Moisés; Cristo, al venir, restauraría el Templo y restablecería los sacrificios judaicos, siguiéndose mil años de delicias.
El segundo tipo de milenismo es el espiritual, que no promete a los justos resucitados ni bodas ni francachelas, ni nada de lo que ha perimido en la ley mosaica, entendiendo que lo que la Escritura, con tropos e imágenes orientales, promete de felicidad en la Nueva Jerusalén ha de entenderse simbólicamente. Será preciso atenerse a lo esencial: un Milenio ha sido preanunciado, dicho período aún no ha tenido lugar, en qué consiste a punto fijo no lo sabemos; cuando se dé, lo sabremos.
Durante el período patrístico, muchos herejes sostuvieron el milenismo craso. Dicho milenismo se hizo especialmente peligroso en el siglo IV, por lo que fue duramente atacado por San Jerónimo y por el mismo San Agustín. Éste había sido primero milenista, pero después, por influjo de San Jerónimo, que le advirtió de los riesgos muy reales entonces del quiliasmo, propuso una interpretación más benigna, orientada principalmente a impugnar los abusos del milenismo carnal. En cuanto al milenismo espiritual, fue defendido por casi todos los Padres de los primeros siglos, así como por varios destacados teólogos a lo largo de la historia.
La tercera clase de milenismo es el alegorista, cuyos fautores sostienen que el Milenio no es sino este tiempo en que vivimos, es decir, todo «el tiempo de la Iglesia», desde la Ascensión de Cristo hasta el fin del mundo. Según sus sostenedores, el capítulo 20 del Apocalipsis debe entenderse como una «alegoría» de la actual vida de la Iglesia, excepto tres versículos, del 7 al 10, que ésos sí se refieren literalmente al fin del mundo. De donde no hay «resurrección primera y segunda», como dice el texto, sino una sola, la terminal. Algunos intérpretes de esta escuela afirman que el Milenio ya pasó, correspondiendo al tiempo de la Cristiandad, que comenzó en Carlomagno y terminó en 1789; ahora, tras el Milenio, el demonio estaría desatado, como parece indicarlo la oración a San Miguel Arcángel que León XIII imperó se rezase al término de la Misa.
Pregúntase Castellani por qué será que se fue virando de una inteligencia literal-simbólica, como él la llama, a una inteligencia de tipo alegorizante, que es la que hoy prevalece mayoritariamente. Lo explica diciendo que durante la época de las persecuciones, los cristianos vivieron acorralados en el Imperio, sin ninguna salida a la vista. La Parusía significaba la victoria sobre la persecución, y por eso el Apocalipsis se volvió de actualidad. Tras la conversión de Constantino, la situación cambió sustancialmente. Las iglesias están llenas, exclamaba eufórico San Agustín, cuyo viraje interpretativo fue seguido por gran parte de la exégesis medieval, que poco pensó en la Parusía. Ocupados en edificar la Cristiandad, no tenían prisa en profetizar sobre su fin. Sin embargo también entonces se hubiera podido aplicar la clave typo-antitypo. El typo de las profecías mesiánicas era precisamente ese mundo nuevo que se estaba gestando, ese triunfo de Cristo, también temporal, lo que implicaba enseñar, edificar, ordenar, más que consolar. Pero dicho «typo» sólo habría alcanzado su inteligibilidad total si hubiese sido visto a la luz del Milenio, su «antitypo», lo que no sucedió.
Hoy los tiempos han cambiado y se han vuelto de nuevo duros, persecutorios y apocalípticos, por lo que se torna una vez más al tema olvidado. De donde concluye Castellani: «La exégesis del Apocalipsis tiene dos polos, que son el typo y el antitypo de la profecía. De la ocupación intensa en el antitypo, que es el Reino de Cristo después de su Segunda Venida, ella osciló fuertemente hacia el typo, que es el Reino después de la Primera Venida; reino espiritual, invisible y lleno de cizañas; para volver de nuevo a su objeto principal, el propio y más importante, que responde al sentido literal; sin el cual es vicioso el sentido moral y alegórico».

Nuestro autor no ignora todas las alergias que hoy suscita el tema del Milenio. Él lo cree plenamente coherente con la doctrina de la Iglesia. El milenismo espiritual no ha sido jamás condenado por la Iglesia, ni lo será nunca, sostiene, por la simple razón de que la Iglesia no podría condenar a la mayoría de los Santos Padres de los cinco primeros siglos, entre ellos a los más grandes.
Es cierto que hace varias décadas el Santo Oficio dio a conocer sobre este asunto dos decretos disciplinares para América del Sur, donde se prohibía la enseñanza del «milenarismo mitigado». En el primero de ellos, de 1941, se definía claramente en qué consiste dicho tipo de milenarismo, a saber, «el de los que enseñan que antes del juicio final, con previa o sin previa resurrección de justos, Cristo volvería a la tierra a reinar corporalmente». En 1944 apareció el segundo decreto, de índole aclaratoria, donde en vez de «corporalmente» se pone «visiblemente», ya que el primer adverbio resultaba inadecuado si se aplicaba a la época de la Iglesia en la tierra, donde Cristo está siempre «corporalmente» en el Santísimo Sacramento. Lo que está prohibido, sostiene Castellani, es enseñar «que Cristo reinará visiblemente desde un trono en Jerusalén sobre todas las naciones; presumiblemente con su Ministro de Agricultura, de Trabajo y Previsión y hasta de Guerra si se ofrece». Lo cual, obviamente, ningún Santo Padre o teólogo serio sostiene.

El Reino de Cristo
Cristo, pues, retornará del cielo, hará su Parusía, su Última Venida, en gloria y majestad. ¿Con qué fin? Para reinar y juzgar, juntamente con los suyos: «Luego vi unos tronos y se sentaron en ellos, y se les dio el poder de juzgar…, revivieron y reinaron con Cristo mil años» (Ap 20, 4). Dijimos hace poco que las palabras «reinar» y «juzgar» son casi sinónimos en la Escritura, dado que los reyes antiguos eran «los jueces» que «daban a cada uno lo suyo», en lo cual consiste esencialmente la virtud de la justicia. El Reino de Cristo es denominado con propiedad Juicio, dice Castellani, pues en su inicio acaecerá el juicio y castigo del Anticristo y de todos sus secuaces, así como se otorgará el premio de la resurrección primera a los mártires o a todos los justos en general. En este mismo sentido escribió San Pablo a Timoteo: «Te conjuro delante de Dios y de Jesucristo, que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su Venida y por su Reino»… (2 Tim 4, 1), de donde se deduce que por su Advenimiento y por su Reino se llevará a cabo el Juicio de vivos y muertos. La Resurrección general y el Juicio Final no serán sino el acto conclusivo y consumante de dicho Reino. Por eso rectamente en el Credo se lo profesa a su término.
¿Cómo será el Reino milenario de Cristo? Sólo podemos barruntarlo. Sabemos de cierto que la Iglesia no cambiará sustancialmente, ni en su régimen, ni en su doctrina, ni en los sacramentos, si bien alcanzará en todo ello sublime perfección.

Será un Reino verdaderamente universal, cumpliéndose así las profecías veterotestamentarias: «A él se le dio el poder, la gloria y el reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servirán» (Dan 7, 14); «le adorarán todos los reyes de la tierra, todas las naciones le servirán» (Ps 71, 11). Será un Reino de justicia y de paz (cf. Is 60, 18; 32, 17; Ps 71, 3). Será un Reino de prosperidad, consecuencia de la paz y la justicia (cf. Ez 34, 26-27; Os 2, 23-24; Am 9, 13). Será sobre todo un Reino de amor, en que Dios se mostrará especialmente afectuoso con los hombres (cf. Is 66, 12-13).
La sede del Reino será en aquellos días Jerusalén. En la Sagrada Escritura, y particularmente en los Evangelios, la «Ciudad del Gran Rey» es Jerusalén (cf. Mt 5, 35). Actualmente no lo es, por la infidelidad del pueblo elegido; pero quitada ésta, y si el Gran Rey o su representante deben reinar un día sobre la tierra, nada impide que se alleguen a su Ciudad propia, y ello tanto más cuanto en aquel tiempo la mejor y más ardorosa porción de sus súbditos serán los israelitas. Varios profetas parecen refrendar esta idea (cf. por ej. Jer 3, 17; Joel 4, 21; Is 49, 17 ss.; Is 54, 2-17). La Jerusalén futura será, pues, la sede del Reino de Cristo, y por tanto también de la Iglesia, renovada por su Segunda Venida.
Todos los milenistas suponen que habrá cierta comunicación entre los viadores y los santos, entre la tierra y el cielo, de donde se derivarán muchos bienes. ¿En qué forma será ello? Quizás el estilo del trato que había entre Cristo glorificado y sus apóstoles en los cuarenta días que precedieron a la Ascensión del Señor, esbozo de estado glorioso de los Mil años. Posiblemente Cristo, la Santísima Virgen y los santos se aparecerán a los hombres, o al menos a algunos de ellos, de manera más frecuente que ahora…
Cerremos este espinoso asunto del milenismo. En Su Majestad Dulcinea señala Castellani que el problema es si Cristo ha de volver a consumar su Reino antes del fin del mundo o juntamente con el fin del mundo. Si la Parusía, el Reino de Dios, el Juicio Final y el Fin del Mundo, son cosas simultáneas, es muy probable que antes de esa consumación alboree en la historia un gran triunfo de la Iglesia y un período de oro para el cristianismo, el último período, por cierto, donde se acaben de cumplir las profecías, sobre todo la de la conversión del Pueblo Judío y la unidad de todos en un Único Rebaño bajo un Solo Pastor. Dicho período no podrá ser largo, durando quizás el tiempo de una vida humana. Después volverán a desatarse las tremendas fuerzas demoníacas previas al Triunfo Final de Cristo.
Pero si Cristo ha de venir antes, a vencer al Anticristo, y a reinar por un tiempo en la tierra; es decir, si la Parusía y el Juicio Final no coinciden, sino que son dos sucesos separados, según lo sostienen los Padres más antiguos, entonces no hay que esperar aquel próximo triunfo temporal de la Iglesia. La persecución se irá haciendo cada vez más intensa, casi insoportable, debiendo ser abreviada por la Segunda Venida de Cristo, que inaugurará un largo período de gloria y de paz.
Como resulta obvio, nuestro autor se inclina decididamente por la segunda variante, si bien lo hace con modestia: «Nosotros realmente no sabemos si el milenarismo es dogmáticamente o apodícticamente verdadero; ni tampoco lo contrario. Sabemos que es por lo menos una hipótesis (digamos) científica que nos satisface más; y que no se combate con insultos y con espantajos, sino con razones… Podemos, si no enseñarlo en cualquiera de sus formas, al menos tenerlo en cuenta en su forma espiritual más sesuda como una interpretación posible, no condenada», y hasta recomendada, como dijo San Jerónimo, a pesar de ser antimilenista, «por innumerables santos y mártires de ambas Iglesias latina y griega».

El último remezón
«Cuando se terminen los mil años -prosigue el texto revelado-, será Satanás soltado de su prisión y saldrá a seducir a las naciones de los cuatro extremos de la tierra, a Gog y a Magog, y a reunirlos para la guerra, numerosos como la arena del mar» (Ap 20, 7-8).
No sabemos por qué tendrá que ser soltado de nuevo Satanás, comenta Castellani. Algunos opinan que aunque el demonio haya sido ligado, y por ende las tentaciones graves se encuentren amenguadas, el hombre no estará inmune de entibiarse. Es cierto que las manifestaciones frecuentes de Cristo y de sus santos fomentarán singularmente las virtudes, pero con todo, el hombre es veleidoso, y no hay cosa que a la larga no le infunda desgano. La paz, la tranquilidad y la abundancia de aquel tiempo podrán suscitar incuria o desidia, de modo que las pasiones se vuelvan a encender y se multipliquen las faltas, tornándose raras las apariciones de los santos. Será preciso trillar de nuevo el campo de las almas. El esplendor anterior, inficionado por la tibieza, requerirá una última purificación.
¿Quiénes son Gog y Magog? Hay que recordar acá los capítulos 38 y 39 de Ezequiel, de índole apocalíptica, donde se describe un terrible combate contra el príncipe Gog, rey de Magog, su ulterior derrota, y la consiguiente glorificación de Israel. Al parecer, el profeta alude a los infieles de los últimos tiempos, los cuales, como dice el Apocalipsis, «cercaron el campamento de los santos y de la Ciudad Amada» (Ap 20, 9). La Ciudad Amada es Jerusalén, donde vive la Israel convertida, reunida de entre todas las naciones, y habitando en paz la Tierra Santa.
Sigue diciendo el Apocalipsis: «Pero bajó fuego del cielo y los devoró. Y el Diablo, su seductor, fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde están también la Bestia y el Falso Profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (Ap 20, 9-10). Esto recuerda el texto de Ezequiel, a que acabamos de aludir (cf. 38, 22). La Ciudad Santa no será, pues, ocupada, ni el Reino de los Santos destruido, aunque peligre por un momento.
Los milenistas defienden porfiadamente, observa Castellani, que la derrota del Anticristo y la del ejército Gog-Magog son dos cosas distintas, inasimilables. Se apoyan para ello en el texto mismo de San Juan: en el primer caso, la guerra era dirigida por la Bestia y el Falso Profeta, en el segundo, por el Demonio; allá fueron vencidos por el Verbo de Dios, el caballero del blanco corcel, que bajó con sus santos desde las nubes, acá son devorados por el fuego del cielo, sin que Cristo se mencione para nada; allá no se habla de campamentos ni de ciudades, acá es asediada la Ciudad Santa; allá los judíos se convierten, acá aparecen ya convertidos, viviendo juntos y serenamente en su tierra. Trátase, por consiguiente, de dos guerras diferentes, la del Anticristo, antes de comenzar el Milenio, y la de Gog y Magog, a su término.
¿Quiénes son concretamente los que se rebelaron? Según algunos, grupos diversos de disconformes y recalcitrantes, que habrían resistido el Señorío de Cristo durante el Milenio en distintos rincones de la tierra, como de hecho sucedió en Europa durante la Cristiandad medieval, cuando había enclaves de paganos pertinaces. Serán ellos quienes integren el ejército rebelde de Gog y Magog.
Tras el relato de la derrota de estos últimos, el Apocalipsis describe la resurrección final y el juicio postrero: «Vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono; fueron abiertos unos libros, y luego se abrió otro libro, que es el de la vida; y los muertos fueron juzgados según lo escrito en los libros, conforme a sus obras… El que no se halló inscrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego» (Ap 20, 12.15). El Juicio postrero es el umbral de la vida eterna. Dicha vida no implicará la destrucción del Reino de Cristo sino su compleción, de modo que resulta equitativo decir que el Reino Milenario será imperecedero, según se afirma en el Credo: «Cuyo Reino no tendrá fin».
Culmina San Juan su visión: «Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo» (Ap 21, 1-2).
Se habla, ante todo, de «un cielo nuevo y una tierra nueva». Nuestra tierra y nuestro cielo, después de haber sido purgados por la llama, se mostrarán transfigurados, como nuevos. Porque también este mundo debe ser restaurado; no solamente las almas individuales, sino también los cuerpos, la naturaleza, las plantas, los animales, los astros, todo debe ser purificado plenamente de las consecuencias del Pecado, que no son otras que el Dolor y la Muerte. Y para llegar a ello, bien valió la pena haber pasado por una gran Angostura.
Asimismo el vidente habla de «la nueva Jerusalén», que desciende de lo alto. Los exégetas no coinciden en la interpretación de lo que significa esta ciudad esplendorosa. Según el P. Castellani, hay dos Jerusalenes, la celestial y la terrena. La Jerusalén celestial es la actual asamblea de los santos, o sea, lo que llamamos el Cielo. Pero esta Jerusalén celeste no es la que ve bajar ahora el Profeta. No es la esposa de Dios, sino la novia del Cordero, que desciende del cielo a la tierra en el resplandor de las piedras preciosas y el fulgor del jaspe. Trátase de una ciudad amurallada y medida, con doce puertas y doce pilares, en forma de cubo perfecto. La luz que la ilumina no es otra que el Cordero. Un río de agua viva la surca, y en medio de la plaza, a uno y otro lado del río, hay árboles de Vida, cuyas hojas son medicinales (cf. Ap 21, 9 – 22, 2).
Así la describe el Profeta. Y la promete para los últimos tiempos, para después de la Segunda Venida. Bien observa Castellani que la historia de la humanidad se enmarca entre dos ciudades, descritas respectivamente en el primero y en el último libro de las Escrituras. La ciudad inicial es Babel, ciudad de confusión, que los hombres prometeicos se propusieron edificar pelagianamente con sus propios músculos, y la segunda es la Nueva Jerusalén, ciudad de la gracia, que desciende de lo alto. El Anticristo pretendió usurpar el ideal de unidad del género humano mediante la instauración perversa de su Imperio Universal. Todo en vano, ya que sólo Cristo es el Señor de la Historia, y el verdadero principio de cohesión del Universo. Por eso Juan describe a la Nueva Jerusalén como una Ciudad, símbolo de la unidad social del hombre restaurado.
Ni optimismo ni pesimismo, sino esperanza

El esplendor del cielo y el Cristo glorioso abren las visiones del último libro de la Sagrada Escritura, y las cierran la Nueva Jerusalén y la visión beatífica. No es, pues, el Apocalipsis, como se atrevió a decir Borges, un «libro de amenazas atroces y de júbilos feroces». Tras las huellas de Pieper, señala Castellani que la esjatología cristiana incluye dos elementos diversos: el fin catastrófico intrahistórico de la humanidad y el fin triunfal extrahistórico. Lo intrahistórico depende de la voluntad del hombre y las intervenciones metahistóricas provienen de Dios.
Resulta curioso, pero el Señor, en su Discurso Esjatológico, tras preanunciar las cosas más espeluznantes: Será la tribulación más grande que ha existido desde el principio del mundo hasta el presente ni volverá a haberla; los hombres se morirán de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; las fuerzas cósmicas se desatarán… (cf. Mt 24, 21 ss.; Lc 21, 23 ss.), concluye: «Entonces cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque está cerca vuestra salvación» (Lc 21, 28). Es la actitud compleja del cristiano, cuya fe le asegura que este aión, este ciclo de la Creación, tendrá su fin, precedido por una tremenda agonía, pero será seguido de una espléndida reconstrucción. Bien señala nuestro autor que, por una paradoja de la psicología profunda, esta literatura «pesimista» ha sostenido el «optimismo» constructivo del Cristianismo. En las épocas en que la Iglesia vivió en el temblor y en la proclamación osada de la «inminente Parusía» es cuando proyectó la Cristiandad, como en los tiempos de San Pablo, de San Ireneo, de San Agustín…
Por otra parte, el conocimiento y la previsión de las catástrofes apocalípticas sirvió a los pueblos fieles para sobrellevar con entereza las catástrofes del momento, lo cual responde adecuadamente a las leyes de la psicología. «Cuando las inmensas vicisitudes del drama de la Historia -escribe Castellani-, que están por encima del hombre y su mezquino racionalismo, llegan a un punto que excede a su poder de medicación y aun a su poder de comprensión -como es el caso en nuestros días- sólo el creyente posee el talismán de ponerse tranquilo para seguir trabajando». Como si dijera: Todo esto ya estaba previsto y aún mucho más, pero después vendrá la victoria definitiva. Para eso se nos ha dado la profecía del Apocalipsis, para nuestro consuelo. Si no la tuviéramos, la tribulación se haría insoportable y su desenlace inextricable. En la Escritura, como ha señalado el Crisóstomo, se nos anuncian los males futuros, para que cuando vengan, no nos aplasten.
Frente al tema de las ultimidades, reiterémoslo por última vez con Castellani, caben posiciones erróneas y contradictorias entre sí. El Iluminismo de los siglos XVIII y XIX despreció la esjatología cristiana junto con toda la religión revelada, burlándose del Anticristo y del Dragón como de cuentos medievales. El resultado fue que cayó en una esjatología espúrea, o mejor, desembocó en dos esjatologías opuestas, fragmentos de la síntesis cristiana: la optimista, del Progreso Indefinido, y la pesimista, del Nihilismo sin sentido.
La primera visión, la visión optimista, encuentra un alto exponente en Kant, como ya lo hemos visto al desarrollar el pensamiento de Pieper. Kant creyó en el Reino instaurado por la sola fuerza de la Razón Pura, profetizando la paz perpetua sobre el fundamento del ideario de la Revolución francesa. También el progresismo católico moderno considera la historia, sobre todo a partir del Renacimiento, como un progreso indeclinable hacia el Punto Omega. Trátase siempre de una esjatología inmanente, cismundana, a la que de algún modo es reductible la teoría del «eterno retorno» de los hindúes, propugnada en Occidente por René Guénon, según la cual tras la Kali-Yuga retornará necesariamente la Edad de Oro.
Para ilustrar dicha actitud, Castellani trae a colación la parábola de las vírgenes necias. Porque también esa parábola tiene que ver con el Retorno del Señor, inserta como está en el Sermón Parusíaco de Cristo (cf. Mt 24-25). Ya desde el comienzo de la misma, Jesús alude a su Vuelta, y la cierra con un apremiante: «Velad, pues» (Mt 25, 13), que por otra parte había ya reiterado seis o siete veces en el sermón antedicho. Pero la parábola aporta algo peculiar, al esbozar un cuadro simbólico y vigoroso del «apurón» de la Parusía y de sus adjuntos principales, cifrando plásticamente el Sermón Profético anterior. Las vírgenes necias no eran impías, sino negligentes, saliendo al encuentro de Cristo con las lámparas vacías. Representan a los cristianos adormecidos en su «tibieza», justamente lo que se achaca en el Apocalipsis a la última Iglesia, la Iglesia de Laodicea. Lo que la parábola nos quiere decir es lo siguiente: la Parusía será inopinada, y la mayor parte de la gente estará dormida, pues aparentemente el tiempo sigue transcurriendo y «Cristo no vuelve más», como piensa la mayoría, o se demora mucho, como opinan numerosos cristianos. Cuando acaezca, se hará un gran clamor, y el desconcierto será total. Las providencias que tomen los que no se hayan preparado fracasarán todas, pues ya no será momento de previsiones.
Tal es la gran herejía de nuestro tiempo, la negación u olvido de la Parusía, en la espera de salvaciones intramundanas. Entre dichas esperanzas inmanentes hay que poner la expectativa del internacionalismo, concebido como panacea universal. Dice Castellani que en la actualidad hay dos posibles internacionalismos, el de Rousseau y el de San Agustín, el de la Ciudad de Dios y el de la Ciudad del Hombre. «Si admitimos que la pacificación de la Humanidad en una gran familia es un asunto específicamente religioso, no quedan para realizarlo sino dos religiones que son de veras internacionales: la Iglesia Católica y la Anti-Iglesia, o sea la Sinagoga. La Iglesia es internacional por divina vocación. La Sinagoga es internacional por divina maldición. La Iglesia y la Sinagoga representan las dos concreciones más fuertes y focales del sentimiento religioso que existen en el mundo. El pueblo cristiano y el pueblo judío representan por expresa declaración de Dios los dos pueblos sacerdotales que existen en la tierra: son el fermento de todo el resto, la sal de la tierra; la sal que ha perdido su salazón y no puede ya por nadie ser salada, y la otra sal, que debe salar todo». Los demás internacionalismos, el mahometano, el liberal, el bolchevique, son ramas provenientes de la Anti-Iglesia. Porque también el último, que tiene raíz judaica, es mesiánico, anticristiano y esjatológico, y por tanto se mueve en el plano religioso, de una religión inmanente, la del hombre divinizado.
De por sí, la empresa de congregar a todos los hombres es algo bueno, propio de la Iglesia Católica, que justamente quiere decir universal. El hombre no es instintivamente cosmopolita. Instintivamente los hombres se enjambran en grupos, en corporaciones, en clases, en razas. Solamente podrán reconocerse como hermanos, escribe nuestro autor, cuando se reconozcan como hijos de un mismo Padre que está en los cielos. No como hijos de un mismo padre que está encima de un árbol, el antropopiteco de Darwin. Ni de una madre que está en la estratosfera, como la «Diosa Humanidad» de Comte. Sólo los cristianos tenemos nuestra Mesa, que es sagrada, y sabemos que comunicando en ella volverán los pueblos del mundo a sentirse hermanos. Ninguna paz duradera será concertable en la Mesa Redonda de Londres o en la Mesa Directiva de Ginebra, si se prescinde del visto bueno de esta humilde Mesa de los cristianos, que fue instituida expresamente para que «todos sean uno, Padre mío, como tú y yo somos uno» (Jn 17, 22).
Concluyendo, pues: La unión de las naciones en grupos regionales, primero, y después, en un solo Imperio Mundial, sueño fascinante del mundo de hoy, no puede realizarse sino por Cristo o contra Cristo. Lo que se puede hacer sólo con la ayuda de Dios, y que de hecho Dios hará al final, conforme está prometido, febrilmente intenta el mundo moderno construirlo al margen del designio divino, orillando a Dios, abominando del antiguo proyecto de unidad que se llamó la Cristiandad, y violentando incluso la naturaleza humana, con la supresión intentada de la familia y de las patrias. En frase categórica de Castellani: «Todo lo que hoy día es internacional, o es católico o es judaico».
La segunda visión acerca del futuro, la visión pesimista, ha sido expuesta principalmente por nihilistas como Schopenhauer y Nietzsche, que heredaron el otro fragmento de la concepción cristiana. «Nietzsche vio la catástrofe impendente en el nihilismo europeo; y su refugio desesperado en la esperanza del Superhombre, la cual no es más que la programación del Anticristo», escribe nuestro autor. No deja de ser aleccionador observar cómo las viejas utopías eran todas de un optimismo delirante, en cambio los últimos ensayos sobre el porvenir son con frecuencia espeluznantes.
Así las dos partes inseparables de la Teología fermentaron y se pusieron en las manos de estos antiteólogos. «Esas dos corrupciones ideológicas perduran en el ateísmo contemporáneo, esperando la hora que el Anticristo las reúna en amalgama perversa… Cuando venga el Anticristo no necesitará más que tomar a Kant y Nietzsche como base programal de su religión autoidolátrica».
Tal es la situación en que hoy nos desenvolvemos. El «odio formal» a Dios, escribe Castellani, es el pecado más grave que puede cometer un hombre. Es el pecado del demonio y será el pecado del Anticristo. Pues bien, en nuestro siglo hemos sido testigos presenciales del odio a Dios encarnado en manifestaciones sociológicas y hasta políticas. Hemos visto, en el Este, la aparición de una «nación atea», oficial y constitucionalmente «anti-tea», con organizaciones contra Dios, museos contra Dios, y toda una «cultura» abocada a la destrucción de la idea de Dios. Y en el ámbito occidental, hemos presenciado y seguimos presenciando la universalización de un género de vida, ampliamente promocionado por los medios de comunicación, que parece suponer que «no hay Dios», que «no hay otra vida», y que lo único que se debe propiciar es una sociedad signada por la inmanencia y el hedonismo.
No hace tanto blasfemaba Heine: «El cielo se lo dejamos a los ángeles y a los gorriones». Atinadamente escribe Castellani: «Todo lo que impida fabricar un edén en la tierra y un rascacielos que efectivamente llegue hasta el cielo debe ser combatido con la máxima fuerza y por todos los medios -según estos hombres. Los que de cualquier modo atajen o estorben la creación de esa Sociedad Terrena Perfecta y Feliz deben ser eliminados a cualquier costo. Todas las inmensas fuerzas del Dinero, la Política y la Técnica Moderna deben ser puestas al servicio de esta gran empresa de la Humanidad, que un gran político francés, Viviani, definió con el tropo bien apropiado de «apagar las estrellas». Esos hombres no son solamente los masones, ni solamente los judíos, ni solamente los herejes; ni tampoco son dellos todos los judíos y todos los herejes; aunque es cierto que a esa trenza de tres se pueden reducir como a su origen todos los que hoy día están ocupados -¡y con qué febril eficiencia, a veces!- en ese trabajito de pura cepa demoníaca».
Por eso, ni optimismo ni pesimismo, posiciones ambas sustentadas por todos «los que no tienen el sello de Dios en sus frentes» (Ap 9, 4). El mundo se dirige hacia una catástrofe intrahistórica, que quizás asuma la forma de un suicidio colectivo, pero dicha catástrofe condiciona una gloriosa transfiguración de la vida del hombre y del mundo. Por sobre el pesimismo y el optimismo -categorías psicológicas-, el Apocalipsis levanta la divisa de la esperanza, que es una virtud teologal. Como escribe Castellani, el Apocalipsis se encuentra por sobre el optimismo y el pesimismo; «es juntamente pesimista al máximo y optimista al máximo, y por ende supera por síntesis estas dos posiciones sentimentales». El proceso de la Kali-Yuga o Edad Sombría está relatado en él con los términos más crudos, pero también y paralelamente, el proceso de la final Restauración en Cristo, «dependiente no de las fuerzas humanas sino de la potencia superhistórica que gobierna la Historia». El Apocalipsis es, pues, un libro de esperanza, no un libro hecho para infundir miedo, sino para consolar y fortificar a los que se sienten acosados por el temor de un futuro pavoroso.
Un auténtico católico no puede sino desear la Segunda Venida, recordando que el que una vez vino es también el que vendrá, el erjómenos. Pero hoy más que nunca este anhelo se vuelve apremiante. Siempre que ha habido una crisis histórica grave, la atención de los cristianos se dirigió casi como por instinto a las profecías. La crisis actual, con el peligro atómico y nuclear, que no deja de pender como la espada de Damocles, es mayor que todas las precedentes, engendrando angustia generalizada. En el campo espiritual, la crisis de la Iglesia, la inmanentización de las virtudes teologales, la organización de la Gran Apostasía religiosa, agravan infinitamente la situación.
El querido e inolvidable P. Castellani ha hecho con sus libros sobre la esjatología un servicio relevante a la cultura religiosa. Tras las huellas de Soloviev, nos recuerda que la función del «Profeta», que especula sobre el futuro, es necesaria a una nación tanto o más que la función del «Sacerdote» y la función del «Monarca». Si se arroja por la borda la profecía, se cae necesariamente en la pseudoprofecía (fantaciencia, literatura de pesadilla o ensayos de utopía). En su espléndida novela Juan XXIII (XXIV), le hace decir al simpatiquísimo Papa argentino de la ficción: «Mira, andaluz: cuando la Iglesia anda mal no coincide la vocación del sacerdote con la del profeta; y esto es señal infalible, que entonces los sacerdotes desconocen y aun persiguen a los profetas -y eso pasaba en mi patria. Pero cuando la Iglesia anda bien, entonces es compatible el ser sacerdote con el ser guerrero, ser sabio, ser artista, ser poeta, ser»…
La conclusión de este análisis sobre el Apocalipsis no es permanecer con los brazos cruzados, sino preparar el espíritu para épocas bravías, disponiéndonos convenientemente a enfrentar la apostasía con lucidez y coraje, al tiempo que trabajando en favor de la verdad conculcada. Dicho propósito no será estéril, ni quedará sin recompensa.

Obras consultadas

Leonardo Castellani, Cristo ¿vuelve o no vuelve?, Dictio, Bs. As., 19762.
-El Apokalypsis de San Juan, Vórtice, Bs. As., 19904.
El Evangelio de Jesucristo, Theoría, Bs. As., 19633.
-Juan XXIII (XXIV), Una fantasía, Theoría, Bs. As., 1964.
 parábolas de Cristo, Jauja, Mendoza, 19942.
-Los papeles de Benjamín Benavides, Dictio, Bs. As., 19783.
-Su Majestad Dulcinea, Patria Grande, Bs. As., 1974.
Alcañiz-Castellani, La Iglesia patrística y la Parusía, Paulinas, Bs. As., 1962.



















martes, 13 de octubre de 2009

Vacaciones con todo pago: verano permanente y bronceado profundo

Testimonio impresionante de un alma condenada, acerca de lo que la llevó al Infierno


Dios se comunica con los hombres de muchas maneras. Las Sagradas Escrituras se refieren a muchas comunicaciones divinas hechas a través de visiones y aún de sueños. Los sueños, no siempre son sólo sueños.La "carta del más allá" que se transcribe seguidamente se refiere a la condenación eterna de una joven. A primera vista parece una historia novelada. Pero considerando las circunstancias se llega a la conclusión de que no deja de tener su fondo histórico, a partir de su sentido moral y su alcance trascendental.El original de esta carta fue encontrado entre los papeles de una religiosa fallecida, amiga de la joven condenada. Allí cuenta la monja los acontecimientos de la vida de su compañera como si fueran hechos conocidos y verificados, así como su condenación eterna comunicada en un sueño. La Curia diocesana de Treves (Alemania) autorizó su publicación como lectura sumamente instructiva.La "carta del más allá" apareció por primera vez en un libro de revelaciones y profecías, junto con otras narraciones. Fue el Rvdo. Padre Bernhardin Krempel C.P., doctor en teología, quien la publicó por separado y le confirió mayor autoridad al encargarse de probar, en las notas, la absoluta concordancia de la misma con la doctrina católica.Entre los manuscritos dejados en su convento por una religiosa, que en el mundo se llamó Clara, se encontró el siguiente testimonio:El relato de ClaraTuve una amiga, Anita. Es decir, éramos muy próximas por ser vecinas y compañeras de trabajo en la misma oficina M. Más tarde, Ani se casó y no volví a verla. Desde que nos conocimos, había entre nosotras, en el fondo, más amabilidad que propiamente amistad. Por eso, sentí muy poco su ausencia cuando, después de su casamiento, ella fue a vivir al barrio elegante de las villas, lejos del mío.Durante mis vacaciones en el Lago de Garda (Italia), en septiembre de 1937, recibí una carta de mi madre en la que me decía: "Anita N murió en un accidente automovilístico.

La sepultaron ayer en Wald Friendhof". Me impresioné mucho con la noticia. Sabía que mi amiga no había sido propiamente religiosa. ¿Estaría preparada para presentarse ante Dios? ¿En qué estado la habría encontrado su muerte súbita? Al día siguiente escuché misa, comulgué por la intención de Anita, en la casa del pensionado de las hermanas, donde estaba viviendo. Rezaba fervorosamente por su eterno descanso, y por esta misma intención ofrecí la Santa Comunión.Durante todo el día percibí un cierto malestar, que fue aumentando por la tarde. Dormí inquieta. Me desperté de improviso, escuchando algo así como una sacudida en la puerta del cuarto. Encendí la luz.

El reloj indicaba las doce y diez minutos. Nada. Tampoco ruidos. Tan solo las olas del Lago de Garda golpeando monótonas contra el muro del jardín del pensionado. No había viento. Yo conservaba la impresión de que al despertar encontraría, además de los golpes de la puerta, un ruido de brisa o viento, parecido al que producía mi jefe de la oficina, cuando de mal humor tiraba sobre mi escritorio una carta que lo molestaba. Reflexioné un instante si debía levantarme. ¡No! Todo no es más que sugestión, me dije. Mi fantasía está sobresaltada por la noticia de la muerte. Me di vuelta en la cama, recé algunos Padrenuestros por las ánimas y me dormí de nuevo.Soñé entonces que me levantaba de mañana, a las 6, yendo a la capilla. Al abrir la puerta del cuarto, me encontré con una cantidad de hojas de carta. Levantarlas, reconocer la letra de Anita y dar un grito, fue cosa de un segundo.

Temblando, las sostuve en mis manos. Confieso que quedé tan aterrorizada que no pude rezar. Apenas respiraba. Nada mejor que huir de allí, salir al aire libre. Me arreglé rápidamente, puse la carta dentro de mi cartera y salí en seguida. Subí por el tortuoso camino, entre olivos, laureles y quintas de la villa, más allá del conocido camino gardesano.La mañana aparecía radiante. En los días anteriores, yo me detenía cada cien pasos, maravillada por la vista que ofrecían el lago y la Isla de Garda. El suavísimo azul del agua me refrescaba; como una niña que mira admirada a su abuelo, así contemplaba, extasiada, al ceniciento monte Baldo, que se levanta en la orilla opuesta del lago, hasta los 2.200 metros de altura. Ese día no tenía ojos para todo eso. Después de caminar un cuarto de hora, me dejé caer maquinalmente sobre un banco ubicado entre dos cipreses, donde la víspera había leído con placer "La doncella Teresa". Por primera vez veía en los cipreses el símbolo de la muerte, algo en lo que antes no había pensado.Tomé la carta, No tenía firma. Sin la menor duda, estaba escrita por Ani. No faltaba la gran "s", ni la "t" francesa, a la que se había acostumbrado en la oficina, para irritar al Sr. G. No era su estilo. Por lo menos, no era así como hablaba de costumbre. Lo habitual en ella era la conversación amable, la risa, subrayada por los ojos azules y su graciosa nariz...Sólo cuando discutíamos asuntos religiosos se volvía mordaz y caía en el tono rudo de la carta. Yo misma me siento envuelta por su excitada cadencia. Hela aquí, la Carta del Más Allá de Anita N., palabra por palabra, tal como la leí en el sueño.La CartaCLARA, NO RECES POR MÍ, ESTOY CONDENADA. Si te doy este aviso - es más, voy a hablarte largamente sobre esto - no creas que lo hago por amistad. Quienes estamos aquí ya no amamos a nadie. Lo hago como obligada. Es parte de la obra "de esa potencia que siempre quiere el mal y realiza el bien". En realidad, me gustaría verte aquí, adonde llegué para siempre. No te extrañes de mis intenciones. Aquí, todos pensamos así. Nuestra voluntad está petrificada en el mal, es decir, en aquello que ustedes consideran "mal". Aún cuando pueda hacer algo "bien" (como yo lo hago ahora, abriéndote los ojos ante el infierno), no lo hago con recta intención.¿Recuerdas? Hace cuatro años que nos conocimos, en M. Tenías 23 años y ya trabajabas en el escritorio desde seis meses antes, cuando yo ingresé. Varias veces me sacaste de apuros. Con frecuencia me dabas buenos avisos que a mí, principiante, me venían muy bien. Pero, ¿qué es "bueno"? Yo ponderaba, en aquel entonces, tu "caridad". Ridículo... Tus ayudas eran pura ostentación, algo que desde entonces sospechaba.Aquí, no reconocemos bien alguno en absolutamente nadie. Pero ya que conociste mi juventud, es el momento de llenar algunas lagunas. De acuerdo con los planes de mis padres, yo nunca tendría que haber existido. Por un descuido se produjo la desgracia de mi concepción.

Mis hermanas tenían 14 y 16 años cuando vine al mundo. ¡Ojalá no hubiera nacido! Ojalá pudiera ahora aniquilarme, huir de estos tormentos! No hay placer comparable al de acabar mi existencia, así como se reduce a cenizas un vestido, sin dejar vestigios. Pero es necesario que exista. Es preciso que yo sea tal como me he hecho: con el fracaso total de la finalidad de mi existencia.Cuando mis padres, entonces solteros, se mudaron del campo a la ciudad, perdieron el contacto con la Iglesia.

Era mejor así. Mantenían relaciones con personas desvinculadas de la religión. Se conocieron en un baile, y se vieron "obligados" a casarse seis meses después. En la ceremonia nupcial, recibieron solo unas gotas de agua bendita, las suficientes para atraer a mamá a la misa dominical unas pocas veces al año. Ella nunca me enseñó verdaderamente a rezar. Todo su esfuerzo se agotaba en los trabajos cotidianos de la casa, aunque nuestra situación no era mala. Palabras como rezar, misa, agua bendita, iglesia, sólo puedo escribirlas con íntima repugnancia, con incomparable repulsión. Detesto profundamente a quienes van a la Iglesia y, en general, a todos los hombres y a todas las cosas. Todo es tormento. Cada conocimiento recibido, cada recuerdo de la vida y de lo que sabemos, se convierte en una llama incandescente.Y todos estos recuerdos nos muestran las oportunidades en que despreciamos una gracia. Cómo me atormenta esto! No comemos, no dormimos, no andamos sobre nuestros pies. Espiritualmente encadenados, los réprobos contemplamos desesperados nuestra vida fracasada, aullando y rechinando los dientes, atormentados y llenos de odio. ¿Entiendes? Aquí bebemos el odio como si fuera agua. Nos odiamos unos a otros. Más que a nada, odiamos a Dios. Quiero que lo comprendas. Los bienaventurados en el cielo deben amar a Dios, porque lo ven sin velos, en su deslumbrante belleza. Esto los hace indescriptiblemente felices. Nosotros lo sabemos, y este conocimiento nos enfurece. Los hombres, en la tierra, que conocen a Dios por la Creación y por la Revelación, pueden amarlo. Pero no están obligados a hacerlo.El creyente - te lo digo furiosa - que contempla, meditando, a Cristo con los brazos abiertos sobre la cruz, terminará por amarlo. Pero el alma a la que Dios se acerca fulminante, como vengador y justiciero porque un día fue repudiado, como ocurrió con nosotros, ésta no podrá sino odiarlo, como nosotros lo odiamos. Lo odia con todo el ímpetu de su mala voluntad. Lo odia eternamente, a causa de la deliberada resolución de apartarse de Dios con la que terminó su vida terrenal. Nosotros no podemos revocar esta perversa voluntad, ni jamás querríamos hacerlo.¿Comprendes ahora por qué el infierno dura eternamente? Porque nuestra obstinación nunca se derrite, nunca termina. Y contra mi voluntad agrego que Dios es misericordioso, aún con nosotros. Digo "contra mi voluntad" porque, aunque diga estas cosas voluntariamente, no se me permite mentir, que es lo que querría. Dejo muchas informaciones en el papel contra mis deseos. Debo también estrangular la avalancha de palabrotas que querría vomitar.

Dios fue misericordioso con nosotros porque no permitió que derramáramos sobre la tierra el mal que hubiéramos querido hacer. Si nos lo hubiera permitido, habríamos aumentado mucho nuestra culpa y castigo. Nos hizo morir antes de tiempo, como hizo conmigo, o hizo que intervinieran causas atenuantes.Dios es misericordioso, porque no nos obliga a aproximarnos a El más de lo que estamos, en este remoto lugar infernal. Eso disminuye el tormento. Cada paso más cerca de Dios me causaría una aflicción mayor que la que te produciría un paso más rumbo a una hoguera.Te desagradé un día al contarte, durante un paseo, lo que dijo mi padre pocos días antes de mi comunión: "Alégrate, Anita, por el vestido nuevo; el resto no es más que una burla". Casi me avergüenzo de tu desagrado. Ahora me río. Lo único razonable de toda aquella comedia era que se permitiera comulgar a los niños a los doce años. Yo ya estaba, en aquel entonces, bastante poseída por el placer del mundo. Sin escrúpulos, dejaba a un lado las cosas religiosas. No tomé en serio la comunión. La nueva costumbre de permitir a los niños que reciban su primera comunión a los 7 años nos produce furor. Empleamos todos los medios para burlarnos de esto, haciendo creer que para comulgar debe haber comprensión. Es necesario que los niños hayan cometido algunos pecados mortales. La blanca Hostia será menos perjudicial entonces, que si la recibe cuando la fe, la esperanza y el amor, frutos del bautismo - escupo sobre todo esto - todavía están vivos en el corazón del niño.¿Te acuerdas que yo pensaba así cuando estaba en la tierra? Vuelvo a mi padre. Peleaba mucho con mamá. Pocas veces te lo dije, porque me avergonzaba. Qué cosa ridícula la vergüenza! Aquí, todo es lo mismo. Mis padres ya no dormían en el mismo cuarto. Yo dormía con mamá, papá lo hacía en el cuarto contiguo, donde podía volver a cualquier hora de la noche. Bebía mucho y se gastó nuestra fortuna. Mis hermanas estaban empleadas, decían que necesitaban su propio dinero. Mamá comenzó a trabajar. Durante el último año de su vida, papá la golpeó muchas veces, cuando ella no quería darle dinero. Conmigo, él siempre fue amable. Un día te conté un capricho del que quedaste escandalizada. ¿Y de qué no te escandalizaste de mí? Cuando devolví dos veces un par de zapatos nuevos, porque la forma de los tacos no era bastante moderna.En la noche en que papá murió, víctima de una apoplejía, ocurrió algo que nunca te conté, por temor a una interpretación desagradable. Hoy, sin embargo, debes saberlo. Es un hecho memorable: por primera vez, el espíritu que me atormenta se acercó a mí. Yo dormía en el cuarto de mamá. Su respiración regular revelaba un sueño profundo. Entonces, escuché pronunciar mi nombre. Una voz desconocida murmuró: "¿Qué ocurrirá si muere tu padre?"Ya no lo quería a papá, desde que había empezado a maltratar a mi madre. En realidad, no amaba absolutamente a nadie: sólo tenía gratitud hacia algunas personas que eran bondadosas conmigo. El amor sin esperanza de retribución en esta tierra solamente se encuentra en las almas que viven en estado de gracia. No era ése mi caso. "Ciertamente, él no morirá", le respondí al misterioso interlocutor. Tras una breve pausa, escuché la misma pregunta. "El no va a morir!", repliqué con brusquedad.Por tercera vez, me preguntaron: "Qué ocurrirá si muere tu padre?". Me representé en ese momento en la imaginación el modo como mi padre volvía muchas veces: medio ebrio, gritando, maltratando a mamá, avergonzándonos frente a los vecinos. Entonces, respondí con rabia: "Bien, es lo que se merece. ¡Que muera!". Después, todo quedó en silencio.A la mañana siguiente, cuando mamá fue a ordenar el cuarto de papá, encontró la puerta cerrada. Al mediodía, la abrieron por la fuerza. Papá, semidesnudo, estaba muerto sobre la cama. Al ir a buscar cerveza al sótano, debió sufrir una crisis mortal. Desde hacía tiempo que estaba enfermo. (¿Habrá hecho depender Dios de la voluntad de su hija, con la que el hombre fue bondadoso, la obtención de más tiempo y ocasión de convertirse?). Marta K. y tú me hicieron ingresar en la asociación de jóvenes. Nunca te oculté que consideraba demasiado "parroquiales" las instrucciones de las dos directoras, las señoritas X. Los juegos eran bastante divertidos. Como sabes, llegué en poco tiempo a tener allí un papel preponderante. Eso era lo que me gustaba. También me gustaban las excursiones. Llegué a dejarme llegar algunas veces a confesar y comulgar. Para decir la verdad, no tenía nada para confesar. Los pensamientos y las palabras no significaban nada para mí. Y para acciones más groseras todavía no estaba madura.Un día me llamaste la atención: "Ana, si no rezas más, te perderás". Realmente, yo rezaba muy poco, y ese poco siempre a disgusto, de mala voluntad. Sin duda tenías razón. Los que arden en el infierno o no rezaron, o rezaron poco. La oración es el primer paso para llegar a Dios. Es el paso decisivo. Especialmente la oración a Aquella que es la madre de Cristo, cuyo nombre no nos es lícito pronunciar. La devoción a Ella arranca innumerables almas al demonio, almas a las que sus pecados las habrían lanzado infaliblemente en sus manos.Furiosa continúo, porque estoy obligada a hacerlo, aunque no aguanto más de tanta rabia. Rezar es lo más fácil que se puede hacer en la tierra. Y justamente de esto, que es facilísimo, Dios hace depender nuestra salvación. Al que reza con perseverancia, paulatinamente Dios le da tanta luz, y lo fortalece de tal modo, que hasta el más empedernido pecador puede recuperarse, aunque se encuentre hundido en un pantano hasta el cuello. Durante los últimos años de mi vida ya no rezaba más, privándome así de las gracias, sin las que nadie se puede salvar.Aquí, no recibimos ningún tipo de gracia. Aunque la recibiéramos, la rechazaríamos con escarnio. Todas las vacilaciones de la existencia terrenal terminaron en esta otra vida. En la tierra, el hombre puede pasar del estado de pecado al estado de gracia. De la gracia, se puede caer al pecado. Muchas veces caí por debilidad; pocas, por maldad. Con la muerte, cada uno entra en un estado final, fijo e inalterable. A medida que se avanza en edad, los cambios se hacen más difíciles. Es cierto que uno tiene tiempo hasta la muerte para unirse a Dios o para darle las espaldas. Sin embargo, como si estuviera arrastrado por una correntada, antes del tránsito final, con los últimos restos de su voluntad debilitada, el hombre se comporta según las costumbres de toda su vida. El hábito, bueno o malo, se convierte en una segunda naturaleza. Es ésta la que lo arrastra en el momento supremo. Así ocurrió conmigo. Viví años enteros apartada de Dios. En consecuencia, en el último llamado de la gracia, me decidí contra Dios. La fatalidad no fue haber pecado con frecuencia, sino que no quise levantarme más. Muchas veces me invitaste para que asistiera a las predicaciones o que leyera libros de piedad. Mis excusas habituales eran la falta de tiempo. ¿Acaso podría querer aumentar mis dudas interiores? Finalmente, tengo que dejar constancia de lo siguiente: al llegar a este punto crítico, poco antes de salir de la "Asociación de Jóvenes", me habría sido muy difícil cambiar de rumbo. Me sentía insegura y desdichada. Pero frente a la conversión se levantaba una muralla.No sospechaste que fuera tan grave. Creías que la solución era tan simple, que un día me dijiste: "Tienes que hacer una buena confesión, Ani, todo volverá a ser normal". Me daba cuenta que sería así. Pero el mundo, el demonio y la carne, me retenían demasiado firme entre sus garras. Nunca creí en la influencia del demonio. Ahora, doy testimonio de que el demonio actúa poderosamente sobre las personas que están en las condiciones en que yo me encontraba entonces. Sólo muchas oraciones, propias y ajenas, junto con sacrificios y sufrimientos, podrían haberme rescatado. Y aún esto, poco a pocoSi bien hay pocos posesos corporales, son innumerables los que están poseídos internamente por el demonio.

El demonio no puede arrebatar el libre albedrío de los que se abandonan a su influencia. Pero, como castigo por su casi total apostasía, Dios permite que el "maligno" se anide en ellos. Yo también odio al demonio. Sin embargo, me gusta, porque trata de arruinarlos a todos ustedes: él y sus secuaces, los ángeles que cayeron con él desde el principio de los tiempos. Son millones, vagando por la tierra. Innumerables como enjambres de moscas; ustedes no los perciben. A los réprobos no nos incumbe tentar: eso les corresponde a los espíritus caídos.Cada vez que arrastran una nueva alma al fondo del infierno, aumentan aún más sus tormentos. Pero, ¡de qué no es capaz el odio! Aunque andaba por caminos tortuosos, Dios me buscaba. Yo preparaba el camino para la gracia, con actos de caridad natural, que hacía muchas veces por una inclinación de mi temperamento.

A veces, Dios me atraía a una Iglesia. Allí, sentía una cierta nostalgia. Cuando cuidaba a mi madre enferma, a pesar de mi trabajo en la oficina durante el día, haciendo un sacrificio de verdad, los atractivos de Dios actuaban poderosamente. Una vez fue en la capilla del hospital, adonde me llevaste durante el descanso del mediodía. Quedé tan impresionada, que estuve sólo a un paso de mi conversión. Lloraba. Pero, en seguida, llegaba el placer del mundo, derramándose como un torrente sobre la gracia. Las espinas ahogaron el trigo.

Con la explicación de que la religión es sentimentalismo, como siempre se decía en la oficina, rechacé también esta gracia, como todas las otras.En otra ocasión, me llamaste la atención porque, en lugar de una genuflexión hasta el piso, hice solamente una ligera inclinación con la cabeza. Pensaste que eso lo hacía por pereza, sin sospechar que, ya entonces, había dejado de creer en la presencia de Cristo en el Sacramento. Ahora creo, aunque sólo materialmente, tal como se cree en la tempestad, cuyas señales y efectos se perciben. En este interín, me había fabricado mi propia religión. Me gustó la opinión generalizada en la oficina, de que después de la muerte el alma volvería a este mundo en otro ser, reencarnándose sucesivamente, sin llegar nunca al fin.Con esto, estaba resuelto el angustiante problema del más allá. Imaginé haberlo hecho inofensivo. ¿Por qué no me recordaste la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro, en la que el narrador, Cristo, envió después de la muerte a uno al infierno y al otro al Cielo? Pero, ¿qué habrías conseguido? No mucho más de lo que conseguiste con todos tus otros discursos beatos. Poco a poco me fui fabricando un dios: con atributos suficientes para ser llamado así. Bastante lejos de mí, como para que no me obligara a tener relaciones con él. Suficientemente confuso, como para poder transformarlo a mi antojo. De este modo, sin cambiar de religión, yo podía imaginarlo como el dios panteísta del mundo o pensarlo, poéticamente, como un dios solitario.Este "dios" no tenía Cielo para premiarme, ni infierno para asustarme. Yo lo dejaba en paz. En esto consistía mi culto de adoración. Es fácil creer en lo que agrada. Con el transcurso de los años, estaba bastante persuadida de mi religión. Se vivía bien así, sin molestias. Sólo una cosa podría haber roto mi suficiencia: un dolor profundo y prolongado. Pero este sufrimiento no llegó. ¿Comprendes ahora el significado de "Dios castiga a aquellos que ama"? Durante un domingo de julio, la Asociación de Jóvenes organizaba un paseo de A. Me gustaban las excursiones, pero no los discursos insípidos y demás beaterías. Otra imagen, muy diferente de la de Nuestra Señora de las Gracias de A., estaba desde hacía poco en el altar de mi corazón. Era el distinguido Max, del almacén de al lado. Ya habíamos conversado entretenidos, varias veces. Justamente ese domingo me invitó a pasear. La otra, con la que acostumbraba a salir, estaba enferma en el hospital.El había comprendido que lo miraba mucho. Pero yo no pensaba en casarme todavía. Su posición económica era muy buena, pero también demasiado amable con todas las otras jovencitas. En aquel entonces yo quería un hombre que me perteneciera exclusivamente, como única mujer. Siempre conservé una cierta educación natural. (Eso es verdad. A pesar de su indiferencia religiosa, Ani tenía algo noble en su persona. Me desconcierta que también las personas "honestas" puedan caer en el infierno, si son deshonestas al huir del encuentro con Dios).En ese paseo, Max me colmó de amabilidades. Nuestras conversaciones, es claro, no eran sobre la vida de los santos, como las de ustedes. Al día siguiente, en la oficina, me reprendiste por no haber ido al paseo de la Asociación. Cuando te conté mi diversión del domingo, tu primera pregunta fue: "¿Escuchaste Misa?". ¡Tonta! ¿Cómo podríamos ir a Misa si salimos a las 6 de la mañana? Me acuerdo que, muy exaltada, te dije: "El buen Dios no es tan mezquino como lo son los curas". Ahora debo confesar que Dios, a pesar de su infinita bondad, considera todo con más seriedad que todos los sacerdotes juntos. Después de este primer paseo con Max, fui solamente una vez más a la Asociación, en las fiestas de Navidad. Algunas cosas me atraían. Pero en mi interior, ya me había separado de todas ustedes.Los bailes, el cine, los paseos, continuaban. A veces peleábamos con Max, pero yo sabía cómo retenerlo. Odié mucho a mi rival que, al salir del hospital, se puso furiosa. En realidad, eso me favoreció. La calma distinguida que yo mostraba produjo una gran impresión en Max, que se inclinó definitivamente por mí. Conseguí encontrar la forma de denigrarla. Me expresaba con calma: por fuera, realidades objetivas, por dentro, vomitando hiel. Estos sentimientos y actitudes conducen rápidamente al infierno. Son diabólicos, en el sentido estricto del término. ¿Por qué te cuento todo esto? Para explicarte que así me aparté definitivamente de Dios. En realidad, Max y yo no llegamos muchas veces al extremo de la familiaridad. Me daba cuenta que me rebajaría a sus ojos si le concedía toda la libertad antes de tiempo. Por eso, supe controlarme. Realmente, yo estaba siempre dispuesta para todo lo que consideraba útil. Tenía que conquistar a Max. Para eso, ningún precio era demasiado alto.Nos fuimos amando poco a poco, porque ambos teníamos valiosas cualidades que podíamos apreciar mutuamente. Yo era habilidosa, eficiente, de trato agradable. Retuve a Max con firmeza y conseguí, al menos durante los últimos meses antes del casamiento, ser la única que lo poseía. En eso consistió mi apostasía, en hacer mi dios con una criatura. En ninguna otra cosa puede realizarse más plenamente la apostasía como en el amor a una persona del otro sexo, cuando ese amor se ahoga en la materia. Esto es su encanto, su aguijón y su veneno. La "adoración" que tenía por Max se convirtió en mi religión. En ese tiempo, en la oficina, yo arremetía virulentamente contra los curas, los fieles, las indulgencias, los rosarios y demás estupideces.Trataste de defender con una cierta inteligencia todo lo que yo atacada, aunque quizás sin sospechar que en realidad el problema no estaba en esas cosas. Lo que yo buscaba era un punto de apoyo. Todavía lo necesitaba para justificar racionalmente mi apostasía. Estaba sublevada contra Dios. No te dabas cuenta. Creías que todavía era católica. Por otra parte, yo quería ser llamada así; inclusive pagaba la contribución para el culto. Porque un cierto "reaseguro" nunca viene mal. Es posible que tus respuestas a veces dieran en el blanco. Pero no me alcanzaban, porque no te concedía razón. A raíz de estas relaciones sobre bases falsas, fue pequeño el dolor de nuestra separación, con motivo de mi casamiento.Antes de casarme, me confesé y comulgué una vez más. Era una formalidad. Mi marido pensaba igual. Si era una formalidad, ¿por qué no cumplirla? Ustedes dicen que una comunión así es "indigna". Bien, después de esa comunión "indigna", logré un cierto sosiego en mi conciencia. Esa comunión fue la última. Nuestra vida conyugal transcurría, en general, en armonía. En casi todos los puntos teníamos la misma opinión. También en esto: no queríamos cargar con hijos. En realidad, mi marido quería tener uno, uno solo, naturalmente. Finalmente conseguí que él renunciara a ese deseo. Lo que más me gustaba eran los vestidos, los muebles lujosos, las reuniones mundanas, los paseos en automóvil y otras distracciones. Fue un año de placer el que medió entre mi casamiento y mi muerte repentina.Todos los domingos íbamos a pasear en auto o visitábamos a los parientes de mi marido. Me avergonzaba de mi madre. Esos parientes se destacaban en la vida social, igual que nosotros. Pero en mi interior, sin embargo, nunca fui feliz. Había algo indeterminado que me corroía. Mi deseo era que, al llegar la muerte - la que sin duda demoraría mucho todavía - todo acabara. Ocurría tal como yo lo había escuchado de niña, durante una plática: Dios recompensa en este mundo toda obra buena que se haga. Si no puede premiarla en la otra vida, lo hace en la tierra. Inesperadamente, recibí una herencia de la tía Lote.

Mi marido tuvo la suerte de ver sus ingresos notablemente aumentados. Así pude instalar, confortablemente, una casa nueva.Mi religión estaba muriendo, como un resplandor crepuscular en un firmamento lejano. Los bares de la ciudad, los hoteles y los restaurantes por los que pasábamos en nuestros viajes, no nos acercaban a Dios. Todos los que los frecuentaban vivían como nosotros: de fuera hacia adentro, no de dentro hacia afuera. Si durante los viajes de vacaciones visitábamos una célebre catedral, tratábamos de divertirnos con el valor artístico de sus obras primas. Los sentimientos religiosos que irradiaban - especialmente las iglesias medievales - yo los neutralizaba criticando circunstancias accesorias de un hermano lego que nos guiaba, criticaba su negligencia en el aseo, criticaba el comercio de los piadosos monjes que fabricaban y vendían licor, criticaba el eterno repique de campanas llamando a los sagrados oficios, diciendo que el único fin era ganar dinero...Así era como conseguía apartar a la gracia, cada vez que me llamaba. Especialmente descargaba mi mal humor frente a algunas pinturas de la Edad Media representando al Infierno en libros, cementerios y otros lugares. Allí el demonio asaba a las almas sobre fuego rojo o amarillo, mientras sus compañeros, con largas colas, le traen más víctimas. Clara, el infierno puede ser dibujado, pero nunca exagerado! Siempre me burlaba del fuego del infierno.

Acuérdate de una conversación durante la cual te puse un fósforo encendido bajo la nariz, preguntándote: "¿Así huele?"Apagaste en seguida la llama. Aquí nadie consigue hacerlo. Te digo más: el fuego del que habla la Biblia no es el tormento de la consciencia. ¡Fuego es fuego! Debe ser interpretado al pie de la letra cuando Aquel dijo: "Apartáos de mí, malditos, id al fuego eterno". ¡Al pie de la letra! ¿Y cómo puede ser tocado un espíritu por el fuego material? Preguntarás. ¿Y cómo puede sufrir tu alma, en la tierra, si pones el dedo sobre una llama? Tampoco tu alma se quema, mientras tanto el dolor lo sufre todo el individuo. Del mismo modo, nosotros estamos aquí espiritualmente presos al fuego de nuestro ser y de nuestras facultades. Nuestra alma carece de la agilidad que le sería natural; no podemos pensar ni querer lo que querríamos.No te sorprendas de mis palabras. Es un misterio contrario a las leyes de la naturaleza material: el fuego del infierno quema sin consumir. Nuestro mayor tormento consiste en saber que nunca veremos a Dios. ¿Cómo puede atormentarnos tanto esto, si en la tierra nos era indiferente? Mientras el cuchillo está sobre la mesa, no te impresiona. Le ves el filo, pero no lo sientes. Pero si el cuchillo entra en tus carnes, gritarás de dolor. Ahora, sentimos la pérdida de Dios. Antes, sólo pensábamos en ella.No todas las almas sufren igual. Cuanto mayor fue la maldad, cuanto más frívolo y decidido, tanto más le pesa al condenado la pérdida de Dios, tanto más lo sofoca la criatura de que abusó. Los católicos que se condenan sufren más que los de otras religiones, porque recibieron y desaprovecharon, por lo general, más luces y mayores gracias. Los que tuvieron mayores conocimientos sufren más duramente que los que tuvieron menos. El que pecó por maldad sufre más que el que cayó por debilidad. Pero ninguno sufre más de lo que mereció. Oh, si esto no fuera verdad, tendría un motivo para odiar!Un día me dijiste: nadie va al infierno sin saberlo. Eso le habría sido revelado a una santa. Yo me reía, mientras me atrincheraba en esta reflexión: "siendo así, siempre tendré tiempos suficiente para volver atrás". Esta revelación es exacta. Antes de mi muerte repentina, es verdad, no conocía al infierno tal como es. Ningún ser humano lo conoce. Pero estaba perfectamente enterada de algo: "Si mueres, me decía, entrarás en la eternidad como una flecha, directamente contra Dios; habrá que aguantar las consecuencias". Como te dije, no volví atrás. Perseveré en la misma dirección, arrastrada por la costumbre, con la que los hombres actúan cuanto más envejecen.Mi muerte ocurrió así: Hace una semana - digo según las cuentas que llevan ustedes, porque si calculara por mis dolores, podría estar ardiendo en el infierno desde hace diez años - mi marido y yo salimos en otra excursión dominguera, que fue la última para mí. El día estaba radiante de sol. Me sentía muy bien, como pocas veces. Sin embargo, me traspasaba un presentimiento siniestro. Inesperadamente, en el viaje de regreso, mi marido y yo fuimos enceguecidos por los faros de un automóvil que venía en sentido contrario, a gran velocidad. Max perdió el control del vehículo. ¡Jesús! Se escapó de mis labios, no como oración sino como grito. Sentí un dolor aplastante: comparado con el tormento actual, una bagatela. Después perdí el sentido.¡Qué extraño! Aquella misma mañana, sin explicación, había surgido en mi mente este pensamiento. "Por una vez, podrías ir a Misa". Era como una súplica. Un "¡no!" claro y decidido cortó el curso de la idea. "Con esas cosas tengo que terminar definitivamente". Es decir, asumí todas las consecuencias. Ahora las soporto.Lo que ocurrió después de mi muerte lo sabes. La suerte de mi marido, de mi madre, lo que ocurrió con mi cadáver, mi entierro, lo sé por una intuición natural que tenemos todos los que estamos aquí. Del resto de lo que ocurre en el mundo poseemos un conocimiento confuso. Sabemos lo que se refiere a nosotros. De este modo veo el lugar donde vives.

Desperté de improviso en el momento de mi muerte. Me encontré inundada por una luz ofuscante. Era el mismo sitio donde había caído mi cadáver. Sucedió como en el teatro, cuando se apagan las luces de la sala, sube el telón y aparece una escena trágicamente iluminada. La escena de mi vida. Como en un espejo, mi alma se mostró a sí misma. Vi las gracias despreciadas y pisoteadas, desde mi juventud hasta el último "no" frente a Dios.Me sentí como un asesino, al que llevan ante el tribunal para ver a la víctima exánime. ¿Arrepentirme? ¡Nunca! ¿Avergonzarme? ¡Jamás!Mientras tanto, no conseguía permanecer bajo la mirada de Dios, a quien rechazaba. Sólo tenía una salida: la fuga. Así como Caín huyó del cadáver de Abel, así mi alma se proyectó lejos de esta visión de horror.Este era el Juicio particular.Habló el invisible juez: "APÁRTATE DE MI". De inmediato mi alma, como una sombra amarilla de azufre, se despeñó al lugar del eterno tormento.Epílogo de Clara:Así terminó la carta de Anita sobre el Infierno. Las últimas palabras eran casi ilegibles, tan torcidas estaban las letras. Cuando terminé de leer la última línea, la carta se convirtió en cenizas. ¿Qué es lo que escucho? En medio de los duros términos de las palabras que imaginaba haber leído, resonó el dulce tañido de una campana. Me desperté de inmediato. Estaba acostada en mi cuarto. La luz matinal entraba por la ventana. Las campanadas de las Avemarías llegaban de la iglesia parroquial. ¿Todo había sido un sueño?Nunca había sentido antes en el Angelus tanto consuelo como después de ese sueño. Lentamente, fui rezando las oraciones. Entonces comprendí: la bendita Madre del Señor quiere defenderte. Venera a María filialmente, si no quieres tener el destino que te contó - aunque fuera en sueños - un alma que jamás verá a Dios. Temblando todavía por la visión nocturna, me levanté, me vestí con prisa y huí a la capilla de la casa. Mi corazón palpitaba con violencia. Los huéspedes que estaban más cerca me miraban con preocupación. Quizás pensaban que estaba agitada por correr escaleras abajo.Una bondadosa señora de Budapest, un alma sacrificada, pequeña como una niña, miope, aún fervorosa en el servicio de Dios, de gran penetración espiritual, me dijo por la tarde en el jardín: "Señorita, Nuestro Señor no quiere ser servido con excitación". Pero ella advertía que otra cosa me había excitado y aún me preocupaba. Agregó, bondadosamente: "Nada te turbe - conoces el aviso de Santa Teresa - nada te espante. Todo pasa. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta". Mientras susurraba esto, sin adoptar un aire magisterial, parecía estar leyendo mi alma."Sólo Dios basta". Sí, El ha de bastarme, en éste o en el otro mundo. Quiero poseerlo allí un día, por más sacrificios que tenga que hacer aquí para vencer. No quiero caer en el infierno.Algunas consideraciones finalesQuizás no como objeción, pero no puede eludirse una pregunta: ¿Cómo puede haber recordado Clara con tal precisión todas las palabras de la carta de la condenada? Respondemos: quien hace lo más, puede hacer lo menos. Quien comienza una obra, puede también concluirla. Si la manifestación de ultratumba es un hecho preternatural, Clara debe haber tenido también una asistencia preternatural para escribir con exactitud todas las palabras leídas durante la visión.La eternidad de las penas del infierno es un dogma. Seguramente, el más terrible de todos. Tiene su fundamento en las Sagradas Escrituras. Ver San Mateo XXV, 41 y 46; II a los Tesalonicenses, 1, 9; Judith XIII; Apocalipsis XIV, 11 y XX, 10; todos estos textos son irrefutables, en los que la expresión "eterno" no puede interpretarse como "largo o prolongado". De la conveniencia de ilustrar este dogma con un caso particular, nos da ejemplo Nuestro Señor Jesucristo en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Allí se encuentra una descripción del infierno y del peligro de caer en él. No es otra la intención de este trabajo. Expresa también nuestra finalidad el siguiente consejo: "Vayamos al infierno mientras estemos vivos, para no caer allí después de la muerte".

Imprimatur del original alemán:

Brief aus dem Jenseits - Trier (Tréveris), 9-11-1953.N.4/53

sábado, 10 de octubre de 2009

LA DIVINA MATERNIDAD DE NUESTRA MADRE LA VIRGEN MARÍA


11 de octubre
VIRGEN MARÍA

Dichosa la que oyó el celeste anuncio Y a quien hizo fecunda el Santo Espíritu, De cuyo casto seno al mundo vino El que es el Deseado de los pueblos.
La Divina Maternidad es el título más glorioso de María: "Madre de Dios". De ahí dimana toda su grandeza y todo su poder. Es el dogma que proclamó el Concilio de Éfeso, en el año 431, contra la herejía de Nestorio. Para conmemorar su XV Centenario, Pío XI extendió esta fiesta de la Iglesia universal.
Al honrarla con ese título dulcísimo, recordemos que también es Madre nuestra, y nos sentiremos felices al echarnos confiados en sus brazos maternales. Es una fiesta a propósito para rehabilitar en el mundo la maternidad, tan ultrajada. Por eso en algunas partes, como en la Argentina, se celebra este día el "Día de la Madre".
Entre los dogmas marianos, ninguno tan inculcado y tan venerado por la Liturgia sagrada como el de la Maternidad de la Bienaventurada Virgen María, por ser el principal y la raíz de todas las prerrogativas que la distinguen y la encumbran sobre las demás criaturas. Pero, como «de María numquam satis», ha querido la Iglesia afirmarlo aún con mayor explicitud y dejar un monumento vivo del XVº Centenario del Concilio efesino, en que los Padres, reunidos en la ciudad mariana por excelencia, bajo la presidencia de San Cirilo de Alejandría, legado al efecto del Papa San Celestino, anatematizaron al patriarca Nestorio y definieron la divina Maternidad de la Virgen María, proclamándola Teotócos, Delpara o Madre de Dios, por ser Madre de Cristo, el cual es Dios al par que hombre. De donde resulta para la Virgen Madre «una dignidad casi infinita» (S. Tomás), pudiéndola llamar de algún modo los Santos Padres como el complemento de la Trinidad, su instrumento y cooperadora en la magna obra de la Encarnación y de la Redención. Pero, al ser María Madre del Hijo de Dios por naturaleza, es también Madre de los hijos de Dios por adopción y por gracia. Este aspecto tenía menor relieve en la Liturgia; de ahí que ahora insista en él la Iglesia, por ser uno de los mayores consuelos que caben al hombre huérfano y pecador. María es Madre de todos los cristianos en el orden sobrenatural, por serlo de Cristo, el cual se declaró a boca llena nuestro hermano mayor, dispuesto a compartir su herencia con nosotros y su divina filiación. Esto por su cooperación en nuestro rescate, y mejor que Eva merece se r llamada «Madre de todos los vivientes». Eslo también por su amor y maternal solicitud, y finalmente, a titulo de donación, por habérsela dado Jesús agonizante al Discípulo amado, y en él a todos los señalados con el sello de Cristo. «Celebremos, pues, con regocijo la Maternidad de la bienaventurada Virgen María» (Invitatorio). ¡Oh María! monstra te esse Matrem y muéstrense los redimidos hijos tuyos carísimos, hijos dignos de tan santa y excelsa Madre, para que merezcan disfrutar un día de tu vista d el calor de tu regazo.

Esteban Grosez, S.J.
El Padre Juan Esteban Grosez, de la Compañía de Jesús, nació en Arbois (Jura, Francia) en 1642 y falleció en Dole en 1718. Autor de numerosas biografías, la más popular de sus obras es, sin embargo, la que publicamos aquí: "Le Journal des Saints".
Apareció por primera vez en Lyon, en 1670, con las iniciales P.I.E.G.I., (o sea, Padre Juan Esteban Grosez, jesuita). A partir de la segunda edición -Lyon, 1673- el autor le añadió meditaciones sobre los Evangelios de todos los domingos del año.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Hoy fiesta de Nuestra Señora del Rosario


7 de Octubre

NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO

- Ornamentos blancos
En la Edad Media, como antiguamente entre los Romanos, solían llevar los nobles coronas de flores, que más tarde se transformaron en las áureas diademas de los reyes. Ofrecíanse estas coronas a los hombres de distinción a titulo de censo. La Virgen María, como Reina del cielo y de las almas, es acreedora a estos mismos honores, por lo cual la Iglesia quiere que reconozcamos el título de María Reina del Sto. Rosario, y nos exhorta a ofrecerle, como Hija del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Espíritu Santo, tres coronas de rosas, cuya encantadora belleza describe en el oficio y la misa.

La oración nos recuerda ser el Rosario una oración mental tanto como vocal, en que meditamos los misterios de la vida, muerte y resurrección de Jesús, a los cuales estuvo íntimamente unida la Virgen María. También han llovido, mediante esta oración, muchos favores sobre la cristiandad en el transcurso de los siglos, y esta fiesta de Nuestra Señora del Rosario fue instituida especialmente, en lugar de Nuestra Señora de la Victoria, para recordar la insigne victoria de Lepanto el Domingo 7 de Octubre de 1571, debida a la recitación del Rosario, donde fueron aniquiladas especialmente por la flota española a las órdenes de don Juan de Austria, las fuerzas vivas del islamismo, que amenazaban invadir a Europa.

La fiesta del Rosario viene a ser como una miniatura del año litúrgico, por la meditación de los Misterios de Cristo; y también lo es del Breviario porque las 150 Avemarías nos recuerdan los 150 Salmos, que terminamos con Gloria Patri.
El Rosario es a manera de vistoso tríptico en cuyas tablas vemos reproducidos los sucesos gozosos, dolorosos y gloriosos de Jesús y de María, que se han venido sucediendo en el calendario católico. En el ciclo de Navidad, el alma, que nada en una atmósfera de júbilo, considera los cinco misterios gozosos el miércoles y el viernes de Témporas de Invierno (del Hemisferio Norte), el día de Navidad, el 2 de febrero y el Domingo Infraoctava de Epifanía.
Contempla después, en medio de las tristezas del Tiempo de Pasión, los cinco misterios dolorosos el Jueves y el Viernes santos.
Finalmente participa, en medio de las alegrías del Tiempo Pascual, de los cinco misterios gloriosos en las fiestas de Pascua, Ascensión, Venida del Espíritu Santo, Asunción de la Virgen. Todos los fieles que visiten en el día de la fiesta una iglesia donde se halle establecida la archicifradía del Rosario, pueden lucrar indulgencia toties quoties plenaria, análoga a la de la Porciúncula
Esteban Grosez, S.J.
El Padre Juan Esteban Grosez, de la Compañía de Jesús, nació en Arbois (Jura, Francia) en 1642 y falleció en Dole en 1718. Autor de numerosas biografías, la más popular de sus obras es, sin embargo, la que publicamos aquí: "Le Journal des Saints".
Apareció por primera vez en Lyon, en 1670, con las iniciales P.I.E.G.I., (o sea, Padre Juan Esteban Grosez, jesuita). A partir de la segunda edición -Lyon, 1673- el autor le añadió meditaciones sobre los Evangelios de todos los domingos del año.